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Antón Castro

Escritores

SANDRA ANDRÉS BELENGUER: FRAGMENTO DE 'EL VIOLÍN NEGRO'

SANDRA ANDRÉS BELENGUER: FRAGMENTO DE 'EL VIOLÍN NEGRO'

EL VIOLÍN NEGRO

(Fragmento)

 

Por Sandra Andrés BELENGUER*

 

Avanzaron varios metros hasta situarse ante la estatua de bronce de una mujer, emplazada en una cavidad que a modo de pequeña gruta, parecía cerrarse en torno a ella.

Los contraídos rasgos de su rostro, reflejaban cólera e ira y su boca entreabierta, parecía contener una expresión que sus labios nunca materializarían.

Su cabello corto  y enmarañado se hallaba surcado por sinuosas serpientes,  que le conferían un extraño aspecto en un ritual de erótico exotismo.

Se hallaba sentada sobre un pedestal en cuya base podían vislumbrarse diversas salamandras mordiéndose entre sí en una brutal vorágine. Ataviada con un voluptuoso vestido que ocultaba parte de sus esbeltas piernas, sus senos permanecían desnudos y uno de sus brazos, extendido hacia los que allí la observaban, parecía alertarles de algún oscuro secreto con su gesto de rechazo. Todo su cuerpo mostraba signos de tensión, como si tratase de reprimir una violenta reacción que alterase su broncínea inmovilidad.

La figura estaba tenuemente iluminada por dos espléndidos candelabros que hacían resaltar no sólo sus rígidas facciones sino los relieves florales y las sonrientes máscaras que confeccionaban aquél recargado alveolo.

Christelle nunca había comprendido la razón por la que aquella enigmática estatua se encontraba en la Ópera, pero sentía que encajaba perfectamente con la insomne magia que envolvía el lugar, formando parte de sus misterios.

Observando la ornamentación que rodeaba la figura femenina descubrió, entre las voluminosas columnas, múltiples liras que parecían proteger aquel extraño santuario invocando la imagen del dios de la Música.

“La Ópera está llena de liras como estas…me pregunto qué sentido tiene un símbolo así en el violín”.

La suave voz de Kyriel le despertó de sus pensamientos.

—Te presento a la Pythie —dijo, extendiendo su mano hacia la estatua -; es una abreviación de pitonisa.

—¿Una pitonisa…en la Ópera?

—Su nombre deriva de la serpiente Pitón…

—¡Delfos! —exclamó ella adivinando su significado.

Los ojos de Kyriel centellearon con un repentino brillo.

—Exacto —convino sonriente -, es una de las pitonisas de Apolo en Delfos. Su trabajo consistía en predecir el futuro a todos aquellos que le otorgasen una ofrenda a su dios.

—Ahora comprendo su relación con las liras que la rodean… pero aunque sea una de las sacerdotisas de Apolo, no tiene mucho sentido que una estatua así se encuentre en la Ópera…

—En realidad, Garnier quería colocar en este habitáculo una escultura en mármol blanco de Orfeo.

—El hijo de Apolo, representante de su música…

Kyriel asintió.

—¿Y por qué cambió de parecer?

—Se dice que se encaprichó de la Pythie en una exposición en Roma y que la adquirió sin dudarlo aún a pesar de su desorbitado precio.

—Qué extraño… ¿Y quién la esculpió?

—Su autor es otra de sus curiosidades. Se hacía llamar así misma Marcello, pero su nombre real era Adèle d'Affry, duquesa de Castiglione-Colonna. Se dice que fue la escultora más célebre del Segundo Imperio.

Christelle no podía apartar su mirada de aquella figura que rezumaba una extraña belleza salvaje.

Todo su conjunto parecía haber sido extraído de una leyenda atemporal perdida entre los siglos.

En silencio, se aproximó hacia ella atravesando los márgenes que a modo de fuente seca, circundaban la estatua como una advocación de mármol.

¿Por qué la autora había esculpido la cólera en su rostro? ¿Qué significaría su mano extendida? ¿Estaba intentando detener algo…o alguien?

Súbitamente se estremeció dando un paso atrás.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kyriel.

—Sus dedos… —señaló Christelle — ¡he visto cómo se movían!

Él entró en el semicírculo que circunvalaba la estatua y se detuvo junto a la joven que permanecía observando intensamente aquellos dedos de bronce, tensos como una garra.

—Es imposible —le dijo -, debes estar muy cansada, eso es todo.

—Pero…—comenzó a explicar volviéndose hacia él —estoy segura de que…

No pudo concluir. Con el rostro desencajado, indicó a Kyriel que se girara.

Ambos contemplaron, atónitos, cómo los numerosos visitantes que paseaban en el exterior de aquellos límites de mármol, habían ralentizado su velocidad natural, transformándose paulatinamente en coloridos espectros desdibujados que parecían vagar con dolorosa lentitud ante sus ojos.

Christelle se cubrió la boca con las manos y sintiendo que los precipitados latidos de su corazón aceleraban su ritmo, gimió desconcertada:

—Dios mío, ¿qué está pasando?

Kyriel no tuvo tiempo de contestar.

Una espesa neblina surgió tras la estatua, apoderándose de la pequeña cavidad donde se encontraban al tiempo que la luz proveniente de los candelabros fue atenuando su luminosidad, cegando su visión casi por completo.

—Kyriel… —musitó Christelle, aterrada.

En la penumbra, sintió sus masculinas manos sobre sus hombros.

—Estoy aquí.

La joven trató de respirar hondo, sin éxito.

La figura de bronce de la Pythie comenzó a impregnarse de un paulatino resplandor; un halo de luz blanca y pura que cubrió completamente su sombría silueta.

Christelle sintió que la sangre abandonaba su rostro cuando vió cómo aquel brazo extendido de la sacerdotisa comenzaba a moverse con rotunda decisión hasta detenerse ante ellos, señalándoles inquisitoriamente con el dedo.

Sus ojos, instantes antes inertes, parpadearon enérgicamente al tiempo que giraba su cabeza, observándoles sin que de su rostro se evaporase aquella mirada enfurecida.

En sus cabellos, las serpientes se retorcían y entrecruzaban en una insaciable confluencia y las extrañas salamandras que se hallaban a sus pies, parecían engullirse unas a otras entre la niebla, formando una imagen de pesadilla.

Christelle quiso gritar, pero el miedo atenazaba su garganta e inmovilizaba todo su cuerpo, obligándole a asistir a aquella quimera imposible que estaba teniendo lugar ante sus aterrorizados ojos.

La pitonisa se irguió en su pedestal con voluptuosa ondulación, como si ella misma fuera parte de los reptiles que la rodeaban y con una dantesca expresión en su rostro, de sus labios brotó una sonora exclamación:

—¡Deteneos ante vuestro destino!

Su voz parecía surgir del abismo más profundo y su poderoso eco resonó en aquella cavidad con fuerte y atronador estrépito. Christelle creyó que su corazón había dejado de latir.

—¡Buscáis aquello que está escrito pero incompleto, aquello que sin ello, lo que portáis no tiene vida! ¡Seguid la senda ya marcada y que vuestra voluntad cumpla con el hado!

Sus palabras quedaron flotando en el aire y tras pronunciar su misterioso mensaje, comenzó a recuperar lentamente su posición original adquiriendo la rigidez que caracterizaba a toda estatua.

Christelle sintió un acerado escalofrío penetrando en su carne como un cuchillo de hielo, congelándole desde los pies hasta las sienes. En ese momento, cerró los ojos con fuerza y deseó que aquel  aciago sueño se evaporase.

Cuando finalmente los abrió, comprobó que todo había vuelto a la normalidad.

Su cuerpo seguía tiritando más por miedo que por el frío que había envuelto aquella oquedad durante un tiempo que le había parecido  infinito.

Con el rostro desencajado, observó la estatua que hacía tan sólo unos segundos les había comunicado tan crípticas frases. Todavía podía escuchar su rugiente eco resonando en sus oídos.

La luz  había regresado a los candelabros y la neblina había desaparecido por completo devolviendo a la normalidad aquella cóncava zona.

Confusa y estremecida, se giró para ver cómo los visitantes no sólo no habían presenciado aquella especie de alucinación espectral, sino que seguían paseando con naturalidad deteniéndose de vez en cuando para realizar alguna foto.

Las manos de Kyriel permanecían sobre sus hombros, pero al igual que ella, su silencio era un signo evidente de su perplejidad.

 

 

*Fragmento de la novela juvenil ‘El violín negro’, escrita por la autora zaragozana Sandra Andrés Belenguer (1982), que narra dos historias paralelas, una de 1907 y otra de 2007 en París, en torno a la música y al enigma de ‘El fantasma de la Ópera’ de Gaston Leroux, escritor que también aparece en el volumen. En este fragmento, cedido por la autora y por la editorial Laberinto, aparecen dos de los personajes fundamentales: la joven virtuosa del violín Christelle y el misterioso Kyriel que le ayudará a resolver una inquietante trama. La foto pertenece a los archivos de la editorial Laberinto y de la propia Sandra, que es entrevista hoy en 'Heraldo'.

 

MIGUEL ÁNGEL YUSTA: DOS POEMAS

MIGUEL ÁNGEL YUSTA: DOS POEMAS

AYER FUE SOMBRA, de Miguel Ángel Yusta

 

INTROITO

 Nací por la mañana

un domingo de marzo

de un olvidado invierno de posguerra.

Dicen que hacía sol y que mi madre

(pasados los cuarenta y quinto hijo)

lloraba y sonreía al mismo tiempo,

preocupada tal vez por mi futuro.

 

Mas, ahora, aquí estoy,

                    después de tantos años.

 

Los días de mi vida transcurrieron

testigos fieles de mis singladuras

limando el tiempo que se me otorgaba.

Hoy,

casi llegado al puerto,

libero unos poemas de mis viejas carpetas,

antes de que se pierdan para siempre

en el oscuro túnel del olvido.

Y los dedico a tantos

que en aquellos inviernos

soñaban con juguetes de hojalata.

 

 

 

GLORIA GRAHAME EN EL CINE DE MI BARRIO

 

 

Admirábamos a las mujeres hermosas, vivíamos aventuras inverosímiles


cabalgando en sueños de viejo blanco y negro en aquellas salas de cine


oscuras y malolientes, de sesión continua y acomodadores malhumorados.


Nos escapábamos de la clase de religión


y de la de formación del espíritu nacional.


Merecía la pena.


Yo abría más los ojos cuando aparecía Gloria Grahame.


Era tan misteriosa que jamás me atrajo tanto ninguna otra mujer.


Podían ser más bellas, pero no tenían el encanto de Gloria,


con sus labios pequeños y ese aire de mujer fatal.


Cuando salía, se llenada la pantalla con su boca y sus ojos


profundos y llenos de misterio.


El bocadillo de pan y mortadela quedaba abandonado sobre mis rodillas.


Se paraba el tiempo


y Gloria me llevaba al país de los sueños  posibles


e imaginaba una noche con ella sobre mis rodillas de adolescente.


Entonces se me caía el bocadillo, entero,

qué importaba comer, si Gloria Grahame estaba conmigo...

 

*El médico y poeta Miguel Ángel Yusta ganaba hace unos días el premio de Poesía de la Delegación de Gobierno con su libro ‘Ayer fue sombra’. El día de Navidad aparecen aquí dos poemas; el segundo está dedicado a Gloria Grahame, nada menos, a la que vemos aquí en un gimnasio de boxeo.

ESTAMPA VENECIANA DE INVIERNO

ESTAMPA VENECIANA DE INVIERNO

Guillermo Fatás, como si adivinara que una de mis ciudades preferidas es Venecia, casi tanto como Lisboa y Praga, casi tanto como París y Buenos Aires, me envía esta estampa invernal de la ciudad donde se refugió Ezra Pound, la ciudad cuyas piedras cantó y describió John Ruskin, la ciudad donde amó con desafuero Giacomo Casanova, la ciudad donde se ha refugiado Donna Leon con su comisario Brunetti.

 

Estuve hace algunos años. Y me perdí bajo un tremendo aguacero en un bosque en dirección a Maestre. Acabé en una taberna que me pareció la taberna de la bruja o del gigante; me quedé allí un instante y creí que hasta las botellas me miraban mal… Como en un cuento de Borges, de repente un paisano esgrimió una navaja y miró en derredor en busca de quién le había tirado unas migajas de pan a la cabeza…

'EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS': AVANCE

'EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS': AVANCE

* Hace algunos años, el escritor Miguel Ángel Muñoz, autor de ‘El síndrome Chejov’, título de uno de los mejores blogs de la red, viajó a Benasque, Huesca, para recibir un premio literario de relato. De aquella visita nació esta novela, ‘El corazón de los caballos’, que acaba de aparecer  en el sello Alcalá. Este es el primer capítulo de la novela.

 

 

 

 

 

 EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS

                                  

     

  MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

 

 

 

ASIE

                                              

16  y 17 de Diciembre de 1.995

 

 

La rabia o la mezquindad no agregan nada

al teorema de Pitágoras.

                                    Ernesto Sábato

 

 

 

PEAJE

 

Al ver la cabeza de Eva, bien cortada, sobre la reluciente bandeja de plata, sentí por primera vez deseos de besarla. Despegar sus párpados y asomarme dentro, esperando encontrar, otra vez, su mirada de niña bruja. Comprobar que seguía esperando el comienzo de la lección, que aún no había llegado el verano, que no temíamos a nada. El camarero que la había subido hasta la habitación para dejarla en la mesita, a la derecha de la cama desde donde yo la miraba, me hacía una reverencia y se retiraba. Cerraba los ojos, para comprobar hasta qué punto era cierto que la cabeza de Eva, la rubia Eva a la que todos deseaban, estaba ante mí, esperando el tacto de mis dedos. Contaría hasta cinco y abriría los ojos, para descubrir hasta qué punto aquello había ocurrido realmente.

Y cinco. Abro los ojos y veo la casa de dos plantas en el antiguo barrio. Mis padres la han vendido para regresar a la ciudad que abandonaron cuando jóvenes. Entonces recuerdo que tengo que llamar a mi madre. Recorro España sin que ella lo sepa, y si ocurriera una desgracia, si yo muriera o matara a alguien, ella lo descubriría casualmente, a través de un programa de televisión, o gracias a un chisme contado en el barrio, de tienda en tienda.

Y tres. Despierto del todo. Andrés sigue conduciendo a mi lado y me señala los enormes paneles azules de la autopista. Estamos a un kilómetro del área de descanso. Necesitamos parar, tomar algo, interrumpir un viaje que cumple diez horas continuadas. El coche tiene gasolina suficiente para llegar a su destino: Asie, en el Pirineo de Huesca, cerca de la frontera con Francia.

—Será mejor que comamos —dice.

—¿Por qué he venido contigo, por qué no me has convencido para que siguiera camino de Gerona?

—Es tarde, Víctor, será mejor no pensar demasiado en ello.

Andrés se había ofrecido a dejarme en Tarragona. Él continuaría solo hasta Asie. Al fin caminos separados, ¿ese era el final preparado de su historia? Le había hecho creer que seguiría su consejo de visitar a mi abuelo, la única persona de mi familia que podía proporcionarme dinero para contratar un buen abogado que me defendiera en el juicio. Si seguía negándome a recibir una ayuda clara, si persistía en el camino de inmolación que había elegido, cuando llegara el momento de enfrentarme a la ley estaría solo. Se avecinaban días sombríos, sin Andrés a mi lado, y con mis padres desconociendo todo lo que me había pasado unos meses antes: aquel final violento, a consecuencia del cual había sido expulsado de la facultad de Matemáticas, lo que me impediría trabajar, ahora o en el futuro, en ninguno de sus departamentos.

Cuando parábamos en los peajes de la autopista volvía la cara hacia la derecha para que el cajero no pudiera apreciar mis ojos hinchados y el rictus amargado. Sin dinero, sin trabajo y también sin él. Me sentía como un personaje de los que Andrés creaba para sus historias, que hubiera sido apartado de repente a un margen oscuro de la trama principal. Había insistido en acompañarle durante el viaje, con la excusa de la bifurcación a la altura de Tarragona, alentado por la esperanza improbable de conseguir, antes de llegar allí, una prórroga, una nueva oportunidad para demostrarle que podría superar mi depresión y que no supondría un obstáculo a su flamante carrera como escritor. Me dejó hablar, simuló escucharme con atención mientras conducía. Repasé, punto por punto, todo lo ocurrido entre nosotros en los últimos dos años. Intenté hacerle comprender cómo habíamos llegado hasta allí, hasta ese coche en el que dialogábamos a la manera de dos amantes civilizados que reflexionan con candidez y respeto sobre las razones de su fracaso. Andrés, sin embargo, me repetía una y otra vez que habíamos agotado todas las oportunidades, y aunque siempre podría considerarlo mi amigo en caso de necesidad, como me repetía teatralmente, seguía preocupado, más que nada, por las consecuencias que podrían derivarse del juicio. «Tienes que conseguir al menos que, si te cae algo por la agresión, sea lo menos posible, y te permita volver cuanto antes a la universidad», y me regocijaba aparentando ante él un siniestro desinterés hacia todo lo que me había ocurrido: la amputación brusca de lo que siempre había luchado por construir con el nombre de futuro, el porvenir del que mi padre hablaba con obsesión, y que yo me había acostumbrado a desear como lógico premio a mi talento.

Andrés se comportaba con frialdad. Molesto por la petición que le había hecho de que me dejara asistir con él a la entrega de premios, los dos días gloriosos que le aguardaban, como una concesión final a todo lo que nos había unido, antes de desaparecer para siempre de su vida, sólo la contemplación piadosa de mi deshecho estado de ánimo le había convencido de que tal vez era mejor no dejarme sin más en una estación de cercanías para que me subiera en el tren a Gerona, a expensas de un derrumbe definitivo. Le prometí que desde Asie tomaría un autobús hacia la casa de mi abuelo, una vez se celebrara la entrega de su premio literario, el «Villa de Asie», que Andrés había obtenido con «Cuerpos ajenos, lugares secretos», el libro de relatos en el que había estado trabajando durante el último año y medio. «Ven conmigo si quieres, no me importa, pero pienso que es un error», concedió al final.

 

 

 

En realidad, todo había sido un gigantesco error que me había llevado a confiar equivocadamente en mis posibilidades de forjar una buena carrera en el campo de la investigación matemática. Superé la carrera con brillantez. Hasta que acabé la licenciatura, mi abuelo me había ayudado con una pequeña asignación mensual, completando lo que me mandaban mis padres. Ese dinero me evitó tener que buscar algún trabajo a tiempo parcial que me habría distraído de mi tarea principal: acaba los estudios con las mejores notas posibles.

El dinero se había convertido en el único vínculo con mi abuelo. A veces le escribía, aunque nunca le di demasiados datos de mi vida universitaria. Él entendía que el motivo de aquellas cartas era la petición de más cantidad de dinero, y no tardó en contestarlas con creciente frialdad. Al cabo de tres años desapareció incluso ese vínculo epistolar. Había comenzado a darme dinero al poco de visitarle por última vez en la Costa Brava, el verano en que viví en su casa y preparé la selectividad. Fue entonces cuando me prometió que nunca me faltaría dinero para acabar los estudios.

«Velaré porque tengas siempre libros que leer, restaurantes a los que invitar a tus amiguitas -¡supongo que ya habrás hecho algunas amistades!-, buenos filetes que comprar. Piensa que esa ciudad se convertirá durante cinco años en tu nueva patria, lejos de tus padres. No seas avaro. Cuéntame cosas tuyas, háblame de lo que te ocurra y se te ocurra. Te guardaré el secreto. Ya sabes que tú padre y yo no nos llevamos bien», decía en una de sus primeras cartas, reclamando una confianza a la que  nunca correspondí.

 En realidad, mi padre me había prevenido contra él. Nunca me confió el motivo de su distanciamiento, aunque siendo niño me concedió el deseo de que fuéramos a visitarle durante el verano. Vivía en una magnífica casa junto a la playa, en la Costa Brava. Había hecho mucho dinero como constructor de urbanizaciones con piscina y pistas de tenis. Se alegró de que le visitáramos y durante los días en que estuvimos allí extendió sobre nosotros un manto seductor que procuraba la rendición sentimental de mi padre. Que hiciera las paces con él. El viaje acabó resultando un desastre. Aunque mi padre acudió con la mejor voluntad, descubrir que mi abuelo vivía con Sonia, una atractiva mujer de menos de cuarenta años, más joven que mi madre, con un pelo moreno que le alcanzaba la cintura y unos bikinis que se le clavaban en las ingles, le ofendió profundamente. Mi abuelo apenas había soportado tres años de viudez, «un luto excesivo», según mi abuelo, y «un acto imperdonable», en opinión de mi padre, que nunca esperó encontrar a una mujer en aquella casa, ocupando el lugar que correspondía a su madre, o al menos a su memoria. 

Aquella fue la culminación de sus problemas y el comienzo de un definitivo silencio entre ambos. Seguramente, apenas un símbolo de una pelea familiar incubada a lo largo del tiempo, y que para mí es parte de un secreto, algo que sólo puedo imaginar, y de lo que no necesitaba, a estas alturas, explicaciones. Andrés me recomendó que tomara aquel viaje para reencontrarme con él como un modo de descubrir la naturaleza de aquellos problemas familiares y, tal vez, empezar de nuevo.

Nunca indagué en sus asuntos porque me parecía el modo más lógico de que no se entrometieran en mi nueva vida. Ni mis padres, que me daban los ánimos para estudiar, ni mi abuelo, que me proporcionaba el dinero necesario para no pasar apuros.

Tampoco protesté cuando, apenas acabé el último curso de carrera, después de un último año en que la cantidad había ido mermando, su dinero terminó por desaparecer. Andrés confiaba en que si ahora yo le hablaba de mi situación judicial, mi abuelo se ofrecería sin dudarlo a ayudarme. Fingí que me había convencido, aunque en realidad dudaba incluso de encontrarle en su casa a mi llegada, junto a la sensual Sonia, que diez años después sería ya una mujer madura. Tal vez el tiempo pasado hubiese dulcificado la gran diferencia de edad entre mi abuelo y ella.

Pero nunca pretendí que ese viaje hacia la Costa Brava tuviese fin. Era una treta desesperada para prolongar un poco más el diálogo con Andrés, nuestra conversación sentimental, que yo no era capaz de terminar. Él, por su parte, buscaba ponerme en unas manos familiares que pudiesen salvarme de un desánimo irreversible. Cierto sentimiento de culpabilidad le hacía temer a Andrés el momento en que me abandonara sin más para continuar su camino, diáfano una vez yo desapareciera de su lado.

*Uno de mis pintores favoritos es Theodor Gericault. Este es uno de sus mejores cuadros; curiosamente el autor de 'La balsa de la Medusa', obra maravillosa que vi en el Louvre, falleció a consecuencia de una caída de un caballo.

ISABEL SORIA: UN CUENTO DE BESOS

ISABEL SORIA: UN CUENTO DE BESOS

LA COLECCIONISTA

Por Isabel SORIA

 

 

Félix:

 

Félix tienes ya cerca de setenta años y yo, aunque en el colegio quieren que me jubile, me aferro a mi puesto… Y si no me jubilo, no es por los niños, Félix, es por ti… Antes nos veíamos más, cuando salías de clase de matemáticas y yo de lengua, pero… ¿Sabes que no regreso a Segovia con mi familia sólo por merendar contigo todos los jueves?

Yo no sé, Félix si tú me quieres… Siempre acudo a nuestra cita y si te soy sincera no es para que hablemos de las anécdotas del colegio, sino para que me declares tu amor, que ya va siendo hora…

Me he preguntado muchas veces si es que no te doy pie pero, la verdad, es que como nunca lo he hecho no sé cómo se hace… No nací con un manual de seducción debajo del brazo.

A mí nunca me ha querido nadie, ya sabes que no soy ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, ni tengo demasiadas prendas… Sabes que tampoco soy especialmente simpática, y que mis niños, que por cierto cada vez son más malos, me llaman la Cara Larga…

Claro… ¿Cómo voy a tener la cara si nunca me ha querido nadie, ya que ni siquiera tú me has dado un beso en la boca? Pero, ¿sabes qué, Félix?, me sabe a gloria cuando me rozas la mejilla con los labios...

Te tengo que confesar algo: me grabo todos los besos que salen en televisión. Todos. Tengo ya casi dos horas de besos… ¿Crees que serán robados? No, yo creo que no, que los besos se los dan los actores para que los veamos todos… ¿Por qué no puedo verlos yo, tantas veces como quiera? Con la de besos que se da la gente por todas partes… a mí me faltan…

De  niña siempre pensé que inspiraría a poetas, que sería la musa de un gran escritor… Aquello pasó y sólo quise enamorarme y que alguien se enamorara de mí… También pasó y ya sólo pretendí que alguien me quisiera un poco… También pasó este capítulo, y ya me conformé con un buen beso, pero el tiempo no perdonó y fue cuando empecé a coleccionar y a espiar todos los besos que nadie me dará nunca, Félix.

También recorto y pego en un gran álbum todos los besos que veo en las revistas… Ni que decirte que tu nombre está escrito allí… En las páginas centrales de mi libro de besos hay cientos de fotos tuyas… Ya sabes que siempre que nos vemos te hago una con mi vieja polaroid… Y no es que sea rara, era para recordarte, por si aquel jueves me besabas…

Me quedo mirando a todos aquellos que se dan besos por la calle,  les secuestro unos pocos y los grabo en mi memoria… Veo a las chicas, casi niñas, que ya tienen muchos más besos que yo y las envidio, Félix. Ya ves que en mi álbum de besos hay besos reales, fingidos e imaginarios, es decir, los que he visto, los que no he dado y los  que no me han dado…

No sé Félix si a ti te han dado muchos besos, yo creo que no, porque  no tendrías ese humor tan malo, que siempre estás enfadado…

¿Quieres que te preste unos cuantos besos de los que tengo coleccionados? ¿Te grabo una cinta de vídeo?

Te cuento otra cosa: también colecciono abrazos… Me gusta, no sé… Se aprende mucho de la psicología de la gente cuando ves cómo se abrazan… Ah, y miradas, miradas también… Tengo muchísimas.

Ya ves, Félix, que después de merendar juntos durante más de veinte años apenas me conoces… Seguro que no sabías que era una gran coleccionista… Posiblemente ni lo imaginabas…

¿Me darás un beso la próxima vez que nos veamos? Te lo pido, pero sólo si tu quieres, sólo si te apetece… Que si no dejo la página en blanco…

 

Tuya

Rosario

 

Nota:

El álbum de Rosario acabó en un horno crematorio, ya que fue su última voluntad que se quemara con ella. Así se prendieron todos los besos que un día tuvo en sus manos y nunca en su boca….

A Rosario jamás le dio un beso Félix ya que le faltó valor para entregarle esta carta… Metió el papel en el álbum y allí se quedó… Sus palabras se hicieron confeti y quedaron tan enterradas como sus deseos.

 

Isabelita Soria

(Escritora, realizadora de cine, guionista, una mujer en acción constante)

 

*Isabel Soria felicita las fiestas a sus amigos con este cuento. Esta foto es de Edoardo Pasero.

FRASES PARA DESPEDIR 2010

FRASES PARA DESPEDIR 2010

No conozco a Elisenda Julibert, traductora y editora de Marbot. Hemos hablado en alguna ocasión, he leído varios de los libros que ha traducido en su sello, nos hemos intercambiado correos electrónicos. Ayer me mandó un pequeño fragmento de algunos de los libros de su sello. Los traigo aquí con sumo placer, como pequeños obsequios navideños. Y también con esta foto de la fotógrafa moscovita Julia Borodina, también llamada J. Borodina.

 

"A veces he sostenido (aunque mis oyentes creen que en broma) que el principal rasgo que distingue al hombre de los demás animales es que el hombre es el único animal que maltrata a las hembras de su especie. Es algo de lo que no será jamás culpable ningún lobo ni ningún coyote cobarde. Es algo que ni siquiera hace el perro, por más degenerado que esté por la domesticación. El perro sigue conservando el instinto salvaje en sus fibras, mientras que el hombre ha perdido la mayoría de sus instintos (al menos, la mayoría de los buenos)"

Jack London, En ruta, Marbot, 2009. Trad. Ramon Vilà y Socorro Giménez

 

"El hombre pobre es el único que es caritativo: no da ni se guarda nada de lo que le sobra, pues no le sobra nada; da, sin guardarse nunca nada, de lo mismo que necesita para sí, a menudo de lo que necesita desesperadamente. Darle un hueso al perro no es caridad: caridad es compartir el hueso con el perro cuando estás tan hambriento como él"

Jack London, En ruta, Marbot, 2009. Trad. Ramon Vilà y Socorro Giménez

 

"¿Qué se hace en la calle, por lo general? Se sueña. Se sueña en cosas más o menos precisas, nos dejamos llevar por nuestras ambiciones, por nuestros rencores, por nuestro pasado. Es uno de los lugares más reflexivos de nuestra época, es nuestro santuario moderno, la Calle"

Céline, Semmelweis, Marbot, 2009. trad. Ramon Vilà

 

"El hombre es un ser sentimental. Sin sentimiento no puede haber grandes creaciones, pero el entusiasmo se agota pronto en la mayoría de los hombres a medida que se alejan de su sueño"

Céline, Semmelweis, Marbot, 2009. trad. Ramon Vilà

 

 

DOS POEMAS INÉDITOS DE ÁNGEL GUINDA

DOS POEMAS INÉDITOS DE ÁNGEL GUINDA

DOS POEMAS INÉDITOS

 

CELEBRACIÓN

 

Nuestra entrega por único regalo.

 

 

                     *

 

 

A TU LADO

 

A tu lado

tengo más sed de fuego que de agua.

 

A tu lado

Todo desaparece menos tú.

 

 

                                       Ángel GUINDA

                                  (de Materia del amor)

La foto es de Tomek jankowski.

 

UN DIVERTIMENTO DE JOAQUÍN BERGES

UN DIVERTIMENTO DE JOAQUÍN BERGES

Joaquín Berges Ballestin ha sido, probablemente, la revelación del año 2090 en las letras aragonesas con ‘El club de los estrellados’. Publicó esa primera novela, con 45 años, en el sello Tusquets. Joaquín, que reside en Villanueva, también suele redactar una especie de divertimentos o diálogos, que define así: “Estos textos (a los que yo denomino piramientos) son divertimentos de la mente, como los garabatos que se pintarrajean mientras se habla por teléfono. Siempre dos personajes, ningún texto narrativo, situaciones absurdas...”. He aquí uno de ellos, tan navideño.

 

 

-Buenos días. Venía a ver al doctor.

-Muy bien. ¿Tenía hora?

-Sí, hace un rato eran las once menos veinte.

-¿Y ahora?

-Ahora no lo sé. Me he dejado el reloj en casa.

-¿Entonces ya no tiene hora?

-Pues no.

-En ese caso el doctor no va a poder atenderlo.

-Pues es una pena porque le traía un paquete de El Corte Inglés.

-¿Qué forma tiene?

-Aquí está. Juzgue usted misma.

-Parece una guitarra.

-O un jamón.

-¿Puedo cogerlo?

-Adelante

-No es una guitarra.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque no tiene agujero en la caja.

-Muy perspicaz. Además huele a jamón que mata.

-Yo jamás me he fiado del olfato.

-Yo tampoco, pero ¿qué otra cosa puede ser?

-Pues no sé… una mandolina, un violín…

-O una paletilla. Lo digo por el olor a jamón.

-Y dale con el olor.

-¿Quiere que lo abramos?

-No podemos hacer eso. Va dirigido al doctor Ruiz Figueroa. Y ni usted ni yo somos doctores.

-Bueno, no se crea, yo soy doctor en geografía política.

-¿No me diga?

-Así es.

-¿Y qué hace repartiendo mandolinas?

-La geografía política está muy mal.

-Ya lo sé. Fíjese en Israel y los territorios ocupados.

-Sí, o el conflicto de Cachemira.

-También.

-En fin, se me está haciendo tarde. Tengo que irme.

-Qué lástima. Ahora que empezábamos a entendernos.

-Ya, pero es que deben de ser más de las doce.

-Veo que vuelve a tener hora.

-Eso parece.

-Entonces pase a la sala de espera un momento. El doctor saldrá enseguida.

-Dígale que traiga algo para saborear el regalo.

-Sí, pero qué le digo: ¿el arco de un violín o la púa de una mandolina?

-Un cuchillo jamonero bastará.

*La fotografía es de Joseph di Sipio.