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Antón Castro

Escritores

MARCOS GIRALT TORRENTE, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA

 

“SIN EL RENCOR HACIA MI PADRE NO SERÍA

EL ESCRITOR NI LA PERSONA QUE SOY”

 

 

"El año en que mi padre enfermó publiqué una novela en la que lo mataba". Así empieza ’Tiempo de vida’. ¿Se ha arrepentido alguna vez de escribir eso o, sencillamente, le dio mala espina?

Un amigo escritor al que frecuenté en una época ya pasada me decía que hay que tener cuidado con lo que se escribe porque tarde o temprano sucede. Lo tuve muy presente mientras escribía ’Los seres felices’ (Anagrama) y aun así maté al padre de la novela. Fue una necesidad estructural lo que me llevó a ello, y no ninguna suerte de siniestro conjuro, pero la prueba de que dejó alguna huella en mí es que necesité dejar constancia por escrito cuando empecé a tejer el manuscrito que luego sería ’Tiempo de vida’.

¿Por qué solo le era posible escribir sobre su padre, tras ’Los seres felices’?

Mi literatura, aunque desde la ficción, siempre ha estado muy ligada a mis preocupaciones vitales. Es normal, por tanto, que una experiencia tan radical como la muerte del padre necesitara interiorizarla mediante la escritura.

Habla una y otra vez del resentimiento, del rencor. ¿Cómo han condicionado su propia vida y su escritura?

Absolutamente. Sin esa experiencia no sería ni la persona que soy ni el escritor que soy. No sé cómo sería, ni siquiera sé si sería también escritor, pero estoy seguro de que sería distinto.

¿De dónde nace el enfado perpetuo con su padre, qué es lo que no podía perdonarle?

Supongo que la ausencia. Haber pasado, en mi primerísimo infancia, de un trato cotidiano con él más allá de lo que suele ser habitual, pues era pintor y trabajaba en casa, y mi cuarto de juegos era su estudio, a no tenerlo, a no poder disponer de él en momentos cruciales y tener la sensación, supongo que no siempre justa, de que me postergaba.

¿Cómo era su padre?

Era una persona tremendamente atractiva, con duende, a quien le gustaba disfrutar y era capaz de encontrar motivos de disfrute en cosas muy diversas, en una comida de tasca y en una tabla renacentista. Culta en el sentido más amplio de la palabra, el que comprende la alta cultura pero también lo que desdeñosamente se llama cultura popular. Y también enfermizamente sensible, que no supo, quizá por su exceso de sensibilidad, lidiar con las partes más sucias e incómodas de la vida. Que no supo defenderse.

¿Qué le dejó en herencia?

Cosas buenas y malas. Entre las primeras, la falta de prejuicios, la curiosidad, el disfrute con la belleza en todas sus formas. Entre las segundas, la principal, una tendencia a la insatisfacción que puede ser muy fértil en términos artísticos pero que es también muy destructiva si dejas que invada todos tus días. Creo que nos parecemos mucho, en efecto. En ello influye tanto la genética como el desencuentro entre nosotros. Al no poder disponer cotidianamente de él, a la vez que me rebelaba en su contra, me dediqué a observarlo y sin darme cuenta puede que hiciera mías buena parte de sus actitudes. Lo imitaba.

Este también es un libro sobre la fragilidad y los secretos de familia. Hay otra frase que parece englobarles a usted, a su madre y a su padre: "¿Qué va a ser de mí?".

Esa frase, "¿qué va a ser de mí?", es la expresión de mi desconcierto en un momento de mi vida en el que me quedo sin asideros. Para un hijo único como soy yo, la única familia son los padres y, si estos fallan, nos quedamos sin recursos. Me he criado en un ambiente burgués, con libros, con discos, con obras de arte a mi alrededor, pero con la fragilidad económica de la bohemia tradicional. Todo podía cambiar de un día para otro. De pronto nos quedábamos sin dinero y había que malvender los libros, los cuadros o lo que tuviéramos. Por ser hijo único, fui desde demasiado pronto consciente de esa fragilidad y por momentos me traumatizó.

¿Cómo fueron esos meses del reencuentro?

Estuvieron llenos de dolor, pero también, aunque parezca mentira, de muchos instantes de felicidad. Y en lo más prosaico y egoísta me dieron la posibilidad de demostrar, a través de mi entrega, que todas mis quejas pasadas no estaban mediatizadas por el interés. Que, aunque mi padre me hubiera faltado en momentos cruciales, era capaz de estar a su lado sin rencores en el momento más difícil de su vida. Lo importante es que para que eso se produjera era necesario que él correspondiera a mi esfuerzo con un esfuerzo parecido y lo cierto es que lo hizo. Los dos ganamos, nos ganamos el uno al otro, pero a costa de no pocos sacrificios.

¿Podríamos decir que ’Tiempo de vida’ es la consumación de una frase que se repite varias veces: "Tu padre vive ahora en ti"?

Esa frase me la dijo al poco de morir mi padre Francisco Calvo Serraller, a quien tengo en gran estima, y, como digo en el libro, en un principio no me la creí, pero ahora veo que es así. Mi padre vive en mí y en quienes lo conocieron y en su obra. Esa es la única posteridad en la que un agnóstico como yo puede creer. El libro es la crónica de un reencuentro que parecía que jamás se produciría, de una reconciliación a través del dolor y del amor.

El libro tiene otros muchos temas: habla de la enfermedad, del desamparo, de la felicidad y de la construcción de un escritor que parece vivir en el alambre.

Sí. Me sorprende ese olvido por parte de muchos. En realidad, más que un libro sobre mi padre, es un libro sobre los dos en el que yo me expongo mucho más de lo que lo expongo a él. Aparecen mis miedos, mis inseguridades, la génesis de mi material literario, mis dificultades económicas, mis dudas acerca de mi profesión...

 

*La foto es de Luis Asín.

ANDRÉS NEUMAN, UNA ENTREVISTA SOBRE 'HACERSE EL MUERTO'

Hace algunos días, Andrés Neuman presentaba en Los Portadores de Sueños su libro ‘Hacerse el muerto’ (Páginas de Espuma), otro título lleno de relatos espléndidos (con muchos homenajes: a su madre, a su padre, a Ray Bradbury, a Kafka, a Daniel Moyano...) y de una nueva teoría del relato. Ayer domingo se publicó en Heraldo una parte de esta entrevista: la traigo aquí al completo. Andrés Neuman es uno de los talentos naturales más impresionantes que he conocido nunca: respira literatura y ficción, imaginación y talento, por todos sus poros.

  

“Exigirle unidad a un libro de cuentos sería ponerle un candado al laboratorio”. ¿Cómo surge este libro, cómo está organizado?

 

Me gusta que los libros de cuentos tengan una estructura, pero la cuestión sería cómo y cuándo surge esa estructura. Personalmente prefiero improvisar cada pieza, buscar el estilo de cada una. Y, más tarde, trabajar con sus coincidencias y contrastes. O sea, una primera fase de libertad y una segunda fase de organización. Mientras escribía “Hacerse el muerto”, noté que me estaban saliendo algunas piezas muy tristes y otras muy divertidas. Entonces empecé a estructurar el libro a partir de la idea de la tragicomedia, de los altibajos anímicos con los que vivimos.

 

Este libro tiene un elevado componente de dolor y de autobiografía. ¿Por qué? 

 

Una de las secciones del libro habla de mi madre, que murió muy joven. El poeta Roberto Juarroz decía que el mayor acto de amor de las palabras es crear presencia. Ante una ausencia, la ficción reacciona. La muerte nos arrebata a los seres amados, pero el lenguaje los revive para que sigamos conversando con ellos. Un texto literario puede ser autobiográfico, pero su dolor es colectivo.

 

¿Qué le debe el libro a la figura de tu madre, a su partida, y a ese susto que te dio tu padre?

 

Mi madre era violinista. Me gustaría pensar que, si en mi prosa hay alguna música, sale de su violín. Mi padre estuvo a punto de morir hace años. Mientras esperaba el resultado de la operación, me entregaron sus zapatos en una bolsa de basura. Ese día supe que, tarde o temprano, esos zapatos iban a estar en mis pies. Pienso que nuestra infancia termina cuando nuestros padres se vuelven débiles. Algo de esa certeza hay en el libro.

 

 Escribes: “Enterramos a mi madre un sábado al mediodía. Hacía un sol espléndido”. ¿En qué medida te ha influido Kafka, y su indolencia casi animal, en tu concepción del relato?

 

Kafka me parece genial, inalcanzable, pero no comparto en absoluto esa indolencia emocional. Prefiero la vulnerabilidad y la suciedad. En cuanto a la frase que citas, creo que se refiere a la perplejidad de comprobar que la vida seguirá brillando sin nosotros. O quizás al consuelo de que sea así.

 

Rindes homenaje, con el primer cuento y quizá con el segundo, a Daniel Moyano. ¿Qué le debes al escritor argentino, violinista como tu madre?

 

Moyano era un excelente narrador y mi madre solía hablar de su libro “El trino del diablo”. Él sufrió una de las peores torturas, habitual en la dictadura argentina y en la guerra civil española: el simulacro de fusilamiento. Un acto tras el cual la víctima no puede evitar sentir que sus verdugos le han perdonado la vida. Me interesaba el estado de conciencia en que queda alguien que, tras parpadear por última vez, sigue viviendo. Esa mezcla de gratitud y miedo.

 

Este también es un libro de amor y de vidas ajenas. Pienso por ejemplo en un cuento como ‘Teoría de las cuerdas’.

 

El libro habla también mucho de amor, del entusiasmo del deseo, de las maravillosas torpezas conyugales. Del humor como antídoto del dolor. Y de la fascinación que nos produce espiar las vidas ajenas. ‘Teoría de las cuerdas’ no trata de física cuántica, sino de un patio interior. El personaje es un detective de ropa tendida, que deduce las biografías de sus vecinos a partir de un calcetín, una camisa, una braga. Quizás el cuento funciona igual: insinuando una vida a partir de un detalle.

 

¿Es posible, de veras, encontrar el amor en las páginas de los periódicos, en los anuncios por palabras? Pienso en ‘Vidas instantáneas’.

 

Los anuncios por palabras me parecen un ejercicio supremo de micronarrativa: contar quién eres y describir tus deseos en veinte palabras. A veces son tan curiosos o absurdos, que se me ocurrió escribir un cuento con ese formato. No sé si esos anuncios surtirán efecto, pero me conmueve verlos todos juntos en la misma página de un diario: tanta gente sola, tan cerca y tan lejos, suplicando compañía.

 

 Háblame de otro cuento especial como ‘Las cosas que no hacemos’. ¿Quiere ser otra forma, un tanto a contrapelo, de ver el amor?

 

Siempre me ha interesado narrar el amor que tropieza, que brilla a duras penas. En vez de enumerar épicamente todas las cosas que una pareja hace, los lugares a los que va, las aventuras que comparte, ese cuento enumera todo aquello que dos enamorados no llegan a hacer porque les da pereza, o llegan tarde, o se olvidan. No hay amor más verdadero que el torpe.

Dices: ‘Todo cuento es oral en primer o segundo grado’. ¿Explicaría esta frase la serie de los monólogos?

 

Para mí la escritura tiene mucho de emoción auditiva. Cuando leo o escribo, me gusta escuchar la voz del narrador hablándome al oído. Para eso hace falta cierto grado de oralidad, aunque esté muy estilizada. Ahora bien, a veces reducimos la primera persona a la autobiografía, cuando la maravilla de la ficción es que también nos permite transmitir voces ajenas, recordar en plural. ‘Yo’ somos muchos.

 

¿Cómo se escribe un cuento como ‘Monólogo del monstruo’?

 

Para narrar la historia de un hijo de puta, pienso que lo más honesto es dejarlo hablar a él, explicar sus razones. Quizás hasta descubrimos que se parecen a las nuestras.

 

Este también es un libro sobre la voz, el léxico, el poder de las palabras. Pienso, por ejemplo, en ‘Principio y fin del léxico’.

 

Cierto. Aparte de nombrar la realidad, las palabras también la modifican y nos entrenan en el asombro. En el cuento que mencionas, el personaje tiene al despertar unos instantes de balbuceo. Ese momento de duda acerca del lenguaje es, para él, el más feliz del día.

 

 Hay un homenaje, no sé si apocalíptico o irónico, a Ray Bradbury.

 

No hay nada más irónico que un apocalipsis. Generalmente, quien lo pregona es el primero que lucraría con él.

 

Entre tus notas de estética, explícanos esta: “Un relato absolutamente redondo atrapa al lector, no lo deja salir. En realidad, tampoco le permite entrar”.

 

¿Quién quiere algo redondo, perfecto, inamovible, cuando la imperfección anda por ahí suelta, buscando pareja de baile?

 

*Andrés Neuman acaba de publicar 'hacerse el muerto' en Páginas de Espuma, el sello de Juan Casamayor. Todas las fotografías son de Daniel Mordzinski, el fotógrafo de los escritores.

 

MANUEL VILAS: UN POEMA

[Hace algunos días, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) ganaba el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla con su libro ‘Gran V’. Le pedí un poema a Manolo: en ese momento no podía pasármelo, el libro se publicará en Visor, y sí me mandó uno tan conocido como ‘Macdonald’s’. Por distintas razones y olvidos, no lo había podido colgar. Aquí está. La foto la he tomado de Zaragózame.com ]                           

 

 MACDONALD´S

                                  

 

Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de España de Zaragoza,

haciendo la cola gigantesca,

con los ojos clavados en los carteles de los precios,

el dinero justo en la mano derecha,

billetes arrugados.

 

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.

Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano

una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:

Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece, 

mi hermano ciego.

El niño está solo, no bebe,

no le llega para la Cocacola, sólo patatas.

Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,

esa soledad idéntica a la mía,

¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,

y está sentado, quieto,

en su trono, la negritud y el niño,

en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

 

MacDonald´s siempre está lleno.

Es el mejor restaurante de Zaragoza,

una alegría despedazada nos despedaza el corazón:

Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,

de pajitas, de bandejas.

Es el mejor restaurante del mundo.

                                               Es un restaurante comunista.

Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,

aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,

al lado de un cartel que dice "I´m lovin´ it".

                                               Tengo una bota encima de un charco

de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.

Una nata blanca, despedazada.

Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

 

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete

que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.

                                               Y ríen y tragan patatas fritas.

Y yo trago patatas fritas.

Y dos maricas están enfrente comiéndose

                                               la misma hamburguesa goteante,

cada boca en un extremo, y se manchan y

                                               se muerden.

Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan.

                                               Y se despedazan.

 

En Londres, en París, en Buenos Aires,

en Moscú, en Tokio,

en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,

en Pekín, en Gijón,

somos millones, la tarde harapienta,

el dolor en el cerebro, la comida,

millones en miles de subterráneos esparcidos

por la gran tierra de los hombres.

 

 

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida,

                                               baratas las patatas.

Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,

el gran hereje, el loco supremo,

el hijo de la última mano miserable que tocó

el monstruoso corazón del cielo.

Si Lenin volviera, MacDonald´s sería el sitio,

el palacio sin luna,

el gueto de las reuniones clandestinas.

 

Algo importante está sucediendo

en este subterráneo del MacDonald´s

de la Plaza de España de Zaragoza,

                                               pero no sé qué es.

                                               No lo sé.

De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:

el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.

Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.

                                    En MacDonald´s, allí, allí estamos.

Carne abundante por tres euros.

 

 

Manuel Vilas, poema de Amor. Poesía reunida, Madrid, Visor, 2010. 

Mª ROSA BURILLO: 'DESDE EVARIS'

Mª ROSA BURILLO: 'DESDE EVARIS'

María Rosa Burillo es profesora y traductora, combina su pasión por la literatura norteamericana con sus trabajos y sus lecturas del haiku japonés. Ha publicado ensayos, traducciones, y de vez en cuando, más o menos en secreto, escribe textos poéticos como estos dos. Tenemos un gran amigo en común: Alfredo Castellón. “Evaris –me dice- es la casa donde vivo en Galapagar”.

 

DESDE EVARIS

 

Si pudiera pintar reflejaría la caída del sol cuando todavía hay una bola roja en el horizonte y reflejos de nácar rosas y malvas en el azul limpio en calma. La calma del otoño, pintaría también, la lavanda prieta de frutos preñados, espesos, grises. Me gusta estrujarlos y oler el perfume hasta bebérmelo casi.

Los membrillos del jardín a punto de vencer el árbol débil, las ramas arqueadas por el peso del fruto.

Un tordo picotea una, otra, las bolitas naranjas del espino de coral pegado a la valla. Los animales se confunden con el paisaje, pienso, se escamotean entre las hojas, es como si adoptaran su color y hasta su forma, el gris del tordo verde, el verde gris en comunión perfecta, en sintonía.

Qué paciencia la del animal, comer, emprender vuelo. Una bandada de jilgueros mañaneros encaramados a la punta del eucaliptus, allí donde no llegan las hojas, peladas por la nevada del último invierno. Se calientan al sol, tibios los cuerpos y no esperan más de la vida que estar ahí.

Cae la tarde y con ella se me hiela el alma por la falta de abrazo. Camino sola el sendero tantas veces recorrido, algunos perros me ladran, a mí me enternece mirarlos, no fingen, son lo que ves.

Tarde calma, hielo en la sangre, temor, necesidad de abrigo. Me falta ese sol tibio, aunque por la mañana, abrigadas las piernas con la manta de cuadros mientras estudio a los señores de la razón, los responsables últimos de tanto bienestar, de tanta farsa, me encuentro en armonía con el viento suave, los deberes cumplidos. Entonces ¿qué grita? ¿por qué no calla el alma?

 

DESDE EVARIS II

 

Se enrolla en una manta, chaqueta gruesa tupida negra y dentro, guarecida, asoma la nariz y respira el aire limpio del otoño. Recuerda: “pareces un personajillo de la Montaña Mágica”, y es verdad, así alivia sus heridas. Lee, estudia y purga su culpa continua. Otro día más, el paisaje de la Toscana asido a la memoria. Plácidamente feliz, parapetada en hacer lo que tiene que hacer. Suelo pajizo, cipreses erguidos, mira con detenimiento la naturaleza y le sorprende observar que, bien regada,  tiene un tinte alegre.

Verdes oscuros, algunas rosas altas, desgarbadas_cómo han crecido las matas_se abren en su segunda floración y los enebros  que nadie ha podado son grandes bolas regordetas que arrancan del suelo henchidos, mostrando sus nudos rojos, las endrinas. “Con esto se hace la ginebra, ¿no?”

Los olivos muestran las ramas cargadas de aceitunas. “Pronto será demasiado tarde para cortarlas” se dice, y sabe que nadie las cogerá, que adornan el paisaje como mujeres que han dado su fruto.

En la curva del tiempo uno ve el gozo de la tierra, todos sus logros.

 

*La foto es de Budi Cc-line.

CLAU & GISTAÍN: VINO Y MEMORIA

 

 

Dulces piedras escondidas. María Pilar Clau & Mariano Gistaín. Denominación de Origen Cariñena / Cajalón. Zaragoza, 2011. 104 páginas.


 
Mariano Gistaín es un periodista fundamental de la historia de la prensa de la transición. Destaca por su imaginación, su mirada incomparable sobre la realidad, por la creación de lenguaje y por su apuesta por las nuevas tecnologías. A la par que firmaba distintas secciones como ‘Las espinas de la rosa’, ‘La ciudad desnuda’ o ‘La ciudad de las gaviotas’ en los periódicos en que ha trabajado, tanto ‘El día de Aragón’ como ‘El Periódico de Aragón’, firmó algunos libros de ficción muy interesantes, con ese sello suyo tan peculiar, entre surrealista, lúcido y desternillante: ‘La mala conciencia’, ‘El polvo del siglo’ y ‘La vida 2.0’.
Desde hace dos años, Mariano Gistaín ha emprendido una nueva carrera literaria: firma sus libros con la escritora y periodista María Pilar Clau, con quien se casó en 2009, y ambos han fundido en una poética única dos estilos complementarios que han dado lugar a varias ficciones. La última es ‘Dulces piedras escondidas’, que publica la Denominación de Origen de Cariñena y que inaugura una colección en la que pretende aunar la invención pura, la libertad creativa y el contexto de los viñedos en esa área marcada por el peso de la historia, una naturaleza deslumbrante tocada por el oro del alba y los crepúsculos y de la leyenda, y la renovación constante de la industria vinícola.
Gistaín y Clau crean una ficción que transcurre entre Estados Unidos, una órbita de fantasía, vinculada al siglo XIII y a la conquista de Zaragoza en 1118, y los campos de Cariñena. El relato comienza cuando Juan y su hijo David llegan a Barajas, tras un vuelo transoceánico de doce horas desde Miami, alquilan un Opel Corsa y se lanzan por la autovía de Madrid en dirección a Cariñena. De ahí es Juan, y lleva más de 37 lejos de su villa natal: sus hermanos Goyo y Toné le recomendaron que se marchara del pueblo, quizá por esos extraños celos; una de las “imperfecciones” de Juan consistió en que estaba muy unido a su padre y que se pasaba el día pegado a sus pantalones. Ahora, a Juan lo ha reclamado su hermano Goyo porque le ha tocado en herencia una casita. Juan y David apenas hablan: ambos sienten demasiada hostilidad en su corazón y arrastran experiencias amargas que marcarán su regreso, su psicología e incluso sus suspicacias, o lo que los autores llaman “autismo, maraña de agobios y ansiedades”.
De golpe, una joven hambrienta, aparece en su vida en uno de los bares que están ante La Aljafería. La invitan a un bocadillo tras otro, y ella, poco a poco, les revelará su extraña condición: no es una mujer corriente y moliente, es una princesa mora, Aire Fajla, que se quedó cautiva y que está esperando a que alguien escriba su historia para encontrar la libertad definitiva. Ese es el sesgo fantástico del libro: la hilazón mágica de un relato que posee una atmósfera de inquietud y de desgarro constante. En realidad, Juan y David, de modo distinto, esconden muchos secretos, llevan consigo un arsenal de dolor, de malos recuerdos. Uno de ellos, bastante lacerante, son las dificultades que han atravesado en Estados Unidos, se han sentido desamparados y al borde del desastre, lo cual les llevó a tener que rebuscar en los contenedores de la basura para poder vivir (y ahí quizá se les haya ido un poco la mano a los autores: hay algo de enfático e inverosímil, de tendencia a lo lacrimógeno en exceso, aunque quizá también sea una forma de explicar la crisis); se han sentido abandonados por Bet, la madre del joven y esposa de Juan, que lo ha cambiado por un hombre rico. Y no solo eso: Juan ha conseguido un gran éxito editorial con un manual de autoayuda. Y David, y no debemos revelar muchas más cosas, es en realidad una suerte de ‘hacker’, un joven que ha contado con un profesor de infamias desde la informática: Jalisco. David es capaz de meterse en cualquier ordenador y de acceder a secretos de estado, de empresa, de amor. Lo que haga falta en esos mundos de ciberguerras.
Así llegan. Y van a descubrir muchas cosas: nada es lo que aparenta. El tiempo, como las piedras, oculta muchos enigmas. David vivió una historia de amor con Laura, a la que reencuentra casada. Hay una especie de charlista o contador de historias como Serapio, que encarna la memoria de la tribu y de los viñedos; está el ucraniano Wladi, que sueña con que le adopten Laura y su marido Javier. Y está la joven Marta, a punto de acceder a la Universidad. Y la anciana Dora, que sabe lo que nadie sabe. Este sería el ‘dramatis personae’ de una novela breve que avanza en varias direcciones: en la psicología de Juan y David, en su búsqueda, en sus recelos; en los pantanos del mito, tanto el de la princesa, el de Cariñena y el de su evolución inteligente, ambiciosa y controlada, gobernada por alguien tan especial como Óscar, el poeta enólogo que sostiene que “la vida es un anuncio vertiginoso”, y avanza en el esclarecimiento de una serie de circunstancias que le confieren al libro esa textura de narración de intriga con sorpresa final y con un cierre poético. Pero, además, Clau y Gistaín se enfrentan al paisaje, al mundo de la fabricación del vino y del cuidado de los campos. Dicen los autores: “Para obtener una buena vendimia, un vino excelente, hay que sentir cada grano, cada cepa (...) El vino es sagrado”. Los novelistas incorporan a la novela la crisis económica, la crisis de valores, el desamor, la polémica del pepino y, entre otras cosas, el tsunami de Fukushima. ‘Dulces piedras escondidas’ habla del “latido ancestral” y del “pulso telúrico de las piedras”, de las complejas relaciones familiares, de los amores rotos y de lo difícil que es entender algo de la vida.

FERNANDO BELTRÁN: UN DIÁLOGO

“Una imagen no vale más que una sola palabra”

 

El poeta Fernando Beltrán (León, 1955), creador de términos como OpenCor, La Casa Encendida o Amena, cuenta su historia de ‘nombrador’ en ‘El nombre de las cosas’

 

Empecemos de modo elemental: ¿qué es ‘El nombre de las cosas’ (Conecta, 2011)?

Es la historia de mi vida y de mi andadura profesional, entendiendo la poesía como un oficio.

¿Puede ser la poesía una profesión?

Me fui de mi casa a los 17 años porque quería ser poeta. Y eso significaba aceptar aquel aserto: “De la poesía se vive, pero no se come”. Y tuve que buscar mil oficios distintos: fui librero, actor, guionista, periodista, colaboré con varias agencias. Pero siempre tuve claro que eran trabajos circunstanciales y de poca duración: al final siempre estaba un libro de poesía, que aparecía como un vómito, como algo muy intenso y personal.

¿Y cómo llegó a esta profesión que le ha hecho famoso?

Observé que en las diversas campañas se hablaba de diseño gráfico, de logos y anagramas, de estrategias publicitarias o comerciales, pero que los nombres no tenían especialistas. Siempre te decían: “Dale una vuelta al nombre. A ver si se te ocurre algo”. Para eso ni siquiera existía tarifa. Y yo me dije: “Qué cosa más extraña: el nombre es importantísimo”. En realidad, casi todo empieza por una identidad verbal.

¿No habíamos quedado en que una imagen vale más que mil palabras?

Desde luego, pero una imagen no vale más que una sola palabra. Pasé una auténtica, y veces desesperada, travesía del desierto de ocho o nueve años, entre 1988 y 1997. No era fácil convencer a los clientes. Ahora, tras el gran éxito, intento disfrutar y ser dueño de mi tiempo: sigo teniendo una empresa pequeña. Ahora me llama mucha gente joven, que quieren dedicarse a lo mismo: el ‘naming’.

Concretemos: entonces usted es...

Soy nombrador, nombre que no recoge la RAE. Una vez mi hija pequeña dijo que su padre era “poeta y nombrador”. Me pareció una excelente definición. Soy el que nombra, un creador de nombres, que no de marcas, la marca viene luego. Me ocupo de la página en blanco a partir de un embrión.

Dice que el libro que ha leído más veces es ‘Cien años de soledad’ de García Márquez...

Sí, hay una frase que me gusta mucho: “El mundo era tan reciente que las cosas no tenían nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo...” El nombre nace de la existencia de una laguna verbal y de la necesidad de llenar ese vacío, aunque uno dude siempre antes de hacerlo.

Recuérdenos algunos de sus nombres: Amena, Faunia, 8’17’, Opencor, La Casa Encendida, La Gavia, Novela...

Lo de Amena me llegó de rebote, cuando solo faltaba cuatro semanas para que se pusiera en marcha. Entonces se llamaba Retevisión Móvil. Pensé que si quería tener algunas opciones tenía que alejarme de lo convencional, huir de la terminología inglesa y del concepto tecnológico. Y pensé en un término joven, distinto, femenino, que al mismo tiempo fuera cordial, sorprendente, próximo. Y gustó muchísimo.

¿Y Faunia?

Faunia es el Parque Biológico de Madrid. No iba nadie. Con este nombre empezó a llenarse de gente. Presumo mucho de otro nombre de una empresa de Energía Solar de Zaragoza. De repente, puse en la pantalla 8’ 17’’. Nadie entendía nada: “eso es lo le cuesta al rayo llegar a la tierra desde que sale del sol”, expliqué. Les entusiasmó. El nombre es de quien lo crea, claro, pero aún más es del cliente que apuesta por él. Otra vez me llamaron para una empresa de expansión exterior. Era un nombre difícil: después de darle muchas vueltas, escribí P4R. Tampoco entendían nada: les dije que lo había tomado del ajedrez, peón, cuatro, rey, y que era “la apertura española”.

Otro de sus nombres es ‘La casa encendida’.

Me pareció muy bonito jugar con el título del libro de Luis Rosales y con lo que se espera de un espacio así.

¿Qué le deben sus nombres a la poesía?

He llegado y llego a casi todos los nombres, alrededor de 500, a través de la poesía. La poesía es síntesis: el poeta dice mucho en un verso y el nombrador dice mucho con una sola palabra; el poeta cambia el nombre de las cosas y les añade acepciones. Neruda llama al amor de 47 formas distintas: es un ciclón y un cíclope. Es un poeta impresionante. Una de mis referencias, con César Vallejo y con Lorca. En la poesía que escribo intento hallar mi vida, y está entre la furia y la delicadeza, entre la mirada íntima y lo que ocurre fuera; y con la elección de nombres intento designar la verdad de los demás a través de sus proyectos, sus inquietudes, sus ideas y su propia biografía.

Creo que ha colaborado con Isidro Ferrer.

Sí, fue una experiencia preciosa. Hemos bautizado como Asombra ese espacio donde se comercializan los trabajos de los pintores, escultores y diseñadores que están en la cárcel. Son gentes que están en la sombra, es la creación que parece inmersa en el túnel y que de pronto sale a la luz. Asombra. Además, tengo una preciosa historia con Aragón...

¿Cuál?

Hace casi treinta años, en torno a 1983, descubrí la obra de Miguel Labordeta. Me impresionó tanto que cogí un tren y vine aquí: estuve dos días, recorriendo las calles, releyendo sus versos. Fue como una cita a ciegas con Zaragoza de la que conservo un recuerdo imborrable. Tuve la misma sensación que tengo siempre que vuelvo: los aragoneses siempre van de frente. 

 

 

*La foto de Fernando Beltrán la tomo de internet: pertenece a los archivos de abc.

ANA BORDERAS, PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL 2011

La periodista Ana Borderas ha sido galardonada con el Premio Nacional de Periodismo Cultural, dotado con 20.000 euros. El Ministerio de Cultura reconoce la labor de profesionales del periodismo que, bien con sus obras, o bien a través de su participación activa en diversos ámbitos de la creación artística o literaria, fomentan las actividades culturales contribuyendo con ello al enriquecimiento del patrimonio cultural de España.

Ana Borderas (Eibar, País Vasco, 1962), licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es directora del programa cultural ‘La Hora Extra’ de la Cadena SER. Inició su trayectoria profesional como redactora en Radio Vitoria. En 1985 se incorporó a Onda Madrid donde fue jefa de programas y se ocupó durante 4 años de la organización y presentación de los premios de cine que otorga esta emisora. En 1992 se une a los servicios informativos de la Cadena SER. Lleva 13 años al frente del programa cultural ‘La Hora Extra’, que el año que viene cumple su vigésimo aniversario. [Nota del Ministerio de Cultura.]

 

EMILIO QUINTANILLA, TRES POEMAS

EMILIO QUINTANILLA, TRES POEMAS

 

TRES POEMAS DE EMILIO QUINTANILLA BUEY

DE SU POEMARIO 'REGRESAR A BOMARZO',

PREMIO ISABEL DE PORTUGAL DE POESÍA

 

 

8.

Desde que, junto al Tíber,

perversa y bella ninfa visionaria,

me abdujiste una noche

mi verso se transforma cuando canta

y puede hacer de un salmo gregoriano

una epopeya orgásmica.

Sexualiza el poema, busca siempre

la vulva en las palabras,

porque cada palabra de mi verso

esconde una hendidura bilabiada

que tiene arriba una pequeña, eréctil,

sutil protuberancia.

 

 

23.

Mi verso, que es humano,

tiene sus obsesiones y sus vicios

y manifiesta a veces

la obscena ordinariez del reprimido.

                      Trata de comprenderle y mientras puedas

accede a sus caprichos.

Si lo que quiere es sexo, dale sexo,

si cariño, cariño,

si te habla de la muerte, no le digas

que puede suceder mañana mismo,

y si quiere, por fin, volver a casa,

enséñale el camino.

 

 

 

 

 

 

 

34.

 

                      Pero bajo el cadáver, ya ceniza,

                      de mi verso renace un verso nuevo.

                      No todo está perdido.

 

                      En el surco la tierra está alumbrando

                     un diminuto brote polifónico

con venillas azules.

 

Voy temprano a Bomarzo

cuando las sombras tienen sed de aurora

y el sátiro fornica.

 

Llego al lugar donde mi verso yace,

me arrodillo, me inclino sobre el surco

y aproximo el oído

 

para escuchar el canto de esperanza

Rubén de nuevo— que me brinda un suelo

palpitante y fecundo

 

                      mientras desde la rama de un cerezo

                      mira a la luna un ruiseñor noctámbulo

que se hará alondra al alba.