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Antón Castro

Escritores

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

La pasión literaria de María Pilar Sinués

Historia de la escritora aragonesa del siglo XIX que publicó un centenar de títulos y dirigió ‘El Ángel del Hogar’

 

Antón CASTRO

María Pilar Sinués (Zaragoza, 1835-Madrid, 1893) no pasó inadvertida ni en vida ni después de su muerta. Tenía una gran personalidad, firmó alrededor de un centenar de libros de “narrativa, didácticos y prosa periodística”, según definición del profesor Leonardo Romero Tobar, que equiparaba en un artículo el término didáctico a los manuales de autoayuda de hoy, y fue una mujer leída, conocida, de auténtico éxito, que frecuentó tertulias, que colaboró en periódicos y revistas, que escribió de las mujeres célebres de su tiempo y que mantuvo importantes amistades con los escritores románticos y con la novelista Carolina Coronado, a quien dedicó la novela ‘Premio y castigo’.

De ella, en diferentes momentos, han escrito José Luis Calvo Carilla y Rosa María Andrés, Ana María Navales, que le dedicó varios artículos en HERALDO, Íñigo Sánchez o José Luis Melero, que cuenta en ‘Leer para contarlo’ (Xordica, 2015) su historia de amor y su boda con José Marco Sanchís 81830-1895), el escritor y periodista valenciano, que dirigió ‘La España Musical y Literaria’ y que adaptó su novela ‘El sol de invierno’, antes de que se rompiese la relación.

María Pilar Sinués nació en Zaragoza en 1835 y vivió en su ciudad hasta 1856. Estudió en el convento de Santa Rosa, que estaba en las afueras de la ciudad. Era estudiosa y gran lectora. Pronto se destapó como poeta: en ‘El Avisador’ publicó once composiciones y ‘El Esparterista’ cinco, entre ellos un ‘Poema al Invicto Duque de la Victoria’. Romero Tobar dice que eran poemas religiosos, familiares y levemente políticos. En esa época inicial, según ella recordó, sentía un auténtico fervor literario: se levantaba a las tres o cuatro de la mañana y escribía sus primeras ficciones: sus poemas de ‘Las Vigilias’, leyendas como ‘Luz de luna’, novelas como ‘Margarita’ (1857) y ‘Rosa’ (1857), que ya publicaría en Madrid, aunque al parecer eran anteriores a su partida a la capital de España. En algunos aspectos fue una mujer progresista, que sintonizaba con el sexenio revolucionario (1868-1874). Iba mucho más allá de ese título de ‘El Ángel del Hogar’ (1864-1869), la revista para mujeres que dirigió y que estaba dedicada a su educación moral. Leía a los grandes escritores españoles de su tiempo, como Fernán Caballero, Carolina Coronado o Bécquer, tenía sensibilidad para Heine, y conocía los libros de Chateaubriand, Nodier o el primer Balzac.

Uno de los hechos capitales fue su historia de amor con José Marco. José Luis Melero cita el libro ‘Impresiones y recuerdos’ de Julio Nombela. Cuenta que a “la tertulia del Café de los Ángeles de Madrid, a la que acudían entre otros Gustavo Adolfo Bécquer, José Marco, Julio Nombela y Juan Antonio Viedma, éste llevó una tarde un periódico zaragozano en el que se publicaban unos poemas de cierta poetisa desconocida. Los leyó en alta voz y fueron saludados con largos aplausos. Todos quisieron saber el nombre de la autora. Viedma se lo desveló: se llamaba María Pilar Sinués. Nadie había oído hasta entonces ese nombre”. Coincidieron todos en que sólo una hermosa mujer podía escribir así. “Fue entonces cuando decidieron escribirle una carta en verso. José Marco fue quien se decidió a coger la pluma”. Escribió una epístola rimada, donde le decía que la había leído y que se “había enamorado locamente de ella”. Ella respondió que le había pasado lo mismo, y así, sin conocerse, sin haberse tratado, decidieron casarse por poderes. Esa fue la razón de que María Pilar se trasladase a Madrid en 1856. Se dedicarían algunos libros con los nombres de Pepe y María.

Su carrera fue casi meteórica. Publicó libros de todo tipo, Leonardo Romero habla de un “ciclo de novelas aragonesas”, donde aludió a “mi hermoso y risueño Aragón”. Poco a poco se convirtió en una autora respetada, querida, leída, que reeditaba, moralizante, de grandes éxitos. Vendía sus libros un real más barato que los demás, publicaba en todas partes y fue recibida por los Reyes de España. Con el paso de los años, José Marco la abandonó y su fin fue más bien catastrófico. Federico Sáinz de Robles resumió así el fin de María Pilar Sinués: “Ganó mucho dinero, que dilapidó principescamente en caprichos y romantiquerías. Su última novela fue ‘Morir sola’ y sola murió, pobrísimamente, hallándola muerta su sirvienta al volver a casa”. Era un 19 de diciembre de 1893.

LA ANÉCDOTA

Pilar Sinués empleó el seudónimo de ‘Laura’ en ocasiones. Fue objeto de la atención más bien paternalista de Clarín y vio, como pocos, el lugar de la mujer en la creación, en la tertulia, etc. Además de sus novelas, firmó libros como ‘Un libro para las damas’, ‘Un libro para las madres’, ‘Un libro para los jóvenes’. Y en cierto modo, sin aspavientos pero con solidez, anticipó a figuras de la prensa como Josefina Carabias o Carmen de Burgos, ‘Colombine’. 



VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

El alma salvaje de Clarice Lispector

 

Siruela le dedica una biblioteca a esta autora del desarraigo más conmovedor, objeto de más de 10.000 tesis doctorales

 

Antón CASTRO

Clarice Lispector (Chichelnik, Ucrania, 1920-Rio de Janeiro, Brasil, 1977) fue siempre una extranjera en la tierra y en su propia alma. Una palabra como desarraigo, tan dolorosa en todos sus extremos, parece haberse inventado para ella. Ese extrañamiento esencial, mezclado desde niña con una invencible sensación de culpa (su madre quedó paralítica tras el parto, al parecer había sido violada, y murió diez años después), no surgió del cambio de residencia inicial ni tampoco de su vida nómada. Nació en Ucrania, en una aldea minúscula, se trasladó muy pronto a Maceió, y luego a Recife, vivían en la calle Aragão, de ahí a Río y pronto inició su nomadismo físico, tras casarse con un compañero de estudios de Derecho, Maury Gurgel Valente, que hará carrera diplomática: vivió en Nápoles, Berna, Tusquay (Inglaterra), Washington y finalmente regresó a Brasil; siempre se sintió brasileña, de lengua portuguesa, que hablaba con una ‘erre’ afrancesada que jamás quiso pulir.

Allá donde estuvo percibió una soledad inexpugnable. Necesitaba a los amigos y a la par se alejaba de ellos; había un momento en que, más allá de sus cartas, se recluía en el abismo de sí misma para explorar su identidad y la de los fantasmas que la habitaban. Las mujeres de sus libros (Joana, Lucrecia, G. H., Macabea), en el fondo, son un poco como ella y son ella: apasionadas, atormentadas, hipersensibles, obsesivas, luchadoras de instantes de felicidad clandestina. Confesó: “Cuando no escribo, estoy muerta”. Y también anunció: “Soy frágil, incierta, incontrolada”.

La escritura fue su gran pasión y su herida. “Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió”, anotó. Sintió la llamada de la literatura desde muy joven. Aprovechaba cualquier oportunidad de visitar una biblioteca ajena. Cada libro era como una revelación. Junto a los grandes maestros de las letras brasileñas –Machado de Asís, Graciliano Ramos, el joven Jorge Amado...-, se impuso el universo de Katherine Mansfield. Y poco después, tras acabar la universidad, se inició en el periodismo, que fue una de las actividades más constantes de su vida: fue columnista, escribió reportajes, hizo entrevistas, habló de moda y de recetas, usó seudónimos e incluso fue la voz interpuesta de la actriz Ilka Soares. Entonces poseía una belleza salvaje: parece que vivió un romance con el poeta Manuel Bandeira y que se sintió atraída por su gran mentor y cómplice: el escritor homosexual Lúcio Cardoso. Poco antes de casarse en 1943, había escrito ‘Cerca del corazón salvaje’, una novela extraña, un monólogo introspectivo de una mujer, Joana, que se suspende en la lengua (o la poderosa creación verbal), la poesía y la identidad, dentro de una atmósfera perturbadora. El libro fue un éxito, cosechó muchos elogios, le detectaron influjos de James Joyce y Virginia Woolf (cosa que no le gustó mucho) y el poeta Lêdo Ivo, publicado en España por Olifante, la saludó como “una deslumbrada aparición”.

Estuvo casada 16 años, se separó en 1959, fue madre de dos hijos, Pedro y Paulo, siguió publicando: libros infantiles, de relatos como ‘Lazos de familia’ y ‘Felicidad clandestina’, novelas como ‘La araña’, ‘La ciudad sitiada’, ‘La manzana en la oscuridad’, ‘La pasión según GH’ (“Yo miré a la cucaracha viva y en ella descubrí la identidad de mi vida más profunda”, escribe), o ‘La hora de la estrella’, el último de sus textos, la historia de Macabea, una mujer primitiva, pobre y feliz.

Clarice Lispector vivió en condiciones económicas duras. Crió a sus dos hijos con la máquina de escribir muy cerca, apenas reescribía, no volvió a tener un compañero estable; pese a ello dijo: “Fui amada por algunos y conozco la pasión”. En 1966 se quedó dormida con el cigarrillo encendido, se incendió el cuarto y el fuego le dejó rastros en el rostro y en la mano derecha. Un cáncer de útero que se extendió por todo el cuerpo puso fin a sus días en 1977. “El clímax de mi vida será la muerte”, había dicho.

 

LA ANÉCDOTA

 

Siruela siempre ha tenido un amor especial para esta autora que indaga el misterio de la existencia. En 2013, Ofelia Grande y su equipo pusieron en marcha la Biblioteca Clarice Lispector, que iniciaron con sus ‘Cuentos reunidos’, fue una espléndida cuentista y su pieza más famosa se titula ‘Amor’ (el relato de una mujer de 45 centímetros), y con ‘La pasión según GH’. Aparecerán 19 volúmenes, entre ellos una selección de su copiosa correspondencia. En español hay dos biografías recomendables: ‘Clarice. Una vida que se cuenta’ de Nádia Battella Gotlib (Adriana Hidalgo, 2007) y ‘Clarice Lispector’ (Omega, 2001) de Laura Freixas. Carla Guelfenbein se inspiró en ella para su novela ‘Contigo en la distancia’ (Premio Alfaguara, 2015). Se dice que le han dedicado más 8.000 tesis doctorales en Brasil y 3.000 en toda Europa.

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

La codicia del amor

Guillermo Busutil* 23.08.2015 | 05:00

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2015/08/23/codicia-amor/790342.html

Hace tiempo que una mujer quiere contarme su historia. Me lo dice siempre los últimos días de agosto, enmarcada en la ventana de la heladería donde atiende los sabores del verano. Tiene los ojos azules, al filo de la nieve en el mar. Son hermosos y frágiles. La vida se vislumbra difícil en su fondo. Entreveo que se han roto en cristales rojos y negros en más de una intimidad. No hay rímel ni delineador en gel que logren hacer máscara alrededor del dolor enquistado en una mirada. Ni siquiera cuando sonríe espanta del todo las sombras que jamás cicatrizan en la memoria que contienen. Nunca la apremio a que me cuente. Siempre le digo que aproveche el invierno para grabarla o escribirla en una libreta. Se llama Nieves, como sus ojos. Ha sacado adelante a sus hijos. Transmite educación, humildad y coraje en su manera de trabajar a diario el ajetreo de la vida. Sé que le gusta leer. Incluso mis libros. Su lectura es la que la empuja a prometerme, de vez en cuando, que me entregará su historia para que yo la cuente. Quizás crea que la literatura es una forma de extirpar lo que un día se le murió tan adentro. Tal vez piense que, de ese modo, pueda liberarla del llanto seco y violado que no cesa desde su infancia. Dos veces en familia, su cuerpo forzado por la violencia de la degradación del deseo. Una fiebre con la que los hombres se vencen en despreciables alimañas. La evidencia de la impostura de su hombría. Hoy se le ha derramado encima. No pudo contenerse al oírme decir, a un amigo de paso, que pensaba escribir sobre las mujeres asesinadas. Que estoy harto del delito moral del machismo y sus verdugos.

Conozco más Nieves. Nadie se imaginaría, ante el éxito de sus profesiones o la dulzura que exhiben en la madura felicidad o en la longeva serenidad de sus rostros, que padecieron la grave falta de autoestima y el temblor atónito del miedo golpeado salvajemente. Que en sus labios sangró el silencio reventado. En algunos casos, sus hijos pequeños se entrometieron contra la mano en cólera de un padre y su innoble cobardía. Por este motivo el Parlamento reconoce, desde el pasado 12 de agosto, como víctimas directas a los hijos de las mujeres víctimas de la violencia de género. A los padres, a los maridos, les da igual. Sucede a diario. «Te prometo que voy a cambiar, te quiero, tú lo sabes». Es la consigna del drama. Palabras envenenadas que cada dos días nos desgarran un crimen de género. Mujeres muertas que nos hacen naufragar a todos los hombres que no hemos sabido salvarlas. No basta en la chaqueta el lazo blanco, creado en 1991 por un grupo de canadienses con el objetivo de acabar con la violencia de los hombres hacia las mujeres. Hace falta mucho más. Ellas no dejan de caer a los pies de nuestra vergüenza colectiva y, por si fuese poco, ahora los asesinos sacrifican a sus propios hijos. El más execrable golpe bajo contra la libertad y el amor de una mujer a la que matar en vida.

La macro encuesta de 2015 presentada por el Gobierno hace unos meses era contundente. La violencia de género aumenta en España. No hay tarjeta roja que la expulse de nuestras vidas. Concluía también que la mayoría de las mujeres no interponen denuncia. Un 44% afirma que no lo hicieron porque «no fue lo suficientemente grave» y un 21% por sentir vergüenza. El 21% de las que sí lo hacen terminan retirándola. Lo más lamentable es que ha disminuido el número de mujeres que consiguen la protección que solicitan en los juzgados o la que garantiza la policía. Se debe a que es el único delito en el que el propio sistema judicial cuestiona a la víctima y de ese modo la revictimiza. No es extraño por tanto que en España, donde uno de cada cinco hombres ejerce algún tipo de violencia contra su pareja, sólo una pequeña parte de estas situaciones se denuncie en los juzgados. La mejor manera de solucionar este despropósito es que la atención a las víctimas no estén vinculadas a la denuncia. Y que la Ley sea más contundente con los maltratadores, y los arrincone o los expulse socialmente.

Es prioritario incidir más, a través de la educación temprana en igualdad y en convivencia, en el rechazo de cualquier tipo de violencia y más aún de la ejercida con la coartada del modelo de masculinidad creado por la sociedad. Los malos tratos exigen revisar erróneos valores patriarcales, saber que los celos son un peligroso okupa del corazón. No hay que olvidar el fenómeno de hipersexualización, auspiciado por la publicidad, el cine y las redes sociales, que hace sentir a las niñas que una parte de su valor tiene que ver con la capacidad de seducción por medio del cuerpo. Estas cuestiones, junto a los gestos de desprecio, las humillaciones, las conductas posesivas y los malos tratos, anunciaron el desenlace de muchos casos de violencia de género. Ellas no reaccionaron por la dependencia económica, por los errores del sistema que debería haberlas protegido. Porque no hay cerca una aldea como Umoja, en el norte de Kenia, fundada en 1990 por 15 mujeres víctimas de abusos sexuales por parte de soldados británicos. La aldea acoge a toda mujer que escape del matrimonio infantil, la mutilación genital femenina, la violencia doméstica o la violación. Sólo los hombres criados allí desde niños tienen derecho a vivir en Umoja.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. No sabía Cesare Pavese que sus versos eran la sangre de la violencia de género. Que a estas horas o más tarde, una novia, una esposa, una hija, una hermana, una madre, morirá de golpe o finalmente del todo. Que sus primeros besos serán cenizas amargas entre los labios. La codicia del amor, tóxico y equivocado, es la raíz de la violencia que decide su muerte.

Contaré un día la historia de Nieves. Y seguiré haciendo lo posible para que el silencio deje de ser el grito de miedo de la mujer que no se atreve a decir NO. Hoy, mañana, siempre. Cada jornada en la que frente a la violencia, yo también soy mujer.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

*la foto es Edouard Boubat.

RAFAEL CHIRBES HA MUERTO

Contar de España lo que está sucediendo a tu lado

 

Antón CASTRO

Rafael Chirbes (1949-2015), que se había vuelto imprescindible y quizá el novelista más citado de los últimos años, encarnó como nadie «la literatura del malestar». O lo que también se llamó «la España de la indignación». Una de sus frases favoritas era «yo que sé», como si él en realidad fuese, más que el dueño de un puñado certezas, un explorador, un observador, alguien que mira en derredor y cuenta lo que ve. «Lo que yo cuento es lo que todos teníamos a la vista», dijo. Para él la literatura era conocimiento y la novela que le atraía es la que está dentro de la historia. Cuando repasaba su trayectoria, sentía la inclinación de inscribirse en una tradición: la de Benito Pérez Galdós, sin duda, pero también la del Juan Marsé de ‘Si te dicen que caí’, la del Juan Goytisolo de ‘Señas de identidad’, la de ‘Tiempo de silencio’ de Luis Martín-Santos y la de ‘El Jarama’ de Rafael Sánchez Ferlosio.

Y no solo ellos: no dejaba de resultar curioso que este escritor más bien huraño y austero, retirado en soledad en Benarbeig con sus dos perros, que vivió durante años viajando y escribiendo para la revista ‘Sobremesa’, hubiese contado con la ayuda excepcional de Baltasar Gracián y ‘El Criticón’ para redactar su última ficción: ‘En la orilla’ (Anagrama, 2013), una radiografía de la España de la crisis, de las contradicciones de una familia, a la que llegaba una inmigrante como la colombiana Liliana, de las relaciones entre un padre y un hijo, y de la irrupción de una forma de miedo o de codicia en plena desesperación. Ese libro, tan ferozmente realista, contiene un elemento más o menos simbólico como es el pantano de Olba, esa zona de marjales donde todo ha sucedido (desde el paraíso de la infancia a los horrores de la guerra civil) y donde sigue sucediendo. Chirbes reincidía en sus juicios: «Se ha escrito poco de lo que ha ocurrido a tu lado».  

Rafael Chirbes, que se reveló en 1988 con ‘Mimoun’, ha sido un novelista coherente en la tarea de contar España. Contarla desde la posguerra hasta los estertores del franquismo, como hace en ‘La larga marcha’ (Anagrama, 1996); abordar la muerte de Franco y la incertidumbre general que se avecina, asunto de ‘La caída de Madrid’ (Anagrama, 2000); describir la derrota de las utopías y del sueño revolucionario, argumento de ‘Los viejos amigos’ (Anagrama, 2003).

‘Crematorio’ (Anagrama, 2007) es la novela que le hizo famoso y le reveló como el gran cronista del país de la corrupción y la especulación, la novela-espejo de una hecatombe en la que se atrevió a burlar el maniqueísmo con algo que le apasiona: las voces subjetivas, intensas y rabiosas. Ahí creó uno de sus grandes personajes, Rubén Bertomeu (Pepe Sancho en la serie de televisión), constructor sin escrúpulos, como en ‘En la orilla’ crearía al paradójico carpintero Esteban. Su narrativa, tensa y despiadada, ha influido en jóvenes como Isaac Rosa, Sara Mesa, Menéndez Salmón y quizá, entre los nuestros, en Manuel Vilas.

 *Este artículo aparece hoy en Heraldo de Aragón. La foto es del archivo de ’El País’.

CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMEN MARTÍN GAITE:

LA MUJER IDEAL DE LETRAS

 

Se cumplen quince años de la muerte de esta escritora versátil que practicó todos los géneros

 

Antón CASTRO

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) encarna un deslumbrante ejemplo de vocación literaria desde la niñez. A los ocho años ya escribía cuentos y a los diez firmó un cuaderno que tituló ‘Redacciones’. Su infancia transcurrió entre Salamanca, Madrid y San Lorenzo de Piñor, en Orense. Su  padre, notario liberal, le regaló una pluma, que conservó siempre, y una frase: “olvidaos de la ambición de poseer y, en cambio, no perdáis nunca, hasta el fin de vuestros días, la ambición de saber”; Carmiña la cumplió al pie de la letra.

Estudió Filosofía y Letras en Salamanca y allí conoció, entre otros, al narrador Ignacio Aldecoa (1925-1969), que frecuentaba poco las aulas y mucho las tabernas, y poseía un maravilloso oído para captar el idioma popular al vuelo. Al principio, Carmen Martín Gaite hizo algunas tentativas como actriz: siempre tuvo algo de melodramática; como dijo el profesor y crítico Santos Sanz Villanueva podía ser “vital, presumida, provocadora”, pero también era irónica, divertida, reflexiva, rebelde, trabajadora hasta la extenuación, y le gustaba llevar aquellas boinas que le daban un aire parisino y a la vez intemporal.

Tras una pequeña crisis universitaria y de salud –que dio lugar al inédito ‘Libro de la fiebre’, de literatura fantástica más bien-, se trasladó a Madrid. En 1950 inició su relación con el joven escritor Rafael Sánchez Ferlosio, que le recomendó que no publicase aquel trabajo. Rafael y Carmen se casaron el 14 de octubre de 1953, y tuvieron un primer hijo, Miguel, que murió a los siete meses. Carmen, desolada, decidió que debían tener otro hijo; su hija Marta nació en 1956. Para entonces Carmen ya había publicado cuentos en varias revistas y, en 1954, había obtenido el premio Café Gijón con ‘El balneario’. Coincidiendo con el nacimiento de Marta, Sánchez Ferlosio ganó el premio Nadal con ‘El Jarama’, una novela realista de prosa objetiva y minuciosa que narraba una tarde en el río y un accidente funesto. Carmen Martín Gaite escribía siempre que podía, como le contó en una conmovedora carta a Asunción Carandell, esposa de José Agustín Goytisolo, que Carme Riera publica en un libro recomendable: ‘Un lugar llamado Carmen Martín Gaite’ (Siruela, 2013), en el que escriben los zaragozanos José-Carlos Mainer y María Dolores Albiac. En 1958, la propia Carmen Martín Gaite ganó el Nadal con ‘Entre visillos’. Luego aparecerían ‘Ritmo lento’, quizá una de sus novelas más ambiciosas, de discreta acogida, ‘Retahílas’, ‘Fragmentos de interior’, ‘Las ataduras’… Y empezó a dar muestras de su versatilidad: fue guionista de televisión, escribía ensayo, artículos, teatro, poesía, traducía de al menos cinco lenguas (gallego, portugués, italiano, inglés, francés), se obsesionó con el siglo XVIII a través de la figura de Melchor de Macanaz y del estudio de los usos amorosos, entre otras cosas. En 1961, cuando Marta ‘La Torci’ tenía cinco años, le regaló a su madre una libreta con un título premonitorio: ‘Cuaderno de todo’. Desde entonces, Carmen redactó una larga treintena de cuadernos que contienen reflexiones, confidencias, notas de lectura, cartas, etc., algo muy parecido a un personal diario íntimo o las notas del taller de la escritora; se publicarían en 2002 en Debate en edición póstuma de Maria Vittoria Calvi. En 1970, ella y Rafael Sánchez Ferlosio se separaron; él se volvió a casar con Demetria Chamorro y ella solo se desposaría con la soledad, la literatura y el amor hacia su hija Marta, que falleció en 1985 de sobredosis. Dos años antes había publicado un libro capital, en el que trabajaba de manera explícita desde 1973: ‘El cuento de nunca acabar. (apuntes sobre la narración, el amor y la mentira)’. En 1988 compartió el premio Príncipe de Asturias de las Letras con su amigo José Ángel Valente. La última década de su vida fue especialmente intensa.

Se convertiría en una escritora popular, querida y galardonada, una de las más vendidas de la Feria del Libro de Madrid. Publicó sus novelas de mayor éxito, ‘Caperucita en Manhattan’ (1990), ‘Nubosidad variable’ (1992),  ‘La reina de las Nieves’ (1994). Ese año recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas), ‘Lo raro es vivir’ (1997), ‘Irse de casa’ (1998)..., salvo la primera, todas en Anagrama. En ellas se mezcla la glosa de cuentos clásicos y su mundo obsesivo de secretos de la memoria. El 23 de julio de 2000 falleció de un cáncer fulminante en la Clínica Rúber. Pidió que le llevasen sus ‘Cuadernos de todo’, que definió como su “murmullo del vivir cotidiano”, y cerró sus ojos abrazada a ellos. Carmen quizá no pudo oír el ruego de su hermana mayor Ana María: “No te mueras todavía”. Han pasado quince años desde entonces: la importancia de esta novelista de la introspección, de la evocación y de “la búsqueda del interlocutor” sigue creciendo.

 

LA ANÉCDOTA

Carmen Martín Gaite fue una mujer muy generosa con los jóvenes, como han recordado Antonio Muñoz Molina, Belén Gopegui o Marcos Giralt Torrente. Fue la guionista de la serie sobre Teresa de Jesús de Josefina Molina. Varios aragoneses han estado vinculados con ella. Firmó el guion de ‘Celia’ (1993), que rodó José Luis Borau, que le dio un cameo como monja; fue una gran amiga de la actriz y modelo, y también escritora en su madurez, Mayrata O’Wisiedo, novia en los 50 de Alfonso Sastre, como cuenta en su libro ‘Esperando el porvenir’ (Siruela, 1994), sobre Aldecoa. La actriz Ana Labordeta fue una de las protagonistas de su obra teatral ‘La hermana pequeña’, que se estrenó en 1999.

 

*Esta fotografía es de Rogelio Allepuz y se la tomó al lado del Gran Hotel de Zaragoza en 1991.

NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

Pedro Juan Gutiérrez cuenta

la persecución de Cuba a los gais

 

El narrador de Matanzas publica ‘Fabián y el caos’ (Anagrama), la dramática historia de un músico acosado por el régimen de Castro

 

 

Antón CASTRO

Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950) ha sido llamado en muchas ocasiones el ‘Charles Bukowski’ cubano. También tiene cierto parentesco con el canto a la vitalidad sexual de Henry Miller. Es un escritor descarnado y visceral al que le encanta explorar el sexo, la sordidez y la miseria de un país en permanente contradicción. En el mundo de Pedro Juan Gutiérrez el sexo es lo más importante que hay: cuando todo va mal, cuando la hambruna atosiga, cuando ni hay trabajo ni otras expectativas, siempre queda eso: una cita en cualquier parte con esas mujeres ardientes, de cualquier edad, dispuestas al amor y a sus tenebrosas apariencias.

Pedro Juan Gutiérrez dejó constancia de esta visión en libros como ‘Trilogía sucia de La Habana’, muy especialmente, pero en realidad en casi toda su obra: acostarse es una redención, un placer, una huida hacia adelante y quizá una condena. Y, casi siempre, en el fondo, da igual donde sea y con quien sea. Pedro Juan Gutiérrez, que también le ha dedicado una novela a la presencia de Graham Greene en la isla, ‘Nuestro G. G. en La Habana’, ha creado una especie de antihéroe de los bajos fondos, nihilista, huraño, corrosivo, más bien cabreado y dispuesto para el goce de una manera primitiva, casi animal, aunque a veces posea fogonazos de romanticismo. Para él, el romanticismo y el deseo caminan de la mano.

Ese personaje central de sus libros que es Pedro Juan, que tiene mucho de ‘alter ego’ suyo, reaparece en ‘Fabián y el caos’ (Anagrama, 2015. 235 páginas), que llegará a las librerías con el nuevo curso. Es un libro parecido a sus títulos anteriores, críticos con Cuba, que ofrecen una visión demoledora de su situación social, laboral y política, pero incorpora una novedad: se centra en la historia de un homosexual, con grandes capacidades para la música, al que el sistema revolucionario pondrá en su punto de mira con un trabajo brutal de demolición. Pedro Juan Gutiérrez cuenta dos vidas paralelas: la de Pedro Juan, que descubrirá el sexo con Regina y Tita la loca, entre otras, y la de Fabián, hijo de Lucía Ramírez, madrileña, y Falipe Cugat, barcelonés, que viven una fugaz historia de amor. Felipe y Lucía se conocen, se casan, se marchan a Matanzas; él trabajará en una tienda de tejidos de su tío y ella dará clases de música. Lucían será madre por accidente a los 44 años; su marido se entendía con diversas prostitutas y se controlaba muy bien en el tálamo nupcial, hasta que un día cometió un error.

Así nació Fabián –la novela arranca con esta frase: “Fabián empezó a escuchar la música del piano cuando aún era un feto flotando en el vientre de su madre”-, escasamente agraciado, que llegará a dominar la música clásica, el bolero y el jazz. Su padre le dije un día a su esposa: “Te dije que lo mantuvieras alejado del piano. Eso está bien para las mujeres. Y punto. Los hombres tienen que trabajar. Trabajar duro. ¡Y hacerse hombres, joder!”. Fabián se sentirá un solitario profundo. Un hombre invisible y descolocado. Pese a todo vivirá intensas historias de amor: con el joven Roberto, con quien pasea por la solitaria playa de Varadero, con Manolo (conmueve su destino final), con el carnicero Antonio, con quien explora el lado más salvaje e insoportable del erotismo.

“Tenía que seguir caminando y atravesar la furia y el horror”. Eso hace Pedro Juan y aún más Fabián, que pasará de las ‘Variaciones Goldbrerg’ de Bach, del ‘Concierto número uno para piano’ de Chaikovski y de los ‘Nocturnos’ de Chopin a una fábrica de carne, donde todos roban. Recuerda el narrador: “Las mujeres se amarraban un pedazo [de carne] bajo el vientre, sobre el pubis. Y, si podían, llevaban otro trozo en una bolsa. Todos robaban cada día. Para comer en casa o para vender”. Alguien le dice a Fabián, en medio del éxito, que él no es un personaje idóneo para trabajar en cultura. El narrador reflexiona sobre la situación: “Fabián era un artista total. Un soñador. No tenía capacidad pragmática para la vida”. Y el propio artista, que parece no percatarse del nuevo estado de cosas, confiesa: “No me interesa buscarme la vida. Lo que me interesa es la música. Ir hasta el final (...) No quiero tener hijos ni nada. Solo quiero hacer música. Escribir una sinfonía, no sé..., hacer algo. Ir hasta el final de algo que no sé bien, no sé”.  

Pedro Juan Gutiérrez describe a un país que se inclina hacia el comunismo, que intenta sobrevivir en una nueva retórica de convivencia y que acaba levantando un muro de espionaje (encarnado en una mujer, Celeida), de cerrazón, de miedo y de intolerancia, que le afecta no solo a su amigo, sino a mucha otra gente, entre ellos los escritores José Lezama Lima, autor de ‘Paradiso’, libro bajo sospecha, el narrador y dramaturgo Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, que dejará su testimonio estremecedor en ‘Antes que anochezca’.

 

LA ANÉCDOTA

El beso más largo. Cuba ha sido un país de cines y de cine. Lo ha recordado Cabrera Infante en su libro ‘Mea Cuba’, que es una crítica feroz del castrismo. Cuenta muchos casos de represión contra los homosexuales. En los cines de La Habana pasaban muchas cosas. Aquí, Pedro Juan Gutiérrez cuenta algunas: los besos eran tan largos como una película, el acoso sexual se volvía más que insoportable. Y, a la vez, la oscuridad era el reino de todas las fantasías sexuales. Para Pedro Juan y Fabián el cine es como un reino de iniciación.

 

*La foto es de Eve Arnold, y está tomada en 1954.

 

CUENTO: UN PUEBLO CON SIRENAS

CUENTO: UN PUEBLO CON SIRENAS

UN PUEBLO CON SIRENAS 

 

Soy de un país de brujas y cuentos. Mi padre me decía que los aparecidos llegaban con la lluvia y que las salamandras de la fuente eran sagradas: las veía allá en el fondo, entre azulencas y doradas, en el centro mismo del manantial. Siempre me decía lo mismo: míralas, sueña con ellas, pero no las toques. Mi pueblo estaba cerca del mar y nunca había conocido una nevada. En cambio, tenía mendigos que contaban historias de amor y que bailaban diversas melodías. Un día apareció un hombre joven; llevaba unos lápices en la mano y unas tizas de colores. Llamaba a las puertas, pedía un poco de agua y de conversación, y cuando tomaba confianza se ponía a dibujar. Dibujaba sirenas: en la pared, en el suelo, en la puerta de dos hojas de las casas. Lo más extraño era que de noche, cuando nadie se lo esperaba, aparecía la sirena que había pintado en la tinaja del ganado o en la bañera. Mi propio padre me decía que eso había pasado una, dos, tres, hasta diez veces y en diez casas diferentes. Casi todas las casas tenían su sirena. Los paisanos querían ponerle el nombre más bonito: Violeta, Beatriz, Lena, Sarai, Adelina, Aura, Albaida, Rosalía… Hubo un instante en que todos querían ver la sirena del vecino, e iban en auténtica procesión, como a una romería. Yo también quise ir, pero mi padre me detuvo: “Andrés: no vayas –me dijo-. Las sirenas son más bellas cuando las imaginas”.

 

*Este texto apareció en mi libro 'Versión original', que publicó el sello Isla de Siltolá de Javier Sánchez Menéndez. La ilustración es de John William Waterhouse. El texto estaba dedicado al editor Juan Casamayor.

NACIONALISMO: SINSENTIDO Y SENSIBILIDAD

NACIONALISMO: SINSENTIDO Y SENSIBILIDAD


En su artículo de los jueves en la revista 'Letras Libres', con el apoyo de algunos pensamientos y escritos de George Orwell, Daniel Gascón, escritor y traductor, reflexiona sobre el nacionalismo.
http://www.letraslibres.com/blogs/blog-de-la-redaccion/nacionalismo-sinsentido-y-sensibilidad
NACIONALISMO: SINSENTIDO Y SENSIBILIDAD

 

En Notas sobre el nacionalismo, George Orwell escribió que el nacionalismo era “hambre de poder mitigada por el autoengaño”. Empleaba un concepto del nacionalismo que es más amplio que el que utilizamos habitualmente. Designa “la propensión a identificarse con una sola nación u otra unidad, colocándola por encima del bien y del mal y sin reconocer otro deber que promover sus intereses”. Ese nacionalismo, que el autor británico contraponía al patriotismo y que se caracteriza por la obsesión, la inestabilidad y la indiferencia a la realidad, estaba presente en los comunistas y en los trotskistas, en los católicos proselitistas como Chesterton y en los imperialistas británicos, en los sionistas y los antisemitas.

Orwell terminó de escribir su breve ensayo en mayo de 1945. Una fuerza poderosa en la construcción de la política europea en los últimos decenios ha sido la conciencia de la amenaza del nacionalismo: del nacionalismo en el sentido amplio que empleaba Orwell, pero también de las ambiciones y los peligros del Estado-nación, que destruyó Europa dos veces en treinta años.

Orwell explica que el nacionalista elige de qué lado está (de hecho, no le resulta difícil cambiar de lealtades) y luego busca los argumentos que apoyan la causa que ha elegido. En los años de crisis se ha empleado alguna vez una metáfora elocuente: son aquellos que utilizan los datos como los borrachos una farola: no para tener luz sino para apoyarse.

Daniel Kahneman ha mostrado que todos tendemos a sobrevalorar nuestra aportación en las empresas compartidas. Si trabajas en equipo, tienes hermanos o vives en pareja es posible que hayas observado esta tendencia (normalmente, en los demás).Exageramos nuestra aportación y nuestros sacrificios. También encontramos matices y justificaciones en nuestras acciones que no solemos encontrar en las acciones de los otros. El nacionalismo construye a partir de esa distorsión cognitiva una forma de ver el mundo.

Orwell escribía: “El nacionalista no solo no desaprueba atrocidades cometidas por su propio bando, sino que tiene una notable capacidad para ni siquiera enterarse de ello.” Hay un elemento de ese tribalismo en todos los movimientos políticos. Y las tendencias pueden combinarse. A veces se habla con cierta sorpresa de la asociación entre la izquierda y el nacionalismo territorial, supuestamente incompatibles. Lo que muestra el falso oxímoron es el éxito de la versión que la izquierda querría creer de sí misma. Cuando les ha venido bien, las fuerzas de izquierda del siglo XX, en regímenes y latitudes muy diferentes, no han tenido problemas en incorporar un discurso nacionalista.

Todo movimiento nacionalista parte de un soborno. Ofrece las virtudes, los valores eternos, heredados, que tienen los que pertenecen a una identidad frente a los otros.Los halagos hacen que la propaganda sea más efectiva: pocas cosas anulan con más eficacia el sentimiento crítico que la adulación. La afirmación más o menos explícita del nacionalismo no es “somos diferentes” sino “somos mejores”, como ilustró en un artículo inolvidable Jordi Cabré.

Como todo populismo, el nacionalismo dice lo que intuye que su público quiere oír. A menudo requiere un enemigo exterior, el opresor, y un agravio, que normalmente es una derrota heroica y antigua, desde Gettysburg y Trafalgar a Kosovo o Masada. La presencia de un enemigo exterior exige también la presencia de un enemigo interior, un quintacolumnista. (Los enemigos interiores de los enemigos exteriores se consideran héroes.) Los símbolos propios se tratan con una cursilería proporcional a la virulencia con que se tratan los símbolos de los otros. “Nada hay más insensible que el hombre sentimental”, escribió Kundera, y la realidad se encarga de darnos cada día nuevos ejemplos.

Introduce una visión en blanco y negro en una realidad compleja. Sus acciones suelen tener consecuencias negativas, en primer lugar para los supuestos beneficiados del nacionalismo. Sus condiciones perfectas no son la normalidad, sino el momento excepcional. En ocasiones, esa situación anómala (un estado de excepción) permite saltarse las leyes.

Sirve para crear y extender todo tipo de mentiras. Es, en el mejor de los casos, una maniobra de distracción: las promesas que ofrece son falsas, porque dice que hará cosas que no dependen de él, pero distrae de otros asuntos. En el caso de la candidatura independentista de Cataluña, Artur Mas ha conseguido reciclar a personas bajo sospecha por corrupción, soslayar la ruptura de su coalición anterior, ocultar sus fracasos sucesivos en gestión y en votos, y quizá logre debilitar también a Esquerra Republicana.

“No hay límite a las locuras que se pueden tragar cuando uno está bajo la influencia de sentimientos de esa clase. He oído a gente que decía con toda seguridad, por ejemplo, que las tropas estadounidenses no estaban en Europa para luchar contra los alemanes sino para aplastar una revolución inglesa”, decía Orwell, que pensaba que los intelectuales eran especialmente vulnerables: “Uno debe pertenecer a la intelligensia para creer cosas así: ningún hombre corriente las creería.”

Las tentaciones contrarias, escribía Orwell, eran caer en “una especie de conservadurismo” o “el quietismo político”, una suerte de relativismo. El autor de Homenaje a Cataluña rechazaba ambas opciones. “En cuanto a los amores y odios nacionalistas de los que he hablado, forman parte de la mayoría de nosotros, lo queramos o no. No sé si es posible librarnos de ellos, pero creo que es posible luchar contra ellos, y que eso es esencialmente un esfuerzo moral.”