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Antón Castro

Escritores

GUINDA HABLA DE BÉCQUER EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN

GUINDA HABLA DE BÉCQUER EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN

El poeta Ángel Guinda ofrece hoy viernes, a las 19.30, en la Biblioteca de Aragón la conferencia ‘El eco errante de Bécquer’, donde estudia la influencia del escritor sevillano en la poesía moderna y contemporánea, en autores como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Ildefonso-Manuel Gil, Julio Antonio Gómez o Leopoldo María Panero, entre otros.

 

Ángel Guinda me llamó ayer y me dijo que tenía el corazón dividido: por un lado en la Universidad estaba su amigo Ángel Petisme, cantante, poeta y viajero pertinaz contra las injusticias de la tierra, y también Fernando Beltrán –del cual me han hablado hoy maravillas en Antígona sus libreros Pepito y Julia-, en el ciclo que organiza Nacho Escuín, y luego quería ir a ver la muestra de Antonio Cásedas, un gran amigo suyo de otros tiempos, que inauguró ayer en la galería de Pilar Ginés (Calle Santiago, 5). Ángel se disculpaba así de que no asistiese a la presentación de ‘Tras la palabra’ de Rolando Mix Toro. Fue una presentación muy emotiva: Mariano Berges hizo un retrato cariñoso de Rolando y éste leyó varios poemas y recordó, entre otros,  al titiritero Javier Villafañe. Tocaron la guitarra Javier Lizalde y Jorge Berges, acompañado éste por el bailarín Miguel Chavez y el cantante Harry. Fue una noche muy especial: Rolando dijo que tenía temblores en las manos, temblores que no miedo, pero que en realidad le temblaba la sangre por dentro: la sangre, las venas, las aortas, las tripas, los caminos del corazón. Hubo mucha, mucha gente.

 

El eco errante de Bécquer. Conferencia de Ángel Guinda en la Biblioteca de Aragón. Viernes, 13. Biblioteca de Aragón. A las 19.30 horas. (La foto es de Audrey Hepburn, que ha sido elegida como la actriz más bella de Hollywood).

 

'EL MILAGRO DE LA SANTA' DE ÁNGELES PRIETO

'EL MILAGRO DE LA SANTA' DE ÁNGELES PRIETO

La escritora gaditana Ángeles Prieto Barba prepara una antología de relatos vinculada al automóvil y la circulación. Ha escrito cuentos y microrrelatos, que le ha publicado Antonio Serrano Cueto. José Luis García Martín le publicó este relato en Clarín. Y aquí está esta historia donde se funden Eva Perón y la jovencita Eva Martínez.

 

 

 

        

         EL MILAGRO DE LA SANTA

 

         A Daniel Moyano, 

 

Por Ángeles PRIETO BARBA

Mucho más luminoso que un día de Corpus fue para mí cuando mi padre, terminada su jornada como policía municipal, apareció subiendo los escalones de nuestro quinto piso cargado con pequeñas banderitas de colores. ¿Qué le traigo hoy a mis niñas, qué?. Me recuerdo entonces dándole una y mil vueltas al triste boniato guisado que constituía toda mi cena, cuando había cena, claro, y escuchando los gritos de mi hermana mayor obligándome a que me lo tragara de una vez. Las letanías y sermones de todos los días, aquello de que los pobres no podían hacer melindres y ascos a la comida. Sólo que yo ya estaba ahíta, llena, harta de un hambre que sólo se saciaba con lo mismo. Y pensaba ya en mi cama en dormir y dormir hasta desaparecer, como muchos de los niños que conocí y que durmiendo un día se fueron volando al cielo, como me contaron, para nunca más volver. Y a los que un día los mayores velaban, como angelitos perdidos.

 

         Las extrañas banderitas, de azul y plata, que mi padre nos regaló dándonos besos esperanzados, eran para mañana. Le brillaban los ojos mientras nos contaba una historia maravillosa, un suceso celestial que ocurriría al día siguiente. Porque por lo visto a las diez, cuando el sol brillara ya en lo más alto, se esperaba que arribara a nuestra isla una santa, una santa real y verdadera escapada dios sabe de qué estampita, y que, compadecida de nosotros, venía a quitarnos nada menos que el Hambre. O al menos, eso fue lo que yo le entendí, entre frases entrecortadas de apariciones, milagros y venturas para siempre jamás. Y yo siempre creí en los soñadores ojos de mi padre y nunca puse en duda sus historias, y si me decía que mañana estaría aquí no una santa, sino la mismísima Virgen, hasta aquí llegaría para poner fin al grito de nuestros estómagos. Aunque me conformaba entonces con menos, importándome mucho más que acabara con el olor del hambre, esa peste que no me dejaba comer, que con el hambre misma. Que acabara con ese tufo nauseabundo que dejaba las escamas de mi piel cuando fregaba el suelo, con el fétido aroma de mis manos y uñas agrietadas por los restos de carbón para la cocina, con la infecta colonia del aguarrás y la lejía, únicos perfumes que me eran dados a oler en aquellos días de la miseria y del trabajo duro. Y yo sólo era una niña.

 

         Esa noche me acosté entre dulces ensueños, imágenes amables en que una alta señora, hermosa, alta y limpia, se me acercaba entre rosadas nubes de algodón dulce portando para mí el globo del mundo que, eso sí, era todo de color rojo y tenía un olor extraño y místico, como si fuera un mismísimo queso de bola. La dama me sonreía y mojando sus largos y elegantes dedos me quitaba con su saliva, como untándome con su sagrado óleo, los churretes negros de la mejilla. Y recuerdo que me dormí besando con amor, casi mordiéndolo, el pequeño trozo de almohada que me correspondía, sin importarme por esa noche los feroces pellizcos que mi hermana me daba siempre para hacerle más sitio en la cama.

        

         Al día siguiente, todo fueron prisas. Recuerdo que era domingo, pero la llegada a Cádiz de una santa de las de verdad hizo posponer a  toda la ciudad el acudir a misa para más tarde. Entonces mi hermana Carmela me agarró del brazo, me lavó raudamente con la esponja áspera, me colocó el traje azul de los pespuntes, cambiaron mis chanclas rotas por los viejos zapatos de Angela, que me quedaban muy grandes, recolocaron mi pelo en dos coletas torcidas, y las gemelas charlatanas me arrastraron apresuradas después. Y yo sentía, llevada en volandas, transitar por un nuevo día feliz y mágico, en el que no tenía tiempo siquiera para miedos y ensoñaciones que los itinerarios gaditanos siempre proporcionan. Atrás quedaron los callejones de San Juan con sus faroles rojos de amores portuarios, la mole imponente de la Catedral y la oscura esquina pasional de los Piratas, sin que yo me dignara hacer ningún comentario, ni observara ninguna novedad.

 

         Mis hermanas parlanchinas, en cambio, no dejaron de hablar todo el rato, entre cuchicheos algo descuidados, porque esta niña soñadora sí que se enteraba.

 

-         ¿Ves cómo al final es mal negocio ser honrada? Ahora la veremos. Dicen que se dedicaba a la mala vida antes de pescar al gran hombre. Y claro, así aprendió todas las mañas que a ellos les gustan.

-         Lo que es seguro es que era actriz y por allí, ya se sabe que van llenas de joyas, pieles y trajes elegantes. Lo que pasa es que en América los hombres están obligados a mantenerlas por todo lo alto, pues si no, los dejan, y entonces se buscan a otro y ya se sabe que los cuernos es lo único que ellos no soportan. Lo que sí es buen negocio es tratarlos mal. No como haces tú con tu Fortunato, infeliz, que hasta le llevas la comida al trabajo.

-         Oye tú, solterona, que Fortu me quiere, que nos casaremos cuando juntemos para la casa. Y yo prefiero esperar, lo que no me da la gana es meterme en la casa de vecinos con la madre, de eso nada. Lo que pasa es que aquí somos unos desmayados y unos muertos de hambre, no como en América. Mi Fortu me contó que, por lo visto, allí todo es muy grande y por eso a quien llega el gobierno le da tierra propia, buenos y grandes cortijos, donde crían animales y la hierba crece sola. Y con suerte, algunos tienen en ellos hasta árboles, que aquí no hay, algunos con nombre raro, ombú, me parece que me dijo, donde igual que aquí caen peras, allí dan esmeraldas. ¡Así cualquiera!.

-         Pues si en América todo es así, tu te quedas aquí con tu Fortu que yo mejor me voy a buscar uno de esos guachisnai que vienen al puerto.

-         Sí, igual que Mariquita Pe, que se lió con un viejo horroroso y se la llevó a Puerto Rico... ¡ni por todo el oro de América!. No, yo me quedo con mi Fortu...

-         Oye, corre más, que no llegamos.

 

Y llegamos, claro que sí, después de varios rodeos alrededor de la Plaza, dejando atrás más recovecos acogedores para soñar: el callejón de los negros, la esquina de los flamencos, la cuesta de la jabonería, la posada del mesón y el palacio de los Lasquetti. Espacios donde las piedras me hablaban de remotos parajes, de estampas lejanas en el tiempo y en el espacio que hicieron en mi mente acabar de improviso la incesante perorata de mis hermanas gemelas, cacareo sin sentido que me hacía vislumbrar un futuro gris, más desangelado aun que el boniato que me servían de cena todas las noches. Porque esa captura de hombres domésticos, hombres como refugios o trampolines sociales, parecía constituir la única aspiración de sus vidas. Varones muy diferentes a los que yo quería para mí, hombres como onzas de chocolate o como ráfagas de viento que vinieran a raptarme a mí y no yo a ellos. Que me acompañaran por caminos y mares lejanos, por sendas no transitadas de aventuras y conocimientos, que me arrancaran de cuajo y sin vuelta de hoja de esta vida negra que el destino parecía haberme ya trazado. Pero seguimos andando en el presente, por lugares despejados de otros seres que tuvimos que recorrer apresuradas para alcanzar, por fin, uno de los cinco embudos con los que se llega a la plaza de San Juan de Dios, toda ella cubierta por una multitud coloreada por las extrañas banderitas de mi padre.

 

Mis hermanas, avispadas como todas las hembras de la familia, lograron abrirse hueco entre la multitud entre codazos y empujones varios, hasta colocarse en primera línea de avistamiento. No tenían intención de perderse ningún detalle: el peinado que después copiarían o el vestido que tratarían torpemente de reproducir luego con una tela más basta, eran sus principales objetivos del examen que esperaban realizar a la Santa. Y yo mientras sobrecogida, aun con fe en la llegada de ese ser milagroso que vendría a quitarnos el hambre, según refirió mi padre.

 

Y así transcurrieron quince o veinte minutos bajo un murmulleo creciente y un sol implacable y yo ya no sabía dónde colocar los pies en aquellos zapatos de número superior al mío. Los del gobierno habían dispuesto una larga y delgada alfombra roja desde la puerta de la alcaldía hasta la entrada del puerto, lujosa diagonal que rompía en dos mitades aquella plaza para que la santa pudiera levitar por ella y después, previsiblemente, pudiera bendecirnos desde el balcón presidencial. Y entonces, entonces, los murmullos se volvieron gritos y un enorme coche, grande y negro, se paró justo ante el inicio del alfombra.

 

-         Fíjate la señorita, no puede venir andando desde el puerto, y eso que son dos pasos.

-         Cállate. Ahí está.

 

Efectivamente, allí estaba. Le abrieron la puerta de atrás y vimos deslizar una larga y delgada pierna y después la otra, piernas suaves y depiladas cubiertas por unas hermosas y fascinantes medias de seda, objeto casi irreconocible por estos lares. Y después vimos sus manos, largas también, pero huesudas y nerviosas, que se posaron sobre las del agente repeinado que caballerosamente le ayudaba a bajar. Y los gritos de la gente fueron a más cuando la contemplamos entera: alta, delgada, elegante y sobre todo rubia, muy rubia, recogido el pelo con un moño imponente y un alegre sombrero blanco con una pluma azul.

 

-         No es rubia, es teñida, ese rubio es de bote. Y además el moño que luce está hecho con pelo postizo. Fíate de mí que sé de peluquería.

-         Oh, pero ¡qué elegancia!

 

Porque de hecho, la dama lucía un porte que cortaba la respiración. Ya de por sí espigada, parecía andar por la alfombra de puntillas y estirando el cuello, a una altura inalcanzable para el resto de los mortales que la contemplábamos admirados. Y se tomó su tiempo, claro que sí, en erguirse y sonreír orgullosa, despojarse lentamente de unos pequeños guantes blancos y saludar abierta y segura a la multitud de ropajes negros y remendados y de rostros castigados que la contemplábamos. Y se deslizó lenta, perfectamente copiada la actitud de aquellas reinas y heroínas europeas que estudiara hace mucho tiempo y emitiera en sus seriales. Al fondo, le esperaba un alcalde con bigote, gordo y calvo, estampita perfecta que el franquismo destinaba a cada municipio, y una niña muy atildada, con tirabuzones rubios y trajecito de organdí que portaba un enorme ramo de rosas rosas, cursilada haciendo juego, mucho más grande que ella.

 

 

Hacia la mitad del recorrido, casi a la altura donde yo me encontraba, el ramo y la niña se adelantaron hacia la dama realizando una complicada genuflexión de homenaje principesco. La pequeña Shirley Temple a duras penas pudo sostener el ramo con una mano y recogerse modestamente el vestidito con la otra, para agachar una rodilla e inclinar su cabeza, a modo de saludo. Y a modo de sonrisa, la dama hizo una mueca y recogió el ramo con un brazo, mientras su otra mano se posó levemente entre los lustrosos tirabuzones dorados. Y todos aplaudieron y hasta se escucharon algunos vítores, mientras yo acercaba mi nariz para percibir de lejos el olor de santa que, mezclado con el de las rosas, intentaría recordar cuando quisiera olvidarme del otro, del de siempre, del olor del hambre.

 

Pero la santa no sería santa sin hacer un milagro, que desde el tiempo y la distancia desde la que cuento esto, pienso que igual estaría ensayado, preparado, amañado o estudiado. O quizás no. El caso es que la santa se volvió, achicó los ojos, estudió a la multitud y se dirigió a mí... ¡a mí!, un manojo de nervios sucios vestida de remiendos, calzada con chanclas rotas y dos coletas morenas y torcidas. Porque ella no podría ver otra imagen que ésta que tristemente describo. O quizás vio a alguien más, o tal vez, como dijo mi padre cuando nos enteramos que murió, lo que percibió al verme fue la niña que había en ella, la que llevaba dentro, la niña mísera que todavía conservaba tras tanta sobrecarga de joyas y oropeles. Pero se acercó, cesaron los gritos, cuchicheos y murmullos de la gente y de repente, ella se agachó, ¡se agachó!, hasta ponerse a mi altura, acariciarme las coletas y preguntarme ¿cómo te llamás?. Y su voz era ronca y cálida, en un acento extraño, áspero y acariciante. Y mis ojos se agrandaron asustados y admirados y le sonreí y a duras penas le dije que mi nombre era Eva, Eva Martínez pa servirla a usted. Eva como yo, me dijo. Y sonriéndome, me dio el ramo, que es tan hermoso y huele tan bien y es para ti, para que nunca me olvides. Y jamás lo haré, te lo prometo, mi señora. Y me besó en mi sucia cabeza y se irguió y se marchó, hacia los discursos, hacia la gloria. Eso hacía ella, mientras que yo, ya santificada, terminé por hundir mi carita embriagada entre las rosas, bendecida por su olor, cual cabecita  negra de este hemisferio.

 

ÁNGELES PRIETO BARBA

        

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE ROLANDO MIX TORO, HOY

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE ROLANDO MIX TORO, HOY

Esta tarde del jueves 12, a las 19.30, en el Salón del Trono del Palacio de Sástago se presenta el poemario ‘Tras la palabra’ del poeta y traductor chileno, afincado en Zaragoza, Rolando Mix Toro. Lo acompañarán en el acto los guitarristas Jorge Berges (con quien ha grabado un álbum con sus textos, cuya portada aquí pongo) y Javier Elizalde. Hablarán, además de Rolando, Mariano Berges, jefe de gabinete de la Diputación de Zaragoza y persona determinante en la edición del libro, y Antón Castro. Éste es el prólogo-retrato que le hice a Rolando Mix Toro para el libro. Hoy, como se puede deducir, el Garrapinillos juvenil, que está en cuadro tras las cuatro expulsiones del pasado sábado ante La Puebla de Alfindén (perdimos en casa 1-2), no entrenará. Sólo entrenará nuestro arquero Stalin, que debutará como titular ante el San Mateo de Gállego.

 

ROLANDO MIX TORO:

LA MEMORIA Y EL RASTRO DE LA POESÍA

 

Antón CASTRO

Ocurre a menudo: existe gente con la que nunca has hablado, ni lo vas a hacer quizá, que han sido decisivas en tu vida. Gente que pasa. Gente que toma el café de las doce en el bar de la esquina. Gente que lee el periódico, que acaricia las páginas de un poema, hombrones que se te antojan gigantes, de rostro atezado y una sonrisa amplia, de oreja a oreja, como paisanos milenarios, y que no sabes por qué habitan tus sueños y tus pesadillas. O la naturaleza urbana que recorres para ir a comprar el pan.

Supe de Rolando Mix Toro mucho antes de lo que él se imagina: Luis Felipe Alegre, en el bar Aragón y en El Ángel Azul, me hablaba del poeta chileno y de su rabiosa humanidad. En un primer retrato, Luis Felipe lo situaba en Santiago, próximo a Salvador Allende, y buen conocedor de los grandes poetas, desde Gabriela Mistral a Enrique Lihn, desde Pablo Neruda a Nicanor Parra. Me revelaba algunas historias entrañables, su generosidad “de desheredado latinoché” de infinito corazón, su solidaridad profunda con la que había sido compañera de sus días durante un tiempo, y me decía también que en aquel hombre “gigantesco y envalentonado” había algo de “héroe inadvertido de la poesía”. Luis Felipe Alegre sentenciaba: “Me gustan los poetas así. Hermanos de sangre de Blas de Otero, de Gabriel Celaya, de Neruda. Admiro y quiero a Rolando Mix Toro”.

No puedo recordar cuándo hablamos por primera vez. Lo veía pasar por la calle Lorente y Bretón, sobre todo, lo veía asistir a conferencias y debates de poesía. Allí andaba siempre Rolando, con versos bajo el brazo, dispuesto a henchir una tertulia de palabras cálidas, de risas estruendosas, de la memoria arterial y andina de América. Tenía algo de vate sentimental que se atrevía a ser contundente: proclamaba su fe en Salvador Allende, su complicidad con Víctor Jara, anunciaba sin violencia el tamaño de su esperanza. Mientras, publicaba poemas, libros, traducía, sobrevivía sin aspavientos en medio de la ira del cierzo, en medio del vendaval del desierto.

Hablamos. Y de hablar por primera vez, pasamos a vernos a menudo. Pasamos a platicar en confianza. Pronto me di cuenta de que Rolando Mix Toro había tenido una infancia especial: era uno de los doce hijos de Antonio Mix Martínez, escritor social, maestro de escuela y pintor de desiertos y altiplanos, y de Ana Ángela Toro, una mujer que gastaba la vida entre los dolores de un nuevo parto y su pasión por la guitarra y el piano. Rolando residía en pleno desierto, en Pozo Almonte, Iquique, donde había nacido en 1931. Se levantaba por la mañana y sus ojos contemplaban la cordillera de la costa y los Andes altivos: un paisaje y el otro se estiraban más allá de las minas de salitre, los abombados desiertos y sus dunas. Al muchachito lo cautivó desde muy pronto la sonoridad de las palabras. Y en ellas se zambulló como se zambullía en el mar: adquirió un virtuosismo especial con el lenguaje, una capacidad para recitar e inventar poemas, una imaginación invencible. Poco después, también estudiaría forja. Y luego, ya en Santiago de Chile realizaría mil actividades: fue librero, periodista, activista político, los nazis quemaron alguna vez su librería, y selló su amistad con Neruda, Parra, Lihn y tantos otros, selló para siempre su comunión con la literatura.

En uno de los viajes que Juan Rulfo realizó a Chile se hicieron amigos. Dibujaron en el silencio la conjura de los camaradas; eso sí, Rulfo estaba rodeado siempre de silencio y de timidez. Y quizá de mala conciencia: sentía pánico de no estar a la altura de sus dos primeros libros y por eso no se atrevía a escribir. Algún tiempo después, el Partido Socialista de Allende lo reclamó para que se hiciera cargo, como jefe de librería, de PLA (Prensa Latinoamericana). Y luego, con todo tipo de persecuciones e insidias, llegó el golpe militar de Augusto Pinochet, pocos después de la muerte de Neruda. Hubo de exiliarse, hubo de recomenzar otra biografía personal en la República Democrática Alemana (RDA); en la Universidad Karl Marx de Leipzig estudió Traducción e Interpretación. Allí lo conocieron el alcalde de Zaragoza Ramón Sainz de Varanda y el jefe de policía Primitivo Cardenal. Lo tentaron, y Rolando Mix Toro se trasladó a Zaragoza. Y aquí vive, rodeado de amigos, en el bálsamo de amor y poesía que ha fundado junto a Juanita, su compañera.

Rolando Mix Toro ha escrito mucho. Y ha publicado diversos poemarios. Tras la palabra es un libro sobre la escritura y la vida: sobre el oficio de hacer versos, la memoria y la vida, para ser algo más precisos. Tras la palabra es uno de sus proyectos que Rolando Mix Toro gesta con dedicación y con adivinación. Es un libro-río. Para él la poesía es aliento y alimento de creación, una forma de fecundar el mundo y una forma de ser fecundado por la belleza, el pensamiento y la intensidad. Rolando Mix Toro es, ante todo, un engendrador de verbos e imágenes, capaz de decir que “las palabras son terribles”, de subrayar “el texto desvaharado del tiempo”, de precisar que “no es exactamente igual // lo sentido que lo expresado”. En una composición, que se titula ‘Leyéndome’, dice: “Alguna vez me harás tu confidente // mientras lees mi poema”.  En otros lugares, mediante sutiles metáforas, habla de sus afanes, de su vocación, del proceso casi alquímico de la escritura poética. Habla del “surco de los sueños”, dice que “la letra imprime el aire”, busca “la memoria y sus rastros”, siente “la llamada de la oscuridad”, y se percata con absoluta nitidez de que “soy un espectador con teatro propio”.

Tras la palabra es una búsqueda a ciegas de la claridad, es el intento de encerrar en un diccionario de imágenes, de recuerdos y de ideas el fulgor de una existencia apasionada y convulsa, la melodía de una voz, los interrogantes de existir, las caricias, el acto mismo de decir y sus énfasis. Tras la palabra es como una espiral inacabable de un verso que echa a rodar y se inflama y se expande con sus códigos secretos, y sale a tumba abierta –“con la elocuencia del frenesí”, tal como dice Rolando Mix- en pos de un lector, o de un amor, o del viento que recoge todas sus voces y las arrastra en su silbo. Hay un instante en que Rolando Mix Toro dice que “no cuenta para ninguna cuenta”. Nada más lejos de la verdad: el poeta cuenta y canta, el poeta se desvive por los otros, por su amada y por sí mismo. ¿Y acaso no es esa la mejor canción? En Tras la palabra, dentro y fuera, arriba y abajo, en el corazón incendiado de las sílabas y las imágenes, está él. Y tiembla, y gime, y canta furiosamente a la felicidad, a la memoria de cuanto fue, a la imperiosa necesidad de la poesía, que es “la síntesis de las vivencias que se han acumulado y que se quieren expresar”.

 

 

RETRATO DE LOLITA FRANCO

RETRATO DE LOLITA FRANCO

Este retrato de Lolita Franco, madre de Javier Marías y sus hermanos, pertenece a los Documentos del catálogo de la exposición que se puede ver, hasta el 15 de febrero, en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. Javier Marías lo ha colgado en su blog. Me ha parecido muy bonito.

ANA MUÑOZ: POEMAS DE 'SÓLO PARA LA NOCHE'

ANA MUÑOZ: POEMAS DE 'SÓLO PARA LA NOCHE'

Esta semana, Ana Muñoz (nacida en Cuenca, afincada desde muy niña en Teruel y estudiante ahora en Zaragoza) presenta su libro ‘Sólo para la noche’ (Lola Editorial) el próximo miércoles, día 11 de febrero, a las 20 horas en la librería Antígona, de Pepito y Julia, (C/ Pedro Cerbuna). Dice Ana: “Me acompañarán el editor, Manuel M. Forega, Ángel Gracia y Octavio Gómez MiliánTras su intervenciónLouisiana tocaremos un par de temas en acústico”. Le pido algunos poemas y aquí están estos dos. Ahora será entrevistada esta semana en Borradores por Ana Catalá Roca. La foto es de Aurelien Le Duc.

 

 

REFORMULACIÓN DE NARCISO

 

De ser pez en el abismo, habría

de golpear con saña la lira de mi espina

para oírme la carne, la sangre y el aliento,

Miguel Ángel Ortiz Albero, de 5.

 

(Escupí y el suelo se hizo lágrima,

lloré piedras y éstas atravesaron el espejo,

formando un charco de silencio abusado).

 

Pregunté

 

a quién pertenece el reflejo que recibo cada vez que me asomo a la muerte.

 

El éxtasis de la mentira no dura siempre. Hago del cielo mi ilusión, pero éste es incierto, por eso no quiero ser ángel, ni quiero mover mis alas en vuelo hacia la nada.

 

No me reconozco en lo que nado. Quisiera ahogar el trazo del miedo cuando es el miedo el que escribe. Mover, a la vez que la palabra, los brazos, y no hundirme de tan débil.

 

Pregunté

 

cómo caer dos veces por la misma lágrima, llorarlo todo dos veces para emerger del recuerdo envenenado que la amnesia deja. Cómo cruzar dos veces por el mismo río.

 

Y después

 

cómo nadar sin que el agua borre lo que ya he nadado.

 

En el espejo descubro el reflejo de otra muerte, en mis piernas las líneas del dolor diluido en agua, en mis rodillas los golpes de quien se postra ante la angustia.

 

Son violentas mis brazadas porque siento que no sé dejar atrás a la que desnuda nada, y aterida. Hasta dónde el llanto, hasta dónde mi cuerpo.

 

Pregunto

 

si voy escupiendo lágrimas, cuántas piedras dejaron de ser inertes, qué ríos han nacido desde mí. Hacia qué otras aguas me diluyo.

 

Como el suicida que se gira tras la palabra y regresa a la muerte, en qué nube debo bajarme.

 

Mientras

 

el agua marca surcos de sequía en mi piel, las arrugas que habrán de envejecerme de por vida.

 

 

ELISA DAY, POEMA PARA UNA HERMANA HUIDA, II

 

 

Es en este libro azul

en donde crecen las rosas salvajes,

los versos rosas.

 

Caen al suelo algunos de sus pétalos,

llueve el perfume olvidado,

cae el polvo que se deshace

con sólo mirarlo.

 

Mi hermana habita en este libro azul,

en esta rosaleda, adentro, sola,

a pesar de que marzo ha llegado

y ya marcea afuera de las sombras.

 

Caen al suelo nombres binomiales

y “Requiescat in pace” le parece

una oferta indeclinable:

no me hables del renacimiento del verdor”.

 

Es a este libro azul

adonde me acerco pisando pétalos y palabras:

naturaleza hostil, voces que gritan,

tierra infértil.

 

Caen al suelo los secretos que ella guardaba.

así escupen los libros de Biología

lo que creíamos perdonado,

lo que creíamos olvidado.

 

Habita en este libro azul

la que se desangra en silencio.

Adentro de sí, sola de sí.

Su cuerpo como rosa salvaje

cercado por espinas.

 

Yo habito los espacios en blanco,

esas pausas de lectura que son aire

del aire que a ella le sobre.

Barro los pétalos, borro las palabras:

a una casa de rosa no te acerques demasiado.

 

Si llamo a su puerta nadie responde:

teme que robe su miseria.

Mi hermana teme quedarse

todavía más vacía.

(También de nuestro amor, como de la rosa, sólo las espinas quedan).

 

NACHO GARCÍA-VALIÑO ESTRENA BLOG

NACHO GARCÍA-VALIÑO ESTRENA BLOG

El escritor Ignacio García-Valiño manda este mensaje masivo a sus amigos. Anuncia que posee un blog. La foto es de Alberto Korda.

 

Hola, queridos amigos, como diría SM el rey, "me llena de orgullo y   satisfacción..." informaros de que lanzo un nuevo blog a la Red, el mío (sí, lo sé, uno que se suma a los miles de millones, pero juro que será especial), por si queréis asomaros de vez en cuando.

Me encantaría compartir con vosotros estas pequeñas creaciones. Escribiré un breve texto a la semana.


Bueno, ahí va:

http://ignaciogarcia-valino.blogspot.com/

 

¿LA MUERTE DEL LIBRO?

 

Por Ignacio GARCÍA-VALIÑO

Un amigo mío adicto a las teconologías me confesó que ha calculado en 36.000 la cantidad de horas que le llevaría ver todas las películas y escuchar todos los discos que se ha bajado de internet. Suponiendo que se dedica a ello todos los días del resto de su vida a razón de cinco horas al día, veinte años después habría terminado. Este cálculo le ha deprimido, ya que comprende que, en lugar de seguir acumulando mercancía, debería ponerse a disfrutarla en los años venideros.


Otro colega me muestra, maravillado, el libro electrónico de Sony que trae de la feria de Frankfurt. La luz no se proyecta desde la pantalla, sino que, como el papel, necesita la reflexión de la luz, de modo que no se cansa la vista. La tinta electrónica tiene “efecto papel” y la pantalla es de granulado táctil. En su interior guarda 840 novelas, y me asegura que caben dos mil más. Mi amigo lee un par de novelas al año, tal vez espera ser más longevo que Noé. Pero le maravilla poder guardar tres mil novelas en su juguetito.
Me llega un mensaje de mi editorial preguntándome si doy licencia a Google Books para colgar en su web fragmentos de mis novelas. ¡Permiso denegado! Sé que todos acabaremos perdiendo los pocos derechos que nos quedan, condenados al top manta, seremos reformateados y pirateados en e-books, y comprimidos en archivos PDF, y desterrados de las librerías, que desaparecerán, o se parecerán a un pabellón de Expo Zaragoza. Nuestra vida digital tendrá la brevedad de una cucaracha, nos repartirán cual calderilla por la Red y nos canjearán por discos de Madonna. Estamos perdiendo el control de las tecnologías, deshumanizando el arte y trivializando la cultura, y si el libro de papel desaparece, no habrá réquiem que nos consuele de tan triste pérdida.

JAVIER QUIÑONES Y SU 'POÉTICA DEL BLOG'

JAVIER QUIÑONES Y SU 'POÉTICA DEL BLOG'

Seguramente, si nos viéramos ahora ni nos conoceríamos porque hace mucho tiempo que Javier Quiñones no nos vemos. Javier Quiñones es un estupendo escritor, buen conocedor del universo de la Guerra Civil y uno de los estudiosos de la vida y la obra de José Ruiz Borau, más conocido por José Ramón Arana, que nació aquí en Garrapinillos. Sigo a Javier con atención y hace días que quería invitar a los lectores a conocer su pulcro y elaborado blog: http://jquinyonesblog.blogspot.com. Acabo de leerlo de nuevo y veo que en portada tiene un texto que se titula ‘Poética del blog’. Lo cuelgo aquí, lo link con todo mi afecto y mi admiración, y le cambio la foto, aunque la suya, estupenda, sea del Moncayo.

 

POÉTICA DEL BLOG

 

Por Javier QUIÑONES

Si saber callar a tiempo parece para los tiempos que corren la única poética razonable, el blog es el silencio y también la soledad. En las páginas del blog, siempre volanderas y virtuales, no hay más editor que el autor mismo. Es este quien da forma, cuerpo, entidad y diseño a las entradas que lo conforman: las clasifica y etiqueta, las ordena y las retoca, las ilustra y las publica cuando le viene en gana; el blog se convierte así en un espacio idóneo para ejercer la libertad personal. El blog se va conviertiendo, a medida que se desarrolla y cobra densidad, en una manifestación de la personalidad de su autor. No pocas veces se tiene la impresión de que las entradas de un blog se parecen cada vez más a las páginas de un diario personal. El blog es un género en sí mismo y como todos los géneros posee unos límites difusos y sus fronteras son permeables e imprecisas.

 

¿Qué clase de género es la del blog? Se trata de un género ambiguo, de difícil clasificación. Es un género híbrido, ya que combina la palabra y la imagen. El blog es capaz de albergar tipologías textuales diversas: desde textos argumentativos hasta descriptivos, dialogados, informativos, narrativos... Al blog parece sentarle bien la brevedad, textos que se puedan leer en una visita rápida, como suelen serlo la mayoría de las que se hacen, porque hay muchos blogs interesantes y no es cuestión de demorarse demasiado en uno y dejar de visitar los demás. En ese sentido, el género breve tiene buena acogida en el blog: el poema en prosa, el microrrelato, los aforismos, las fábulas, la poesía, etc., que se convierten así en subgéneros del blog, que los englobaría a todos. Del mismo modo, el blog se presta bien a acoger las entradas de los dietarios personales, siempre que el autor esté dispuesto a compartirlas con los lectores que decidan visitar su bitácora. Las fotografías, dibujos, grabados y otras imágenes que ilustran las entradas facilitan, o deberían hacerlo, la lectura; en cualquier caso, hacen más atractiva su presentación.


¿Por qué y para qué se crea un blog? Existen múltiples razones, pero creo que la principal es porque alguien sienta la necesidad de hacerlo. El blog se crea para mostrar lo que se escribe y para comunicarse con los demás, con aquellos navegantes de la red que decidan libremente visitar la bitácora y detenerse un espacio de tiempo en ella, si es posible con un viento sosegado y una mar en calma. Cuando el blog es de autor, no deja de ser una forma de edición electrónica (virtual, por tanto) de lo que se escribe y se crea. El blog literario es, pues, una nueva forma de difusión de la creación literaria. El carácter misceláneo del género, dar cabida a muy diferentes acentos creativos, es una de sus notas distintivas, tal vez su principal seña de identidad. El blog, por último, debería ser comunicación, esto es, estar abierto a entablar diálogo con quien a las páginas que lo conforman quiera asomarse y dejar su comentario. El blog supone un contacto directo e inmediato entre autor y lector y esa facilidad que da el medio no debería desaprovecharse ni malbaratarse con usos espurios e inadecuados.


El blog, en definitiva, es lo que uno quiere que sea. (Este es un dibujo original de Patti Smith).

 

 

ENRIQUE VILA-MATAS: LO RARO ES VIVIR

ENRIQUE VILA-MATAS: LO RARO ES VIVIR

Hace algunos años, cuando vivía entre el Maestrazgo y Zaragoza tras muchos años de vida rural, firmaba una sección literaria en El Periódico de Aragón. Se llamaba ‘Cruzando el desierto’, que fue una idea de Rafael Fernández Ordóñez que aceptó de buen grado Nacho Iraburu, jefe entonces de la sección de Cultura. Acabo de encontrarme con este artículo sobre Enrique Vila-Matas, probablemente uno de los escritores de los que más he escrito y a los que más he presentado en mi vida. Hablo de un libro suyo que me encantó: Desde la ciudad nerviosa. Aquí conversa con el narrador Paul Auster. La foto está en su magnífica página web.

LO RARO ES VIVIR

 

Valery Larbaud decía lo fundamental de la vida, para él, eran los viajes, los libros y los amigos. Enrique Vila--Matas, convertido ya en un autor esencial de las letras españolas, debe pensar lo mismo. Cada vez que va a Nueva York, Chicago, las Azores o Lisboa, piensa en sus amigos y les envía una postal que redacta a mano con un rotulador negro. Esta misma semana me ha llegado una de Nantes con "un pasaje histórico del surrealismo. A cien metros se suicidó con opio el bartleby Jacques Vashé", dice. A Enrique también le encanta que le manden postales y las amontona en su casa en una torre que ya levanta casi un metro desde el suelo. Las ciudades le entusiasman, y lo que más le gusta es descubrir donde fumó su último cigarrillo Bruno Schulz, los lugares por los cuales paseó Robert Walser antes de ser internado y fenecer sobre la nieve o visitar el bar Alcool, cuyo nombre fue tomado de un poema del suicida portugués Mario de Sá--Carneiro. En sus aventuras, a Vila--Matas siempre le ocurren cosas extraordinarias con esos personajes o parajes que ha visto en los libros. Si existe alguien enfermo de literatura es él: le ocurre como a Juan Ramón Jiménez. Desde su lentitud intranquila, respira para convertir su vida en literatura.

         Su ciudad del alma es desde luego Barcelona. Y en ella, a través de las páginas de El país, ejerce de cronista inusual: sus textos no se alejan demasiado de la materia inventada de sus novelas y relatos. Son una prolongación o el cuaderno de bosquejos. Es como si llevase un mundo dentro tan potente que el de afuera --las calles, los mercados, las presentaciones o las visitas-- sólo le sirviese como complemento, fragmento del paisaje o telón de fondo.

         Aún así, armado con la paradoja y la ironía y una prosa tersa, escribe crónicas de actualidad que parecen relatos: convierte en cuento la estancia de Mariano Gistaín en Barcelona para la presentación de La mala conciencia, y recuerda las frases que le dedica David Trueba: Gistaín es "un autista inteligente" y "un escritor que no se parece absolutamente a nadie". Narra un viaje con el maño y forofo del Zaragoza Ignacio Martínez de Pisón por carreteras secundarias que resulta un apéndice delirante del guión de su película. Hace memoria de los futbolistas que ha conocido y se detiene en Pardeza (y en Samitier, Valverde, Guardiola y Zubizarreta). El futbolista quería hablar de la nueva narrativa española y el escritor de las diversas formas del regate, e incluso alecciona al zaragocista. Al final, hastiado, dice Pardeza: "Perdona, pero yo no soy Van Basten". El libro del que les hablo es Desde la ciudad nerviosa (Alfaguara, 2000).

         Vila--Matas ha recogido no sólo sus crónicas, sino un reportaje de la relación entre literatura y cine, a través de La noche de Antonioni, de Sostiene Pereira de Faenza y del actor Marcello Mastroianni; narra en un texto frondoso y muy borgiano, lleno de erudición y de ingenio, las lecturas y hallazgos y respuestas de su último éxito literario, Bartleby y compañía. Y también, en una cuarta parte, hay cabida para sus autores favoritos, desde Hemingway a Walser, pasando por Millás, Juan Villoro, Poe, Piglia y el arte del cuento, Teixeira de Pascoaes, emparentado con Carmen Miranda, o Marguerite Duras, de la que fue inquilina durante algún tiempo.

         El libro tiene esa unidad de imaginación, lucidez y delirio que le da Vila--Matas a todo lo que toca. Mezcla erudición de gran lector, encuentros y esas cosas extrañas que sólo le suceden a él (hace entrevistas inventadas a Marlon Brando o a Patricia Highsmith, en las que hay revelaciones escabrosas, y no ocurre nada) y nos la cuenta, desde esa Madame Bovary de las letras que es Barcelona.