Antón Castro |
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ESCRITORA Y MADRE DE LEONOR WATLING Salí demasiado tarde de “Heraldo”, quise escanear (lo hace, en realidad, mi admirado Jesús Berdún: una de las almas maravillosas del periódico, un hermano y un cómplice de ésos que te regala la redacción) y con una bolsa pesada cargada de papeles. El Zaragoza, en los penaltis, acababa de ganar: es el heroísmo de la Copa, incluso cuando se juega con equipos inferiores. Se vive siempre en el filo de la navaja, y este Zaragoza, más. Crucé la calle Cádiz y dejé la cartera y los objetos en el garaje. Mi hijo Daniel, que había hablado de “El fumador pasivo” (Xordica) en la biblioteca de Eva Puyo, me esperaba con el colombiano Efraim Medina Reyes, el escritor colombiano, y con Félix Romeo, entre otros. Crucé la calle de nuevo y llegué a la plaza de España: me gusta la gran noche de Independencia, las luces, los pasadizos hacia el Tubo, el lento y glacial avance de las manijas de los relojes. Me siento, en esta intemperie ideal, como en casa. Me siento en las acogedoras calles de mi casa del mundo. Avanzo por la calle Ossau y en el fondo de la plaza de Santa Cruz distingo a Félix. Me dice: “En Casa Hermógenes, está Luis con los chicos de Marlango”. Está con Leonor Watling, Alejandro, con el cineasta Javier Calvo, con Luis, por supuesto, el refugio de ternuras secretas del forastero que llega a la ciudad. Luis es como una libélula de todos los afectos: un imán y un geiser, un abrigo de sonrisas y de felicidad contra el cierzo. En Casa Hermógenes también está Gillian Watling, la madre de Leonor, british writer, una mujer extraordinaria, apasionada de la literatura, gran lectora, que fue durante seis años corresponsal del “The New York Times”, nada menos. En realidad, me dijo, fue corresponsal desde 1969 a 1975 de España y Portugal, el norte de África y Oriente Medio. A los norteamericanos no le interesaba en exceso España, mejor dicho casi nada, salvo asuntos de las infantas o de la supuesta agonía de Franco. Cuando Gillian llamaba al Pardo siempre le decían: “¿Que Franco está enfermo? En absoluto. Lo desmentimos”. Recuerda con mucho cariño de aquellos tiempos a políticos como Raúl Morodo o Nicolás Sartorius. Una de las cosas más curiosas de Gillian Watling es su pasión por la literatura. Acaba de regresar de Inglaterra con un montón de libros. Lee todo: lo mismo puedes hablar con ella de John Dos Passos que de Paul Auster o de su mujer, la inquietante y bella, diríase que glacial y dulce a la vez, Siri Hustvedt, autora de libros como “El hechizo de Lily Dahl”, “Los ojos vendados” o “Todo cuando amé”. Hablamos de algunos de sus libros, publicados en España en Circe; “Todo cuanto amé” también lo publicó Anagrama. Y por aquellas cosas del azar, tras revelar que le gustaba que fumasen un poco en su entorno, que le gustaba el olor del humo, que le gustaba reírse, hablamos mucho de Laurie Lee (1914-1997), el autor de “Partí una mañana de verano”, “Una sidra con Rosie” o “Un instante de la guerra”, aquel libro estremecedor que publicó Muchnik y luego El Aleph, creo recordar, donde narra, entre otros muchos episodios, la batalla de Teruel donde mató o creyó matar a un hombre en medio de aquella terrible nevada de diciembre de 1937 y los primeros meses de 1938. Gillian Watling estaba casada con el economista Gonzalo Ceballos (tenía, por cierto, dos tíos fascinantes que eran ingenieros de montes, a los que Gillian evocó de pasada), que debió ser un hombre verdaderamente fascinante, curioso y viajero. Gonzalo hacia 1963 tuvo la ocurrencia de llevar a su mujer o compañera o novia, que tanto no me atreví a preguntar, de vacaciones de amor a Teruel, a ver el mausoleo de Los Amantes, y luego a Albarracín. Me pareció chocante pero preciosa la anécdota, y más anoche porque dentro de unas horas voy a Teruel con Rafael Bardají para estar con Javier Sierra y para ver el nuevo mural de Jorge Gay en el mausoleo de Los Amantes. En este encuentro fugaz, de apenas quince minutos, me quedé con otra revelación muy bonita. No sé por que razón volvimos a hablar de Laurie Lee, aquel escritor y brigadista que llegó a España con un violín al hombro, que hacía sospechar a todo del mundo de su presencia. Gillian Watling dijo que había leído su autobiografía, donde evocaba con inmenso cariño y respeto a su madre, que debía ser tan bonita como fascinante, embrujadora. Le apasionaban las plantas, las flores, cuidar el jardín. Y dice Laurie Lee, confieso que no he leído el libro, que su madre lo cuidaba a él y a sus hermanos como si fueran flores, que los regaba, los alimentaba, los mimaba igual que a las plantas. Y en ese modo de derramar el cariño había una incalculable porción de libertad: los niños se movían a su antojo como pájaros libres en el jardín, tras el aroma del heno. En ese momento, Gillian Watling miró a su hija y me dijo: “Así he intentado criar yo a Leonor”. Miré un momento a Leonor Watling, la cantante de Marlango, que llenó anoche en el Principal, la magnífica actriz, la elegante fumadora de cine negro, la cómplice de tantas noches y tertulias de Luis Alegre y de Félix… Su madre sonreía… A Félix le conté esta anécdota de regreso hacia la plaza de Santa Cruz. Sonrió y dijo: “Tiene razón. Supongo que Leonor tendrá algún defecto, pero es tan maravillosa y natural que no se le conoce”. *Foto de Marlango: Alejandro Pelayo (piano y compositor), Leonor Watling (voz) y Óscar Ibarra (trompeta y otras formas del swing). Decía José Luis Acín que, desde el CELIA (Centro del Libro de Aragón) que dirige, se intentará colaborar en mejorar distintos aspectos de la Feria y, sobre todo, “incrementar la presencia de editoriales y hacerla más profesional”. Este año tendrán estands en Monzón casi cincuenta editoriales. Entre las novedades, desde la perspectiva de los organizadores (ver su web: www.ifm.es/libroaragones), se anuncia que se ha ampliado el espacio de exposición y venta de la planta superior y, agregan, “estamos intentando acercar al público infantil con nuevos espacios para ellos”. Habrá personal especializado, se impartirán talleres de caligrafía y cómic, se organiza un taller de microrrelatos y se acoge, por vez primera, a la editorial Imaginarium, de libros infantiles. Hoy sábado: la “vuelta” de Arana No pretendemos aquí hacer una reseña completa de todo lo que se va a presentar y a exponer, pero sí queremos recordar algunas cosas. El Rolde de Estudios Aragoneses inaugura la XI Feria de Monzón con la presentación de varios libros en la mañana del sábado: las “Poesías” de José Ramón Arana, que es uno de los libros de la temporada en el año de José Ramón Arana (1905-1973), y el mejor homenaje a un olvidado en el momento en que se cumple el primer centenario de su nacimiento en Garrapinillos. La edición, que incorpora los manuscritos ilustrados con algunos de los dibujos que reproducimos aquí, es de Javier Barreiro, y escriben distintos textos Alejandro Díez Torre y Eloy Fernández Clemente. También se presentará el libro “Antonio Pérez”, el guión cinematográfico de Antonio Artero, que nunca llegó a rodar; el volumen lo han preparado Javier Hernández y Pablo Pérez, solventes biógrafos del cineasta oscense. Otros libros de Rolde son “Mases y masoveros”, volumen coral coordinado por Ángel Hernández; la “Colección Rolde de arte contemporáneo”, que prologa Concha Lomba; dos números de la revista “Rolde”, etc. Por la tarde, Eugenio Monesma presenta su impresionante trabajo “Las ilusiones perdidas” (Pyrene), que consta de doce entregas en DVD, y que es una historia de la Guerra Civil, la posguerra y el universo de los maquis. Certeza expondrá sus últimos títulos de la colección Redallo: “Operación Niebla” de Javier Aguirre, un relato de carácter policíaco; “Los sublevados” de Alfonso Zapater, la historia novelada de la insurrección de Jaca y los fusilamientos de Huesca en 1930, y la novela tremendista “El pozo” de Luciano Varea; el domingo, también se hablará de los libros de la colección Cantela: “La ciudad del viento” de Ricardo Vázquez-Prada, “Memoria de París” de Julia Emperador y “Nacieron desnudos” de Michel Suñén. CEHIMO estrena el libro “Recuerdos y fotografías de Binaced y Valcar” de Manuel Castillo Miralbés. Olifante ofrece tres novedades: “Todas la luz del mundo”, en las lenguas aragonesas y españolas, de Ángel Guinda; la “Poesía” de Miguel Cervantes, y una novedad absolutamente reciente: “Poesía” de Manu Cáncer (Bilbao, 1954-Madrid, 2002), un poeta y narrador, con antepasados en Huesca, que había publicado dos libros y dejó otro inédito. Pirineo sigue apostando por dos de sus autores predilectos como José Antonio Adell y Celedonio García con “Historias de nuestros pueblos / 2”. El Consello d’a Fabla Aragonesa lleva el “Vocabulario monegrino” de Rodés, Maza y Gavín. Xordica, en sus colecciones de aragonés, propone “Las zagueras trifulcas de Marieta” de Quino Villa, y “Misión lingüística en el Alto Aragón” de Jean Joseph Saroïhandy, con edición y estudio de Óscar Latas, “sin duda la obra más importante para el conocimiento de la lengua aragonesa”, que recoge 30.000 voces de 135 localidades altoaragonesas y numerosos fragmentos de la literatura oral. La editorial de Chusé Raúl Usón también presentará otros dos títulos el domingo: “Lo que mai no s’olbida” de Elena Chazal y los cinco cuentos de “El fumador pasivo” de Daniel Gascón, protagonizados por un personaje que vive en Zaragoza, Norwich, Francia, Teruel y Castellón. La sesión del sábado se cierra con el espectáculo de vídeo-arte “Baltasar Gracián: Oráculo manual” de Aurelio Bardají y con la presentación del cedé “A Cadiera Coixa”. Domingo: historia y ficciones El domingo se abre con dos títulos infantiles del Patronato de Cultura de Monzón: “El tesoro de Marina” de Esther Lozano y Mónica Pasamón, y con “Adivina, adivinón, ¿en qué ciudad vivo yo?” de Ana Rodríguez Macías. Toño Ruiz realizará la puesta de largo de su novela “Semilla de Cardamomo” (Incipit), la historia de la periodista Eva Jalón, que transcurre en dos tiempos: en la Zaragoza que se halla en vísperas de la Expo 2008 y en la India, en la que realiza una búsqueda vinculada con la manipulación genética y las adopciones que le permite efectuar un auténtico viaje cultural al país del todo y la nada. El libro tiene una clave de suspense y cuenta con estupendos personajes secundarios: Carlos, el amigo de Eva, y Robert. Otro de los espléndidos libros de la temporada es “Manuel Buenacasa Tomeo. Militancia, cultura y acción libertarias”, que han redactado al alimón dos historiadores jóvenes como Jesús Cirac y José Luis Ledesma. La mañana se animará con un montaje de cuentacuentos de asunto sefardí. Por la tarde, Luis Esteve explicará su edición de “El cura de Almuniaced y otros relatos” (Biblioteca del Exilio / Instituto de Estudios Altoaragoneses) de José Ramón Arana, en el que además de la mejor novela del escritor zaragozano, también hay un cuento de homenaje a Miguel Cervantes. Del IEA, también se presentará “Denuncias y represión en años de posguerra. El Tribunal de Responsabilidades Políticas en Huesca”, una intensa y esclarecedora investigación de Elena Franco Lanao. Unaluna, el sello de Luis Ángel Blasco, comparece en Monzón con “Diario de un ambulanciero” de Nigo Sola, una crónica espeluznante y verídica de un conductor de ambulancias que denuncia la corrupción, en Zaragoza, de este imprescindible servicio público; “García Barón, un anarquista de Monzón” de J. J. Beeme (que es así como firma José Joaquín Blasco); “Luis Roldán y las caras de Belchite” de Eladio Romero, una especie de broma, con fondo de intriga, sobre el ex jefe de la Guardia Civil; y “Zaragoza sitiada. El cuadro que Goya no quiso pintar” de Alfredo Compaired, una visión muy completa de la Guerra de la Independencia en Zaragoza en 1808 y 1809 con una crítica terrible hacia el clero de la época, que se vendió al enemigo. Gara d’Edizions, el proyecto de Chusé Aragüés, ofrece “El aragonés de Baixo Peñas” de Fernando Romanos y Fernando Blas; “Aspectos mofosintácticos del belsetán” de Chabier Lozano y Ángel Luis Saludas, y “Voces de Aragón” de Brian Mott. Prames estrena dos títulos: “Pirineo de Boi” de Enrique Satué Oliván, un investigador imprescindible del Alto Aragón en diversas facetas, y “Yo, Henri Russell”, un nuevo libro de Alberto Martínez Embid, que coincide con otro suyo de asunto parecido: “Henry Rusell y la exploración de las montañas del Valle de Tena (1863-1877)” (IEA y otros). El domingo se completa con un concierto de música medieval de Pneuma en la catedral de Santa María de Monzón. A lo largo de la jornada actuará la trapecista y bailarina Emma Luna. Lunes: cuentos y despedida El lunes habrá cuentacuentos y pase de distintos vídeos, entre ellos “Pasamos miedo juntos” de Ángel Luis Sarvisé y Concha Ibarz. Por la tarde se presentarán distintas publicaciones, y varios libros: “Antolochia literaria n’aragonés. Siglos XI y XII” y “La vida del agricultor, 1804-1906” del Colectivo Amics de Tamarit; “Cicatrices del alma” de José Antonio Sánchez, y de “De la cesta a la mesa” de varios autores. Se presentará el cedé “Grupo Folclórico Nuestra Señora de la Alegría”, y se cerrarán las puertas con una sesión de música electrónica. Todos estos títulos se sumarán a otros recientes de José L. Corral, Ramón Acín, Magdalena Lasala, Raúl Herrero, Julio Cristellys, Pilar Laura Mateo, Ferrer Lerín, Durán Gudiol, Francisco Grasa, José L. Melero & Javier Barreiro, Antonio Fernández, Molina, Félix Teira Cubel, Santiago Sancho, Daniel Rabanaque, Ángel Petisme, Ángel Gracia, Julio José Ordovás, José-Carlos Mainer... Y muchos otros que tienen que estar ahí por derecho propio. 1.- ¿Se considera un adicto al móvil o puede pasar perfectamente sin él? Un adicto, lo reconozco, pero su falta sería una gran incomodidad más que un síndrome de abstinencia. 2.- ¿Hasta qué punto la telefonía móvil ha cambiado su vida? Al punto de tener más libertad de movimientos, estar permanentemente informado, y tener una relación mas próxima con familia y amigos 3.- ¿Cómo fue el salto de radioaficinado al teléfono móvil? La base de la radioafición es la experimentación, comunicarse no es el fin propiamente dicho sino la culminación de unas nuevas antenas hechas por uno mismo, un ajuste diferente en el equipo transmisor, un micro o un manipulador de telegrafía nuevos. Por tanto, el salto fue a la inversa, en la telefonía la finalidad es la palabra y el equipo transmisor se nos da hecho. 4.- ¿Cree que los españoles le sacamos suficiente partido al teléfono móvil o todavía somos unos usuarios muy básicos? Si generalizamos tengo que decir muy básicos, a juzgar por mi experiencia las dudas son inmensas y de todo tipo: operadoras, manejo, programas y utilidades están infrautilizados en la mayor parte de usuarios. Hay tan sólo un sector de población, básicamente joven, que utiliza, disfruta y saca partido de su terminal. 5.- A su juicio, ¿tiene sentido seguir incorporando al móvil nuevas y sofisticadas funciones? Por supuesto, los fabricantes pueden estar tranquilos, no sólo por tener un público ávido de prestaciones dispuesto a disfrutarlas, sino también por el snob, gozoso de estar a la última aunque sea incapaz de sacarle partido. Un noventa por cien de los terminales Symbian que han caído en mis manos de otros usuarios estaban tal cual salen de sus embalajes, como mucho algún juego, melodía y salvapantallas. 6.- ¿Cuántos teléfonos móviles tiene y cuál fue el primero que tuvo? A día de hoy 67 con las últimas donaciones, forman parte de un museo del que me siento orgulloso, sólo conozco otro mucho mejor y más completo, el de mi amigo Luis -www.datodigital.com-, pero juega con ventaja, tiene taller, y en él reposan los modelos ya obsoletos o irreparables. Mi primer terminal fue un analógico -Moviline- Telyco, si bien debajo de su pegatina estaba la marca NEC, modelo EZ-2930-B, su verdadero fabricante. 7.- ¿Cambia mucho de teléfono? No me preocupa tanto cambiar, busco más incorporar prestaciones, y si éstas llegan también llega el cambio. Procuro estar al día pero aún no tengo mi móvil perfecto; en abril adquirí el Nokia 6680, lo esperaba con interés pero adolece de muchas mejoras aún: La memoria es insuficiente -ya se habla en Nokia de terminales con 100 Gb. pero lo próximo se llama N91 y tiene 4 Gb.-, Wifi, USB -como en la N-Gage-, radio. El teclado Bluetooth compatible no incorpora la "ñ" ni pone las tildes sobre las vocales..., ¡increíble!. Han quitado el puerto de infrarrojos y con él la posibilidad -entre otras- de utilizar un programa como el "Total irRemote" que llevo instalado en otro de mis terminales, un mando a distancia configurable por marcas para Tv, Vídeo, Hi-Fi, etc. La cámara trasera es de 1,3 Mb., pero no así la frontal. Sería deseable una mayor velocidad de proceso..., en fin, mejoras que llegan con cuentagotas y sin conformar un terminal apropiado y deseable, un verdadero boom de mercado. 8.- ¿Tiene algún modelo favorito de móvil? No, más bien tengo la idea de lo que podría ser mi móvil favorito volviendo a la anterior pregunta. 9.- Aparte de la comunicación ¿cuál es la funcionalidad que le parece más importante del móvil y a la que le saca mayor partido? El navegador, sin duda, la posibilidad de acceder a la red en cualquier lugar es un lujo para mí. Llevo instalado el NetFront, un navegador excelente bajo mi punto de vista. También el diccionario de la RAE que llevo instalado es una de mis debilidades. Me gusta escribir y lo consulto a menudo. Oí a Elena Medel -joven poetisa cordobesa- en un programa de radio comentar su afición a escribir e incluso grabar de voz en el móvil y en cualquier lugar sus poemas, de tal forma la fuente de su inspiración no tiene la más mínima oportunidad de esfumarse. También me gustó su declaración de abominar públicamente contra quienes recortan las palabras en los sms hasta hacerlos incomprensibles. 10.- ¿Cuánto se puede llegar a gastar en teléfono móvil en un mes? ¡Uff..., mucho!, algo más de 200€, teniendo en cuenta un uso profesional, tres operadores y un contrato de datos indispensable para la gestión del correo y la navegación. 11.- ¿Realmente cree que hay competencia en el mundo de las operadoras? Salta a la vista que no, tres operadoras que dominan un suculento mercado en régimen de oligopolio, con unas tarifas y promociones que parecen surgir de las mismas salas de reunión. 12.- ¿Cuáles son las mayores quejas y reivindicaciones que tiene que hacerle a las operadoras? La más importante es la cobertura, algo inaudito teniendo en cuenta las pérdidas generadas para ellas por tal motivo. Muchísimos núcleos rurales carecen de cobertura y decenas se tienen que conformar con la cobertura residual de poblaciones y vías de comunicación próximas. Otra, no menos importante son las tarifas. Establecimiento de llamada, más primer minuto completo y un segundo del siguiente hacen de una breve conversación un coste demasiado elevado. Los contestadores deberían dar la opción de colgar sin coste cuando no se desea dejar un mensaje; resulta muy oneroso no cumplir el objetivo deseado -la conversación- y perder parte de tu saldo por ello. 14.- ¿Sería partidario de una tarifa plana? Claro que sí, siempre que fuera realmente económica, de esa forma y con una buena cobertura sólo estaría abonado a un operador. 15.- ¿Es adicto a los SMS? Adicto, adicto... no, los utilizo habitualmente, pero siempre con el informe de entrega *n# para tener la certeza de que ha llegado a tiempo, en Movistar funciona, en Amena y Vodafone no es seguro. También soy partidario del texto predictivo, requiere un aprendizaje pero luego se escribe muy rápido, no sirve para quienes recortan las palabras hasta parecer mensajes cifrados, si bien reconozco utilizarlos también, aunque me lleva más tiempo escribir abreviado que con el T9. Para saber algo más sobre texto predictivo: http://www.aecomo.org/content.asp?contenttypeid=2&contentid=3660&catid=162 16.- ¿Con quién suele enviarse más mensajes cortos? Es indiferente, familia, amigos. Como anécdota destacaría los que recibo de mi amigo Mariano -Gistain.net, son los sms más breves del Gsm, él asegura que los míos son tan buenos que los guarda en un archivo..., yo no le creo. 17.- ¿Qué cosa le gustaría que se pudiese llegar a hacer con el móvil? Nada imposible y que la red lo permite, el desvío de mensajes. También la domótica, se habla mucho de ello pero todavía no sacamos beneficio del móvil y sus posibilidades. 16.- ¿Nunca sale de casa sin el teléfono? Nunca, así es, tampoco sin DNI, tarjeta sanitaria... hay cosas imprescindibles. 17.- Si alguna vez se le olvida el móvil en casa ¿obligatoriamente tiene que volver a él? Debería hacerlo obligatoriamente en un día laborable, un festivo no sería un drama. De cualquier forma es poco probable el olvido -risas-. 18.- ¿Cómo surgió la idea de impartir cursos sobre teléfono móvil? El periodista y escritor Mariano Gistaín, en una iniciativa sin precedentes, donó un ordenador y el resto de ellos llegaron también donados desde diferentes puntos a la asociación de vecinos La Almozara de Zaragoza y se creó el Milímetro digital -http://digital.almozara.net/- para impartir cursos de software libre e iniciación al ordenador para todos los vecinos que estuvieran interesados. Sabedor de mis conocimientos del móvil me propuso impartir clases de teoría y manejo. El también periodista y escritor Antón Castro me propuso para los VI Encuentros literarios de Albarracín: http://www.10lineas.com/antoncastro/alba.htm 19.- ¿Qué tipo de gente es la que acude a estos cursos y por qué tipo de cosas se interesan más? Gente de todo tipo, desde amas de casa a profesores de universidad, jóvenes y no tanto. Se interesan por las configuraciones multimedia, vínculos para Bluetooth y Pc, descargas, códigos de red, etc. 20.- ¿Cuáles son los trucos que enseñas en tus cursos? Principalmente códigos de red, cambiar un pin es más sencillo así: **04*pin viejo*pin nuevo*pin nuevo# que acceder a los, a veces, complicados menús del terminal. Eliminar un desvío: ##002# o establecerlo: **21*número desvío# y llamada, y así muchos otros códigos útiles para quienes son asiduos a utilizar funciones del móvil más complejas desde los menús. CONFIDENCIAL - ¿Cuál es su modelo de teléfono móvil? - Nokia 6680 - Un accesorio - Manos libres y auricular Bluetooth - Un color - Negro y cromo combinados - ¿Baterías, pilas o energía solar? -Baterías - Siempre "on board", aunque el sentido común aconseja apagarlo en ocasiones - ¿Y dónde no iría sin él? - Al trabajo - El momento más inoportuno para que suene. - En una conversación vis a vis, no me agrada lo más mínimo dejar una persona por una llamada - La llamada más esperada. - El anuncio de que voy a ser abuelo - Su sueño tecnológico. - La cobertura total del planeta *Esta entrevista a Javier Torres -que es mucho más que un apasionado de los teléfonos móviles: es la encarnación del entusiasmo y la delicadeza, la pasión por Aragón y los libros, el correo de la amistad, el viajero con maletas que te traerá un libro antes que nadie-apareció en la revista "Móviles Magazine" . Su autora es Salomé González. Anuncia que tiene un museo del móvil en Alcalá de Ebro con más de 70 piezas. El año que viene los VII Encuentros de Albarracín estarán dedicados al mundo de los editores, (pequeños y grandes editores, cómo se hacen los libros, política de fondo, catálogo, maquetación, cómo se publica un libro, industria, mercado, películas, apuestas específicas por un autor, creación de bibliotecas de autor, los grandes problemas de distribución...) y Javier será invitado de nuevo a dar sus talleres de telefonía móvil. La foto que reproduzco aquí es de Fernando García Mongay. NOTAS DE FOTOGRAFÍA DE MANUEL MARTÍN MORMENEO / 5 Alberto García-Alix (León, 1954) dice: “Más que la ‘movida madrileña’, he fotografiado mi propia movida, mi entorno. Al principio era más lúdico y fresco, pero cada vez soy más abstracto, quitas lo superfluo, que en el fondo siempre es un poco rococó, e intentas decir más con menos”. García-Alix, contemporáneo del primer Almodóvar, de las explosiones musicales y pictóricas, asegura que “cada vez tienes más trampas. La fotografía es una trampa de ver más y con intención. El fotógrafo siempre toma la decisión de dónde y cómo mirar. Al principio era más virgen, aunque yo intento que todo lo que hago sea yo mismo. Todas las fotos de uno son autorretratos”. Dice que, a pesar de lo que puedan sugerir sus fotos de cierta rudeza, marginalidad y dureza, “he tenido una vida de lujo, dichosa. Tengo buen corazón. No sé definir mis fotos, pero sí mi mirada: es una mirada frontal, no es amable, pero trato con gran dignidad a mis fotografiados. Soy solidario con ellos. Nuestro oficio implica una gran comprensión, y sólo llegas a la comprensión de los demás si te comprendes a ti mismo”. García-Alix se declara admirador de Richard Avedon, Diane Arbus o William Klein, “de todos aquellos que te sorprenden o te llevan a conocer algo nuevo. Mi trabajo es sincero y honesto, aunque cada vez educas más el ojo que mira”. Allá donde va lleva su Leica de 35 mm. y su Hasselblad de 6 x 6. Alberto García-Alix recibió en 1999 el Premio Nacional de Fotografía. *Háblé con Alberto García-Alix durante una estancia suya en Albarracín. Hurgo en mi bloc de notas, y recupero esta nota. Pongo aquí una foro de la serie "Amor en la carretera" MANU CÁNCER: LAS PALABRAS NECESARIAS PARA VIVIR Manu Cáncer, Juan Manuel Cáncer Trincado, (Bilbao, 1954-Madrid, 2002) siempre deseó ser escritor. Encontró en la poesía su natural forma de expresión. A lo largo de sus 48 años de vida consiguió concluir tres poemarios: ¡Grita!, que inició siendo un adolescente de 16 o 17 años en Bilbao, volumen aparecido en 1981 en edición de autor; Blues de todos los jueves (Ópera Prima, 1998), proyecto en el que recuperaba algún poema anterior y ensanchaba sus obsesiones, y Palabras que se mueven, el libro que dejó inédito y posiblemente acabado al morir en 2002. En los últimos tiempos había entrado en un periodo feliz y fértil; redactaba cuentos (uno de ellos, “Habitación 306”, fue galardonado en el IV premio de Paradores y recogido luego en un libro conjunto de 2003), trabajaba en una suerte de autobiografía novelada, proyectaba abordar la historia de su padre, condenado a muerte tras la Guerra Civil y avanzaba en la escritura poética con esta sensación: “Vivir los días que me queden // robándole a la vida // sus joyas férreamente custodiadas, // con la ventaja // inestimable del factor sorpresa”. Su infancia transcurrió entre Bilbao y los veranos de olivares y viñedos de Arnedillo (La Rioja). Cursó estudios en Solocoetxe, la escuela donde daba clases una figura esencial de su vida: su abuelo materno Francisco Trincado, que lo encauzó con delicadeza hacia el estudio de la Historia. En su último libro, Palabras que se mueven, Manu Cáncer compuso el poema “Te regalaré un cuento”, que parece una pieza inequívocamente amorosa, de plenitud con la amada, sin duda, pero también podría evocar los métodos narrativos de su propio abuelo: Te regalaré un cuento encuadernado en rústica de arena. Escribiré un relato breve, para ti, con finas palabras de sueño. El argumento es tu complicidad, simplemente tu amor. La pequeña leyenda dirá que te he querido y la leyenda miente: Te seguiré queriendo más allá de las páginas del sueño. Yo te sigo queriendo después del vidrio viejo de palabras como éstas, recién desenterradas. Tras realizar el Bachillerato en Jesuitas, Manu Cáncer entró en la Universidad de Deusto, donde se licenció en Filosofía y Letras, rama de Historia y más tarde cursó estudios de periodismo en Bellaterra. Cáncer ofrecía en esos años dos perfiles diferentes y complementarios: el de la militancia política de izquierdas un poco al margen del PCE o de otros movimientos y partidos, pero no en la retaguardia exactamente, sino en una distancia que a él se le antojó justa; y el del hombre intimista que se movía como un pez en el agua en el ámbito de la contracultura, el hippismo y los ecos del mayo del 68, y quería afirmar su condición de poeta incipiente. Cáncer y sus amigos Dermit y Esparta, entre otros, eran jóvenes brillantes e inquietos, con una postura vital que se reflejaba a diario en sus apuestas, en su forma de vivir, en sus lecturas, en su fervor por la política. “Manu -recuerdan sus hermanas Elena y Susana- hizo la carrera por compromiso y por exigencia familiar, sentía rechazo por el mundo académico. Nunca ejerció la docencia, ni quiso hacerlo. Sus amigos lo recuerdan como un hombre feliz, muy interesado en la política nacional e internacional, con una gran capacidad para contar la Historia y para glosar con auténtico entusiasmo el mundo árabe y romano” “Eran aventureros, amigos de experimentar, enfrentados con el sistema del momento. Al fin y al cabo, eran los años del franquismo y de una enorme ebullición política” De forma muy diferente, su padre Manuel Cáncer y su madre Inés Trincado serán determinantes en su vida. Su madre será siempre su cómplice, su mejor amiga. Manu empezó a escribir bajo su influencia. Y para ella fue siempre el hijo perfecto. En Blues de todos los jueves le rinde un homenaje explícito, aunque se trate de un poema de misteriosas sensaciones: “Mi madre está llorando. // Mirando el parque por la noche, //mi madre está llorando. // La gaviota ha llegado // pero la luna no. // Es difícil creerlo, // la gaviota ha llegado // pero la luna no, // mi madre está llorando. Su padre, que presentaba en ocasiones un perfil autoritario de hombre recto y luchador que se ha hecho a sí mismo, tenía una cierta aureola de leyenda: había nacido en Alcubierre (Huesca) en 1916 y combatió, durante la Guerra Civil. Con la victoria del general Franco, sería detenido y condenado a muerte. Estuvo preso en Huesca, en Burgos, en Torrero (Zaragoza) Al final quedó en libertad e inició una nueva vida en Bilbao. Manu le dedicó, entre otros textos, el “Poema de alquitrán”, que ha sido inscrito en parte en su lápida del Cementerio Civil de Madrid y que no figura en su libro póstumo. El azar quiso que padre e hijo compartan para siempre ese nicho. El poema dice así: Sobreviviste al barro de los mapas y un silencio de cárcel y dolor, inventado con prisa, rompió tu juventud como un espejo amargo. Desde siempre soñabas que los trenes llegasen probablemente un día al trigo verde de las tierras altas. A veces no es difícil recordarte en los rumores sordos de aquel Bilbao mojado y diferente, y en los días nublados de azul gris imposible. Y tampoco es difícil presentar tu energía, escrita en muchas noches de trabajo con la caligrafía más rotunda del alquitrán templado. No es posible llorarte sin recordar tu fe, sin pedirle a la lluvia responsabilidades: con una sola lágrima tú pudiste guiar el rumbo de los barcos y la melancolía. Y no te vi llorar. En la ceniza azul quedaba tu figura de hombros más bien cargados, porque a partir de ahora esta brisa primera de cada madrugada, esta brisa será quien mejor sepa que el tren de tu destino ha llegado por fin al trigo verde de las tierras altas. El poema es una biografía elíptica del personaje y una incontestable muestra de cariño y respeto, aunque entre los dos la relación nunca fue fácil. Manu Cáncer vivió en los años 70 una intensa relación amorosa con su primera novia, Pura que tiene su eco en ¡Grita! Más tarde se traslada a Madrid y luego a la Ibiza de los 80, mitad cosmopolita, mitad mediterránea, donde se inicia en el comercio de antigüedades, enfocado hacia un coleccionismo elitista. Allí el poeta dio rienda suelta a sus aficiones: le encantaba el Mediterráneo, la gastronomía, la existencia apacible ante ese mar que desata sensualidad y sosiego con su temblor tranquilo, y además multiplicó sus lecturas. Algunos de sus compañeros de viaje de entonces eran Lorca, Pablo Neruda, León Felipe, Miguel Hernández, Blas de Otero, Vladimir Maiakovski o Walt Whitman, cuyas “Hojas de hierba” leía con frecuencia, pero también frecuentaba a Homero, tanto en “La Odisea” como en “La Ilíada”, a los poetas de la “beat generation”. A mediados de los años 80, Manu conocerá a la que será su compañera durante casi 20 años: Carmen Fábrega. Carmen, o la propia idea del amor en abstracto, es la destinataria de muchos de sus poemas amatorios, que son mayoría en sus dos últimos poemarios: Blues de todos los jueves, que presentó en El Clamores en 1998 y que tiene una indudable inspiración musical, y en Palabras que se mueven, su proyecto final. Su muerte ocurrió inesperadamente en marzo de 2002, cuando ya se había volcado por completo en la creación literaria, tanto en la modalidad poética como en la narración. ¿Cómo es su poesía? Ya en su primer libro ¡Grita! decía que “un poema no es otra cosa que un abrazo”, y advertía en otra composición, que tiene algo de manifiesto personal y a la vez de poética, que “Yo no escribo con técnica, // escribo con zapatos // usados. (…) Traigo tierra en mis manos, // la tierra solidaria que todo lo desborda. // Ser escritor es mirarse en las ventanas de los trenes, // es sentirse lluvia, // es hacer barricadas y sacar prisioneros de las cárceles”. Aquí están esbozados algunos aspectos de su lírica de aquel momento: poesía de una experiencia íntima, de las emociones y del combate, escrita con palabras directas y sencillas, con una retórica vivida, en la línea de Miguel Hernández, de León Felipe o de Blas de Otero. Este primer libro lo inició muy joven, y lo fue madurando durante años. Si es cierto que ya tenía algunas versiones o primeros poemas a los 17 años, lo aquilató y lo redondeó a lo largo de una década. Puede decirse que en esta primera tentativa se percibe una vena social insistente, “grítale al hombre”, “sal a la luz del éxtasis y grita”; una desazón entre juvenil y existencial permanente, se habla una y otra vez de esos profetas que se convierten en los guías de la revolución. Emplea elementos simbólicos muy propios del momento, al menos desde una órbita de la izquierda militante del último franquismo y los inicios de la Transición: el pan, el grito, el humanismo, la política, el amor a la vida, la calle, el guerrillero, el peligro de vivir y de ser libres, la identidad y la proximidad de la muerte, que es un tema que reaparece una y otra vez desde la impostura de quien es rabiosamente joven: “Sé // que me estoy muriendo: es profeta hasta el junco, hasta el agua y la noche, // sé que me estoy muriendo; en tu hijo gritando, nacido sin nacer, // sé que me estoy muriendo”. Pero aquí ya evidencia su interés por el paisaje, por un conjunto de sensaciones vinculadas a su memoria y a la tierra. Quizá sea éste uno de esos mejores momentos: “Respiro sol de otoño // y bajo las colinas corriendo, // bailo por entre los viñedos // y canto esa canción subido en un almendro // chupando la uva fría de polvo y madrugada, // he vuelto, sé que he vuelto”. El amor empieza a ser un asunto decisivo, aunque su visión y la experiencia directa se harán más rotundas en los dos libros siguientes: “He buscado tu nombre // musicando fieramente el silencio”, anota. ¡Grita! es un libro de tanteos, impulsivo, de discurso torrencial y a veces prosaico, de definiciones constantes, de afirmación y de búsqueda de una voz que intenta ser propia en medio de un contexto difícil: “Casi siempre regreso a mis viejos amigos, // y casi siempre escribo poemas // de vino // y calles viejas, // soy de esta gente con olor a sandía, a madera, // de esa gente con manos de humedad; // tengo algo de poeta, soy pescador y cosechero y albañil, // soy un poeta callejero // y el viejo tejedor y el cómico ambulante // y el peón caminero, // ésta es toda mi vida”. El Pablo Neruda de las Odas elementales y el Rafael Alberti de libros como Coplas de Juan Panadero bien podrían resonar al fondo. Manu Cáncer tardó 17 años, nada menos, en publicar Blues de todos los jueves (Ópera Prima, 1998. Llevaba un prólogo del editor José Antonio Pastor). Había madurado mucho desde entonces, había vivido intensamente y había viajado. Una buena parte de los poemas del libro es presentada como canciones. Repite algunos textos del libro anterior (que se suprimen en esta edición de Olifante) e incluso se permite algunos ejercicios de reescritura. Ofrece algunas series como “La canción del viajero”, con cinco piezas, o “Morir en los olivos”, con tres; el olivo es uno de esos árboles talismán para el autor: dice en otro lugar “el olivo, solamente el olivo // es el país del que yo vengo, // la puerta de madera de mi casa”. Todo el poemario ofrece un reencuentro en el paisaje, un nuevo lirismo amoroso, centrado en C. (que debe ser Carmen Fábrega, su compañera durante veinte años), y abundan las alegorías sobre un tránsito exterior acomodado a una intensa experiencia íntima de reflexión y entrega. La exaltación de la amada es continua en composiciones muy diferentes, de gran finura sentimental. En “Saberlo todo” leemos: “La noche // se hizo para mirarte // mientras duermes // y admirar tu quietud, con ternura, // decirte cosas al oído, // saber que estás en paz. // Saber que amarte // es saber todo”. En otro lugar, escribe: “También te he escrito amor en un tobillo”. Las alusiones musicales persisten en el inédito Palabras que se mueven, especialmente en uno de sus poemas más largos y ambiciosos: “Bolero de María Cartago”, donde el autor ensaya la composición narrativa y asume la voz de María, nacida en Cartago, cuyo destino “era leer en la relojería de los sentimientos”, y explica que “No tuve más belleza // que volver a escuchar los golpes de martillo // y que esperar el telegrama nuevo de la primavera”. En el libro hay muchas más cosas: Manu Cáncer sigue cantándole al amor, a la naturaleza, a las pequeñas cosas de su existencia diaria con todo su arsenal de desengaños, a su memoria colmada de recuerdos con almendros, olivos y parrales, que parece la flora que integra su imagen del edén, y hace recuento de distintos momentos de su vida a través del recuerdo del perfume de la mujer amada, las monedas, las leyes, las cartas (algo que también aparecía en el libro anterior) o de esas irremediables lágrimas que se le escapan de los ojos y de un hondo penar mientras deambula entre las sombras de la noche en una jornada que llegará tarde a casa. E incluso esboza un cuento fantástico en verso como “Las campanas del mar”, e insiste con el poema narrativo en “El escritor de la puerta del sur”. Cierra el volumen con una pieza breve como “Nombrar”: “Nombrar las cosas es abrir la puerta. // Nombrar las cosas // es cerrar las manos // y guardar la nieve”. Manu Cáncer, Juan Manuel Cáncer Trincado, había empezado “a vivir las estaciones como países que se conocen por primera vez”. Había recuperado el pulso poético, el gusto por la palabra, la urgencia de vaciarse en el poema con palabras emocionantes y acaso melancólicas, sin asomo de culturalismo, transidas de desnudez, de atmósfera y de encendido amor. Y cuando andaba en ésas, cuando acumulaba cuadernos y notas y se imaginaba una parsimoniosa carrera de escritor, lo sorprendió la muerte. “Si la sombra de un hombre va llenándose // de abecedarios desgastados y calendarios viejos…”, escribió en una ocasión. Nunca lo conocí (me han hablado de él y de su mundo sus hermanas Helena y Susana Cáncer, el realizador Antonio Gómez Olea, su madre Inés Trincado…), pero es fácil entreverlo y quererlo a través de sus poemas: tres libros que resumen 30 años de escritura poética para sí mismo, tranquila y diáfana, tres libros que son la mejor fotografía de un hombre cariñoso y comprometido, prisionero en ocasiones de dolencias casi misteriosas, que sostenía que querer era celebrar con su amada “la suavísima luz que parece azafrán muchas mañanas”. *Olifante, la editorial de Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcello Reyes, acaba de publicar la "Poesía completa" de Manu Cáncer. El libro se presentó ayer en la Feria de Monzón, y el 19 en Antígona. Incuyo aquí el prólogo al volumen; la solapa es del profesor y poeta de las Cinco Villas, Miguel Ángel Longás. José Enrique Moreno Gistaín gana el segundo premio del Concurso Jóvenes Pianistas Ciudad de Albacete. El premio especial Pilar Amo Vázquez destinado al mejor intérprete de la música de Federico Chopin, ha sido otorgado por mayoría del jurado a Eva María Jiménez -ganadora del concurso- y a José Enrique Moreno Gistain, que lo comparten exaequo. *José Enrique (pelo de caracoles, sin barba) y Juan Fernando Moreno Gistaín (pelo de caracoles, aspecto de intérprete ruso, con perilla), sobrinés de Barbastro de Mariano Gistaín, nietos de Mariano y Josefina, son dos espléndidos pianistas. Combinan la interpretación solista y a cuatro manos con la enseñanza. Este texto del currículo pertenece a la página web de José Enrique. Enhorabuena, de nuevo. AC. “¿Qué tipo de pianista quiero ser? Alguien que exprese con claridad las ideas del artista, con la suficiente personalidad para atraer al público, pero no tanta para dañar la obra del compositor”. Así sueña Juan Fernando Moreno Gistaín (Barbastro, 1974), que acaba de ganar el primer premio “Ciudad de Albacete” de piano, que ha compartido con el canario Inocencio Negrín. “No me ha molestado ese veredicto. Al contrario. He seguido su concurso y vi que era realmente bueno. Buenísimo. Además, hemos estudiado juntos, hemos compartido las comidas. Para mí fue una solución ideal”. Juan Fernando se reconoce en dos de sus maestros, Ramón Coll y Joseph Colom, y en Christian Zimmerman, “aunque no pretendo emularlos ni mucho menos. Por un lado, no es posible y, por otro, no me interesa. ¿La política musical en Aragón? Yo creo que estamos en un periodo de formación. Se percibe que interesa y que hay algunos planes que van poco a poco”. El pianista compagina sus horas de estudio y de interpretación con la docencia en el Conservartorio de Monzón: “Es una experiencia fantástica. La más importante, claro está, es tocar. Y yo suelo hacerlo en solitario o a cuatro manos con mi hermano José Enrique, algo que me emociona mucho. Pero la enseñanza me proporciona una reflexión constante. No sé si soy capaz de enseñar algo a los alumnos, pero ellos a mí muchísimo. Al enseñar tomo conciencia de muchas cosas que a veces no te planteas. En mi caso, ese trabajo es beneficioso”. Tocar. Salir ante el público, sentarse ante el instrumento y oír el silencio ideal ante los ojos expectantes del espectador. Ese es el gran momento del virtuoso. “Era Claudio Arrau quien decía que cuando daba un concierto comenzaba una batalla para él, va a pasar algo importante. Te enfrentas a una lucha contigo mismo. Es una apuesta que haces contigo: el modo de enfocar el recital, el repertorio, tu estilo. Eres el único responsable y estás solo ante el peligro. Sólo tienes una oportunidad para hacerlo. Además, es imprescindible tocar en público para tener conciencia de artista. El público puede hacer que toques mejor; tras los aplausos, viene el silencio y ahí se mueve algo dentro de ti. Quieres demostrar lo mejor de ti mismo y corresponder al afecto y a la entrega del oyente”. *En el año 2003, Juan Fernando Moreno Gistaín ganá el premio "Ciudad de Albacete". Recupero esta pequeña entrevista que mantuvimos. Creo que también esclarecerá la forma de trabajar de José Enrique. La foto es de Beatriz Gimeno, diseñadora y autora de un libro sobre "Félix de Azara". He vuelto a Teruel en el coche de Rafael Bardají y por Belchite, Lécera, Muniesa y Alfambra. Son algunos de los paisajes que modulan una parte de mi vida: chopos y vaguadas, neblinas y montañas, altitudes como San Just y esos celajes que se cargan de nubes, que extienden su papel pintado de nieve y mar. Rafael es un gran compañero de viaje: hablamos sin cesar de esto y de aquello, de los secretos de familia, del paisaje mismo, tan entregado. Cuando llegamos empezaba a anochecer; la ciudad se ensimismaba con una baba de lluvia. Salimos al Óvalo, que se ha convertido en algo así como una resurrección en el siglo XXI de Pablo Monguió con el nombre de David Chipperfield. Nos esperaba Javier Sierra (Teruel, 1971), el hombre que está conmocionando Estados Unidos con la aparición, en inglés, para el próximo mes de marzo de su novela “La cena secreta”, una historia casi esotérica del cuadro “La última cena” de Leonardo Da Vinci que intenta descrifar fray Agustín Leyre, un personaje de ficción. Javier, que es un tipo arrollador y sencillo, estaba encantado de regresar a Teruel, donde muy pronto expresó lo que quería hacer, lo que quería ser: periodista. Con seis o siete años ya, en los veranos de Castralvo, reunía a un grupo de amigos y hacían diariamente un ejemplar único del “Diario de Castralvo”. Iban de casa en casa, lo leían o lo dejaban leer, y regresaban a casa con algunas perras en el bolsillo. Javier hizo por entonces su primera entrevista a una vecina ya madura, y al parecer ya llevaba un diario y escribía notas de casi todo: de animales, de vecinos, de fincas, de las flores, de los veraneantes que llegaban, de paisanos más o menos pintorescos. Con muy pocos años, catorce o quince, se inició en Radio Heraldo, y fue una modesta conmoción ya en Teruel. Era asiduo de la biblioteca, era un lector empedernido con una gran cosecha de amigos y con un prurito profesional increíble: trabajaba en Radio Heraldo, como digo, pero sufría porque otro rival de la noche tenía más medios que él y se llevaba el gato al agua. Lo contaba Javier con una sonrisa en los labios. José Luis Velázquez, el gran corresponsal turolense de RNE, recordó que lo había conocido de niño casi, y que ya era capaz de animar cualquier noche con sus historias fabulosas. Velázquez conversó con él antes de que Javier Sierra pronunciase su conferencia acompañado de power point en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Teruel, dentro del Ciclo de Artes y Letras de los 110 años de "Heraldo". Fue todo un espectáculo: bella exposición, sentido de la intriga, pedagogía, embrujo y la modulación perfecta, sin perder nunca el hilo, de un contador de cuentos, de un intérprete de historias que parecen verdaderas. El éxito fue rotundo: alrededor de 150 personas, muchas de ellas querían que siguiese firmando libros, tal como había hecho esa tarde en Librería Perruca. En el Óvalo, Javier siguió contando historias. Recordó, tras haberse trasladado a Vinaroz, que un día leyó una entrevista con otra figura local del panorama musical, Agustín Prades, y éste decía que le gustaría hacer un programa de misterio. Unas horas o unos días después recibía la llamada de un joven imberbe: “¿Le gustaría hacer un programa de ovnis conmigo?”. Prades dijo que sí y durante algún tiempo las noches de Castellón y alrededores estaban amenizadas con la bella voz timbrada del maestro y con la de un jovencito que exhibía toda una gama aguda de gallos. La madre de Javier Sierra, Amparo, nacida en Morella, recordaba cómo Javier los metía constantemente en todo tipo de líos. “Líos llevaderos”, claro. Siempre estaba lleno de proyectos, que tenían algo de locura: era capaz de ir toda una noche a lo alto de una montaña a intentar atrapar psicofonías o a atisbar el paso de una nave espacial. Con el paso de los años, Javier se haría asiduo de programas de estos temas, en radio y televisión, lo vimos durante mucho tiempo en “Crónicas marcianas”. Y de ahí, de manera natural, dio el salto a la novela, con bastante éxito. "La dama azul", "Las puertas templarias", "El secreto egipcio de Napoleón", son algunas de sus ficciones; "En busca del Siglo de Oro" es un libro de divulgación de variados misterios y enigmas. Su novela “La cena secreta” (Plaza & Janés) ha vendido alrededor de 200.000 ejemplares. Cada vez me doy más cuenta de que escribo estas cifras con demasiado alegría. Los datos son suyos y de Plaza & Janés; he de decir que Javier no me parece un fantasma ni un engreído en absoluto. Todo le está viniendo tan maravillosamente que no necesita exagerar. La novela, a la que le dedicó tres años y varias estancias en Milán, Florencia y Roma, fue finalista del Premio Torrevieja; ganó Zoe Valdés. Pero el libro ha tenido una segunda vida con la aparición de “El código Da Vinci” de Dan Brown, porque Javier, al ser traducido en Italia, fue bautizado como “El antiDan Brown” por “Corriere della sera”. Ha vendido su libro a 28 países y la editorial norteamericana Schuster & Simon le ha comprado el volumen, y lo pondrá en la calle en inglés con una tirada inicial de 500.000 ejemplares. Estas cifras sí que me marean; casi tanto como el anticipo de derechos de autor: medio millón de euros. Lo ha traducido Alberto Manguel. Javier Sierra nos contó –estábamos sus padres, el cartero Cándido y Amparo; Reyes, jefa de prensa de la alcaldesa Lucía Gómez, que no asistiría a los actos en su propio salón de actos, aunque acudiría a saludarlo al día siguiente; la librera Luisa Perruca; Rafael Bardají, coordinador de los actos del foro Heraldo 110; luego llegó Antonio Losantos, profesor y autor de una columna muy leída en "Diario de Teruel", "Metrópolis" (quieren expedientarlo por una nota sobre Rafael Lorenzo) y yo- cómo lo habían tratado en Estados Unidos. Una lectora hispánica de Schuster & Simon leyó su novela y se quedó encantada. Se puso de inmediato en contacto con él y le pidió 50 ejemplares. Era muy gracioso ver a Javier imitando y recordando cómo preparaba el cajón con tantos libros, lleno de estupefacción. En cuanto llegaron los ejemplares, se repartieron entre los empleados hispánicos de la editorial. En poco tiempo la novela se convirtió en un obsesivo tema tema de conversación en los pasillos, en el bar, en las tertulias. Y la parte de norteamericanos de Schuster & Simon empezaron a mosquearse. Así se abrió paso la novela, tanto que hasta los porteros habían leído la versión de Alberto Manguel al inglés. Javier departió durante varias horas con la editora de Schuster & Simon en una cena privada, donde sólo se habló de su libro durante varias horas. Eso en España habría sido un tanto inaudito. Luego, empezaron a mandarle pruebas de corrección –está emocionado con la traducción de Manguel-, y la corrección fue tan minuciosa que uno de ellos le dijo: “¿Se ha dado usted cuenta de que la mayoría de sus nombres empiezan por B?”. Le hicieron entrevistas para suplementos y revistas, está preparada la publicidad, páginas completas, y además la localidad de Rockville le ha elegido escritor del año para un proyecto muy bonito: todos los ciudadanos de Rockville, todos los que quieran participar en el evento con conocimiento de causa, quise entender, leen el libro y le dedican dos días completos para hablar de él con el autor en distintos foros. Y además, le harán exposiciones, programas de televisión y de radio... Javier está perplejo, como si no quisiera despertarse. Desde hace algunos meses, tengo la sensación de que sólo me apetecería hacer dedicarme a leer, disfrutar de nuevo sin prisa de esa pasión que era una pulsión, un deseo de leer para escribir, para saborear historias, como cuando era adolescente y caían día tras día Borges, Cortázar, Miguel Torga, Horacio Quiroga, Poe, Bioy Casares, Isak Dinesen, Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras (creo que mi libro favorito de ella era “El arrebato de Lol V.Stein”), Cunqueiro, Dieste de nuevo, Dieste una y mil veces (el libro de mi vida quizá sea “Historias e invenciones de Félix Muriel” y en concreto el relato “La asegurada”), Luis Pimentel, Stevenson, Mercè Rodoreda, la historia de “Tristán e Iseo”, que es otro de mis libros preferidos, y Shakespeare, al que leía una y mil veces en la traducciones de Miguel Ángel Conejero. Acumulo libros y más libros con el sueño postergado de zambullirme en ellos, sin conciencia del tiempo, por el puro placer de leer o de mirar; cada vez miro más. Reconozco que me interesa casi todo. Leo, también, de noche en la explanada con Noa, durante veinte minutos o media hora, como ayer, sentado en el banco donde los abuelos toman el sol al mediodía. Todo Garrapinillos parece para mí; el cielo, de un azul sobrenatural más que nocturno, más añil que negro, me vigila y me protege. Un pájaro chicotea en los pinos y un avión desangra sus luces melancólicas en el aire convencido. Cuando voy a por la perra, tras haber viajado a París, México y Calanda con Buñuel y las rubias y jóvenes mujeres que tanto parecían gustarle, me pongo los cascos y bailo con Juan Luis Guerra, con una versión de “La quiero a morir”, y el veneno de ese volcán en desorden que es Shakira, con su potente voz en falsete. Fue algo improvisado pero bello: danzaba en la oscuridad, danzaba contra el frío. Como un aparecido en un mundo de fantasmas dormidos. 1. Acabo de leer “El sultán y los ratones”, un texto de Joan de Boer, inspirado en un cuento popular árabe, ilustrado bellamente por Txell Darné y publicado por OQO, una de mis editoriales favoritas. El relato de Boer narra la historia de un sultán cuyo palacio se ve asaltado por los ratones que quieren comer su queso; pregunta a sus súbditos cómo se puede acabar con los roedores y ahí empieza una auténtica y paradójica conmoción de gatos, perros, leones, elefantes, que puede prolongarse hasta el fin de los tiempos. El cuento funciona bien, aunque me molestan un poco esas piezas tan repetitivas, de fórmula, que con una ligera variación hacen avanzar el cuento. Desde luego que ahí hay una artesanía eficaz de la narración. Lo fascinante del libro son las ilustraciones de Txell Darné, realmente increíbles en la forma, el color, el concepto, la imaginación, la fantasía. Este es un libro que parece para niños, pero que en su gusto por el collage, en la proximidad con el cine animación de aquella Europa del Este de antaño y el uso de piezas esquemáticas mezcladas con objetos como corchos le confieren el carácter de un proyecto de arte contemporáneo más bien para adultos. El niño así educará sus ojos y su sensibilidad, sin duda, y despertará a nuevos conceptos alejados de la figuración tradicional. OQO nace de una escisión de Kalandraka y sus propuestas, por ahora, son maravillosas. Para mi gusto, al menos por ahora, son mejores las ilustraciones que el texto. 2. Taschen le dedica uno de sus libros de cine y de muchísimas fotografías a Luis Buñuel. Al texto le he echado una rápida ojeada, fijándome en todas sus etapas, y es uno de los mejores que he visto desde un punto de vista iconográfico. Hill Krohn y Paul Duncan son los editores y se han apoyado mucho en los consejos y sugerencias de Juan Luis Buñuel. El volumen, antes de entrar en materia cronológica y temática específicamente y después de una presentación titulada “Una criatura fabulosa”, se inicia con varias páginas sobre las obsesiones de Buñuel más o menos comentadas. Abro en la página 13 y me doy de ojos con esta cita: “Espalda / vulva: ‘Como símbolo en su encarnación física, el cuerpo femenino era uno de los motivos preferidos del director. Aquí se puede apreciar en imágenes de ‘Un perro andaluz’, ‘Bella de día’, ‘El discreto encanto de la burguesía’ y ‘Ese oscuro objeto del deseo”. Y en la página anterior, en las frases sueltas que abundan en la publicación, leo también: “Me parecen muy atractivos unos muslos por los que chorrea algo viscoso, porque la piel se hace más cercana, porque no sólo estamos viéndola, sino además tocándola”. Las fotos son de magnífica calidad, se ve que se han hecho copias nuevas. E el libro, que ofrece un Buñuel muy próximo, esforzado en cada una de sus películas, incorpora al final una selección de carteles de las películas de Buñuel en varias lenguas. Entre las fotos, hay una preciosa de Eli Lotar, director de fotografía de “Las Hurdes. Tierra sin pan”; es angelical la de Edith Scob de “La Vía Láctea”, motivo de portada, a Buñuel le conmovía muy particularmente la Virgen María; y quizá la más perturbadora sea la de Anne-Marie Deschott, que se enfunda en un traje de cuero negro y se dispone a castigar a su marido… En la página 41, se dice esto: “Las Hurdes’ se financió con un premio de lotería que le había tocado al productor, un amigo anarquista de Buñuel llamado Ramón Acín. Pierre Unik, un colega del surrealismo refugiado también en España, fue el coautor de la narración, y Eli Lotar, el distinguido fotógrafo y director de fotografía, el cámara. El equipo estaba formado por dos anarquistas y tres comunistas; el quinto miembro era Rafael Sánchez Ventura, un viejo amigo que más adelante le prestaría dinero a Buñuel para marcharse a América”. 3. Presenté hace unos días “La voz quebrada y otros cuentos” (Mira Editores) de Pilar Laura Mateo, que trabaja en la Casa de la Mujer y es observadora constante de esas vidas más o menos secretas, más o menos silenciadas, marcadas por una violencia soez o por la indignidado por el afán de encontrar un espacio de libertad, de feraz convivencia y de creatividad. Pilar Laura, lectora de Isak Dinesen y Clarice Lispector y Ramón Gómez de la Serna, entre otros, escribe diez piezas que tienen una suerte de oasis en el pasado y que narran la vida de personajes más bien derrotados, incapaces de ser felices, de vencer traumas, personajes que casi siempre acaban huyendo por algún rincón, aunque tenga que ser con una hija a cuestas, aunque tenga que ser mediante una suerte de metamorfosis: la transformación de una mujer normal de carne y hueso en sirena o algo semejante a una figura poco definida que anda y vive en las aguas. El libro es una glosa de mitos clásicos a través de personajes contemporáneos, es un libro sobre la capacidad de mirar, una reflexión sobre el amor, y a la vez un libro de patologías sentimentales, escrito con un pulso lírico que jamás ahoga el peso de la narración ni sus inesperadas sorpresas. Si existe un escritor que sólo atraiga sobre él simpatías y elogios es Juan Rulfo (1917-1986). En 1953 compuso un libro de relatos, “El llano en llamas”, y dos años después apareció “Pedro Páramo”, una novela de enorme modernidad sobre la vida después de la muerte, una novela de fantasmas y campesinos que regresan a un territorio de alucinaciones. Luego Juan Nepomuceno Rulfo se quedó vacío: pensó que lo había escrito todo en apenas 300 páginas y que ya no tenía más que decir. Diría poco más: el guión de “El gallo de oro” y algún que otro texto suelto. En la intimidad, en la soledad de las noches que amasaba con sueños y alcohol, buscó otras criaturas y otras fábulas que se le resistían, mientras Clara Aparicio, su mujer, deseaba que por un instante el hombre silencioso y cálido fuese un poco indulgente consigo mismo. En esa época, Juan Rulfo se dedicaba a viajar al interior de México con una cámara de fotos al hombro. En la década de 1945 a 1955 realizó más de 6.000 disparos, que ofrecen un aura inquietante y a la par serena de abandono y de soledad, de espejismo y ruina. Rulfo se mezclaba con los paisanos como si fuese un testigo invisible o una aparición de aire, y disparaba: captaba los templos decrépitos, la impresionante arquitectura, los caminantes que se ofrecían a un avasallador cielo de nubes; atrapaba los paisajes abiertos, los campos de maguey, las niñas que transportaban un fardo de leña o a una mujer acuclillaba ante el vasto horizonte, al final del cual se balancea el mar. Atrapaba incluso la belleza salvaje de María Félix y en cada toma, de algún modo, creía revivir tantas historias, o el espíritu de tantas historias que le había regalado su tío Macario, de oficio enterrador o charlatán de aldea. Sus fotografías son las constatación del mundo que literariamente se llamó Comala o Luvina, y sus libros son las sensaciones verbales, la poesía de este universo gráfico de luz, sombra y decadencia. Hace algunos años vi una amplia exposición de sus fotos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid: atraían a una continua multitud. Muchos parecían ver en las ellas la topografía, los santuarios, las trochas y los cerros que están sugeridos en los libros, y recuerdan la atmósfera, la belleza terrible, la calma que parece mortal, ese tenso hilo de silencio. La gente se despedía del aroma particular que exhalaban, e iba a releerlo a la librería Antonio Machado (tal vez fue Crisol, aún), ya fuese en “Aire de las colinas” (Debate), las cartas de amor a su esposa Clara, en los libros citados, o ya fuese a repasar esa joya que es “México: Juan Rulfo fotógrafo” (Lunwerg): la huella en el mundo de los vivos del paso del poeta que despertó a los muertos. Porqué el primer muerto fue su propio padre, y estos días en una nueva edición, comentada y purificada, de “Pedro Páramo”, que cumple 50 años desde que fuera editado en 1955, se ha recordado que el germen de ese libro no es otro que el asesinato de su propio padre, por algo que no está demasiado claro. Y otro de los espléndidos cuentos de “El llano en llamas”, “Diles que no me maten”, también alude a ese hecho que perturbó el crecimiento de Juan Rulfo. La imagen de un hombre abatido fue tan turbadora como los regresos del tío Macario con sus historias de muertos y espectros. *La foto es de Juan Rulfo. Con esta máquina de escribir, Remington Rand, redactó Juan Rulfo su única novela, inspirada en el asesinato de su propio padre, al menos en parte. Esta máquina fue adquirido por el escritor, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias, el 10 de noviembre de 1953, el año en que publicó su libro de relatos, quince, creo que son, "El llano en llamas". La profesora María Ángeles Naval dijo que “Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura española, 1944-2000” (Anagrama, 2005), la colección de ensayos y textos de José-Carlos Mainer que se presentó hace unos días en la FNAC, era uno de los “acontecimientos literarios más relevantes de todo el año”, y recordó la condición de “filólogo y catedrático de Literatura Española” del autor que firma un artículo como “Por ejemplo, 1944. Un año de literatura”, un texto especialmente brillante que define una forma de trabajar, un método de relación de libros, tramas, autores y acontecimientos de un año muy significativo que coincide con la fecha de nacimiento del profesor. “Ese texto es un martillo de herejes para los aficionados que se atreven a engarzar los acontecimientos en torno a un año, que no es un año cualquiera, porque se publicaron dos libros como ‘Hijos de la ira’ de Dámaso Alonso y ‘Sombra del paraíso’ de Vicente Aleixandre”. Dijo que este “Tramas, libros, nombres” hace compañía a un título anterior como “De posguerra” y completa el proceso cultural que había dejado en “La Edad de Plata” en 1939. Los tres volúmenes son, para la profesora, magníficos ejemplos de “ensayos de interpretación de un proceso cultural”, y resaltó que Mainer siempre “establece un complicidad personal en los procesos que intenta definir, y que define con finura literaria, humanidad y profundidad interpretativa”. Jordi Gracia, que se desplazó desde Barcelona para la presentación hasta Zaragoza, recordó que al editor Jorge Herralde le había encantado “La filología en el purgatorio” del profesor zaragozano, y que era lector suyo por cuenta propia, por curiosidad, por interés, por respeto. Así que cuando se le sugirió la publicación de un libro como éste, no lo dudó. Observó el autor de “La resistencia silenciosa” (Anagrama) que Mainer “posee una erudición apabullante, y que arma textos persuasivos, convincentes, pero nunca se queda en la parte superficial de su trabajo como mero vaciado de erudición. Mainer ofrece una dificultad inicial: la de una voz propia, sometida a un punto de vista determinado. La suya es la trayectoria de un escritor que va construyendo su propio mundo a través del mundo literario y la elección de sus temas. Se trata de alguien que construye un modo de entender la literatura de forma contagioso”. Y le reconoció otra virtud: la de la valentía, por publicar un libro como “Falange y literatura”, en tiempos más oscuros, más confusos, donde algo así podría resultar temerario. Dijo Gracia que en José-Carlos Mainer, y también en este libro, sobresale la inclinación por lo contagioso, lo excitante, lo provocador, lo fácil que resulta dejarse llevar por las notas, por los apuntes, por las citas. “Obliga a pensar al lector, a recomponer, a deshacer perjuicios. Es un prosista de ideas”. Recalcó Gracia que en este libro hay un componente autobiográfico más intenso que en otros. Y ése extremo lo confirmaría el autor de “Tramas, libros, nombres”, porque “la literatura se imbrica en la vida propia y en la de los demás –matizó José-Carlos Mainer-. Los libros son autosuficientes, pero nos gusta comentarlos, explicar las razones, dar claves que el autor conoce, o a lo mejor no las conoce del todo siempre. La crítica es una ceremonia de lectura necesaria”. También dijo que “escribe con voluntad de escritura. No sabría hacerlo de otro modo ni el lector debería tolerar otra cosa”. Repasó algunos títulos e interpretaciones que realiza en el volumen en torno a “El Jarama”, de la que dijo que “es una espléndida novela de la guerra civil”, o recordó que Martínez de Pisón le dijo que “Los bulevares periféricos” de Patrick Modiano lo había leído después de redactar “Carreteras secundarias”, y no al revés como sugiere el ensayista. “Intento contar la literatura de otra manera, a mí mismo y a los demás. La literatura siempre intenta convencer a otros”, dijo. En el libro estudia el año 1952, el año de la publicación de "Quinta del 42" de José Hierro, la imagen de la Guerra Civil en el cine, autores específicos como Sánchez-Ferlosio, al que le dedica dos textos, o Fernández Santos, pero también glosa algunas novelas que marcan un nuevo camino, autores clave como Álvaro Pombo y su “El héroe de las mansardas de Mansard” o Juan José Millás y su “Visión del ahogado”, y lee, incluso con alguna severidad siempre elegante, la obra de Martínez de Pisón. También se acerca al proyecto de “Poesía en el campus”, del cual estuvo muy cerca. El conjunto, que sólo tiene un artículo verdaderamente inédito, el de Pisón, parece muy armado, quizá por ello también se eche más a faltar la presencia de mujeres escritoras, y es, como todas las obras de José-Carlos Mainer, un volumen sólido que vuelve a dejar al descubierto que el catedrático de la Universidad de Zaragoza es, por encima de todo, un soberbio historiador de la literatura. Algo que se aprecia, muy particularmente, en los dos textos de 1944 y 1952. *La foto es del siempre fotogénico y contundente José Hierro, autor de "Quinta del 42", libro que analiza José-Carlos Mainer. Hubo una época de mi vida que escribía de todos los deportes. Incluido de ciclismo. Seguramente habré firmado más de 200 textos sobre Perico, Induráin, Gorospe, Rominger, Heras... Y me animé a hacerlo en “El día de Aragón”, que fue mi gran escuela para todo. A media tarde, cuando se corría el Tour o la Vuelta, aparecía Ángel Giner, que fue un tiempo seleccionador de aragonés de ciclismo femenino, y nos poníamos a hablar de carreras. De Eddy Merckx, el grandioso caníbal; del escalador Lucien Van Impe; de Luis Ocaña. Recorríamos, al lado de la máquina de café o en las afueras, a la intemperie en el polígono del Portazgo, allá donde el sol se volvía sangre y fresca macerada en los labios del cielo, la historia del ciclismo. Y quizá fue en una de esas memorables tardes, cuando oí hablar por vez primera de Charly Gaul, “el ángel que amaba la lluvia”. Aunque sería algunos años más tarde, justo cuando Ángel Giner publicó su libro sobre Bahamontes, cuando conocí mejor su historia, la increíble aventura de este luxemburgués que acaba de morir a los 73 años con un envidiable palmarés a sus espaldas: dos Giros, el de 1956, venció en el Monte Bondone bajo una increíble nevada, y el de 1959; y el Tour de 1958, en el que destrozó en un épico y terrible día de lluvia a Jacques Anquetil y al gran favorito Raphael Geminiani, al que redujo doce minutos de los quince que había perdido; los tres restantes los sentenciaría en una contrarreloj, aunque en aquella carrera venció en tres carreras contra el crono. Aunque se llevaban a matar, Bahamontes y Charly Gaul pelearon juntos contra la gran armada francesa de Luison Bobet, que había ganado ya tres Tours, Anquetil, que ganaría cinco, y Raphael Geminiani, cuya asombrosa clase, tan grande como su mal genio al parecer, no le sirvió para vencer nunca ante sus paisanos. Estas batallas las cuenta muy bien Ángel Giner en su libro sobre Bahamontes, y el menudo y vivaz Charly Gaul posee un increíble encanto, la fuerza de un titán de la ruta, un sentido del sufrimiento como pocas veces se ha visto. Alguien ha escrito que su victoria en Monte Bondone en 1956, bajo la nieve, es una de las páginas más impresionantes e inolvidables de este deporte. En el Tour de 1958, Charly Gaul venció a Bahamontes en Mont Ventoux. Nada menos. Al año siguiente, vencería Federico Martín Bahamontes y él sería su aliado en algunas escapadas; también hay que decir, que los franceses se llevaban a matar entre ellos. Charly Gaul se retiró en 1965. Se casó dos veces, montó una tienda de ciclismo, pero acabó retirándose a una cabaña como si fuera un ermitaño. Un anacoreta. Incluso se llegó a decir que se había suicidado, como haría años después Ocaña, pero no: vivía lejos del mundo, con una gran barba blanca, dentro de un cuerpo grueso, de tonelete. Jean Luc Leblanc accedió hasta su refugio en el corazón del bosque y se encontró con algo increíble: un auténtico santuario del ciclismo con libros, recuerdos, medallas, copas, recortes de artículos de fondo. Y se encontró con un hombre, huraño en apariencia, el mejor deportista de Luxemburgo del siglo XX, que estaba al corriente del ciclismo actual y que era un ferviente admirador de Marco Pantano. Charly Gaul murió ayer y partió, en medio de un vendaval de nieve y lluvia y de sombras, a saludar a su joven amigo el “Pirata”. ¡Quién pudiera asistir a la conversación de estos dos escaladores! He vuelto a oír “Hablar por hablar”. Un muchacho contaba una historia de amor al calor de la música en un bar. En un instante, entre las sombras, distinguió una muchacha que lo miraba, fue un flechazo instantáneo. Conversaron, hicieron planes de volver a verse e incluso él le pasó a ella el teléfono. Él, que no ha podido olvidarla, está desesperado y aguarda una llamada. Repasa los gestos, el color de los ojos, la música de las palabras de ella en la penumbra, percibe como un espejismo la caricia de su aliento. Cree que si no lo llama es porque ha perdido el teléfono, pero no va perder la calma: acabará encontrándola porque sospecha que ese amor de tan grande que es se ha vuelto imprescindible. También para la bella muchacha que ha desaparecido. Así son los amantes… Más tarde, llama alguien para anunciar de nuevo, como todos los años, y van allá trece, que participa en un Belén viviente. Mara Torres recuerda el impacto que ha producido un texto que leyó el día anterior Cristina sobre la muerte. La joven atribuyó el poema o la prosa a San Agustín, aunque los chatines, que nunca se desvelan, habían encontrado otras muchas referencias y, entre unos y otros, habían remitido más de 50 o 60 correos con noticias de otras atribuciones. Desde ese instante, como un sonido subliminal, me pareció que el programa adquiría un carácter un tanto fúnebre. Juanma Frasquet, imagino que sería él como tantas otras noches, seleccionó una música que parecía evocar a Nino Rota, más tarde otra que remitía a Santana. En ese instante, yo ya había llegado a casa y había salido a la explanada con la perra Noa. Me percibía inquieto con los cascos. La noche se puso un poco melodramática; pensé que las últimas parejas o las últimas novias solas que volvían a casa traían como un gesto algo perturbador. Las sombras también le hacen volverse a uno más suspicaz o temeroso. Juan, creo que se llamaba Juan, contó una historia de sospechas y de amago de ruptura con su novia. Había descubierto un teléfono móvil, tras el teléfono móvil había un hombre, otro hombre, pensó él, incluso pensó en batirse en una especie de duelo o algo así, y finalmente cuando le preguntó a la muchacha quién era él, quién era el otro (como solía decir antaño Dyango), ella dejó de responder a sus llamadas. Tras el móvil se alzó un muro de silencio y otra montaña de sospechas: ¿A quién ama mi novia, emboscada en la noche? Juan, que encontró el consuelo melodioso en la voz de Mara Torres, lloraba, gemía, se excitaba. Se había desesperado incluso mucho antes de salir a antena: en un ataque de furia, de ira de amante que imagina que le han traicionado, castigó a golpes el salpicadero de su coche, la luna delantera. Cuando la noche parecía remontar; la adormeció una señora que llamó desde Extremadura para denunciar la violencia cotidiana, la inseguridad en las calles, narró algo espeluznante, y antes de despedirse rindió a homenaje a John Lennon como si estuviese pidiendo a los forajidos noctámbulos aquello de “Dad una oportunidad a la paz”. Antonio de Sevilla trajo la gracia muy a su pesar. Acaba de cumplir 21 años y se va a independizar: deja el empleo en la empresa paterna y marcha a M&aacu |