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Antón Castro

Escritores

ELÍAS MORO, HOY, EN PORTADORES

ELÍAS MORO, HOY, EN PORTADORES

  

Elías Moro Cuéllar (Madrid, 1959. Afincado en Mérida desde hace más de dos décadas) es un escritor bastante peculiar. Es ante todo un gran lector: curioso, atento, con un inefable sentido de la amistad. Aquí en Aragón su mejor amigo era y es Fernando Sanmartín, que viaja mucho a Extremadura a dar recitales y a ofrecer diversas lecturas. Elías ha ido ensanchando su campo de afectos, y ahora se cartea a menudo con Pepe Melero, con Olga Bernad, con muchos, con Cristina Grande, que figura en el capítulo de agradecimientos finales de ‘El juego de la taba’. Se cartea y les sorprende, nos sorprende, con un envío: libros que expurga, libros que quiere dar en muestra de cariño, libros que rescata para nosotros, pequeñas plaquettes, etc.

Elías Moro regresa hoy a Zaragoza –hace algún tiempo presentó otro volumen en Antígona, la estupenda librería de Pepito y Julia- con un nuevo libro: ‘El juego de la taba’, un libro que se ha ido forjando en su blog. Ha crecido como un cuaderno de apuntes, como un inventario de ocurrencias y vivencias, como un manual de aforismos, como un árbol de pequeños cuentos y de citas, casi como un autorretrato. ‘El juego de la taba’ (Calambur) es un árbol frondoso que lo emparenta con autores como Cristóbal Serra, Robert Walser, los diarios de García Martín, algunos textos de Fernando Sanmartín o de Juan Carlos Mestre. ‘El juego de la taba’ es un libro delicioso (frugal, inagotable, de exquisitos aromas), que se puede abrir por cualquier parte, por cualquier página. Por ejemplo, en la 144 encuentro: “La poesía no se escribe con certezas, sino escarbando en las heridas”. O “Abrimos la caja de Pandora todos los días sin faltar ni uno”. En la siguiente hallo: “Los días pasan por nuestra vida dejándonos a la intemperie”. Abro la 73 y leo: “El mar ha olvidado sus naufragios, pero recuerda los cuerpos”. O, si retrocedo un poco más, descubro: ELLA “Tiene una rosa abierta sobre el pecho, la cabeza apoyada en la mano izquierda, y una mirada entre púrpura y soñadora, como hacia dentro, encima de un chispazo de sonrisa”.

Elías Moro es un gran mujerista, está embrujado por la belleza femenina, está literalmente fascinado por los pequeños gestos y matices de la vida. Esta tarde, a las 20 horas, con la presencia de Elías Moro, claro, y de Fernando Sanmartín y otros amigos, presentaremos el libro ‘El juego de la taba’ en Los Portadores de Sueños, el coqueto local con estanterías de cartón de cuento de Eva y Félix. Poeta, narrador, ensayista, divagador de susurros, coleccionista de emociones, zahorí de tesoros y de corrientes de fábulas, Elías Moro tiene otro libro muy bonito que se titula ‘Me acuerdo’, donde rinde homenaje a Georges Perec y al arte de fabular en sí mismo. De fabular y de recordar.

El juego de la taba. Calambur. Madrid, 190 páginas. Presentación: Jueves, 26, a las 20.00 en Los Portadores de Sueños. Con el autor y Antón Castro. [Esta foto es de Jorge Armestar y la he tomado del blog Las afinidades electivas de Agustín Calvo Galán.]

Antes de editar esta nota, que también puede verse en mi facebook, rescato otro apunte que me recuerda que este libro tiene mucho humor:

"Era un hombre tan pequeño -en todos los sentidos- que no le cabía la menor duda".

CHUSÉ RAÚL USÓN HOY EN CÁLAMO

CHUSÉ RAÚL USÓN HOY EN CÁLAMO

Esta tarde, a las 20.00, en la librería Cálamo, Chusé Raúl Usón presenta la versión en castellano de su libro ‘Escombros’, que ha publicado en el sello Xordica. Lo acompañará en el acto Antonio Pérez Lasheras. ‘Escombros’ es un diario,  la crónica de un viaje, una novela fragmentada y elíptica, una historia de amor de final incierto. He aquí una selección de cuatro fragmentos del volumen, lleno de poesía, de ironía, de belleza y de pequeños desconciertos, de fatiga y entusiasmo. Tal como es la vida.

 

 

 

[4]

Para ir a Bodrum tenemos que coger un dolmus, una

pequeña furgoneta-taxi que se comparte con otros

pasajeros, el medio de transporte típico de aquí. Los

viajeros suben y entregan el importe al pasajero de

delante. Este da el dinero al siguiente y, así, el mon-

tón de billetes pasa de mano en mano hasta que llega

al conductor, que lo suelta encima del polvoriento

salpicadero, como quien siembra a voleo.

No hay asiento para mí. Tengo que ir casi en cu-

clillas, con la cabeza agachada y el cuello torcido para

no golpearme con el techo incandescente. Eme, sen-

tada, sonríe. El dolmus no tiene aire acondicionado.

Me pregunto si también será típico.

 

 

[9]

Al volver una esquina,

junto a una tienda de bebidas frescas

un cartel oxidado anuncia el Mausoleo.

Por encima de la tapia blanqueada, nos asomamos,

de puntillas.

Palmeras, magnolios, fragmentos de columnas,

algunos capiteles extendidos aquí y allá,

el pequeño huerto que el funcionario cultiva

junto a su caseta.

Creo que este huerto, fresco y bien atendido,

con sus calabaceras y berenjenas

es lo más hermoso de estas ruinas.

Más hermoso que las propias ruinas.

 

[48]

Antes, los baldosines azules de la Mezquita Azul

me han causado una sensación de extrañamiento,

como ese vertiginoso sentimiento que te invade

cuando miras el cielo estrellado

una noche de verano.

De completa orfandad.

Te miro y me pregunto quién eres,

queriendo saber si continuaremos

dentro de cinco,

de seis años.

¿Por qué estamos juntos?

El próximo mes cumpliré treinta y siete años.

¿Qué hacemos aquí ahora,

huérfanos,

en la Mezquita Noruosmaniye?

Allá, la columna de Constantino,

otro dueño de un imperio que también se derrumbó.

Como el que hemos levantado nosotros,

ligero,

ilusorio.

 

 

[63]

Agarrado a la pequeña barandilla oxidada, la que nos

separa de la vida y de la muerte, rodeo toda la torre.

Enseguida vuelvo a encontrarme con Eme, apoyada

contra la pared, nostálgica. Saco la cámara. Pero en

el visor ya no está ella. Estás tú. El encuadre es exac-

tamente igual. Y me veo a mí mismo hace doce años,

ahí mismo, fotografiándote. Estamos en Florencia,

en la pequeña terraza de Il Cupullone a rebosar de

turistas una mañana soleada también de agosto. Y tú

también tenías vértigo. Yo hablaba por los codos, so-

bre Brunelleschi y su sistema de doble cúpula, de car-

gas y descargas –el proyecto de fin de carrera estaba

próximo–. Recuerdo tu vestido ceñido, floreado, de

una pieza, corto. Ya tenías en la mirada esa nostalgia

que yo no entendía.

–¿Es esto Europa? ¿Todavía es Europa o ya no?

–me pregunta Eme.

Y el encantamiento desaparece.

 

*Estas fotos son de Frances Benjamin Johnston, una de las fotógrafas analizadas y glosadas en 'Sinrazones del olvido' de Isabel Núñez y Lydia Oliva (Icaria, 2011). La foto de Chusé Raúl es de Vicente Almazán.

DONATO LABORDETA HA MUERTO

 

 

Hace unos días, apenas una semana, me crucé en Independencia con José María Ara, profesor de matemáticas y periodista de deportes de ‘Heraldo de Aragón’ durante muchos años. Hablamos un instante y cuando se iba me dijo: “Donato Labordeta está muy mal. Muy mal”. Me dejó de piedra. No sabía nada. Me dijo, creo recordar, que estaba afectado de fibrosis. Ayer por la tarde en Cajalón, antiguo Casino Mercantil, durante la presentación de la exposición de Félix Anaut y el concierto de ‘Zaragoza: Sinfonía visual’ de Gonzalo Alonso, con un quinteto y la presencia de Marta Almajano, que ayer tenía la fuerza y el oscilar de un oleaje, Pablo Trullén me dijo: “Donato Labordeta ha muerto”. Con lágrimas en los ojos, Julia Dorado repitió lo mismo: “Se nos ha muerto Donato. Habíamos llamado para vernos, como siempre que venimos de Bruselas, y nos enteramos de que acababa de fallecer”.

Donato Labordeta (Zaragoza, 1938), el hermano pequeño de los Labordeta, el protector dulce de José Antonio, el hombre apacible que dirigió el colegio Santo Tomás, asumió la tradición humanista de su padre y sus hermanos: Miguel, Manuel, José Antonio. Los alumnos lo recordaban como un excelente y contagioso profesor de historia del mundo contemporáneo, pero también apasionado por la poesía, por el teatro, por la literatura en general. Tengo muchos recuerdos de Donato, como muchos zaragozanos: era un paseante de la ciudad, colgado siempre del brazo de su mujer María Antonia, era un contertulio del café Levante –la última vez que nos vimos me recordó esas citas de mediodía y me habló de Fernando Ferreró-, era un entusiasta tranquilo de la obra y de la figura de Miguel Labordeta –lo presentaba de vez en cuando como “el hijo que he tenido con la muchacha”. En el congreso sobre Miguel, Donato con elegancia dijo que Miguel de homosexual nada, que probablemente habría tenido algún amorío con la asistenta- y siempre ha estado muy cerca de José Antonio. Y de Juana de Grandes, su cuñada.

No parecía ni simpático ni expansivo. Falsa impresión. Era tímido y callado, pero siempre estaba al corriente de todo. Pendiente del trajinar de la ciudad, de los libros que iban apareciendo, de la amistad y de los amigos: no solo de Ferreró o de Miguel Luesma, sino de de Ignacio Ciordia. Tengo otros recuerdos de él, muchos: por ejemplo recuerdo cuando me enseñó la biblioteca de Miguel Labordeta y me dedicó horas y horas para un reportaje en ‘El Día’ y otro en ‘El Periódico de Aragón’. Seguro que lo mismo podrían decir Antonio Pérez Lasheras, Clemente Alonso Crespo, Javier Aguirre, Alfredo Saldaña y muchos más. Decir ahora que era un hombre bueno es un lugar común, demasiado común y exacto para un ciudadano inquieto como él, inquieto y lento, sosegado y apasionado a la vez. También recuerdo que en algunas ocasiones me pedía artículos para ‘Samprasarana’, la revista del colegio. Insistió mucho en uno sobre Gabriel García Badell, el narrador con quien solía encontrarse en Canfranc: le tenía mucho cariño y publicó una página muy cuidada.

Poco después de la partida de José Antonio en septiembre de 2010 (Donato, abatido como pocos, no perdió la serenidad nunca), se nos ha ido a todos Donato Labordeta. El amigo, el vecino, el penúltimo embajador de ese mundo proceloso que es la familia Labordeta. Los Labordeta. Una porción de la vida y de los sueños de esta ciudad.

[En esta foto de la agencia EFE, probablemente de Javier Cebollada, vemos a Donato durante el acto de donación de los fondos y los libros de Miguel Labordeta a la Universidad de Zaragoza.]

ROSA MONTERO: UNA ENTREVISTA

ROSA MONTERO: UNA ENTREVISTA

 

[Hace unos días, Rosa Montero presentaba en Los Portadores de Sueños su novela 'Lágrimas en la lluvia'. Vino acompañada de Nahir Gutiérrez (ambas aparecerán en breve en el programa 'Borradores': Nahir es autora de un precioso libro infantil, '¿Dónde está güelita Queta', ilustrado por Álex Omist) y fue presentada por su gran amigo Ignacio Martínez de Pisón. Rosa también acaba de publicar 'El amor de mi vida', una selección de sus textos sobre libros publicados en 'El País' desde 1998 a 2010. Ayer apareció en 'Heraldo' una larga entrevista con ella; esta es la versión completa. Rosa Montero es una mujer cálida y cercana, con una absoluta vocación de felicidad contra las sombras del tiempo. Lleva treinta años en la cima tranquila de las letras españolas.]

 

¿Qué te llevó a escribir una novela alegórica y de ciencia ficción como ‘Lágrimas en la lluvia’ (Seix Barral)?

En realidad tú no escoges las novelas que quieres escribir, sino que de alguna manera las novelas te escogen a ti... Debes escribir las historias que se te meten en la cabeza, con la misma aparente autonomía con la que los sueños nocturnos aparecen mientras duermes.  Son historias que, de alguna manera se convierten en necesarias para ti. En cualquier caso, siempre me ha gustado la ciencia ficción, como escritora y como lectora. Ya publiqué otra novela de ciencia ficción, Temblor, hace 21 años, y mi segunda novela, La función Delta, publicada hace treinta años, tenía una parte futurista. Creo que la ciencia ficción es un género estupendo porque te da unas herramientas metafóricas y simbólicas formidables que te permiten profundizar en la realidad.  

¿Significó algo especial en tu vida, en tu pasión por el cine y la creación una película como ‘Blade runner’? El homenaje es muy claro.

Bueno, es una película que me encanta, pero me pasó algo muy curioso. Vi Blade Runner cuando la estrenaron en el festival de Cannes hace unos treinta años, y por entonces, siendo mucho más joven y un poco "destroyer", como los jóvenes son, y considerándome además una experta en ciencia ficción con la petulancia de la juventud, salí del cine hablando pestes de la escena final: pero bueno, qué cursi, y va el replicante y suelta una paloma blanca, qué obvio, qué ñoño!!!!!!!  Después he visto la película como cuatro o cinco veces más y cada vez que llego a esa escena lloro muchísimo. Digamos que he ido aprendiendo a amarla y sentirla  con el tiempo. Pero vamos, tampoco te creas que es una película esencial en mi vida, aunque me guste mucho.

¿Quién es y cómo es Bruna Husky?

Es una replicante de combate que, tras retirarse de la milicia, trabaja de detective en Madrid en 2109. Y es el personaje más cercano a mí que he hecho en toda mi vida.... Quizá porque hay tantas cosas que nos diferencian que me he podido permitir esa similitud profunda y esencial. Es una persona que odia la muerte, la detesta, le parece que esta vida es un fraude, tan hermosa, tan espléndida y tan amenazada por el cáncer del tiempo y por la muerte. Y en esto me siento muy cerca de ella. Bruna no puede olvidar que es mortal, cosa que solemos hacer los humanos: vivimos como si fuéramos eternos. Pero yo creo que los novelistas somos personas que tenemos una menor capacidad para olvidar la muerte, personas que estamos más obsesionadas por el paso del tiempo que la mayoría, quizá esa sea la razón de que escribamos. En fin, en cualquier caso a mí me pasa, siento la misma obsesión por el tiempo de Bruna, esa desesperación, esa furia, y al mismo tiempo, también siento esa hambruna de vida que ella tiene, esa vitalidad desenfrenada, Bruna se come la vida a bocados y yo un poco también. Ella es en todo más extrema que yo, es una especie de fiera, fuerte y débil, contradictoria, una superviviente nata. Quizá el personaje más vigoroso que he escrito.

¿Por qué Madrid y por qué solo 100 años en esa visión futurista? ¿No es un mundo y un tiempo que están a la vuelta de la esquina?

 ¿Y por qué no Madrid, y por qué no cien años? Ya te digo que no escogí racionalmente eso, sino que la historia emergió así.... Las novelas las decide el inconsciente. En cualquier caso, cien años me parece un tiempo perfecto para reflexionar sobre las tendencias sociales que vivimos hoy. Mi novela trata del género humano, de algo que es permanente. Leemos hoy las Vidas Paralelas de Plutarco y seguimos entendiendo a la perfección lo que cuenta, seguimos vibrando con las pasiones que describe, el odio, la venganza, la ambición, el heroísmo, el amor.... A pesar de que han pasado casi 2000 años... O sea que yo hablo del Madrid de 2109, pero en realidad también estoy hablando de aquí y de ahora. Pero ojo, no es un roman à clef en absoluto.... Es decir, Inmaculada de la Cruz, eterna presidenta de la Región de Madrid, NO ES Esperanza Aguirre. Salió así casualmente, y ahora lo lamento, porque la gente se cree que me refiero a ella y no tiene absolutamente nada que ver. Intento tener  una mirada más profunda y trascendente.

La acción transcurre en dos polos: las investigaciones en torno a los asesinatos de los replicantes. ¿Sería, desde ese punto de vista, una novela de intriga, una novela policial?

¡Claro! Me divertía cruzar dos géneros que me encantan, la novela negra y la ciencia ficción. O sea, es una novela negra de ciencia ficción.

El otro polo tiene que ver con el intento de manipulación del archivo de la historia del mundo. ¿Has querido denunciar, por la vía alegórica, el intento constante de manipular y adaptar la memoria del mundo?

Verás, en realidad no he querido "denunciar" nada, porque uno no escribe novelas para enseñar o denunciar nada, sino para aprender e intentar entender. La manipulación de los archivos forma parte de la reflexión sobre la memoria y la identidad, que es uno de los temas básicos en todas mis novelas, uno de los temas que más me interesan.  En Lagrimas en la lluvia hablo de la memoria personal, que es un cuento que nos contamos a nosotros mismos,  una construcción imaginaria (de manera que la identidad, que se basa en la memoria, también es un artificio); y por otro lado hablo de la memoria colectiva, que también es un invento, pero en este caso un invento malicioso,  una manipulación consciente que ejercen los poderes para alterar la realidad en su beneficio. Esto ha sido así desde el principio de los tiempos: por ejemplo, tras la muerte de la faraona Hatshepsut, sus herederos picaron todos los jeroglíficos en donde venía su nombre para borrarla de la historia. Y la única manera de luchar contra esto es crear sociedades lo suficientemente democráticas como para que emerjan a la luz al mismo tiempo las distintas historias posibles.

El libro también reflexiona sobre temas que te han interesado siempre: la ética, la lealtad, la traición, el amor a la vida, la pugna por la dignidad. ¿Te ha resultado fácil ser coherente con tus preocupaciones más realistas y con tu compromiso en una novela de ciencia ficción?

 

Si, es lo que acabo de decir, en realidad, y aunque yo aparentemente cambio mucho en todas mis novelas, al final siempre acabo hablando de los mismos temas, como es lógico. Y así, esta novela es una historia de aventuras y policiaca, pero en el fondo de lo que habla es, primero, de la gran tragedia del ser humano, que consiste en venir al mundo lleno de deseos de vivir y sin embargo devorado por la muerte; y luego habla, como acabo de decir, de la memoria y la identidad, individual y colectiva; de la necesidad de los otros, para poder vivir una vida coherente; y de todos lo que tú dices, que en efecto forma parte de mi mundo literario. Y no, no me fue absolutamente nada difícil hablar de todo eso, antes al contrario. Como dije antes, la ciencia ficción no sólo no se aleja de la realidad, sino que te proporciona estupendas herramientas metafóricas para profundizar en ella. De hecho, tengo la seguridad de que ‘Lagrimas en la lluvia’ es una de las novelas más realistas que he escrito.

Otro aspecto fundamental es la memoria y la presencia de esos “constructores de memoria” que influyen decisivamente en Bruna. ¿Cómo serán las emociones del futuro?

Me divirtió mucho crear a los memoristas, que son los novelistas que escriben las memorias artificiales de los replicantes.... Si yo viviera en el mundo de mi novela, sería memorista, jajaja.... Como he dicho antes, el tema de la memoria y la identidad me interesa muchísimo. En cuanto a las emociones,  creo que apenas han cambiado nada desde la época de las cavernas.

Vivimos en un mundo convulso, especialmente convulso: las elecciones tan intensas, Bildu, la muerte de Bin Laden, las revueltas por la libertad en Oriente Medio, la corrupción. ¿Estaría todo eso en tu novela, habría esa mirada moral que aparece en otros de tus libros?

Claro, yo he escrito intentando que estuviera justamente todo eso. Pero, como he dicho antes, mi afán no es reflejar la actualidad, que es algo mucho más superficial, sino la contemporaneidad y la condición humana. Y precisamente Lagrimas en la lluvia es también, más que otras obras mías, una novela política, en el sentido profundo y básico de lo político. Y una de las cosas que más me preocupan y que sale en el libro es esa especie de añoranza de la tiranía que flota en el ambiente en todo el mundo, esa añoranza del dogma y del totalitarismo, que dan respuestas a todas las preguntas y que resultan perversamente consoladores. El viejo Erich Fromm sigue teniendo razón con su teoría del miedo a la libertad...

¿Cuál es la clave de tu condición de narradora: quieres contar historias, crear personajes, dibujar atmósferas, explicar una idea del mundo con una mirada tan crítica como tal vez pesimista?

No creo que sea nada pesimista, antes al contrario.... soy muy vitalista, escribo historias de supervivientes, y aunque hable de cosas duras, al final siempre dejo una salida y hay una reafirmación de la belleza de la vida. Pero ya te digo que escribes porque no puedes dejar de hacerlo.... Escribes intentando entender el caos del mundo, rozar la belleza....  Escribes para intentar otorgar al mal y al dolor un sentido que en realidad sabes que no existe. Y, para eso, necesito hacer todo lo que dices... contar historias, crear personajes, atrapar con palabras una atmósfera, una música que retumba en tus oídos. Cada novela tiene su propia música, por así decirlo.

Cierro con el libro: ¿qué te duele del mundo en que vives? ¿qué te emociona?

Duelen muchas cosas. La crueldad, eso es lo peor, la crueldad me vuelve literalmente loca. Y además duele la muerte, el sinsentido, la injusticia, la pereza intelectual, el egoísmo....  Y me emocionan también muchísimas cosas. Los amigos, los amores, el arte, la naturaleza. La vida es bellísima, en realidad.

Cuando vi tu libro de Alfaguara, ‘El amor de mi vida’, pensé que estaba dedicado a Pablo Lizcano. Lo conocí, nos vimos un par de veces, hablamos y siempre me pareció un hombre suave, hondo y encantador.

Sí, lo era. Le he dedicado ‘Lágrimas en la lluvia’. En cuanto al Amor de mi vida, nunca hubiera sido tan impúdica como para dedicarle un libro con un título así. La intimidad es algo muy precioso.

¿Han sido en realidad los libros y la literatura el gran amor de tu vida?

 Más que el amor de mi vida, son el oxígeno necesario para vivir, algo esencial, estructural, que forma parte básica de lo que soy. No me puedo imaginar viviendo sin leer ni escribir. Es como imaginar mi cuerpo sin esqueleto. Sería una criatura inviable.

 

RAMIRO GAIRÍN, CUATRO POEMAS

El escritor Ramiro Gairín publica su segundo poemario: ‘Que caiga el favorito’, que sedujo por completo al poeta, dinamizador cultural y editor Fernando Sanmartín, hasta tal punto que lo publica en la colección ‘La Gruta de las palabras’, que dirige en Prensas Universitarias de Zaragoza. Cuelgo aquí cuatro poemas cortos de Ramiro, ingeniero y vinculado como voluntario con las actividades culturales de Intermón-Oxfam.

 

 

A veces el invierno
vale la pena
por un tazón de caldo

una tarde afilada
por una frase hermosa
que meter en la cama

mi vida la daría
por parecerme
a quienes has perdido.

(Zaragoza, septiembre de 2009)



 


En cada indecisión
del pie eliges camino

que no te venza el sueño

la vida es una carta
la luz contra un murciélago

allá donde pisemos
habrá una sudadera
viento en contra y cerezas.

 (Zaragoza, julio de 2009)



 

YA SE ACERCA...


No entiendo a las parejas
que parecen cansadas
tristes cuando me tapan el camino

precisamente hoy
que me has jurado volver sana y salva

y que he visto en los árboles
romper las nuevas hojas
crecer mientras las miran los libreros

de esta ciudad con tanta primavera.

(Zaragoza, marzo de 2010)

 


El mar de fondo el mar
los abrigos el óxido
de lo desconocido

el pasillo de espera

no caben en el miedo
que espantas con un gesto

que ya no volverá
(el miedo el gesto el óxido).


(Aínsa, septiembre de 2009)

 

*Todas las fotos son de Pavel Titovich.



 

PÉREZ AZAÚSTRE, HOY EN ANTÍGONA

 

 

Esta tarde, a las 20 horas, en la librería Antígona y en compañía de José Luis Rodríguez y David Mayor, con quien compartió muchos días y muchas noches de tertulia y parranda en la Residencia de Estudiantes (a la que le dedica un poema), el poeta y narrador Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) presenta su libro ‘Las Ollerías’ (Visor, 2011), con el que ganó el premio Loewe de poesía.

En ‘las Ollerías’ hay de todo: poemas de amor y de viaje (a Lisboa, a Barcelona, al paraíso…), poemas sobre personajes (un nadador, una actriz), poemas de atmósferas, reflexiones sobre la propia escritura. Dice el escritor: “Las Ollerías’ es una avenida de Córdoba, transformada en un espacio simbólico de la memoria: un territorio en el que es posible la reconstrucción personal a través del poema, convertido en fortaleza del ser”.

EDUARDO MENDOZA Y JAVIER MARÍAS: HUMOR Y AMOR PARA NIÑOS

[Alfaguara publica en la serie ‘Mi primer’ dos cuentos de ambos: ‘El camino del cole’ del barcelonés y ‘Ven a buscarme’ del madrileño]

 

Han sido muchos los escritores que han escrito para niños. Muchísimos. Escritores cuya obra mayor parecía pensada para adultos: desde Leon Tolstoi a Dino Buzzatti, desde Jules Renard a José Saramago, por ejemplo. La lista sería inacabable: el propio Saint-Exúpery alcanzó la celebridad con ‘El principito’, un libro más bien menor y lleno de buenas intenciones, de sentido poético más bien naïf, y tuvo menos fortuna con otros libros como ‘La ciudadela’ o ‘Vuelo nocturno’. La editorial Alfaguara ha empezado a publicar una colección titulada ‘Mi primer…’ Aunque la idea no es exactamente nueva, en la serie ya se han editado sendos volúmenes de Arturo Pérez-Reverte y Mario Vargas Llosa. Días atrás aparecían dos nuevos títulos: ‘El camino del cole’ de Eduardo Mendoza, con dibujos de Daniel Montero Galán, y ‘Ven a buscarme’ de Javier Marías, con ilustraciones de Marina Seoane Pascual, una editora, escritora e ilustradora a la que vimos hace algunos meses en el palacio de Montemuzo con una antológica de su obra.

Son dos cuentos muy diferentes. Uno, el de Mendoza, más humorístico y el otro, el de Marías, más sentimental y evocador. Mendoza, como si estuviera en la atmósfera de su personaje Gulp, cuenta la historia de una niña, Inés, que hace todos los días el camino al colegio y para no aburrirse convierte a sus vecinos en personajes imaginarios. Eso le da mucho juego, le permite jugar con los cuentos tradicionales, y así aparecen personajes como La pobre Fifí, el Ganso Pablo, el besugo Eladio, aunque el personaje más logrado es el portero de un edificio de oficinas, el señor Atunes, al que convertirá “en un bandido mexicano temido en todo el mundo” que deambula de noche haciendo fechorías como si estuviera en una película. Inés, algunas noches, se desvela con sus tiros: se asoma a la ventana y lo ve corriendo de aquí para allá con su sombrero, los cinturones cruzados llenos de balas y una inmensa sonrisa de pícaro desvelado. El trabajo de Daniel Montero encaja perfectamente con la visión humorística, y en ocasiones festiva, del cuento.

Javier Marías cuenta la historia de Héctor, que tiene una hermana menor, Marina. Los solían llevar a casa de sus abuelos, una casa que estaba muy cerca del inicio de un misterioso bosque. Un día decidieron traspasar una marca que les ponía la abuela, el límite de hasta dónde podían llegar, y se encontraron con una caja que dentro tiene la foto de una hermosa niña y una carta. La carta se dirige hacia el desconocido que la lea con un ruego: “Cuando leas esto, por favor, ven a buscarme”. Y ahí, en realidad, empieza la auténtica aventura, se abre una caja china que le llevará directamente a la hermosa Celia y una especie de círculos concéntricos en torno a los primeros amores. Al primer amor de verano. La obra de Marina Seoane es evocadora y delicada. Dos libros muy distintos, de humor y amor, de fantasía y acción, de dos autores en plena madurez. Eduardo Mendoza sigue disfrutando del éxito de ‘Riña de gatos’, la novela con la que ganó el premio Planeta, y Javier Marías acaba de publicar una de sus mejores novelas de amor: ‘Los enamoramientos’ (Alfaguara).

MONEGROS: ODISEA ENTRE ABUBILLAS

 

 

[Javier Arruga publica ‘En el país de los cucutes’, un divertido y entrañable viaje a las estepas, desde Seno y Sigenas hasta Bujaraloz]

 

Los Monegros son un territorio muy literario. Inspirado en viajeros como Cela, Pla, Julio Llamazares o Bruce Chatwin, entre otros, el escritor Javier Arruga (Perdiguera, 1970) decidió recorrer ese pequeño país de estepas y de paisajes que lo conduce a anotar en su cuaderno de campo que “estaba admirando el lugar más hermoso del mundo”. Así, con esa idea, inicia un viaje que lo llevará desde Sena y Sigena hasta Bujaraloz, cruzando Sariñena, Lalueza, Marcén, Poleñino, Cantalobos, Perdiguera, Farlete, Monegrillo, La Almolda y otros sitios que lo mismo están poblados de gnomos –el viajero llega a conversar con uno en una de las licencias imaginativas que se permite- o de personajes que le recuerdan al Clint Eastwood de las películas del oeste.

El viajero Javier Arruga dialoga con todo el mundo, hasta con el aire, y saca, de cuando en cuando, recortes, libros y notas que le permiten hablar de Miguel Servet, al que rinde un homenaje explícito (incorpora una vida breve de un personaje tan fascinante que fue uno de los pioneros de la libertad de conciencia), de Mariano Gavín, el Bandido Cucaracha, o de Alfonso I el Batallador, que murió en Poleñino.

Javier Arruga es un caminante, un observador y un conversador paciente, protagonista y testigo, cantor y contador. Allá donde va busca al paisano que le puede contar historias de cada lugar: ya sea el herrero que le recuerda cómo compró la casa solariega de los Torre-Solanot y le enseña sus piezas de forja, ya sea un cura asombroso (cureta lo llama él) que fue capaz de crear una carpintería con las gentes del pueblo, ya sea un labrador que podría tener un remoto parentesco con su propia familia o incluso se enamora de una impresionante mujer de ojos azules con la que parece vivir un episodio de amor o más bien una alucinación: esa mujer, desafiante, experta en pasiones y quizá en vivencias sexuales, es en realidad una sabina. La mujer sabina.

A Javier Arruga todo le sirve. Atrapa la vida en pocos días. Y lo hace con un gran sentido del humor. Le gustan las palabras aragonesas y la sintaxis popular. Le gusta asomarse, de repente, a una especie de diluvio universal, le encanta dormir bajo una higuera, que le provoca más bien algo de malestar y alguna que otra pesadilla, y le gusta toparse con esos paisanos que tiene alma de filósofo y que le orientan en el camino. De vez en cuando oye: “Te perderás zagal. Camino no hay”. O se encuentra con aprendices de arqueólogo o con esos ancianos un tanto ansiosos, que le hacen decir: “Pese a su inactividad, los viejos llevan todos el uniforme de faena”. Por citarse, incluso se cita con Lorenzo Lasheras, inventor de chimeneas, que tiene dos hijos ingenieros. Entablada la conversación, el amable interlocutor le dice: “Yo no sé nada. Yo no sé ya nada, pero durante la guerra no había agua. Yo allí pasé de todo. Hambre, sed, piojos… mucha sed. De hecho, perdí la memoria después de beber agua”.

La Guerra Civil está muy presente. En las trincheras, en los búnker, en el recuerdo de personajes como Georges Orwell o en el de la enfermera Agnes Hogdson, autora de un libero como ‘A una milla de Huesca’, que ha suscitado mayor interés por los Monegros. ‘En el país de los cucutes’, de las abubillas, es un libro realmente bonito, sugerente, que rezuma humanidad, respeto, ingenio, osadía y sentido del humor. Y además transcribe con gracia esos diálogos un tanto surrealistas y somardas que mantiene el viajero con los vecinos. El libro es un manifiesto del hombre y la naturaleza, de la historia y del existir diario, y también “una carta de amor”, como se dice en la contraportada, de un caminante a los Monegros y de los Monegros hacia el mundo. El volumen ha estado muchas semanas entre los libros más vendidos: ahora entendemos el motivo.

 

En el país de los cucutes. Javier Arruga. Mira Editores: colección Sueños de tinta. Zaragoza, 2010. 200 páginas. Estas dos fotos son de uno de los grandes fotógrafos de los Monegros: Fernando González Seral, que les ha dedicado un libro.