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Antón Castro

EL RAPSODA Y LA PIANISTA EN CUBA

EL RAPSODA Y LA PIANISTA EN CUBA

Luis Felipe Alegre, con una pianista, prepara el montaje sobre Miguel Hernández en el Teatro Terry de Cienfuegos, un lugar que evoca un escenario de ópera, un cascote antiguo tras el naufragio y un lugar que parece la huella de un antiguo paraíso.

La foto es de Aloma Rodríguez.

GOÑI: MUJERES, MALLORCA Y LLOP

GOÑI: MUJERES, MALLORCA Y LLOP

Ayer recibí una carta de un viejo/joven amigo, Javier Goñi, lector incansable, periodista y crítico literario y, además, novelista secreto. Me invitaba a leer sus artículos para ‘El pizarrín’ en www.divertinajes.com . Entro y me encuentro con uno de sus artículos-río y con su particular sintaxis -llena de recodos, de intersticios, de comas y secretos y de nombres-, que glosa un libro, un mundo y un universo de escritores vinculados con José Carlos Llop, de quien hablé hace poco y al que conocí en Dublín. Javier Goñi habla de un espléndido libro: ‘La ciudad sumergida’ (RBA). Mientras releo el texto y le quito las fotos, no tengo tanta habilidad informática como él, he puesto canciones de Maria del Mar Bonet, a la que oí con auténtico frenesí desde que llegué a Zaragoza en 1978. Ha sido, sin duda, una de las mujeres de mi vida, una de esas mujeres a las que amas sin haberlas saludado nunca. [En la foto: José María Nadal Suau, Llucia Ramis, Elisenda Farré y José Carlos Llop, el autor de 'La ciudad sumergida', RBA, 2010].

 

VIEJO ÁLBUM DE SOMBRAS

Por Javier GOÑI

De ‘El pizarrín’. En www.divertinajes.com

 

Elke Sommer en bikini.

Déjenme que les diga que a José Carlos Llop le hubiera gustado ser práctico del puerto de su ciudad sumergida, o de su ciudad invisible, de haber podido elegir qué ser. Que la literatura no la eliges, te elige ella a ti, afortunado tú.

Desde la Castilla profunda –estábamos con Miguel Delibes en el pizarrín de la semana pasada-, para uno la Bahía de Palma era una canción, melódica, o popula(che)r(a): “Me lo dijo Pérez”, una película, ¿Elke Sommer, el primer bikini del cine español?, una imagen, la familia del verdugo, espléndido Pepe Isbert y compañía conciliando trabajo y ocio vacacional con dietas del Ministerio de Justicia, genial Berlanga, auténtica la pareja de guardiasciviles en barquita buscando discretamente al verdugo en mitad del espectáculo turístico de luz y sonido de las cuevas del Drach.

Si es necesario se pasa del barco de la Transmediterránea, por donde desembarca la familia (con bebé) del verdugo, tantos peninsulares, turistas como extraterrestres y toma uno el “Mallorca”, un barco, que acaba de salir del puerto de Barcelona y va a atracar, cuando toque, en el de Palma. No, José Carlos Llop no es –ni en sueños infantiles- práctico del puerto de su ciudad sumergida, de su ciudad invisible, de la ciudad desvanecida (como la llamó el menorquín Mario Verdaguer), o de la ciudad perdida (como la llamó el escritor mallorquín Eduardo Jordá).

Elke Sommer, irresistible belleza de verano.

No, José Carlos Llop (Palma, 1956), como Eduardo Jordá (Palma, 1956), no ha nacido todavía y, menos aún, ha fantaseado con la idea de ser –o haber sido, ay, cautivo como está con la literatura, que le ha elegido- práctico. No. Sí dice José Pla, cuándo embarcó en el “Mallorca”, que esa fue la primera vez que realizó una travesía marítima y que llegó a Palma, a su bahía. Lo cuenta, Pla, el viejo Pla, en un libro que a mí me gusta mucho, Las ciudades del mar, un maravilloso viaje por las ciudades (algunas) del mar Mediterráneo, Librería Editorial Argos, Barcelona, 1942, y que me encontré un día en una cibertravesía por librerías de lance. Son unas páginas, breves, las dedicadas a Palma, pero espléndidas, como siempre en Pla: tiene prisa, cómo no, le queda todo el viejo Mediterráneo hasta Estambul, pasando por Rávena que huele a mar cerrado (Marina de Rávena, aquel verano), Dubrovnik (ahora un tópico, un destino de papel couché de agencia de viajes), y así.

Las ciudades del mar, qué hermoso título, de Pla. De Pla, también, qué espléndido volumen, Mallorca, Menorca e Ibiza, tercera edición, mayo de 1970, una mañana de domingo en la Cuesta de Moyano, en Madrid, regateo zoco de Marrakech, con precio de primera edición, febrero 1950, con unas magníficas fotografías en un estupendo blanco y negro de Françesc Catalá Roca –algunas de ellas prestigian, al aparecer en este pizarrín, estas líneas-. También encontré en la Cuesta de Moyano –aunque no, en mi biblioteca, esta tarde de domingo, primero de primavera, suena Adagio for Strings, de Samuel Barber, 19 de marzo 1942, en el Carnegie Hall de NY y la batuta de Arturo Toscanini, abro la botella de Hendrick´s que me ha regalado el viernes mi hija, liga bien con las cortezas de lima, que le echo y que estaba utilizando de balón por el pasillo mi hijo pequeño- un libro de cuentos –encontré, digo- de Juan Bonet, un escritor (balear), periodista(falangista), padre de María del Mar Bonet, la cantante, al que cita José Carlos Llop, pero éste –abusando del afecto personal y como escritor que le tengo- todavía anda, me temo, a estas alturas del pizarrín como práctico del puerto de su ciudad natal, sumergida, invisible, perdida, desvanecida. Palma.

Maria del Mar Boner por Toni Catany.


Cuando leía, de pasada, de refilón, a Juan Bonet, uno era joven e iconoclasta, y al grupo en el que me movía nos hacía mucha gracia –burla cruel, injusta: ésta es la primera y única ocasión en que tengo, y no la desaprovecho, para desagraviar al agraviado: tonterías de juventud, esa enfermedad que se cura con los años- llamarse, y escribir como, Juan Bonet cuando se podía –y se debía, entonces, entonces, entonces, perdón, perdón, perdón- llamarse, y escribir como, Juan Benet. ¡Ay, benetines y benetones!, que escribía, ad maiorem dei gloriam, Eduardo Chamorro en Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas, el título se las trae, Ed. Península, 2001.

Samuel Barber ha dejado de salir de la batuta de Toscanini y me descargo en mi memoria cualquier canción, muy hermosa y mediterránea de la Bonet, para sacar en este viejo álbum de sombras a Monserrat Roig, una muy atractiva escritora y periodista catalana, que murió injustamente joven, atravesada por el rayo de un cáncer, y que tenía unas largas piernas o usaba unas cortas minifaldas –la memoria se ofusca y confunde los términos: me sirvo un poco más de Hendrick´s, algo de raspaduras de lima pateadas por mi hijo flotan sobre la copa de balón: profesional que uno es me he preguntado en voz alta, ¿vaso de sidra o copa de balón?, vaso alto ya no se pregunta-.


Mercè Rodoreda: de su novela 'Aloma' tomé el nombre de mi hija mayor: Aloma, ahora en Cuba.

Uno, en esos años, era de la península profunda y le debo a Monserrat Roig –entrevistas originales, la de Llorenç Villalonga y Mercè Rodoreda en  la revista Triunfo, seguro, que leí en la semana correspondiente, de la de José Pla, “Conversación con Josep Pla en un día frío de finales de enero”, no estoy tan seguro: dicen las leyendas que la Roig apareció por la masía del señor Pla con tanta minifalda tan mínima que la tramontana sonó hasta bien entrada la madrugada, y que el señor Pla, q.e.p.d., socarrón e impresionado, todavía lo cuenta allá donde siga escribiendo- que me diera varias cosas. Una, un libro estupendo de entrevistas, Los hechiceros de la palabra, Ediciones Martínez Roca (1975): otro que me hiciera conocer a esos dos monstruos de la literatura catalana, la Rodoreda (cuando veo la película de Betriu La plaza del diamante, el baile de La Colometa. Silvia Munt, actriz, todavía disimulo las lágrimas; descubrí una mañana de un último verano una plaza en el barrio de Gracia que se llama así), y Llorenç Villalonga.


A Monserrat Roig, cuando se murió, le hice una necrológica en Diario 16, un periódico que hubo, y le dediqué buen espacio a su largas piernas, o a sus célebres minifaldas, no sé, y recordaba cómo una vez que la entrevisté le conté, contrito, arrepentido, cómo en una ocasión, en una discusión estival y conyugal, voló por la ventana –ventana abierta tiene que ver con estival, se entiende- por mano femenina un libro suyo, Tiempo de cerezas, Argos Vergara, 1978, y cómo mi amor por los libros zanjó la discusión, conyugal y estival, y cómo me lancé, desesperado, a la calle, a buscarlo, el libro, y cómo no lo hallé nunca, y ella, mujer solidaria, algo le habrías hecho, y yo, pues algo, sería, y al regreso de Barcelona me envió otro ejemplar, éste, para que lo conservéis, firmaba. De aquello, sí, he conservado el libro, éste, de lo otro, una hija, ésa, la de la botella de Hendrick´s. El otro día, Día del Padre. 19 de marzo. Ya es primavera en El Corte Inglés.

 

Una alegre y juvenil Montserrat Roig. Alegre corazón de cereza.

Por Monserrat Roig –gracias, Montse, donde estés- me aficioné, y cómo, a Llorenç Villalonga, tantas novelas suyas, y sobre todo Bearn o La sala de las muñecas, tres veces leída, en Seix-Barral, en BBB, o sea Biblioteca Breve de Bolsillo, en Cátedra, anotada, como un clásico de la literatura catalana, aunque se debió escribir –primero- en castellano, y este verano último en Ediciones Alfabia, con prólogos –como los ha hecho para ediciones anteriores de otros libros de Villalonga en Mondadori, Pre-Textos Anagrama- de José Carlos Llop, quien ha escrito, ahora, un espléndido libro, En la ciudad sumergida (RBA), que es un viejo álbum de sombras de su ciudad, Palma, de sus fantasmas (Cristóbal Serra, ese lujo de la isla, le puso en la pista), de sus gentes, de sus casas, de sus escritores, “escribanos de agua”, los llama, en una acertada imagen, de las gentes –extranjeros, exiliados, trasterrados, errantes- que por allí han pasado, de sus calles, de sus iglesias, de sus piedras: esos baños árabes que, al parecer, son hebreos: en mi último viaje reciente a Palma me desorienté en torno a la catedral, ví el cartel de los baños árabes pero acabé encontrando una estupenda librería que tiene al fondo unas mesas donde tomar una copa mientras, goloso, ojeas tus rapiñas: una nueva edición, por ejemplo, de Mosquitos, de Faulkner, publicado por la misma editora de Bearn, Ediciones Alfabia, en traducción del joven escritor aragonés Daniel Gascón, que es hijo –ay- de un amigo, Antón Castro, el responsable del suplemento de cultura de los jueves de El Heraldo de Aragón.

José Carlos Llop, un estupendo narrador, poeta, ensayista, dietarista y observador de las cosas –es un gran andarín de su ciudad-, creía que a cierta edad –la que ya tiene- uno no sólo adquiere el rostro que se merece, sino que le debe a su ciudad un libro. Llop ha cumplido con su parte, ha escrito un hermosísimo cuaderno de viaje de su propia ciudad, Palma, no ha rehuido el delicado –o no- cometido de destripar el oso de peluche de uno mismo, su vida y la de su familia –es tan hermosa la dedicatoria a su madre, ésta puede, supongo, leer tan orgullosamente este libro y al fondo, en la sombra, pero con mucha fuerza el padre, tan cálido, tan próximo, tan atrayente-, y dejo de escribir, que todavía me quedan ochenta páginas. Qué placer.

(Por cierto, cuenta Pla en Las ciudades del mar, que al llegar a la Bahía de Palma oye, en cubierta, a alguien interesarse: Tomeu, que t ´has maretxat? Con José Carlos Llop de práctico del puerto de Palma, qué va.)

 

JOSÉ-CARLOS MAINER: UN DIÁLOGO

JOSÉ-CARLOS MAINER: UN DIÁLOGO

JOSÉ-CARLOS MAINER / Catedrático de la Universidad de Zaragoza. El historiador, investigador y autor de ‘La Edad de Plata’ dirige una ‘Historia de la literatura española’ en Crítica y publica su sexto volumen: ‘Modernidad y nacionalismo, 1900-1939’

 

“El que sólo sabe literatura,

 ni literatura sabe”

“Los lenguajes artísticos conviven

Como conviven los artistas y el público”

 

José-Carlos Mainer Baqué (Zaragoza, 1944) es el director de una ambiciosa y totalizadora ‘Historia de la literatura española’ (Crítica) en nueve volúmenes. Él abre el fuego con el sexto tomo, ‘Modernidad y nacionalismo, 1900-1939’, un trabajo de 600 páginas que se acompaña de más de 200 páginas de textos de apoyo. Explica:De los nueve tomos, los siete primeros se dedican a la historia de la literatura propiamente dicha. El octavo, a una historia de las ideas literarias en España que ¡hace más de cien años! pedía Menéndez Pelayo como requisito previo para construir una historia literaria. Y el noveno, ‘El lugar de la literatura española’, tratará de las relaciones entre las literaturas peninsulares (incluida la portuguesa), la literatura americana de expresión española y el diálogo de nuestras letras con el resto de las europeas y, por extensión, con las tradiciones culturales occidentales. Todos los volúmenes quieren integrarse en una nueva noción de “historia de la literatura” que se ha venido afirmando en los últimos cuarenta años, al margen de la clásica asignatura escolar: una historia que sea lugar de convergencia de metodologías más que una formulación rígida. Un punto de partida abierto más que una sucesión de dogmas acerca de periodos cerrados, listas de nombres propios o pretendidas esencias nacionales.

-¿Por qué ha elegido a esos especialistas? ¿Cuál sería el espíritu novedoso de este proyecto frente a otros?

Los autores de los tomos se han elegido, por supuesto, en función de afinidades intelectuales y conceptuales: Juan Manuel Cacho y María Jesús Lacarra para la Edad Media; Bienvenido Morros, para el siglo XVI; Pedro Ruiz Pérez, para el XVII, María-Dolores Albiac, para el XVIII; Cecilio Alonso para el XIX y Jordi Gracia y Domingo Ródenas para la segunda parte del XX. José María Pozuelo dirige el equipo de la historia de las ideas literarias y Fernando Cabo escribirá el volumen sobre el lugar de la literatura española. Partimos todos del legado de treinta años, cuando menos, de una excelente cosecha filológica, que ha supuesto una revisión de autores y géneros, una cuidadosa tarea de edición de textos y una general desconfianza ante las formulaciones cerradas (lo que alguien ha llamado ‘neopositivismo’).

¿Qué les ha pedido a los autores exactamente?

Lo que yo he pedido a los autores es que, a partir de este sugerente estado de la cuestión, nos proporcionaran una síntesis personal y ágil, sin demasiadas citas de autoridad ni los signos propios del manual, atendiendo a las obras literarias más que otra cosa y siguiendo el discurrir de los ingredientes que componen el campo de lo literario.

 ¿Cuáles son los interrogantes de partida que se ha planteado en su libro, el tomo VI, la poética de su trabajo?

 El título que he dado a mi tomo –‘Modernidad y nacionalismo’- anticipa mi argumento central: la suma de un impulso de modernización literaria, al compás de la europea, y de un esfuerzo de redifinir la “materia nacional de España” como un producto estético –un paisaje, una forma de vida, un legado artístico- y no como un yerto repertorio de recuerdos históricos. Lo estimulante es que convergen entonces una tradición, algo que tiende a la inmutabilidad, y una exigencia de innovación que busca sistemáticamente el cambio. Y unos modernos tradicionales –como Valle-Inclán, Lorca…- y otros tradicionales modernos –como Unamuno, Baroja…- logran escribir textos estupendos.

¿En qué medida este volumen es un ampliación llena de datos, detalles, personajes y libros de su ‘La Edad de Plata’?

Inevitablemente se parecen, claro, pero después de tantos años (‘La Edad de Plata’ se escribió en 1974; la edición definitiva es de 1982), algo he tenido que aprender… Al principio pensé reservarme el volumen que trata del siglo XIX (que está escribiendo, mucho mejor que yo, Cecilio Alonso) porque siempre tuve la idea de que si prolongaba mi libro de 1982 sería remontándome a los orígenes de las cosas más que siguiéndolas después de 1939. Pero, al final, opté por repetir y, de ese modo, cerrar un ciclo de mi ejecutoria profesional.

Siempre hay algo fundamental en sus libros: lo que se llama la historia cultural.

Suelo decir que el que sólo sabe literatura, ni literatura sabe… Esa noción de “historia de la literatura” de la que hablaba es forzosamente interdisplinaria, plural, porque los lenguajes artísticos, aunque sean independientes, conviven, como lo hacen los artistas mismos que también comparten el mismo mercado cultural y el mismo público. La pintura de Zuloaga y de Sorolla, la música de Falla o el baile de Antonia Mercé, los filmes de Chaplin o el mundo de las verbenas populares, son hechos literarios: son escritores los que discuten acerca de la idoneidad “nacional” de la pintura de Zuloaga, los que descubren la modernidad de El Greco, o los que se entusiasman con las nuevas bailarinas flamencas y con los cómicos del cine.

¿Por ejemplo?

En el ‘Diario de un poeta recién casado, Juan Ramón Jiménez halla lugar para incluir entre sus poemas del amor y de mar aquellos que se dedican a la muerte de Rubén Darío y del músico Granados y a la descripción de una espléndida puesta de sol en el puerto de Nueva York, dedicada a Sorolla y descrita con la misma paleta cromática del pintor.

¿Qué papel jugaron en este periodo dos narradores como Ramón J. Sender y Benjamín Jarnés?

Sin duda, son los escritores aragoneses más relevantes de este periodo. En 1939, Sender era el más prometedor escritor en prosa de su generación: un periodista genial y un narrador que aunaba la fuerza expresiva de Valle-Inclán y el ritmo de Baroja. En aquel momento, Jarnés era todavía el gran referente de la prosa artística: un refinado creador de ficciones, un estupendo biógrafo y uno de los críticos más certeros de su tiempo. Después de la guerra civil, Sender, que era más joven, se reinventó todavía como un gran novelista existencial y simbólico, mientras que Jarnés sabía lúcidamente que su mundo había concluido.

 

*Este es un avance de una entrevista algo más extensa que le he hecho a José-Carlos Mainer Baqué sobre el proyecto ‘Historia de la literatura española’ (Crítica).

 

JUAN CRUZ: UN DIÁLOGO SIN EGO

JUAN CRUZ: UN DIÁLOGO SIN EGO

Por muchos motivos, siempre le he tenido un especial cariño a Juan Cruz (Tenerife, 1948).. Me encanta su fascinación por la literatura, su curiosidad, su voluntad de contar vidas y de construir la suya, desde el periodismo y la literatura, junto a otros. Hace unos días, Juan Cruz estuvo en Los Portadores de Sueños presentando su libro ‘Egos revueltos’. Lo fui a buscar a la Estación Zaragoza-Delicias con Eva Cosculluela. Luego conversamos para ‘Borradores’. Juan me había contestado a este puñado de preguntas. Una parte de la entrevista salió en ‘Heraldo’, pero aquí está al completo. Espero que os guste.

 

 

-Siempre había pensado yo que ibas a escribir un libro así. ¿Qué ocurrió en tu cabeza, qué te movió a redactarlo?

--Me movió a escribirlo la persistencia de los recuerdos. Y, sobre todo, una imagen: la soledad en Lincoln, el día gris, la carta de Cabrera Infante confirmándome una cita en otoño de 1974. Ese recuerdo lo tenía en mi cabeza, y su impulso constante se convirtió un día en el primer flash de lo que luego sería el libro. Si no hubiera estado el día como lo están en Londres los otoños cálidos y si Cabrera no me hubiera escrito acaso hubiera sido otro libro.

 

-¿De  dónde procede una pasión tan inmensa por la literatura? ¿Quién te hizo ver este camino, quién te desveló el poder de la palabra y de la ficción?

--La pasión por la literatura viene de la infancia, de los cuentos de mi madre, de la lectura voraz de los prospectos de las medicinas y de las páginas de los periódicos. Mi madre, en este caso, fue quien me señaló el camino de la ficción: ella me contaba para distraerme. Ella sabía que yo padecía una enfermedad persistente, crónica, y por tanto dañina en el corto plazo, pero eterna. El asma es así, una obsesión por el aire. No podía salir de casa. Ella me dormía con cuentos, como decía León Felipe, pero eran cuentos benévolos, a veces muy divertidos. De ahí viene la cosa.

 

-¿Habías sospechado alguna vez que tenía tantas vocaciones: la de amigo, cómplice, curandero, protector, recadero e incluso de enfermero?

--Si, ya entonces tenía esas vocaciones. Me gustaba que vinieran a jugar conmigo los chicos, a casa, porque yo no podía salir a la calle. Era tan amigo que era cómplice: les regalaba los juguetes para que me hicieran caso, y le ocultaba a mi madre esta tendencia a desprenderme de todo con tal de agradarles, para tenerlos cerca. Y era curandero, entonces, también, sí, porque yo mismo padecía y no quería que padecieran otros. Entre nosotros había un chico muy generoso que venía a verme cada vez que percibía que yo estaba peor. Era el mejor de todos nosotros. Murió en un pavoroso incendio, en La Gomera, se llamaba Paco Alfonso y es inolvidable. Y recadero fui siempre: me gustaba llevar mensajes, de paz, de armonía, pero también recorría el pueblo con las facturas no cobradas de mi padre.

 

-Tu biografía, de escritor, periodista y editor, está llena de extravagancias. Pienso en tu noche con Cela, por ejemplo. ¿Ha sido eso lo más raro?

--Quizá eso sea lo más raro. Pero hubo días en que se juntaban Rafael Azcona, Juan Marsé, Manuel Vicent y Carmen Balcells para hacer extravagante mi existencia, pidiéndome, casi al unísono, que les facilitara la conexión con Canal + para ver algún partido o pidiéndome (en el caso de Carmen Balcells) un helicóptero para sacar a Nélida Piñón de una tormenta de nieve en la carretera general de Soria. No hubo helicóptero, pero le conseguí lugar donde dormir. Resultó que era una casa de citas.

 

-Hablas de ‘egos revueltos’. ¿Pero hasta qué punto no es el escritor un tipo enfermizamente frágil, paranoico, de un desamparo increíble?

--Sin duda, Un escritor tiene ego, un ego más desarrollado que lo que es común, porque trabaja solo, vive solo la mayor parte del día y necesita que un ojo distinto vea lo que ha hecho y lo apruebe. Ese desamparo conduce a la paranoia, a veces, pero siempre conduce, en el caso de los escritores, a la página en blanco, que es la medida de todas las cosas.

 

¿En algún momento te has sentido un confesor laico, el pañuelo de lágrimas de los escritores más célebres?

--Un confesor laico pero respetuoso; mi teoría es que a la gente no hay que sonsacarle, hay que esperar de ellos lo que sea, incluida la confesión, pero precipitarla es un error. Y culparles es un pecado: en eso los confesores laicos somos más respetuosos que los confesores religiosos, ¿no te parece? ¿Y pañuelo de lágrimas? A veces lo he sido, pero no suele ser normal que lloren los escritores. Exigen, y a veces la exigencia parece un llanto.

 

Rafael Azcona, en 1952.

-Hay muchas historias conmovedoras en el libro: por ejemplo la inmensa humanidad y sabiduría de Rafael Azcona, su sentido de la amistad…

--Azcona era un tipo muy especial; inteligente, agudo, buen conversador, tenía una memoria maravillosa con la cual mantenía en alto cualquier ocasión; le daba lumbre a la oscuridad. Qué días más hermosos, qué mediodías nos dio. Es inolvidable porque era bueno.

 

Julio Cortázar.

-Uno de los escritores que te ha acompañado siempre ha sido Cortázar. ¿Por qué? ¿Qué tenía de especial?

--Porque Cortázar explicó la soledad circular, hizo de la soledad un lugar en el que uno podía habitar siendo arropado por la apariencia de felicidad eterna, la felicidad de hablar, de superar la noche creyendo que jamás va a terminar y no te daña.

 

Hablas de varios Premios Nobel: Cela, Octavio Paz, García Márquez, Günter Grass. ¿Te atreverías a definirlos uno a uno?

Cela era el ego social, rotundo; necesitado siempre de gente que le celebrara. Octavio Paz viajaba con un pedestal sobre el que se subía a preguntar qué tal se le veía allá arriba. García Márquez tiene un ego misterioso: el del arrogante tímido, el del melancólico que aún no ha explicado del todo la razón de su tristeza. Grass: un niño que no ha terminado nunca de saber por qué sonría ante el espejo, y se lo pregunta en soledad.

Guillermo Cabrera Infante.

-Sientes una incuestionable predilección por Cabrera Infante. ¿Qué tenía de especial?

--Escribió ‘Tres tristes tigres’. ¿Te parece poco? Ese libro abrió paso al humor y a la música como condimentos esenciales de la literatura. Tenía una llave y la usó con inteligencia.

 

-¿Eres consciente de que el libro rezuma melancolía? ¿De qué tienes melancolía?

--Melancolía de la infancia, de los momentos buenos de la infancia; de algunas personas, de ciertos alimentos, de la nobleza y de la bondad. De todo lo que la vida hace que perdamos.

 

-Cómo escritor, ¿qué has aprendido de tanta gente importante?

--Que todos somos iguales, que nadie es verdaderamente importante si no es, además, noble y humilde. Los pedestales sirven para romperlos.

 

-Estremece un poco la doble advertencia de tu condición de gran bebedor...

--Fui muy bebedor, si hubiera sido un gran bebedor ya me hubiera muerto. Corté a tiempo.

 

Hay muchos más escritores latinoamericanos que españoles, o parece que tú estás más fascinado con ellos que con otros. ¿Es así?

--Eso tiene que ver con mi raíz canaria, que es esencialmente latinoamericana: por Tenerife recalaban no sólo los barcos que iban o venían de América sino los libros de los latinoamericanos. Y he seguido viajando hacia ese imán.

 

¿Qué es lo más bonito, lo más emocionante que te ha regalado este libro?

--Que mis hermanos creyeran que su hermano protagonizaba un acontecimiento contando su vida. A ellos les gustó venir a la presentación en Madrid, y les pareció que yo era alguien a quien quería mucha gente. Eso es lo más emocionante. Y lo más triste es que no esté Toni López ya en el mundo; hubiera sido para mí una gran satisfacción que ese gran editor estuviera en la vida. Le he echado mucho de menos. Como a Rafael, como a Isabel de Polanco..., como a tantos.

 

De ti se dice que posees el donde de la ubicuidad. ¿Qué hay de eso?

--Es mentira. Prueba de ello es que el jueves estaré / estuve en Zaragoza y nadie podrá decir que estoy / estuve en otro sitio. Nadie.

 

Si pudieras reencarnarte en alguien, ¿a quién elegirías?

--Me gustaría reencarnarme en un pescador de bajura que escribiera versos. Yo qué sé. Ya es bastante difícil encarnarse como para tener que reencarnarse.

*He tomado la foto de Juan Cruz de http://traslahuelladigital.files.wordpress.com/2009/03/juan-cruz-ruiz.jpg

FUCK AMERICA' DE EDGAR HILSENRATH

FUCK AMERICA' DE EDGAR HILSENRATH

Hace unos días, el sello Errata Naturae publicaba ‘Fuck America’ de Edgar Hilsenrath, que ha estado de gira con sus editores: Rubén e Irene Antón.

 

 

Correo urgente

 A la atención del Cónsul General de los Estados Unidos de América

Clausewitzstrasse 3b, Berlín

  

10 Noviembre 1938

Estimado Cónsul general:

 

Ayer comenzaron a arder nuestras sinagogas. Los nazis han demolido mi negocio, vaciado mi escritorio, expulsado a mis hijos del colegio, prendido fuego a mi casa, violado a mi mujer, me han destrozado los huevos, han confiscado mis bienes y han bloqueado mi cuenta bancaria. Es necesario que salgamos del país. No nos queda otra opción. La situación empeora por momentos. Apenas queda tiempo. Estimado Cónsul General, ¿podría usted conseguirnos Visados de residencia en los Estados Unidos en el plazo máximo de tres días?

 

Le saluda atentamente,

Nathan Bronsky

 

P.S. Vivo en Alemania desde hace 40 años, concretamente en Halle, a orillas del Saale, pero soy natural de Galizien, una provincia que actualmente pertenece a Polonia.

 

 

 

A la atención del judío polaco Nathan Bronsky, residente en Alemania,

Königstrasse 10,

Halle an der Saale

10 de Julio de 1939.

 

 

 

Estimado Señor Bronsky:

 

Su carta urgente lleva 8 meses sobre mi escritorio. No he podido leerla hasta ahora mismo. Adjunto le remito unos formularios de solicitud que puede rellenar y enviar de vuelta a mi dirección postal. Lamento tener que comunicarle que las perspectivas de una rápida expatriación a los Estados Unidos de América para usted y los suyos no son buenas. Verá, Sr. Bronsky, de repente cientos de miles de judíos quieren venir a los Estados Unidos, pero nosotros sólo podemos permitir la entrada de un número reducido de inmigrantes. América, en efecto, es un Paraíso cuya política de inmigración se define, desde los años 20, por un sistema de cuotas sutilmente estudiado, un sistema de cuotas, estimado Sr. Bronsky, destinado a reducir las olas migratorias de extranjeros procedentes de ultramar buscando el interés de un electorado marcadamente blanco, anglosajón y protestante. Por esta razón, las listas de espera de Judíos perseguidos por el nazismo son largas. Muy largas. Cientos de miles de nombres con sus respectivos números de registro están ya inscritos en las listas de espera. En estas circunstancias –y siendo muy optimistas- si rellena usted los formularios y me los hace llegar cuanto antes, a la familia Bronsky le llegaría su turno en 13 años, aproximadamente. En definitiva, estimado Sr. Bronsky, calculo que podría expedir dichos visados de entrada para Usted y su familia en 1952 -con la condición de que cumpla como es debido con los requisitos exigidos en todo proceso de migración y tenga en regla los datos, acreditaciones, papeles y documentos necesarios-.

 

 

Le saluda atentamente,

El Cónsul general americano,

Clausewitzstrasse 3B,

Berlín

  

 

A la atención del Cónsul General de los Estados Unidos de América

Clausewitzstrasse 3b, Berlín

12 de Julio de 1939

 

 

 

Estimado Sr. Cónsul General:

 

Se nos acaba el tiempo. La guerra es inminente. Veo cosas terribles acechándonos. Tenga Usted piedad de nosotros! Hablo a diario con mi úlcera de estómago y me cuenta cosas extrañas: me habla de cámaras de gas y pelotones de fusilamiento. Me habla de un humo negro. Los nazis van a asesinar a todos los judíos. Y a nosotros también. Tenga Usted piedad, estimado Sr. Cónsul General, y háganos llegar cuanto antes los visados de entrada!

 

Le saluda atentamente,

Nathan Bronsky

 

 

Al judío polaco Nathan Bronsky, residente en Alemania,

Königstrasse 10,

Halle an der Saale

 

24 de Agosto de 1939

 

Estimado Sr. Bronsky:

 

Hace algún tiempo, un barco de refugiados judíos intentó atracar en nuestras costas. Se trata del célebre caso del San Luis. A pesar de los miles de telegramas con los que fue bombardeado nuestro presidente, Franklin D. Roosevelt, y debido a la falta de visados de entrada en regla, no tuvimos más remedio que devolver al mar a los refugiados. Este hecho muestra claramente que nuestro presidente Roosevelt, quien, como usted sabrá, afronta grandes dificultades en el ámbito de la política interior, no se puede permitir pasar por alto la tendencia antisemita de ciertas facciones de la burguesía americana poderosas en número o resistir la presión de los aislacionistas y los antisemitas en el parlamento –el así llamado “congreso”-, con el fin de obtener una modificación en las cuotas de inmigración que pudiera favorecer a los refugiados judíos. De modo que, como Usted comprenderá, estimado Sr. Bronsky, no tiene sentido que siga importunándome a mí, el Cónsul General americano, con más cartas. Por cierto, y esto que quede entre nosotros, la verdad es que a los gobiernos de este planeta les importa una mierda si los nazis acaban con todos vosotros. El problema judío les resulta demasiado engorroso y lo cierto es que nadie quiere tener nada que ver. Por lo que respecta a los Estados Unidos de América, es decir, al gobierno que yo mismo represento en calidad de Cónsul general, sólo puedo decirle lo siguiente: ¡estamos hartos de vosotros, Judíos bastardos! Saturáis nuestras universidades, os apiñáis en los puestos más altos y cada vez tenéis más cara dura! Envíeme de vuelta los formularios de solicitud y espere sentado 13 años. Y le aconsejo que vaya haciendo un testamento y formulando expresamente los deseos de inmigración de la familia Bronsky, no vaya a ser que sus profecías sobre las cámaras de gas y los pelotones de fusilamiento resultaran ser ciertas. Su albacea podrá cumplir su voluntad y enviar sus cenizas a América en 1952 –año en que probablemente sus visados estarán listos-

 

Le saluda atentamente

El cónsul general de los Estados Unidos de América.

 

 

EL MAR, ALBERTO Y JULIO

EL MAR, ALBERTO Y JULIO

Ayer se inauguraba la retrospectiva de los hermanos Alberto y Julio Sánchez Millán en la Casa de los Morlanes, en homenaje a Alberto Sánchez. [Me fue imposible acudir porque a la misma hora presentaba –con Cristina Palacín, Ana Marquina, Trinidad Ruiz-Marcellán, Alejandro Ratia y Ángel Guinda-  el poemario póstumo de Vicente Pascual Rodrigo. Fue un acto entrañable rodeado de grandes amigos y familiares del pintor y poeta.] Julio me pidió un texto para el catálogo, hay muchos y muy variados, y correspondí con algunos recuerdos.

Este retrato es de Alberto Rodrigálvarez.

 

ECOS DEL MAR Y DE SU MEJOR NARRADOR

 

Me di cuenta de que era amigo de Alberto Sánchez el día que se desvió de una ruta hacia Calanda y vino a verme a Urrea de Gaén. “El pueblo de Alfonso Zapater, Pedro Laín Entralgo y el carlista Cabañero”, diría él de inmediato. Vino un poco acalorado: al descender la calle empinada hacia la plaza se encontró con un camión de reparto de ultramarinos y tuvo que detenerse casi un cuarto de hora. Al final, ante la indolencia del operario, se cabreó. Aquella visita estuvo condicionada por el incidente: a medida que hablábamos de esto y de aquello, parecían emerger las circunstancias, los detalles secretos, las palabras malsonantes de la discusión, el monumental enojo y yo diría que también una sensación creciente de culpa o de malestar. En un determinado momento deslizó esta frase: “A veces puedo llegar a ser muy burro, pero ese tipo era un animal”.

Nos sentamos en el muro que mira hacia las colinas rojizas, contemplamos el paisaje, los cañaverales del cementerio, los campos de manzanos y de perales que se extendían a la orilla del río Martín. Empezamos a hablar de algo que nos apasionaba a los dos: Julio Alejandro Castro, con quien pocos años antes Alberto Sánchez había mantenido una conversación casi infinita que se incorporó al libro Fanal de popa. Julio Alejandro, el guionista de Luis Buñuel, el hombre que redactó más de un centenar de guiones de cine y piezas teatrales durante casi 40 años en México, había acabado por ser un nexo de unión entre los dos, casi tan poderoso como el cine, casi tan poderoso como la literatura. O como Aragón.

Alberto hablaba siempre de todo: de literatura, de los libros que había ido acumulando en su estudio-fortín, de sus recortes de prensa, de sus catálogos, de sus fotos, de sus programas de mano, de la gente que había ido conociendo. Era un testigo que no pasaba inadvertido, era el menú, la sazón, la ironía y el humo de todas las tertulias. Julio Alejandro nos gustaba mucho a los dos porque era un gran narrador oral, un marino en tierra, un dramaturgo y un soñador que se pasaba la vida reinventándose. Tenía algo de Simbad: encendía de magia y de misterio cualquier encuentro. Nos hablaba de Dolores del Río y de María Félix, y de los amantes que sembraban de orquídeas sus lechos y sus bañeras; de Juan Rulfo y de Gabriel García Márquéz, de Antonio Machado (y de sus pisadas casi crepitantes que subían los peldaños de madera de su casa de joven marino, al que también conocían por ‘Antorcha Luminosa’), de Buñuel y de su mujer Jeanne, de Leonora Carrington y de un reloj de cuco que tocaba a las cinco en punto de la tarde. La hora en que a Buñuel le gustaba hacer el amor. Nos hablaba de su pasión por la novela negra, que solía leer en una cama que tenía en su cabezal un timón de leyenda y varios fanales en las mesillas de noche. Julio Alejandro le contagió a Alberto, aún más, su pasión por la gastronomía, por los cócteles, por la sensualidad de la comida. Julio Alejandro era un abogado de los pequeños detalles, un galanteador de rastros, mercadillos, chamarilerías y almonedas. Le dije que Julio me había llamado el día anterior y que me había preguntado por él. Que siempre preguntaba por él, por Luisito Alegre y por Agustín. Y por “una belleza extraordinaria, lánguida y chinesca, como la porcelana”, llamada Ariadna Gil. Así lo decía.

La tarde se iba desvaneciendo. Alberto pareció recobrar su humor natural; el humo del tabaco huía como un pájaro libre. Estaba muy feliz porque coordinaba con primor una colección que le hacía especialmente feliz, la serie Boira de Ibercaja, estaba feliz porque se sabía querido y era una referencia en los festivales de cine con su maleta poblada de memorias, de secretos, de anécdotas y de personajes.

            Poco antes de marcharse, le dije: “¿Sabes una cosa, Alberto? Cada día te pareces más a Julio Alejandro”. Sonrió y me miró con ese escepticismo aragonés que podría resumirse en la onomatopeya “quia”. Quiaaaá… Dijo: “Lo dices por mi descuidada barba de marinero, ¿no? A mí siempre me han mareado los barcos. El mar solo me gusta en los libros y en el cine”.

MAÑANA, HOMENAJE Y POEMARIO PÓSTUMO DE VICENTE PASCUAL

MAÑANA, HOMENAJE Y POEMARIO PÓSTUMO DE VICENTE PASCUAL

 

 

 

Presentación de De la nada nada viene de Vicente Pascual

Colección Veruela Poesía de Olifante

Intervienen: Cristina Palacín, Trinidad Ruiz Y ANTÓN CASTRO.

Palacio de Sástago. Mañana, Martes 23 de marzo a las 19,30 horas

ZARAGOZA

 

Poco antes de fallecer, Vicente Pascual Rodrigo (Zaragoza, 1955-Utebo, Zaragoza, 2008) ultimó un poemario. Le dio una y mil vueltas y lo dejó listo para su publicación. Trinidad Ruiz-Marcellán lo ha editado en la colección Veruela, en colaboración con la Diputación de Zaragoza, un volumen espléndido, precioso. El nuevo trayecto de esta colección la inició ‘Lugares comunes’ de Octavio Gómez Milián. El libro ‘De la nada nada viene. Todo cabe en el vacío’ está dedicado a Ángel Guinda –“Para Ángel Guinda. Si alguna letra sé, es de él de quien viene”, escribe Vicente Pascual Rodrigo-, lleva un pequeño prólogo mío y una estupenda nota de solapa de Alejandro Ratia, a quien siempre estuvo muy unido.

 

He aquí el texto de Alejandro RATIA

 

LA ESTÉTICA DEL AGUA

 

 

 

Entre los últimos papeles que pintó Vicente Pascual hay unos que me conmueven especialmente. En ellos reaparecen temas del pasado. Así, una encina de Rasal, en el Prepirineo, que había pintado en los setenta, en los tiempos de La Hermandad Pictórica. Pero también reaparecen en sus poemas versos que son muy parecidos a aquellos títulos que, en aquella misma época, les ponían a sus cuadros los hermanos Pascual Rodrigo. O los que llevaron, más tarde, algunas de las obras de su aventura en solitario. Lo que parecían largos títulos, son ahora breves versos. “Y los chopos, que ya brotan”, por ejemplo. O “¡Mirad, están danzando!”.

Sus años últimos tienen algo de recapitulación. La enfermedad le dio tiempo a Vicente Pascual de repensarse, y aunque le restaran fuerzas para pintar, limitando sus formatos, le regaló la Poesía, a la que se entregó devotamente, con un espíritu parejo al que caracterizaba su obra plástica. La austeridad cromática de sus pinturas rima con la parca adjetivación que hallamos en sus versos, y con la sencillez de los metros elegidos. El poeta y pintor se identifica con un pordiosero, con un obrero que sólo quiere obedecer. Es la estética del agua, del artista transparente que se considera un medio. “Está el agua tierna, humilde, sin voz / prestando su cuerpo”, dice. “De la nada nada viene”, su poemario póstumo, es una poética y una estética a la contra de los tiempos. Frente a la egolatría del supuesto creador, se reivindica la humildad del artífice, que recoge el don del poema o de las formas de otro sitio, donde existen realmente. Vicente Pascual diría que los recoge “de lo alto”. Ese es el sentido en que debemos llamarle, tal como a él le gustaba, Realista, en el sentido hondo que le daban a este término los sabios medievales.

Zaragoza, a 22 de enero de 2010

JOSÉ ANTONIO LABORDETA

JOSÉ ANTONIO LABORDETA

En Aragón, las cosas y la historia tenían nombre, trayecto y leyenda, pero de pronto apareció él con su voz de trueno y de sementera, con la garganta herida por la injusticia y el dolor, y puso acento y canto a las ancianas que se morían de soledad y de nostalgia, a las masías colgadas del atardecer y del collado, a los leñeros, al hombre sigiloso que va y viene del tajo a sus asuntos. Ese hombre lucía ya bigote y la gallardía de un viejo campesino: cantaba alto y fuerte, cantaba por todos. Ese grito era la prolongación de su condición de poeta y novelista, de memorialista, de viajero por los intersticios de la historia. En ese canto estaba su autobiografía –el eco del palacio de los Gabarda, su hermano Miguel encelado con sus poetas chinos favoritos, el río y la Zaragoza secreta de burdeles y garitos, la pasión por la juncal Juana- y su afirmación en la aldea, en el pequeño país de polvo, viento, niebla y sol. Aquel señor, capaz de aunar la cólera y la ternura y la timidez como nadie, aquel trovador del páramo se convirtió en un símbolo, en un amigo, en un ciudadano imprescindible que siguió a lo suyo: consolidó la tarea del héroe con un infinito mar de amor que nos inundó a casi todos. Este martes, el peregrino con la mochila al hombro, el político tan accidental como apasionado, el ciudadano que salió a la calle una y mil veces para estar codo a codo con los suyos será nombrado ‘Doctor Honoris Causa’ por la Universidad de Zaragoza. Por una vez, sin rubor alguno, este territorio de todas las insidias se reconoce en uno de los suyos, y le elige como se elige una perla o un diamante en medio de un tesoro. Y le devuelve su abrazo armado. Ese juglar, José Antonio Labordeta, ha cantado con todos y para todos sin temor a quedar sin voz ni a morir en el terco combate de la rebeldía.

 

            *Este texto apareció ayer en mi sección ‘Cuentos de domingo’ en Heraldo de Aragón.