Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2004.

01/08/2004

DE VUELTA

Ya hemos vuelto a casa con un sol último y pajizo: mitigado fuego sobre el Canal Imperial, luz sonrosada entre los perales. Aquí está Zaragoza y Garrapinillos bajo el bochorno. Carmen París canturrea en el coche; la gozosa memoria de dos largas semanas en Galicia me escombran de añoranza la piel y las sienes. ¿Qué has dejado allí?, te preguntas. Y recorres –con la vertiginosa rapidez del cerebro- las playas de Muxía, Corme, Laxe, Barrañán, Caión, Camelle (vimos el museo laborioso de Manfred, el “alemán de Camelle”), los faros de O Roncudo y o Vilán, el santuario de A Virxe de A barca bajo una tormenta de verano, el castillo de Vimianzo, la atmósfera hechizada de los bosques cerca de la playa de Leis, y evocas un encuentro con Vítor Vaqueiro en Noia, bautizada como “O porto de Compostela”, otro con Fernán Vello en A Coruña, en la Marina y en María Pita, Fernán Vello acaba de estrenar poemario tras ocho años de silencio, “Territorio da desaparición” (probablemente su mejor libro), y paseos con Pepe Cáccamo, con Xulio López Valcárcel, que posee cerca del mar y del castillo de San Antón una bodega para tertulias y un piso increíble lleno de pintura, hay dos o tres cuadros de Nacho Fortún. Entre otras cosas que se te vienen a la cabeza, están los lugares de la infancia, la presencia invisible del niño que fuimos ayer cuando perseguíamos olas, perros y poemas entre el paisaje. Visitamos como siempre la casa del poeta Eduardo Pondal (él invitó a Rosalía de Castro a pasar unos día en Muxía y ella escribió su novela “La hija del mar”), allá en Ponteceso, y nos sonó en la cabeza la canción “Golpes de mar” de Ángel Petisme. Es como la banda sonora de una vieja pulsión personal. En Galicia, entre otras muchas cosas, he repasado la obra de tres poetas clásicos: Luis Amado Carballo, Manuel Antonio y Luis Pimentel, y disfruté mucho con el libro “Os xenerais de África” de Vítor Vaqueiro, que es un viaje a su adolescencia viguesa en forma de relatos. Hay uno sobre la fotografía realmente admirable, uno de los más lúcidos que he leído jamás.

Un detalle surrealista: en el camping de Leis –una playa casi virginal o particular todavía-, todos los martes llegaba “Heraldo” de los lunes. Otro detalle: el cibercafé de Arteixo siempre estaba cerrado por “asuntos personales”.
01/08/2004 10:48 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

UN POEMA DE "TERRITORIO DA DESAPARICIÓN"

I
A CASA

Imaginen la piel que roza la casa oscura:
la memoria.

Un pálpito de arcilla, el tacto de la sombra
y un ámbito imantado en los ojos.

Desnudez antigua este recuerdo,
la cicatriz azul de la niebla,
el perfume plateado del río,
la lágrima constelada del tiempo.

Imaginen en la sangre el peso iluminado
de la casa que sentimos,
un pozo que se abre al crepúsculo como enigma,
el labio rojo de la distancia
que toca la estrella perdida del mundo.

Hay un eco de árboles de ceniza agitados en el viento,
un signo de temor agolpado en las piedras,
una voz extinguida que hierve en el silencio.
La casa tiene estancias vaciadas en la noche,
ángulos solitarios que se adentran ruinosos
en el pensamiento,
levitaciones oscuras de un óxido invisible
que creció en los espejos,
las puertas olvidadas como un deseo muerto
que se interroga a sí mismo.

La visión es un regreso que golpea en la frente
con su ley dolorosa de vértigo y de asombro.
Veo la casa soñada que se va construyendo
en su tacto sonámbulo de volumen y misterio:
limpia altura de piedra,
el perfil anunciado entre la raíz y el cielo.
Veo la casa que crece en el clima de un secreto,
en la lenta lentitud de la luz que esculpe el viento;
la forma que se adentra dibujando otra forma
en el recuerdo,
las heridas del invierno,
la flor negra del hierro,
un mapa de la soledad que nació en las paredes,
acidez de nieve y fragancias de olvido,
las hendiduras que dividen el dolor ante el tiempo.
Imaginen el aliento que toca la luna fría
de la casa que hemos perdido:
una densa polvareda en el corazón inmóvil de las horas.
Los caminos brillan con una luz de sepelio.
Se despobló la tarde como un lamento lejano
y duele aquella casa, la piel que roza el aire
de su sombra
que nevó en nuestro cuerpo.

Cuando la muerte nos abraza con su vaho terrestre
en esa hora imposible que petrifica el tiempo,
sentimos otra muerte como un río de espectros
que nos entra en el cuerpo.
La casa es una herida que se abre de noche,
la densidad oscura de un ojo turbio
que vigila ese centro, esa erosión sanguínea
pronunciada en los muros, la duración de un miedo
desterrado en la voz,
y ese azul de ruina que muerde una espesura
de sufrimiento insomne,
la espiral que reclama el curso de las ausencias,
los caminos borrados contra el norte de la lluvia,
una substancia extraña que precipita las luces
que se encienden en la muerte,
la casa estremecida como un nacimiento
que nos devuelve a ella,
un escalofrío puro como piel interior
quemada por la última brisa.

Imaginen la casa en su memoria desnuda,
una casa que brilla mercurial sobre la tierra,
territorio marcado entre nosotros como un límite
que no se sació de amaneceres:
la casa que fue astro, residencia del mundo,
orientación perfecta de los deseos.

Como una simiente demorada en el tiempo
esta casa es un secreto que respira su origen
contra el atardecer más largo:
la casa hecha estirpe, fábrica de nostalgia,
alianza durísima entre prodigio y cielo,
un lugar que se funda como una cifra íntima
en la admiración de la edad.

Imaginen la casa en el centro del destino
y sientan en ese centro la soledad del cuerpo.
Somos aquella casa que se nos fue perdiendo
dentro de nosotros, lentísima;
la casa que nos quema, sin saberlo, la esperanza;
la casa que nos deja el dolor inmóvil
del recuerdo,
la mordedura del viento en las sienes,
un sepelio de caminos vacíos
y el alma fría y desolada
como un país sin memoria
que ya no existe en el futuro.

(Traducción del primer oema de “Territorio da desaparición” de Miguel Anxo Fernán Vello. Galaxia, Colección Dombate. Vigo, 2004).
01/08/2004 19:02 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

03/08/2004

EL PERIODISMO, CAMINO DE PERFECCIÓN

Retorno a “Heraldo”: todo está patas arriba. Dentro de unos meses, la redacción será más práctica y más bonita. Ya nada es igual en el periodismo para mí: soy un reportero a la deriva, como si me hubiese olvidado lo que mejor sabía hacer: preguntar, escribir, contar historias, buscar la transparencia del corazón humano. He envejecido de súbito y he perdido la lucidez y casi la capacidad de trabajo. No es sólo la derrota fugaz de aquel que vuelve de vacaciones. Este sería un momento ideal para dejarlo todo y dedicarme a la literatura. O a encarnarme en el alma errante de Patricio Julve, ese fotógrafo escurridizo. Sé que esto no debería decirlo ni aquí ni en ningún sitio. ¡Qué bonito es tener talento! O tener poco y administrarlo bellamente, con sosiego, sin conciencia del límite, sin aspirar a ninguna genialidad. ¿Qué le lleva a uno a estar desubicado, a perder cada hora o cada cierto tiempo confianza en sí mismo? ¿Qué le lleva a uno a tener el pánico del aprendiz, del perfeccionista que duda de sí mismo, que ha visto la fragilidad de frente y se vuelve temeroso, enfermizo, taciturno? A veces me imagino que tengo el talento del límpido amanuense y me siento feliz. Despierto y...

Me encuentro con los compañeros. Con los jóvenes becarios, con los sueños del reportero que empieza, con el hastío. Con Gervasio Sánchez, que se lamenta de que el Ayuntamiento no haya reparado en modo alguno en el gran proyecto para la Zaragoza del futuro que presentó Ricardo Calero con sus grandiosas sillas de la palabra y la convivencia. Y me encuentro con algunas notas: Giménez Corbatón, Víctor Pardo, Mariano Chueca, Lorenzo Oliván, Javier Quiñones, que me envía un texto sobre José Ramón Arana (en sobre aparte, siempre tan delicado, me hace llegar un montón de fotos. Tendré que decirle que no tenemos suplemento de “Artes & Letras” hasta después del Pilar. Hoy me lo han dicho). Por encontrarme, en medio del desorden absoluto de mis muchísimos papeles y volúmenes, me encuentro con una caja de diez libros del pianista Luis Galve, un libro que he escrito con Rafael Salinas. Seré sincero: el mérito casi total es suyo porque ha trabajado muy bien, a fondo y con admiración. Chaco Morais me pide un texto para opinión y recreo el cuento de Man, el alemán de Camelle. Estuve en su museo, en su asiento, lo vi –amasado con aire salobre y pena- con su ademán de Simbad que retorna a casa desde las islas.

Al final de la noche, en el VIPS, he ido a buscar libros de fotografía (el otro día compré en A Coruña uno admirable de Philippe Halsman: “A retrospective”, puramente extraordinario) como siempre, me encuentro a Román Escolano. Su colección de grabados –la que donó sin nada a cambio al Gobierno de Aragón- está en Albarracín y pronto viajará a Rubielos de Mora. Y quizá, andando los días, viajará a Fuendetodos, donde se está trabajando en un gran proyecto de Museo del Grabado. Román Escolano, un sabio del arte que se curtió sigilosamente en las oficinas de Ibercaja, se marcha a veranear a San Sebastián con su mujer. Explica por qué: “Quiero ver a los artistas vascos, que están muy cotizados, que están en alza”. Esta vez no añadió: no como los nuestros. No como los nuestros, que declinan...

P.D. Rosa Borraz me envía, con un abrazo, el catálogo de gran formato de “En la Frontera”. No está mal. No está nada mal, aunque el arte entre nosotros pasa por un pésimo momento de promoción y difusión y en absoluto de creación. Debiéramos hacer un buen inventario y una buena muestra de artistas jóvenes, más o menos jóvenes, exponerlos aquí y llevarlos por el mundo. También me llega el catálogo de Lina Vila, con quien tanto quiero... Trabaja, con su sentido habitual de la inquietud y el extrañamiento, sobre el rojo y expone sus logros, desolada poesía, pregunta con heridas, en el monasterio de Veruela. Lina es dulce, acariciable, pero en el fondo de su alma o de su cerebro hay un nido desapacible de escorpiones, un fogonazo de heladas sombras...

Continúo con la traducción del poemario de Miguel Anxo Fernán-Vello: “Territorio da desaparición”.

II
LA DESAPARICIÓN

I
Es difícil establecer un léxico
que transparente la lenta ruina interior de las casas,
la oxidación ininterrumpida de los campos,
el espíritu de la muerte en la iluminación de las ciudades.

Sea que estamos en el proceso
en el que avanza la desaparición.

Y no hay pausa en este monólogo que va mordiendo el tiempo
con su ácido frío,
la náusea azul de los días como un golpe
amordazado en el pensamiento.

Los poderosos cantan en el coro de la ignonimia.
Celebran sus bodas con esa música turbia
que roza el último hilo de aliento
de un condenado al silencio.

Sea que en el túnel de la vida nos dirigimos a lo desconocido
y nos ciega la máquina insondable de la tristeza.
Ni siquiera la voz del poeta nos salva
cuando caemos en la noche
y se abre la herida blanca de la desolación.

Es la hora del implacable negocio con perfil de serpiente,
del festival de las multitudes vaciadas por dentro,
de los grandes patrocinios que huelen a húmedo papel en
penumbra.
Existe un mapa de aldeas olvidadas
que mueren todas las mañanas
cuando el mercurio de la luz petrifica de repente
la extensión de la ausencia.
no hay ojos para ver ese mar de soledad,
su quemazón verde que nace en el recuerdo.

Hablan las mujeres en una lengua que se oculta
en el brillo de la savia,
en una belleza antigua que ahora es dolor sin nombre,
mudo dolor en el viento inclinado de las tardes,
dolor rojo que se clava en la sangre.

Se adivina la sombra de un pozo en las sienes,
una fiebre que crece y nos trae en el cuerpo
el tacto gris del miedo.

Porque estamos temblando en la raíz del destino,
el vértigo que hierve,
la desaparición.
03/08/2004 00:40 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

TODO LO LLENAS TÚ

Son las dos de la mañana. He ido al descampado, bajo la luna que decrece. Hay un cielo azul, trabajado de nubes, que se ofrece como un abrigo cósmico dispuesto a ampararte. Allá se alzan las grúas, aquí los árboles, y en medio los zarzales, una vegetación en desorden, de corazón seco. La madrugada tiene algo especial. Hay murmullos, voces delgadas que llegan y que huyen, a la intemperie, del bochorno. Cinco mujeres parlotean a la sombra de la iglesia: hablan de esto y de aquello, hablan dentro de sus finísimos vestidos con una voluptuosidad inesperada. Me encanta esta forma de vida: el combate contra el calor en plena calle, avanzada ya la madrugada, sobre sillas de anea o en los bancos de la plaza. Dejo las mujeres a su aire. Y leo un poco mientras la perra trisca por aquí y por allá; me da vueltas en la cabeza la canción “Para que tú me oigas” de Carmen París, inspirada en el poema homónimo de Pablo Neruda del disco “Neruda en el corazón”, demasiado irregular; también me gusta mucho “A callarse” de Julieta Venegas. Y “No te quiero sino porque te quiero” de Antonio Vega, tan personal, tan sobrio...: “Moriré de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego”. Me concentro en las imágenes del volumen “Imaxes na penumbra. A fotografía afeccionada en Galicia (1950-1965)” (Xerais, 1998) de Manuel Sendón, donde hay estupendas fotos y biografías sincréticas de Veiga Roel, Luis Zamora, Raniero Fernández, Ricard Terré, el extraordinario Manuel Ferrol, Dionisio Tasende o García Ferrer. Unos y otros, y algunos más que no nombro aquí, componen una Galicia llena de sutileza, dolor, poesía y emigración, de magia de luz sombría, de niebla que se vuelca como una letanía o un temblor en las sienes.

Vuelvo a casa. Abajo, Daniel, Diego y Jorge ven “El hombre que pudo reinar” y se desvelan. Y Pablo Neruda musita, en la voz desgarrada y narcótica de Carmen París, “todo lo llenas tú”. Y también: “escuchas otras voces en mi voz dormida”. Es cierto: en algún lugar de mis oídos resuenan las confidencias de las cinco mujeres, bisbiseos hacia la aurora de quien no tiene sueño.
03/08/2004 02:14 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

04/08/2004

LA EXTRAÑA FAMILIA DE JOHN FANTE

Podría empezar diciendo aquello de que hoy ha sido un gran día. Estoy fascinado con la novela “La hermandad de la uva” de John Fante. El personaje del padre me recuerda a mi padre y yo, en cierto modo, me siento el escritor Henry, fascinado por Dostoievski y por toda la “Generación perdida”. Es deslumbrante de principio a fin: la surrealista relación de los padres (ella, una católica a ultranza que cocina prodigiosamente; él, un albañil borracho y terco que se impone a todos con sus locuras), la presencia de los hijos, a cual más anómalo: Stella, de fiera mirada, el guardafrenos Mario, que pudo haber sido una gloria del béisbol, el pusilánime y falso Virgil, cajero de banca, y el escritor, que está casado con la antipática Harriet. Fante –el creador del personaje inolvidable Arturo Bandini, el maestro de Charles Bukowski- es un virtuoso del diálogo, un narrador admirable por su sentido del humor y del desgarro, por la escasa compasión que tiene hacia sí mismo y por la facilidad con que crea personajes increíbles, aquí destacan por ejemplo los amigos borrachines del padre. Hacía algunos meses que no me fascinaba tanto una novela. Está publicada en Anagrama, donde aparecieron otros títulos de este narrador sin éxito y guionista casi olvidado, nacido en 1909 y muerto en 1983, hablo de títulos como “Pregúntale al polvo” o “Espera a la primavera, Bandini”. “La hermandad de la uva” es bastante autobiográfica como las anteriores pero está construida con una perfección y una intensidad admirables: es cruel y tierna a la vez, es ingeniosa y mordaz, es rápida, está muy bien dialogada, quizá sea una de las mejores que recuerdo sobre la figura del padre. Francis Ford Coppola se enamoró de ella pero la bancarrota de “Apocalipse Now” le impidió llevarla al cine. Fante está próximo a Carver, aunque es anterior, Fante prefigura “Cartero. La senda del perdedor” de Bukowski aunque es de 1977 y en cierto modo, con otro estilo y otro humor, recoge algo del espíritu de “El guardián entre el centeno” de J. D. Salinger y presenta la sociedad de los emigrantes italianos, un tanto desclasados y sin rumbo.

El modo en que todos le tienden una emboscada al escritor Henry, novelista de éxito, para que acompañe a su padre –se empeña en hacer un secadero de ciervos en la montaña- es prodigioso. Y es un delicioso disparate que nos hace reír, máxime si tenemos en cuenta que Henry debe darle argamasa y materiales, durante dos semanas, al borracho y alucinado padre...

También ha sido un gran día porque he conversado con Manuel Jalón, el hombre que inventó la fregona, el hombre que creó la jeringuilla de un solo uso, el hombre que trabajó en los primeros talleres de mantenimiento para los aviones de combate en la Base Americana, el soñador de misterios que compró en 1975 el castillo de Trasmoz, el castillo de brujas y encantamientos de bécquer, de quien dice –tras haber leído casi un centenar de libros sobre el amor- que “ni amó a nadie ni fue amado. Cantó a la belleza ideal del amor. Eso es todo y puedo probarlo”.

Y ha sido un gran día porque, en la Almozara, estuve un rato delicioso con Mariano Gistaín y Pilar Lecea: hablando de esto y de aquello, en un gozoso rencuentro, oyendo el vendaval que se avecinaba, presintiendo la lluvia de verano que se coló entre los árboles con un olor a sardinas asadas y a tierra estremecida y pastueña... Al lado, con su cansina culebra de agua, se deslizaba el Ebro entre las sombras.
04/08/2004 02:20 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

05/08/2004

CARTIER-BRESSON: LA MIRADA INMORTAL

Ayer por la mañana fui a Daroca con el joven fotógrafo Alfonso Reyes. Alfonso, pesar de tener sólo 22 años, ya ha hecho muchas cosas. Ha trabajado de casi todo, aquí y allá, hasta el punto de que sería capaz de levantar un tabique de obra. Durante el viaje hablamos de fotografía: de quince, veinte, treinta o cuarenta fotógrafos por lo menos. Cuando estábamos llegando a Daroca recordamos al gran Henri Cartier-Bresson, pintor, dibujante, cineasta y sobre todo el más famoso fotógrafo de todos los tiempos. El hombre que retrató a Matisse, a Giacometti, a Ezra Pound, a Albert Camus, a Faulkner, a Picasso, a Colette, pero también las guerras del mundo. Nos enseñó a ver lo invisible en lo visible, nos enseñó a mirar en el instante decisivo, y nos mostró que su ojo componía ya con el secreto de la geometría. Dijo: “La geometría es el principio”. Recordamos muchas de sus fotos: España, México (aquella dos mujeres que se aman de golpe y aparece la milagrosa Leica para inmortalizar ese instante de puro placer), la India, Rusia, Estados Unidos y París, París por supuesto. Alfonso Reyes (que desconoce a su homónimo mexicano, el rival de Borges en erudición) retrató a los alumnos y profesores del Curso de Música Antigua de Daroca.

Por la noche, un teletipo anunció la muerte de Cartier-Bresson, que estuvo en Zaragoza hace una década en Ibercaja y apenas se dejó fotografiar. Ha sido un maestro absoluto, el poeta sádico, el ojo estremecido del siglo XX, el hermano en Mágnum de Robert Capa. Empezamos a amar la fotografía por sus fotos. ¿Cómo vamos a olvidar aquel retrato extraordinario de Jean Renoir, con quien trabajó, con su complexión de inmenso animal bondadoso y tranquilo?
05/08/2004 02:58 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL TESTIGO LÚCIDO DEL SIGLO XX

Henri Cartier-Bresson ha llegado a Barcelona, a Caixaforum, con la muestra más completa y ambiciosa que habíamos visto jamás en España: 350 piezas distribuidas entre 250 fotos, 50 tirajes originales (denominados “vintages”), 28 dibujos, así como daguerrotipos familiares y algunos objetos personales. Y recordamos que en 1993, Ibercaja recogió una muestra de fotos, pinturas y dibujos del artista normando, “inconformista, anarquista y budista”, que tiene 95 años. Hace no demasiados meses, Cartier-Bresson fue reconocido ampliamente en Francia con una muestra muy completa en la Biblioteca Nacional de París, con la creación de su fundación y con la publicación de un vasto catálogo de casi 500 fotos, editado en España por Lunwerg con el título “¿De qué se trata?”. Y con la publicación en España de una excelente biografía de Pierre Assouline;: “Cartier-Bresson. El ojo del siglo” (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg). Además, su retrospectiva en Barcelona se completa con la muestra “Al gusto de Cartier-Bresson”, que recoge 93 fotos de los fotógrafos que más le han conmovido y que él mismo ha elegido. Entre maestros indiscutibles como Alfred Stieglitz, Man Ray, Robert Capa, Inge Morath, Richard Avedon, etc. (a todos los ha retratado), figuran tres españoles: la fotógrafa manchega Cristina García Rodero, el catalán Ricard Terré y el pintor gallego Verxilio Vieitez, un modesto retratista de aldea que estremeció al mundo cuando se vieron sus fotos en Madrid, en Santiago y en París.
¿Por qué es Cartier-Bresson el fotógrafo más famoso la historia, más que Robert Capa tal vez? Quizá porque ha sido capaz de desplegar, en su vasto archivo, un completo álbum gráfico de los grandes acontecimientos y de los grandes personajes del siglo XX. Nacido en Chanteloup en 1908, en el seno de una familia acomodada que producía las famosas bobinas de algodón Cartier-Bresson, se educó en el Lycée Condorcet de París. Al principio, se inclinó por la pintura y llegó a estudiar con el maestro cubista André Lhote, que le enseñó los secretos de la composición y de la geometría, algo que iba a marcar rotundamente su obra fotográfica. Desde muy joven decide algunas cosas esenciales: no recorta jamás ningún negativo, ni recuadra ni utiliza el flash. De niño y adolescente contaba con una Kodak Brownie, pero la cámara que le haría famoso sería la manejable Leica, de paso universal y muy rápida, que compró en Marsella en 1932. Dijo: “La Leica es una máquina tan ligera y perfecta que se convirtió en la prolongación de mi ojo, y ya nunca más me separé de ella”.
En 1930, Henri Cartier-Bresson comenzó a realizar tomas, espoleado por una de sus fotos preferidas: “Niños jugando en la orilla del lago Tanganika”, tomada por Martin Munkacsi en 1931. Una foto que él definió como imprescindible. Por aquella época realizó un viaje por África como cazador en Costa de Marfil, donde se salvó de la muerte de puro milagro, gracias a un hechicero que conocía los secretos de la hierbas y que había envenenado a una mujer blanca por “ser demasiado arrogante”. De regreso a París contactó con los surrealistas –a los que se sintió afín en algunas cosas-, realizó un viaje por Europa con Pieyre de Mandiargues y con Leonor Fini, y acabó en España, que sería con Francia y México su país de adopción. Le gustó la gente, la atmósfera mediterránea, los prostíbulos, la alegría, pero también padeció los lentos trenes de tercera y los chinches incansables de tantas fondas de Madrid y otras provincias. Entre sus fotos de entonces –de Barcelona, Madrid, Alicante, Sevilla, etc.-, no conocemos ninguna de Aragón pero sí existe una posterior de Ariza de 1953. En 1934, “cuando era todavía un artista en busca de su instrumento” como ha escrito Asouline, partió a México. Allí vivió experiencias increíbles como hombre (tuvo amores convulsos y destructores con una mujer casada) y como artista. De vuelta, entró en contactos con personajes del cine como Jacques Becker, Jean Renoir (del cual será ayudante de director en “Una partida de campo”, también fue figurante ocasional con Georges Bataille, y “La regla del juego”), o el mismo Luis Buñuel, pero también personajes como René Crevel, Paul Nizan, André Breton o la bailarina de origen indio Ratna Mohini, su primera esposa, con la cual estuvo en Madrid durante la Guerra civil española.
Sin soflamas políticas ni un compromiso expresado en términos demagógicos al uso, Cartier-Bresson hizo una constante defensa de la libertad con la cámara al hombro y con un manifiesto que lo define: el instante mágico, el instante decisivo. “Lo único que me interesa de la fotografía es la puntería al enfocar -le confesaría octogenario ya a John Berger-. La fotografía no es sino apretar un disparador, bajar el dedo en el momento apropiado”, frases que son una ampliación muchos años después de otros pensamientos esenciales: “Cuando miras por una cámara y disparas, todo ocurre en un momento; lo que quieres fotografiar está ahí, componiéndose en un instante”. Jamás, ha dicho, manipuló una situación ni violentó a ningún sujeto. Quiso ser, como su amigo Capa, el testigo invisible. Tal vez por eso dijo: “La fotografía es una lección de amor y odio al mismo tiempo. Es una metralleta pero también es el diván del psiquiatra. Una interrogación y una afirmación, un sí y un no al mismo tiempo. Pero sobre todo es un beso muy cálido”.
Y ese beso cálido, con su objetivo, lo dio alrededor del mundo. Durante la II Guerra Mundial fue capturado y estuvo en un campo de concentración alemán durante 35 meses. Realizó tres intentos de fuga y por fin logró huir a París, donde trabajó con la resistencia francesa. Tomó fotos de momentos importantes de la larga contienda, como la liberación de París, y realizó algunas de sus mejores series de fotografías de artistas: ahí están sus trabajos sobre Matisse, Braque, Pierre Bonnard, Picasso o su viejo amigo Alberto Giacometti, al que captó bajo la lluvia o en su taller desapacible rodeado de gatos y de alargadas esculturas. Luego empezó a dar larga y fructífera vuelta al mundo: sus viajes a Estados Unidos (impresionante colección de fotos de todos los ámbitos: esa obra resume a Weggee, a Walker Evans, a su admirado Lewis Hine o la perturbadora Diane Arbus), a Rusia (donde captó al Stalin ya final), India (presenció las actitudes pacifistas de Gandhi), China (atrapó la victoria de los comunistas), Indonesia, Birmania. En medio, tuvo tiempo de hacer muchas cosas: dirigió en 1945 el documental “El retorno” sobre los prisioneros de la II Guerra Mundial, fundó con Capa, David Seymour y George Rodger la agencia Mágnum, en la cual se integró años después su segunda esposa Martine Franck, expuso en el MOMA de Nueva York y fue el primer fotógrafo que expuso su obra en el Louvre en 1955.
A mediados de los 70 abandonó la fotografía. Retomó de nuevo los carboncillos, los lápices, los óleos, las acuarelas, y se centró en el dibujo y la pintura. Para entonces se iniciaba la espiral de la leyenda: en Barcelona puede verse la obra monumental del fotógrafo vivo más famoso del mundo.

-Este artículo apareció en HERALDO de Aragón durante la muestra de Cartier-Bresson en Barcelona. Expuso en Ibercaja en 1993.
05/08/2004 12:02 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

06/08/2004

DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE

Vuelvo a escribir en “Heraldo de Huesca” cuando la ciudad ya presiente un aroma a albahaca y a lozana mairalesa que desordena su lascivia. Recuerdo algunas cosas que me interesan: la próxima, aunque sombría, apertura del Centro Aragonés de Arte Contemporáneo en Huesca; recuerdo el gran homenaje a Ramón Acín que ha configurado Víctor Juan Borroy en su página web y la edición del libro “Maestras”, que se ha publicado en Biescas bajo el sello Prames. Hay estupendos textos: emocionadas páginas de gratitud, inventarios de vidas de entrega al conocimiento, retratos de pedagogas imborrables, sentimientos a flor de piel que firman muchos amigos: Ramón Acín, Carlos Castán, García Valiño, Julio Llamazares, el propio Víctor Juan Borroy, que glosa la la figura de María Sánchez Arbós, mi admirado Daniel Gascón, que no habla de maestras sino de un maestro de Lengua Española apodado “El Lobo”.

Releo un libro que marcó muchos momentos de mi vida de aprendiz de escritor (sigo en ello): “Cuentos de amor de locura y de muerte” (1917) de Horacio Quiroga (1878-1937), el gran escritor uruguayo que vivió en Misiones, que amó y mató, y que acabó suicidándose. Redactó un decálogo del perfecto cuentista y nos ha obsequiado con algunas piezas estremecedoras, de lo mejor –y no estilísticamente: quiso ser un eficaz narrador aunque fuese tosco de prosa, demoledor en sus atmósferas- del género. Quiroga, como ha reconocido su discípulo Julio Cortázar, es uno de los grandes cuentistas, como Maupassant, Kafka, Chejov, Jacobs (recuerden el admirable “La pata de mono”) o Dino Buzzatti. Borges y Cortázar. Y en estos relatos, que ha publicado Menoscuarto con prólogo de Andrés Neuman, podemos leer historias de amor y terror, cuentos crueles de enajenación y violencia, narraciones estremecedoras que te dejan sin resuello: pienso en “La gallina degollada”, una fábula sobre la inocencia brutalmente quebrada, “La insolación”, o esa pieza casi insoportable, casi repugnante en su desenlace, que es “El almohadón de plumas”. Hace algunos años, cuando trabajaba en “El día de Aragón” emitieron una serie latinoamericana sobre su convulsa historia, llena de accidentes y de dramáticas seducciones y de suicidios (el suyo entre ellos). Durante muchos años conservé la postal del actor que encarnaba a Quiroga y de la actriz que daba vida a su esposa. Acabo de recordar eso y me da un poco de pena no saber dónde está esa fotografía que llegué a enmarcar y que estaba muy cerca de mi mesilla de noche.

A media tarde, viene a rescatarme del sopor Mariano Esquillor, un veterano poeta que descubrió la lírica cuando tenía 48 años tras leer a Víctor Hugo. Hasta entonces había trabajado de albañil, y continuó haciéndolo hasta su jubilación. Me contó que hace algún tiempo se puso a escribir sus memorias, pero eran tan sinceras y descarnadas que su mujer Fanny, fallecida hace muy poco, le dijo: “Mariano, si sigues escribiendo esas cosas te mandarán a la cárcel”. Me ha contado anécdotas increíbles con sus encargados y contratistas de obras; quizá lo más pintoresco es que uno de sus patrones le arrancó de cuajo del pecho una vieja camisa y él le atestó un puñetazo que lo arrojó al suelo y le hizo una herida en el rostro de la que manaba abundante sangre. El patrón intentó matarlo con una navaja que llevaba en el bolsillo y la llevaba porque había discutido con alguien y se habían citado para matarse con un puñal. No recuerdo con precisión todos los datos, ni es necesario: Mariano es un visionario de la poesía pero no es mentiroso.
Acaba de publicar “Huracán de sol” (Libros del Innombrable), dedicado a su mujer. El libro está ilustrado con sus dibujos. Hace unos estupendos dibujos a color, casi automáticos, surrealistas o simbólicos, o todo a la vez, y acompañan sus intuiciones místicas y apocalípticas, que conviven con versos sencillos y hondos, con latigazos que están sellados de estupefacción: “La eternidad paralizó mi corazón. Resucité en las heridas de un monstruo loco y a pasear saqué mi cuerpo sobre una tumba de luz”. O éste: ”Salí de las nubes del sueño y me metí en la boca de un dragón enfurecido. El sol me acogió en sus manos limpias de frío y de miedo”. También puede leerse en otro lugar: “Me acerco a la luna que desde la altura desciende. Es la hora de las sombras. Es la noche que regresa a su casa con el tambor de la armonía y con su infinita roca de sol al viento”. El libro también tiene algo de responso, de plegaria y de tránsito por el desierto del dolor tras la pérdida de la amada, de la compañera que casi creía inmortal: Fanny...

Mariano Esquillor está especialmente feliz con algo que resulta intangible. Gracias a los esfuerzos de la laboriosa y apasionada Ángela Ibáñez –poetisa, fotógrafa, escultora: mujer de acción que no cede con un cigarrillo negro en la boca-, Mariano ha logrado que una poesía se llame como él: Mariano Esquillor.

Mariano Esquillor en el fondo es el poeta de las estrellas. El albañil poeta de las estrellas. El cantor cósmico que vive en la Casa de Amparo. Está tan tranquilo que a los 85 años ha dejado de fumar. Al despedirnos, me recordó que tenía 38 o 40 libros inéditos. Y ha publicado 20 desde 1973 ...
06/08/2004 01:31 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

07/08/2004

ADIÓS A MIGUEL PARÍS: PIONERO DE TVE Y FOTÓGRAFO

Ha muerto Miguel París Plou (Letux, Zaragoza, 1921). Bien podría ser definido como "la memoria visual de Aragón" del pasado siglo. Pionero de la televisión entre nosotros y fotógrafo profesional desde mediados de los años 40 hasta los 80, ha recogido en cine y en nitrato de plata miles de imágenes y cientos de acontecimientos. Su hijo Nacho, que ha heredado -como su hermano Miguel- el oficio de su progenitor y que se inició con él con las cámaras de cine mudo, recordaba que estuvo en todos los acontecimientos de Aragón y en particular de Zaragoza, y evocó instantes precisos como la visita de Salvador de Madariaga a Zaragoza, tras su vuelta del exilio, o el retorno de Ramón José Sender en 1974.
"Lo recuerdo perfectamente: estuvimos dos días completos con él e hicimos parada en Calatorao", dice Nacho París. "Mi padre sufrió hace unos veinte días un infarto, que se le complicó luego con un problema en la sangre. Mantuvo la lucidez todo este tiempo, falleció sin sufrimientos alguno, y nos habló de cosas de las que apenas nos había dicho nada. Él estuvo en la División Azul. Estos días recordó su estancia de 1941 a 1943 en Riga y los bombardeos que lo dejaron por muerto. Iban a enterrarlo y se dieron cuenta de que respiraba. Nos contó la dureza de la ventisca y también nos recordó que, con apenas 16 años, combatió en la Guerra Civil en Alcubierre. Siempre fue muy pudoroso con este asunto".
Miguel París Plou estudió en las Escuelas Pías de Zaragoza y luego vivió esas dos peripecias que estuvieron a punto de acabar con su vida. "También nos contó que recibió un bayonetazo que en vez de clavarse en su cuerpo se incrustó en su grueso abrigo y así se salvó". Miguel contó al periodista Ricardo Vázquez-Prada -redactó unos cuadernos del combate, un diario en varias libretas que mimaba con un tesoro- que su brigada en Rusia "levantaba campos de minas, cortaba alambradas y daba los golpes de mano para preparar el ataque posterior de los suyos". Volvió de Rusia, adonde había acudido como voluntario (como Luis Ciges, como Luis García Berlanga, si recuerdan el documental “Extranjeros de sí mismos” de José Luis López Linares y Javier Rioyo), y luego accedió a la plaza de fotógrafo titular de la Diputación de Zaragoza, y compaginó la dedicación a la fotografía con el deporte: fue campeón de tenis de Aragón y del Sur de Francia durante cinco años, alcanzó títulos como lanzador de jabalina y fue algo más que un meritorio atleta de pista. Ya en los años 50, solicitó una excedencia del organismo público porque se convirtió en fotógrafo en exclusiva del Savoy, de la Seo, del Pilar, del Centro Mercantil o de las fiestas de la Lonja.
Por entonces, nació la idea de crear la televisión en España, y desde Madrid llamaron a algunos fotógrafos jóvenes, entre ellos a él. Hizo los correspondientes cursos hacia 1956 y le ofrecieron quedarse en el paseo de la Habana como operador de cámara o de filmadora. Otro aragonés entraba por entonces en el Ente: el realizador Alfredo Castellón, que también fue un excelente atleta. "Como tenía aquí su estudio, decidió regresar a Zaragoza como corresponsal de televisión para Aragón. Adquirió tres cámaras, de cine mudo, claro, y empezó a recorrer la Comunidad. Lo mismo se iba a Teruel que a Huesca o a cualquier lugar de Zaragoza en su 'seiscientos'. Al final renunció a Teruel y Huesca, y se centró en Zaragoza. Iba de aquí para allá con su pesada cámara, rodaba, escribía la información y llevaba imágenes y texto al tren hacia Madrid; el motorista recogía sus paquetes y los llevaba a TVE”.
Así estuvo trabajando, sin descanso y con entusiasmo y con generosidad desarbolada, hasta que se creó en Zaragoza el Centro Territorial de TVE en Aragón, y siguió colaborando casi hasta su jubilación. Sus hijos Nacho y Miguel ya se habían incorporado a TVE-Aragón, que se creó en 1979 gracias al apoyo de Hipólito Gómez de las Roces, bajo la dirección de Maximiliano Bernad y con Rosa María Artal como rostro más conocido. Nacho recuerda: "Grabábamos los partidos de fútbol con tres cámaras. Mi padre colocaba una en el centro, y mi hermano y yo nos poníamos en los extremos con las otras dos. Aprendimos con él. Empecé a trabajar de cámara a su sombra a los quince años. Era un operador clásico, trabajador, concienzudo, no concebía un plano inclinado, lo que ahora llamamos los 'planos aberrados'. Procedía de la foto y del cuidadoso encuadre".
Miguel París Plou no abandonó la fotografía nunca: colaboró en "Pueblo", "Amanecer", solía enviar o ceder sus fotos a todo el mundo. "Estaba atento a los avances tecnológicos", señala su hijo. Coincidió en su pasión por documentar la vida con reporteros como Gerardo Sancho, Fernando García Luna, Antonio Calvo Pedrós o Luis Mompel Castelar, el fotógrafo de HERALDO durante medio siglo. Asistió en mayo a la inauguración de su retrospectiva en la Sala María Moliner, “El objetivo en la calle” (que organizó el Congreso de Periodismo Digital de Huesca y la Asociación de la Prensa de Aragón) y nos dijo: "Tengo más de 400.000 negativos. Espero encontrar tiempo para ordenarlos y hacer una exposición".
Mantuvo su estudio, en Don Juan de Aragón, hasta principios de los años 80 con varios empleados. Y aun en los últimos tiempos llevaba su cámara a cualquier acontecimiento, un instrumento ligero, una Leica (a la mítica cámara que inmortalizaron el finado Cartier-Bresson, Robert Capa o Eugene Smith seguía comprándole nuevos objetivos) o una cámara digital. "Estaba atento a los avances tecnológicos", señala su hijo. Tenía alrededor de 60 cámaras: tres Leicas, la clásica Nikon F que se empleó en la guerra de Vietnam, una Mamiya Press de 6 x 9 y de placas, una Rolleiflex de 6 x 9...
El periodista Ángel de Uña, gran amigo suyo, lo define así: "Ha sido un hombre apasionado, sincero, amplio, que defendía sus ideas con absoluta naturalidad y con gran entereza. Era un hombre de detalles: siempre te sorprendía con una foto que había tomado años atrás. Destacaba por su sentido de la amistad". En los últimos años, hurgaba en sus positivos –siempre anotados con una leyenda, una anécdota o el preciso momento en que fueron tirados- y encontraba una foto o un reportaje completo que no había entregado a su dueño. En más de una ocasión, a lo mejor era una foto de boda de alguien que ya tenía nietos...
07/08/2004 10:50 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

TABUCCHI Y LA FATALIDAD DEL MAR DE AMOR

He regresado lo antes que he podido a casa (y da pereza volver a casa: las mujeres, al anochecer del estío, están más bellas y enigmáticas que nunca, es casi imposible no enamorarse de su armazón desenvuelto y moreno), pero antes –poseído por mi enfermedad libresca cada vez más insoportable- he comprado dos catálogos increíbles de dos de los fotógrafos más increíbles de la historia de la fotografía: August Sander y Robert Frank. Diferentes, laboriosos, dos visionarios. Geniales. Y he comprado también el diccionario Collins de español-inglés y viceversa, la edición de 2000. Como algunos otros, pertenezco a esa batería de gente que intenta aprender o mejorar cada año su inglés. Ahora, este verano, me hizo compañía la poesía completa en inglés de Edgar Allan Poe.
He regresado lo antes posible porque proyectaban “Dama de Porto Pim” de Toni Salgot con Emma Suárez. Ese relato de Antonio Tabucchi es uno de mis favoritos: esa mezcla de amor, fatalidad, mar espumeante y ballenas. El libro, titulado así también –donde hay un reglamento de la pesca de ballenas y un retrato del suicida y sonetista Antero de Quental- es uno de mis libros favoritos. Sé que no es el mejor de Tabucchi, pero para mí tiene un encanto especial. Es uno de sus volúmenes que me han marcado, que llevas siempre en la cabeza, y uno no acaba de saber el porqué. Me ocurre igual con otro de mis libros-estandarte, devocionario laico de voluptuosas y galaicas sensaciones: “Historias e invenciones de Félix Muriel” de Rafael Dieste. El libro de Tabucchi está publicado en Anagrama; y el de Dieste, filósofo, matemático y pianista que se desplomó mortalmente por la escalera de su casa de Rianxo, se puede hallar en Cátedra y en Alianza Editorial.
La película de Toni Salgot no es buena. Es honesta y fallida, pero tampoco es indigna. Se equivocó en el cásting (sobre todo en el caso de Sergio Peris, nos parece), se cometen errores de dirección artística, no se le saca todo el partido a la isla (sería bonito que repasasen las fotos de José Manuel Navia) y, sobre todo, le falta misterio, ambigüedad, poesía, dolor de marino con el corazón atrapado en tierra. Ha pesado más la voluntad de ilustración y el respeto literal al texto que la potencialidad del cine. Emma Suárez solventa bien su trabajo: el de una mujer que va de derrota en derrota, de naufragio en naufragio, en un irresistible descenso hacia la nada, el espanto, la muerte, como Lucas, el joven arponero que sabía atraer a las ballenas con su cántico.
07/08/2004 01:49 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

08/08/2004

DEPORTE, ARTE & LITERATURA O LA CIUDAD DESHABITADA

Una de mis pasiones es el deporte. La teoría y la práctica; la práctica, ahora mucho menos, casi nada. Hace menos de veinte años me ejercitaba a diario para ser mediofondista como mi Sebastián Coe, José Manuel Abascal, Steve Cram, Said Aouita, Steve Ovett o Zola Budd, aquella niña sin suerte que corría descalza e hizo llorar a los norteamericanos al tropezar con Mary Decker, que perdió el equilibrio y la final olímpica. Hacía de seis a ocho series diarias de 1500 metros en el perímetro del parque del Tío Jorge y jugaba a tenis con un comerciante que alternaba el juego y la atención a los clientes con deliciosas estrategias de seducción. Entrabas en su establecimiento y siempre aparecía una mujer bonita, o no demasiado bonita pero con encanto o relativamente segura de sí misma: eran amantes al mediodía, a primera hora de la tarde, a cualquier instante. Y de ese secreto derivada un cierto aire de superioridad de la recién llegada en el local. Andrés, que era un tenista de saque y volea, no galleaba de sus conquistas. También me apasiona el fútbol (llegué a jugar con un prometedor Paco Buyo) y el boxeo (lo practicó ocasionalmente, con dos golpes demoledores por sorpresa, mi padre en Melilla y luego veíamos épicos combates de madrugada, mientras afuera caía la lluvia).

Así que siempre que aparecen libros sobre la historia y las gestas de los deportistas, con buenos textos y buenas fotos, allá voy. Ahora tengo una modesta biblioteca deportiva con alrededor de un centenar de libros de boxeo: Cravan, Clay, Uzcudun, Panamá Al Brown, Kid Chocolate, Legrá, Perico Fernández, Rocky Marciano, Urtain; novelas y relatos de Hemingway, Schulberg, Gardner, Mailer, Sherman Alexie, Conan Doyle, Conrad, Ignacio Aldecoa, Mariano Gistaín & José Antonio Ciria, Andrés Bosch, Félix Romeo y, entre otros, una de las mejores monografías que existen: “Del boxeo” de Joyce Carol Oates.
Ayer, por puro azar, entré en Libería General y vi el monográfico de la revista Litoral “Deporte, arte & literatura”, donde se habla y se escribe de todo, y donde se reproducen obras no sólo de Eduardo Arroyo, famosísimas, sino de Picasso, Braque, Botero, Victor Brauner, Miró, Magritte, Duchamp, Cézanne, Dalí, Klee, Malevich o Matisse, entre otros. Entre los textos, tras la introducción de José Antonio Mesa, aparecen piezas de mucha gente: de poetas del 27, de César Vallejo, Huidobro, Neruda, de Enrique Vila-Matas, el famoso artículo de Jorge Valdano sobre “el miedo escénico”, los dos textos de Alberti y Miguel Hernández sobre dos porteros (Platko y Lolo), Savater, González Ruano, Carlos Marzal, incluso se reproduce un poema de Ildefonso-Manuel Gil sobre una nadadora. Reproduzco aquí el soneto aparecido en 1953.

NADADORA

Me hace seguir tu estela la encendida
ilusión de querer a que me mueve,
ardor y fuego sobre espuma leve,
tu desnudez en ondas sumergida.

Se quiebra el agua por tu afán hendida.
Como rayo de luz tu brazo mueve
rosas de espuma, pétalos de nieve,
y surges vencedora a nueva vida.

Entre las olas ciego te persigo,
porque arriesgarme en tu aventura quiero.
Mi playa se perdió en la lejanía
y en el anhelo de morir contigo
va el corazón buscándote, velero
En aguas de amor, náyade mía.

Al lado mismo, “Litoral” incorpora otro poema de Jorge Guillén, gran amigo de Ildefonso, titulado “Nadadoras”, ilustrado con el cuadro “Las nadadoras” (1941) de Fernand Léger.

En la Librería General me encontré con Javier Aguirre, un profesor aragonés en Euskadi, que está traduciendo a los filósofos presocráticos al euskera, y prepara un amplio libro de carácter misceláneo sobre José Antonio Labordeta, del que hizo una antología poética para Huerga & Fierro. Hablamos de Zaragoza y coincidimos en algo: es un ciudad hospitalaria, preciosa, que crece, que se mueve, pero ninguno de los dos podíamos entender cómo es posible que en verano sea como un auténtico yermo cultural, que no haya conciertos ni teatro ni danza, ni nada. ¿Y es esta ciudad, la quinta de España, la que aspira con fundamento a organizar la Exposición Internacional de 2008? La deslealtad profunda de los políticos a Zaragoza nada tiene que ver con la ausencia de presupuesto o la falta de imaginación: hay una falta de generosidad y de solidaridad y de amor por la ciudad absoluta. La quinta ciudad de España no puede ser un espacio con terrazas y mucha gente pero sin actividades –menos que Alcañiz, Rubielos de Mora, Sos, Barbastro...- y quedarnos todos tan anchos, tan conformes... Así vamos camino de nada. Este año de 2004 pasará a la historia por la indiferencia de nuestra clase política, municipal y autonómica, hacia Zaragoza. El alcalde Belloch, la concejala Rosa Borraz y los suyos son responsables, pero también el presidente señor Iglesias, empecinado en hacerle el vacío constantemente a la capital de Aragón.
08/08/2004 09:29 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

09/08/2004

CUENTO DE VERANO

El alcalde seguía intranquilo. Enarcó una ceja y mostró su filosa mirada de pistolero zurdo. La consultora lo había dicho muy claro, y también el concejal estrella, el intelectual no electo: “La ciudad tiene un nivel de impuestos inferior al de otras ciudades. Ahí está la solución”. Eso venía a significar que en caso de deuda o fragilidad de caja que pague el ciudadano. Como siempre. Llevaba el alcalde algunos meses de insomnio: ¡cuántas veces se había dicho quién me mandará a mí meterme en estos barullos! Y ahora esto, otro latigazo a sus ideales y a sus frases de la hemeroteca. Y ahora esto y lo otro: los millones de deuda que no habían sido capaces de cobrar. Había que subir impuestos inexorablemente. Bastará con un doce por ciento, no era necesario ese 43 que ya se había filtrado.
Salió de su despacho como alma que lleva el diablo. Se le veía fosco, pensativo, herido en algún rincón de su desorientada o sobrepasada cabeza. Intentó consolarse: en política ya todo está escrito. La imaginación es una utopía, el dardo hacia el que se dirigen todas las decepciones. Comió mal, sesteó peor, estuvo despistado en las tres primeras reuniones de la tarde. Por la noche, durante el sueño intranquilo, no hizo más que darle vueltas a una idea, a un principio heterodoxo. Quería ser original por una vez. Quería ser coherente con su credo de izquierdas, con sus promesas recientes. Por la mañana convocó una rueda de prensa urgente. Había tantos periodistas como si tocasen Los Rolling Stones. El alcalde, que estrenó traje y una sonrisa no usada, dijo, tras la oratoria inicial de rigor: “He decidido que los ediles, los altos cargos del consistorio, mis asesores y yo vamos a reducir nuestros salarios al menos hasta que hallemos una solución original. Y no sólo eso: haremos una buena programación de verano en la ciudad”.
El equipo de concejales estaba perplejo. El alcalde, más seguro de sí mismo, aclaró: “Ni nos votan ni cobramos ni hemos venido aquí para hacer a las primeras de cambio lo que haría cualquiera, lo que habíamos dicho que no íbamos a hacer”. El concejal estrella e intelectual no electo lo miró como quien se cae del guindo. No hubo motín ni conjuras contra la decisión. Se sabría. Sólo el concejal de conspiraciones varias susurró: “Si esto no es demagogia...”
09/08/2004 01:02 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

10/08/2004

JAVIER RUIBAL CANTA EN SOS

“Javier Ruibal no ha llegado a las plazas de toros o ha llegado a muy pocas y, sin embargo, toca por todo el mundo, tiene un prestigio inmenso. Yo llegué un día en Santo Domingo a casa de Juan Luis Guerra y me sacó un disco de Javier Ruibal como si fuera oro. Es magnífico y para serlo no tiene necesidad de llenar el Bernabéu”. Así ha definido en una larga entrevista Joaquín Sabina a Javier Ruibal (Puerto de Santa María, Cádiz, 1955), el cantante y compositor que actúa esta noche, a partir de las once, en el Festival Luna Lunera en Sos del Rey Católico. Este tipo de elogios son frecuentes hacia este trovador sensual y lírico que se afirma en los sonidos negros del flamenco y abraza en cántico apasionado y galante el jazz, el rock o infinidad de sonidos magrebíes, judíos, turcos y caribeños.

Javier Ruibal es un cantante con magia; y la magia vibra en su voz, en su melodía, en su inspiración arrebatada que habla de seres marginados, de prostitutas, de enamorados irremediables, de los gitanos, de la pasión y del mar, ese mar que va y viene y adormece en la bahía con furia tranquila. Paisano de Rafael Alberti, el rumor del oleaje habita en el temblor de su voz y en el corazón salino de sus versos. Para muchos, Ruibal encarna “el músico de culto” (no hay más que entrar en su página web para comprobar el volumen de “ruibalanos” del mundo), y tal vez sea en los conciertos en directo donde mejor llegue su sensualidad. A veces, el público tiene la impresión de que con sus canciones se adentra en un vergel oriental, en un huerto florido de mujeres, de ebriedad, de erotismo y de alegría.
Autor de seis discos (el último de ellos es “Las damas primero”) y de un recopilatorio como “Sahara”, ha escrito canciones para otros como Mónica Molina o Ana Belén, y son muchos los artistas que han popularizado piezas de su repertorio. Además de cantante y letrista, también es un excelente compositor que investiga, que se arriesga, de ahí que en ocasiones haya sido calificado de “heterodoxo”. Igual se atreve con una versión de una canción de García Lorca que se inspira en una composición de Erik Satie. Es, como ha dicho él mismo en alguna ocasión, un trovador montaraz que hunde la fuerza de su canto en la raíz, en el Mediterráneo.
Admiro a Javier Ruibal desde hace muchos años. La primera vez que lo oí en director fue en Zaragoza, hacia 1988 ó 1989, en la Facultad de Ciencias, en un concierto organizado sobre la canción de autor, del que hablé en otro momento a propósito de la muerte de Imanol, con quien tanto quería. Javier Ruibal dio un recital impresionante: hondo, delicado, intenso, con su guitarra que mezclaba el flamenco, la rumba, la música árabe, los sones del Mediterráneo y la voluptuosidad del que absorbe el mundo con luminosos ojos de asombro y de gozo. Entonces ya, Javier Ruibal me pareció un cantante que salía de “Las mil y una noches” o de una noche del sur con fragua y fuego y bandoleros en la serranía y odaliscas. Fue increíble: talento, calidez, energía, llanto y beso, todo a la vez, administrado con belleza, rigor y profesionalidad. Sufrí un deslumbramiento. Y hacia las dos o las tres de la mañana, en un bar que se llamaba La Avenida de la Ópera, conversé con Javier Ruibal. Más que conversar, le hice una entrevista con otros sonidos y voces de fondo. Sus orígenes, sus raíces, las letras, el gusto por el embrujo que te coloca en el umbral de un precipicio de viajes, paisajes o amores locos...
Ruibal entraba en mi modesta discoteca cada vez que publicaba un disco. Y a finales de los 90 estuve con él en el Puerto de Santa María. No sólo era un magnífico cantante, admirado y querido por otros cantantes, venerado por un público quizá no demasiado mayoritario pero muy atento y sensible a su talento, sino que también era, es, un tipo extraordinario. Tuvo el detalle de ser uno de los presentadores de mi libro de cuentos “Los seres imposibles” (Destino, 1998), y lo hizo con canciones. Narró nuestro encuentro en Zaragoza, contó a los asistentes aquella loca noche de copas y palabras, y luego hizo lo que mejor sabe hacer: cantó dos canciones “a capella”. Temblaba el salón de actos de aquel colegio. Y un estremecimiento unánime recorrió a los asistentes, un temblor de estrellas, un fogonazo de emoción. Yo me quedé literalmente pasmado y agradecido... Había ido al Puerto de Santa María sólo a eso, a verlo de nuevo, a oírlo en dos temas prodigiosos. Al salir, un paisano me dijo: “Se habrá dado cuenta: esa voz ya lleva la música dentro...”

Esta noche iré con Daniel a oírlo. Si alguien se anima...

Tras su actuación de esta noche, subirá al escenario un grupo aragonés bastante iconoclasta, Vinos Chueca, cuya música abarca el jazz, el rhytm and blues, el son, la rumba y la milonga. Y mañana actúa Julieta Venegas, y pasado Peter Hamill, cuyo biógrafo es un aragonés: Juanjo Blasco “Panamá”.
10/08/2004 09:28 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

ELOGIO DE LA LECTURA (EL NIÑO RURAL I)

Cuando yo era un niño rural que amaba las cosas del campo, el mejor momento del día era cuando llegaba la noche y algunos vecinos se sentaban en torno al hogar y contaban cuentos de amor, de miedo, de animales o de aparecidos. Afuera llovía. Siempre he buscado repetir esa vivencia, aquella atmósfera de aventura y peligro. Años después, ya estudiante, sentí una sensación semejante al leer “Maese Pérez, el organista” de Bécquer, y luego sus “Leyendas” completas, que fue el libro que me hizo soñar y que me hizo lector. La música posee una capacidad increíble de ilustrar pasajes y sueños; el cine es el lugar donde quieres quedarte a vivir para siempre, en su mágica oscuridad; la pintura representa el placer de mirar, pero la literatura es el arma de la imaginación y de la compañía: el libro sólo lo completa el lector en su cabeza, en la intimidad y con lentitud. Durante días, semanas, tras leer un libro, tienes la sensación de que has viajado con fantasmas, de que has aprendido, de que has hecho amigos a los que difícilmente podrás olvidar. Las palabras crean mundos que entran, de inmediato, en el cerebro y se quedan si te atreves a leer y a escuchar su música.
10/08/2004 10:37 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

12/08/2004

VIAJES CON MUSICA CON PARADA EN EL EDIFICIO DE MONEO

1. Cruzamos, Daniel y yo, Las Cinco Villas para oír a Javier Ruibal y Vinos Chueca. Cuando vamos por Tauste una nube negra de insectos se suicida en las ventanillas de la furgoneta granate: casi una década de baqueteo y 200.000 kilómetros en el chasis cansado. Ver eso, cuando cae la tarde, casi da pánico. Recordamos “Cuando ruge la marabunta”. Nos tranquilizan en una gasolinera de Ejea: son los bichos del arroz. Adelante. Sos es un poema de piedra e historia hecho canción. La noche se ha quedado perfecta: adormecida en sí misma, con señoras en los balcones y algunas libélulas en los arcos. Casi lleno. Fernando Bastos, Pepe Vázquez y Gabi arrancan risas y resucitan a su modo a “La Mandrágora” en versión baturra. Bastos tiene mucha gracia y alguna clase: antaño le gustaban las mujeres maduras, hoy las jóvenes, y no soportaría que una novia, por muy promiscua que fuese, se acostase con un policía. Gran éxito en seis canciones. Por allí andan Julio Conde, que es un gallego de Verín que se ha convertido casi en rey de Uncastillo y Sos.

2. Javier Ruibal está como siempre: inspirado, poeta, entregado hasta la extenuación. Mucha gente conocía sus canciones y las jaleaba con la boca, tocaba palmas o disfrutaba con el diálogo de las dos guitarras; al fondo, Javier Ruibal jr. percutía aquí y allá sin amago de ansiedad. Concierto perfecto de casi dos horas: intenso, trabajado letra a letra, canción a canción, melodía a melodía. Un modelo de profesional inspirado que tiene algo de trovador árabe que habita en los jardines de “Las mil y una nocches”. Recordo Javier que hacía muchos años que no cantaba en Aragón, desde el concierto en la Facultad de Ciencias. Para entonces aun no había nacido su hija Lucía, bailarina y con legión de fans adolescentes en Sos.

3. Visita al Centro Aragonés de Arte Contemporáneo. Si uno atraviesa el jardín japonés, o casi japonés en Huesca, de José Beulas, llega al edificio de Rafael Moneo. Es chico por fuera y chico por dentro, con una única gran sala de perfecta luz. Nace amputado y un tanto indefinido, pero existe el proyecto de ampliarlo hacia atrás, en el único ángulo recto del espacio. Es coqueto, pero muy poco práctico. En las paredes no se pueden colocar obras, así que habrá que hacer una especie de mecano en el centro de la sala para instalar cuadros, imaginamos que no más de 40 / 50, y de formatos más bien reducidos. Da un poco de pena que el primer Centro de Arte Aragonés sea algo tan modesto. Seremos positivos: supone la coronación de un sueño para José Beulas y también debía ser el principio de algo decisivo para la Comunidad, pero habrá que ampliar de inmediato, hacer los talleres para artistas cerca del estudio que diseñó García Paredes y acondicionar el acceso. En esta Comunidad alguien debería reflexionar sobre la medida de las cosas, el valor de las cosas, sobre la ambición de las cosas. Un ejemplo: el Conservatorio de Zaragoza sirve para muchos intérpretes y formaciones del mundo; el Centro de Arte Aragonés Contemporáneo, por ahora, a pesar de ser coqueto, es indigno de esta Comunidad y de estos tiempos. Tiene algo de edificio portátil y de juguete firmado por un arquitecto de prestigio sí, Moneo, ideal para figurar en una revista de Nueva Arquitectura, idóneo para algún premio, pero escasamente práctico.
12/08/2004 10:19 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ARÁN O LA HUELLA DE ARAGÓN EN GALICIA

(CUENTO DE FOTOGRAFÍA: ARÁNZAZU PEYROTAU Y TOÑO SEDILES)*

Todos hemos visto el “Prestige” a la deriva, el casco del barco partido en dos, las olas incesantes que vertían petróleo en la orilla, sobre la finísima arena y los riscos, en el corazón alegre de las aves marinas. Todos hemos visto la pena negra de Galicia: el estupor de las mariscadoras, la incredulidad de los pescadores y los percebeiros, los ojos mustios de los niños que algún serán navegantes desde el anochecer hasta el alba. Galicia volvió a sufrir el azote de una maldición milenaria: el mar de la vida podía ser, en ocasiones, el mar de la muerte y de todas las desgracias. Lo más hermoso, en medio de la desolación, fue ver las manadas numerosísimas de voluntarios del planeta (voluntarios de fulgor contra la pérdida) que recogían el fuel y dejaban en la playa vespertina y neblinosa una estampa inolvidable de solidaridad, de belleza, de luz que pugna y se enrabieta contra la tiniebla. Meses más tarde, al Ministerio de Cultura se le ocurrió que debía hacerse otra tentativa de reflexión estética sobre la debacle. El proyecto consistiría en una serie de aportaciones de artistas de cada una de las Comunidades Autónomas de España que intentarían vincular, metafóricamente, a través de la creación, a Galicia con cada territorio. Y como núcleo de inspiración, el petrolero hundido, sus sierpes de fuel que emergen desde el fondo, la mancha informe e incontenible: ese vómito de veneno que emponzoña la sangre y el aliento de futuro del paraíso. La idea era lo suficientemente abierta como para que los artistas se moviesen a su capricho y aguzasen el ingenio. En Aragón, a través de la Dirección General de Cultura del Gobierno de Aragón, los elegidos fueron Aranzazu Peyrotau y Toño Sediles, fotógrafos.
Peyrotau y Sediles llevan tiempo trabajando juntos: en retratos, en proyectos conjuntos, en la creación. Apuestan por la modernidad, por esos seres que debes mirar atentamente hasta descubrir que son distintos, iconoclastas, extremados, tal vez un tanto insólitos. No son coleccionistas de raros o perturbados exactamente, como lo fue la reportera norteamericana Diane Arbus: son simplemente cazadores desde el alba, pero su cámara no es una cámara espía. Antes de disparar, en sus cuadernos de notas han abocetado un plan para armar: un vocabulario, una idea, el poema global de la luz y de la identidad que persiguen.
¿Qué se les pasó por la cabeza? ¿Cómo se podía vincular Aragón con Galicia, o Galicia con Aragón, y con esa herida gigantesca en el torbellino de las mareas? Le dieron vueltas y vueltas. El didactismo no es su inclinación natural: Aranzazu y Toño prefieren la audacia, el sueño delirante. Desde luego no iban a hacer un proyecto explícito exactamente ni erudito. Pensaron: Galicia, el mar, las rocas, la perlada arena, la lluvia, los barcos, el negro ciclón del maleficio. Pensaron: los páramos, la tierra sedienta y vasta, la despoblación, el curso del Ebro, Aragón. Pensaron: el páramo, la llanura, el desierto, la sed, los Monegros, la antítesis de Galicia. ¿Por qué no amasar el limo de una tierra húmeda con el de una tierra seca’ ¿Por qué no fundir el océano desolado y polvoriento de los Monegros con el mar de la vida de Galicia?
Aranzazu y Toño son corajinosos, tenaces. A lo soñado, pecho. Se fueron a los Monegros y allí llenaron varios sacos de tierra blanca. Cogieron la cámara, una Fuji de 4.5 x 6, otros útiles del aventurero y peregrino, y tomaron un tren hacia Vigo. Se instalaron, con sus 40 kilos de tierra blanca (el tesoro del intercambio: el tesoro simbólico de Aragón en tierra extraña, se dijeron), en el Seminario de las afueras, en la carretera de Madrid. Ese era el cuartel, el estudio de los artistas que esperaban el fogonazo del azar y el refugio donde hacían, noche tras noche, inventario de sus fracasos. Afuera, plañía la lluvia.
Su idea exigía gente, pero además gente cómplice, capaz de entender la quimera y de jugársela un poco por otros y además advenedizos, por los sueños ajenos. Empezaron a buscar, a seguir personas como centinelas, como águilas al acecho. En cuanto percibían a alguien “alejado de lo corriente” lo abordaban. “No buscábamos a alguien como nosotros, sino a alguien que tuviese algo para nosotros”. Era graciosa la estrategia: a veces veían venir a alguien, lo seleccionaban en una fracción de segundos, “nos sirve”, y disimulaban ante un escaparate, en una terraza de bar; en cuanto pasaba, le echaban el lazo y le explicaban: Aragón y Galicia, el “Prestige”, el mar entintado de chapapote, el agua, el desierto... Algunos concertaban una cita para el día siguiente, les daban una dirección, un bar o un pub, les decían que llevarían una pandilla completa de jóvenes inconformistas. El pudor o el alcohol o la pereza les empujaban a olvidar la promesa. Nadie aparecía, y la desesperación de Toño y Aranzazu se acrecentaba. Otro día, se fijaron a través del cristal en la dependienta de una tienda: decidieron entrar y contarle que ella, si quería, era la primera elegida, que sería su primer talismán de suerte, y la joven aceptó y les citó en un local a las tres de la mañana. Los fotógrafos, que sólo vivían para eso, que sólo perseguían unas fotos, una idea abrasadora, acudieron y se llevaron otro chasco: la muchacha no apareció. Diluviaba en Vigo y el vendaval penetraba como un aguijón de angustia en sus cabezas. Sediles y Peyrotau sospecharon que a lo mejor se habían equivocado, que habían pedido el cielo y que el cielo no sólo estaba lejos, era inaccesible. Disfrazaban su ansiedad: queremos que haya luz, sombras duras como si estuviésemos en los Monegros, queremos el mar mítico y alucinado de los gallegos, queremos fundir dos paisajes y volverlos uno, un paisaje alquímico de claridad oceánica, se decían. Pero estaban en crisis, al borde del naufragio, a punto de replantearse el proyecto.
Sin embargo, el azar corrió a su lado una mañana de domingo en el Casco Viejo. Lo vieron (a otro objeto de su deseo), pensaron que era la presa y disimularon su emoción ante un escaparate de orujos: de hierbas, blanco puro, con un lagarto en el fondo, orujos de Orense, del Salnés, de Cambados, orujos Rúa Vieja. ¿Pensaría el desconocido que estaban locos? ¿Querría oírles un instante? Pasó y cayó la presa. Toño y Aranzazu, de negro, siempre de negro como el hombre de Johnny Cash, le contaron el cuento de nunca acabar, la fábula de la luz, el esperanzado afán que les había llevado a Vigo. El otro, con pasmosa naturalidad, dijo: “Esperad que voy a llamar a mi panda”. La panda de David, el intruso que se había convertido en amigo y tabla de salvación hacia la isla, eran César, Alex, Kasqui, Laura y Jorge.
Todos colaboraron. Accedieron a la representación, al ritual. En la playa de A Vela, casi solitaria, se desnudaron, se embadurnaron de tierra blanca amasada con agua salada del mar de Vigo en cada centímetro de su cuerpo, incluso en los cabellos, y se tendieron al sol sobre los peñascos. Una dura luz, casi monegrina, alargó las sombras en la roca y el ojo de los fotógrafos disparó. Allí estaba, ceñida a su cuerpo, impresa la huella de Aragón en Galicia. Algunos parecían antiguos vikingos o quizá vagabundos huidos de “La guerra de las galaxias”. “El azar acudió a nuestro encuentro para que pudiésemos dar forma a los sueños”, pensaron Toño y Aranzazu. Nunca mejor dicho: los cuerpos de David, César, Alex, Kasqui, Laura y Jorge son los cuerpos de los nadadores que sueñan; el sueño les ha vencido en la orilla, bajo el sol calcinante, y parecen estar en éxtasis, confiados, como si ya nunca más pudiera llegar otra oleada de espanto en forma de fuel, presos de una felicidad sin resquicios. Como si imaginasen que formaban parte del desierto de Aragón.
El azar es consustancial a la creación. Y el azar anda desvelado siempre, como si quisiera acudir allí adonde le precisan con urgencia. Toño y Aranzazu tal vez no le necesitasen ya. La huella de Aragón en Galicia, y viceversa, ya estaba depositada en el interior de su cámara Fuji de medio formato.
Pero ocurrió algo maravilloso. De repente, César les dijo:
-Paisanos, paisanos –el acento gallego era absoluto. Un acento gallego aborigen genuino, pensaron-, ¿de qué barrio de Zaragoza sois?
-¿Cómo de qué barrio?
-Sí, sí. ¿De qué barrio de Zaragoza sois?
-De las Delicias.
-Yo soy del Barrio Oliver.
César partió, siendo muy joven, a repoblar la localidad de Bergua, en el Pirineo, y desde allí se fue a Cangas, conoció a María, y tuvieron un hijo, Arán.
Toño y Aranzazu no se lo podían creer. “¿Un hijo? ¿Arán?”. César les ahorró cualquier pensamiento egoísta; antes de que dijesen nada, antes de que se percatasen de que acababan de encontrar la mejor huella posible de Aragón en Galicia, les dijo:
-Venid conmigo a Cangas do Morrazo y conoceréis a Arán.
Fueron a Cangas –“vexo Vigo, vexo Cangas”, dice el poeta popular-, a la playa de O Niño do Corvo y allí, bajo otro sol radiante, raramente galaico, culminaron la travesía y el milagro de un encuentro. Arán, empapuzado con tierra de los Monegros y agua salina del Atlántico, se subió a una roca con su padre. Y los dos, César y Arán, esperaron el clic definitivo: ese retrato final que capta la huella perfecta, ese trasvase de sangres entre Aragón y Galicia que ha cristalizado en el niño Arán, hijo de la gallega María, hijo del aragonés César. “En mi principio está mi fin”, escribió el poeta Thomas Stearns Eliot. Toño Sediles y Aranzazu Peyrotau habían soñado con las fotos y la gente: he aquí un prodigio del azar, de la vida y de la fotografía que se forjó en once días. Diez fotos que consuman una utopía de creación concebida en los Monegros.

* Esta muestra puede verse ahora en Jaca, en la Sala María Moliner. Aránzazu Peyrotau y Toño Sediles son dos de los mejores fotógrafos jovenes de Aragón.
12/08/2004 14:02 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

13/08/2004

LUIS, EL BOTIJO Y LA DAMA DE BLANCO EN COMPOSTELA

Memorable noche, en medio del vergel encantado de Víctor Juan y Virginia, bajo las lágrimas de San Lorenzo que iban y venían como una aparición luminosa. La madrugaba refrescaba bajo los abetos con una brisa ideal. Presagio de licor de kiwi hecho en Galicia, premonición de “queimada” sin conjuro en medio de un olor a piel de melocotón. El café derramaba su amargo jugo según el tamaño de los deseos como un petrolero en un océano etílico. Luis y Loli, irremediables gallegos de A Coruña (bueno, Luis, que tiene algo de narrador de los cuentos de Fole, es de Labacolla, aeropuerto internacional en las afueras de Santiago), traían un puñado de relatos. De inmediato, Luis se adueñó de la atmósfera y fue desgranando, con una gracia increíble, con un don antiguo de charlatán de aldea que suspende el aire y el miedo en cada palabra, sus historias: las historias de sus amigos Fran y Tino, propietarios de la librería Xeada de A Coruña, uno, sabio total y discreto, el otro, con algo de Orson Welles bien dotado para el humor y la comida; de Xurxo Souto y del éxito de su programa de los sábados; del adolescente “vidillas” Minguis, que se vuelve tan sabio en el mar como en tierra, tan sabio que acaba sabiendo donde “mean los pulpos”, y que acaba partiendo a Canarias como un emigrante gallego que no puede vivir lejos del mar ni de los peces.
La historia más bella de Luis tiene algo de película neorrealista. O poética. O de cuento de hadas. Carezco de la gracia de Luis para narrar. Lo ideal hubiera sido una cámara oculta de vídeo con buen sonido en directo. Hijo de un sastre en Santiago (por cierto, como Mariano Gistaín, que ha escrito dos artículos maravillosos sobre el desierto cultural de Zaragoza que debieran llevar en el bolsillo y en el corazón Belloch, Rosa Borraz y Marcelino Iglesias y Eva Almunia), en el obrador había un botijo blanco que él rellenaba a diario para los empleados. Era entonces un niño que iba a por agua a la fuente, a menudo varias veces al día. Y en una ocasión, dando vueltas por las embrujadas calles de Santiago, hay una que se llama “Sal si puedes”, el botijo se le cayó al suelo y se le hizo añicos. Luis, viendo tal estropicio, se convirtió en un diluvio de lágrimas y de hipidos. Estaba absolutamente desconsolado. “Si vuelvo sin el botijo, me matan. Seguro que me matan”. Aquí no se puede reproducir ni la intensidad de la frase, ni la modulación graciosísima, ni su dramatismo, ni la transformación impecable del Luis adulto en el Luisiño de los 60. Y en esas andaba, aterrorizado, “me matan: mi padre y los otros. Mi madriña, me matan”, cuando desde el fondo de una calle apareció una mujer con un precioso abrigo blanco. Era una mujer bellísima. Se le acercó, le preguntó, lo consoló, y logró entender aquel idioma intraducible de lloriqueos y desesperación. Quiso saber si había algún sitio donde se pudiese comprar un botijo como ése. Luis reaccionó e hizo un gesto con la cabeza y otro gesto con el dedo señalando una calle y tal vez un comercio. Y allá se fueron. Aquí el narrador Luis alcanzó un momento expresivo culminante: recordó que no podía pasar por delante de su casa, no fueran a verlo, recordó que había un perro que le ponía el pavor en el cuerpo y que tuvo que pasar por delante de él hacia la tienda. El actor que recrea un hecho mágico, “intrigante, desde luego, pero absolutamente verdadero”, estaba inmenso. Entraron, vieron un botijo blanco idéntico al que se le había roto, la mujer de abrigo blanco se lo compró y, al despedirse, lo besó. Luis no reparó entonces en ese regate del destino, intuyó que podía ser su ángel de la suerte, y marchó corriendo a llenar el botijo a la fuente.
Entró en la sastrería como si nada, había tenido que sortear de nuevo el malicioso can, y algunos operarios se quedaron estupefactos, como reclamando una explicación:
-No es nada. El botijo estaba sucio y lo he lavado –reaccionó.
Luis asegura que no hay aquí gramo de ficción. Y yo le pregunté: ¿No será este un recuerdo inventado?

Ya en mi casa, hacia las dos y media de la mañana, cayó en mis manos un libro: “¿Dónde está el niño que yo fui?” (Akal, 2003). Me pareció que el azar, antes de el sueño cerrase mis ojos, me hacía otro regalo.
13/08/2004 12:11 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

EL RETRATISTA Y LA CALLE DEL CRIMEN

Si una mujer se atreviera a decir las calles que ama, yo diría sólo una: la calle Alfonso. Esta que aquí ven, con sus farolas, sus tiendas de ropa, sus cafés de ahora mismo y a la vez de otro tiempo, y la Basílica imponente al fondo. Y en realidad, debía ser la calle que siempre he querido borrar de mi cabeza. Aquí, en una taberna, ocurrió el suceso que ha marcado mi vida. Me llamo Soledad, Soledad a secas, hace tiempo que no cuento mi edad y que he olvidado mis apellidos porque los llevaba cambiados. Nací en Quinto de Ebro. Pongamos que mi madre se llamó Salomé Guillén y que tuvo un desliz inesperado. Felizmente casada, sucumbió a un hechizo ajeno. Apenas me dijo que se quedó prendada del fotógrafo que le hizo una foto de fiestas del Pilar con un fondo de barcas pintadas y de gigantes y cabezudos.
Él se empeñó en repetir varias tomas, fue esa la manera de decirle que no le pasaba inadvertida. Que ella no era una más, con el traje regional, en el ojo del objetivo. Y un día, el retratista apareció en Quinto de Ebro con motivo de un reportaje. Reapareció dos días después. Y concertaron las primeras citas. Al principio, eran los encuentros del artista y la musa; luego, los de los amantes que se ocultan y se exigen y se desviven con una pasión tan febril como pecaminosa o prohibida. No era fácil entonces pasar inadvertidos y acabaron por levantar sospechas. El principal afectado siempre es el último en enterarse, pero se entera. Alguien se lo dice. Y el marido de mi madre se percató y constató el engaño. Hubo reproches, agrias discusiones, intercambio de golpes entre los cónyuges. Pero las citas continuaban con nuevo sigilo. Ahora, los amantes sabían que se habían instalado en el abismo. El peligro era constante, pero lo sorteaban, hasta que se produjo ese momento en que las palabras parecen no servir y un solo gesto ilumina el destino. Y lo precipita o lo saja de cuajo. Eso hizo su marido. Con la rabia sorda de aquel a quien han transformado en intruso, con la ira de aquel a quien han dejado sin respuestas, humillado y ofendido, buscó su oportunidad.
La encontró en un café de esta calle. Vio de espaldas al fotógrafo, avanzó y no le dio tiempo a nada. Le hundió la navaja varias veces y se fue. El que debía ser mi padre partió en dirección al calabozo y el que iba a serlo de veras, sin que nadie lo supiera aún, acabó en el cementerio. Mi vida no ha tenido demasiados consuelos: algunos recuerdos inventados, como éste tal vez, y algunos retratos de mi madre tomados por el hombre que la enamoró en unas fiestas del Pilar, aquí, en un estudio de la calle Alfonso.

*Encuentro este texto basado en un hecho real y pongo aquí el cuento, otro cuento más sobre la fotografía. En los próximós días voy a hablarles de Pedro Brey, un fotógrafo gallego que retrató a una parroquia entera, Oca, y se anticipó a August Sander y a Virxilio Vietez. Ojalá aprendiese a poner aquí sus fotos.
13/08/2004 22:17 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

16/08/2004

EJULVE: VUELTA A LA NATURALEZA Y A LOS AMIGOS

Largo fin de semana en Ejulve, el pueblo en el umbral del Maestrazgo me enseñó a descubrir Teruel, que dio pie a fragmentos de algunos de mis libros como “El testamento de amor de Patricio Julve” (Destino, 1995 y 2000) y “Los seres imposibles” (Destino, 1998). Llegué por primera vez en 1979, delgado, recién rasurado y huido de mi casa allá en Galicia y con camisa blanca que se había planchado al relente, en el tendedor de una buhardilla de la calle Las Armas. He disfrutado de estos paisajes y de los viejos mitos del lugar: su propio nombre invoca para algunos lugar de exilio, para otros tierra de lobos, aquí sigue habiendo muchas masías, parideras, molinos, ocultas sendas de los maquis y los carlistas, y existe una naturaleza variada y exuberante: las terrazas para el cereal en dirección a Aliaga, La Zoma o Cantavieja; los bosques de sabinas, aliagas, carrascas y robles en dirección a Molinos. El pueblo descansa en la belleza de sus topónimos: Val de Mancho, La Umbría Negra, La Venta del Cuerno, Los Santanales, La Meadina, El Barranco de Pistolo...

Ayer por la mañana, realizamos un paseo de tres horas en dirección a un mirador que se abre hacia La Venta del Cuerno, La Masada Azcón, también llamada Mas de Diego (fértil santuario de fábulas y de jabalíes y de leyendas: la más bonita es la de aquella mujer que se casa, se va a vivir a las agrestes soledades, come y come de puera ansiedad, acaba derrengando las caballerías, acaba sin poder atravesar las puertas) y otros parajes que se me olvidan. Avanzábamos bajo un sol de justicia los cuatro hermanos Gascón Brumós –Paco, Isabel, Mariángeles y Carmen-, mi cuñado José Luis, Juan Manuel Gascón (historiador de Ejulve en Barcelona y estudioso de los deportados aragoneses en Mauthaussen: posee una increíble página web sobre ellos) y yo. Fue una mañana de tertulia, de encuentro con la naturaleza, de historias familiares, de vidas que se alejan a lo largo del año y convergen durante unas horas entre sabinas, carrascas y enebros, el árbol de la ginebra, que allí hay muchos.

En estos encuentros, reaparece siempre la leyenda del seductor Joaquín Ortín, un antepasado de la familia que mantenía una doble vida: tuvo varias amantes. En una ocasión, su mujer lo fue a buscar a casa de una de ellas, y él le dijo: “No se te ocurra venir aquí nunca más”. Años después se quedó viudo y se casó con la mujer más fea del pueblo, Casimira, que tenía una posada. Pudo más el dinero o la codicia que el amor; parece lógico entonces que frecuentase otras mujeres, otros ámbitos.

Los veranos en Ejulve significan en reencuentro con Alcorisa, adonde voy a comprar la prensa. Significan el reencuentro con mucha gente a la que ves poco, sería imposible enumerar aquí a todos, pero no puedo olvidarme de Pedro Marco, médico y acupuntor en Barcelona, que ha tenido la suerte de ver todos los partidos de Ronaldinho la pasada temporada. Con Pedro nos vemos de año en año, o de dos en dos, y es como si nos hubiéramos visto anoche. Existe una amistad y una complicidad que no se mitiga; él, además, ha alcanzado una suerte de asombrosa serenidad que le permite sufrir menos, es como si hubiese rebajado la ambición o el volumen de ansiedad.

Con mi primo José fuimos al monasterio del Olivar, que está lleno de gente desde que se ha convertido en posada. Hace algún tiempo también fui con su cuñado Jesús, un cazador de mañana y tarde de perdices y codornices, que luego no come. Es un lugar paradisíaco, ideal para escribir una novela o un libro de poemas. La iglesia es preciosa, y tiene en el altar a una virgen oscura esculpida por Pablo Serrano. Está rodeado de un paisaje indómito, ideal para espíritus libres. Detrás de la lavandería y la cocina olorosa, se divisa un bosque encantado: a media tarde, una luz de oro se colaba entre los pinos y dejaba temblando el aire en la enramada. Allí, en el monasterio y quizá en ese bosque de ciervos, escribió Tirso de Molina “La dama del Olivar”. Del monasterio nos vamos a Crivillén, el pueblo de Pablo Serrano, uno de los pueblos más empinados y laberínticos del mundo. Meterse en coche por él es toda una aventura: las calles son estrechas, algunas no tienen ni tres metros, y es un lugar que produce vértigo e incomodidad. En una de la plazas hay un gran mural dedicado al escultor. Y en su propia casa, al lado de la iglesia, hay un relieve fechado en 1985 con el rostro del escultor y el recuerdo de su fecha de nacimiento. Lo más sorprendente es que la plaza dice que Pablo Serrano, “el escultor del hombre”, nació en 1910, cuando fue en 1908. ¿Lo saben en Crivillén? ¿O sencillamente da mucha pereza hacer otra placa?

De Ejulve, antes del adiós, me quedo con una estampa increíble. En lo alto del calvario de San Pedro: la vista es maravillosa, colinas al ocaso, montes ariscos como caballeras de soldados, un horizonte que emula un mar inaprensible. Y durante unos minutos el sol corona la cumbre, esculpe la cruz, proyecta una sombra delgada sobre la huella del trigo. El mundo, desde arriba, se encoge, se vuelve portátil y entra completo de golpe por los ojos.
16/08/2004 12:50 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

17/08/2004

II ENCUENTROS EN EL PARAÍSO. CANTAVIEJA

Este no es exactamente un artículo, sino el programa provisional, pero prácticamente definitivo de los II Encuentros en el Paraíso que se van a celebrar en el Centro Cultural de Cantavieja, de los días 29 al 30 de septiembre, y del 1 al 3 de octubre. Puede apuntarse quien quiera. Este año hay dos novedades:
1.Elcurso de Fotografía digital de reportaje que impartirá el gran fotógrafo José Miguel Marco, de jueves a sábado. La inscripción es gratuita. Los interesados deben buscarse alojamiento.
2. El curso de Pintura del paisaje que impartirá el excelente pintor Pepe Cerdá.

He aquí, a falta de concretar alguna cosa, como el concierto del miércoles, el programa que patrocina el Departamento de Medio Ambiente de la DGA y la Comarca del Maestrazgo, así como otras instituciones. Para apuntarse, escribir a esta página o llamar al móvil 652 046 887, que es el de la coordinadora en Cantavieja, Cristina Mallén. El director del curso es un servidor, Antón Castro.

II ENCUENTROS EN EL PARAÍSO

El Maestrazgo: el hombre inscrito en el paisaje

Cursos monográficos, de jueves a sábado:

-Taller de Pintura del paisaje, que imparte el pintor Pepe Cerdá. Cerdá es un pintor muy reconocido: ha vivido varios años en París, ha estado becado en la Casa de Velázqueza y sus últimos trabajos giran en torno a la pintura de historia, donde el paisaje tiene una gran importancia. Habrá clases teóricas y prácticas, con salida al campo para realizar pintura al natural.

-Taller de fotografía de reportaje que imparte el fotógrafo de Heraldo de Aragón, José Miguel Marco, profesor este años en el Seminario de Periodismo y Fotografía de Albarracín. Se realizarán sesiones en las serrerías, en canteras, en jamonerías, en la construcción, en hostelería, en las faenas del campo. Y una selección de los trabajos de los alumnos y del profesor se proyectarán el domingo, 3 de octubre.

Miércoles, 29 de septiembre

Sesión monográfica:
El paisaje de la guerrilla. Historias humanas del maquis

A las 17 horas
-“Geografía y política del maquis en el Maestrazgo”. Por Fernando Martínez de Baños. Doctor en Historia.

A las 18. 15 horas
-“Autobiografía de un guerrillero de la agrupación de Levante”. José Manuel Montorio, “El Chaval”, un exiliado español, de Borja, que reside en Praga.

A las 19.30 horas
-“Historias de un pueblo: Santa Cruz de Moya. Memoria de un lustro dedicado a la historia del maquis”. Por Pedro Peinado, coordinador del proyecto.

-A las 23.30 horas.
Concierto.

Jueves, 30 de septiembre

-Mañana.

-Taller de Pintura del paisaje. Con Pepe Cerdá.

-Taller de Fotografía digital de reportaje. Visitas y tomas en distintos lugares del Maestrazgo. Con José Miguel Marco.

A las 17 horas.
-“Evocación, presente y futuro de la masía”. Por Arturo Daudén Ibáñez, árbitro internacional y doctor en Biología.

A las 18.15 horas.
-“El Maestrazgo: un paisaje para la enseñanza”. Por Víctor Juan Borroy. Profesor universitario e historiador de la pedagogía.

A las 19.30 horas.
-“El Maestrazgo: la vida, las fiestas, la naturaleza, la gente”. Fotografía de Mario Gómez, fotógrafo profesional.

Concierto. A las 23.15 horas
-Distritocatorce. Concierto acústico.

Viernes, 1 de octubre

-Talleres de pintura y fotografía.

A las 17 horas.
-“Viajeros extranjeros por el Maestrazgo”. Por Pedro Rújula, historiador y coordinador del libro “Maestrazo, laberinto de silencio”.

A las 18.15 horas.
-Proyección de vídeos sobre el Maestrazgo: “Maestrazgo, lecturas de un viajero”, “Los telares de La Iglesuela del Cid”, “Maestrazgo, tierra de castillos” y una selección de otras piezas sobre Mosqueruela, La Cuba, Fortanete, Cantavieja... Por Eugenio Monesma, realizador de cine documental.

A las 20 horas.
-“Huellas, refugios, campamentos: el paisaje rural del maquis”. Fotografías de José María Azkárraga, historiador y fotógrafo.

A las 23.30 horas.
-Concierto de Ángel Petisme, con Jorge Biurrun a la guitarra. Ángel Petisme en cantautor, autor de discos como “Cierzo”, “Turistas en el paraíso”, “El Singapur” o “Metaphora”, entre otros.

Sábado, 2 de octubre.

A las 11 horas.
-“El paisaje contado. Revistas de viajar en Aragón”. Con Santiago Cabello de “Aragón rutas”; Plácido Serrano de “La magia de Aragón”, José Miguel Martínez Urtasun de “Viajar por Aragón” y Pablo y José Ignacio Perruca de “Verde Teruel”. Proyección de fotos y maquetas. Coloquio.

A las 17 horas.
-“Patrimonio artístico y arquitectónico del Maestrazgo”. José Vicente Querol. Geógrafo y técnico en desarrollo rural.

A las 18.15 horas.
-“Ecos de los templarios y otras Órdenes Militares en el Maestrazgo”. Antonio Valero, catedrático y apasionado del tema.

A las 19.30 horas.
-“Soldados del Maestrazgo desaparecidos en los campos de concentración”. Por Juan Manuel Calvo Gascón, profesor e historiador.

A las 20.45 horas.
-“Visiones del Maestrazgo, de Gúdar y de Teruel”. Fotografías de Pedro Pérez Esteban.

A las 23.30 horas.
Concierto de Gonzalo Alonso y su banda. Gonzalo Alonso es profesor de música en Andorra, fue integrante de Días de Vino y Rosas, y es compositor de bandas sonoras y temas de rock, fusión, flamenco y jazz, y cantante. Se acompaña de seis músicos.

Domingo, 3 de octubre.

-A las 10.30.
“Literatura y música en el Maestrazgo. Anécdotas y conclusiones de un trabajo de campo”. Por Carolina Ibor y Diego Escolano.

-A las 12.30.
-Proyección de los trabajos fotográficos del taller de Fotografía, de José Miguel Marco, y muestra de las obras del taller de Pintura de Pepe Cerdá. Clausura.
17/08/2004 12:58 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

18/08/2004

JOSEP GIRONÈS E IGNACIO ARA

Conocía la historia de Josep Gironès, el gran boxeador catalán de antes de la guerra, que se coronó campeón de Europa el uno de septiembre de 1929 en Montjuïc ante el sueco Kund Larsen. La había leído en varias ocasiones por aquí y por allá, casi siempre en textos de Joan de Sagarra. Incluso recuerdo que recorté una carta a “La Vanguardia” en la que alguien lo acusaba de ser torturador. Ese equívoco –que ya había desmontado otro Gironès, torturador de veras y mentiroso, valenciano y no catalán, al confesar que él había urdido la patraña- lo desmonta hoy con todos los datos el mismo Sagarra. El artículo, “Gironès, el honor del boxeo catalán” en “Culturas” de “La Vanguardia”, me ha parecido enternecedor, sentimental y riguroso. De historias como éstas está lleno del boxeo. Los púgiles viven entre el infierno y el cielo; entre la nada y lo sublime, y si tienen suerte, en el mejor de los casos, acaban en una especie de purgatorio nada apacible. Ejemplos los hay a cientos: ayer fue asesinado a puñaladas en San Antonio Robert Quiroga, ex campeón mundial del peso supermosca y algo semejante le ocurrió a Óscar Ringo Bonavena (rival de Cassius Clay, ¿recuerdan?) en Nevada años atrás. Lo más bonito es cómo los aficionado catalanes, a pesar de perder en el primer asalto por el campeonato del mundo ante Freddie Miller, no le volvieron la espalda. Algo semejante le sucedió al gran púgil aragonés Ignacio Ara, al que llamarían luego en Buenos Aires “el catedrático”: peleó tres veces por el campeonato del mundo y perdió (la primera vez ganó, pero le dieron por derrotado, y las otras dos fue vencido con claridad). Ignacio Ara, el púgil de Sigüés, también se coronó campeón de Europa. Es, con Perico Fernández, el mejor boxeador aragonés de la historia.
18/08/2004 21:58 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

19/08/2004

LA ÍNSULA BARATARIA. CERVANTES Y SANCHO PANZA

Miguel de Cervantes, en la segunda parte de “Don Quijote de la Mancha”, dejó a sus personajes cerca de Zaragoza, pero no los trajo a la ciudad. Para algunos críticos y estudiosos, de ese viaje interrumpido deriva la condición de “invisibilidad literaria” de Sansueña. Don Quijote demoró varias veces su entrada en la ciudad, en una ocasión porque quería conocer antes las riberas del Ebro; en otra, pernoctó en el palacio de los duques camino de la ciudad, y luego se enteró de que Avellaneda (que en realidad pudo ser un aragonés, Jerónimo de Pasamonte, de Ateca), en su “Quijote apócrifo”, contaba que el héroe venía a Zaragoza; Cervantes, para no legitimar el texto, decidió llevar a Don Quijote a Barcelona y diría: “en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza”. Por su parte, Sancho Panza también se quedó en Alcalá de Ebro y Pedrola, en una de las aventuras más crueles del libro, que tendría lugar en 1614. Nos referimos al episodio de la ínsula Barataria, que se desarrolla en varios capítulos (II, 40, 41, 44, 45, 47, 49, 51 y 53), donde los duques de Villahermosa –a la sazón, Carlos de Borja y María Luisa, primos entre sí- hacen entrega de una isla al escudero Sancho Panza, al cual nombran gobernador, y le someten a diversas y crueles burlas.
Curiosamente, Sancho se muestra audaz y juicioso e impone una lección de cordura a aquellos nobles ociosos y desalmados, a los que eligió Cervantes para satirizar a la nobleza española. La lucidez inesperada del acompañante del Caballero de la Triste Figura movía a la perplejidad. “Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos”, narra el novelista.
La ínsula Barataria está enclavada en Alcalá de Ebro. Ya no hay duda. “Sancho amigo, la ínsula que os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones”, le dice el duque al escudero. El pueblo sobresalía levemente hacia el río y tenía una lengua de tierra que comunicaba la población con una pequeña isla. En los días de tormenta o de riadas, ese istmo era inundado y la isla resultaba perfecta, con sus pájaros, con su vegetación salvaje que se reflejaba, igual que hoy, en las aguas del río Ebro. No se sabe muy bien por qué se fijó Cervantes en Alcalá de Ebro (Luis Astrana Marín sugería que quizá el autor hubiera reparado en las poblaciones que llevasen el nombre de Alcalá, habiendo nacido él en Alcalá de Henares. Conviene recordar de paso que la obra magna de Cervantes iba a terminar en Zaragoza con el fracaso de Don Quijote, vencido por Sansón Carrasco), ni de donde tomó sus datos con tanta precisión, pero lo cierto es que las descripciones de Cervantes en su libro se ajustan tanto al palacio ducal de Pedrola como a la isla.
En el palacio, como recordará el lector, residían los duques. Y en él, en su patio de armas y en su jardín, ocurre la escena del caballo de madera Clavileño, en teoría capaz de realizar movimientos voladores controlados por una clavija. La broma de los duques hacia Sancho consistía en hacerle creer que había volado por los aires. Y además, en el interior del recinto, Sancho Panza dispensaba sensatos juicios a los impostores y cómplices de los nobles aragoneses y a los problemas que urdían los duques, que acabaron enojados y humillados en su propio veneno. “Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa”, se nos recuerda en el capítulo 47. Pero la precisión de Cervantes fue más allá también en lo que se refería a la isla: escribe de murallas del pueblo que sí existieron y evoca una sima u hoya en la que tropieza Sancho cuando abandona su efímero sueño a lomos de su borrica.
¿Qué queda en Pedrola y en Alcalá del delirio cervantino? En Pedrola sigue el palacio ducal, inmenso, adosado a algunas construcciones, con su escudo de armas, sus innumerables ventanales enrejados, dominando la plaza del pueblo. Y además, una de las vías principales se llama Miguel de Cervantes, que conduce a ese laberinto de callejas angostas y más bien ocres que le dan sabor y pinturería a Pedrola. Aunque no es una ave propiamente cervantina, en la torre de la iglesia se desperezan las cigüeñas. Alcalá de Ebro no ha perdido su estampa romántica. Tras superar el paso a nivel, te sorprenden unos edificios desconchados y sin techo, que antaño fueron fábricas agrícolas. Nos han recordado algunas fotos mexicanas de Juan Rulfo. La ínsula Barataria (que debe su nombre a que ese lugar era Baratario o tal vez al “barato” total que le habían hecho los duques al escudero al concederle la falsa merced) permanece igual que en tiempos de Cervantes, aunque hay un detalle que no pasa inadvertido: un medidor de la altura de la corriente del agua tiene en su cúspide un nido de dos o tres cigüeñas. Si se sigue mirando hacia adentro, hacia la espesura, la ínsula breve sigue montaraz como antaño, las plantas y los árboles crecen a su antojo. La corriente se riza en torbellinos y ondulaciones. En una esquina de la ribera, la escultura de un meditabundo y verde Sancho Panza recuerda que estamos en una región literaria de trayectoria universal. El entorno es bucólico y sugerente: a la derecha de la estatua de Sancho Panza se abre una chopera interminable, plateada y erecta, que invita a extraviarse por ella. Una simple mirada a las torres de la iglesia de la Santísima Trinidad nos recuerda, de nuevo, que aquí se hizo gobernador e inmortal y sabio Sancho Panza, pero que ahora quien domina la situación son las cigüeñas, que se asoman al sucio espejo del Ebro.


*He leído y oído varias cosas sobre "La Ínsula Barataria". Javier Torres se va a vivir allí (yo estuve a punto de hacerlo hace un par de años), Antonio Pérez Lasheras escribe un artículo en "Qriterio", José-Carlos Mainer realiza un trabajo excelente en el disco reciente de Prames de música en La Ínsula Barataria, incluso se ha publicado una monografía sobre la isla y Alcalá de Ebro. He encontrado en mi archivo reciente este texto de uno de mis últimos viajes a Alcalá de Ebro, apareció en uno de los primeros números de "La magia de Aragón", y lo cuelgo aquí.
19/08/2004 10:50 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

20/08/2004

MARLENE OTTEY, LA DIOSA MORTAL DE LAS CARRERAS

Marlene Ottey (Cold Spring, Jamaica, 1960) es la gran superviviente del atletismo. Ahí está, con 44 años, mi edad actual ahora, corriendo casi al máximo nivel: seda, belleza desordenada y ébano oscuro de Jamaica por su carril. Hermoso furor humano que se consolida en sus músculos, en la piel tostada, bruñida por la luz exótica, filtrada por la fronda de los grandes árboles. Hemos visto a esa mujer, a esta atleta irreductible y hermosa, desde hace 25 años, justo los que yo llevo en Zaragoza. Y la hemos visto correr con las más grandes, hecha la salvedad de la gran Wilma Rudolf, la gacela negra, la mujer que triunfó doblemente en Roma y que falleció hace no demasiados años tras una intensa vida dedicada a lo ahora llamaríamos una ONG. Corrió con Evelyn Ashford, aquella menuda campeona olímpica norteamericana, con la invencible Marita Koch, con Florence Griffith, con Gwenn Torrence, Gail Devers, Natalia Bochina, con Torri Edwards o Christine Arron, y a todos les ha ganado en algún momento. Siempre ha estado al máximo nivel, aunque sólo lograse dos oros en campeonatos del mundo, y muchas medallas de bronce y plata en las Olimpiadas. Era, es, un gozo verla atropellar distancias, con la nalga airosa y rotunda, con el pelo encrespado, con esa zancada que atenaza y esquilma los segundos del hectómetro decisivo. Se desliza, avanza como una yegua o como un rayo en el aire; siempre ha sido un enigma, mitad desdén, mitad hermetismo. O puro aislamiento de diosa de las carreras.
No deja de ser simbólico que esta mujer incomparable, el animal más hermoso que hemos visto probablemente en el atletismo en todos los tiempos (y ya son ganas de calificar, como diría Juan Marsé. Bellísimas eran Ulrike Meinhart, modelo de un escultor, o Sara Simeoni, ambas saltadoras de altura y campeonas olímpicas), se despida del atletismo en Atenas, en Olimpia, el lugar donde los hombres empezaron a sentirse ídolos, gamos saltadores, héroes y dioses mortales. Marlene Ottey -jamaicana de nacimiento, casada con el vallista norteamericano Nat Page, amante del velocista italiano Stefano Tilli luego y ahora pareja del entrenador esloveno Srdjan Djorjevic, por eso se presenta en Atenas con bandera eslovena- fue entrenada por el inolvidable velocista británico Linford Christie, campeón olímpico. Ha padecido el maleficio de la responsabilidad o de los nervios ante la gran ocasión. Por ejemplo, en Sydney fue primera en octavos, primera en cuartos, primera en semifinales y cuarta en la final de 100 metros lisos. Y esa respuesta se dio en varias ocasiones. Podría haber sido modelo, pero ha querido ser la atleta más felina y elegante de la historia.
Si cerramos los ojos, la vemos subiendo al cajón con la medalla de oro y la corona de laurel, como en los Mundiales de 1993 y 1995. Sería una conmoción en Olimpia y un nuevo milagro del verano que huye… Si Fernando Trueba escribió que iba al cine a enamorarse, algunos vemos atletismo para enamorarnos, sobre todo si la actriz que corre por la calle cuatro o cinco es Marlene Ottey.
20/08/2004 19:42 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

"EASY RIDER", DENNIS HOPPER Y LA PROFECÍA DEL JOVEN NICK McDONELL

Leí el otro día el perfil de Dennis Hopper en “El País” (no recuerdo ahora quien lo hacía y no encuentro el recorte) y me quedé bastante impresionado con la semilla de autodestrucción que vive en su interior como si fuera un campo minado. Cinco matrimonios, malos tratos, alcohol y droga, y ahora vive como un paranoico en una fortaleza, casi enclaustrado, con su última esposa. De Hopper, recuperado en aquel oscuro personaje de “Terciopelo azul”, tan inquietante como la vulnerable Isabella Rosellini pero más violento, siempre me han gustado sus fotos. Fotos de reportaje, retratos; recuerdo perfectamente la de Jaspers Johns o la de Ike y Tina Turner, antes de que apareciese la violencia entre ellos.
Anoche vi “Easy ryder” (“En busca de tu destino” en español), película que escribió, dirigió e interpretó Hopper con Peter Fonda. La recordaba como un recuerdo reinventado una y otra vez, como uno de esos abrigos indispensables de la imaginación y de la memoria donde yacía un paraíso distinto. Y me quedé bastante decepcionado, incluso cabeceé unos minutos. Qué poco interesante parecía aquel mundo de un rato misticismo, de viajes a ninguna parte, sin otro entusiasmo que avanzar por las interminables carreteras del desierto o de Nueva Orleáns. Ni siquiera les interesaba el sexo, cosa que me resultó bastante decepcionante, aunque la obsesión por el sexo estuviese resuelta en ocasiones mediante elipsis. Y qué poco interesante me han parecido los abismos del LSD o la marihuana. Algunas escenas evocaban los dolores y las alucinaciones dolorosas de Tomás Milian en “La muerte tenía un precio”, con perdón. De la película, lo que más me interesa son las motos, esa manera de moverse, su aparatosidad de planta reluciente o de avestruz metálica que engulle kilómetros, esa modernidad de estar en tránsito, casi a ciegas, sin ningún objetivo. He de decir que me gusta la aparición de Jack Nicholson, actor al que detesto en casi todas sus películas, salvo en esta.

Y, dentro de ese clima de nihilismo absoluto, qué batacazo el final. Acaban matando a los antihéroes del camino por pura desidia, por racismo, por intolerancia, por desconfianza de lo que no conoces y no es como tú, porque les molestan a los tipos duros de la camioneta que tengan pelos largos. A otros, aquí y ahora, les perturba y les desvela que ocho ministras se tomen una foto más o menos pija ante el palacio de la Moncloa. Es una foto, una anécdota más o menos frívola, algo pomposa, pero absolutamente inocua, y querer darle categoría de crimen de estado o de tratado de intenciones aviesas denuncia lo enferma que está nuestra convivencia y el alto nivel de propaganda en el que nos movemos...

Ayer leía una entrevista de Lluís Amiguet en la contraportada de “La Vanguardia” con el joven escritor norteamericano Nick McDonell, autor de un libro de éxito como “Twelve”, que en España publicó Anagrama. McDonell, que estudia en Harvard, tiene ahora 20 años y que escribe seis mil caracteres al día (es decir, tres folios), dice cosas como las siguientes sobre Estados Unidos:
1. “Somos como el imperio romano dudando entre el suicidio y el genocidio por sin dejar de mirarse el ombligo”.
2. “Cuando tienes de todo, el resto del mundo importa muy poco, empezando por la geografía y los idiomas. Mi entorno está en plena bancarrota moral, ahíto de poder y dinero. Las clases bajas están estupidizadas por el circo de la tele y se drogan con toneladas de comida y alcohol. Las altas se meten cosas mucho más caras...como el ‘Twelve’ (de ahí el título y el tema de su novela). Sí. Y arriba y abajo les fascina la violencia: llegar, pegar cuatro tiros y poner las cosas en su sitio. Creen que todos los problemas tienen una solución armada empezando por la tragedia de su aburrimiento”.
3. “Soy ateo. Y eso me convierte en inútil para la política de mi país. No conozco a un solo político norteamericano que diga que es ateo y mucho menos que crea en la separación de Iglesia y Estado. Si cualquiera lo dijera en una campaña electoral, estaría acabado”.
4. “No soy adicto a nada excepto a escribir un condenado buen libro. Me encanta la locura egoísta de los escritores y su narcisismo. Soy uno de ellos desde siempre”.

En esta entrevista he encontrado algunas semejanzas con situaciones absurdas que plantea la película “Easy rider”: la actitud racista de la policía, el uso indiscriminado de la violencia, el desprecio total de la vida...
20/08/2004 02:56 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

LA EXCEPCIONALIDAD CULTURAL: OTRO DUELO AL SOL DE VARGAS LLOSA Y FERNANDO TRUEBA

Llevaba unos cuantos días deprimido. Uno nunca sabe muy bien por qué se viene abajo; no hago otra cosa que azotarme a diario por mis flaquezas y la constante incertidumbre de vivir. Siempre intento convencerme de que todo va bien, estupendamente, de que tendrás amigos, de que tienes amores y de que vives en una ciudad espléndida, pero aun así, a menudo, desfalleces, te embriagas de nostalgias dolientes, no encuentras respuestas ni ese necesario punto de lucidez para no ‘suicidarte’ en público y en privado. Esta mañana, al leer el artículo de Fernando Trueba en “El País” sobre la excepcionalidad cultural me he sentido aliviado. Me ha parecido un texto impecable sobre un tema al que le he dado vueltas en la cabeza desde que apareció el primer artículo de Mario Vargas Llosa en “El País”. Vargas, que de tonto no tiene un pelo, es un maravilloso demagogo del mercado, y equipara dogmáticamente, pero con un ingenio increíble y una aseada dialéctica, libertad y mercado, como si fuese la única vía posible o invalidase cualquier otra apuesta. Equiparar la excepción cultural con el nacionalismo, como hizo el peruano, era una emboscada y casi una obsesión personal; Fernando Trueba, con argumentos y con información, tan alejado del nacionalismo como él, y con refinada mala uva, le ataca esa línea de flotación y explica el gran triunfo de Francia no sólo en la protección de su cine, sino en el amparo global del cine europeo, asiático, africano. Y además desmiente aquello de que “las culturas se defienden solas”. Dice Trueba: “Terrible afirmación ésta. ¿Cómo se defienden las culturas? ¿Cómo se defendieron la Biblioteca y el Museo Nacional de Bagdad?”. Y ambos coinciden en una idea general, bellament