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Antón Castro

ARTE, VIAJE, LIBROS, MÚSICA, EN BORRADORES

ARTE, VIAJE, LIBROS, MÚSICA, EN BORRADORES

Borradores recibe esta noche, a las 0.25 horas, a la historiadora del arte Carmen Morte que acaba de publicar ‘Damián Forment. Escultor del Renacimiento’ (CAI), que contiene la vida y la obra del artista valenciano que trabajó en Aragón, en Cataluna y la Rioja, y que mantuvo tres talleres abiertos: en Zaragoza, en Huesca y en Poblet. Hijo de tallista de la madera, Damián Forment nació en Valencia hacia 1475 (otros dicen que procedía de Alcorisa, Teruel) y falleció cuando trabajaba en el retablo de Santo Domingo de la Calzada. Entre 1509 y 1518 realizó su primera gran obra maestra: el Retablo del Pilar, y entre 1520 y 1534 el de la catedral de Huesca, ambos en alabastro. Además, trabajó en las iglesias de San Miguel de los Navarros y en San Pablo, así como en el monasterio de Poblet.

La antropóloga Elisa Sánchez y la filóloga Esther Ortas hablan de su libro ‘Viajeros por la Jacetania’ (Comarca de la Jacetania), un volumen que narra la llegada de los primeros viajeros, excursionistas, montañeros, artistas y escritores, a principios del siglo XVIII hasta las vísperas de la Guerra Civil. El libro recorre los paisajes, los monumentos, los medios de transporte, las relaciones con la habitantes del Pirineo, y aborda personajes tan importantes como Richard Ford, sir Henry Russell, Joaquín Sorolla, Cajal, José María Quadrado o Gustave d’Alaux, entre otros.

Además, Borradores emite reportajes con diferentes escritores: con Alex Rovira y Francesc Miralles, autores de ‘La última respuesta’ (Premio Torrevieja de novela), donde abordan la personalidad y los misterios de Albert Einstein, que tuvo una hija secreta y que se habría pasado los últimos años de su vida trabajando en una fórmula que fuese la quintaesencia del mundo. La entrevista se realiza en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, donde Einstein pronunció una conferencia en 1923. Andrés Pascual habla de ‘El compositor de tormentas’ (Finalista del Premio Torrevieja), una narración que transcurre en el siglo XVIII entre Francia y Madagascar, en la cual un músico busca, en medio de intrigas y muertes, la melodía del alma. Ambos libros pertenecen al sello Plaza & Janés. Luis Landero, Premio Nacional de Literatura, habla de su último libro: ‘Retrato de un hombre inmaduro’ (Tusquets), el relato de un hombre de 65 años que, desde un hospital, reconstruye su vida.

Además, Borradores recupera la sección ‘Los elegidos de Borradores’ y recomienda libros de María Zambrano, de Cees Nooteboom, de Joyce Carol Oates y una película: ‘Novecento’, de Bernardo Bertolucci, editada en dos cedés.

La actuación musical corre a cargo de Luis Cebrián, integrante de varios grupos como Experimentos in da Notte, Intruso y Louisiana, que toca dos temas: una adaptación muy personal de una canción casi legendaria en el pop-rock aragonés, ‘Cass’, basada un poema de José Luis Rodríguez, que popularizaron Mauricio Aznar y Gabriel Sopeña, y una pieza que tiene algo de juego de palabras: ‘Invéntate un final’.

 

Borradores. Aragón Televisión. Emisión: de martes a miércoles, a las 0.45, tras la última edición de los informativos. Redifusión: los sábados a las 9.15 de la mañana. Canal Satélite Digital, 97. Imagenio: 182. Esta foto es de Amanda Zackem.

UN CUENTO DE AMOR Y CINE

UN CUENTO DE AMOR Y CINE

La escritora gaditana Ángeles Prieto Barba es una gran lectora de Ramón J. Sender (no es extraño en ella: tiene muchos amigos aragoneses, aunque no nos conocemos, ha sido muy gentil: me ha pedido un cuento para una antología de cuentos de tráfico) y Es una especialista en Microrrelatos. Acaba de iniciar una nueva serie vinculada al cine.

 

Cinéfilos Microrrelatos

 

TU Y YO (de Leo McCarey)

 

Ángeles Prieto BARBA

Esto que voy a contar ahora es lo que me ocurrió ayer cuando, en vez de fijar mi cita con un rubio sobre el Empire State, quedé con el doble de Mortadelo, feo y canijo pero muy fotogénico, en lo más alto de la Seo. Y bueno, gracias a dios, no salí parapléjica del asunto en aquella plaza sin tráfico, tan sólo turulata tras aguantarle unas horas de verborrea sosa, de un quiero y no puedo porque de romance, nada. Ni yo tenía el estómago adecuado, ni él los arrestos suficientes para ponerme los puntos. Es lo que tiene Internet. Hoy he quedado con otro más guapo allá arriba, bajo el cielo estrellado.

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* En la Cary Grant y Deborah Kerr.

 

FURIA DE AMOR

FURIA DE AMOR

DEL DÍA DE SAN VALENTÍN

En ‘Álbum de radiografías secretas’, Ramón José Sender redactó sus memorias literarias, rescatadas por Tropo editores en 2008, donde reconstruye su vida y sus amistades con “gente importante”. En la inmediata posguerra, Sender jugaría al ajedrez con Bertrand Russell, descubriría que Frida Kahlo no le caía simpática y le tomaría un inmenso cariño a la poeta y rica heredera Nancy Cunard. Esta mujer esbelta, que había amado a Tristan Tzara y a Louis Aragon, tenía un secreto: estuvo toda su vida enamorada de Aldous Huxley sin que él raparase en ello. Una de las historias más simpáticas del libro afecta a la complicidad de Sender con el Nobel William Faulkner, un hombre de campo y cine al que le apasionaban los caballos. Los dos habían tenido de niños una novia. La novia de Faulkner creció y se casó con otro; años después quedó viuda, se reencontró con el autor de ‘El sonido y la furia’ y envejecieron juntos; hace poco se supo que Faulkner, cuando recibió el Nobel en 1950, tuvo un amor sueco, Else Johnson, a quien escribió: “Quiero que me enseñes todas las formas de hacer el amor en Suecia”. Sender nunca olvidó a Valentina: le dedicó libros, alguno tan bello como ‘La Quinta Julieta’ y la recordó poco antes de arrojarse a los brazos de la parca. También recordó a otra mujer de su vida: Simone Weil, “la perfecta versión femenina del héroe”. Lo conmovió por su lucidez, por su compromiso y por su misticismo, que le hacía pensar en Miguel de Molinos y en San Juan de la Cruz. Otra relación que le emocionaba especialmente era la del maduro Ernst Hemingway, que perdió la cabeza por la joven Adriana Ivanovich, que le inspiró la novela ‘Al otro lado del río y entre los árboles’ y se reencarnó en Renata, y en menos de seis años le mandó más de 2.000 cartas. Amor, amor, amor o la furia de vivir.

*Tristan Tzara besa la mano de Nancy Cunard. La foto es de autor desconocido y está fechada en 1920.

ARAGONESA LOCURA DE AMOR

ARAGONESA LOCURA DE AMOR

El amor ha inspirado grandes obras de arte. Ha sido uno de los estímulos decisivos de la creación. El amor y su envés: el desamor, como sucede con Francisco Pradilla que representó la locura y la enfermedad de amor de Juana la Loca, y plasmó con una increíble y luminosa elegancia otro tema amatorio en ‘La carta’. El amor da origen a algunos de los cuadros más hermosos de Goya, como el retrato de la duquesa de Alba o las ‘majas’. La historia de las ‘majas’ está envuelta en enigmas, y la mayor de ellas sigue siendo la identidad de la mujer desnuda y vestida que nos mira. Quizá el mejor cuadro de amor de Goya sea su retrato de la condesa de Chinchón: asombrosa delicadeza en el dibujo de un alma.

Uno de los grandes gestos de amor de todos los tiempos en Aragón es una obra arquitectónica: el palacio de Larrínaga, un proyecto que inició Félix Navarro hacia 1900 y que a partir de 1911, tras la muerte del zaragozano, asumió el arquitecto madrileño Fernando de Escondrillas, que puso fin en 1920 a un edificio ecléctico y deslumbrante, adornado con barcos que combaten la tormenta y el cierzo, conchas, anclas… Ese edificio majestuoso fue el regalo de amor que le hizo Miguel Larrínaga a su esposa Asunción Clavero, nacida en Albalate del Arzobispo. Se habían conocido en Zaragoza, se casaron en Liverpool en octubre de 1897 donde  el joven se había hecho cargo de una empresa marítima familiar. Para aliviar las nostalgias de su esposa, Larrínaga mandó construir el palacio. Asunción falleció en 1939 y jamás estuvo en su interior por culpa de las andanzas de su marido, la I Guerra Mundial y el estallido de la Guerra Civil. Esta historia, y otras, la relataron Ignacio Iraburu y Jesús Martínez Verón en un libro espléndido: ‘Los cuatro viajes del palacio de Larrínaga’ (Ibercaja, 2000).

 

Otro misterio de amor lo vivió y lo desarrolló el pintor e ilustrador turolense, afincado en Zaragoza, Manuel Bayo Marín (1908-1953). Parece ser que él vivió entre dos amores que empezaban por las mismas iniciales: PB. Una era morena, la joven Pilarín Burgues; y la otra, rubia: la pianista Pilar Bayona. Las dos eran lectoras de ‘La voz de Aragón’. Pilarín Burgués confesaba en una sección habitual del periódico que lo que más le gustaba era Bayo Marín, y Pilar Bayona daba un rodeo: decía que lo que más le gustaba era la publicidad. Una publicidad moderna y espectacular que hacía Bayo. Este aludía a su secreto de amor añadiendo a su firma las iniciales P.B. ¿A quién pertenecían? Andrés Ruiz Castillo, que dedicaría casi toda su vida a HERALDO luego, sugería en 1930 que Bayo estaba enamorado de la pianista (que dejaba un pelotón de enamorados a su paso), a la que le dedicó una caricatura.

El bibliófilo y escritor José Luis Melero recuerda en ‘La vida de los libros’ (Xordica, 2009), una historia de amor entre Francisco Bastos Ansart y su mujer, que era además su sobrina, hija de su hermano, político y escritor, que también era su suegro. Francisco Bastos Ansart fue, además, el médico que atendió infructuosamente a Durruti, herido por su propia metralleta. Escribe Melero: “Bastos Ansart estuvo enamorado toda su vida de ella de una forma extraordinaria y a su muerte le dedicó un libro conmovedor [‘Una vida de mujer’ (1965)]. Era éste tan apasionado que les dio miedo a los censores y sólo autorizaron su difusión privada -de ahí su rareza-, prohibiendo que pudiera distribuirse en librerías”. Jorge Gay publicó un libro, ‘El amor nuevo’ (Fundación Amantes, 2009), en colaboración con Ignacio Martínez de Pisón, que nace de su mural dedicado a ‘Los amantes de Teruel’, donde recrea visualmente la leyenda como “un ideal de convivencia”. Mariano Gistaín y María Pilar Clau firman en ‘Lo mejor de Zaragoza’ (Zaragoza Global, 2009) una declaración de amor recíproca y una declaración de cariño a “la ciudad del amor”, en el tiempo, en la historia y en sus espacios.

Aquí faltan muchos homenajes de amor (las canciones de Amaral, Labordeta, Carbonell o Bunbury, las novelas de Pilar Sinués, que se casó por poderes con otro escritor Marco, los poemas de Miguel Labordeta, el amor de Conchita Monrás y Ramón Acín…), pero acaso exista otro que no habrá pasado inadvertido. Se trata del cuadro ‘Démeter Ecce Mulier’ (2005), instalado en el Casino Mercantil, hoy Cajalón, en el que el pintor Eduardo Laborda retrata a su compañera y pintora Iris Lázaro, como diosa de la agricultura, en medio del paisaje de Ágreda (Soria) y con unas granadas abiertas en la mano. El rostro de Iris acusa la tristeza. Dice el artista: “En aquellos días su padre estaba gravemente enfermo y yo he querido retratar la intimidad de su dolor, pero es sin duda un cuadro de amor”. Joaquín Costa amó a mujeres como Concha Casas, Fermina... Otra de ellas fue Isabel Palacín, a la que llamó Elisa en sus ‘Diarios’. Acababa de quedar viuda. De esa relación nació una niña, que Costa no reconoció y se bautizó con el nombre de Pilar Antígone. Fue ella quien cuidó en sus últimos años, en Graus, al polígrafo de Monzón. Su padre, antes del adiós, la llamó Mariíta.

*Este artículo apareció el domingo en 'Heraldo de Aragón'. Agradecería cualquier información y nota sobre otras historias de amor. Arriba una caricatura de Bayo Marín realizada a la pianista Pilar Bayona en 'La voz de Aragón' y en medio, tomada de flickr, una visión del palacio de Larrínaga.

 

POESÍA Y MEMORIA DE PACO URIZ

POESÍA Y MEMORIA DE PACO URIZ

“La memoria tiene voluntad propia, se acuerda de lo que quiere. Su selectividad es incontrolable y dispone a su antojo sus agujeros negros. Para redactar ‘Pasó lo que recuerdas’, he utilizado poca documentación, pero hubo un momento en que noté errores en otros libros de memorias y de recuerdos, Umbral, por ejemplo, decía que y decidí que eso no iba a pasarme a mí. Hice una cronología de mi vida, aunque luego eso no aparece. Y recurrí a los seis o siete diarios que escribí para mi esposa Marina Torres durante mis viajes; había notas que ya no sabía bien a que se referían, pero estaban allí y me han hecho reír. Este es un libro que habla de política y de literatura”. Francisco J. Uriz (Zaragoza, 1932) tiene una existencia rica en aventura, amistad y acontecimientos: licenciado en Derecho, militante del Partido Comunista, amigo personal y compañero de Olor Palme, “embajador” discreto de la poesía iberoamericana en Suecia, y traductor de más de 8.000 páginas de lírica nórdica, alrededor de 200 escritores (entre ellos, su adorado Günnar Ekeloff, el citado Lundkvist, Peter Weiss o Ingmar Bergman). En Ibercaja publicó sus memorias: “Pasó lo que se recuerda”.

            “El azar ha marcado mi vida. Es una de las pocas cosas que tengo claras. Por ejemplo, en la Universidad de Zaragoza había dos becas para alrededor de 700 u 800 alumnos, y a mí me dieron una sencillamente porque tenía pasaporte, algo que le debía al Ejército español que me había declarado ‘inútil total’. Y eso me permitió salir a Europa. En un campo de trabajo, descubrí a un grupo de italianos, me uní a ellos, y había una finlandesa a la que seguía a Finlandia. Y así conocí a John Donner, con el que establecí relación de inmediato. Él me dio las primeras ediciones que tuve de Neruda y me ayudó a conocer a Brecht”. Ese encadenamiento de causas y azares, que es la vida, conduce a su amigo Luis Lacasta, que le dijo: “Vente a Suecia”. Lacasta estaba haciendo un trabajo sobre Ingmar Bergman y se unió a él. Y más tarde, contactó con Artur Lundqvist, escritor y secretario de la Academia Sueca, con el “cual trabajé en una antología de la poesía latinoamericana: Huidobro, Borges, Vallejo… Y también hice una muy amplia sobre Pablo Neruda, al que conocí. Asistí a un recital suyo donde recitó el actor Max von Sydow”. En su estancia en Suecia, que se prolongó alrededor de 40 años, Uriz conoció a García Márquez, Aleixandre, Neruda. “Neruda me mandó una carta muy curiosa y breve. Me decía: ‘Qué grande es la poesía de Artur. Sus traducciones, Uriz, son impresionantes. De todos los escritores, uno de los que más me impresionó por su humanidad fue Cortázar. Siempre estaba pendiente de ti, casi sin que te dieses cuenta. En uno de mis diarios tengo anotada una frase que me dijo: ‘Oye, Paco, qué fantasía tienes’. Y no deja de resultarme chocante porque no recuerdo a qué se refería y él para mí era el dios de la imaginación y la fantasía”. El libro está lleno de anécdotas jugosas, de viajes, de otros personajes, entre los que destacan el primer ministro sueco Olof Palme, con quien viajó a Latinoamérica en 1984, y Fidel Castro, al que hubo de traducir para los suecos.

“En política me ha movido, sobre todo, la solidaridad, el ansia de una sociedad más justa y el afán de hacer algo en la lucha contra la dictadura de Franco y el apoyo solidario a las víctimas de otras; en literatura, la vocación de puente literario entre mis países, el de origen y el de acogida, me llevó a la traducción”.  

 

*Recupero esta conversación de hace algún tiempo con el poeta y traductor Francisco J. Uriz que presenta el martes en Ámbito Cultural dos libros: Accesorios y complementos y Cuaderno de bitácora, publicados por Libros del Innombrable, a las 19:30h. Intervendrán Natalio Bayo, Juanjo Vázquez, María José Benedí y Francisco el autor. La ilustración es de la pintora Zinaida Evgenievna.

JUAN GARCÍA. TENOR DE SARRIÓN

JUAN GARCÍA. TENOR DE SARRIÓN

 

El “Diccionario de cantantes líricos españoles” de Joaquín Martín de Sagarmínaga, publicado por Acento editorial en 1997, contempla una importante nómina de aragoneses: Mariano Ayneto, Antonio Aramburo, Elvira de Hidalgo, Andrés Marín, Miguel Fleta, Pilarín Andrés, Bernabé Martí o Pilar Lorengar, entre otros. Entre ellos también figura por derecho propio Juan Francisco García Martín, el tenor ligero nacido en Sarrión (Teruel) en 1896 y fallecido en Buenos Aires en 1969 tras una carrera dilatada en la ópera, en la zarzuela, en la jota e incluso en el cine, en colaboración con Edgar Neville, nada menos. El Ayuntamiento de Sarrión, con la colaboración de la Caja Rural y el Gobierno de Aragón, ha publicado un cedé que recupera una buena parte de las canciones, fragmentos de ópera o jotas de su paisano más ilustre: “El tenor Juan García. Temas de una vida”: 23 piezas, la mayoría de ellas grabadas en discos de piedra.

            El cedé contiene un libreto elaborado por el profesor y escritor Juan Villalba y la profesora Rosa Rubio. Villalba ha rastreado en periódicos y revistas una biografía esquinada, llena de datos falsos. El propio Juan García mintió en alguna ocasión a propósito de su nacimiento, dijo que había nacido en 1900, lo cual lleva a errar al Martín de Sagarmínaga en su entrada. Nació en julio de 1896, y fue hijo de Pío y Saturnina. Él era ciego, tocaba espléndidamente el órgano y dirigía la rondalla de Sarrión. “Es mi padre. El pobre viejo es ciego de nacimiento, a quien de chico y de mozo guié por el mundo. (...) Esa desgracia terrible, su desgracia, es la causa de mi gloria. Aprendí a cantar acompañado de la guitarra por él, que me escuchaba embelesado, y que sin duda me suponía como no soy. Su única ventura. En sus sueños me veía conforme deseaba”, contó García. Al parecer, su madre también había alimentado su pasión por la música y su buen gusto en el cante; en particular, lo acercó a la jota.

            La infancia de Juan García transcurrió en Sarrión, Abejuela y Valbona, donde ejercía de cura su tío Elías García. Este fue de los primeros en percatarse de sus facultades canoras y lo mandó internó a Salesianos en Barcelona, donde aprendió las materias habituales de la enseñanza, y además solfeo, guitarra y piano. Más tarde, trabajó como tipógrafo y como empleado de Fomento, y hacía sus primeros pinitos en los coros de zarzuela que actuaban en el Tívoli. Su fama, en círculos reducidos y especialmente en Sarrión y alrededores, crecía a pasos agigantados. Era un magnífico cantante de jota: “El mañico”, allá por donde iba. Vino a Teruel con el afán de ganar una beca de la Diputación turolense, se la denegaron, pero contó con dos mecenas que lo enviaron a estudiar a Milán: Francisco Piquer y su propio tío Elías. Hubo de ganarse el derecho a una oportunidad –tenía como profesor a Arnaldo Galliera- con el sudor de su frente: se empleó de vendedor de tejidos y de pintor de brocha gorda. Cuenta Juan Villalba que un día, mientras encalaba una pared, la soprano Toti del Monte lo oyó cantar. Comentó acerca de su voz: “Algo corta en los agudos, pero hermosa”, anota Juan Villalba, consciente de que esta anécdota bien podría ser un apéndice del mito. El estudioso define así el timbre de García: “Su voz, superligera y algo relamida, suena limpia y atractiva”. A partir de ese descubrimiento, Juan García fue llamado para actuar por teatros de provincias en “El barbero de Sevilla” e hizo, algunos meses más tarde, en 1924, su debut en el Teatro Comunale de San Remo en el papel del Duque de Mantua de “Rigoletto”. Ahí empezaba la espiral del éxito, que duró algo más de cinco años. Hasta principios de 1930. Villalba rescata un divertido y atinado texto de Felipe Sassone: “Juan García pasaba una mala racha e iba con un muestrario de corbatas, calcetines y chalecos de punto a buscar unas liras como viajante comisionista para pagar su pensión en la casa de un cura”, recuerda.

            En la primavera de 1925, Juan García debutó en el Tívoli de Barcelona como protagonista de “Manon Lescaut” de Massenet. Aquel concierto, con la soprano francesa Genoveva Vix, tuvo dos invitados de lujo: Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. Un crítico subrayó: “Trátase de un tenor que por las notabilísimas facultades que demostró, está llamado a ocupar un puesto preeminente en su arte. Su voz es de timbre agradabilísimo, muy flexible y educada para lograr una exquisita matización”. Luego, García se marchó de gira por Egipto con la compañía de Pietro Mascagni. En diciembre de 1927 se presentó en el Teatro de la Zarzuela con “El barbero de Sevilla”, junto a la célebre y hermosa mezzosoprano Conchita Supervía. Se dice que Juan García dedicó un pequeño homenaje a la cantante que murió en Londres en 1936 tras haber grabado más de 200 discos: “Es España mi nación; // Aragón, la patria mía; // Cantar aquí, mi ilusión; // Mi musa, la Supervía”.  Ambos cantantes fueron recibidos en el Palacio Real y recibieron varios obsequios de oro y de brillantes.

 

La carrera de Juan García tuvo otros detalles emotivos: actuó en el Teatro Marín en Teruel en mayo de 1929 en dos conciertos benéficos, en el Teatro Principal de Zaragoza, en Sevilla, el Pueblo Español de Barcelona (posiblemente ante 16.000 personas, nada menos). Finalmente, abandonó la ópera y orientó su camino hacia la zarzuela, la jota, la composición poética de canciones (escribió “Morucha”, un éxito al que le puso música su colaborador, el pianista Juan Quintero), formó su propia orquesta y en marzo de 1936 emigró a Buenos Aires, donde se casó con la francesa Lucía Ruhliez. Ya nunca más regresaría a España, pero tenía claro que en Sarrión esperaban que volviese para quedarse.  

*Sé que había colgado aquí en el blog este texto. Lo publiqué un verano en ’Heraldo’. Uno de los grandes conocedores de su trayectoria es Juan Villalba Sebastián. Me manda algunos fotos y cuelgo aquí una. Juan Villalba está trabajando muy duro para seguir aportando datos sobre el tenor y jotero que acabó su carrera en Buenos Aires.

 

CALVOMOÑACO DE AMOR

CALVOMOÑACO DE AMOR

Me dijiste: A veces sueño que te vuelves hiedra o laurel, selva espesa, corazón salvaje de retama. A veces sueño que sales al bosque y caminas con los ciervos, con los huraños jabalíes, con las alimañas que se ocultan tras la senda tenebrosa de los pinos. Te dije: Es verdad. Hay una hora del día o de la noche, no lo sé, confundo la luz del sol y el temblor apagado de la luna, en que salgo por el mundo. Sin rumbo incierto. Con mi canción en los labios. Andrajosa, con el pelo revuelto y sin poemas en los bolsillos. Y al final llego al bosque, y me tiendo bajo el ramaje. Coloco el oído sobre la tierra húmeda y espero que ocurra algo. Deseo oír tus pasos a lo lejos, ansío oír tu canto de amor que se esparce entre la noche y la niebla del sueño. Me dijiste: A veces imagino que te encuentro junto al río lento del tiempo. Te dije: Me refugio bajo las lágrimas de los sauces y espero. Te digo: Ven. Avanza. Mi cuerpo se debilita con la música del agua.

 

*Alberto Calvo ‘Supermaño’ me ha mandado a mí, y al fotógrafo Manuel Martín Mormeneo, un nuevo dibujo, una aguada. Me ha sugerido esto. Podría decirse que es un poema de amor. Un poema del Día de San Valentín.

 

UN CUENTO DE JUAN VILLALBA

UN CUENTO DE JUAN VILLALBA

ASESINOS

 

Por Juan VILLALBA SEBASTIÁN*

                  

A Gonzalo Montón.

 

         Iba a ser mi primer trabajo, mi prueba de fuego real. Entramos en el bar con decisión, sin mirar a los lados.

-¿Qué vas a tomar, J.V? –me preguntó G.M haciendo un gesto para llamar la atención del camarero, un chico joven de ojos saltones y azules como el mar azul.

-Una Sputnik –le contesté.

-Ya lo has oído, una Sputnik y una cerveza negra, muchacho –pidió G.M.

 

         En el fondo del local, un grupo de hombres maduros y trajeados flirteaban con unas jovencitas montando cierta algarabía. Fuera comenzaba a anochecer.

-¿Quiénes son, muchacho? –preguntó G.M levantando levemente la barbilla en dirección al grupo.

-Políticos –contestó el chico arrastrando la palabra por el fango del desagrado.

-¿Qué hacen aquí esta tarde? –se interesó G.M.

-Ya lo ve, vienen casi todos los días y tontean con las chicas, ya sabe… se toman unas copas… las invitan… las provocan… luego se marchan todos juntos a pillar cacho… Usted ya me entiende… –respondió buscando nuestra complicidad.

-Sí –afirmó G.M moviendo la cabeza afirmativamente y guiñándole un ojo. Algunas parecen menores, ¿verdad, muchacho? –añadió poniendo un billete sobre el mostrador.

-Seguramente –contestó mientras se cobraba las consumiciones.

-¿Conoces a José Ángel Bonete, el concejal de urbanismo? –inquirió G.M.

-Sí, es aquel del rincón que achucha a la más jovencita de todas.

-Eres un chico vivo, llegarás lejos – dijo G.M dejando en el plato las vueltas como propina.

Nos sentamos en  un reservado para ultimar el plan.

-Ha llegado el momento de la verdad, muchacho –dijo G.M. pasándomela oculta debajo de su sombrero de  paja de ala ancha sobre la mesa.

 

La cogí con cierta inseguridad y él, de inmediato, vio la duda agazapada en el dedo índice de mi mano derecha, al tiempo que un ligero temblor en la izquierda confirmaba sus sospechas.

-Atiende a este consejo de un viejo zorro, una vez un tipo con el que trabajé me dijo que en un asesinato no se puede ser inocente sin ser al mismo tiempo la víctima, no estoy de acuerdo, en un asesinato nadie es inocente, ni siquiera la víctima. Por eso, no te lo pienses, plántate frente a él y dispara sin dudarlo ni un momento –me aconsejó mirándome fijo a los ojos con el aplomo de un profesional veterano- Ya lo has oído, es aquel que coquetea con aquella jovencita en el rincón, pura basura, acércate un poco más si quieres y ocupa una buena posición, distribuye el peso de tu cuerpo sobre las dos piernas, flexiónalas un poco y  cuando lo tengas a tiro, no lo dudes, dispara sin perder un segundo, hazlo repetidas veces, para asegurarte de no fallar. No veas en él a una persona, alguien con familia y todo eso, para nosotros es  únicamente trabajo, nada más, algo que hacemos por dinero, tan sólo es un objeto inerme, sin pasado y, por supuesto, a partir de este momento, sin futuro. Después vuelve sobre tus pasos con rapidez, yo te cubriré la salida por si hubiera algún problema. Es muy fácil. No te preocupes, todo irá bien –concluyó tranquilizador.

         Sin pensármelo dos veces me levanté, salí del reservado y en tres zancadas me situé a poco más de cuatro metros de la víctima. Disparé varias veces, como me había indicado G.M. Nadie se movió, tan sólo sus caras reflejaban asombro y un cierto desconcierto. Él quedó allí, sobre el diván, boqueando como un pez fuera del agua, aflojándose el nudo de la corbata, tratando de meterse el oxígeno necesario para seguir viviendo a cucharadas. Salí rápido, pero sin precipitarme. G.M. me esperaba en la puerta, como habíamos planeado.

Cuando abandonamos el local, todavía resonaban en mis oídos las palabras suplicantes de Bonete: “¡No me mates! ¡Diles que no me maten!”, como en el cuento de Rulfo, pero ya era demasiado tarde: mi mano izquierda sostenía la cámara Leika, mientras el pulgar y el corazón manejaban con precisión el objetivo de 50 mm., al tiempo que el dedo índice de la derecha apretaba el disparador repetidas veces para acabar con cualquier arranque de inesperada dignidad, para matar una y otra vez cualquier atisbo de decencia, para asesinar al joven idealista licenciado en periodismo, convertido a partir de ese momento en paparazzi. Ahora, ya en la calle, sólo pensaba en el dinero que nos darían en la agencia por las fotos y en el próximo trabajo.

 

*Este cuento de Juan Villalba Sebastián pertenece a su libro ‘Cuarto menguante’, que publicaba recientemente Eclipsados, el sello de otro turolense, Ignacio Escuín Borao. La fotografía corresponde a uno de los protagonistas del relato: el profesor, cinéfilo y escritor Gonzalo Montón.