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Antón Castro

PALABRAS PARA EDUARDO SALAVERA

PALABRAS PARA EDUARDO SALAVERA

[Ayer, por la mañana a consecuencia de un infarto, fallecía un pintor y un ciudadano entrañable como Eduardo Salavera, ese amigo que siempre mejoraba el lugar y el ambiente donde estaba. Recupero este texto para su catálogo de la exposición en la Lonja de su retrospectiva ’Eduardo Salavera. Segunda mirada’, que se pudo ver de octubre de 2015 a enero de 2016. El texto nació de una larga conversación y la contemplación de su obra en su estudio Jusepe Martínez. Abrazos a Nieves, su mujer, y a su familia. ]

 

DIEZ PALABRAS PARA UN RETRATO

DE EDUARDO SALAVERA (ZARAGOZA 1944-2016)

 

Por Antón CASTRO

Se cumplen ahora 30 años de la muerte de uno de los personajes más fascinantes de la literatura del siglo XX: Italo Calvino (1923-1985). Lo fue casi todo: lector, corrector y editor, soñador de territorios, cronista de los ecos de la II Guerra Mundial, narrador realista y prosista de la fantasía. Y a la vez un aprendiz de profeta que se atrevió a formular, en el último año de su existencia, Seis propuestas para el próximo milenio. No se aspira en este texto a nada semejante, pero sí he buscado algunos términos que nos sirvan para ingresar –bajo las guirnaldas voraginosas, al abrigo de sus ramajes y extravíos de sombra- en el universo de Eduardo Salavera, un caballero del arte, el amanuense de la luz, el pintor exquisito, en el sentido más amplio de la palabra. Las palabras elegidas son: Ámbito, Armonía, Color, Denuncia, Desnudo, Mar, Orilla, Paisaje, Sutileza y Zaragoza; diez palabras sin voluntad de exhaustividad que intentan bosquejar un retrato impresionista.

 

Ámbito. La vida de un artista puede resumirse o redondearse de formas muy diferentes. Eduardo Salavera ha sido siempre un pintor de su tiempo: informado, inconformista dentro de su aparente lentitud o sus ademanes de suavidad, crítico, lúdico y reflexivo. Se ha pasado alrededor de medio siglo buscándose: en los otros, en la calle, en la naturaleza y, sobre todo, en sí mismo. Pensando y paseando, ante el cuadro, en mitad de la música que suena y extiende su arboleda en el silencio del estudio. A nadie le pasará inadvertido su diálogo con el jazz o la música clásica en ‘Quinteto de viento’, ‘Acorde de preludio’ y ‘Adagio’. La forja de su obra ha sido pertinaz: como la gota que horada la roca con el impacto de todos los segundos. Cuando se repasa su trayectoria se ve como ha creado un ámbito de belleza, de espiritualidad, de tensión expresiva, a veces con ecos del edén o de la arcadia, un ámbito ético y estético, vinculado a diversas tradiciones artísticas. Ha construido un territorio y un magma donde se ha sentido cómodo, con sus accidentes, con sus incidencias y con sus personajes: el bosque o las diversas formas de fronda, el río, el mar, el horizonte, la mujer ofrecida en claridad o esos espacios de convivencia donde las palabras van y vienen como pájaros sorprendidos, como conjuros que alumbran la vida. Su modo imbatible de felicidad es la contemplación. Eduardo Salavera es el pintor de la calma. Y de la mirada paciente. Absorbe una idea de conjunto, le confiere sustancia y equilibrio, funda un laberinto mental, un escenario físico, una orografía de emociones y de ensoñación. Pintar es elaborar un mundo, acotarlo en libertad, darle carta de naturaleza y fe de existencia en la mancha y el cromatismo (el suyo busca el incendio suave), y habitarlo como se habita una casa, una amistad o una pasión.

 

Armonía. Para Eduardo Salavera, la pintura es un goce para la vista. Una forma de placer inmediato, antes que un concepto, un pensamiento o un tratado de intenciones. Es un ejercicio luminoso de abstracción que surge de la búsqueda, de la experiencia y de la intuición. El cuadro nace de la luz y se conforma, con coherencia y estilo, a través de la armonía cromática: el uso de los tonos, la extensión de las manchas, la sutileza, la melancolía sin abatimiento. Para Eduardo Salavera el cuadro es una aventura del conocimiento, una travesía repleta de tránsitos y exploraciones, cuyo desembarco es la ordenación de la belleza, la conquista de un ritmo soñado y la plasticidad. Así trabaja, así se perfila, así resuelve la ecuación química de un estado de ánimo que aquilata con el oficio, con el sueño y con la emoción puramente pictórica. El lienzo entonces es, sería, tal como escribió la poeta Luisa Castro, ese lugar del bosque donde el amor hizo su hoguera. Pienso por un instante en un cuadro como ‘Oliveras’: ceñido a su asunto, preciso en su caligrafía y amoroso en su indisimulado homenaje a la madre. Y en esa maternidad, resuelta en naranjas y añoranzas, que es ‘Su hijo-entraña es poesía’. Pienso en el ya citado ‘Quinteto de viento’: suena la melodía en una metódica y feliz distribución de la partitura visual.

 

Color. Hay artistas de línea, de atmósfera, del arabesco; pintores del estupor, de la brutalidad, de la transgresión. Hay pintores de la rabia y de la dentellada. Cronistas del laberinto sombrío. Eduardo Salavera es un pintor del color y de color. En sus dibujos, en sus lienzos al óleo o al acrílico, en sus minuciosas acuarelas. El color, tamizado, centelleante o mordido por la elocuencia de la composición, es su mejor autorretrato: el fuego imprescindible. Del arsenal de los colores, la lumbre del observador, el deseo de todos los fuegos.   

 

Denuncia. En alguna ocasión, Eduardo Salavera dijo que el camino del pintor es un camino solitario. De aislamiento, entrega y meditación. La búsqueda de una coherencia. No hay en él precipitación ni vértigo. Al sosiego también se llega tras sortear emboscadas, desoír voces de sirena, rechazar llamadas en vano, desterrar la obviedad y lo fácil. Pero no siempre fue así: en esta muestra vemos que Salavera protestó, se encorajinó, abominó (como aún abomina) de los tópicos, de las formas de educación totalitaria. Si algo le duele es el fanatismo religioso, la hipocresía, las medias verdades que van más allá de las grandilocuentes mentiras. Hay un puñado de piezas que revelan su furia de ayer, su enojo, sus manos de combatiente y un acento corrosivo que ahora casi se nos antoja extraño, como de otro Eduardo Salavera, que sabía protestar con la vehemencia necesaria o de manera oblicua, a través del símbolo. A mucho de todo ello responden cuadros como ‘Concentración de tocas aladas’, ‘Grupo conciliar’, ‘Henos aquí’ o ‘Vescovo assente’. A veces la denuncia no tiene virulencia: es pura confesión de las raíces, revelación de la memoria, acumulación de instantes. Sucede, en buena parte, en cuadros como ‘Alfocea’ (que remite a la infancia y adolescencia del pintor, en una pieza constructivista), ‘Baturro en puros cueros’ o ‘Idealistas’.

 

Desnudo. No hay nada más desafiante para un artista que el desnudo de su musa, de su amada, de la modelo ocasional de una tarde infinita. Salavera tiene musas o ese objeto del deseo y de la complicidad que es la mujer: un continente de hermosura, un latifundio de enigmas, la piel del escalofrío. Hay muchos desnudos en la exposición y en su obra: siempre rezuman finura, sofisticación, serenidad. Antes que el desafuero carnal, se percibe la búsqueda extrema de las sensaciones, la identificación, la huella mitológica y la ebriedad del embeleso. El título de una obra, ‘Cálida voluptuosidad’, tiene algo de manifiesto general. En dos obras como ‘En el Spa’ o ‘Esperando el terapéutico masaje’ aún depura mucho más su trazo, la carne entrevista, nunca renuncia al asombro ante el cuerpo amado. Especial atención merecen dos desnudos de la serie ‘Haciendo tiempo’. ¿Quién hace tiempo, quién espera: la joven sentada, cerca del perro oscuro, o el artista que la contempla y la sueña en pleno arrebato? Aunque parezca extraño, hay otro lienzo muy particular: ‘Elegía a la chica de la bicicleta’. A pesar del título, que revela algún dramatismo inconfeso, la joven avanza con los senos al aire, confiada, por un paisaje tan agreste como onírico. El desnudo en Eduardo Salavera ni es un tema lateral ni una coartada: es la conciencia del éxtasis de quien mira y mira hasta perder la cabeza. Es un viaje exultante hasta la posesión de la luz.

 

Mar. No deja de ser curioso que un pintor de tierra adentro tenga la obstinación del mar. El mar se lo da todo: infinitos abiertos, oleaje, horizontes matizados y el desafío continuo del color. El atrevimiento de las masas y las manchas, el brillo denso de los pinceles. El espectador sale a navegar con la imaginación del artista; a veces, desde el acantilado, el monte o la montaña, Salavera abre una ventana y entran el salitre, el trallazo de la espuma, el berrido de las gaviotas y la mansedumbre del crepúsculo. Salavera se ha bañado en la poesía de todas las mareas. De ahí que haya podido pintar ‘El legado de las nubes’ o ‘El agua viene de Poniente’, que habrían hecho feliz a Goethe.

 

Orilla. Salavera, como su admirado Francisco Marín Bagüés en ‘Los placeres del Ebro’ (1934-1938)’, es un pintor de la ribera, un pintor del Ebro, un rastreador de espacios donde la vibración de la claridad exalta lo puramente pictórico. Es un pintor del Huerva y del Gállego, del soto de Cantalobos, de humedales y arboledas, de los galachos. Le ha dedicado a los ríos de Zaragoza muchos cuadros y paseos, apuntes, acuarelas, las confidencias de un artista solitario y solidario. Una de sus exposiciones más importantes se tituló ‘Encuentro con la mejana’, en la Casa de los Morlanes, en 2008. La mejana es una isla en la mitad del río. O una tierra inundada por el agua que luego es propicia para la agricultura. El ‘Padre Ebro’ –que da título a un cuadro- también está asociado a su infancia, a la que definió una vez, en diálogo con Mariano García, periodista cultural de Heraldo, como “una luz que nos ilumina toda la vida”. Añadía: “Se habla mucho del Mediterráneo, pero en un día despejado la luz convierte las huertas de Zaragoza en un espectáculo inolvidable”.

 

Paisaje. La pintura tiene grandes pintores de paisaje. Existe toda una escuela y una saga, si puede decirse así, que aún no ha finalizado. A él le han llamado la atención los impresionistas, que se atrevieron a salir lejos del centro urbano para enfrentarse a la soledad metafísica de las afueras. Eduardo es un observador de nubes, de árboles, de la espesura tumultuosa. Luego, con su pincel y su afán, interioriza el caos, lo gobierna sobre el lienzo y nos lo devuelve trascendido en óleos como ‘Junto al atajo’ o ‘Luz del bosque’. En ese proceso casi alquímico nos ha enseñado a ver. Salavera tiene una certeza: “Todo está en la naturaleza”. Incluso esa mitológica ‘Plática de náyades’.

 

Sutileza. Cada pintor tiene sus rasgos. A menudo exacerbados, a veces inadvertidos. Eduardo posee la aristocracia del soñador, el sosiego del paseante que desprecia el  vértigo y la prisa, la hondura del pensador a la intemperie. Quizá su atributo más perceptible, e insondable a la vez, sea el de la sutileza. En todo cuanto pinta hay un refinamiento esencial y una manufactura del alma que es una afirmación de la inteligencia y una apología de la sensibilidad. Fíjense en cualquier cuadro: respira la bondad intrínseca, vocacional y misteriosa, de un creador que tiene claro que el arte, la obra, es la mejor metáfora de su propia vida. La sutileza es un gesto, una virtud, una atmósfera, una forma de resistencia contra la belleza blanda y, sin duda, un emblema de intemporalidad.

 

Zaragoza. Eduardo Salavera es, como diría el maestro serígrafo Pepe Bofarull, un ciudadano. Vean su autorretrato real e idealizado con la precisión cristalina de Morandi y la libertad de Giacometti. Es un ciudadano que se siente feliz y realizado en Zaragoza: tanto en su taller en Jusepe Martínez, en pleno Casco Histórico, como en su barrio de las Fuentes. Lo cual no quiere decir que no haya viajado y que no siga viajando. Ahí está, con algo de ironía (al pintor le gustan los juegos de palabras, la paradoja y la ironía) en el título, ‘Supuesto paseo por Menfis’. Zaragoza es la ciudad de los tres ríos. Y de un puñado de museos, de calles con sabor, de escenarios para esos músicos que atacan un adagio o un preludio, de amigos imprescindibles. La ciudad, bimilenaria y volcada hacia el futuro, más acogedora y habitable de lo que suele decirse, es su casa. Su paraíso. Su refugio. El núcleo de un mundo posible. Zaragoza habita en los cuadros de Eduardo Salavera y desde allí se expande con todas sus riquezas, con sus arbustos de ribera. Uno de los cuadros más emocionantes de la muestra, tan zaragozano y tan universal, es sin duda ‘En memoria de mi padre’. Él, con su bastón y sus recuerdos borrosos, avanza por Zaragoza contra las puñaladas del tiempo y del cierzo. Quizá haya salido a encontrarse, en las esquinas del cierzo, con su hijo, el pintor Eduardo Salavera.

ÁNGELES MORA: CUATRO POEMAS

ÁNGELES MORA: CUATRO POEMAS

[Ángeles Mora, la poeta de Rute, Córdoba, 1952, pero afincada en Granada, ha sido galardonada días atrás con el Premio de la Crítica por su libro ‘Ficciones para una autobiografía’, que ha publicado el sello Bartleby, de Pepo Paz Saz, con portada de Xoan Abeleira. Copio aquí cuatro poemas breves que prolongar el sentido del título y la experiencia que late en todo el poemario, la experiencia y la hondura expresiva, y quizá cierto pesimismo o temor a la fatalidad o a la derrota.]

 

INSOMNIO

 

Quise seguir durmiendo,

prolongar la línea

de mi sueño

roto.

Pero una sombra

enemiga

me arrastraba al abismo

de mis propias

voces.

 

DINERO DE BOLSILLO

 

Se aconseja no cotizar en bolsa.

Una mujer no aprende

el ínfimo valor de su moneda

hasta que no circula

en el devaluado

mercado de las letras

de cambio.

 

EL AYER

 

El ayer que me hizo

no sé dónde está.

El que me deshizo, sí:

está aquí, conmigo,

presente todos los días.

 

MEDIODÍA

 

Dejándose mecer sobre las olas,

en el papel del aire

escribía una carta al cielo,

o tal vez a la muerte,

esa nube viajera que guarda

el último mañana,

el instante final.

 

*Este desnudo es de Willy Ronis.

 

 

DOS POEMAS DE ANTONIO LUCAS

DOS POEMAS DE ANTONIO LUCAS

 

[Antonio Lucas acaba de publicar su poesía en un volumen en Visor: ‘Fuera de sitio’. El periodista del diario ‘El mundo’, editor de Francisco Umbral para Círculo de tiza, me envía dos poemas: ‘Hombre a oscuras’, que pertenece al capítulo final de inéditos, y ‘Fuera de sitio’, que pertenece a su libro ‘Los desengaños’ y que da título al conjunto de cinco libros y 360 páginas.]

  

                      HOMBRE A OSCURAS

 

 

                                                        [A Vera y Jesús Ruiz Mantilla]

 

                            De la noche recuerda lo que no ha sido el sueño.

                            Tu cuerpo y su cuerpo, el cataclismo de abrazos.

                            Las voces de afuera.

                            La vida creciendo con su infernal abalorio

                            y su ruido en nosotros.

 

                            Va para un año que estamos aquí

                            sin avistar aún naufragios,

                            y somos despacio la fundación de otra selva,

                            el caldero que acoge lo que dos se descubren,

                            las palabras rehenes,

                            el contigo que avanza de mi noche a tu lumbre.

 

                            Te he visto a mi lado, rumbo ciego a deshoras,

                            enmudecer como un pecho.

                            En redonda unidad

                            dibujar una infancia

                            para amarme otra vez

                            o hasta odiarme despacio.

 

                            Este íntimo hambre de saber que aún no duermes,

                            pero estás a mi lado.

                            Esta arteria de sombra.

                            El sanar en lo oscuro la herida del día

                            con secreta herramienta de voces,

                            con cruda progenie de manos.

 

                            Qué falta de ti en lo callado del cuarto.

                            Cómo insiste el idioma en lo que nunca se ha escrito.

 

                            Hay certezas que calman sin ocupar el espacio,

                            y calientan los vientres,

                            y retardan la nieve en la provincia del daño.

                            Hay una esbelta piedad en la nunca aprendido,

                            mundos de sol donde ya no amanece.

 

                            No muy lejos de ti un hombre respira con casera intemperie.                     

                            Su insomnio es amor,

                            lento oficio y remedio.

                            Aceptar la pendiente de una luz que se apaga

                            es su sólo ademán de estar quizá solo.

                            Y pregunta a su sangre.

                            Y responde a sus ecos.

                            Y es un árbol vibrando.

                            Y al callar se rebela.

                            Y se sabe memoria

                            de otras noches en vilo

                            extrañando en lo hondo (con ojos abiertos)

                            un contorno templado,

                            un nocturno calor o lingote de cuerpo.

 

                            Y es el más alto don ese estado de alerta,

                            ese tiempo tan quieto.                                                

                            Pues quien no conoció la tristeza

                            ignora que amar no hace ruido.

 

                            (Inédito)

 

 

 

 

                                        FUERA DE SITIO

 

 

                            Imagina que el tiempo sólo es lo que amas:

                            unas pocas palabras, unos seres exactos,

                            unas horas muy lisas, una playa (quizá)

                            donde el daño no acecha.

 

                            Imagina la vida como no lo es ahora,

                            no quiero decir como algo perfecto,

                            sino un resplandor, cierto abril de muy lejos,

                            un tributo al azar sin otro destino

                            que el confín fugitivo de un eco sin rostro.                       

                            Y después cualquier cosa. 

 

                            Con qué precisión va la edad hilvanando el espino.

                            Y qué extraña la urgencia de ir en pie hasta la ola,

                            celebrar lentamente que aniquile mi huella,

                            mi escritura de hombre, mi certeza de surco,

                            ser la alta misión de lo que nunca concluye

                            como no cierra el mar su recado en la orilla.

 

                            Pero no es estar quieto la razón ni la meta,

                            sino un querer más pequeño, una conquista más clara:

                            ver la vida llegar de su noche a tu noche

                            en un cuerpo ajeno,

                            pronunciar su silencio,

                            abrazar su alambrada,

                            desear su vacío,

                            delirar sin camino, sin mapa, sin fuego,

                            hasta el tiempo sin tiempo

                            del país que no haremos.

 

                             (De Los desengaños)

 

*La foto es de Begoña Rivas.

JAVIER LACRUZ: UN DIÁLOGO EN TORNO A LA VIDA Y OBRA DE VIOLA

JAVIER LACRUZ: UN DIÁLOGO EN TORNO A LA VIDA Y OBRA DE VIOLA

Javier Lacruz (Zaragoza, 1956) es psiquiatra y coleccionista de arte, especialista en Manuel Viola (Zaragoza, 1916- Madrid, 1987) y comisario de la muestra ’En recuerdo del porvenir’ del artista aragonés en el Palacio de Sástago. El pasado miércoles, en la sala de música, ofreció una charla sobre el artista dentro de un ciclo de tres conferencias dedicadas al artista.


-¿Si tuviéramos que hacer un retrato inicial de Manuel Viola de presentación, casi un señuelo para el lector, cuál sería? ¿Cómo lo definiría?

-El mejor retrato de Viola lo dibujó el gran artista Francis Picabia: “Si un día Viola tiene a la vez una cita con la vida y con un cuadro, se irá siempre con la vida”. El crítico de arte Aguilera Cerni apuntó: “Viola: un hombre, un artista y una leyenda”. Y el poeta Juan Eduardo Cirlot dijo que el gesto de su pintura era “afilado como garfio de carnicero”. Yo añadiría que se llamaba José, no Manuel; que quiso ser poeta, no pintor; que se situó en la confluencia entre lo vivido y lo soñado, y entre lo abstracto y lo figurativo. 

-¿Qué le dio su infancia zaragozana, qué aprendió aquí a orillas del Ebro? 

-A su madre, Pilar Gamón, una mujer tierna, simpática y muy atractiva. Y una afonía jugando a orillas del Ebro, un día de fuerte cierzo, que le dejó la voz de cazalla, lo que tiempo después sus paisanos interpretaron de forma maledicente como por exceso de tragos. Con todo, aprendió a ser fuerte, a superar la adversidad: el cierzo, la ventolera, el Moncayo, son recurrentes en sus cuadros.

-Lérida parece clave en su vida. ¿Por qué? ¿A qué es debido que le atrajeran tanto los gitanos?

-Viola es tan zaragozano como ’lleidatan’. A los seis años lo acogieron su abuela y sus tías paternas, lo cuidaron y lo formaron escolar e intelectualmente. Los gitanos de la calle fueron sus amigos: eran “las vacaciones del espíritu”, gente no normativa. Se hizo ’lorquista’, tras leer el “Romancero gitano”. Luego, cuando volvió a España, en la posguerra, los únicos que lo acogieron fueron los gitanos. El cante y el baile flamenco fueron su vida. Su hija Encarna, es de la familia de los Heredia… 


-¿Qué supusieron en su vida García Lamolla y Leandre Cristòfol? ¿Y Crous?

-Dos amigos íntimos, uno pintor y otro escultor, ambos claves en su formación artística. Con Crous –¡con 17 años!– hizo la revista ART (en puridad, Anti-Art), en el año 1933, una revista radical y rupturista de cuidado diseño, surrealista. Allí escribió como poeta, crítico de arte; también escribió textos para sus amigos artistas. Como poeta y dibujante estuvo en la estela de Lorca y Dalí.

Viola, Remedio Varo y Esteban Frances.

-¿Cómo le marcó su estancia en Barcelona, quiénes fueron sus amigos, cómo se integró en el arte del momento?
-En el 36 marchó a Barcelona a estudiar Filosofía y Letras y fue el benjamín del grupo ADLAN. Con Cassanyes escribió en el catálogo de la exposición Logicofobista (fobia a la lógica) de las Galeries Catàlonia. Fue el puente entre los surrealistas leridanos, los ADLAN y la dupla Esteban Francés y Remedios Varo. Solo por esto ya está en la Historia del Arte.


-Se alista en el POUM. Cuéntenos cómo fue esa militancia y dónde combatió en la Guerra Civil.

-Fue un surrealista y un revolucionario de izquierdas. “Queridas tías: no me busquéis, me voy a defender la República”, dejó escrito sobre su mesa. Estuvo en Mallorca, Lérida y en el frente del Ebro. Intimó con el poeta Benjamin Péret. ¡Al que salvó de los anarquistas, que lo querían fusilar porque tenía cara de cura! En el exilio estuvo en dos campos de concentración: Argelès-sur-Mer y Valbone. De uno escapó, del otro salió vestido de legionario y estuvo en Dunkerque, donde pasó a llamarse Manuel. Y luego en el maquis. Estuvo perseguido por Franco, por el gobierno de Vichy y por los alemanes: diez años pegando tiros. Para que luego, los rojos de salón, le nieguen el pan y la sal.


-¿Cuál es la importancia de Picasso en su vida? ¿Qué relación real tuvieron?

-Al llegar a París de manera clandestina, estuvo refugiado por la Resistencia. Entró en el grupo surrealista ‘La Main à Plume’ y escribió en su revistas. El único español del grupo. Trabajó de mozo en el taller de Picasso y le ayudó la maîtresse en titre del malagueño, Dora Maar. Viola reprodujo por primera vez la cabeza de toro de Picasso en una de sus revistas. Lo admiró como artista, pero no le influyó en su pintura. Y nunca falsificó “picassos”.


-Francia fue el escenario de dos de sus grandes pasiones: Edita y Lorenza Iché. ¿Qué nos puedes contar de ellas?

-En París tuvo una novia judía, Tita (Edita Hirschová), con la que se iba a casar, que era muy bella y sordomuda. En una redada fue detenida y deportada a Auschwitz, donde murió. Laurence Iché, estaba casada con el poeta Robert Rius, que fue fusilado con otros miembros del grupo. Tras perder a sus parejas se juntaron Manuel e Iché.

-De manera breve y sencilla, ¿cabría decir que el artista Viola nació en Francia, tras ver la obra de Cézanne y entrar en contacto con Picabia y otros?

-El primer Viola, como pintor, es francés. Desde sus inicios cézannianos hasta su etapa tachista en la ’abstraction lyrique’, cuando expuso en Claude Bernard de París, en el 57. De Picabia fue íntimo, le influyó su gran personalidad y su apuesta por un “arte sin jerarquías”. Viola le hacía las paellas los domingos…

-¿Es cierto que hacia 1949 regresó a Zaragoza y visitó a Lagunas, el líder de Pórtico? ¿Barajó quedarse aquí?

-Del exilio vino a Zaragoza a reencontrarse con su madre y casarse con Lorenza. Como hombre inquieto duró poco tiempo en la cuidad. Conoció a los Pórtico, pero vio en ellos un poscubismo muy francés, muy ‘déjà vu’, que no le interesó demasiado.


-Después de Torremolinos, Madrid. ¿Cómo construyó su carrera?
-Estuvo en la playa de La Carihuela, con sus amigos gitanos, haciendo cestos y tocando palmas. Y luego en Madrid, donde deslumbró a los del café Gijón. Apoyado por Cela, d’Ors y Ruano expuso en la galería Estilo y cimentó su éxito. Luego se fue a vivir a San Lorenzo de El Escorial con su vecino Felipe II.

-¿Le aportó algo El Paso a él, o viceversa?
-El Paso fue decisivo para su despegue, gracias al cuadro ’La saeta’ (1958), que pintó tras visitar el Museo del Prado y a su paisano Goya. Se hizo un pintor español. El blanco y negro eran los colores de El Paso, y los de Viola. Aportó su vena ácrata. Canogar me dijo que era llegar Viola y desbarajustar todo. Saura se irritaba, pero lo quería y lo respetaba mucho. Sabía que Tàpies, Millares y él mismo pintaron de manera surrealista, pero que Viola era surrealista. A Viola el Paso le dio un lugar en la pintura, fama y prestigio. Pero no se lo creyó mucho, él venía de muchos grupos, de muchas historias…

-Estuvo en varias ocasiones en Latinoamérica… Explíquenos un poco la aventura.

-En dos ocasiones. En el 67 y en el 69. Primero en Perú y Ecuador, y luego Chile y Argentina. Fue a buscar la luz del nuevo continente. El “continente de la esperanza” que dijera Malraux. Para iluminar sus cuadros. Antes de ir pintó el homenaje al Che Guevara.

-¿Qué te atrae del Viola de los 50 y 60, el de sus grandes cuadros, cuál es la clave, su verdadera aportación?

-La vida de Viola supera a mucha ficción, es un gran relato, una gran novela. Su espíritu combativo, su aventura, su nomadismo, sus amistades… Su humanidad y camaradería. En pintura, además de ser un pionero de la abstracción en España, es uno de los informalistas fundamentales. Maneja el color, tiene discurso propio, identidad. Es un “poeta plástico”. No quiso hacer carrera artística. Pero es uno de los grandes, sin duda.


-¿Estamos valorando adecuadamente la exposición ’Esperando el porvenir’ del palacio de Sástago? ¿Está contento, es la más ambiciosa? ¿Puede decirse ya que el pintor ha vencido al personaje?

-Lo interesante es que el visitante entra con una idea de Viola y sale con otra. Luego, misión cumplida. En el palacio de Sástago se pueden ver muchas novedades: los cuadros que nunca quiso vender, su etapa literaria en ’La Main à Plume’, la ’femme bandée’ del mural del psiquiátrico de Saint-Anne de París, documentos, fotografías, cuadros inéditos, todas sus etapas representadas… Ya van 25.000 visitantes. Viola es uno de los nuestros y, sin embargo, en ninguna institución aragonesa había un cuadro decente para exponer en esta muestra, y muchos aragoneses siguen despreciando al artista que, como suelo decir, sigue pintando “violines” aún después de muerto. La derechona actual lo boicoteó. Dalí dijo que, aún siendo ateo, Viola era un pintor de iglesias. Por eterno.

 

*Esta entrevista apareció en heraldo.es

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/05/17/vida-viola-una-gran-novela-861415-1361024.html

 

*La foto de Javier Lacruz es de José Miguel marco.

POEMAS DE MANUEL VIOLA, EL MIÉRCOLES, SALA DE MÚSICA

POEMAS DE MANUEL VIOLA, EL MIÉRCOLES, SALA DE MÚSICA

Este miércoles 25, en el contexto de la celebración del centenario de José Viola Gamón, Manuel Viola (1916-1987) y de la exposición ‘Esperando el porvenir’ (que ha comisariado Javier Lacruz, biógrafo y coleccionista del artista) daré una pequeña charla su condición de escritor y muy especialmente de poeta. Viola, antes que artista, fue crítico de arte y sobre todo poeta, influenciado por Federico García Lorca. La charla, que incluirá la lectura de algunos textos del autor, es la tercera de un ciclo organizado por la Diputación de Zaragoza, en la sala de música; las dos primeras fueron a cargo de Jesús Navarro y de Javier Lacruz. Será a partir de las 19.30.

 

BRÚJULAS DEL SILENCIO

 

Las brújulas ocultas del silencio

conducen a las plazas desiertas

conducen a las calles cubiertas de ceniza

conducen hasta el secreto de la Esfinge

con ojos de andén solitario

con labios de arena incandescente

con cabellos de mineral soterrado

de diamante ardiendo

en la palma de mi mano de yeso

 

*Este texto, que no llevaba puntuación en el original, se lo mandó Manuel Viola desde Barcelona a su amigo Leandre Cristófol.

 

LOS POROS DEL VIENTO

 

Los pechos se sueldan en las barricadas del alba

en medio del aire

que pasa las páginas de ventanas ciegas

 

Atrás

las lámparas se alumbran por dentro

 

Urna óvalo de las fermentaciones rigurosas

 

Los labios de corcho han agotado las fuentes de los errantes

que olvidan sus rostros en el parapeto de los puentes

Las piedras que lastran sus corazones

son más ligeras que el aire caliente

de vuestras bocas palideciendo como un yugo

enganchado a la moldura de abismos anudándose en cámara lenta

 

Aquí las lágrimas se estiran como raíles de plomo

sobre la palma de los desiertos

Aquí los latidos del cielo caen sobre el techo de la mesa

Aquí las ruinas instantáneas

los ojos incultos labran la realidad invisible

a la manera de arados de oro

Aquí la llanura ondea como una bandera negra

Aquí el horizonte vertical mástil del silencio

Aquí la rueda distraída cava sus carriles

en todas direcciones

Aquí el cielo deshuesado.

 

*Poema ‘Les pores du verre’, de 1943, que tradujo Lorenza Viola, su primera esposa.

 

**Estos dos textos figuran en el libro ‘Escritos surrealistas’ (1933-1944) de Manuel Viola, que publicó el Museo de Teruel en 1996 con edición e introducción de Emmanuel Guigon. Retrato de 1946.

JESÚS MARCO, PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE CINE ARAGONÉS

JESÚS MARCO, PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE CINE ARAGONÉS

La Academia del Cine Aragonés renueva su Junta Directiva 

Este viernes, en una Asamblea General, se formalizó por unanimidad la nueva configuración tras la baja de cuatro miembros

 

Zaragoza, 21 de mayo de 2016. Tras los nuevos cambios, y manteniendo a dos personas que integraban el equipo anterior, la nueva Junta Directiva de la Academia del Cine Aragonés ha quedado formada por Jesús Marco Murillo como presidente, José Ángel Guimera, vicepresidente, Leonor Bruna, secretaria, Manuel Aparicio como Tesorero, y Jaime García Machín, Patricia Roda, Toño L’Hotellerie, Ana Bruned y Jacobo Atienza como vocales.

 

Seguir trabajando en el mantenimiento de los Premios Simón, conseguir una sede para la Academia, aumentar el número de socios y realizar un mayor número de actividades formativas y culturales en distintos puntos de la Comunidad Autónoma son algunas de las novedades propuestas por el nuevo equipo.

 

De esta manera y tras la salida de José Angel Delgado y Antonio Tausiet de la presidencia y vicepresidencia respectivamente, así como de los otros miembros Ana Esteban (ex tesorera) y Ángel Martínez (ex vocal), se mantiene la representación de un miembro del Sindicato de Actores y Actrices de Aragón y se logra la representación de las tres provincias aragonesas gracias a la incorporación de Ana Bruned (Huesca) y J.A. Guimera (Teruel. Esta nueva junta tendrá validez hasta diciembre de 2017, manteniendo el periodo de dos años de mandato iniciados con la composición de junta anterior.

 

El pasado 29 de abril, el anterior presidente de la Academia–quién ha representado a la ACA durante los últimos 5 años, José Ángel Delgado y el ahora ex vicepresidente, Tausiet, anunciaban su baja voluntaria por motivos personales. “Ha llegado el momento de ceder los mandos a nuevos conductores”, aseguraban. Por su parte, la Junta saliente ha querido expresar su agradecimiento a todos los académicos por su participación y colaboración durante este tiempo, así como a quienes han conformado esta propuesta.

 

Como primer acto oficial de la nueva Junta Directiva, Jesús Marco Murillo visitará este martes 24 de mayo la capital oscense, con motivo de la presentación de una nueva edición del Festival de Cine de Huesca. 

*Esta información pertenece a Camino Ivars.

RETRATO DE LUIS GARCÍA-ABRINES

RETRATO DE LUIS GARCÍA-ABRINES

 

[Hoy, en herado.es, se publica este artículo mío sobre Luis García-Abrines Calvo (Zaragoza, 1923-Conneticutt, 2016), a quien conocí en Teruel con sus hijas Linda y Alicia.]

http://www.heraldo.es/noticias/heraldo-premium/cultura-ocio/2016/05/20/muere-los-anos-luis-garcia-abrines-creador-fecundo-inabarcable-heterodoxo-870959-2091033.html#!kalooga-14969/~arte%20~vanguardias%5E0.75%20~surrealismo%5E0.56%20~Zaragoza%5E0.42%20~literatura%5E0.32

 

Adiós al ciudadano del mundo y surrealista

aragonés Luis García-Abrines

 

Antón CASTRO

Ha muerto en Estados Unidos Luis García-Abrines Calvo (Zaragoza, 1923- Conneticutt, 2016) a los 92 años de edad. Era un espíritu inquieto y transgresor, uno de los últimos surrealistas aragoneses clásicos, vinculado a los hermanos Luis y Alfonso Buñuel, este fue su maestro en el arte del collage. Era escritor, ante todo poeta, musicólogo (editó a Gaspar Sanz y a Juan del Valle y Caviedes) e intérprete de piano, profesor de literatura y amaba el teatro. Vinculado a la Peña Niké, practicó el ‘happening’ y se convertía en un actor improvisado y contador de historias que sorprendía a los compañeros de aquella tertulia.

Estudió en los Jesuitas, en el Miguel Servet y el Instituto Goya y en 1948, tras probar suerte con el piano, se licenció en Filología Románica en Madrid. Por esos años empezó a frecuentar a Alfonso Buñuel, arquitecto y artista del collage, y al grupo de Pilar Bayona (que fue su amor platónico algunos años), entre ellos el narrador de ‘Meterra’ Manuel Derqui, con quien fundaría la sociedad musical Sansueña, vinculada a la Sociedad Filarmónica de Zaragoza. Acerca del vínculo de Pilar Bayona y Luis García-Abrines, cuentan Antonio Bayona y Julián Ruiz: “De cosas de Luis García-Abrines estaba llena la casa de Pilar  Bayona. Desaparecieron el hueso de oliva tallado, la sombrerera con el interior dividido en cuadrantes, y en cada uno de ellos una escena de La boîte à joujoux’ (Debussyana), con sus muñecos, pero queda una pequeña maqueta del rincón de los pianos de la casa del Paseo de la Independencia, con una espléndida caricatura de Pilar, que hace de retrato en la pared, sus sorprendentes y provocadoras cartas, un cuadro, y más cosas”. A la vez también tendía sus lazos hacia los hermanos Miguel y José Antonio Labordeta y a los poetas del Niké, y a esa época pertenecen algunas de sus mejores y más inverosímiles anécdotas. El joven Labordeta le publicaría en el sello Orejudín su libro ‘Así sueña el poeta en sus palabras’ (1960), que sería reeditado en el año 2000 por el Gobierno de Aragón.

Acerca de Luis García-Abrines se comentaban muchas historias. Podía aparecer, se decía, en el mítico café de la calle Requeté Aragonés (hoy Cinco de marzo) con un niño extraviado y lloriqueando que había encontrado en la calle. Ildefonso-Manuel Gil, con el que coincidió en Estados Unidos, contaba que un día, en su casa, recibió a una joven –“debidamente alertada por sus dos hijas gemelas”- en un sarcófago como si fuese la reencarnación de un Drácula aragonés. “Ahora duerme con esa caja de muerto debajo de la cama”, agregaba Gil entre risas, como quien revela una travesura libresca de un buen amigo.

Luis García-Abrines, que se nacionalizó norteamericano en 1959 y llegó a ser juez de paz de New Haven, era un hombre ingenioso y libre, que cultivaba la ironía, una amable idea del sacrilegio, la escatología, el humor, la poesía y la paradoja. Madrugaba mucho para oír el canto del ruiseñor y redactas versos como este: "Una buena palabra es un poema". No podemos olvidarnos de un viaje que hizo a París entre 1951 y 1952, que le permitió saludar a algunos de los aragoneses que vivían en la ciudad como el escultor Honorio García Condoy y el pintor Fermín Aguayo, y a otros surrealistas y grandes figuras de la creación como Picasso, Pierre Boulez y Óscar Domínguez. En aquella estancia conocería a su primera mujer Margaret Jounakos, con quien se casó en 1954 y con quien tendría un hijo, David. Años después, en 1967, se casó con Marie Elle Branchini, la madre de las gemelas Linda y Alicia.

   
Profundamente culto y amante de las lenguas, escribió en inglés, francés, italiano. Quizá sea ‘Ciudadano del mundo’ (1980) el libro que mejor le define. Hay poemas, teatro, poesía visual, fogonazos eróticos, bromas y la somardería aragonesa (José Luis Cano publica ahora una monografía en la Institución Fernando el Católico sobre el humor aragonés); dedica composiciones a sus amigos: Pérez Páramo, Camilo José Cela, Jorge Guillén, Joan Miró, Luis Buñuel, al actor Vincent Price (que encarnó a Drácula y muchas obras de Edgar Allan Poe en el cine) o al gramático Fernando Lázaro Carreter. Hallamos esta perla en una composición para Alfonso Buñuel: "La poesía es una ciencia exacta // puesto que la integral de Marilyn es ella misma // y no hay poema más perfecto que una mujer cojonuda // como, por ejemplo, Gina Lollobrigida".

      A finales de los años 50 se marchó a Estados Unidos, a Yale, donde fue profesor de Literatura Española hasta su jubilación. Otro de sus libros capitales es ‘Crisicollages para Luis Buñuel(1980), que le editó con todo lujo su gran amigo el librero y editor José Alcrudo. Luis García-Abrines despliega un homenaje al realizador calandino, al surrealismo más o menos delirante y al propio collage como técnica fragmentaria que casi todo lo permite, hasta la irreverencia, la provocación, el disparate o el puro juego. García-Abrines pintó algunos cuadros, hacía muchos dibujos en sus personales cartas, como puede verse en su correspondencia con Pilar Bayona, pero el grueso de su producción es el collage, como se verá, de nuevo, en 1988 en su libro ‘Variaciones sobre la donna e mobile. Solo --de gaita-- para hombre’, que le publicó Ildefonso-Manuel Gil en un volumen de gran formato. García-Abrines elaboraba con humor y provocación una mirada sobre la misoginia a lo largo de la historia.

En la Zaragoza de la transición, en 1982, en los tiempos de Ramón Sáinz de Varanda, fue nombrado Hijo Predilecto de Zaragoza en 1982 y en el año 2000 la Diputación Provincial de Zaragoza le otorgó (no pudo venir a recogerla) la distinción Isabel de Portugal, precisamente en el año en que se celebraba el centenario de Luis Buñuel (1900-1981). Con él había recordado a Pilar Bayona (1797-1979) con inmensa ternura, como se puede leer en el disco póstumo que Plácido Serrano recuperó de la intérprete en 1980 y en los documentos del Archivo Pilar Bayona, que Antonio Bayona y Julián Gómez han cedido al Gobierno de Aragón. “Me llamó usted por teléfono. Le oía mal pero imaginé que el objeto de su llamada obedecía a comunicarme la muerte de nuestra queridísima amiga Pilar Bayona. Como buen zaragozano estuve enamorado de ella cuando tenía catorce años, y ello duró hasta los dieciocho. Después tuve una sincera amistad y admiración por su maravilloso arte. Sé que aproximadamente los mismos sentimientos ha tenido usted por ella. Que no descanse en paz en nuestro recuerdo, que siga siempre vivo”.

Que siga vivo también el recuerdo de Luis García-Abrines, el provocador, el surrealista, el artista, el profesor, el enamorado incesante de las lenguas y la música. El poeta que se sentía ciudadano del mundo.

 

*Esta foto de un joven Luis García-Abrines pertenece al Archivo Pilar Bayona que dirigen Antonio Bayona y Julián Gómez, y que acaban de ceder al Gobierno de Aragón.

HA MUERTO LUIS GARCÍA-ABRINES

HA MUERTO LUIS GARCÍA-ABRINES

HA MUERTO EL SURREALISTA LUIS GARCÍA-ABRINES

 

Ha muerto en Estados Unidos Luis García-Abrines (1923-2016), uno de los personajes más legendarios de la Peña Niké. Era profesor, poeta, artista especializado en el collage, musicólogo (editó y comentó al guitarristas Gaspar Sanz), etc. Nació en Zaragoza en 1923, estudió en los Jesuitas, residió en Madrid y en Estados Unidos, aunque siempre retornaba a Zaragoza.

Se casó con Margaret Jounakos, con quien tuvo un hijo, David, y luego con Marie Ellen Branchini, con quien fue padre de dos gemelas, Alicia y Linda, a las que trajo a Teruel a aquellas Jornadas de Surrealismo que se celebraron a finales de los 80 y principios de los años 90. Estuve en varias de ellas y él, simpático y surrealista, les mostraba a sus hijas, con inmenso orgullo, a sus amigos, entre ellos Eugenio Fernández Granell. Eran realmente guapas.

Es autor de libros muy curiosos de poesía y collage como ’Ciudadado del mundo’, ’Así sueña el profeta en sus palabras’ o ’Crisicollages’, entre otros, que le publicó su gran amigo Pepe Alcrudo. Tenía una gran amistad con Pilar Bayona y fundó con Manuel Derqui, y otros, aquella sociedad musical llamada Sansueña. Estuvo muy enamorado de la pianista (se llevaban un cuarto de siglo; se ocultaba detrás de una cortina del estudio de la calle Almagro para oírla) y con ella y con Alfonso Buñuel realizaron un viaje por Sevilla en 1943, se dieron circunstancias simpáticas: Luis amaba a Pilar; Pilar quizá amase a Alfonso y este a su vez se sentía atraído a Luis, que era más joven. O eso sugería un poco Pilar. El poeta y profesor Ildefonso-Manuel Gil era muy amigo suyo (como lo fue Luis Buñuel: ambos lloraron la muerte de Pilar Bayona, arrollada por un turismo, en el actual Paseo de la Constitución en diciembre de 1979) y, tras su regreso de Estados Unidos, se escribían a menudo; fruto de esa amistad fue la publicación en la Institución Fernando el Católico de ’Variaciones sobre La Donna è Mobile. Solo -de gaita- para hombres’ (Institución «Fernando el Católico», Zaragoza, 1988), que al poeta de ’Las colinas’ le hizo muy feliz. En 1982. Luis García-Abrines Calvo recibió la medalla de Zaragoza y en 2000 el Premio Isabel de Portugal, aunque entonces ya no vino a recogerlo.

 

*https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/b/b4/Luis-Garc%C3%ADa-Abrines-Calvo.jpg/300px-Luis-Garc%C3%ADa-Abrines-Calvo.jpg