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Antón Castro

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ANTÓN CASTRO, DIÁLOGO DE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

ANTÓN CASTRO, DIÁLOGO DE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

El lunes 15, en la librería Antígona (calle Pedro Cerbuna) se presenta mi nuevo libro, ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ (Nalvay), ilustrado por Javier Hernández, un argentino con antepasados oscenses que reside en Siétamo (Huesca). El libro es una aventura juvenil donde un niño, con poderes, debe enfrentarse a un cataclismo: en su pueblo, Baladouro, acaba de desatarse un diluvio universal que está a punto de inundarlo. Debe encontrar al Nubeiro, el hombre que gobierna las lluvias, las tempestades, las nubes. Y en esa aventura va a contar con alguna ayuda: una anciana que ve el demonio, un ciego llamado Cidre Oután, la sombra de una molinera, unos fantasmas, un matrimonio de naturalistas... El libro es un elogio de la aventura, del paisaje, de la lectura, de amistad y de las bibliotecas y, por supuesto, de algunos mitos galaicos vinculados con los bestiarios y la brujería.

 

-La presentación será a las 20.00. Intervendrán los editores, los autores y Julia Millán, librera y especialista en literatura infantil y juvenil.

 

 

ENTREVISTA CON ANTÓN CASTRO

 

Por ALONDRA RAMOS

Publico en Nalvay la novela juvenil ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ con ilustraciones del argentino, afincado en Aragón, Javier Hernández, ilustrador también del libro ‘El viento, el niño y el miedo’. La periodista madrileña Alondra Ramos me ha mandado algunas preguntas y estas son las respuestas.

 

 

-La leyenda de la ciudad sumergida es una historia de aventuras. Como ocurre en las leyendas, el nacimiento del protagonista está lleno de presagios. ¿Quién es exactamente Esteban, el protagonista y cuál es su misión?

-El libro abarca desde el nacimiento del niño hasta sus primeros años. Y es un niño que, poco a poco, se va haciendo especial. Es curioso, le apasiona leer, posee un gran sentido de la amistad y un infinito cariño hacia los suyos. Una de las figuras que le marca es el ciego de Baladouro, Cidre Oután, que es un contador de aldea, un músico ambulante, un soñador y alguien vinculado con lo enigmático. Le regala El Libro Rojo, que le cambiará la vida y la percepción de las cosas: descubrirá que posee varios dones. Casi antes de que se dé cuenta, Esteban se verá enfrentado a una misión inesperada. En su pueblo, Balaldouro, llueve sin parar, parece que se acerca el diluvio universal y a él le tocará evitar que Baladouro se inunde para siempre y se convierta en una ciudad sumergida.

-Este es un libro que escribió originalmente en gallego y que ahora ha traducido y reescrito. ¿Cómo nació y en qué ha cambiado?

-El libro nació en un tiempo en que estuve a punto de regresar a Arteixo, mi pueblo gallego, para siempre en los años 80. De repente convocaron un cursillo de dos o tres meses de biblioteconomía que impartía el poeta y bibliotecario Miguel González Garcés; me sugirieron que si lo hacía podría presentarme a la nueva plaza y allá me fui. El libro es un homenaje a los libros, a los bibliotecarios y a las bibliotecas, a la lectura como una de las aventuras más fascinantes, y es un recuerdo de aquellos días que compartía con el escritor y traductor Darío Xoán Cabana. El libro nació también en un tiempo en que yo escribía en gallego y buscaba mi propia lengua y un estilo, un modelo personal y léxico de expresión. El libro ha cambiado poco: he rebajado barroquismo, he eliminado acciones morosas y todo fluye de prisa. Y creo que tiene bastante más humor.

-El mundo de La leyenda de la ciudad sumergida es un mundo repleto de magia, de seres fantásticos. Tiene mucho que ver con el mundo céltico y gallego, con autores como Cunqueiro, el mundo de los bosques de Fernández Flórez.

Sin duda, son dos escritores que me han marcado mucho. Como también fue capital para mí Rafael Dieste y libros como ‘Historias e invenciones de Félix Muriel’ y ‘Dos arquivos do trasno’ (De los archivos del trasgo), y Ánxel Fole y su universo de fábulas, noches y lobos. Y fue muy importante recordar mi propia infancia: allí estaba todo. Incluso lo inverosímil. La imaginación en su estado más deslumbrante.

-Baladouro y alrededores es una zona llena de sabios locales, de escritores e historiadores, que recopilan secretos, viejas historias. Es un libro de aventuras, pero también es un libro de bibliotecas.

Sin duda. Algunos de los sabios que aparecen existen o existieron. Tengo muchos amigos botánicos o naturalistas y trabajan un poco así, ahora con las cámaras de vídeo de fotos o con los móviles. García Buño existió, lo conocí y tenía tantos hijos como aquí se dice. Y recogía historias, leyendas, fragmentos de fábulas. La biblioteca la he situado en un lugar donde yo estudié de niño, desde los cinco años: el palacio de Mosende en Preguín. Me sigue resultando un lugar romántico, evocador, lleno de sueños, de historias, de personajes, de libros.

-Se cuentan muchas historias en el libro: hay muchos relatos intercalados en la trama principal. ¿Por qué las incluye?

Todas tienen un poco que ver con la trama principal. El cuento ‘Ornia’ casi contiene la maldición que pesa sobre Baladouro, o al menos la sugiere, y el cuento de ‘Ys’ es un intento de fijar el foco de atención en una de las ciudades más misteriosas y legendarias que existen o existieron y que cantó incluso Alan Stivell.

-¿Por qué decidió añadir ese glosario de personajes? ¿Qué son exactamente los nubeiros?

En realidad no es un glosario. Es un bestiario propiamente. No están todos los personajes del libro, solo lo los animales, que son determinantes en la acción y en la resolución del conflicto. Los nubeiros son, según la mitología gallega, unas criaturas que gobiernan las lluvias, los vendavales y las nubes. Al parecer les encantaban los zapatos nuevos, sin estrenar, y los cuentos. Aunque esto no sé si lo he leído o me lo he inventado. El Nubeiro es, aquí, un personaje capital y, en el fondo, simpático, entrañable, casi el receptor universal de las historias.

-Este es un libro que recuerda por momentos a obras como La princesa prometida y a textos de Italo Calvino. Tiene al menos dos lecturas. Se puede leer como un relato para jóvenes, pero también hay un tono irónico, espíritu lúdico y guiños literarios. ¿Era algo buscado? ¿Qué importancia tenía el humor?

Sin duda. Detrás hay una amplia tradición. Lo que dice es cierto, me gusta mucho Italo Calvino, pero también andan por ahí Borges con su ‘Manual de zoología fantástica’, Michael Ende con ‘La historia interminable’, que tanto me impresionó en mi primera juventud, Joan Perucho, con su gusto por los bestiarios. Y se le invita al lector a meterse, casi sin que se dé cuenta, por esos laberintos de la imaginación y de la literatura. El humor es capital: es un humor más bien líquido, a veces raya la melancolía, a veces el puro desternillamiento, y siempre es sutil. Invitar sonreír o a alguna que otra suave carcajada.

-¿Cómo se relaciona este libro con su literatura “para adultos”? ¿Escribe los dos géneros de manera distinta?

Hay muchas claves de mis libros para adultos. La relación con el lenguaje, los nombres, las atmósferas, la imprecisa frontera y de lo real y lo soñado, la pasión por contar y contar y oír y oír hasta el fin de los tiempos. Cuando escribes para jóvenes intentas eliminar complejidad y crear climas de sugerencia, de interés, de acción. Y creo que hay bastante de eso. Hay magia, esoterismo, naturaleza subyugante, criaturas del trasmundo, poesía y una curiosa relación entre el hombre y los animales.

-“Ante todo, sé valiente y no te pasará nada”, se dice en el libro. El temor y la valentía, como en ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay, 2013. Ilustraciones de Javier Hernández), también están presentes en el aprendizaje de Esteban.

-Por lo regular siempre estamos llenos de miedo incluso cuando parece que no lo tenemos. La valentía, el deseo de aventura, la honestidad del héroe, abren puertas al conocimiento, a la fantasía, al viaje, al sueño. La determinación es un recurso o un atributo para casi todo. Me gusta decir que el miedo es necesario para crecer. Quizá sea un poco exagerado, pero yo tuve, he tenido y tengo miedo a diario, y a veces me inflamo de arrojo, como si le construyese un disfraz, y trato de olvidarme de él.

-La amenaza (a veces consumada) de la inundación es algo que ha ocurrido en lugares de Aragón. Es una coincidencia llamativa en un libro que parece tener un imaginario gallego. ¿Hay más conexiones?

Supongo que alguna más habrá. En Aragón hay muchos lugares inundados, de los que se ha escrito: Santolea, La Tranquera en Nuévalos, diversos lugares del Pirineo, etc. Por haber, por aquellos de las conexiones, incluso hay un dragón. No es el de San Jorge pero tiene su fiereza y exige ser vencido. En otro de mis libros, Los seres imposibles (Destino, 1998), hay un niño cuyo pelo se convierte en oro y algo semejante sucede aquí.

-¿Cree que habrá más aventuras de Esteban?

La verdad es que no me lo había planteado. Pero podría haberlas. El personaje se las merecería. Yo creo que es estupendo: crea empatía con el autor y tiene un impulso de autenticidad y de coraje.

-¿Qué significa para usted trabajar con Javier Hernández?

Un placer. Estoy encantado. ‘El niño, el viento y el miedo’ fue una experiencia deliciosa. Él es un gran artista. Posee personalidad, un mundo, una forma de trabajar. No solo es ilustrador sino que también es cuentacuentos y escribe e ilustra sus propios relatos. Con él me siento cómodo. Ahí sí creo que puedo decir que habrá más aventuras... Si todo va como imaginamos, haremos alguna historia más juntos.

 

*Una foto de Rogelio Allepuz de Antón Castro, de la época en que escribió la versión gallega de ’A lenda da cidade asolagada’ (Xerais).

UN CUENTO DE VICTORIA TRIGO

UN CUENTO DE VICTORIA TRIGO

Primer Premio.- CONCURSO DE RELATOS "FERIA DEL LIBRO ARAGONÉS” 

Por VICTORIA TRIGO BELLO



[Siempre hay un tren

que une carril y traviesa,

una locomotora que grita,

una estación que espera.]



Eran amables mis veranos en la casilla, veranos de moras y meriendas de pan con aceite. Era amable la infancia estival a pie de vía, con los trenes como péndulos marcando el paso de un tiempo que se me antojaba interminable. Era amable el transcurrir de la vida cuando todo estaba por llegar. Era amable corresponder al saludo de algún viajero que nos mostraba la sonrisa y la mano por la ventanilla. Era amable recoger briquetas de carbón para alimentar la cocina como si fuese una locomotora que no quiso crecer.

Yo era el ayudante de mi abuelo y juntos bajábamos y levantábamos las barreras del paso a nivel. Venía un carro. Venía la cabañera con su lluvia de esquilas. Venía alguna moto. Venían unos braceros. Cuando nos tocaba expedición –una tarea que se inventó mi abuelo para que me sintiera un aventurero-, recorríamos los túneles sin linterna, rozando la pared con un palo. Una vez, por un cambio de horarios que nadie comunicó, nos sorprendió un tren. Primero percibimos un sonido indefinido, algo parecido a un lamento prolongado que salía de lo más hondo de la montaña. Pero aquel trueno casi telúrico enseguida se concretó en el foco rugiente que horadaba la oscuridad y abría paso a un ejército de hierro. Entonces, el brazo de mi abuelo casi aplastándome contra el muro fue la trinchera que me protegió de aquel gigante que tenía las mandíbulas de acero.

Aquello fue un susto leve de carbonilla, porque todo estaba bien en verano, incluso empacharse de higos y mojarse pies y alpargatas en el agua rebosante del lavadero de mis barcos de periódico. El verano sabía a concierto de grillos, a luciérnaga en el seto, a renacuajo en la charca. En cambio, los inviernos eran la ventana cerrada, la escarcha en los árboles y en el camino. Los inviernos eran los meses de la resignación, la penumbra de añadir tocino a las judías, de tejer y zurcir en la cadiera. Los inviernos eran la ausencia profunda de quien no regresa, la dentellada de los sabañones, los carriles sepultados en nieve. Los trenes lo sabían. Lo sabían en aquel tránsito cansino y triste de dos máquinas arrastrando una condena, mordiendo metro a metro desde Jaca el áspero desnivel hasta Canfranc.

Pero en la casilla únicamente fui niño de vacaciones escolares. Los inviernos ferroviarios sólo salpicaban mi casa en Zaragoza templados en alguna carta. A excepción de las travesías por los túneles, mis vivencias junto a la vía fueron de sol, tragos del botijo, cepos para ratones y rodillas con rasguños. A comienzos de julio, subía en el Canfranero con unos parientes que iban a Villanúa. Mi abuelo me esperaba en el apeadero de Castiello y desde allí, como prólogo a una estancia memorable, me llevaba en bicicleta a aquella Arcadia donde mi abuela me abrazaba con su amor de delantal y jabón casero y se sorprendía al ver que había pegado otro estirón. Ese día aquello se llenaba de hombres de barba mal afeitada y mujeres con mejillas enjutas que venían a darme más besos de los que yo devolvía. Con algunos me unían lazos de sangre. Otros eran amigos y conocidos de mis abuelos y, por supuesto, también estaban relacionados con la línea férrea, porque el tren era un cordel que vinculaba a todos de una manera o de otra.

Nunca me aburrió ser testigo de aquel trasiego de toneladas pasando ante la casilla. El correo de subida. Un mercancías de bajada. El ligero de la tarde. Desde mi cama escuchaba al tempranero que pitaba con gemido de alma en pena. Entonces escondía la cabeza bajo la manta como si temiera que aquel dragón me descubriera, como alguna pesadilla me contaba que había pasado con el tío Celso. A ese tío Celso del retrato que besaba mi abuela cada noche al acostarme, se lo llevó un tren al amanecer.

De la historia del tío Celso se hablaba poco y en voz baja. En aquella década de los cincuenta yo miraba con pupilas de niño preguntón a ese joven fotografiado con americana y corbata en un estudio de Jaca y que había escrito con buena letra en una esquina: Con afecto para mis padres y hermano. Celso. Septiembre de 1940. Veinticinco años recién cumplidos, suspiraba mi abuela. Un mes más tarde, llegó un aviso para que se presentara en el cuartel de Jaca a rellenar unos documentos. Y no fue. Su mejor amigo acudió y sin mediar palabra lo metieron en una camioneta y lo fusilaron en Rapitán.

Con el tiempo, enlazando suspiros, supe que el tío Celso era muy listo y trabajador. Iba a casarse con una chica de Cenarbe, aunque en casa de ella no aceptaran el noviazgo. La guerra había terminado, pero la paz tardaba en llegar. El padre de la novia fue malmetiendo como una cangrena. Estaba muy bien relacionado y pronto encontró una voluntad a la que comprar. En el lote de la recompensa iba la mano de su hija.

Siempre me dijeron que yo era igual que mi tío. La misma frente, la misma imaginación, la misma tozudez. Él hubiera sido mi padrino. Yo nací una semana después de aquello. Aquello era lo que se contaba sin palabras. Aquello era un tren nocturno que subía conducido por un maquinista chivato que, como último favor a mi tío –quizás para apaciguar su remordimiento de delator-, aceptó la petición del maltrecho Comité Ferroviario del que ambos formaron parte, de reducir la velocidad al pasar por la casilla. Aquello era un joven con un macuto viejo subiéndose al último vagón. Aquello era un echarse al monte, un salvar la vida y perderla para siempre. Lo demás fue una alcoba vacía, el abuelo quemando papeles, mi abuela rezando. Lo demás fue la Guardia Civil registrando cajones. Lo demás fue un telegrama en casa de mis padres. Lo demás fue el silencio.

Luego llegarían los rumores. Que si lo habían visto por Francia, que si un pasaje a Argentina con otro nombre. Un pastor trajo noticias también difusas. Que si unos disparos por puerto, que si una batida de cazadores –cazadores o lo que fueran…-, que si un cuerpo que podría ser el de mi tío. Lo único cierto, según siguieron pasando trenes y calendarios, es que el tío Celso pasó a un estado que no era ni de vivo ni de muerto. El tío Celso se había convertido en una silla interrogante, un acordeón mudo en una estantería. El tío Celso era un furgón gris que se disolvía en la niebla.

Pero yo, que a mis doce años fui consciente de la amargura de aquella historia más callada que contada, anímicamente iba en búsqueda de mi tío recitando para mis adentros estos versos suyos que encontré en una cuartilla que mi abuela leía sin saber leer y que guardaba entre paños y membrillos:

Siempre hay un tren

al final del túnel,

siempre

un ojo de luz

que vigila,

una voz negra

que alienta

Seguramente eso era el comienzo de un poema que quedó incompleto, truncado como la vida de su autor. Desde entonces, recorrer los túneles con mi abuelo cobró un sentido metafísico, de una trascendencia mucho mayor que un devaneo infantil con el miedo. Recorrer aquella negrura tan opaca, sin otra guía que un palo rozando la pared, era encontrar al tío Celso aguardándonos a la salida con una gorra de ferroviario y un banderín enrollado. Porque mi tío no se hubiera limitado a ser mozo o guardabarreras. Él habría llegado a Jefe de Estación, quizás jefe de todos los jefes de estación.

El abuelo le pidió mil veces que dejara de asistir a reuniones, sobre todo cuando finalizó la contienda. Mira Celso, que estos no se conforman con haber ganado. Mira Celso, que estos quieren que los perdedores no levantemos cabeza. Mira Celso, que podrías marcharte a Zaragoza, quedarte en casa de tu hermano hasta que les nazca el crío, buscarte un trabajo, otra novia y vivir allí con tranquilidad. Pero aquel muchacho nunca renunció a sus convicciones. Mi abuela, cada vez que mi tío llegaba de madrugada andando por la vía, encendía el candil envuelta en un chal y únicamente le preguntaba si iba a cenar. De sobras sabía ella de dónde venía y con quiénes había estado. La voz de su hijo sonaba muy negra cuando le contestaba que se volviera a la cama, que él mismo se serviría un poco de leche y que ya querrían otros compañeros poder dormirse con algo caliente en el estómago. 

Pocos meses después ocurrió aquello. Aquello que siguió ocurriendo todos los días. Aquello que se mitigaba con la esperanza febril de mis abuelos de que si un tren de subida se llevó a mi tío Celso, otro de bajada lo devolvería. Pero la realidad cada vez copaba más el espacio de la fantasía. Cuando en 1970 la línea del Canfranc dejó de ser internacional, se esfumó ese sueño de un hombre apeándose del tren en una escena de final con abrazos y lágrimas de felicidad. Estanguet era una palabra fea, un lodazal en el que naufragó el ferrocarril. A partir de aquel suceso, mi abuela comenzó a encorvarse hasta casi formar un ángulo recto, convirtiéndose en paja tarde a tarde junto a la vía, mirando con sus últimas luces ese cauce de hierro por el que cada vez pasaban menos trenes. Se durmió a pocos metros de esos mismos carriles por los que se alejó el tío Celso, el de la fotografía que temblaba en sus manos gélidas de venas y huesos. Dos años después, en 1976 viviendo ya en Arañones y con la viudedad tirando de sus bronquios para reunirlo con su esposa, falleció mi abuelo mientras daba un paseo por la estación. Lo encontraron junto al queso de un cambio de agujas que yacía próximo a unos vagones retirados del tráfico.

Quizás algún día un niño recorra de nuevo los túneles rozando la pared como un palo. Quizás algún día un convoy atraviese el Somport desde Francia y en él venga mi tío Celso para atender el paso a nivel y retejar la casilla. Ya no podré acudir a recogerle, pero me gustaría que un nieto le enseñara aquel poema que él comenzó y que yo continué para que se perpetúe con otros versos generacionales que, en voz bien alta, renueven la historia del tren que se fue y tiene que volver.

Siempre hay un tren

que olvidó

marcharse,

un eco de hierro,

un farol de sangre

que sólo sabe

regresar

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FOREGA: 'LOS BORBONES EN PELOTA'

FOREGA: 'LOS BORBONES EN PELOTA'

 

[La editorial Olifante, de Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcelo Reyes, acaba de publicar una nueva edición de ’Los Borbones en pelota’, esa sátira gráfica de los males de la corte de Isabel II, que realizaron los hermanos Bécquer: Gustavo y Valeriano. Este nuevo proyecto, el tercero tras el de El Museo Universal y de la Diputación de Zaragoza y la Institución Fernando el Católico, sería el tercero y una de sus novedades es la inclusión de 93 textos de otros tantos autores. Manuel Forega ha sido el coordinador de una obra que lleva una introducción de Jesús Rubio Jiménez y apéndices de Luigi Maráez y Agustín Porras, grandes becquerianos. El libro se presenta mañana viernes en la Librería General.]

Una ilustración de ’Los Borbones en pelota’, atribuido a SEM, que serían los hermanos Bécquer: Gustavo Adolfo y Valeriano.

 

MANUEL FOREGA EXPLICA, PARA ESTE BLOG, SU EDICIÓN
DE ’LOS BORBONES EN PELOTA’ (OLIFANTE IBÉRICA)


¿Cómo defines un proyecto, el inicial, como ’Los Borbones en pelota’? ¿Qué te ha atraído de él, tiene una correspondencia con la actual situación española, pongamos por caso?

- El impulso original hay que encontrarlo en el empeño de Trinidad por conmemorar el 150 aniversario de la primera estancia de los Bécquer en Veruela. A partir de ahí comienza todo, pero (y lo deduces muy bien) se añade a esa circunstancia la que citas: la similitud de la situación de la sociedad y de la política en la Corte decimonónica de Isabel II con muchos de los aspectos sociopolíticos actuales. La ocasión la pintaban calva, de modo que esta edición es, en cierto modo, una actualización crítica de aquella etapa monárquica.

-¿Por qué pensaste que era oportuno reeditarlo con una opción contemporánea?

-Esa actualización -si debía ser crítica- tendría que contar con críticos. Las ilustraciones muestran una censura palmaria de aquel período pre y postrevolucionario, pero una visión contemporánea tenía que contar con ojos y sensibilidades contemporáneos.

¿Qué buscabas exactamente?

-El propósito era poner en solfa no sólo (en su conjunto) un documento testifical importantísimo para conocer nuestra historia, sino que éste se divulgase. Hay que considerar que la primera edición de este conjunto de láminas no aparece hasta 1991 (de las manos de Robert Pageard, Lee Fontanella y Mª Dolores Cabra); sin embargo, su difusión fue escasa y quizá (se trata de una deducción apresurada, aunque preventiva) adquirida casi en su integridad por no se sabe quién o quiénes. Una edición magnífica de Isabel Burdiel alentada por un ánimo estrictamente histórico y acogida por la Diputación Provincial de Zaragoza a través de su Institución Fernando el Católico, está casi secuestrada, sin apenas distribución**. Era hora, pues, de que hubiera una edición con propósito divulgativo y circulación universal y, además, distinta, diferente a todas, que tuviera, precisamente, un enfoque literario. Ésta es su singularidad, la que la hace única hasta ahora y -lo creo sinceramente- la enriquece. Tengan en cuenta los prejuiciosos que esa colección de ilustraciones es un documento público signado, custodiado, pues, por la Biblioteca Nacional, institución dependiente del Estado y que este Estado se define como una Monarquía parlamentaria.

¿Cuál fue el criterio de selección de autores, 93?

-El criterio selectivo partió del deseo de escoger a una mayoría de autores aragoneses. Creo que, pese a la impertinente y hortera bipolaridad que sufren las artes, la política, la sociedad, los deportes... sometidos a la tensión Madrid-Barcelona, como si el resto de territorios y sus ciudadanos no existiera o fuera de rango menor; pese a esa bipolaridad cutre, digo, estoy convencido de que la literatura aragonesa es hoy por hoy una de las más vitales, activas, seductoras y renovadoras del panorama nacional. Sin embargo, para no caer en otro pecado habitual (la endogamia), la edición tenía necesariamente que contar con escritores de los demás territorios e incluso no nacionales. La respuesta, en general, fue muy generosa y a este desprendimiento de los escritores se debe la conclusión exitosa de la edición. Es verdad que hubo algunas declinaciones no precisamente latinas y hubo que reparar situaciones indeseadas, pero todo el trabajo pudo terminarse sin más sobresaltos.

 

Desde el punto de vista textual, ¿Como explicarías el resultado final, qué características tiene?

El resultado literario final puede verificarse desde varios ángulos: a) el trazo analítico, que concede a la edición una dimensión exegética completamente actualizada. El estudio previo de Jesús Rubio Jiménez respecto al estado de la cuestión autoral; el epílogo ilustrado y hermoso de Agustín Porras matizando este extremo; y el postfacio subjetivo de Luigi Maráez, fundado en un propósito eminentemente poético y defensor del legado becqueriano, arropan con intención perspectivista la edición; b) la rúbrica literaria, que, sin ningún género de dudas, alcanza un altísimo nivel e índole coral, polifónica. Esta heterogeneidad es la que le dispensa no solamente un carácter innovador respecto al resto de ediciones, sino que semejante diversidad la hace más atractiva, más amena; y c) la coetaneidad que muestran los textos cuando adoptan ese rasgo fiscal, crítico, censor. Las deslealtades públicas y el saqueo de la caja común por parte de los políticos "pregloriosos" tienen muchas similitudes con los actuales.

 

Los dibujos, en buena parte, son procaces. ¿Se ha logrado un grado de procacidad semejante en los textos o ha habido un poco de autocensura?

Los autores tenía plena libertad y autonomía para confeccionar sus textos según sus propios gustos e inclinaciones y han respondido exactamente así: desinhibidos y libres. No necesariamente había que responder con procacidad a la impudencia de muchas de las ilustraciones, ni el lenguaje escogido debía contestarse con feísmos o bukowskianismos. Yo creo que ha habido un justo equilibrio, aunque elegantes procacidades las hay, no cabe duda. No; no creo que haya habido autocensura. Ésta, en todo caso (y si de verdad la hubo), se manifestó antes, en los pasos previos a la selección final de los autores.

 

Un libro así, ¿para qué tipo de público está pensado o para qué tipo de público ha quedado?

El libro está pensado para toda clase de público. Las ilustraciones son altamente reveladoras, naturalmente, pero sus síntomas semánticos, lo que exactamente quieren decir, ha de descubrirse también en los textos literarios que las acompañan. En este sentido, el especialista encontrará en ellos rasgos contextuales relativos a la historia del XIX; otros que el lector podrá degustar en sí mismo, como placer estético; otros decididamente descriptivos donde una parte de la historia pasada se vuelca del lado de la sensibilidad actual y adquieren cierta gravedad; y, en fin, otros que invitarán a la sonrisa, a la risa, a la carcajada...

 

¿Qué no sabemos, o qué no hemos valorado bien de los Bécquer en Aragón?

De los Bécquer se han valorado en Aragón algunas cosas muy importantes, aunque se ha hecho gracias al esfuerzo personal de unos cuantos cebezudos (algunos no aragoneses, como Luigi Maráez y Agustín Porras y Jesús Rubio) empeñados en mantener viva la memoria de su paso por Aragón, fundamentalmente en la comarca del Moncayo (Trinidad Ruiz Marcellán, Javier Bona, algún apoyo institucional siempre, empero, transitorio...). Estos reconocimientos se han convertido ya en algo tópico, habitual, y esta rutina referencial es una buena noticia. Pero de los Bécquer, como de muchos otros personajes ilustres de nuestra literatura, apenas se recupera y refuerza la memoria; se trata de un mal extendido por todo el país. España carece de memoria histórica o la defrauda y esta actitud atañe a todos los ámbitos. Lo que quizá mucha gente no sepa es que el paso de los Bécquer por las tierras aragonesas del Moncayo fue trascendental para la literatura española, para su modernización. Ya nadie discute que es precisamente Gustavo Adolfo el iniciador de la modernidad poética en España y en esto mucho tuvo que ver su estancia en Aragón. No olvidemos que su célebre "Carta tercera", todo un tratado estético, fue escrita en Veruela, así como muchas de las leyendas acentuadas con las tildes de la exploración literaria y muchas de las crónicas periodísticas que remitía a la prensa madrileña inspiradas en nuestra tierra. Valeriano, por su parte, dejó muestras exhaustivas de la etnografía y de las costumbres aragonesa del siglo XIX. Estas cosas las conocen los "avisados", pero no se difunden con suficiencia o quedan en mera anécdota. "La pequeña Toledo", por ejemplo, es el sobrenombre con que se conoce a Tarazona; pues, bien, los Bécquer fueron quienes así la rebautizaron.

¿La imagen de Bécquer como poeta romántico y ñoño aún se sostiene o no?

 Los verdaderos lectores de Bécquer jamás lo encontrarán ñoño. Romántico, sí, por supuesto: un tardorromántico, pero es que la ñoñería romántica es producto de la importación del U.S.A. concept, del U.S.A. language, que ha convertido en auténticas payasadas algunos de los clichés románticos. Deberíamos preguntar a Darío, a Juan Ramón, a Machado, a Gil de Biedma... lo ñoño que era Bécquer. ¿Por qué no se asocia a los mentores del Romanticismo Goethe y Schiller con esa imagen ñoña? Por ignorancia; y menos mal, porque, si no, también los veríamos a ambos sentados a una mesa sobre la que descansan dos velitas y una rosa blanca arrojada al albur de su caída sobre un mantel púrpura para hacernos exclamar: "¡qué románticos!". El Romanticismo histórico, el de verdad, no tiene nada de ñoño; es plenamente actual y muchos de sus postulados todavía está en marcha, tanto que hoy no se entendería el anarquismo sin el Romanticismo, ni habría existido el 15-M sin él, ni tampoco la socialización de los derechos comunes, ni el afán y desarrollo científicos, ni...

Cuando salió la edición de El Museo Universal, a la que aludías antes, el entonces Rey Juan Carlos la compró o se la regalaron. La miró con mucha simpatía. ¿Habéis pensando enviársela al Rey Felipe?

No lo habíamos pensado, pero lo comentaremos. ¿Pourquoi pas?

 

*Retrato de Manuel Forega de Lara Albuixech.

** La Institución Fernando el Católico, tras la aparición de esta entrevista, comunica que ha vendido la mayor parte de los 1500 ejemplares que imprimió de su edición de Los borbones en pelota y que el libro estará disponible para descarga de uso privado, libre y gratuita, a partir del día 16 de diciembre en la dirección http://ifc.dpz.es/publicaciones/ver/id/3248]

 

FLA DE MONZÓN: PREGÓN DE PISÓN

FLA DE MONZÓN: PREGÓN DE PISÓN

PREGÓN DE LA XX FERIA DEL LIBRO ARAGONÉS DE MONZÓN

 

Por Ignacio MARTÍNEZ DE PISÓN 

 

Amigos montisonenses, amigos editores:

  Las ferias del libro nacieron en la España de la Segunda República como un medio para acercar la cultura a los ciudadanos. El mismo espíritu que informaba la Feria de Madrid inspiró también otras voluntariosas iniciativas con las que se intentó llevar el cine, el teatro, el arte y la literatura a todos los rincones de España: me estoy refiriendo a las Misiones Pedagógicas, a la compañía de teatro La Barraca o a esas redes de bibliotecas itinerantes que recorrían la geografía peninsular a bordo de atestados camiones-biblioteca.

  Ya que estamos en una feria del libro aragonés (o, mejor dicho, en la Feria del Libro Aragonés) conviene recordar que uno de los testimonios más tempranos sobre aquellas primeras ferias nos lo ofreció un escritor aragonés, Benjamín Jarnés. En un libro de 1935 titulado precisamente Feria del libro describía Jarnés el interés que los lectores de todas las edades mostraban por los libros expuestos y la atención con que asistían a los coloquios literarios. Y añadía: “Nunca en España se vio el libro tan mimado, tan exaltado. ¿Qué más puede pedirse?”

  Por desgracia, la Guerra Civil vino a interrumpir de forma abrupta muchos de esos sueños de dignificación de la sociedad a través de la cultura. Desaparecieron las Misiones Pedagógicas, desapareció la compañía La Barraca, desaparecieron los destartalados camiones-biblioteca. Pero, incluso en una dictadura, los libros son un enemigo difícil de batir. En 1944, cinco años después del fin de la contienda, los libreros madrileños volvieron a salir al paseo de Recoletos (entonces llamado de Calvo Sotelo), y poco a poco a lo largo de la década siguiente otras capitales irían montando sus propias ferias del libro.

  Libreros y editores empezaban lentamente a organizarse para devolver a la cultura (y, por tanto, a la libertad de pensamiento y de expresión) el papel que le habría correspondido en una España democrática. En un libro de hace diez años, el profesor Jordi Gracia bautizó ese fenómeno como “resistencia silenciosa” al franquismo, una resistencia protagonizada por unas cuantas figuras del sector liberal de aquella España tan antiliberal. Entre esas figuras, el propio Jordi Gracia destacaba la de Gregorio Marañón.

  Hace poco, un librero amigo de Barcelona me regaló un pequeño volumen titulado El libro y el librero, que recoge el discurso pronunciado por Marañón durante el homenaje que los libreros madrileños le tributaron en diciembre de 1952. En él confiesa Marañón que, de no haber sido médico, le habría gustado ser “librero, librero de libros raros, oficio que tiene todas las delicadezas de una elevada artesanía y todas las complicaciones de una finísima ciencia”. No escatima Marañón ninguna alabanza al libro, del que dice que es “el amigo ejemplar que todo lo da y que nada pide, el maestro generoso que no regatea su saber ni se cansa de repetir lo que sabe, el consuelo de las horas tristes”... Pero, entre todas esas alabanzas, las más jugosas son las que expresa en su condición de médico. Asegura el doctor Marañón que de los libros emana un misterioso influjo “que constituye una de las más eficaces salvaguardias para la salud”. ¡Atención, libreros: estáis de enhorabuena! Según unas estadísticas de no se sabe muy bien qué compañías de seguros, el gremio de los libreros estaría a la cabeza de las listas de la longevidad, y eso se debería, según Marañón, a cierto “polvo sagrado que el tiempo deposita sobre los volúmenes” y que daría lugar, “por reacciones ignoradas, a una como penicilina, de sutilísima acción, que defiende al librero” de las asechanzas de la vida sedentaria “y le permite una milagrosa pervivencia”. No lo digo yo: lo dice Marañón. Si entre los libreros presentes hay alguno que ha sentido la tentación de cerrar el negocio por culpa de la crisis, más le vale que se lo piense dos veces: su salud se lo agradecerá.

  Al lado de ferias como la de Madrid, la de Monzón es todavía una feria joven. Sus dos décadas de existencia coinciden con un período de gran vitalidad de la industria editorial aragonesa, quizás el período de mayor esplendor desde que, en tiempos ya lejanos, convivieron en Zaragoza y Huesca algunos de los mejores impresores en lengua española. También a los editores presentes les animo a no cejar en el empeño y a seguir trabajando por la literatura aragonesa en cualquiera de sus lenguas. Tienen muchos motivos para hacerlo y, de creer a Marañón, uno de ellos, no menor, puede ser esa “penicilina de sutilísima acción” que nos asegura longevidad a quienes vivimos rodeados de libros y que nos permitirá seguir celebrando juntos muchos de los próximos cumpleaños de esta Feria del Libro Aragonés.

 

 Ignacio Martínez de Pisón

 

*Esta foto tan sugerente de Pisón, retratado como un galán, como Alan Ladd tal vez, es de Santi Cogolludo de ’El Mundo’.

CANDIDATOS AL PREMIO CÁLAMO 2014

Librería Cálamo presenta la XIV edición de los Premios Cálamo.

 

Los Premios Cálamo son organizados por Librerías Cálamo S.L. y cuentan con la colaboración de las siguientes entidades públicas y privadas: Ayuntamiento de Zaragoza, Universidad de Zaragoza, Teatro Principal de Zaragoza,  Institut Français de Saragosse, Teatro de la Estación, Teatro Arbolé, Spectrum Sotos, Care Bodegas y Viñedos, Vinatería El Rincón del Arpa, Balneario Sicilia y  Sansueña Industrias Gráficas.

 

El “Premio Cálamo al libro del año” es elegido por “democracia directa”: Cálamo propone 16 títulos editados durante el año en curso y finales del anterior,  y los clientes y amigos de nuestras librerías votan a sus preferidos. Somos conscientes de que toda elección es injusta de raíz ¡cuántos buenos libros no habremos leído o habrán pasado en silencio por nuestras estanterías! No queremos pontificar ni marcar gustos,  sólo pretendemos que el premio sea una incitación a la lectura, al debate y, por qué no, a la sana irreverencia literaria.

 

Los premios “Cálamo Otra Mirada”  y “Cálamo Extraordinario” son escogidos directamente por el equipo de Cálamo.

 

La votación se desarrollará durante el mes de diciembre de 2014 y las dos primeras semanas de enero de 2015 en las urnas dispuestas a tal efecto en las Librerías Cálamo. 

 

El resultado será hecho público el lunes 19 de enero de  2015.

 

Los premios se entregarán el viernes 27 de febrero de 2015 durante una cena que se convocará oportunamente.

 

Candidatos a los  XIV Premios Cálamo año 2014

14. Jean Echenoz. Editorial Anagrama

Autopsia. Miguel Serrano Larraz. Editorial Candaya 

El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets Editores

El comité de la noche. Belén Gopegui. Literatura Random House

Horror vacui. Paula Lapido. Editorial Salto de Página

La buena reputación. Ignacio Martínez de Pisón. Editorial Seix Barral

La niña gorda. Mercedes Abad. Editorial Páginas de Espuma

La trabajadora. Elvira Navarro.  Literatura Random House 

Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino.  Literatura Random House

Los extraños. Vicente Valero. Editorial Periférica

Mansa chatarra. Francisco Ferrer Lerín.  Jekyll & Jill Editores

Monasterio. Eduardo Halfon. Libros del Asteroide

Nos vemos allá arriba. Pierre Lemaitre. Publicaciones y Ediciones Salamandra

Sez Ner. Detrás de la estación. Última ronda . Arno Camenish. Xordica Editorial

Pietra viva. Leonor de Recondo. Editorial Minúscula

Tela de sevoya. Myriam Moscona.  Acantilado

 

*Nota de Paco Goyanes. En la foto, Leonor de Recondo.

 

La tomo de aquí: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-e74d6c8ba7a98e7aed7799fb279b8703.jpg

LUIS ALEGRE: 'CERCA DE CASA'

LUIS ALEGRE: 'CERCA DE CASA'

Hace veinte años, cuando nació Xordica, Luis Alegre publicó uno de los grandes éxitos de la editorial: ‘Besos robados’, que ha tenido desde entonces varias ediciones y fue presentado en una inolvidable fiesta en el Oasis. Ahora aparece ‘Cerca de casa’, que nace de sus artículos en HERALDO, sobre todo, y de diversas publicaciones. Es una autobiografía con amigos, es un homenaje a alguno de sus maestros como Paco Umbral (hay un texto que es casi una glosa y un guiño en el que narra el día que llegó al Ángel Azul) y Manuel Vicent, pero también Maruja Torres y Rosa Montero, grandes retratistas y maestros del perfil, y es un intento de contarse a sí mismo –su infancia, sus padres, sus amores, sus cómplices- y de contar a una época con buenas compañías y con innumerables aventuras en la Universidad, en la literatura y en el cine. Luis retrata, y se autorretrata entre ellos, a Labordeta, Javier Tomeo, Félix Romeo, David Trueba, José Luis Campos, Pepe Melero, Miguel Mena, Víctor Muñoz, Marianico el Corto, los chicos y chicas de Oregón Televisión. La lista es más abundante. Luis Alegre es un gran contador de historias, lúcido y minucioso, y buena prueba de ello, por ejemplo, sería ‘Los amantes del Jiloca’, aunque en realidad casi todos los textos son redondos, amorosos, y están repletos de sabiduría, ternura y humor. ‘Cerca de casa’, tan repleto de amistad y de lucidez, será uno de los libros de la Navidad. Se presenta el próximo 23 de diciembre en el Teatro de la Estación.

 

*Motivo de portada.

 

COMIENZA LA FERIA DE MONZÓN

COMIENZA LA FERIA DE MONZÓN

Comienza hoy, sábado seis, la Feria del Libro Aragonés de Monzón con la presencia de 35 editoriales, 70 presentaciones y muchos autores que firmarán en casetas. Algunas notas para hoy:

-13.30. Ignacio Martínez de Pisón pronunciará el pregón de apertura y firmará ejemplares de sus libros a quien lo desee.

-17. En el salón de abajo, Javier Hernández y yo presentaremos nuestro libro juvenil, para todos los públicos en realidad, ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ (Nalvay), que acaban de publicar Isabel Peralta y David González. El libro también se presentará el día quince de diciembre en la librería Antígona, a las 20.00.

-19. En la planta calle, se presentará mi poemario ‘Seducción’ (Olifante), en compañía de Trinidad Ruiz-Marcellán y Olga Asensio. Es un libro de amor en cuatro donde hay una pequeña ópera, un conjunto de autobiografías y algunos homenajes a creadores como Ana María Matute, Félix Romeo, Javier Tomeo, José Angel Valente, Gema Noguera, etc.

-A las 19.30, Ismael Grasa presentará su libro ‘El jardín’ (Xordica), cinco relatos personales sobre vidas minúsculas, casi rutinarias, donde siempre hay una detonación y un clima de inquietud y de peligro.

-A las 22.00, en el hotel MásMonzón habrá una cena literaria en torno a ese poemario y a algunos juegos que ha propuesto y desarrollado Olga Asensio. Leeré algunos poemas, no muchos. Será una noche muy participativa...

 

MIGUEL ÁNGEL OESTE Y DRAKE

MIGUEL ÁNGEL OESTE Y DRAKE

La ficción de ser Nick Drake

 

Antón CASTRO

Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1972) debutó en la novela ‘Bobby Logan’ (Zut, 2011), donde demostraba versatilidad, imaginación, buen dominio del relato y facilidad para crear un personaje central, de ascendencia pop, y su rico entorno. En su nueva apuesta, Oeste, crítico e historiador del cine, da un paso más en una narración que es una indagación, en clave de ficción, sobre un personaje que existió: el músico Nick Drake (Rangún, Birmania, 1948- Inglaterra, 1974), una de esas criaturas que dejan un hilillo de misterio a su paso y también un dulce desconcierto.

La novela cuenta el empeño de Richard, actor y director, de hacer una película sobre el músico que murió a los 26 años. Y para ello se dirige a Janet McDonalds, “una periodista que había conocido al torturado cantante de folk”. Se trata de “la historia de un alguien que nació con el estigma de los vampiros: esa maldición e imposibilidad de verse reflejado en un espejo y de hacerse entender por sus compañeros”. La novela está dividida en dos partes: en la primera se exploran los primeros años, el contexto familiar, su personalidad y algunos de sus enigmas, y en la segunda, ahora en forma de diario, Richard y Janet alternan su búsqueda y su propia incertidumbre. Richard conversa con distintas criaturas, y poco a poco se va imponiendo una sobre los demás: Sophia Ritter, que fue su amante, aunque “para Nick el amor era inocencia e idealismo”.

Nick Drake se crió en una familia “normal y unida”, estaba fascinado por la actriz Gloria Grahame, padecía una gran timidez, que se manifestaba en sus dificultades de subir a un escenario, y poseía una rara característica: le gustaba “estar en un sitio sin estar”, “ser protagonista y convertirse en uno más”.

Estudió en Cambrigde. Vivió en un tiempo convulso, quizá fuera John Cale quien le acercase a las drogas, se sugiere. Miguel Ángel Oeste huye de la hagiografía y del biopic para trazar un canto y una elegía de la infancia y la juventud y la crónica de una obsesión. Con distintas voces, con sutileza y con un método periodístico muy libre, ofrece un espléndido caleidoscopio de un ser contradictorio, genial y precipitado que hace pensar en ocasiones en Jim Morrison. Lo hace con enorme sutileza y variedad de registros, con fluidez y tensión, con suaves meandros, en una de esas novelas poliédricas e intensas que retratan una época llena de contradicciones y de agitación y retratan a un tipo escurridizo que se comportó como un fantasma en vida y también ahora, en la muerte. De alguna manera, Nick Drake acaba contagiando a todos la angustia de existir, especialmente a Richard y a Janet, que ocultan  tortuosos secretos. De ahí que se diga en ‘Far Leys’, que alude a la mansión donde murió el cantante: “El dolor nos revela lo que somos. Nos cuenta”.

 

Far Leys. Miguel Ángel Oeste. Zut. Málaga, 2014. 281 páginas. 

 

*Este texto aparece en el último número de 'Mercurio', la revista que dirige Guillermo Busutil.