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Antón Castro

ADIÓS A ESPERANZA, QUE SIEMPRE TUVO ESPERANZA

ADIÓS A ESPERANZA, QUE SIEMPRE TUVO ESPERANZA

Acabo de recibir una de esas notas que te desgarran de inmediato. Esperanza Martín, la mujer y compañera de “Cuchi” (José María Gómez: crítico de cine, apasionado a los toros, conversador incansable y afectuoso), acaba de fallecer de cáncer de pecho. Esperanza ha demostrado una fuerza inmensa, unas locas ganas de vivir: fue, quiso ser, como un ciclón desmelenado de entusiasmo y de alegría. De haber sido otra enfermedad, decía siempre Cuchi, habría resistido. Se habría llevado por delante cualquier otra dolencia. Hablábamos a menudo de su situación y a él, asustado como estaba, le conmovía su fe en la vida, sus ganas, su serenidad. Le daba todos los días lecciones de coraje. Esperanza, madre de dos hijos, Gonzalo y Ricardo, había tenido una tienda de ropa: le gustaba estar con los amigos, charlar, cocinar, leer, le gustaban las pequeñas cosas de cada día, la risa. Llevaba un tiempo pugnando con la sombra, con la herida. Y batalló hasta el final, convencida de que saldría adelante. Falleció hoy hacia las nueve de la mañana.

 

Un beso inmenso, un abrazo, todo el consuelo y el cariño para Cuchi, sus hijos, para la familia de Esperanza y la familia de Cuchi, su hermano Ricardo... Somos tantos y tantos amigos los que los queremos…

*Esta foto de niña que mira hacia el infinito es de Christian Coigny.

HENRI CARTIER-BRESSON CUMPLIRÍA UN SIGLO

HENRI CARTIER-BRESSON CUMPLIRÍA UN SIGLO

[El 22 de agosto, tal día como hoy, hace 100 años, nacía el fotógrafo Henri Cartier-Bresson, que será objeto de numerosos homenajes en su Fundación, creada en 2003. Recupero este artículo, que es una lectura de la biografía de él que publicó el gran Pierre Assouline, en Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. La foto es de Cartier-Bresson y está tomada en Harlem en 1947. Bresson ya no vive, claro, falleció nonagenario en los primeros días de agosto de 2004, cuando iba a cumplir 96 años.]



Pierre Assouline, biógrafo de Simenon, Gallimard o Hergé, se acercó casi por azar al “fotógrafo vivo más grande del mundo”, se quedó fascinado con él y al final, tras años de trabajo, ha compuesto una biografía animada por esta frase: “La verdad no está en la exhaustividad sino en los intersticios”. Y por ellos se mete, en ellos hurga con delicadeza, pero sin descanso. El retrato del niño que fue Henri Cartier-Bresson, el mayor de cinco hermanos, es complejo y completo. Descendiente de campesinos con tierras que suministraban heno a las caballerías e hilanderos del algodón con un importante imperio, siempre se mostró como un inadaptado.

Veía a su padre en el despacho (era aficionado al dibujo, a la pintura y al diseño de muebles), pero su debilidad era su madre, una mujer elegante y bella, de una rara sensibilidad, que vivía entre la incertidumbre, la lectura constante y las notas del piano. Fue ella quien puso en su mano el “Cantar de los cantares” y quien lo llevó a las galerías del Louvre. Cartier-Bresson vivía de castillo en castillo, y pronto empezó a frecuentar los talleres de pintores. Alternaba la pintura con la flauta. Fue un mal estudiante, negado para la geometría, y fascinado por Rimbaud, que era su modelo de vida, y por Baudelaire, Proust o Alessandro Manzoni.


Iba a ver las películas mudas de su época y se apuntó a la academia Lhote para hacer pintar al óleo. Permaneció dos años y aprendió cosas esenciales: “el principio es la geometría”, la pasión de la composición, cuestiones de escala, el poder de la línea, la pureza del lenguaje pictórico y el ritmo interior de un cuadro. Algo que será esencial en su futura condición de fotógrafo de retratos y reportajes.

Parecía escrito que Henri Cartier-Bresson, que detestaba la vida práctica y los negocios, intentase ubicarse en el mundo de creación. Comenzó a frecuentar a los surrealistas, que le marcaron decisivamente, aunque no conectó por completo con su ideología. Frecuentó el salón de Gertrude Stein, que le dijo: “Jovencito, más le valía que se dedicase a los negocios de su familia!”, a Breton, a René Crevel o a André Pieyre de Mandiargues, amante entonces de la pintora Leonor Fini. Fue su cómplice. También conoció a Luis Buñuel, al que admiraba por su fuerza y su sarcasmo.

De repente, en medio de una crisis creativa y de amor (se enamoró perdidamente de Gretchen, la compañera de su amigo Peter Powel, aficionado a la foto profesional), decidió emprender un viaje determinante a África: estuvo en Sierra Leona y se jugó la vida. El hombre que volvió de la selva era otro: retornó metamorfoseado, nos dice Assouline. Poco después, en Marsella, deslumbrado por una foto de tres negros en canoa de Martín Munkacsi, adquirió una cámara Leica que iba a ser la fiel compañera de sus idea, una cámara que se ajustaba a sus obsesiones y a la búsqueda del número áureo. Assouline cuenta que esa adquisición fue como otra de Morand: “A los doce años me regalaron una bici; ya no han vuelto a verme”.

Cartier-Bresson empezó a tomar sus primeras fotos y decidió hacer un viaje por Europa, en un Buick, con Mandiargues y Fini. Las cosas no fueron demasiado bien, pero en aquella travesía (solían bañarse desnudos y discutir a muerte; de hecho estuvieron enemistados luego durante una década), Cartier-Bresson no podía saciar su “apetito visual”. Buscaba la foto única, no necesariamente bella, y creyó que podía encontrarla en España, adonde vino en 1933, porque consideraba que “España en sí misma es una tierra surrealista, dividida entre el ‘ser’ y el ‘estar’”.


Ese viaje tendría continuidad en otro esencial: se marchó a México, amó a Lupe Cartier, tomó fotos increíbles, de calle casi siempre, y expuso junto a Manuel Álvarez Bravo. A partir de entonces, a pesar de que en 1935 quiso dejar la foto para siempre, su actividad sería imparable: se convirtió en ayudante de dirección de Jean Renoir (Buñuel lo rechazó), estuvo como documentalista de cine en la Guerra Civil español pero no realizó ningún disparo con su cámara, combatió contra los nazis con la categoría de cabo, fue apresado y estuvo tres años confinado, siguió haciendo cine, y se marchó a la India, donde retomó su oficio de reportero y captó a Gandhi en actitud de faquir.


También estuvo en Nueva York (el joven Truman Capote dijo de él: “HCB es, artísticamente hablando, un hombre solo, una especie de fanático”) y publicó en 1952 un libro capital: “Images à la sauvette”, y más tarde “Los europeos•”. En 1947 fundó con Capa, George Rodger y David Szymin, “Chim”, la agencia Mágnum.
Continuó tomando fotos y llegó a ser considerado uno de los más grandes del mundo con Walker Evans o Alfred Stieglitz. Tal como le había dicho una vidente, se casó con una bailarina javanesa y luego con la fotógrafa Martine Franck (30 años más joven que él), pero siempre trabajó sin descanso, con un sentido admirable de la composición y del “momento decisivo”, y con una entereza sin parangón: era capaz de sacrificar una foto importantísima por una conversación. El libro, casi una biblia cultural, se lee con placer y está salpicado de las teorías de Cartier-Bresson.

CINCO CLAVES DE CREACIÓN


I. UN FOTÓGRAFO. Henri-Cartier Bresson nació en Chanteloup, en la región de Normandía, en 1908. Tuvo una infancia casi ideal, ociosa, llena de lecturas, sobreprotegida, pero a la vez muy literaria. En el colegio, el bedel le dejaba un despacho para que leyese. Luego frecuentó distintos “ateliers” importantes de pintores, algunos habían sido discípulos de Degas o Manet; estudió en Cambrigde y finalmente, casi por azar, afirmó su condición de artista, de pintor, de fotógrafo, de reportero, de ayudante de dirección de Jean Renoir. La fama le llegó en la posguerra, donde era considerado un mito. Alguien lo definió como un “testigo de su tiempo, tenso, móvil, imposible de localizar”.


II. EL MOMENTO DECISIVO. Recibió todo tipo de elogios y se vio forzado a establecer una teoría, casi por error. Alguien dijo de él que “HCB tiene un gran talento para hacerse olvidar”, y eso le permitía disparar en el momento exacto, en que todo cobraba una nueva dimensión, vida. Las líneas geométricas convergían como un sortilegio. Dijo: “Nada hay en el mundo que no tenga su instante decisivo, y la regla de oro de la buena conducta es conocer y aprovechar ese momento. Si dejamos que se nos pase la Revolución de los Estados Unidos, corremos el albur de no volver a encontrarlo o de no advertirlo”. Y agregó, a propósito del retrato: “Con él no hay trucos ni recetas que valgan”.


III. EL IMPULSO INTERIOR. Es curioso: parece que Henri Cartier-Bresson siempre estuvo luchando para no hacer fotos. Al principio, su carrera iba hacia la pintura, pero renunció a ella y quemó todas sus telas. Luego, tras su estancia en África, descubrió una cámara Leica y la compró. Fue su tercer ojo, o quizá el primero. Dice Assouline que es difícil en la historia de la fotografía encontrar una ligazón tan íntima entre un artista y un instrumento. ¿Por qué trabajaba así? Quizá hablase de sí mismo cuando definió a Robert Capa: “Era un aventurero dotado de ética, un anarquista hecho y derecho. Era pura gracia y vitalidad, soltura, exuberancia y encanto”. Las frases nos recuerdan demasiado a él mismo.


IV. CIUDADANO DEL MUNDO. Podríamos decir en todas partes. Estuvo en Sierra Leona, en México, donde se quedó perplejo por la fuerza de la vida (desde aquella estancia en 1934 se sintió “un francés de México”), en España, donde estuvo en varias ocasiones (quizá sintió celos de que mientras Capa se había hecho mundialmente famoso con las fotos de la Guerra Civil; él estuvo en retaguardia con una cámara de cine), en Estados Unidos (y en concreto en Harlem), en la India, en Inglaterra,
etc. Fue el fotógrafo de los grandes artistas, desde Matisse a Giacometti, desde Bonnard a Picasso, desde Faulkner a Ezra Pound o Stravinski, y nos legó algunos de los retratos más admirables de todos los tiempos.


V. TODO UN SIGLO. Henri Cartier-Bresson es el ojo del siglo, como titula Pierre Assouline su libro. Estuvo en los lugares básicos de la historia del siglo XX. En la guerra española, donde se debatía una libertad universal, en la II Guerra Mundial (fue apresado e intentó huir tres veces; lo consiguió al final y rodó la película “Le retour”), en China y en la India o en el desembarco de Normandía. Cartier-Bresson, como Robert Capa o George Rodger, Weegee o Walker Evans, fue un testigo imprescindible de su tiempo. A mediados de los años 70, cansado de la fotografía, decidió volver al dibujo y la pintura. Assouline recuerda que como fotógrafo es único, como dibujante y pintor hay miles como él.



EL RETRATO O EL PODER DEL ROSTRO


No es un fotógrafo nada convencional Henri Cartier-Bresson. Algunos han definido su mirada como sádica. En cualquier caso era (es) una mirada profunda, atenta, con voluntad de escrutar, pero también era una mirada que sabía esculpir, depurar, era una mirada con referencias culturales, una mirada que había asimilado muy bien las técnicas pictóricas en todo lo que se refiere a la composición. Artista de mirada poliédrica, persuasivo e invisible (dice Assouline: “sus obras vuelven visible lo invisible”), también se recuerda que siempre estuvo “lejos de lo anecdótico y lo más cerca posible de la íntima verdad de la gente”. Él explicó así sus retratos: “Me gustan los rostros, lo que significan, pues todo está escrito en ellos... Ante todo soy reportero, sí, pero también hay algo más íntimo. Mis fotos son como mi diario; reflejan el carácter universal de la naturaleza humana”. “El ojo del siglo”, traducido por Juan Manuel Salmerón, destila conocimiento, emoción, erudición. Abarca una vida irrepetible: la del cíclope que ve.

 

El ojo del siglo. Pierre Assouline. Traducción de Juan Manuel Salmerón. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona.

 

LARA MORENO: OTRA NUEVA VOZ PARA TROPO

LARA MORENO: OTRA NUEVA VOZ PARA TROPO

[Dentro de unos días, Tropo Editores publica una extensa colección de relatos de la escritora onubense Lara Moreno: Cuatro veces fuego (Zaragoza, 2008. 264 páginas). Óscar Sipán me envía uno de los relatos, pero es tan extenso que ofrezco aquí solo tres fragmentos. Y también me envía la foto de esta joven en la que ha puesto muchísimas ilusiones, pero no me cabe aquí por su tamaño. Pongo, en cambio, esta que tango me gusta de Toni Frisell.]

 

 MANERAS DE ESTAR SEDIENTO

(Tres fragmentos)

Me vistió de azul. Me dio

su sosiego. Todo fue

ya sencillo, como muerte

anticipada.

José Hierro

 

La mujer.

Tú venías con la cara manchada de ojos y tonterías. Yo te recibí inmersa en tus huecos oculares, decididamente abocada a terminar contando de forma estúpida la totalidad de tus pestañas. Todo eso en una tarde de finales de agosto. El mes de julio yo lo había ocupado en deshacer ciertas nostalgias inventándome otras, y tú en desempapelar tu vida de forma involuntaria. En tus ademanes siempre pareció que lo hacías todo sin querer, como resignado a los movimientos de la vida, al asfixiante nudo al que todos estamos atados. Te conocía desde hacía tiempo, eso ya lo sabes. Pero nunca te vi desde tan cerca. Dabas vértigo, a pesar de que yo estaba pausada, coartada, amarrada a varias pasiones no traumáticas que me habían desterrado del anonimato que da el desamor: ese dolor tan vulgar. Alguna que otra casualidad (el robo en Noruega de un cuadro de Munch a manos de un ladrón armado) nos unió de forma no duradera, pero esporádicamente eterna. Por aquellos tiempos yo solía recibir proposiciones indecentes y bailaba descalza entre los dos altavoces de mi equipo de sonido, en una atalaya improvisada. El mundo rodaba encima de nuestras cabezas de forma criminal, pero nos empeñábamos en morder sólo el lado bueno de la sandía. El rojo, siempre el rojo. En eso llegaste tú, ya te digo. Yo guardé mis armas de fuego y te llevé al mar. Tú te dejaste hacer, porque en el fondo lo hacías todo. Me encrucijabas. Tu improvisación en mi vida fue como algo cuidadosamente escrito desde los tiempos del látigo y la ruina, como la sorpresa que uno espera y teje, y teje, y traga. Y llega. De todos modos sabes que ésta no es mi historia, sino la tuya. Yo sólo presté la piel y otras cosas más importantes.

Te llevé al mar; pero antes estuvimos horas detenidos, como si estuviéramos solos, con esa forma de estar de los hermanos, de los espejos enfrentados, haciendo de los minutos una partida ganada, mirándonos de vez en cuando, tocándonos casi siempre, convirtiéndolo todo en sexo: la clavícula mojada, el bandoneón de la canción número quince, las gafas, los cojines del sofá, las baldosas calientes del suelo del tercer piso, letras de Neruda, los anillos de nuestros dedos, la criptografía de nuestros cuerpos. 

Orgasmos, al fin y al cabo, que nos dieron un poco de vida, aunque nos supieran a muerte (por eso quizá lloré, no te asustes: también sé llorar de placer). Estuvimos horas detenidos, electrocutados, siendo sólo lo que éramos. Ni más ni menos de lo que éramos. Haciéndonos caso.

Luego te llevé al mar.

Supe que tenías sed. Pero supe, también, que tu boca es un barco inmóvil que no se sacia nunca. Tú del mar no sabías nada. El mar de mí lo sabe casi todo. Te dejé en la orilla y me senté a observar sobre una duna que nunca cambió de sitio; no quise despedirme otra vez. Sabía que volveríamos a vernos.

 

(…)

 

El mar.

El mar dentro de la boca del hombre se había convertido en cuerpo. Por la mañana era un cuerpo celeste y por las tardes el cuerpo del delito. Toda la noche en cuerpo de guardia y convertido en ejército cuando el hombre tenía frío, o prisa, o sexo. Nada dentro de ese hombre sería nunca un cuerpo simple. Pero todo en cuerpo y alma. Y cuerpo a cuerpo el mar y el hombre hicieron tributos al amor de los elementos y se tragaron el uno al otro. El mar sabía que si recorría las glándulas, las vísceras, los tejidos y las dichas del hombre, terminaría tarde o temprano fuera de él, siendo expulsado por cualquier orificio. Y así lo aceptó. Mejor ser expulsado para poder ser más tarde bienvenido que permanecer siempre en el mismo lugar, haciendo huella a base de callos. Así que cuando el hombre llegó a Sevilla y decidió tragarse a sí mismo, el mar fue dócil y pasó por su laringe, el estómago lo convirtió en desembarco y el intestino y las venas fueron ríos y afluentes y deltas y sitios misteriosos pero hospitalarios. El mar sabio como el hombre necio. Los peces le salieron por los ojos y se chocaron contra sus gafas, y en vez de barba le crecieron algas.

 

El hombre.

Glub, dijo, y respiró tan hondo como le permitieron sus pulmones encharcados.

Y siguió caminando, como el puerto marítimo que ya, evidentemente, era.

 

Cuatro veces fuego. Lara Moreno. Tropo Editores. Zaragoza, 2008. 264, en prensas.

 

TED HUGHES: LA TRÁGICA TIRANÍA DEL POETA LAUREADO

TED HUGHES: LA TRÁGICA TIRANÍA DEL POETA LAUREADO

[El siete de septiembre de 2006, la excelente periodista Lourdes Gómez, corresponsal de El País en Inglaterra, publicaba este reportaje sobre las complicadas relaciones amorosas del sedutor Ted Hughes, que derivaron en la tragedia de Sylvia Plath y en la de Assia Wevill, que murió seis años después del mismo modo que la autora de Ariel: abriendo la llave del gas, aunque con ella falleció su hija Shura. El reportaje es sumamente interesante y explica la compleja personalidad de Hughes también: era como un océano desmelenado e incontenible ante la frágil y bipolar Plath, ante la desbordada Assia, prisionera de un amor imposible o con demasiadas aristas… El reportaje, como digo, apareció en El país.]

 

Assia Wevill, la mujer por la que el poeta Ted Hughes dejó a la suicida Sylvia Plath, y que también acabaría abriendo la llave del gas para acabar con su vida, escribió en su diario: "Sylvia está creciendo en Ted, enorme y espléndidamente. Yo me encojo cada día, mordisqueada por ambos".

La gran poetisa estadounidense Sylvia Plath, su marido, el también gran poeta británico Ted Hughes, y la amante de éste, Assia Wevill, compusieron un triángulo de muerte. La sombra de Sylvia Plath, que se suicidó en febrero de 1963, dos años después de que Hughes la abandonara por Assia Wevill, nubló la íntima relación de ésta con el poeta. Y la tragedia volvió a repetirse la noche del 25 de marzo de 1969, cuando la amante de Hughes dejó abierta la llave del gas de su piso de Londres y murió, llevándose también la vida de la hija de ambos, Shura. Una reciente biografía desempolva detalles de la tormentosa trayectoria de ambos y revela el tiránico régimen de convivencia que le exigió el controvertido poeta laureado británico.

Los vértices de un triángulo maldito se unieron en 1961, año en que se conocieron las dos parejas, la compuesta por Ted Hughes y Sylvia Plath y la que formaban David Wevill, también poeta, y su mujer Assia Wevill. Ésta tenía 34 años y una larga experiencia en cuestiones de amor y de supervivencia. Había huido con su familia de la Alemania nazi para instalarse en Tel Aviv, donde conoció a su primer marido, el sargento británico John Steel. Se casaron en 1946.

De una belleza "salvaje", Assia Wevill era una mujer independiente y con fama de salirse siempre con la suya. Licenciada en Literatura por la Universidad de Vancouver, escribía poemas y trabajaba en una agencia de publicidad. En una travesía desde Canadá, en 1960, conoció a David Wevill y rehízo con él su vida en Londres. Hasta tropezar con Hughes.

"Voy a seducir a Ted", anunció a su jefa publicista la víspera de visitar a Hughes y Plath en su caserío de Devon. Fue el principio de la cuesta abajo que detallan con precisión los periodistas israelitas Yehuda Koren y Eilat Negev en A lover of unreason: the life and tragic death of Assia Wevill (Un amante de la sinrazón: la vida y trágica muerte de Assia Wevill). Para construir la biografía, los coautores entrevistaron a 70 amigos, conocidos y familiares de Assia. También hablaron con Hughes un año antes de que muriera de cáncer en 1998. Tuvieron además acceso a los diarios, cartas personales y una nota de suicidio que escribió a su padre, el médico Lonya Gutman.

Assia Wevill se sintió atormentada con el suicidio en Londres de Sylvia Plath. Creía que los íntimos de la poetisa le culpaban de destrozar su matrimonio con Hughes. "La hostilidad y el afilado desprecio de los amigos de Ted son a veces insoportables", confesó a su hermana Celia Chaikin. La sombra de Plath se entrometió en la relación. La poetisa había dejado sin concluir una colección de poemas, el aclamado volumen Ariel, que reordenó su viudo. Hughes, en cambio, destruyó el diario personal para evitar que lo leyeran sus dos hijos, Frieda y Nicholas. También "perdió o hizo desaparecer", según se afirma en la biografía, el manuscrito de una segunda novela que preparaba Plath en 1963. Koren y Negev aseguran que Assia Wevill leyó ambos manuscritos y que enfureció al verse retratada entre líneas como "mujer gélida y árida".

"Sylvia está creciendo en Ted, enorme y espléndidamente. Yo me encojo día a día, mordisqueada por ambos. Me comen", escribió en su diario. "Llevamos cinco días viviendo en paz", añadió en junio de 1963, "el periodo más largo desde que murió Sylvia". La desaparecida poetisa anulaba la autoestima de Assia Wevill y le arrastraba hacia el abismo. Y, como antes había experimentado Plath, también a ella le comían los celos. Una de las amantes de Hughes, la asistenta social Brendan Hedden, confirma su fama de mujeriego y sus infidelidades: "Nos mantenía a una agradable distancia: Assia, en Londres, Carol Orchard [su futura segunda esposa] en North Tawton, y yo en Welcome.... Éramos las gallinas en el corral compitiendo por los favores del gallo". Mientras, la relación entre Wevill y Hughes estaba a punto de explotar. Para restaurar la armonía, el poeta propuso un código de conducta, englobado en un "borrador de constitución", que parece un manual de tiranía doméstica. De acuerdo con la biografía, Hughes exigió a su amante y madre de su hija Shura que jugara con Frieda y Nicholas, fruto de su matrimonio con Plath, que vivían con la pareja, al menos una vez al día. También debía enseñarles alemán dos o tres horas a la semana. Y cocinar una nueva receta cada semana e introducir a Frieda en el arte culinario. "Él estaba exento de cocinar", señalan los coautores.

Además, Assia Wevill debía levantarse a las ocho de la mañana y no podía andar en bata por la casa. Tenía prohibido echarse siesta por la tarde. También debía mejorar su comportamiento, mostrarse agradable con los amigos del patrón y proyectar su herencia alemana e israelí, olvidándose de cualquier sofisticación británica. "Una exigencia extraordinaria para quien llevaba 20 años viviendo en Inglaterra", observan los coautores.

Poco se sabe de la reacción de Assia Wevill a la constitución de su amante. Pero la distancia, física y sentimental, se agrandaba día a día. "Quiero estar contigo. No lo retrases mucho, querido, porque no me será posible retornar a ti. Me habré convertido en una estatua de sal", amenazó la desesperada mujer. Y a su familia le confesó: "Me siento suicida". No era la primera vez que la depresión y desilusión bloqueaban su espíritu. El propio Hughes trató de explicar la situación en una carta: "Nuestra vida se complicó tanto con los viejos fantasmas... Me ponía a prueba repetidamente, diciendo que debíamos separarnos... Era una mala costumbre, parte de nuestras viejas dificultades, y cuando me lo repitió por teléfono ese último día, no me resultó nada nuevo".

Hughes y Wevill riñeron la mañana del 25 de marzo de 1969. Al anochecer, Assia llevó una cama a la cocina. Acostó en ella a Shura, de cuatro años. Preparó un combinado de alcohol y pastillas de dormir. Encendió el gas del horno. Y se tumbó en el colchón junto a la pequeña. La au pair descubrió horas después sus cadáveres. En una mesa encontró dos cartas dirigidas al padre y al amante de la suicida.

Seis años antes, Sylvia Plath se había suicidado en circunstancias similares. Pero no se llevó a sus hijos, que dormían en la misma casa. Les dejó leche y galletas por si tenían hambre al despertar.

"La muerte de mi primera mujer fue complicada e inevitable. Llevaba en esa pista la mayoría de su vida. Pero la de Assia Wevill pudo evitarse. Su muerte estaba totalmente bajo su control, y fue el resultado de su reacción a la acción de Sylvia", señaló Hughes a los coautores. A Assia y Shura Wevill les dedicó su libro Cuervo, de 1971, además de otra docena de poemas. Aquejado de cáncer, fue desnudando el tormento interior acumulado desde el suicido de Plath en Cartas de cumpleaños, su impactante colección de versos publicada en 1998.

 

*Una foto de Assia Wevill, con su hija Shura, con Ted Hughes.

 

SYLVIA PLATH: PALABRAS PARA UNA DOLOROSA VIDA

SYLVIA PLATH: PALABRAS PARA UNA DOLOROSA VIDA

SYLVIA PLATH (Boston, 1932- Londres, 1963)

Nacida en el barrio de Jamaica Plain de Boston en 1932, Plath mostró gran talento a una edad temprana, al publicar su primer poema con 8 años. Su padre, Otto, que era profesor de universidad y una autoridad en el campo del estudio de la entomología, murió en esa época, el 5 de octubre de 1940. Ella intentó seguir publicando poemas y cuentos en revistas estadounidenses y consiguió cierto éxito.

En su primer año en la universidad de Smith College, Plath realizó el primero de sus intentos de suicidio. Esto lo detalló más tarde en su novela semi-autobiográfica La campana de cristal (The Bell Jar). Fue tratada en una institución psiquiátrica (Hospital McLean) y pareció recuperarse aceptablemente, tras lo que se graduó con honores, en 1955.

Plath obtuvo una beca Fulbright (que permite estudiar o colaborar en universidades extranjeras), por lo que fue a la Universidad de Cambridge, donde continuó escribiendo poesía y ocasionalmente publicaba su trabajo en el periódico universitario Varsity. Fue en Cambridge donde conoció al poeta inglés Ted Hughes. Se casaron el 16 de junio de 1956. Plath y Hughes vivieron y trabajaron en Estados Unidos desde julio de 1957 hasta octubre de 1959, periodo durante el cual Plath daba clases en Smith College. Posteriormente se mudaron a Boston, donde Plath asistió a seminarios con Robert Lowell. Este curso tuvo una gran influencia en sus obras. También participaba en los seminarios Anne Sexton. Fue en este periodo cuando Plath y Hughes conocieron, por primera vez, a W. S. Merwin, quien admiraba su trabajo y llegó a ser un gran amigo. Al enterarse que Plath estaba embarazada, volvieron al Reino Unido.

Vivió junto con Hughes en Londres durante un tiempo, y después se asentaron en North Tawton, un pequeño pueblo en Devon. Publicó su primera recopilación de poesía, El coloso (The Colossus) en Inglaterra en 1960. En febrero de 1961 tuvo un aborto. Algunos de sus poemas hacen referencia a este hecho. Tuvieron problemas con su matrimonio y se separaron menos de dos años después del nacimiento de su primer hijo. Su separación se debió sobre todo a la aventura amorosa que Hughes tenía con la poetisa Assia Wevill, pero hay quienes especulan que Olwyn Hughes, hermana del poeta, interfirió de manera decisiva en su relación.

Plath retornó a Londres con sus hijos, Frieda y Nicholas. Alquiló un piso donde W. B. Yeats vivió una vez; esto le encantaba a Plath y lo consideró un buen presagio cuando comenzaba el proceso de su separación. El invierno de 1962/1963 fue muy duro. El 11 de febrero de 1963, enferma y con poco dinero, Plath se suicidó asfixiándose con gas. Está enterrada en el cementerio de Heptonstall, West Yorkshire.

Aunque durante mucho tiempo se consideró que sus repetidas depresiones e intentos de suicidio se debieron a la muerte de su padre cuando ella contaba nueve años, pérdida que nunca logró superar, hoy se sabe con certeza que padecía trastorno bipolar, enfermedad psicológica que en la actualidad tiene adecuado tratamiento.

 

*Epígrafe sobre la vida de Sylvia Plath en Wikipedia. Como decía Sergio Grao en un comentario, la autora de La campana de Cristal nació en Boston y murió en Londres, de ese modo tan espantoso. Ted Hughes, con el paso de los años, se convirtió en uno de los grandes poetas anglosajones.

**Aquí vemos a Sylvia Plath con su máquina de escribir.

 

 

TONI RUIZ RECIBE A LOS CANTAUTORES DE ARAGÓN

TONI RUIZ RECIBE A LOS CANTAUTORES DE ARAGÓN

Hoy, viernes, Toni Ruiz entrevistará en el magacín de Aragón Radio a los hermanos Estopa, David y José Muñoz, que contarán al locutor y a los oyentes cómo se está desarrollando la gira de su nuevo disco “Allenrock”, y cómo se preparan para el concierto que tendrá lugar mañana 22 de agosto en la Plaza de Toros de Calatayud.

 

Otro grupo español, M-Clan, pasará también por los micrófonos de la Radio Autonómica. La banda murciana tocará el próximo domingo 24 de agosto en la Expo de Zaragoza.

 

Pero la música no para aquí. “Cada día más” recibirá a los cantautores aragoneses José Antonio Labordeta, Joaquín Carbonell, Eduardo Paz, Javier Maestre y Gabriel Sopeña, que presentarán a los oyentes el espectáculo que ofrecerán en el Anfiteatro 43 de la Muestra Internacional este viernes 22, a partir de las 23.30 de la noche. Mañana, los cantautores también visitan el programa de Fernando Ruiz de Aragón Televisión.

 

El programa tendrá espacio también para el séptimo arte. Toni Ruiz hablará con la directora aragonesa Sonia Llera, que acaba de volver de Bolivia, y narrará en el programa cómo vivió en primera persona el referéndum celebrado en este país, en el que Evo Morales salió reforzado. Sonia Llera es autora de la serie documental “Los latidos de la tierra”, que se emite en Aragón TV los domingos a las 11:30 horas.

 

“Cada día más”, con Toni Ruiz, se emite de lunes a viernes a partir de las 07:30 horas en Aragón Radio. La foto de José Antonio Labordeta fue tomada en Belchite hace algunos años. La nota corresponde al servicio de prensa que dirige María José Mozota.

PILAR PERIS: DOS POEMAS PARA LA EXPO EL DOMINGO

PILAR PERIS: DOS POEMAS PARA LA EXPO EL DOMINGO

 

[Pilar Peris, profesora de música y poeta con música, me escribe esta nota: “Ya estamos en la recta final del verano y del ciclo Los poetas tienen la palabra. Me encantaría que pudieras pasarte el día 24, domingo, por el pabellón de Zaragoza en la Expo, hora, 5 de la tarde. Es el día del barrio Miralbueno, del que hablaré. También leeré algunos poemas inéditos de mi nuevo libro en gestación”.

Le pido dos poemas, y me envía estos dos.]

 

 

 

 

Las palabras no suplen tu ausencia.

Anudan nuestro desasimiento oblicuo y lo trenzan.

Taladran el vacío. Ahondan la huella

infructuosamente.

 

¿A dónde irá el mágico triángulo de tu sonrisa

inscrito en mi frente como inmaterial vestigio?

¿A dónde la comisura equilátera de tus labios

sedienta de mi pozo núbil y abstruso?

¿A dónde la suavidad de tus manos

abiertas como conchas

para sostener mi cabeza?

¿A dónde las volutas desplegadas por el éxtasis

en los capiteles desconchados del alma?

 

Oh! Noche oscura,

cuerpo desprendido como rama a merced del agua.

Del goce desgajado en incauta y meliflua llama.

Inabordable como la distancia que nos separa.

No vayas a llorar desde tu ser ficticio.

No quieras enderezar el zigzagueo de la flecha.

El amor amortigua lo que el deseo desordena.

 

Canta. Estamos vivos.

La vida me vive en el poema,

y sólo ahí te puedo amar.

 

Sólo la voz sondea aquello que nos surca,

la savia que el árbol no puede compartir,

las cumbres que desligan bosques y montañas.

 

Sólo la voz alcanza

la ingravidez que me realiza y

me devuelve con el canto tu belleza.

 

Oh! Noche, líbrame de la mirada.

Dame la voz plena que salve a Eurídice de Orfeo.

 

                                   (The dark nigth of the soul)

 

 

 

III

 

 

                                          Todo hombre tendría que anhelar ser                                     desdichado para preservar a otro de la desdicha.   

                               E.M CIORAN

 

 

 

 

 

Doy la espalda al fuego y

a la lumbre incandescente

sin fondo y sin fisura

que anega  en oleadas

mi paisaje interior.

 

Y en el éxtasis que brota

de esta infinita amargura

mi sufrimiento te preserva,

ama y celebra tu existir.

 

Pues sólo así

la encarnizada jauría

del infortunio y la desdicha

resarcirá su sed en

mi cruenta y

descarnada llaga.

 

Lejos de tu arnés y

de la artesa

que orna

el umbral de tu casa.

 

 

* Ilustración: (Santa Bárbara del maestro de Flemalle)

 

 

 

 

 

 

DOS NOTAS SOBRE LOS POEMAS

"The dark nigth of the soul" hace referencia a una canción de Lorena Mckennitt con ese título cuya letra de la canción está basada en el célebre poema de San Juan de la Cruz.

 

El otro toma como motivo una tabla flamenca del año 1438 que se encuentra en el Museo del Prado atribuida a Robert Campin, llamado maestro de Flémalle, que representa a Santa Bárbara leyendo, de espaldas a la lumbre del hogar. Es el único que, de nuevo, como en mi libro anterior, se basa en una imagen. No pude resistirme.

 

 

SYLVIA PLATH: RETRATO Y DESNUDO DE XOÁN ABELEIRA

SYLVIA PLATH: RETRATO Y DESNUDO DE XOÁN ABELEIRA

[Hace algunos años, Juan Abeleira, hoy Xoán Abeleira con morada en A Coruña, publicaba un estupendo libro: Identidades (Hiperión), mi libro favorito entre los suyos, hecha la salvedad de su monografía en gallego sobre Man, donde incluía esta composición sobre Sylvia Plath. Ha querido el destino, y el editor Pepo Paz, que casi una década después retornase a la poeta norteamericana al traducir sus Poesía completa para el sello Bartleby. El libro, de casi 800 páginas y algún centenar de notas, saldrá hacia septiembre-octubre; Xoán Abeleira corrige y corrige pruebas, ajusta y purifica su versión. En Identidades, el poeta publicaba este poema tan suyo, tan interpretativo y, si puede decirse así, tan místico también. La ilustración es suya: es un trabajo a partir de la máquina de escribir de la inolvidable Sytlvia Plath]

 

 

SYLVIA PLATH

(1932–1963)

Me aterroriza este algo oscuro

Que duerme en mí.

 

 

 

I

 

 

Desnuda en exceso

Te abandonaste a lo oscuro

Aunque sin llegar jamás

A desprenderte de tu lúgubre ropaje.

 

Niña momia, niña calcinada

En los espejos.

Como un fanal eléctrico,

Como una obscena medusa

Experimentaste el mundo sobre ti:

Dios, jactancioso, ante su cepo.

 

Y al intentar vadear la ciénaga,

Embarcada en tu propia sombra,

Las lamias que habías despertado

Te desangraron hasta el fondo.

 

 

 

II

 

 

Agua calma a tu corazón,

Allí donde te refugies.

Agua calma a tu corazón,

Exenta de toda angustia.

 

Para que él pueda serte fiel

En el Juicio de la Balanza.

Para que abogue por ti

Hasta que logres cruzar las puertas.

 

Agua calma a tu corazón,

Y que tu Nombre florezca.

  

Xoán Abeleira

Identidades (1998)