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01/03/2005
 MEMORIA SENTIMENTAL DE NUESTRA INFANCIA Y ADOLESCENCIA Entrevista con Sancho Gracia (Madrid, 1936) -Usted nació en Madrid pero pasó su infancia en Uruguay. -Sí, allí viví mi infancia y fui a la Escuela Municipal de Arte Dramático que lo dirigía la gran actriz española, republicana, Margarita Xirgu. La conocí, claro, y trabajé con ella. Hice el convidado sexto o séptimo del novio en “Bordas de sangre”, y trabajé también en “Sueño de una noche de verano”, donde hacía el alabardero 48, pero bueno, de alguna manera hay que empezar, y sí estudié con ella. -¿Por qué se dedicó al teatro? -Tenía vocación: siempre tuve vocación de actor. Permanecí en Montevideo quince años seguidos, luego iba y venía bastante. A mi padre se lo llevaron de aquí para trabajar en la embajada; mejor dicho, mi padre fue emigrante, primero a Brasil, y luego a Uruguay, y allí trabajó y murió enseguida. -Entonces regresó a España, supongo. Y casi le pasa lo que cuenta en “800 balas” de Alex de la Iglesia. -No, no. Eso será luego. Le cuento: volví a España en el año 1962; en realidad me iba para Estados Unidos, porque mi madre y mi hermana vivían a Nueva York. Y un día acompañé a un amigo mío uruguayo que estaba ensayando con don José Tamayo una obra de teatro, “Calígula” de Albert Camus. Y entonces, fíjate, le faltaba, el Escipión. José María Rodero hacía Calígula. Me presentaron a Tamayo; tuvo gracia lo que me dijo porque yo hablaba con la ese, con acento criollo puro, no, y me dijo: “¿Usted puede hablar en español?”. “Hombre, ¿en que hablo yo? Creo que sí”. En definitiva, que me contrataron para hacer Escipión y debuté en el Teatro Romano de Mérida haciendo “Calígula”, y no sólo “Calígula” sino que ya a partir de ahí me dio una serie de personajes maravillosos. -¿Cuáles? -Yo hacía un personaje de “Divinas palabras” de Valle-Inclán, Don Fernando en “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega, y el Leandro de “Los intereses creados” de Jacinto Benavente, que siempre lo hacía una mujer o un actor de características sutiles, delicadas, débil. Y me hice una gira por toda España. -Según algunos datos suyos, creo que su primera película fue del año 65. -No, no. Fue del 1962. Había hecho algunas cosillas con Jesús Franco, con el cual hice una película en la que trabajaba yo de “negra”, digo bien de negra porque era una orquesta de negras, pintadas, y vestidas de mujer. Se llamaba “Vampiresas 1930”, con Micaela, una actriz famosa que ya murió. La realidad del asunto es que yo empecé a trabajar con un papel bueno en una película francesa, “La otra mujer”, en la que las actrices y los actores principales eran Annie Girardot, una actriz excepcional, Alida Valli, Francisco Rabal, un actor estupendo como era Antonio Casas, Richard Johnson y yo. Bueno, bueno, también trabajaba Ana Mariscal, Cándida Losada; y yo tenía un papel muy importante. La película se rodó en Almería. Ya ve que el cásting era magnífico: no funcionó. -Recuérdeme a uno de los seres más hermosos y enigmáticos del cine: Alida Valli. Es imposible olvidar la última escena de “El tercer hombre”, cuando pasa, indiferente y bella, ante Joseph Cotten y no se para... -Era guapa, guapa. ¡Guapa! Tenía una belleza en los ojos, eran violetas, yo que sé... Y Annie Girardot, una gran actriz. -Demos un pequeño salto. Algunos años después empezó a hacer spaghetti western... -Sí, sí. Hicimos “El oro maldito” con Giulio Questi, buen director, “La furia de los siete magníficos”, “Marco Antonio y Cleopatra” con Charlton Heston también. El asunto de especialista, que hago también en la película de Alex de la Iglesia, ¿sabe de dónde viene? Viene de que yo en casi la totalidad de películas de acción, casi todas las cosas de acción las hacía yo. Las sé hacer y me gustan. Realizaba cosas de especialista, no trabajé nunca, pero sabía hacerlas. -Sé que estos días se ha vuelto a hablar de su romance con Raquel Welch durante la película “Cien rifles”. -Sale en la película. No le voy a contar nada más. Sale. Ella vino aquí a hacer esa película y luego hizo otra en otra en Canarias. Era una chica encantadora, bellísima, ahora está haciendo teatro. Tengo un recuerdo estupendo de ella. -Todos le recordamos por “Los tres mosqueteros”. Pertenezco a esa generación de niños que salían de colegio con el entusiasmo de ver aquella serie. ¿Qué le queda de D’Artagnan? -Eso ya fue hacia 1970. Tengo recuerdos muy bonitos. Lo único que ocurría era que el trabajo era agotador. Al mismo tiempo estaba en Barcelona haciendo una función de teatro que se llamaba “La mamma”, que está sacada de una novela de un francés André Roussin, actuaba con Mary Carrillo. Al mismo tiempo, me levantaba a las cinco o a las seis de la mañana para hacer “Los tres mosqueteros”. Y el recuerdo es bonito: fue, tal vez, la primera serie de acción real que se hizo en Televisión Española. Y todo lo hacía yo. Nunca he tenido suplantador. Tiraba, y tiro, me peleaba, montaba, saltaba, y de ahí viene en cierto modo el rollo del “especialista”. -Le seguíamos por la prensa del corazón: “Hola”, “Semana”, creo recordar que se casó usted por entonces por una periodista. -¿Cree usted, sí, que salía mucho en la prensa del corazón? Me casé con una periodista y sigo casada con la misma, uruguaya. -Ya entonces daba una sensación aplastante de seguridad, de que se comía el mundo, rozando casi la altanería. ¿O no? -¿Sensación de seguridad, en cuánto a qué, a la vida o a la interpretación? -A ambas cosas, me temo. -Yo creo que había una especie de defensa. Pero el ser humano tiene momentos de seguridad y de fragilidad como cualquier vecino. Lo que pasa es que muchas veces la apariencia física, al espectador o al personaje que te ve, le da la impresión de que eres un tipo seguro, y yo tengo mis ratos de dudas. No soy ni una máquina ni un tío hecho en un laboratorio. He tenido, y tengo, mis momentos de inseguridad. -Luego hizo “Los camioneros”. -Sí. Era una serie preciosa y estaba dirigida por Mario Camus. Fue la primera serie que se hizo en televisión, que se filmó en 35 mm. Y a partir de ahí yo no hice nunca una serie que no fuese filmada, por eso yo no extrañaba mucho el cine. Y yo además era el productor. Y después de ésa, creo que ya hice “Curro Jiménez”. Empezamos el día de la República, el catorce de abril de 1975, aún no se había muerto Franco. -Le hemos identificado mucho con ese personaje. Le venía que ni anillo al dedo. Era un personaje con un pasado borrascoso, decidido y con un sentido moral de la justicia tremendo... -Tenía un sentido moral porque no había más remedio que ponerle una moralidad, pero era un perdedor total. Curro era un hombre al que se le muere el padre, le quitaban la barca, habían violado a su novia y le echan de los pueblos. No le quedaba más camino que matar a los hijos del alcalde y echarse al monte. El tipo se convierte en bandolero, pero sí tenía sentido de justicia. No hubo más remedio que poner a los franceses, porque en aquel momento no nos dejaban poner a los alcaldes. Vivía “el santo” todavía y existía la censura. Este personaje había vivido cien años antes de la Guerra de la Independencia. -He leído que fue una idea suya hacer una serie sobre este personaje real conocido como “El barquero de Cantillana”. -Sí. Había una biografía de Fernández y González, y otra de Bernaldo de Quirós. Pero fue una serie que me inventé yo: me leí los personajes, elegí al guionista Taco Larreta, escribimos juntos el primer guión, y yo lo presenté a televisión. Y luego ya, aparte de eso, los primeros trece episodios los produjo TVE y el resto los produje con TVE. Hombre, creo que puedo sentir un poco de orgullo. Creo que la serie estaba bien hecha. Estaban los mejores directores: Mario Camus, Pilar Miró, Antonio Drove, Giménez Rico, Romero Marchén, Emilio Martínez Lázaro... -Lo que le envidiábamos casi todos es que se llevaba a las chicas más bonitas que había en España: Blanca Estrada, Teresa Rabal, Pilar Velásquez... Usted era casi un fauno o un sátiro. -Total, total. Ja, ja, ja. Es cierto. Trabajaron en la serie las chicas más guapas y buenas actrices todas del momento. No faltó casi ninguna ni tampoco ilustres veteranas como Irene Gutiérrez Caba, Lola Lemos, Cándida Losada, y actores importantes. -En cualquier caso, para usted, en caso de todavía lo necesitase, era una formidable escuela de actor. -Para mí esa serie fue definitiva en todos los sentidos, pero aún lo es hoy porque después de 27 años usted me la recuerda, la gente me la recuerda y me dice al pasar: “Curro”. Y eso quiere decir que ha funcionado en el público y también entre los profesionales. Voy por los pueblos y aún me dicen: “Sancho, éste caballo negro es el caballo de Curro Jiménez”. Todo el mundo tiene el orgullo de tener el caballo que yo montaba, y se puede suponer que Curro no podía tener 40 caballos. Además, después de 27 años, el pobre demonio de caballo, ¿dónde demonios estará? -Creo recordar que usted apoyó públicamente no sé si a UCD o Adolfo Suárez. -A Adolfo Suárez. Lo hice sobre todo por amistad. Era amigo mío, es amigo mío, nos habíamos conocido cuando él trabajaba en televisión. Y aparte de eso, cuando no estaba en televisión, fue padrino de un hijo mío, de Rodolfo. Y apoyé a Adolfo Suárez. -¿Se ha arrepentido alguna vez? -Para nada. Pero yo siempre estuve a la izquierda, no de ahora. Adolfo lo sabía, yo no tenía ningún empacho en decirlo. Lo único es que son cosas que, a mi entender, en ese momento no se pegaban de tortas. Lo que está claro es que yo no he sido nunca del PCE, nunca, no por nada, sino porque no lo era. Era un hombre de izquierdas, socialista, pero apoyé a Adolfo Suárez porque me parecía que era la mejor opción. Y de hecho se ha demostrado que ha sido un hombre válido. -Hay otra faceta de su vida por la que es famoso también: la bohemia, la noche, el exceso, las tertulias. -Siempre me han gustado sí, pero ahora ya no. Ahora salgo muy poco, pero me ha gustado la tertulia por el hecho de la tal tertulia, por cambiar ideas y hablar, y mantengo una tertulia a la que voy poco ahora a la que acude el productor Elías Querejeta, el guionista Manuel Matji, filósofos, periodista, pintores. -Usted, se lo he leído, se mira en los espejos de Paco Rabal o Fernando Fernán Gómez. -Siempre. Son grandes amigos míos y una representación fuerte y válida de lo que es la profesión de actor en España. Ha habido otros, que ahora están muertos; he trabajado con José María Rodero, José Bódalo, con Carlos Lemos... Hice una obra de teatro para televisión, “Doce hombres sin piedad”, en la que había actores maravillosos, Jesús Puente, Ismael Merlo, y yo creo que una de las cosas básicas que los actores deben hacer es fijarse, no tanto para copiar como para tener una referencia de las cosas que se pueden hacer o no. ¿Me permite una vuelta atrás? -Desde luego. -Yo creo que el reflejo de mi forma de ser, llamémosle política, está muy claro en las cosas que yo he hecho y he producido. Ahí están “Los camioneros”, que es una serie sobre el trabajo, “Curro Jiménez”, que es un tipo contra el bando establecido, un bandolero; luego he hecho la película “Gallego”, basada en la novela de Miguel Barnet, que se basa en la historia de un emigrante; después he sido el productor de “Huidos”, una historia de maquis. Es decir, que mi trayectoria ha sido bastante clara. He trabajado aquí en Zaragoza con los chicos de El Temple, donde hice Goya. -¿Qué recuerdo tiene de eso? -Estupendo. Muy bueno. Son unos chicos estupendos. De verdad. -Acabemos con “800 balas”... -Para mí esta película ha sido renacer un poco, en mi carrera y de ilusión. Para mí trabajar con Alex de la Iglesia ha sido un renacimiento, no por el cariño y el amor que le profeso, no sólo por eso, sino como director. Es una persona entrañable; no entrañable, sino serio en el trabajo, sabe lo que quiere, y te transmite confianza. Ha sido muy importante para mí este papel, que además por fortuna escribió para mí. Por eso mi agradecimiento es total. -Sancho, usted ha padecido un cáncer, le han quitado un pulmón. Creo que ha dicho que Alex de la Iglesia le ha devuelto la vida. -Quizá haya exagerado un poco. Je, je, je. La verdad es que ahora estoy bien, pero tengo un pulmón menos y hay ciertas cosas de acción que ya no las puedo hacer ni me las dejan hacer los directores por si acaso. Pues, bueno, aquí estamos. *Me gusta remover en mi fondo de armario y encontré esta entrevista con el actor Sancho Gracia, que nos marcó a mucho nuestra infancia sentimental. Como me gusta alimentar siempre mi blog con historias de seres especiales, la cuelgo aquí. Jamás he podido olvidar la fascinación por "Los tres mosqueteros" con Ernesto Aura, Joaquín Cardona,Víctor Valverde, Félix Navarro, Francisco Piquer, Maite Blasco (de la que me enamoré irremisiblemente: lloré el día en que, tras volver del colegio, fue envenenada) o Elisa Ramírez (marcada aquí, como Milady de Winter, con la flor de lis en el hombro: aquel era un amor perverso y pecaminoso)...
03/03/2005
En la Galicia legendaria de Álvaro Cunqueiro y Rafael Dieste los niños crecíamos entre la fascinación y el miedo. Por las noches, al calor de la lumbre, mientras el chicotazo del vendaval golpeaba la chimenea, se contaban historias que dilataban el insomnio. Allí, una noche tras otra, se oía hablar de aparecidos, de perros negros que vivían en el mar y salían de madrugada a deambular por los alrededores, de fantasmas encerrados en el interior de la piedra, de vampiros y hombres lobos. Del lobo se decía que poseía una mirada hipnótica y que desplegaba una especie de “aire de lobo” unos cientos de metros a la redonda, de tal modo que, aunque no lo vieses, si andabas por allí podías quedarte literalmente petrificado. Y a veces, uno de los narradores de las improvisadas “Mil y una noches” de aldea ponía un ejemplo inapelable. Fulanito de tal estuvo en medio del bosque paralizado de espanto dos meses y siete días con sus noches, hasta que decidieron enterrarlo lejos del cementerio. El hombre lobo o “lobishome” formaba parte del imaginario común: era el séptimo hijo varón de la familia y notaba el desorden de su cuerpo y la furia de sus sentidos bajo el influjo de la luna llena. Durante el día había algunos indicadores o pruebas externas de lo que habías oído. Como un presagio constante o un sordo diálogo con el trasmundo, algo difícilmente explicable. Pero también veías llegar a los charlatanes de aldea y mendigos que te ofrecían distracción y un manjar de historias a cambio de un poco de pan, algo de fruta o unas monedas. Y en sus cuentos siempre había narraciones picarescas, algún crimen, damas perversas, sortilegios y monstruos. Quizá el tipo más extraordinario de entonces fuese el caballero Demonio, que nos parecía de carne y hueso. Lo suponíamos con un rostro rojizo, abundante cabello, esquivo y torvo mirar, y tal vez un largo rabo. Nuestras madres también lo temían: cuando íbamos por leña o a jugar en el corazón del soto nos hacían llevar un crucifijo o un diente de ajo, que era un talismán contra su maldad. No compareció nunca. En aquella Galicia legendaria de Álvaro Cunqueiro y Rafael Dieste, poblada por cazadores de dragones y tesoros, por boticarios asombrosos que curaban la locura o la desesperación con un enigma lingüístico o matemático, sabíamos que en la alta noche de las sombras había pasos inquietantes, fantasmas al acecho, muertos que reaparecían durante el sueño e incluso un extraño ser que vivía al revés: empezaba siendo anciano, recobraba día a día la juventud, hasta que al fin se volvía niño, bebé y definitivamente semilla. Aquello sólo fue la revelación de una realidad escurridiza que tenía una proyección inequívoca en las mitologías del mundo. Galicia formaba parte de un muestrario universal de mitos y de figuras de leyenda, y aquello que nos parecía tan íntimo y nuestro era de todos. De las mitologías germánicas, célticas o hindúes. De Aragón, la Patagonia, de las tierras que riega el Danubio o de África. De alguna manera, tras frecuentar diccionarios e enciclopedias, y obras como “La rama dorada” de Fraser, vimos que el universo se unía entre sí por estrictos lazos de contigüidad. Éramos especiales, vivíamos el pánico de una manera peculiar, casi física, pero no estábamos solos. Los monstruos de tierra, fuego, agua y aire merodeaban por ahí, cercanos y a la vez intangibles, con su carga simbólica, pero los había de todas las clases y en todos los lugares del mundo. Años después leería en el “Diccionario de símbolos” de Juan Eduardo Cirlot que “simbolizan una función psíquica en tanto trastornada: la exaltación afectiva de los deseos, la exaltación imaginativa en su paroxismo, las intenciones impuras”. Y recordaba que la salvación del héroe “es la salida del sol, el triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la conciencia o el espíritu sobre el magma poético”. La literatura fantástica fue el paso natural de nuestras inclinaciones: descubrimos a esos autores que conviven con el monstruo, con el horror y el estupor, y que abren puertas a un reino de sombras, a un lugar incierto donde se enseñorean el fantasma y las dimensiones turbulentas del existir. Allí estaban, entre otros, Pedro Alfonso y Don Juan Manuel, Cervantes y Quevedo, Cadalso y Bécquer, Emilia Pardo Bazán y Pedro Antonio de Alarcón, Juan Perucho y Valle-Inclán, Ramón José Sender y Baroja. Y con ellos sus criaturas espectrales: alquimistas, brujos postergados, aparecidos, muertos vivientes, elfos, duendes, fantasmas, ángeles, monstruos, seres del envés o de la trastienda de la realidad que nos resultaban cotidianos, entrevistos entre los espasmos del pavor, aunque felizmente invisibles. Entre los nombres extranjeros, figuraban Dante, Lord Dunsany, Maupassant, Le Fanu, Stevenson, Edgar Allan Poe, Italo Calvino, Juan Rulfo, Leopoldo Lugones. Y Kafka, por supuesto, el creador de “situaciones intolerables” que suministra en “La metamorfosis” el asombro desde las primeras líneas: “Una mañana al despertar, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto”. Kafka, como Ambroise Paré, Perucho, Cortázar, Rostand, Borges, Cunqueiro o Javier Tomeo, es un gran aficionado a las bestias y sus transgresiones, de ahí que escriba: “El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga para convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta”. No podemos olvidar aquí a dos autores que nos conmovieron como Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Cortázar supo administrar como nadie la irrupción de la sombra inquietante en la realidad, ya fuese en forma de bestia, de veneno, de pálpito o de fantasma voraz y mecánico que desquicia la sosegada existencia de dos hermanos. Y Borges, que seleccionó una vasta colección de lecturas fantásticas, teorizó acerca de esas figuras monstruosas, e incluso redactó un “Manual de zoología fantástica”; teorizó acerca de visitas a lugares que están más allá del abismo o son el abismo mismo, de regiones intermedias donde la realidad y las tinieblas se entremezclan y se confunden, y de donde volvió con los arquetipos de las figuras perturbadoras de la ficción: gigantes, minotauros, fantasmas, sirenas, grifos, dragones, soñadores, ángeles torturados y hombres inmortales. En su producción menudean títulos como “Libro de sueños”, “Libro del cielo y del infierno”, y fue capaz de encontrar aquellas piezas o aforismos que abordan esta difícil pero embrujada convivencia de seres y géneros, de insectos o alimañas y hombres. “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano… ¿entonces, qué?”, escribió Samuel Taylor Coleridge. En este libro hay todo un inventario de pesadillas con caballero extraordinario, que puede ser vampiro, cazador de dragones, extraterrestre, ángel custodio, fantasma o un tipo ordinario que nos revela el otro foso de la imaginación y la conciencia poética del sueño. Todos avanzan ante nuestros ojos con naturalidad y nos dejan temblando en un espacio intranquilo donde las fuerzas tenebrosas se agigantan a su antojo.
*Este texto saldrá de inmediato, a modo de prólogo, en el libro "Caballeros extraordinarios", una colección de cuentos que publica la editorial Páginas de Espuma de Juan Casamayor. Es casi una pequeña autobiografía de lector. En primer lugar, quiero manifestar mi grata sorpresa cuando me telefonearon desde el British Council de Madrid para comunicarme que me habían otorgado esa preciada distinción. Y me pareció desmedido que me la dieran por publicar a muchos escritores que me habían procurado tanto placer como lector y tantas satisfacciones como editor. Naturalmente, la condecoración les corresponde a ellos. Haciendo un breve repaso, mi anglofilia empezó de niño, con la lectura de Guillermo y sus proscritos, los personajes que creó Richmal Crompton, y poco después, gracias a Josep Janés, gran y muy anglófilo editor, con el descubrimiento de Wodehouse y de aquella idílica Inglaterra que quizá existiera alguna vez, de quien leí docenas de libros. Algo más tarde, ya adolescente inquieto, me apasionó Aldous Huxley, con su Contrapunto o Un mundo feliz, un gran escritor que cayó en cierto olvido, aunque reapareció cuando los hippies, gracias a Las puertas de la percepción y sus experimentos con las drogas. Y recuerdo muy bien mi primer viaje a Londres, alrededor de 1960, a finales de mis tiempos de estudiante, para dedicarme seriamente a la tarea de aprender este idioma maravilloso e imposible que es el inglés, y para familiarizarme, in situ, con los muy complicados códigos y las innumerables paradojas de la sociedad británica, empezando con los más obvios e inmediatos, desde las singulares monedas -los peniques, los chelines, las libras y las metafísicas guineas- hasta los sorprendentes horarios de los pubs, pasando por las millas, los pies y las pulgadas, o los sobresaltos de la conducción por la izquierda. Ya más en serio, los grandes historiadores Hobsbawm, Hill o Thompson me ayudaron a entender algo más aquello que Thompson titulaba, en un ensayo suyo, Las peculiaridades de lo inglés. En cualquier caso, Londres fue para mí un flechazo inmediato, un amor a primera vista, y lo he revisitado numerosísimas veces desde aquellos años de los angry young men, del free cinema y de los swinging sixties. En los inicios de la editorial, en 1969, que tenía una orientación marcadamente antifranquista y radical, leía con gran interés la New Left Review, en cuya sede en Carlisle Street, en el Soho, estuve varias veces, y que era la más interesante publicación de teoría política de su tiempo: unos cuantos de nuestros Cuadernos Anagrama surgieron de dicha revista. A finales de los 70 empezó a emerger una inigualable generación de novelistas británicos, con Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes como adelantados, una generación que, en buena parte, Anagrama ha tenido el honor de albergar desde sus primeros títulos -el primero fue, en 1980, Primer amor, últimos ritos de McEwan- y cuyos componentes gozan en nuestro país de una merecidísima popularidad. Esos y muchos otros escritores ingleses, gracias a la infatigable colaboración del British Council, han visitado a menudo Barcelona. Y, por cierto, uno de ellos, Tom Sharpe, se ha convertido en catalán de adopción. En el catálogo de la editorial, como ha mencionado el Excmo. Sr. Embajador, la presencia de escritores británicos ha sido muy significativa y lo seguirá siendo, y de muy variados registros, con un denominador común: la indiscutible calidad literaria. Y nada más: gracias de nuevo por la distinción y al Embajador por sus palabras, y viva la literatura británica.
Jorge Herralde Barcelona, 1 de marzo de 2005 Texto leído con motivo de recibir la distinción de Oficial de Honor de la Excelentísima Orden del Imperio Británico (OBE)
04/03/2005
 -Tuvo usted una infancia muy peculiar: su padre murió en un bombardeo en 1945, pero antes había salido al balcón a contemplar el teatro de la batalla sentado en una silla. -Eso fue el inolvidable 10 de mayo de 1940 en que se producía un bombardeo terrible de aviones alemanes. Nosotros vivíamos al lado de un aeropuerto militar y mi padre era un ser curioso. Aunque no lo he conocido muy bien, tendría yo seis o siete años, colocó una silla en el balcón para ver el desorden: los paracaidistas, el fuego sobre Rótterdam en la lejanía. Contemplaba aquello como si fuese un teatro de la devastación, recuerdo que tenía mucho miedo. Miedo. Miedo. Pero después, y es irónico y trágico, en 1945, casi antes del fin de la II Guerra Mundial, murió en un bombardeo inglés sobre La Haya, que era el lugar donde vivíamos. Yo no estaba presente porque en el invierno de 1944 en las ciudades había un hambre atroz y me habían enviado al campo en la campaña donde estaba mi madre. Mi padre se murió, a consecuencia de las heridas, del tétanos, que es una muerte muy terrible. -Usted, años después, fue a otro teatro de la guerra: a Hungría, invadida por los tanques soviéticos. -Sí, pero entonces era periodista ya, escritor joven. Me habían invitado a acudir unos amigos. Me habían dicho: “Vamos a la revolución. ¿Quieres venir con nosotros? Debes estar listo en diez minutos”. Aquella visión me cambió la vida y mi visión política: había cuerpos mutilados y muertos en medio de un movimiento de camiones y soldados soviéticos que querían cerrar el país (y lo cerraron durante 30 años) mientras la OTAN y los Estados Unidos permanecían quietos. Eso, y mi estancia en Berlín del Este, cambiaron mi visión política. Fue como si perdiera la inocencia comunista. Discutí muchísimo con mis amigos de izquierda. --¿Qué quiso ser usted primero: escritor o viajero? -Las dos cosas. Nunca he sabido las razones de mi pasión por el viaje: me ha pasado. Fue un impulso, el destino. El viaje y la escritura son mi vida. Es así, nunca me lo he propuesto. Y he podido hacer felizmente esa combinación. He escrito novelas, poemas, pero siempre lo he hecho sobre mis viajes. De esta manera he podido hacer económicamente estos viajes, me he ido a Japón, África, Australia o Estados Unidos. -Creo que con menos de 20 años ya se trasladó en autostop por toda Europa. -Sí. Entonces eso era posible. Yo había estudiado en distintos colegios, de los que me han expulsaron varias veces, trabajé en un banco y un día le dije a mi madre: “Lo dejo todo. Me marcho de viaje”. Le hablo de 1953 y 1954, en este año fue cuando vine por primera vez a España. En ese momento no había autopistas, se iba muy bien por carreteras secundarias, y ahora con las autopistas es mucho más difícil hacer autostop. De vez en cuando veo a alguien haciéndolo y siento una gran nostalgia, pero ya no soy joven. -¿Qué es lo que le trajo a España entonces? -El sur, la idea del sur. No tenía idea de lo que era España porque era muy joven. Había estado en Italia antes y me había sorprendido mucho por sus teatros, por su música, por su arquitectura. Cuando vine por primera vez me pareció un país duro, el idioma menos musical que el italiano, pero uno o dos años después pensé que era completamente al revés. España me pareció un país con unos espacios inmensos, muy vinculado a la tradición: a los judíos, a los árabes; nosotros en Holanda vivimos en un país superpoblado. Para mí España es uno de los países ideales para viajar. Me fascina el idioma español. Nunca ha pasado un año sin estar aquí, de hecho tengo casa en Berlín, Amsterdam y en Menorca, donde paso cuatro meses al año. -He leído, en algún texto autobiográfico, que estuvo en París y que el descubrimiento de la ciudad le marcó la vida. -Sí, pero nunca estuve mucho tiempo en París. Hablo francés, recuerdo mis viajes en autostop con camioneros. En Holanda hemos aprendido siempre tres idiomas: inglés, francés y alemán; el español vino más tarde. Lo aprendí en la calle. El francés era un francés de escuela y con el francés de los padres franciscanos no podías ir muy lejos; en realidad, quienes me lo enseñaron fueron los camioneros que me llevaban de aquí para allá. -A mediados de los 50 también hizo dos viajes que parecían bastante osados: a Mali y Bolivia. -Fueron más tarde. Hubo antes otro viaje: me enamoré de una mujer joven de Surinam, colonia holandesa, y su padre era director de una compañía de navegación, de una naviera. Le dije: “Me quiero casar con su hija”. En aquel tiempo necesitábamos permiso del padre porque ella tenía sólo 18 años. El padre me escribió una carta: “Puedes venir como pasajero en uno de mis barcos, y no pagas, pero también puedes trabajar como marinero”. Y puso entre paréntesis una frase: “Un americano lo haría”. Después de un mes en el barco como marino para todo –sólo éramos blancos el capitán y yo, el resto de la tripulación era negra- yo me había hecho muy amigo de mi futuro suegro, pero al final me dijo: “Bueno. Eres mi amigo, pero no puedes casarte con mi hija”. La muchacha y yo nos escapamos a Nueva York y nos casamos allí, donde no precisábamos permiso. -¿Cuándo vino por primera vez a Aragón? -Más tarde. La primera que vine a España fue por Galicia, por Santiago de Compostela. He pasado muchísimas veces por Aragón porque cuando vuelvo, siempre vengo en coche, entro por los Pirineos y me voy a Jaca. En Jaca está uno de los sitios preferidos de mi vida: la catedral de Jaca, que es un edificio de una intimidad increíble. A mí me gusto muchísimo. No se parece a esas catedrales majestuosas del país. He escrito mucho sobre ella, sobre San Juan de la Peña, sobre los monasterios aragoneses, las iglesias románicas. Y el paisaje. Eso se ve en mi libro “Desvío a Santiago”. Francia es muy distinta de España: es demasiado cultural y sofisticada ya. En los 50 y 60 España era muy diferente de la España de ahora, pero también de la Europa de entonces. -En distintos libros suyos, en “Desvío a Santiago” especialmente, habla de lugar que para nosotros es muy especial: el monasterio de Veruela. -Sí, ya se qué allí pasó unos meses Gustavo Adolfo Bécquer. Es uno de mis sitios preferidos. Me gustan mucho esos recintos de intimidad y también el silencio de las iglesias. -¿Cómo fue su carrera desde los 60 a los 80, cómo podríamos definir su aprendizaje y evolución? -Lo que ha pasado es que he escrito en holandés y hay muy poca gente que puede leerlo. Es una apuesta personal y un compromiso con mis raíces. Los editores extranjeros no podían leer mis libros, y en un momento un grupo americano me dio un premio que consistía en la traducción de una novela mía, “Rituales” (1984), y en ese momento todos pudieron leerme, incluso una editorial española como Edhasa. Luego lo que ocurrió conmigo es que de repente en Alemania se vendieron muchísimos libros, y eso ha cambiado mi vida. Ahora me publican en todas partes. -Insisto en la pregunta. ¿Cómo fueron esos años oscuros hasta que se dio a conocer mayoritariamente? Además de viajar, usted es traductor de Gil de Biedma, Pavese, Antonio Machado o César Vallejo, usted ha escrito poesía, mucha poesía, más bien oscura, ¿no? -Antes sí. He evolucionado hacia la claridad. Soy mucho menos oscuro. Acaban de publicar en Alemania una antología de mis poesías; si fuese tan hermética o incomprensible, tal vez no lo hubiesen hecho. -¿Qué tipo de escritor quería ser usted en los 70 y 80, en ese periodo de consumación y de conquista de la madurez? -No quiero ser un escritor que cuente anécdotas como ocurre con una parte de la literatura inglesa o norteamericana. Intento que mis textos tengan ironía, reflexión, filosofía; a mí me gustan muchísimo autores como Italo Calvino, Jorge Luis Borges, o Vladimir Nabokov, pero soy otro tipo de escritor aunque me gusta mucho su obra. Para mí lo esencial son la meditación y el estilo. -He visto que en distintos lugares le comparan con Hermann Broch, con Antonio Tabucchi, con Kundera, incluso con Thomas Bernhard. -Creo que no tengo nada que ver con Broch o Thomas Bernhard, que es un magnífico escritor pasional y monotemático. Yo empecé escribiendo un libro que se llamaba “Felipe y los otros”. Entonces ya podía decir que era escritor, pero me faltaba experiencia, conocimiento del mundo. Había escrito la modesta experiencia de un joven y pensé que ya no tenía nada más que contar. El volumen tenía un poco de Kerouac, y a la vez era un poco diferente. Tuvo un gran éxito, pero se me planteó un problema: “¿Qué puedo escribir ahora?”.Y escribí novelas de mar, porque había sido mi nueva experiencia. Luego escribí otro libro sobre un escritor que había escrito un libro, no es capaz de acabarlo y se suicida, y deja el original para que otro escritor lo termine, y todo ello sucedía en Ibiza en un invierno. Luego estuve 17 años sin escribir novelas y creo que dejé de escribir para evitar el suicidio. Tras ese silencio nació “Rituales”, un libro premiado, que pareció borrar mis temores y mi inseguridad. Para escribir con cierta ironía, como yo lo hago, uno necesita viajar. Y con los libros de viajes me ocurre lo mismo: los ingleses toman el caudal del río y lo siguen, efectúan trayectorias lineales, van desde los orígenes hasta el fin, pero mi estética es distinta. No soy Gerald Brenan, aunque me interesa y me influyó “Al sur de Granada”, ni tampoco mi admirado Norman Lewis. Yo trabajo con dos elementos básicos: la observación y la imaginación. -A usted le gustan las demoras, las encrucijadas, el extravío del camino convencional. Pienso en “Desvío a Santiago”. -Es por eso que se llama “desvío”. Vas a Sevilla, Madrid, Trujillo, por toda España. No es el camino de Santiago, aunque también lo he hecho. -¿Por qué inventa en su novela “En las montañas de Holanda” (1987. Edhasa, 1990) un personaje que se llama Alfonso Tiburón de Mendoza, que es inspector de carreteras de Aragón y que nace en Zaragoza? ¿Cómo se le ocurrió? -En ese libro hablo de una Holanda mítica que no existe. Todo el mundo conoce un poco la forma de Holanda. El sur es un país interior, rezagado. Quería hacer una parábola del norte y del sur, del desarrollo y del subdesarrollo. Por ejemplo, como en Europa del norte y Europa del sur, la España del norte y la del sur, Cataluña y Andalucía. O, en el mundo, Europa y África. Y todo esto está detrás, es el trasfondo, pero en el sur aún hay teatros, circo, y en el norte todo es televisión. Son dos formas de cultura antagónica. -Aún no me ha contestado. ¿Había viajado usted mucho por Zaragoza? -La idea de este libro me vino a la cabeza durante un viaje con mi mujer, Simone, que es fotógrafa. Íbamos conduciendo hacia el monasterio de Aula Dei. De repente, ya sabe que hay cosas que no se pueden explicar, vi el personaje principal y también su nombre: Alfonso Tiburón de Mendoza, un hombre que se parece un poco a Javier Tomeo, aunque esto lo comprobé más tarde durante un congreso de escritores en Estrasburgo. Lo vi, grandote, fuerte, con su traje azul, y me dije: “Éste es Alfonso Tiburón de Mendoza”. Me gusta mucho Tomeo por la dimensión fantástica de su narrativa. Mendoza es una alusión a ficción, a mentira. Y bueno la idea de que fuese inspector de carreteras, estábamos en la carretera. Recuerdo que cuando se me vino la idea a la cabeza, yo seguí conduciendo, y le dije a mi mujer: “Escribe todo lo que yo te diga”. -Luego llegaron al monasterio... -Sí. Es un lugar precioso. Salieron los cartujos y nos dijeron: “Esta señora no puede entrar”. Todo esto está dentro de libro, aunque la protagonista no es su mujer pero sí una chica flamenca. -“En las montañas de Holanda” quiso ser primero un guión cinematográfico, y acaba siendo un libro de viajes, un tratado sobre los cuentos de hadas y una novela acerca de cómo se escribe una novela. -Sí, exacto. Hay muchos escritores que intentan escribir novelas en mi obra. Y Alfonso Tiburón de Mendoza tiene muy claro que quería escribir una novela. -¿Por qué no aparece Goya en sus libros tanto como Velázquez? -Ocurren esas cosas a veces, pero es un pintor que me gusta muchísimo. Otro artista aragonés que me gusta mucho es Antonio Saura, lo conocí. El techo de la Diputación de Huesca, “Elegía”, me parece fantástico. Me interesan mucho sus crucifixiones, sus autorretratos. Saura era un hidalgo y un pintor magnífico. -Vamos a hablar de “La historia siguiente”, donde relata la historia de un hombre, un profesor de griego y latín, que se acuesta en Amsterdam y despierta en Lisboa. -Sí. Era imposible, pero también me interesa la dimensión fantástica de la realidad. Este señor está en los dos últimos segundos de su vida y repasa su existencia, como en una película, en dos segundos. El libro es la historia de su amor, de un gran amor inconsciente: se había enamorado de una joven que había sido alumna suya. -Una característica constante de su obra, además de que utiliza varias lenguas siempre o términos en otras lenguas, es que hay una carga cultural muy rica y muy profunda. -Demasiado dicen algunos. -¿Quiere decir eso que escribe usted para la elite, que parte en pos de un lector culto, sensible, con un amplio bagaje detrás? -No puedo evitarlo. Tengo que escribir los libros que escribo, pero yo no creo que sea ningún problema. “La historia siguiente”, que vendió aquí unos pocos miles, en Alemania lo adquirieron 200.000 lectores. Yo no creo que los alemanes sean intelectualmente superiores a los españoles. O a los italianos. Lo que ocurre es que allí he tenido más suerte que en otras partes. Alemania es como mi segunda casa. Recuerdo en una ocasión que Michael Reich-Ranicki, el gran crítico alemán que es responsable del éxito de Javier Marías en el país, me llevó a su programa con cuatro críticos y habló estupendamente de mi obra. Aquello me benefició de manera extraordinaria. -“La historia siguiente” aborda otra de sus constantes: el conflicto de identidad. Sus personajes ni saben del todo quienes son ni adonde van. -Yo admiro a la gente que siempre sabe quien es o adonde va. Hay muchos en la vida real que no lo saben. Y yo también soy unos de ellos. A mí preocupan las cuestiones normales de la vida y las preguntas eternas de la filosofía. Leo mucho filosofía, poesía, cartas y diarios, y poca ficción. Prefiero las cartas de Flaubert que muchas de sus ficciones. -¿Qué podemos decir de otro de sus libros, quizá de los más bellos, como es el relato breve de “Mokusei”? -Esta basado en un hecho real. El pintor al que le sucedió la historia estaba un poco enfadado conmigo porque yo había contado su historia. Es un tipo muy apasionado y se había enamorado de una mujer “yacuza”, que pertenece a una mafia japonesa. Los “yacuzos” tienen un tatuaje sobre todo el cuerpo, y para probar al padre de esta mujer, con la que se quería casar, mi amigo se hizo una operación de cuatro horas para hacerse un tatuaje de un pescado inmenso sobre las nalgas en cuatro colores. Le dije: “Un día, cuando tengas 70 años, estarás en el hospital y las enfermeras van a preguntarte y reírse”. Ella no quería casarse, y él iba al Japón esperando que la joven cambiase de idea. Nunca lo hizo. -Hablemos de “El juego del ser y de la apariencia” (Siruela), que quizá no haya sido muy bien recibido en España. Usted vuelve a plantear problemas de filosofía, de identidad. -Sí, pero bajo mi punto de vista también es una historia ligera. Es un libro dentro de un libro, y los personajes se van por su lado y continúan viviendo. -Usted es autor de “Cómo ser europeos”, un libro de ensayo y autobiografía. Quisiera hacerle la primera pregunta que usted se hace: ¿Cómo se convierte uno en europeo? -Le responderé igual: siéndolo. Un holandés, un aragonés o alguien de Sicilia ya somos de Europa. No es necesaria ninguna conversión. Lo somos por derecho y debemos serlo más que nunca por conciencia, por voluntad. *Como atravieso un bajísimo momento en que me cuesta mucho alimentar el blog, vuelvo a mi fondo de armario y recupero esta entrevista con uno de mis escritores favoritos, y un además un gran tipo:CEES NOOTEBOOM, tan vinculado a Zaragoza. Fernando Sanmartín, ese escritor de diarios que ya tiene en prensas un nuevo libro, "Hacia la tormenta" (qué bella relación, y casi envidiable, la que ha establecido con ese estupendo editor que es Usón de Xordica, que prepara nuevos libros de Miguel Mena, Ismael Grasa, Cristina Grande; ha retrasado para después de septiembre a Daniel Gascón), le dedica un espléndido capítulo en "Viajes y novelerías"(2004).
05/03/2005
 MARCADOR No ha sido un buen sábado. Jorge entró en la segunda parte, pero sobre todo el San Gregorio de División de Honor infantil perdió en Teruel con La Salle. Fallamos en defensa y además, cuando podíamos meternos en el partido, fallamos un penalti. Perdimos 2-0; a cambio, durante el viaje, aprendí algo más de literatura italiana gracias a Félix Romeo en su sección “Merienda de tigres”, y me leí una deliciosa novela menor de Miguel Torga, “El señor Ventura”, una novela de aventuras y viajes en tres tiempos. Qué raro se me hizo que Torga presentase a un personaje portugués del Alentejo viviendo en Pekín, aunque quizá lo más sorprendente es ese cocinero gallego, nacido a orillas del Miño, que es un maestro en la gastronomía. Diego, del Garrapinillos de cadetes, fue suplente por primera vez que yo recuerdo en los cuatro o cinco años que lleva jugando aquí. Entró muy pronto, tras la lesión de tobillo de Mario Martín, pero el equipo perdió con el líder por 6-3, en la casa de El Gancho. Me dice que mi admirado Adrián Serna se salió y que Tirillas “Garrincha” esta vez ni compareció. Al final, quedarán los quintos. CINE Luego nos fuimos a ver, a modo de consuelo, “Entre copas” de Alexander Payne, y nos lo pasamos realmente bien. Me ha parecido una espléndida película, fresca y sentimental, que mezcla la pasión por el vino con el amor y la amistad. Como suelo ir al cine a enamorarme, volví enamorado de esa estupenda actriz que es Virginia Madsen, qué manera de mirar, qué manera de mostrar la ternura y la renuncia. El cine estaba lleno hasta la bandera y se contagiaban las risas.
06/03/2005
 Domingo con fiebre y dolor de cabeza. Por la mañana, prensa, mucha prensa, leo las entrevistas de Pilar Manjón y, por encima, la de Bebe, a la que no le gusta cantar en televisión en play back. Leo otras cosas aquí y allá: un reportaje con Gabriel Jackson y algunas cosas en “La Vanguardia”. Por la tarde, me concentro en el atletismo, durante años mi gran pasión. He escrito varios cientos de páginas sobre atletismo: Said Aouita, Sebastián Coe, Carl Lewis, Dick Focsbury, Steve Cram, Heike Dreschler, etc., y también de los últimos. Cuando escribes de algo a menudo estás más alerta, comentas las cosas, vives dos veces. Hoy ha habido dos momentos maravillosos: el triunfo del sueco Holm en altura, donde venció a Rybakov, y el record del mundo de esa rusa maravillosa, Yelena Isinbayeva, que voló sobre la pértiga 4.90 y batió el record del mundo. Esta niña de 23 años apareció para desbancar a la nortmeamericana Dragila, intratable hasta anteayer, y para ensombrecer la imparable evolución de Svetlana Feofanova, la muchacha del pelo rojo. La final de Atenas entre ambas fue uno de esos grandes momentos de la historia del atletismo de todos los tiempos. Con sus ojos azules, su bonito rostro, algo tocado de granos, y con ese cuerpo rotundo y elástico, ha vuelto a deslumbrar y ha puesto un magnífico corolario a las pruebas deMadrid. Joan Lino, que había pasado un tanto inadvertido, realizó un salto magistral de 8.37 y ganó la medalla de oro. Fue lo mejor de lejos de una prueba desangelada y con poco nivel, y con menos rigor. Hubo otros momentos importantes: la victoria de Hechsko en los 1500, con tres españoles detrás: Higuero, Estévez y el joven Casado, muriéndose sobre la línea. José Luis González, que es un despropósito de comentarista –sobre todo porque es demoledor siempre con los compañeros y realiza unos juicios de valor que van mucho más allá de lo técnico-, recordó que lo que había hecho Estévez corriendo en 3.000 y 1.500 era algo absurdo. Y es excluyente por completo en sus halagos: elogio, sí, para Casado, cuarto, y menosprecio para Higuero, plata. No deja de ser curioso que lo diga tan categóricamente el hombre que fue un continuo segundón, que pidió varias veces perdón por no clasificarse para las finales de las Olimpiadas y que proclamase a los cuatro vientos aquello de : “Soy un fracasado. ¿Qué voy a contarle ahora a mi hija?”. ¿Qué iba a contarle? Que era bueno, buenísimo, uno de los mejores en pruebas de poco mérito, pero que nunca fue capaz de codearse con Cram, Aouita, Ovett o Coe (al que ganó alguna vez en pruebas de justa importancia) en los lugares de la gloria. Dejo a González, yo siempre fui de Abascal. He vuelto a releer una novela perturbadora como “Primavera sombría”, un tratado sobre la adolescencia y la esquizofrenia, sobre la pasión y el descubrimiento de la sexualidad y del perturbador mundo de los adultos por parte de una muchacha, al que viola su hermano, que se enamora de sus profesores, y que vive su propio sexo con una enfermiza intensidad. Sólo tiene doce años, y al parecer revela la propia experiencia de una mujer extraña que es Única Zürn, de la que hablé en otra ocasión. Menchu Gutiérrez define este libro como “literatura del escalofrío”. En este domingo de desamparo recibo dos llamadas: Javier Burbano, que posee un blog propio, que llena de fotos con su comentario poético, y Chema Turmo, que había visto el álbum de la muestra “La seducción de París” en el “Hoy domingo” que coordina Carmen Puyó, que se exhibe en el Museo Camón Aznar. La muestra ya tiene un sitio para ir a París, pero por ahora las negociaciones van un poco lentas. Tengo otros dos libros sobre la mesilla: “Los amores confiados” (Alfaguara) de Luisgé Martín, hasta hace poco Luis G. Martín, autor de un libro que me gustó mucho: “Los oscuros”. Martín, que me envía su libro dedicado, ha escrito un extraño informe, con llamadas a lo real (vean si no esa cita de Vicente Molina Foix), sobre los celos y los estragos del amor. Y también me atrevo con un libro más voluminoso: “Libro de réquiems” (Edhasa), de Mauricio Wiesenthal, donde escribe de Stefan Zweig, Coco Chanel, Casanova, Alfonsina Storni, Kazantzakis, Falla, Wilde, Chopin, Rilke. No todos los textos me gustan igual, pero hay piezas estupendas, la de despedida centrada en Toni Pascual, que salvó a un suicida. El autor, de una deslumbrante erudición, mezcla su propia vida con el retrato del personaje, y eso no siempre funciona.
07/03/2005
JAVIER SEBASTIÁN ACABA DE PUBLICAR EN ESPASA LA NOVELA "VEINTE SEMANAS", DONDE CUENTA LA HISTORIA DE UNA MUJER QUE DESCUBRE EL SECRETO DE SUS PADRES: ÉL MUERE EN UNA PLAYA DE ROSAS; ELLA VIVIÓ UNA PASIÓN INTENSA EN FRANCIA. y ADEMÁS HAY UNA HISTORIA DE GUERRA SUCIA EN TORNO A LA COLONIZACIÓN ESPAÑOLA EN GUINEA. EL LIBRO SE PRESENTA ESTA TARDE EN LA FNAC, A LAS SIETE. JAVIER SEBASTIÁN ESTARÁ ACOMPAÑADO DE MANUEL VILAS. EL JUEVES, EN "ARTES &lETRAS", JULIO JOSÉ ORDOVÁS PUBLICA UNA RESEÑA DE LA NOVELA.
1-¿Cuál es el punto de partida de esta historia? ¿Existe alguna anécdota, preocupación u obsesión que te hiciese escribir sobre este tema? Me parece que Veinte semanas hay que entenderla desde el convencimiento de que nada es verdad. O, al menos, de que nada es verdad del todo. Y no es una novela sobre el desencanto, quizás al contrario. Me refiero a esa falta de verdad que a veces incluso es por nuestro propio bien. Asistimos a la vida de los demás sin protagonizar nada. La nuestra es una vida impostada, ficticia. De espectadores. Para bien o para mal, nos protegemos de lo que no queremos saber con verdades a medias, y eso nos lleva a vivir vidas a medias en las que lo único que parece importarnos es nuestra propia existencia. Pero ahí afuera hay algo más. E interesa.
2-¿Qué querías contar exactamente: la historia de una mujer que descubre qué poco conocía a su padre o la historia de un grupo de hombres de vida más bien oculta? -Ambas cosas a la vez, pues supongo que el relato gana en eficacia si uno de esos hombres que juega plácidamente a la petanca en un parque y que guarda oculta la peripecia de su vida pasada es nuestro propio padre. Cuanto más cerca nos golpea una verdad, más hondo cala.
3-El libro transcurre en el presente, pero en el fondo es un viaje hacia el pasado… -El viaje simboliza siempre un aprendizaje, un descubrimiento, un proceso que acaba cambiándonos. Y Veinte semanas cuenta, como mínimo, dos viajes simultáneos: uno en el presente, durante el que una madre le cuenta a su hija la propia historia de la novela. Otro en 1969, en el que una mujer que viaja a una abadía del sur de Francia a vender trufas se ve envuelta, sin saberlo, en prácticas de guerra sucia en Guinea. El descubrimiento de la fea verdad, esa es la clave de esta novela.
4-En el fondo, la novela tiene algo de intriga policial, con la aparición del cadáver del padre de Fátima Moreo… -Esta es la más narrativa de mis novelas. En ella hay poca descripción, pues para qué, si hoy decimos: “Era un apartamento norteamericano como cualquier otro”, y ya lo hemos dicho todo. La frase es de R. Carver, de hace unos veinte años y todavía me sigue pareciendo magistral. Pura economía de medios. ¿Acaso hay alguien que no se haga una idea exacta de la escena? Los lectores contemporáneos ya no imaginamos apenas, lo que hacemos sobre todo es recordar. Recordar lo que hemos visto de esas vidas prestadas de la televisión o el cine y que no son de verdad. Por otro lado, algo que también hubiera podido ralentizar el relato son los párrafos de pensamientos, y no es que mis personajes no piensen, claro que lo hacen, dudan, cambian, a veces se quedan paralizados por lo que oyen, lloran. Pero he preferido que fueran los lectores los que les asignaran a cada personaje al menos una parte de su forma de pensar, pues creo que para que disfruten leyendo, para que digan yo hubiera hecho lo mismo, o todo lo contrario, necesitan su propia parcela. Así que sobre todo hay narración.
5-Hablemos de Fátima Moreo, una mujer cuya vida ha sido interrumpida por esta muerte. ¿Por qué has elegido una periodista? -No quería una novela policial. Detesto los géneros. No me interesan ni siquiera para burlarme de ellos. Una periodista me parece un personaje más verosímil. Y antes de nada tengo que ser yo quien me crea lo que estoy contando. Por otra parte, no conozco a ningún policía o agente secreto, en cambio a los periodistas los vemos a diario por televisión. Y de vez en cuando a algunos les doy la mano, son muy reales.
6-También es un libro de historias paralelas, o de misterios paralelos, el de los militares, Moreo y Salinas, el de César y Pablo, un tanto estupefactos ante lo que ocurre, ese correo de transmisión entre Fátima Moreo y su hija… -A medida que uno va escribiendo una novela los personajes que parecen secundarios te piden espacio, un poco de aire libre, más atención, y cada uno, en el fondo, reclama su propia historia. Así que los personajes que al principio no importaban mucho van adquiriendo protagonismo, siempre y cuando colaboren contigo en lo que quieres contar, claro, si no, es digresión barata. Unas veces es necesario taparles la boca, pero otras ves que para explicar la vida de alguien, e incluso para comprenderla uno mismo como narrador, hay que contar la de los que lo rodean.
7-En los últimos tiempos, has reflexionado mucho sobre la familia. Aparece en “El hombre constante”, en “Historia del invierno”? ¿Qué es lo que te atrae tanto de sus sombras? -La familia es el ámbito en el que creemos que todo es seguro, que todo es verdad. Que los demás mientan es asunto de ellos, pero si dentro de casa se miente, o no se dice del todo la verdad, el vacío imagino que debe de ser inmenso, definitivo. Por eso decía antes que Veinte semanas es una novela sobre la falta de verdad y las calamidades que esa falta de verdad pueden acarrear, en especial en el refugio familiar, entre la gente de todos los días.
8-Esta también es una novela con una trama militar, de espías, de guerra sucia… -La guerra sucia, por su propia naturaleza, es la cumbre máxima de la mentira, la forma más falaz de la guerra. Nuestro proceso de descolonización de Guinea, como el de los demás países europeos con sus propias colonias, fue un desastre. ¿Por qué de pronto los franceses tuvieron tanta prisa por llevar el asunto a la ONU? ¿Y los norteamericanos? Recursos naturales, petróleo, geopolítica. Nada de políticas humanitarias. Es decir: mentiras, una vez más. Pero en la novela también hay un personaje que se gana la vida recolectando trufas y vendiéndolas luego en una abadía del sur de Francia. Los truferos salen a veces de noche para que no se les vea, practican el secretismo más radical. Hace poco, en un taller de un pueblo del Maestrazgo le pregunté a un mecánico que me reparaba el coche si podía venderme unas trufas. Me dijo que eso era imposible y siguió a lo suyo. A los cinco minutos metió la cabeza bajo el capó, se volvió hacia mí y me dijo: ¿cuántas quieres? De nuevo, la mentira, o si uno quiere, la falta de la verdad. La vida está llena de secretos.
12-Eres un escritor minucioso, alejado de los círculos, respetado. ¿Cómo te enfrentas a las hogueras de las vanidades literarias? -Simplemente, no me enfrento. Tengo media docena de amigos escritores, pero son amigos no porque sean escritores. Incluso la mayoría de las veces no hablamos de literatura. Podrían ser cocineros, médicos o viajantes. Qué más da.
08/03/2005
 Hace tanto frío ahí fuera que parece que corta la respiración y la piel. Salgo a pasear a mi perra Noa en la explanada desierta. Y llego entre las manos un delicioso libro: “Cuentos” de Hans Christian Andersen, una bellísima edición de Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores que ha ilustrado Nikolaus Heidelbach. Es tan formidable la edición, tan bellos los dibujos, tan íntima y glacial la noche, que tengo la sensación de que estos cuentos no los he leído jamás. Del autor de Odense, que fue mendigo en las calles de Copenhague cuando era un complemento analfabeto que había renunciado a ser zapatero remendón, se cumple el próximo abril el 200 aniversario de su nacimiento. Y además, Alianza ha reeditado el libro de su “Viaje a España”. Andersen, a diferencia de Somerset W. Maugham o Virginia Woolf, no estuvo en Zaragoza.
10/03/2005
 1.Casi todas las tardes aparece por la redacción de “Heraldo” Joaquín Aranda para hacer sus críticas de cine, de danza o de teatro. Lo primero que hace es buscar un ordenador libre y pide que le abran la pantalla. E inmediatamente después, tras haber lanzado algún piropo a las compañeras que tanto lo quieren (Rebeca Cartagena, Ana Usieto, Elena Gracia, Concha Soria, Nuria Casas, Victoria Martínez y Esperanza Pamplona, nueva en la plaza, y segura de su lugar), me dice: “¿Fumamos ahora?”. Saca su Marlboro y nos vamos al pasillo. El pitillo es un pretexto: quiere que hablemos de cine o de literatura –su pregunta más insistente es: “¿Qué estas leyendo ahora?”-, y vamos de aquí para allá como dos diletantes. Lo mismo hablamos de Truffaut, de Clint Eastwood, de Rossellini o de Alexander Payne. Aunque lo que en realidad le gusta es hablar de libros. Una vez que hemos comentado algo de la poesía de Auden, de los diarios de Torga o de su pasión por la literatura francesa, que lee en la versión original, empezamos a contar historias. Hoy, por ejemplo, Joaquín Aranda me habló de su suegro Leonardo Buñuel (hermano del cineasta), que empezó como pediatra, hasta que tuvo que “dejarlo porque se volvía literalmente loco”; más tarde se inclinó hacia la radiología, tuvo una consulta muy modesta y se convirtió en el ayudante de Fernando de Yarza, padre. Joaquín lo ha definido como una persona exquisita, que dominaba el latín sin hacer jamás ostentación de ello, y tenía una extraña pasión por los tornillos, los clavos… Su libro de cabecera no era un gran manual de historia ni una prodigiosa novela, ni tampoco un libro de poemas indiscutible: su libro de cabecera era un manual de mecánica de Arias Paz de tornillos y otros enseres diminutos, casi unas ilimitadas variaciones sobre el acero y el aluminio. Cuando pasaba ante el escaparate de una ferretería perdía el sentido: se afanaba en reconocer cada tornillo, cada tuerca, e intentaba probar sobre la realidad todos los conocimientos teóricos que había acumulado. Leonardo Buñuel acompañó a Max Aub, su mujer Pego y otros amigos en aquel viaje que hicieron por Calanda y Alcañiz. Joaquín Aranda sabe que hablaron, que le proporcionó algunas notas acerca de su hermano, pero el radiólogo era tan discreto que nunca hizo presunción de ser hermano de quien era: de Luis y Alfonso Buñuel, artistas surrealistas y otras muchas cosas. 2.David Mayor (Zaragoza, 1972), librero ahora en Cálamo y secretario de redacción de la revista “Riff Raff”, es un tipo estupendo, como un ahijado intelectual de José Luis Rodríguez y Luis Beltrán, pero con criterio propio, con mucho talento a sus espaldas. Más que sus textos de “Riff Raff”, leía con sumo placer sus trabajos para “Ciclo” (una revista que me gustaba mucho) y para “Artes & Letras”. Ahora, tras muchas tentativas y tras figurar en varias antologías, David Mayor acaba de publicar su primer libro de poemas: “En otra parte” (Pre-Textos), una colección muy elaborada cuyo tema central, si se puede decir eso, sería la escisión o la esquizofrenia que vive el poeta en su doble condición de artista o creador y hombre, ciudadano corriente, entre su dimensión de soñador y de forjador de otros mundos y la convivencia con las pequeñas cosas cotidianas. David Mayor indaga en su intimidad, en esa otra parte donde también está –esa otra parte que alude al viaje, a la pérdida, a la melancolía, al deseo de partir hacia otro lugar tras una imaginación torrencial-; indaga en la memoria, en el amor, en pequeños rituales. Alterna algunas prosas líricas con los versos, casi siempre concentrados, destilados con una caligrafía puntillista en cuyo centro emerge la grácil paradoja, la reflexión e incluso la confesión: “Sería necesario que hablara de cómo crecí, de mi propia historia, aludir a los brotes (…) mi biografía se inventa como los recuerdos asisten ausentes”. 3.Hablo fugazmente con Julio Llamazares, que vino a Zaragoza a presentar su nueva novela “El cielo de Madrid” (Alfaguara), donde narra los años de la movida. Julio, que sigue siendo un tipo llano y encantador, ese gran conversador de esto y de aquello, divertido y tierno, asistirá en mayo a Andorra a unas jornadas sobre la minería. Habría querido ir a verlo, pero salí tarde, y cuando iba a saludarlo, hablé con Ramón Acín y me dijo que estaban cenando con un grupo de gente. Me dio un ataque de timidez y me fui a casa. En realidad, me pasé un momento por el Vip’s y compré algunas cosas curiosas: un libro sobre Alejandro Malaspina en Acapulco y un trabajo fotográfico de Alberto Schommer sobre Santiago, que es la ciudad a la que me gustaría volver. Cuando pienso en una imagen imborrable, siempre imagino esto: estoy en la alameda, cae el crepúsculo y miro bajo el follaje el cielo de Santiago, las torres, el ajedrez de los tejados, el rumor encerrado en la piedra y me quedó como extasiado. Cuando me abría paso a la adolescencia tuve un proyecto de novia que se llamaba Cristina, era la hija del cronista deportivo de Arteixo, un perito en exageraciones, e hicimos un viaje a Santiago. Al final nos quedamos solos, paseando, juraría que cogidos de la mano, prolongando la tarde en los tiovivos, en los claustros. Ella llevaba un short. Cuando caía la noche y desaparecía la lluvia nos sorprendimos en la alameda, cercanos, y miramos a lo lejos: los campanarios, las agujas erectas de las torres, la catedral. Por un momento, miré sus muslos de nata y pidé al cielo que se desencadenase una tormenta o que nos extraviásemos hasta más allá de la noche bajo la espesura, en el último refugio. Le conté a Julio que otra adorable mujer de “Heraldo”, Elena Puértolas, le había hecho una entusiasta crítica a su novela. 4.Hoy viene a Zaragoza otro gran amigo y escritor: Luis del Val, que acaba de publicar una novela que participa de la atmósfera del thriller, de la poética del suspense: “Volveremos a Venecia”. Cuenta la historia de una jueza que se pone a hurgar en el pasado y le aparecen cosas insospechadas, entre ellas un muerto. Luis del Val, un admirable improvisador de perfiles, un gran cuentista, narra con amenidad, con fluidez y con una ironía que en él es más que astucia o elegancia: es una manera remansada y sabia de contemplar y absorber el mundo. Lo oigo cada mañana en “Hoy por hoy” y siempre me quedo con una cosa: esa risa final, ja, ja, ja, que rivaliza con la evocación de su tía Pascualina y con esa prosa a buril que edifica en poco más de quince minutos. Ese es, como mucho, el tiempo que necesita Luis para clavar una etopeya. Hoy lo presentará Ramón Acín. 5.Sé que he escrito demasiado ya, pero no quería deciros buenas noches o buenos días sin recordar que hoy José Antonio Labordeta cumple 70 años. 70 años, ¿quién iba a decirlo? Nos ha dado tantas cosas -canciones, poemas, novelas, memorias, una actitud contumaz y lúcida en el parlamento-, que ahora Labordeta es una referencia cívica, un modo de entender el mundo sin dejar de ser de aquí, aragonés de estirpe. Hace no demasiado tiempo apareció un delicioso libro autobiográfico, “Cuentos de San Cayetano” (Xordica), que ya lleva al menos dos ediciones, y que es una reescritura y una ampliación de “Los amigos contados”, y le publicaban todos sus discos en un estuche. Ahí, en ambos proyectos, está Labordeta: desplegando el abanico de su memoria entre amigos, sembrando en el viento los ecos del vendaval del alma. Y a la vez se afirma en las raíces de un territorio al que él le colocó cuatro sustantivos indiscutibles: polvo, viento, niebla y sol. Y es eso, a trompicones o con vértigo de cascada, lo que lleva en su corazón desmelenado.  Labordeta, que ya sabe mucho de cine, ha decidido contarnos la película de su vida, sus recuerdos reales e inventados, desde el Congreso de los Diputados. Desde allí, entre tantos rostros que no parecen excitarle, inicia su viaje en el tiempo: su “Cinema paradiso” de la memoria. Por cierto, algunos de los capítulos más divertidos y disparatados del volumen transcurren en los cines de barrio: allí descubre el sueño en la oscuridad y otros sueños menos etéreos: asiste a la revelación del sexo ajeno, y a aquellas sesiones del eructo más o menos anónimo. En la adolescencia de Labordeta se cambiaban los besos por los eructos. Los besos los borraban los curas en el cine Fuenclara, aunque la censura los hubiese permitido por su castidad. Alguien eructaba con estruendo y casi se paralizaba la película: los alborotadores acababan todos de patitas en la calle. Era una forma de transgresión y de combatir el aburrimiento de otra negra provincia de falangistas. Desde su escaño, emprende José Antonio la travesía: de atrás adelante, y desde el presente hacia el futuro. Y el pasado empieza con un equívoco junto a su utópico padre, que salvó del fusilamiento a unos jóvenes falangistas y estos le devolvieron el favor. Tan republicano debía parecer el veterano y patriarca latinista que un día se encontró con Domingo Miral, y éste le dijo: “Labordeta, pensé que estaba usted haciendo guardia sobre los luceros”. Continuamos con el equívoco: José Antonio, abandonado a rastras por los rincones con un solo año, creció con una obsesión. Le dijeron tantas veces que habían fusilado a Primo de Rivera, que él proclamó envuelto en pánico cuando su padre le anunció que se iban a Alicante: “Que me fusilarán otra vez. No, que me fusilarán otra vez”. No falta el capítulo de los paseos, los fusilamientos, las huidas provocados por la Guerra Civil, esa enciclopedia universal de la infamia a la puerta de casa. Pero además, en aquella España que fraguaba clandestinidades casi perfectas, Labordeta ingresó en el colegio alemán, “donde se hacían pocos quebrados y se tocaba mucho la flauta travesera”. Lo curioso es que Labordeta no sabía escribir en castellano y sí en alemán. El día que se anunció que Alemania había perdido la Segunda Guerra Mundial, se percató de que cambiaba su vida: debía aprender a escribir como hablaba. “Perdida la guerra, descubrí a Aragón”. El chiquillo esquizofrénico que eran entonces recobraba la sensatez. Los veranos en Canfranc le alejaron de los nazis y le acercaron a la idea del paraíso: uno estaba aquí, en su propio lugar de veraneo, en Canfranc, en Echo, en la maravillosa selva de Oza. Y el otro se divisaba a lo lejos, tras las murallas de los Pirineos. Lo que se adivinaba al otro extremo era la libertad, la civilización, la alegría; y aquí uno debía resignarse a los amigos, a los primeros amores, a las primeras travesuras; algunas eran divertidas como ese juego de chinitas entre dos jóvenes enamorados que se estrellaron en el rostro de un venerable poeta llamado Beremundo Méndez, que se creía patrimonio nacional y recitaba sus versos ante un plato de migas a la pastora. Estuvo a punto de llevarlos a la cárcel. “Banderas rotas” también es un libro de viajes. En el sentido simbólico, de tranco de vida, de aventura iniciática, y en el sentido más convencional de devaneo por diversos espacios, de travesía. Labordeta y sus amigos lo mismo iban detrás de un peñasco para ver el nido de ametralladoras que vigilaban la frontera para que los ingleses y franceses no invadiesen la España de Franco, que dilataban el tedio de los domingos en el paseo de Independencia o en los cines en busca de muchachas en flor y de comidas campestres a la orilla del río. El colegio Santo Tomás era una isla de libertad y de coeducación, donde rivalizaba el pintoresquismo de los alumnos con el de los profesores o aparecidos, uno de ellos era Pío Fernández Cueto, el rapsoda; otro el tío Donato, que se había equivocado de bando, y narraba unas historias tan truculentas que así no había muchacho sagaz que perfeccionase su caligrafía. José Antonio, que padecía insomnio, era incapaz de enderezar el bolígrafo o pizarrillo. En este momento de la rememoración, Labordeta escribe el guión de una película impresionante y dramática. Gómez, el gafe y detestado por todos, acompaña a los muchachos al Ebro en un día de nieblas. Iban a jugar en las almadías. Jugaron, gritaron, y regresaron, hasta que alguien detectó que faltaba Gómez. Lo verían más tarde con su hinchado rostro de ahogado de río en el depósito de cadáveres. Aquella fue una nueva revelación: la de la muerte. Por entonces, cuando el mercado central era como un torbellino de gritos y de seres anónimos ansiosos y hambrientos, de pobres prostitutas, se enamoró José Antonio de una panadera diez años mayor que él. El hombre pudoroso que es dice que la mujer no entendía lo que ocurría a su cliente preferido. Pero tampoco cuenta más. Afirma: “Los aragoneses somos mu miraos. No nos gusta sobresalir mucho ni darnos postín por casi nada”. Él también es así. Luego, avanza por los capítulos centrales de su vida: se licenció en Historia, admiró a su hermano Miguel, ingresó en la cofradía del Niké (José Antonio se opone a lo que él llama los “mandarines” oficiales y recuerda todo cuanto se hizo: cuanto se editó, cuánto se escribió desde la penumbra del café con nata). Y va reivindicando a todos sus amigos. Los reivindica y los retrata. Hemos de decir que éste es un libro de retratos en una frase o en frase y media: “Gudel es el hospiciano de muerta juventud antes de hora”, Gil Comín Gargallo, al que reivindica y recuerda que igual que a su padre, esta ciudad nunca les reconoció nada, Tello, Fernando Ferreró, Luis García Abrines, “que puso en práctica, como clase de teórica, la verdadera metafísica del chusco al que dividía en chusco, bichusco, trichusco y chubasco”, Fernando Ferreró, que explicaba “las formas de amar que los mediterráneos habíamos sido capaces de descubrir”. Y lo mismo dirá más adelante de sus amigos cantados, contados y encontrados, como puede ser Imanol, “esa especie de oso grande y desamparado”, Krahe, Sabina, Paco Ibáñez, Carbonell, Mariano Gistaín, José Luis Cano, Miguel Mena. “Banderas rotas” es el cuaderno de los camaradas, de las decepciones, de las aventuras que conducían a la dignidad y a la utopía, y que sobre todo es el cuaderno de un puñado de amigos verdaderos repleto de maravillosas fotos. También está la aventura turolense que dio lugar a Andalán, el relato del PSA y su caída, la historia de la canción con algún que otro anecdotario chisposo, como cuando le dice el Rey: --Y eso de cantautor, ¿de dónde le viene? --Ya ve –le respondí en broma--, de cantarles a las chicas de la Sección Femenina en un albergue de Canfranc. Se nos recuerda que fue Ovidi Monllor quien le ayudó para que grabase su primer disco, aunque la discografía no creía nada en él, y le decía: “Nunca llegarás a nada en esto de la canción mientras no te quites esa pinta de alcalde de pueblo que arrastras”. Confiesa que el cantautor nació en Jaca, en casa del fotógrafo Pedro Tramullas, cuando interpretó una melodía con desgarro surrealista, “mientras un ilustre profesor de la nada intentaba domesticar un perro lobo que huía de él como alma que lleva el diablo”. Si estuviese aquí el profesor, que levante la mano. Labordeta no dice nada. José Antonio también repasa su militancia en el nuevo partido emergente, que es la Chunta, y repasa entre otros mil asuntos algunos detalles familiares. Su pudor le lleva a escamotearnos su historia de amor con Juana de Grandes, aquella mujer que se parecía a Capucine o a Audrey Hepburn, a la que intentó seducir con un verso de César Vallejo que ridiculizaba a un notario. Empezaba bien: ella es hija de notario. Y dedica páginas preciosas y hondas a su hija Ángela, de la que hace un gran retrato y explica una relación de tensión entre ambos y de ambos con el mundo. Por cierto, este libro debe leerse con su novela “Bombones de licor” delante. Hay muchas más cosas aquí: una historia de Aragón y de España, la crónica de la posguerra y de las esperanzas, una expedición entusiasta y sin resentimiento. Y no hay nostalgia alguna por “aquel tiempo de represión y de cutrez mental”. Aragón existía desde hace cerca de un milenio, pero a Labordeta ha tenido el honor de reinventarlo y de ser su pasaporte, su salvoconducto y su embajador dentro y fuera de España. Él le ha dado certezas, símbolos, identidad: lo ha hecho reconocible en todas partes. Ha tenido ese don y debemos agradecérselo. Y eso es bonito, emocionante, tanto como cuando dice: --Con 66 años lo único que se puede ser es buena gente. Esa aspiración la ha logrado en la poesía, en la novela, en la política, en la amistad y en este necesario y hermoso libro de homenajes.
11/03/2005
 A veces ocurren cosas. Por ejemplo: sales de la redacción porque estás sin coche y tomas un taxi para coger el último autobús de Garrapinillos. Y el taxista, que se llama Jesús, te dice que no ha oído la retransmisión del Real Zaragoza que jugaba en el Prater con el Austria de Viena pero que sabe que ha obtenido un buen resultado: empate a uno. Y te explica que no ha podido oírlo porque a esa hora tenía una de sus clases de baile en la Casa de Valencia. Va una vez a la semana con su mujer, y te explica que los dos bailan muy bien. “Se aprende, se aprende, pero nosotros somos bailarines en las fiestas del pueblo, y eso se nota”. Asegura que en esas clases se puede mejorar, pero que es necesario tener algunas nociones y que, sobre todo, es imprescindible tener sentido del ritmo. El trayecto era demasiado corto, por eso no le dio tiempo a explicarme su método, ni qué tipo de música usaba para bailar, pero sí me dijo que a veces había piques con la mujer: quién se ha equivocado en este paso, quién se ha precipitado. Me imagino que las disputas serán más con la mirada que a grito pelado. Y cuando me iba y me dijo su nombre, retuvo un momento su coche, abrió la puerta del copiloto y exclamó: “Puede decir que mi mujer fue la primera en Zaragoza en recibir un trasplante de corazón”. Avancé hacia el autobús con la sonrisa en los labios pensando en esa mujer que tiene una nueva vida y un nuevo corazón, y lo enseñorea mientras se deslíe la música a ritmo de tango. A veces ocurren cosas. Casi todos los jueves, me llama Pepe Melero, siempre sensible a “Artes & Letras”, siempre entusiasta, y quizá también de los que más sufren por la pérdida de cuatro páginas. Es la persona que me anima constantemente: si uno anda alicaído e inseguro, no hay problema, él lo intuye desde el otro lado del hilo y empuja, empuja, hasta que el ánimo se enardece. Pepe es uno de esos inesperados hermanos que te regala la vida en otra casa y de otros padres. Como Mariano, como Luis Alegre. Como con ellos, con Luis y Mariano, y con Manolo Pizarro y con Honorio Romero. Luis apareció algo tarde, encontró un hueco para tomar café entre una de sus constantes reuniones y su presencia en la radio, al lado de esa novia ideal que se llama Concha García Campoy, nuestra diosa en las ondas, esa voz que nos lleva de extravío por los pantanos del sueño. Hablamos de mil cosas, siempre entre risas, nada trascendentales, de recuerdos que a lo mejor nos hemos contado antes. Incluso rivalizamos un poco con Honorio Romero acerca de algunas alineaciones –la de Polonia del 74: Tomazewski; Szymanowski, Gorgon, Zmuda, Musial; Kaspersack, Masnyck, Deyna; Lato, Szarmach y Gadocha; recordamos la de Brasil 70: Félix; Carlos Alberto, Piazza, Brito; Clodoaldo, Everaldo; Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelinho; la de Alemania 74: Maier; Vogts, Swarzenbeck, Beckenbauer, Breitner; Höennes, Bonhoff, Overath; Grabowski, Müller y Holzenbein, y ya vale, amigo Pepe Melero, que supongo que eso así dicho de corrido y sin la enciclopedia te pone un poco nerviosillo, lo sé…-, llamamos a Labordeta a Madrid para felicitarlo por su cumpleaños: 70. Y va Luis y recuerda una memorable anécdota que le sucedió hace unos días en el Santiago Bernabéu, en la aciaga jornada de Losantos Omar. Luis y Labordeta habían sido invitados al palco en el choque entre Madrid y Zaragoza por Merche Gallizo, nuestra embajadora en la capital como Directora General de Prisiones. De repente, se enteró Pepe Melero, llamó a Luis Alegre y le dijo: “Luis, yo he tenido dos ídolos en esta vida: Labordeta y Pelé, y hoy van a estar en el Bernabéu. Te pido un favor: quiero que les hagas una foto a los dos juntos”. En el palco del Bernabéu estaban Labordeta y Pelé bastante juntos, pero no lo suficiente. La foto no era fácil. Luis, que es amigo íntimo de Luis Figo y por tanto un pícaro y un amante del instante decisivo, incluso en fotografía, empezó a pensar cómo podía cumplir el encargo que le había hecho su amigo, un encargo que era también un sueño de adolescencia. Calculó el momento en que, al final del choque, Pelé se pondría a la altura de Labordeta. Calculó las distancias, el foco, compuso mentalmente la foto de su vida: dos mitos encerrados en el objetivo para siempre. Y en efecto, tal como había sospechado, Pelé, con sus protectores, salió un instante antes de que se consumase la injusta victoria de los merengues. Se situó en el lugar adecuado y comenzó a soñar: Pelé y Labordeta aparecerían en el mismo encuadre. Así iba a ser. Pelé avanzó, Labordeta se irguió y Luis apretó el enfoque automático, y justo en ese instante apareció Diego López Garrido que se acercó al “Abuelo” Labordeta y obstaculizó el campo de acción del fotógrafo. Luis, contrariado, disparó igualmente, y en la memoria de su cámara quedó el gran cabezón de López Garrido, el colodrillo de Labordeta y un fragmento de oscura testa del hombre que marcó más de mil goles: Edson Arantes do Nascimento. Lo único que no sé es si Pepe Melero tiene esa foto y la ha enmarcado, o si ha construido una montaña de odio hacia López Garrido. Intenté aliviar levemente a Luis Alegre –tan pícaro como Luis Figo, gambeteador insaciable- con otra anécdota reparadora: hace unos días Antonio Calvo Pedrós me regaló dos fotos para el bibliófilo Melero: aquella en que Pelé está con Violeta (que quizá sea el tercer héroe que rivalice con Pelé y Labordeta) y con Carriega en La Romareda en el verano del 74, y otra foto de los dos “pelés” del momento: el pelé negro e irrepetible, el diez formidable del Santos y de Brasil, y el “pelé blanco”: Saturnino Arrúa, aquel interior paraguayo que jugaba al fútbol como los ángeles y que acaudilló el formidable conjunto blanquillo de la temporada 74-75 que fulminó al Real Madrid el primero de mayo por 6-1. Nada menos.  Decía hace un instante que a veces ocurren cosas, auténticos latigazos de sorpresa. En Barcelona tengo amigos a los que no he visto nunca, amigos secretos con los cuales establezco un lazo no revelado, un vínculo de admiración y de cariño. Me sucedió con Joan Perucho, al que conocí casi al final de sus días en Andorra la Vella; me sucedía con Miquel Marti i Pol, lo había leído mucho, lo había cantado siguiendo las modulaciones de Lluis Llach –I amb somriure, la revolta…-, y un día lo vi también en Andorra junto a su joven esposa que parecía un arcángel protector y cuidadoso que le había enviado el cielo; me sucedía con Néstor Luján, al que veneraba por sus múltiples trabajos y libros, y por una serie que ha marcado mi vida: “En la cabecera de los protagonistas de la Historia”. Desde hace muchos años, tengo un amigo oculto, invisible, lejano, como un pariente que anda por ahí: Mauricio Wiesenthal. Lo sigo también en sus libros –“La Belle Epoque del Orient Express”…- y en sus artículos en distintas revistas, pero sobre todo en “La Vanguardia”. Anunciaba el otro día que estoy leyendo su “Libro de Requiems” (Edhasa). Empecé a hacerlo por uno de esos personajes que me han acompañado como una sombra próxima, Alfonsina Storni (me habló de ella Javier Villafañe, la cantaba como nadie Imanol, recordaba su suicidio Mercedes Sosa, “Y te vas Alfonsina…”, leí algo de su historia de amor un poco precipitada con mi maestro Horacio Quiroga, el señor atormentado de Misiones), y sigo viajando con Mauricio por medio mundo a lo largo de la historia. Ayer me dormí con la peripecia de Liszt, de Sand, de Balzac, que todos por ahí divagando sobre el amor en la pieza “Impromptus para Franz Liszt”, y merodea el propio Mauricio dando jugosos detalles de sí mismo, o de ese personaje delicioso que crea y que traté con alguna injusticia tal vez el otro día: “Los idiotas solemos consolarnos con el recurso de la honradez. Pero, si uno no hubiese sido educado en los principios de la honestidad, podría ser propietario de algo. Por ejemplo, de los bastones de Liszt”. Hace un par de días recibí una bellísima carta de Mauricio Wiesenthal, donde me pedía una sirena. El dibujo de una sirena. Lo cual para un mal amanuense del dibujo como yo es todo un sueño. Pero además, ayer me envió otra carta preciosa que espero que no le moleste que reproduzca aquí: “Querido amigo Antón: Cuando dos músicos callejeros se encuentran en una ciudad lejana y escuchan, en medio de toda la algarabía, una música que les recuerda el camino andado, se muestran primero sorprendidos. Pero luego van dándose los acordes y las disonancias, reconociéndose en este juego de ‘jazz’, hasta que acaban compartiendo sus ‘blues’ y sus ‘réquiems’. Espero que el próximo encuentro entre nosotros sea delante de una copa de vino. Yo llevaré mi violín melancólico y espero que tú lleves tu saxofón mágico. Un abrazo. Mauricio Wiesenthal”. He de reconocerlo: soy muy afortunado con los catalanes. He querido con locura a otra catalana como Mercè Rodoreda. Durante algunos años la leí vorazmente, en mi lapso del bingo, intentaba imitarla. Era como un mito muy hondo y propio. Siempre recordaré cuánto me impresionó la novela y la serie de televisión “La plaza del Diamante”, interpretada por Silvia Munt. Creo que amo a esa mujer desde entonces. Ayer la llamé para invitarla a Albarracín para que viniese a presentar su trabajo sobre Gala, pero no podrá venir (así me lo hecho saber Walter, su amable representante) porque está preparando su primer largometraje de ficción, escrito y dirigido por ella. Acabo con Mercè Rodoreda: la admiré tanto, me impresionaron tanto sus libros, incluso el inacabado “La mort i la primavera”, que le puse el nombre de una de sus novelas a mi hija Aloma. Vuelvo mis ojos hacia el libro de Wiesenthal y anoto este pasaje de “El ángel de Rilke” (el primer libro importante que robé, por voluminoso, maravilloso y agotado, fue el de unas “Obras selectas” de Rilke, más de mil páginas, que había traducido para Plaza & Janés José María Valverde, en la librería Cervantes de A Coruña): “Había soñado con una mujer misteriosa que le esperaba, envuelta en su pañuelo, junto a un puente de Toledo. Quizá tenía una cita con la muerte. Su vida no era un camino de rosas: unos poemas inspirados, una filosofía angustiosa, una infancia perdida, una mujer abandonada y una hija que había traído al mundo con total irresponsabilidad”.  LOS TRES ÁLBUMES* Nunca había sentido curiosidad por sus cosas más íntimas. Pero cuando sucedió la catástrofe, sospechó que su hijo era, en el fondo, un desconocido. Había crecido de prisa, trampeaba con los estudios y con las novias, y tenía como todos una vida oculta. Y fue esa vida la que se le reveló cuando abrió de par en par los armarios, los cajones, los archivadores. Ese tesoro inadvertido que uno acumula como quien construye una despaciosa biografía. No sabía que era coleccionista de plumas, ni que poseía varias cajas de lápices de colores de marcas y países distintos. Ignoraba que llevase un diario de pequeñas frases y dibujos que se le antojaron surrealistas. En un sobre grande, había 17 cartas de amor de Clara. Y descubrió también una serie de insignias o pins de las ciudades que había visitado y pequeños carteles de cine, con algunas de sus películas favoritas: “Charada”, “Desayuno con diamantes”, “Vacaciones en Roma” o “Dos en la carretera”. Pero hubo algo que quizá la emocionó mucho más. Los tres álbumes de fotografías. Todas las fotos llevaban una pequeña leyenda. Abrió el álbum de los amigos, porque pensó que iba a ser el menos doloroso, y reconoció a César, Andrés, Pascual y Clara, pero no a todos, desde luego. ¿Por qué no había visto nunca a ese Leandro que aparecía casi siempre, en los partidos de hockey o en las jornadas de natación? El segundo álbum contenía sus retratos, desde la niñez hasta el final. Ella no pudo evitar las lágrimas: ¡Cuánta hermosura atropellada en ese orden insospechado! ¡Qué alegría de crecer y desperezarse día a día, en la arena de la playa, en el río, en los jardines, en la única foto que conserva de la escuela! ¡Cuántas películas de la memoria y la emoción la asaltaron de súbito! Se armó de coraje para abrir el último álbum. Halló los retratos de la familia, desde los antepasados hasta sus hermanos. Al de su abuelo le había colocado esta frase: “El origen de la semilla”. Y a su hermana pequeña: “El último milagro de los míos”. La madre miró cada retrato, uno a uno, con sus notas. Sabía que el hijo que se había ido en marzo iba a recuperar la vida para siempre desde las fotos y en el recuerdo. Desde la inmortalidad de la memoria. *"Heraldo de Aragón" publica hoy un monográfico de recuerdo y homenaje a las víctimas del 11-M, que ha diseñado el extraordinario Javier Errea -en colaboración con su estupendo equipo de maquetación y diseño: Pilar Ostalé, Kristina Urresti, Ana Lourdes Pérez y Asier Barrio-, en el que hablan muchas personas, analizan lo ocurrido expertos y personas que han vivido la masacre de cerca, y escriben otros textos gentes como Enrique Gastón, Félix Romeo, Miguel Mena, Ángel Guinda (que viaja en esa ruta de la muerte) y otros muchos afectados o personas anónimos que recuerdan lo ocurrido con una sensación de escalofrío. Las fotos son de ese excepcional fotógrafo que es José Miguel Marco, y escribe prácticamente toda la plantilla del diario. Creo que el número es emocionante, para guardar, para no olvidar esa terrible sinrazón.
13/03/2005
 Releo la entrevista que ayer le hacía Antonio Fontana, un buen amigo y un buen narrador (durante los dos años que colaboré en ese suplemento fue exquisito conmigo: dos de los mejores años de mi vida, dos años auténticamente felices), a Javier Cercas “ABC Cultural”, donde dice algo que, de alguna manera, creo que también me define a mí, a muchos, muchísimos y a mí: -No me imagino a mí mismo de otra manera [que ser escritor]. Hay un ensayo maravilloso de Giorgio Manganelli, “¿Por qué escribo?”, al final del cual dice: “Escribo porque no sé ni atarme los zapatos”. Manganelli es de los míos. Uno escribe por muchos motivos y la escritura se termina convirtiendo en un vicio, una necesidad, un instrumento de supervivencia, en una forma de protegerse. Es una manera de dotar de sentido a la realidad, o al menos de una ilusión de sentido. Es tu manera de ir por el mundo. Te permite entenderte a ti mismo, aunque no del todo. Te permite ser otro. Leyendo y escribiendo eres otro. Eso sí que es una aventura: más que irte a China. Bueno, yo en realidad también pienso que irte a China es una gran aventura. Aún no he leído “La velocidad de la luz”, la nueva novela de Cercas. La compraré mañana y ya daré en el blog mi opinión. El jueves, en “Artes & Letras”, Félix Romeo comentael libro. Félix se va un mes y medio a Aberdeen. Ayer hubo una fiesta de despedida en la nueva casa de Ismael Grasa –corrijo aquí: su libro de doce cuentos “Trescientos días de sol” aparecerá en su sello de siempre: Anagrama, no en Xordica- y de Eva Puyo, recién llegado Félix de dar un curso en La Casa Encendida, según leo en la web de Mariano Gistaín, titulado “Escribir con lo mínimo”. Anoche en Calanda, durante la presentación del libro “Calanda. El sueño de los tambores”, donde también escribe Félix, Ignacio Peiró y Pedro Rújula se confesaban admiradores absolutos de los textos de Félix en “Revista de Libros”, en “Artes & Letras” y en su nueva sección “Merienda de tigres” de ABC. “Está en un momento extraordinario”, sentenció Peiró. En realidad, lleva muchos años hablando de libros con una lucidez incomparable, con la gozosa y documentada libertad del lector que ama, se asombra y busca los libros de los otros. Félix encarna con una generosidad absoluta la alegría de la literatura. Ayer, sábado, los partidos de Jorge y Diego se saldaron con victoria. Diego venció sin jugar por incomparecencia del rival y el San Gregorio (División de Honor) ganó en casa al Montecarlo, 2-0, con lo que ya ha eludido el descenso. Jorge jugó en la segunda parte e hizo un buen partido: penetró, tras driblar a dos contrarios, hasta la línea de fondo, y repitió el mismo lance un instante después, se quedó escorado ante el portero, que acabó repeliendo a córner su trallazo. Hizo unos minutos muy convincentes, de entrega, apoyos y desborde; amplió el campo, permítaseme esta licencia, y dio profundidad al San Gregorio, que realizó un partido serio pero muy gris en la primera parte, y mucho más alegre y repleto de ocasiones en la segunda parte. Ayer hicieron un sensacional choque el lateral Richie, de los mejores que le he visto nunca; Xavi, que se vació de medio centro que acude a todos los balones con su largo recorrido, y Nano, el interior o extremo derecho, que generó ocasiones de gol y se zafó una y otra vez por el costado.
15/03/2005
Ha sido un día vertiginoso. Y tal vez improductivo. Lo mejor, cuando las cosas van tan de prisa, son los amigos. He visto a muchos. Los halcones despedían a Félix Romeo, que parte mañana a Aberdeen con la maleta y la cabeza llena de proyectos. Este hombre, ahora delgado, es un sinvivir, como diría Roberto Miranda. Su tormenta de ideas es tan constante que casi hace sentirte como un poco inútil o inválido en alguna región del cerebro. Invitó a jamón a medio Babel y luego tuvo agallas de comprar en algún sitio pasteles de crema, de chocolate y de nata. Ahora que no bebe, que come muy poco y que va con una única mujer, y además rubia, se siente todavía mejor. Incluso las chupas de cuero le quedan impecablemente en ese desaliño espontáneo: parece un escritor feliz salido de una película de serie B o de un retrato anacrónico de Rembrandt.
Antes quedé a fumar un Chesterfield con José Giménez Corbatón. Apuramos café y cerveza y casi una hora de cháchara. Le llevé algunos libros: es un lector meticuloso que repasa la prosa ajena con el mismo mimo que si fuera la suya, y además redacta sus notas de lectura en unos cuadernos de 32 páginas que son un regalo de amanuense para sus tres hijos. Dentro de unos días se va a Burdeos y luego a Italia. Pero ya deja los deberes hechos: ha terminado una novela sobre el escritor Petrus Borel en el París del siglo XIX y está a punto de reeditar “El fragor del agua”: ha corregido, ha purificado y ha recuperado algunos términos digamos “regionales”. Chusé Aragüés, de Prames, ha mostrado un gran interés en el libro. Es conocida la devoción absoluta del editor por tres excelentes libros: “La lluvia amarilla” de Llamazares, “Camino de sirga”, y esta colección de relatos de José. El libro se presentará en Ámbito de El Corte Inglés el catorce de abril, nada menos.
También vino a verme Ana Alcolea, que tiene dos libros nuevos, dos libros en busca de editor. Uno que es una novela que sigue la huella de “El medallón perdido” y “El retrato de Carlota”, pero ahora la historia sucede en Noruega y hay una intriga de nazis. Ana me trae dos discos de la intérprete cántabra Inés Fonseca, uno de ellos dedicado por completo al poeta José Hierro, que le regaló una colección de dibujos y acuarelas para el cedé.
También recibo llamadas de Pepe Bofarull, que ilustra esta semana “Artes & Letras” –en las próximas lo harán, entre otros, Concha Silván y Tinaja…- con un monotipo lleno de color y de fuerza, y otra de Joaquín Coll y de Kati Garbía-Bragado Acín, que participarán hoy, con Emilio Casanova, en el programa que vamos a dedicarle a “La línea sentida” sobre Ramón Acín. Esa emisión la completan Virginia Baig y Teresa Ramón, que hablarán de “La mirada y el agua”. Será como se ve un programa totalmente oscense. Hoy “El Paseo” emite una entrevista con Javier Sebastián, que acaba de publicar en Espasa “Veinte semanas”, otra con José Antonio Román Ledo, sobre su libro de Julio Alejandro, y dos reportajes sobre “Cuaderno de viaje” y la exposición de Pascual Blanco en Sástago.
Estoy muy cansado pero por si alguno aún frecuenta este blog me gustaría decir que al volver del Babel, hacia la una y media, salí a pasear a mi perra. Me puse la caperuza en la cabeza y adopté una apariencia de monje. Me creía tanto mi papel que pensé incluso en David Caspar Fiedrich: me creí un pensador en calma, un merodeador de la hermosa noche. Llevaba entre las manos dos libros. “Leyendas del Cáucaso y de la Estepa”, recopiladas por Alejandro Dumas y publicadas por Siruela, y una monografía sobre la rehabilitación del Óvalo y la escalinata neomudéjar de Teruel. Las fotos de Andrés Ferrer y Antonio Ceruelo son magníficas, conmovedoras, reinventan un nuevo Teruel, un nuevo mudéjar cotidiano y casi a ras de suelo, y dan brillo y belleza no usada al gran proyecto de David Chipperfield (Londres, 1953). El libro es estupendo y Teruel parece una capital europea; no hay más que mirar las fotos de las páginas 86 y 87, pero las de la 88 y 89 son una pura maravilla, una pura maravilla en medio de este manual de la hermosura, de luz que carga con la luna y la exhibe. Hay mucho que ver, pero antes de ir a dormir, a las 3.04 de la madrugada, me detengo en la página 83: es minarete que se eleva delicadamente ante el precipicio, con un cielo de ceniza al fondo, y se espejea en el suelo mojado… ¿Cómo no iba a amarse y a morir aquí Diego e Isabel, Isabel y Diego, nuestros amantes de la memoria arrebatada?
Al final no os he contado lo que quería deciros: la perra avanzó y avanzó y se fue hacia la plaza. Allí la encontré, bajo la palma, triscando con las adelfas o copiándose en la fría agua del surtidor. La plaza era ideal, solitaria y luminosa, un faro en el llano para la gran iglesia de Ricardo Magdalena. Fueron unos minutos de una gran intensidad, de confusión con la belleza. Cuando me dirigía hacia el frontón levanté los ojos, había alguien recenando y en la pared, en un póster, había dos hombres que se acariciaban en la pared e improvisaban un coito. Y esto, aunque pudiera parecerlo (lo más fantástico siempre es lo real), no es una invención ni un delirio…Viniendo hacia casa, me quedó una duda: ¿no eran en realidad dos tíos en un tándem de bicicleta?
16/03/2005
 La visión totalizadora de Cervantes Se han escrito muchas cosas del Quijote. Quizá una de las opiniones más felices y totalizadoras la ha dado recientemente Mario Vargas Llosa: “El Quijote’, como ‘La Odisea’, ‘La Divina Comedia’ o el ‘Hamlet’, nos enriquece como seres humanos, mostrándonos que, a través de la creación artística, el hombre puede romper los límites de su condición y alcanzar una forma de inmortalidad; al mismo tiempo nos fulmina, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez, contrastados con el gigante, Miguel de Cervantes, que concibió esa gesta”. Jorge Luis Borges, el primer premio Cervantes, galardón que compartió con Gerardo Diego, más admirador de Quevedo que de Cervantes, dijo: “Tenemos en Don Quijote un doble carácter. Realidad y sueño, porque Cervantes sabía que la realidad estaba hecha de la misma materia que los sueños”. Homenajes Universales El Quijote fue traducido al inglés por Thomas Shelton en 1612 y al francés por César Oudin en 1614. Era un libro de historias irreales, se pensaba, que continuaba la tradición de “El Decamerón” de Boccaccio. Aunque conoció otras muchas ediciones, en algún caso excepcionales, empezó a ser verdaderamente universal a raíz de las interpretaciones de Heinrich Heine y del filósofo Schlegel, que consideró a Cervantes un escritor consciente y un creador original que estaba a la altura de Shakespeare y de Goethe. Años más tarde, Ivan Turgueniev lo emparentó con “Hamlet” y Flaubert llegaría a afirmar que se sabía el volumen de memoria antes de aprender a leer. Otros autores como Nietzsche o Luigi Pirandello elogiaron las excelencias del proyecto. El dramaturgo italiano le rinde un homenaje explícito en “Seis personajes en busca de autor”, que en el fondo es uno de los asuntos que abordó Cervantes. Un paraíso de historias en Esquivias Miguel de Cervantes, recién casado con la joven heredera Catalina de Salazar, se instaló en Esquivias, a doce leguas de Madrid. Le costó un tiempo aportar al matrimonio los cien ducados que se comprometió a entregar, y allí tuvo un año de sosiego, lejos de la Corte. Pero su existencia resultaba tan apacible que creía estar en un paraíso: cuidaba los olivos y los viñedos, y se reunía en con amigos, hidalgos y vecinas que le contaban historias al calor de la lumbre. El chisme era una forma de mantener viva la literatura oral, cuando él dejaba de evocar sus días en “La Marquesa” o el cautiverio de Argel. Allí, mientras intentaba olvidar que era un hombre lleno de deudas, oyó la historia del hijo de Pedro Lobón, que quiso hacerse cura y recibió la tonsura, pero fue demandado por una joven encinta, la historia de aquel pintor que cambió su oficio por la rudeza del campo o el relato de tres muchachas que habían sido raptadas por una tropa de soldados. El libro de la vida en la tierra Acaba de aparecer el volumen “Don Quijote en el arte y en el pensamiento de Occidente” (Cátedra, 2004), de Allen & Finch, que es un compendio de opiniones y visiones sobre el personaje de Cervantes. Se recoge esta cita de Dostoievski: “Si este mundo se acabara y en algún otro se le preguntara a la gente si habían entendido su vida en la tierra y qué conclusiones habían formulado, uno podría simplemente presentar el libro de Don Quijote y decir: ‘He aquí mis conclusiones con respecto a la vida. ¿Podrán condenarme por ello?”. Joseph Conrad tampoco le fue a la zaga en consideración: “Conversos ha habido que, por su exquisita indiscreción, han ganado inmortalidad cierta. El ejemplo más ilustre, esa flor de la Caballería, don Quijote de la Mancha, sigue siendo para todo el mundo el único hidalgo genuino y eterno”. Realidad y sueño del aragonés Blecua El aragonés José Manuel Blecua, presidente del comité del IV Centenario, declaraba a “La Vanguardia”: “Me gustaría que la conmemoración fuera capaz de cambiar un poco la mentalidad de la sociedad española respecto al libro, a la lectura, al uso y el manejo de las lenguas y el respeto a las otras lenguas, fomentando una capacidad de convivencia con otras lenguas y otras culturas que resulta clave en el mundo actual, definido por su multiculturalidad. Y me gustaría, sobre todas las cosas, que cambiara la idea, la mentalidad de los jóvenes, y que el libro ocupara el lugar que debe ocupar como fuente de información y de conocimiento, y al mismo tiempo como entretenimiento, porque la literatura es un camino lúdico. (…) Creo que lo fundamental es el carácter utópico del personaje, la capacidad de transformar una sociedad”.  El punto de partida de la biografía de interpretación “Goya”, de Robert Hughes (Sidney, 1938), tiene algo de inquietante narración de corte fantástico. Autor de libros como “Barcelona”, “El impacto de lo nuevo” o “Visiones de América”, Hughes sufrió un terrible accidente de automóvil, “en el que casi perdí la vida”, que lo mantuvo cinco semanas en coma y muchos meses deambulando de hospital en hospital. Llegó a pasar una docena de veces por el quirófano. Goya siempre le había atraído, desde los lejanos tiempos del instituto, y además la primera obra que adquirió fue “una impresión débil y en mal estado del Capricho 43, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, esa indescriptible y conmovedora representación del intelectual que, desplomado sobre su escritorio, es acosado por dudas y terrores nocturnos”. Como en un ejercicio de justicia poética, Goya se le aparecía en sueños durante su estado comatoso, lo perseguía y se burlaba de él, como si le estuviese exigiendo un libro. Y ahora el libro acaba de ser publicado en España por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Se trata de una biografía lineal, que empieza en Fuendetodos en 1746 y culmina en su doloroso exilio en Burdeos, en 1828. Hughes confiesa que “había albergado esperanzas de ‘capturar’ a Goya con mi escritura” y ahora, en esa travesía del subconsciente, era el artista quien lo provocaba. En el capítulo inicial, “Goya por accidente”, explica Hughes sus teorías y sus conclusiones. Califica al artista aragonés como “un artista moderno” y lo dice porque “constituye una figura bisagra: es el último representante de lo que ya fue, y el primero de lo que estaba a punto de venir, el último de los grandes maestros y el primer moderno”. Goya era un hombre del viejo mundo, debido a “su evidente fascinación por la brujería y su fijación por las antiguas supersticiones”. De inmediato, al compararlo con otros creadores como Delacroix o Ingres, estima que “Goya era diferente: no podía ver ni experimentar nada sin formarse una opinión sobre ello, y esa opinión se manifiesta en su obra, a menudo de la manera más apasionada. En eso consistía parte de su modernidad y otra de las razones por las que aún resulta cercano pese al tiempo que nos separa”. Robert Hughes ahonda en algunas características del artista aragonés. Subraya que “Goya fue uno de los pocos grandes pintores del dolor físico, las crueldades y las humillaciones corporales”, y eso se percibe claramente en las “pinturas negras” y en los “Desastres de la guerra”, a los que define así: “Esos grabados estremecedores en los que el pintor da fe de los inenarrables y cruentos sucesos de la sublevación española contra la invasión napoleónica: con su testimonio Goya se convirtió en el primer reportero de guerra moderno”. Pero además, Hughes lo califica como “un epicúreo convencido” y le dedica un precioso párrafo: “Sabemos que le apasionaba todo lo sensorial: el olor de una naranja o de la axila de una niña, el aroma del tabaco y el regusto del vino, el ritmo palpitante de un baile callejero, el juego de luces sobre el tafetán, el muaré, el simple algodón; el arrebol expandiéndose en el cielo de una tarde estival o el pálido brillo de la culata de nogal finamente tallada de una escopeta”. ¿No hay aquí, en cierto modo, una definición de la pintura o de un pintor exultante que entendía los secretos del placer y admiraba la desafiante o amable sexualidad de las mujeres como Pepita Tudó o Cayetana? “Goya” también es una magnífica crónica de un país corrupto, y ese análisis tiene otro perfecto correlato: Hughes explica al pintor que intenta instalarse en la sociedad madrileña con un cuadro luminoso como “Pradera de San Isidro” de 1788, y cómo evoluciona en una suerte de catarsis o exorcismo personal hasta la “Romería de San Isidro” (182 / 1823), que pertenece ya a las “pinturas negras”. Hughes revela, por ejemplo, que Goya vivió unos meses en Roma, cuando residía en la casa de Tadeo Kuntz, con el grabador Giambattista Piranesi; recuerda la escasa pasión marital con Josefa Bayeu o, visitando la Cartuja de Aula Dei, anota que Paul y Amadée Buffet iniciaron en 1902 la restauración de los frescos de Goya, y afirma: “La mezcla del pincel de Goya con el de sus restauradores produce una extraña impresión”. Esta frase podría resumir el espíritu del libro: “Goya era un hombre muy listo y complejo, no sólo en cuanto a los temas, las técnicas y los significados de su arte, no sólo en su relación con el arte de los otros, sino en su vida cotidiana”. Goya no tenía nada que ver con esa vieja y romántica idea de que era |