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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2005.
02/01/2005
Leo una entrevista de “la contra” en “La Vanguardia” realizada por Ima Sanchís al campeón finlandés Ari Vatanen, tretracampeón del rally Dakar, y subrayo esta frase dedicada a su mujer Rita, madre de sus cuatros hijos:
“Mi corazón y mi cuerpo querían estar con ella y a eso añadí el compromiso. La armonía y la serenidad se construyen dentro, no se buscan fuera. Rita y yo somos como dos piedras que se rozan a diario y se van redondeando con el tiempo. El desafío más bonito es aprender a amar, porque estar enamorado es una cosa y amar es otra. Amar es comprometerse a amar toda la vida y eso conforma el marco para ser amado. La vida es una cuestión de compromiso”. Pienso algo semejante de mi relación con Carmen Gascón, que ayer cumplió 46 años, aunque yo no hago distinciones demasiado nítidas entre amar y estar enamorado (que para mí son términos bastante complementarias), y en 2005 se cumple el primer cuarto de siglo de nuestra convivencia juntos. Quizá por eso me parece oportuno iniciar el año con estas frases, no de un filósofo, sino de un deportista que también se ha metido en política… Una de las mejores colecciones de poesía en España es la de Calambur, que llega su número 50. Y lo hace de la mano de un poeta ya desaparecido: Rafael Pérez Estrada (1934-2000), al cual conocí en el verano de 1999 en su ciudad de Málaga. Antes, Santiago Gascón, casado con la malagueña Araceli (un nombre muy literario: “Araceli” se titula la novela más conocida de Elsa Morante, inspirada en parte en su amiga Araceli Zambrano), me había puesto en contacto con Rafael: había leído algunos de sus poemas, de sus prosas poéticas, esa escritura entre alada y sensual, rebosante de imaginación y exactitud, que se disuelve en un ritmo que parece el propio del corazón de la música. Aficionado a las sirenas, a los marineros, a los jardines, a los ángeles, aficionado a las invisibles formas de la belleza, a los bestiarios, Rafael era todo un caballero del sur: te enviaba sus dibujos –conservo uno, espléndido, en tinta negra, de una sirena cartera-, sus libros dedicados y te revelaba su admiración de inmediato. Se movía entre Lorca y Cunqueiro y el postismo, era un puro torrente de imágenes y de hallazgos felices que a veces resultan casi naïf.
Al final, decidimos hacer un viaje a Andalucía: Málaga, Sevilla, Granada, más tarde regresaríamos a Galicia por la ruta de la Plata. Y en Málaga, en su bar de siempre, con sus amigos, Antonio Soler, Juvenal Soto, Santiago Gascón, entre otros, lo vi, conversé con él, le tomé fotos. Se las tomé yo o mi amigo Patricio Julve. Hablamos de todo: de su pasión por el mar y la pintura, de los amores prohibidos, de los poetas que amaba, de los rincones malagueños, de su elegante madre que pintaba, de la eufonía incesante de su prosa, trabajada a buril, esculpida con la brisa del ingenio y la gracia, con las neblinas del mar.
Acaba de llegarme ese poemario hecho de retazos: “Bajo el cielo indeciso”, y vuelvo a encontrarme con un escritor personalísimo, que moldea el lenguaje a su antojo, que halla recursos en cualquier sitio, que te sumerge en un mundo que sigue el vaivén de las estaciones, los sonidos de la melancolía, los impulsos de la blanca luz de las bahías y los parques del sur. En este ejemplar, rescatado por los herederos de Rafael Pérez Estrada, hay muchas piezas espléndidas, que se te quedan en el cerebro con su música invencible de ruiseñor de siglos. Pienso en el poemita a Isla Correyero, en la “Carta a un poeta muy querido”, “La mosca”, que me hace recordar a Antonio Machado, aunque el estilo y la sofisticación sean muy diferentes, pienso en esa historia de amor imaginada por una mujer que se titula “Mulatos de la luz y de la noche”, en la pieza “Caballos” (transcribo el párrafo final: “Y él sabía que soñar caballos, traer a los desiertos de las ensoñaciones la belleza de un bruto blanco significaría la muerte del soñador, el paso de la frontera de todos los espejos. Y por eso agotaba su vida modelando caballos”). Pienso en la visita a la casa del pintor y poeta Juan Carlos Mestre, o en esa prodigiosa pieza de apenas veinte líneas: “La huella del crimen”, sobre la muerte de un jardinero, o “La casa del poeta”, composición con ecos marinos dedicada a José Ángel Cilleruelo.
En este libro, hay mucho que leer. Mucho donde abismarse. Lo hice durante media hora a las dos de la mañana en la explanada y me quedé absorto, poseído, hechizado, y al volver la noche se tachonó de estrellas para Rafael. Aquí está un fragmento de creación de ese hombre maravilloso –heredero de la imaginería de Juan Ramón Jiménez, fabulador de libros imposibles o soñador, creador de bestias y ángeles entreverados- que fue Rafael Pérez Estrada, aquel poeta sonriente que parecía un contador de “Las Mil y una noches”. Los niños, con él, no tenían tiempo ni para el cansancio, el abatimiento o la tristeza. Es un escritor solitario, sin posible adscripción, un raro que, cuando caía la tarde y las primeras cervezas, o las cerezas sin dueño de mayo, inventaba para todos un tigre devorador de lirios.
03/01/2005
 El cine es una de mis viejas y constantes pasiones, desde que acudí por primera vez al Cine Real de Arteixo. Iba, como recuerda Fernando Trueba de sí mismo en su “Diccionario de cine”, a enamorarme. Y allí, en aquella sala oscura, con sillas de madera, me enamoraba de todas las mujeres: Rita Hayworth, Ava Gardner, Elsa Martinelli, Inma de Santis, Claudia Cardinale, Sofia Loren, Concha Velasco, Iran Eory, Teresa Gimpera, Analía Gadé, Jean Simmons, Ornella Muti, Audrey Hepburn (a la que acabo de ver en esa impresionante película en París que es “Charada”. ¿Es posible encontrar a un ángel tan seductor y delicado, a un cisne de pureza inviolable, como ella?)... Entonces, en el reino fabulador de la adolescencia, no pensaba que se tratase de mujeres imposibles. La lista es inagotable. Sigo yendo al cine a enamorarme: de las mujeres, de los personajes secundarios, de las historias, de las atmósferas. La última película que me conmovió por miles de razones es “Mar adentro”. Y ayer me gustó “Los chicos del coro”, que me remite a dos épocas, o a única época esencial: la infancia. Y con la infancia, la música y la enseñanza. La película de Christophe Barratier es un hermoso canto de esperanza. Es una película un tanto idílica en el panorama de su aspereza. Y es una cuidadosa lección de vida y magisterio, de pasión por las cosas. Esos niños están allí, en el colegio, un tanto alejados de todo, como aves descarriadas de futuro incierto. Y entonces aparece un personaje, como vigilante y profesor de música, llamado Clément Mathieu, que cree en el ser humano, que cree que todos –incluso los más rebeldes, los más desesperados- algo que, al ser descubierto, nos redime, nos hace ser de otro modo, nos confiere un lugar en el mundo. Ese internado para la reeducación de menores, represivo, está gobernado por Rachin, un hombre vencido que ha perdido la fe en la educación. Desde el primer instante, la mirada de Mathieu es fundamental: se hace respetar, estimula a sus alumnos, les ofrece una lealtad y un respeto que no conocían, y despierta en ellos algo que ni sabían que tenían. La posibilidad de hallar un lugar en el mundo. Y así la película nos va desvelando la compleja y amarga vida de personajes amputados en algún lugar de su alma: Pierre Morhange, que no sabe que es joven prodigio del canto, Pepinot, el niño que espera que sus inexistentes padres vengan a buscarlo un sábado por la tarde, Le Querrec, un muchacho avieso que sueña (y roba por ello) con comprarse un globo, o Mondain, que se incorporará más tarde al Internado con robos y un crimen a sus espaldas. Mondain es el personaje que sale peor parado: con él –obcecado Rachin: un tipo que ni siquiera llega a ser hombre, es un director sin aliento ni humanidad, impulsado únicamente por el egoísmo y por la absoluta falta de compromiso- el sistema falla. Pero con quien no falla es con ese puñado de muchachos que encuentra su dignidad en la música y en ese espejo de ternura e inteligencia que es Clément Mathieu. La película, bellamente contada en un emotivo flash back, plantea muchas cosas. Crea un ámbito donde es posible el aprendizaje, sin eludir las sombras. Tal vez su propuesta sea algo inverosímil, o acomodada en pos del final feliz, pero hay instantes irrepetibles: la escena en que los muchachos arrojan sus mensajes en forma de barquito de papel al profesor, el instante en que a Morhange le levantan de forma inesperada el castigo ante la condesa, el episodio final de Pepinot. También propone algo deseable casi siempre: los profesores del Internado parecían sometidos por el director, y Clement Mathieu, como a los niños, también les invita a ser libres, a soñar, a la insurrección. Y otro tanto podemos decir de ese formidable conserje, que adquiere gradualmente grandeza y se reencuentra a sí mismo al descubrir la potencialidad y la humanidad de esos jóvenes que acaban cantando de manera impecable “La noche” de Rameau, un compositor que figuraba entre los predilectos de Pilar Bayona. Clément Mathieu se declara un músico fracasado, y no hay nada más falso. No es un fracasado porque disfruta con su trabajo, ama las notas, la belleza, esa emoción palpitante que se agazapa en un pentagrama y se expande por el aire como una melodía de ruiseñor. Y ese amor es su mejor lección. Esta es una película sobre la capacidad de contagio que produce la pasión por las cosas, la sinceridad, el ingenio, la fe en uno mismo… Salí del cine realmente satisfecho. Doblemente satisfecho: a mi cuñado José Antonio, de Orihuela de Miguel Hernández, la película también le había conmovido. Y a mi cuñada Isabel. Llegué a casa y allí estaban mis sobrinas María e Isabel Terol Gascón, bonitas, esbeltas y altísimas, y mis hijos Diego y Jorge. Improvisamos un cine-fórum maravilloso, recordamos los mejores gags, el humor, la historia de Morhange con su madre, Violette (tan seductora y apetecible en su maduro encanto), y Jorge acabó tarareando a Rameau con bastante precisión. Él ha tenido la suerte de ver la película dos veces… Acabo con dos comentarios más: -Enhorabuena a Arcadi Espada por el premio Blasillo de Huesca, donde dejó el pasado un inmejorable sabor de boca. Por eso, lo invité luego a Albarracín, donde estuvo chispeante y en su línea de pensador o comentarista original, distinto a todos, con un punto de vista entre incomodado y lúcido. -Hacía hace algunos días hice alusión a la venta de algunos libros dedicados a mí en el Rastrillo y citaba a Félix Romeo. Debo corregir algo, por si no quedase claro: Félix adquirió un libro que me había dedicado José Ignacio Lacasta y lo primero que hizo fue venir a devolvérmelo. Le agradecí y le agradezco el detalle; entonces, como no sabía lo que había ocurrido, me quedé un poco perplejo. Luego ya me llamó Pedro Rújula, y creo que lo que he contado es algo más que una conjetura. -Mientras escribía estas notas, sonaba el disco “Os amores libres” de Carlos Núñez y he puesto varias veces: "Ahí va la loca soñando..."  Ese ángel tutelar de la amistad que es Javier Torres, nuestro poeta-camionero, nuestro embajador de libros a cualquier calle, me dice que está a punto de llegar Carlos Miragaya, el hermano de Víctor Mira que vive en Dusseldorf, a quien conocíamos por su magnífico texto para el libro de los 75 años del colegio Costa. Javier, en ese momento, tenía una falsa alarma: le habían dicho que su padre estaba bastante mal, fue al hospital y se quedó tranquilo. El aviso se quedó en susto. Quedamos en la cafetería Gora, donde Javier fue camarero con Víctor Mira, que ya entonces apuntaba un carácter peculiar: tenía una capacidad increíble de seducción, afanes de artista e ímpetu de atleta. Cuando agotaba su jornada laboral, salía a la calle, se echaba a correr y saltaba el buzón de correos, como si fuera un plinto, al grito de “Libres”. Javier recuerda al niño Carlos –en el colegio Costa, al abrigo de don Arturo, que impartía una lección sobre la tierra- como a alguien reflexivo, tal vez solitario, muy profundo, que poseía un temperamento fascinante. Y a la par era muy atractivo. Así se lo dice Javier, y Carlos, barbado, parsimonioso, replica: “Siempre había creído que el guapo era mi hermano Víctor”. Hablamos los tres de Víctor Mira. De su capacidad creativa, de su inspiración, de sus contradicciones, de obras concretas (incluso de su teatro, como “El cielo de las mujeres” y “Antihéroes”), y también de aquel temperamento candoroso que tenía de niño, alguien que se asoma al mundo con absoluta perplejidad, con deslumbramiento constante. Cuando eludía la tortura íntima y teatral, los signos de autodestrucción, Víctor Mira braceaba como un niño que descubre con sorpresa la hondura de las cosas cotidianas. Carlos recuerda que Víctor nació en realidad en Larache y que la familia, armada por un militar y por una madre casi nonagenaria, de una vitalidad asombrosa, anduvo de aquí para allá. “Hasta estuvimos en Galicia”, confiesa con complicidad a un gallego transterrado. Me ha encantado conocer a Carlos. Se dedica al arte, a la edición, al diseño, a muchos proyectos estéticos, y parece muy atraído por la ecuación compleja entre la mente y la creación. Le digo que me gustaría hacer una biografía novelada, no necesariamente fiel, sobre su hermano, y él comenta que también le gustaría abordar aspectos con médicos dedicados a la mente. No habla nunca de psiquiatras, ni nada semejante. Se ve que opta por algo más científico, si puede decirse eso de algo vinculado al cerebro. Anuncia que va a ir a ver la exposición de “África” y la “Crucificción” de su hermano en Fuendetodos. Volveremos a vernos. En un momento determinado, no sé por qué, irrumpe “El Quijote” en nuestro diálogo, y Javier Torres enseña una pequeña parte de la cincuentena de fotos que ha hecho de Alcalá de Ebro desde una plataforma que alquiló su hijo David. Son fotos aéreas preciosas de los territorios reales de la imaginaria Ínsula Barataria. Javier Torres –ese descubrimiento increíble de Mariano Gistaín: ese revelación de cariño que nos ha caído a todos encima como un temporal soñado- se quita importancia. Carece de vanidad: este hombre sólo disfruta con las pequeñas cosas, con lo inadvertido, quizá con aquello que no debiera pasar a un blog. Pero yo, que tanto lo admiro, no sé vivir sin escribir, sin recordar momentos tan mágicos como una charleta de café entre las cuatro y las cinco. Al contarlos, los vuelvo a vivir, y disfruto de nuevo. Con Carlos, con Javier, con la sombra homicida y dulce de Víctor Mira que se atrevió a mirar a un tren de frente, ya sin gafas, ya sin chaqueta, con la piel exhausta que se ofrece al duro metal helado, allí, en el abismo de la vía, cerca del lago, lejos de casa: en Munich. P.D. Hablando del Quijote, un sabio de Aragón cuyo nombre no revelaré jamás me contó una bonita anécdota. Hace años, cuando era más joven y “también más guapo. Yo he sido realmente atractivo”, vivió una historia de amor con una prostituta de Pedrola. Una mujer encantadora, de nombre cervantino, a la que recuerda con agrado por su vehemencia y por su dulzura. Hacían el amor en su modesta casa, casi a oscuras, bajo la suave y acaso enfermiza iluminación de un crucifijo fosforescente.
04/01/2005
 Me escribe una preciosa postal Jorge Sanmartín. El texto es breve pero inolvidable: “Antón te mando un caballo es amigo de una sirena”.Y dibuja, con el máximo esquematismo posible, con la mayor capacidad de sugerencia, un caballo. Un caballo que es un auténtico caballo con alzada, mirada al frente y una ampulosa cola. Salgo al galope con ese caballo a la llanura. Soy como un potrero que ingresa en la noche, cabalgando, con su perra Noa y con su gata Cati. Llevo un libro en la mano, “La red del pescador”, la nueva novela de José Luis Galar (Zaragoza, 1965), que empieza con el personaje Gastón de Buj en un viaje en el tiempo que da claves para entender la ficción en la que estoy a punto de zambullirme. Antes de abrir el libro, sentado en un banco, al relente, contemplo el paisaje: esta noche fría, azotada por el viento, esta noche que arracima estrellas en una urdimbre de terciopelo. Al fondo, en ese edificio público que están haciendo desde hace algún tiempo y donde mora Jorge, el guardián de las sombras, parpadea siempre una luz: sólo una luz mortecina que ilumina dos cuartos, uno abierto del todo, y otro entrevisto tras un tabique. Siempre pienso si allí hay sombras, fantasmas, o albañiles que se refugian hasta que vuelven, con el alba, al tajo. Esa luz ahí, de día y de noche, para nadie quizá, es perturbadora. Antes de descabalgar –Jorge, Yorgos, debes saberlo: me he montado en tu alazán de papel, en tu alazán amigo de una sirena-, miro la torre de la iglesia, la fronda copiosa de los pinos, las constelaciones que se prolongan a lo lejos, sobre descampados que andan y andan y andan hasta las cordilleras de Utebo o de Casetas. O más allá, en un prehistórico paisaje lunar. Y entonces, chisto al caballo, lo detengo y lo ato a un palenque imaginario. La perra se escabulle y trisca; la gata, desamparada, me mira como si buscase un regazo de abrigo. Abro “Las redes del pescador” (Leyere. Lleva veinte días en el mercado y está a punto de llegar a su segunda edición), leo la historia de Gastón de Buj, afecto al rey de Aragón, pero esa historia inicial no me atrapa tanto como otra que comienza en Zaragoza en 1999, donde un sacerdote que trabajaba en el Archivo Diocesano acaba de ahorcarse con su cinturón en un psiquiátrico. Tenía 69 años y unos días antes había llamado a su sobrina Rebeca para decirle que temía que lo iban a matar. Rebeca, desde Roma, llama al detective Marcos –al cual, por cierto, le gusta la camarera Lola, y a ella le gusta él; una noche como ésta, tras el ardiente ron, se miran, se beben en silencio y se van cada uno por un lado tras esperar en vano que el otro abriese la boca, que el otro pusiese palabras al mudo idilio…- y le pide que investigue el caso. Al principio, sólo hablan por teléfono y Rebeca, atractiva también, es lo suficientemente enigmática, pero Marcos ha sido cauto, más que cauto previsor, y encarga que tomen fotos del entierro del suicida. Es un entierro pobre, bajo la lluvia y casi sin gente, salvo unos cuantos curas. Y así avanza una novela honesta, en la que pasan cosas constantemente, donde se unen lo inmediato, lo que ocurre hoy mismo, con una trama más compleja, no siempre fácil de seguir con una primera lectura, en la que todo se complica: Marcos irá, en sus pesquisas, desde la cartuja de Aula Dei hasta el Vaticano mismo, y en el drama cargado de suspense irrumpen dos elementos extraños como un cardenal y un sacerdote, siciliano, nada menos. Estuve ayer con José Luis Galar. Desde hace casi quince años, cuando trabajaba en “El día de Aragón”, tengo un amigo detective: Fernando González, nacido en Extremadura, pero representante de automóviles durante un tiempo, rapsoda de Gabriel y Galán, y detective paciente y discreto. Me llamó y me invitó a un café en el Tabernillas. Me esperaba con José Luis Galar, tan discreto y afable como Fernando, que además es su tío, el segundo padre que le regaló la vida, cruel con su verdadero padre. Yo ya conocía a José Luis Galar Gimeno como autor, había leído “Muerte en un cabaret”, y le conté que Fernando y yo, desde algún tiempo, nos vemos, me cuenta sus casos, tomo notas, porque será él el amigo investigador de mi fotógrafo Manuel Martín Mormeneo, que querría salir a resolver algunos casos con sus fotos, algo que le ayuda a hacer el fotógrafo Luis a su amigo Marcos en “Las redes del pescador”, la novela que Galar llevaba en su maleta y estampó con ese pudor sincero que te gana de inmediato. No adelanto mucho más del argumento. Coincidimos que Fernando González tiene un aire a “Banaceck” (George Peppard, aquel actor rubio que perseguía el amor de Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes"). Jorge, Yorgos amigo, no me he vuelto loco. Me gusta leer de madrugada, entre mis animales, contra la caricia del frío. Si no se lo dices, te diré algo: a veces leo a tu papá: “Viajes y novelerías”, sobre todo; me ha emocionado que te lo dedicase a ti. La luz inquietante se desmaya al fondo. Vuelvo a casa con mi perra y mi gata, a horcajadass de mi caballo como Gastón de Buj. Cuando estoy a punto de entrar en mi calle, ya sabes, Perera Larrosa 7, adonde me has enviado la carta, el cuento (“Antón te mando un caballo es amigo de una sirena”) y el alazán, se paró un coche minúsculo: un Nissan micra rojo. Como te lo digo: 1.27 de la madrugada en el reloj de la torre. Y dentro, la vi perfectamente, iba una muchacha, que se volvió. Ralentizó la marcha, miró al caballo y volvió a concentrarse en el volante, a la par que aceleraba. Tenía un pelo espléndido, ésa es la verdad. Jorge, te digo una cosa, esa mujer que conducía de madrugada era una sirena como esas que tú tienes en casa, en la bañera, en los dibujos y en los libros… * Esta foto del niño Yorgos, Jorge Sanmartín, es de Víctor Juan Borroy y está tomada en diciembre en Belchite, mientras el niño recitaba "Verde que te quiero verde, // verde viento, verdes ramas. // El barco sobre la mar, // y el caballo en la montaña".  "El mundo" publica desde hace unos días una colección de entrevista sobre "La identidad cultural de Euorpa". Hoy Carlos Fresneda realiza una estupenda entrevista a Jonathan Brown, autor de un espléndido libro: "La edad del oro de la pintura en España". Brown analiza la importancia de Velázquez en la historia del arte, y estudia su influencia en la pintura norteamericana, visible en autores como Wisthler o Jackson Pollock, nada menos. Dice: "En Velázquez, como en Pollock, cada pincelada es un gesto. Si me permite la osadía, creo que la distancia entre ambos no es tan grande". Al ser requerido sobre "La meninas" -cuadro que considera, junto a "Las hilanderas", la obra maestra de Velázquez- comenta: "Mi primera interpretación de 'Las Meninas' me parece ahora terriblemente estática. Me siento tan confuso ahora que todo lo he dicho sobre 'Las Meninas' no me parece escrito por mí (risas)... 'Las Meninas' es una pintura perfecta. Es una pintura realista y, sin embargo, ambigua y sugerente. Formal e informal al mismo tiempo.Todo, absolutamente todo, está en su sitio preciso.La gente, no importa su formación artística, reconoce la perfección cuando la ve. Y 'Las Meninas' es uno de esos cuadros ante los que uno puede plantarse y exclamar en alta voz: 'This is it' (Esto es)".  Mi querido, y todavía desconocido, Jorge, te respondo con todo el cariño y respeto que me mereces. Gracias por pensar en mí para tu entrevista. 1º. ¿En qué periodo de tu vida decides ser pintor? Yo más que tomar decisiones procuro que las decisiones me tomen a mí. La cosa consiste en tomarte la vida como si se fuese a bordo de un velero, (en lugar de un barco a motor, que es como se empeñan en que te la tomes) cuando se va en un velero el rumbo esta subordinado al resto de las circunstancias, el viento, el estado de la mar...etc. La velocidad y la dirección las eligen más las circunstancias que tú. En resumen. Más que tomar una decisión, lo que tuve desde siempre fue una vaga idea de lo que deseaba ser, pero también estaba muy interesado en atender las imprevisibles circunstancias que toda vida propone. 2º. ¿Qué recuerdos, pintorescos o no, tienes de tu localidad natal, Buñales? Yo nací allí pero viví en Zaragoza desde la edad de tres meses. No obstante pasaba allí los largos veranos de las vacaciones escolares, (tres meses). Lo que experimentaba entonces eran grandes dosis de amor, de mis tíos, de mis abuelos, de mis padres... Y la inusitada libertad que un pueblo ofrece a un chico de ciudad. 3º. Tu padre también era pintor ¿eso influyó mucho en elegir esa profesión o, por el contrario, no tuvo mucho que ver? Influyó absolutamente. Yo le hacía de ayudante desde que me acuerdo y de un modo natural comencé a hacer mi propio trabajo, del mismo modo que los gusanos segregan seda, lenta e ininterrumpidamente me fui convirtiendo en pintor; proceso que aún continua puesto que esto de la pintura no se termina de saber nunca. 4º. ¿Qué significo el ganar en 1982, con 21 años, el Certamen Nacional Juvenil de Artes Plásticas? El que los demás se enterasen de que existía. Cosa que por un lado es estimulante, y por otro paralizante. Aprender a modular el volumen de la opinión de los demás es uno de los aspectos más importantes de este oficio. 5º. De joven hacías abstracción, ¿por qué decidiste cambiar a la figuración? Sabes... Para mí no hay gran diferencia entre abstracción y figuración. Yo lo único que veo cuando estoy delante de un cuadro es pintura y sólo pintura. Pasar de la abstracción a la figuración, para mí, es simplemente cambiar de caligrafía. 6º. ¿Por qué decidiste hacer tus últimas colecciones homenajeando la guerra civil española? Porque la pintura, es decir los pintores, se habían ocupado muy poco de esta cuestión, y por recuperar un género pictórico tan en desuso hoy, como vigente en el siglo diecinueve: el de la pintura de historia. 7º. Tú has sido un hombre que ha viajado mucho. ¿Qué te han aportado tus viajes? ¿Hay algún lugar dónde te sientes más cómodo pintando? Los viajes ayudan a encontrarse con uno mismo. De eso se trata en el fondo. Para saber quien eres tú se deben cambiar las circunstancias, ponerte en otro sitio distinto del habitual es el único modo que yo conozco para medirse. 8º. ¿Cuál ha sido la colección de cuadros qué más ha impactado al publico? A eso no te puedo contestar yo. Me gustaría pensar que son los que aún no he hecho. 9º. Cita tus cinco cuadros favoritos de la historia del arte y pon su autor. Razona por qué son cuadros favoritos. 1-“Las Meninas” de Velázquez, 2-“El entierro del Conde de Orgaz” del Greco, 3-“Retrato de Inocencio X” de Velázquez, 4- “Los autorretratos” de Van Gogh y de Rembrandt (ya sé que estoy haciendo trampas, pero para mí son un sólo cuadro), 5- Los paisajes de Aureliano de Beruete y de Sorolla, (vuelvo a hacer trampas). Son mis favoritos porque, precisamente, le dejan a uno sin palabras, por esto no te los puedo razonar. 10º. De esos autores ¿cuál es tu favorito? ¿Qué le quitarías a ese pintor para ponértelo a ti? Todos son mis favoritos y les quitaría la capacidad que tienen para convertir en bella materia pictórica cualquier cosa vista o soñada. 11º. ¿ Cuáles son tus próximos proyectos? Muchos, tantos que me canso si los enumero. Pero me gustaría que mi único proyecto fuese volver a amar la pintura de tal modo que nada más que eso existiera y que me dejara en paz todo lo demás. Estoy un poco harto de tener que dispersarme para poder concentrarme y que esto cada vez cueste más caro. Parece incomprensible pero ya lo entenderás. *Jorge Rodríguez Gascón, doce años, primero de ESO, ha elegido a Pepe Cerdá para una entrevista para la asignatura de literatura. He aquí sus preguntas y las respuestas del gran Cerdá. Esto es aún materia confidencial pero los dos autores me han autorizado a incorporarla en este blog. Así conocemos un poco más a Pepe y empezamos a saber algo de Jorge, que además de John Ford y las películas del oeste, ya ha descubierto a Woody Allen, algunos pintores e incluso se ha comprado un caballete.
05/01/2005
Muy de mañana, marcho a Huesca. No se veía nada: todo era niebla, esa niebla fatigosa que no te permite disfrutar del camino ni del coche (A la vuelta, en cambio, la niebla se ha desperezado un poco, asoma el sol, y pienso en “La Gioconda” y en ese estudio del paisaje con su indecisa profundidad de campo que efectúa Leonardo da Vinci; rarezas de quien ha estado hace pocos días en el Louvre). Es como si avanzases a tientas por un túnel de inquietantes presencias al acecho que no sabes en qué instante te van a aprisionar o soltar un manotazo en la cara y en los ojos. Escucho la radio: siempre es una buena compañía. Las voces de la radio. ¡Qué pena que sea tan de mañana, y no a primera hora de la tarde, cuando da gusto escuchar la sonrisa franca de Gemma Nierga! Me gusta su sonrisa sobre todo, esa impresión casi fugaz de alegría lanzada con tanto desparpajo a las ondas, me gusta Mara Torres que conduce “Hablar por hablar” de madrugada y escucha con la paciencia de quien se prenda de las historias ajenas. En Huesca, está Fernando García, feliz con el premio que ha recibido Arcadi Espada, el “Blasillo”. Arcadi Espada es el señor de los blogs: el dietarista más leído y más lúcido (y polemista, a fuer de sincero) del país, y Fernando, hace ya más de un año, intuyó que allí, en sus reflexiones y críticas, en sus lecciones de periodismo, había una auténtica mina.
Nos vamos a Gráficas Huesca y a su estudio de Diseño: por allí andan el meticuloso impresor Mariano Sánchez y el diseñador Alberto Naya, responsable del equipo de Estudio Creativo Veintiocho. Me asombra el orden y la pulcritud de la imprenta: no hay ni un solo papel en el suelo, ni una caja abandonada al azar, todo rezuma meticulosidad y eficacia. Mariano –para quien el orden es una conquista inmediata de tiempo libre- nos invita a entrar en el obrador y nos regala dos libros preciosos: “El cuento de Paco Yunque”, una idea muy original del pintor y fotógrafo David Viñuales Lera, una auténtica gozada con un trabajo de puesta en escena, muy imaginativo y muy elaborado (que te lleva a pensar en cosas de Isidro Ferrer y Javier Solchaga, lo digo por esa proximidad a la poética del objeto que ellos practican). Y nos regala también el catálogo de Gabriel Figueroa, que se editó para Huesca-Imagen, con prólogo de Chus Tudelilla. Impresionantes las fotos en blanco y negro del fotógrafo de Luis Buñuel, y no sólo del “Sordo de Calanda”. La estampa de portada, con una exuberante y poderosa María Félix (la enamorada de Agustín Lara, la “Doña Bárbara” más voluptuosa, la mujer de ir y fuego que deslumbró a Julio Alejandro de Castro), es la prueba. Avariciosos de libros de fotografía los dos, Fernando y yo salimos felices a las callejas invadidas de smog de Huesca. Para entonces ya hemos trabajado un poco con el futuro catálogo de Antonio Calvo Pedrós y ya hemos visto los cuidados diseños del Estudio Veintiocho, en especial el de Lanau, tan osado, tan sugerente como afortunado. El diseño es una de las bellas artes del pasado fin de siglo, un puente directo al siglo XXII.
Ya en Zaragoza, viene a mediatarde Rafael López, ese artista de Casetas que trabaja en Artes Gráficas y que es como un ahijado o un nieto lejano de Amsel Adams. Ilustrará la portada de “Artes & Letras” del próximo jueves y expondrá una selección de sus obra en blanco y negro, en la Torre de Doña Blanca, en los VI Encuentros Literarios de Albarracín, titulados: “Contar la vida. Memorias, biografías y diarios íntimos”. Ahí, Pepe Melero, con quien hablo porque no acaba de recuperarse del todo, zigzaguea y se angustia entre décimas de fiebre y algunos dolores tras la operación, tendrá mucho que decir: él es un lector insaciable de dietarios, como Fernando Sanmartín o Julio José Ordovás, escritores de diarios también…
06/01/2005
Para Reyes, cuando yo era niño allá en Castelo (Santa Mariña de Lañas), mi padre volvía a Suiza. Iba a despedirlo hasta la estación de autobuses, cosido a su traje de pana marrón, intranquilo, con los ojos arrasados de lágrimas. Era la única vez en que no veía aquel esbelto sendero de los maizales, el muro de zarzas, la encrucijada de mirtos que había que doblar hasta salir muy cerca de la calzada y de la estación y de la taberna Recouso donde vi mis primeras películas y una serie inolvidable, casi remota, “Los Monroe”. Mi padre no hablaba nada. O casi nada. Como mucho, antes del último abrazo, me decía: “Xa sabes que quedas de dono da casa. Ti es o rei mentres estea fora”. Me miraba un instante, y agregaba: “E cando volva, tamén. Como agora”.
Mis regalos eran sencillos. Recuerdo que yo mismo me fabricaba mis primeras baterías de música con un palo de laurel o de roble (de carballo) y con las latas de aceite de todos los tamaños. Latas amarillas La Giralda que compraba con mi madre en A Coruña, “a vila” entonces a secas, cerca del mercado de María Pita. Y mis primeros balones de fútbol eran de trapo, de gruesos calcetines de lana. Acabé haciéndolos bastante bien. Luego, como quería ser labrador y carpintero, las dos cosas a la vez, mi padre me compraba tractores de plásticos y pequeñas furgonetas de colores en las ferias de Paiosaco y Carballo, y maderas de todo tipo en la carpintería Ferro, que eran primos hermanos suyos y le hacían rebaja. Construía pequeñas cosas sin conciencia del tiempo, aunque el proyecto mayor, el más monumental para un niño de ocho años, fue cuando me empeñé en fabricar un gallinero. Lo hice, lo alcé sobre el suelo e incluso hallé acomodo para mis saltos suicidas al vacío, a la tierra blanda y pegajosa de las eras.
Mi padre era cariñoso y, sin embargo, parecía hosco. Distante. Pero me dejaba comer sentado en su regazo y en su propia plato: caldo, filloas (es decir crépes) e incluso unas tiras de tocino blanco y finísimo como hoja de maíz. Siempre barruntaba cosas para sí mismo, trabajos en el campo o en el monte, visitas a su padre, tratante de ganado y albéitar, pero yo lo veneraba como un dios. Mis mejores días de entonces están ligados a él, a él y aquellos juegos a vaqueros por los montes de As Croas (donde los Carré Alvarellos dicen, en “Lendas tradicionais de Galicia”, que había gallinas que ponían huevos de oro) con pistolas de palo, de abedul y laurel, casi siempre. Podría decir que el laurel ha sido el árbol legendario de mi niñez, más incluso que el castaño. Entonces me sentía “Trampas” (Doug McClure) o “El Virginiano” (James Drury), y azotaba las ancas del caballo imaginario en mis propias nalgas. “Vamos, jia, jia, Lucero”.
Tengo recuerdos imborrables con mi padre: quizá uno de los más hermosos se remonta a un día cuando fuimos juntos a por agua a la fuente diáfana del centro de Castelo, a 50 metros de mi casa: puro cristal de sombra con fuego al fondo. Había salamandras azulencas, y a mí me parecían animales fantásticos que, por la noche, invadían mis sueños, reptaban por mi cuerpo y mis sábanas como si estuviesen en aquella transparencia sobrehumana. Mi padre echó el cubo de aluminio –caldeiro o balde, le decíamos- y con el agua vino una salamandra. La miramos un poco, la volvimos a mirar, queda, lumbre varada en una represa portátil. Y al cabo de un instante, mi padre, Benito do Touciñeiro, me dijo: “Déjala. Estos animales no se pueden tocar. Son sagrados. Además, si lo matásemos, nos amargaría la vida para siempre”. (Déixaa, home. Estes animais son sagrados, Ademáis, se o mataramos amarguexaríanos a vida a cotío). Quizá traicione la exactitud de los términos, pero no su espíritu. Lo que nadie me había dicho es que al día siguiente, día de Reyes, antes de que mi padre se fuese, había pedido para mí a los Magos una tarta de azúcar y crema riquísima. La abrí y tenía forma de salamandra, o una forma anfibia que era más salamandra que culebra. Me quedé tan deslumbrado que no me atreví a comerla, y cuando el siete o el ocho mi padre me enseñó la maleta de partida, me dijo: “No querrás que me vaya a Vevey sin haber probado la salamandra”. (¿Non quererás que me vai a Vevey sen ter probado esta píntega?).
Cada vez que se iba, esa tarde mecida de nostalgias y de un punzante dolor que aún no sabía llamar saudade, me acostaba bajo el cobertizo de la casa, aquel cobertizo que tenía algo de porche rústico con un hórreo arriba, enmascarado bajo el tejado, y aplicaba el oído a la tierra. Oía la lluvia persistente, aspiraba la fragancia de la tierra tras el vendaval y creía que había una comunicación secreta entre la tierra que mi padre estaba a punto de pisar y la tierra de mi casa, esa casa más vacía donde yo iba a buscarlo durante meses por los rincones como si fuese un fantasma familiar y necesario que se ha vuelto invisible pero que está en todos los cuartos, en todos los objetos, y cuya presencia percibiría como una caricia incesante.
07/01/2005
Me llevo una gran alegría: Pedro Zarraluki acaba de ganar el Nadal con “Un encargo difícil”, un bello título. He visto pocas veces a Zarraluki –un par de veces en el café Salammbo, donde presenté “Los seres imposibles” (Destino, 1998) con Ignacio Martínez de Pisón y Enrique Vila-Matas; recuerdo que un fotógrafo de “El Periódico de Catalunya” me retrató en los baños-, varias veces en Zaragoza y hace algo más de un año en Veruela, con Vila-Matas de nuevo y con Javier Cercas, en plena euforia todavía de “Soldados de Salamina” y con la cabeza excitada por aquella inolvidable crítica de Mario Vargas Llosa. Zarraluki parecía estar un tanto desfondado, en un amago de crisis, y así se despidió en una entrevista a tres bandas. Recuerdo que un día me llamó Enrique para reprocharme que le había dolido que transcribiera al final las palabras pesimistas de Pedro. Tenía una cierta sensación de fracaso, de invisibilidad, de decepción por el destino de sus libros. Era sólo un estado de ánimo pasajero: Pedro, un hombre encantador y afectuoso, ha seguido trabajando con su propio método. Desde el rigor y la templanza, a la búsqueda de nuevas historias, él que ya dejado algunas excepcionales en sus textos: “Galería de enormidades”, “Retrato de familia con catástrofe”, “La noche del tramoyista”, “Hotel Astoria” (creo que no me equivoco: es uno de mis libros favoritos, además recuerdo un paseo por Barcelona con Vila-Matas y Pisón en el que me dijeron: “Mira, ahí está el hotel de la novela de Zarraluki”) o “La historia del silencio”. O esa novela sofisticada, “Para amantes y ladrones” (Zaragoza, 2000), que me dedicó un cinco de abril de ese año con estas palabras: “Para Antón, compañero en el ansia, esta poética desordenada que pretende hablar, más que de otra cosa, de la vida. Sea lo que sea creo. Con toda mi amistad y un muerte abrazo. Pedro”. En esa novela de un grupo de escritores recluidos –también hay mujeres como Manuela, Isabel Togores o Dolores- en una casa de campo para soñar narraciones hay un personaje que se llama Antón: “Antón descubrió que los periódicos del día estaban sobre la mesa”.
Pedro es un estilista sin ínfulas. Domina bellamente sus recursos: escribe con encanto, con tensión, con una prosa ajustada y fina, muy suya. Elegante. Sin ser tan ordenado como Pisón, es meticuloso y armónico, y en sus libros siempre hay una vivencia de la ciudad, del cosmopolitismo, una extrañeza que se parece mucho a la vida. Le encanta inventar libros que no existen o que aún no han sido escritos.
José Luis Solanilla me llama a las doce y media de la noche para decírmelo. “¿Sabes quién ha ganado el Nadal? Pedro Zarraluki, ¿lo conoces no? He visto tus fotos en ‘Heraldo’ de un encuentro en Veruela”. Recuerdo que se las mandé con una nota. No eran mis fotos: las había tomado Patricio Julve. O quizá Paula de Parma, en otras vidas Paula Massot, la mujer que inspira y anima a Vila-Matas.
Me ha dado pena no estar en el Nadal. Me apena sobre todo cuando gana un amigo, rodeado de espléndidos y talentosos amigos míos. Iba hace años cuando vivía Miquel Ángel Riera (a él, en el barrio gótico, Patricio Julve le tomó sus últimas fotos en blanco y negro antes de que se lo llevase un horrible cáncer. El Nadal era un pretexto para vernos y hablar al día siguiente mientras paseábamos o comíamos escalibada con Roser, su mujer) y cuando estaba Andreu Teixidor, Conxa Jufresa y Carlos Pujol, con los que me iba al Club Náutico. Destino es una editorial que siempre me ha tratado con cariño, pero ha cambiado tanto y he escrito yo tan escasa ficción desde 1999 que he quedado un tanto al margen (Luis Alegre me decía hace unos días en un correo electrónico que me estoy volviendo huraño), aunque si hay un poco de suerte en una fecha por determinar aparecerá allí mi nuevo libro de ficciones: “Marinos y mujeres”. (Mientras, como le he prometido a Pepe Melero, sigo a vueltas con mi Lastanosa). Malcolm Otero Barral, gran amigo de muchos amigos, zaragozano de adopción, está haciendo una buena labor con Joaquim Palau, a quien no conozco aún. Y él me dijo que le había gustado ese trabajo al que le doy vueltas y más vueltas desde hace veinte años, desde mucho antes de escribir una sola línea en los periódicos. Abro el manuscrito y siempre encuentro un adjetivo inútil. Es, en cierto modo, un obsesivo libro en marcha… Pero hoy, lo importante de estas páginas, es Pedro Zarraluki, tantas veces Pedro.
08/01/2005
 Entro siempre a mi blog por la página de Mariano Gistaín, que está en el inicio directo. Siempre veo sus fotos, que me dan una envidia enorme porque aún no sé manejar la cámara digital, sus links, sus últimas ocurrencias. A Mariano Gistaín yo le pondría una oficina al aire libre para que pensase, con suficiente ozono y bits en desbandada, para que pariese ideas y proyectos sin parar, algo que también haría con Félix Romeo, sin exigirles ni siquiera que las ejecuten, que vean, que observen, que expliquen a su modo el tamaño y la hondura del mundo. No piensan mucho en él nuestros políticos, ni falta que le hace, pero sería el pensador imprescindible, la factoría de ideas con batidora propia. Por eso me asomo a esa página: me recuerda a diario adonde debo llegar, qué me ha pasado inadvertido, cuánta gente anda por el mundo repleto de sueños, de iniciativas, de quehaceres casi ocultos pero siempre fascinantes. Y además hay algo especialmente conmovedor y envidiable de Mariano: encarna la ilusión, el buen rollo, la alegría sin estridencias, la bondad que se derrama día a día como un lento temporal sobre los jardines. Pero no había entrado aquí para hablar bien de Mariano. Quizá, si no me conociese, lo ruborizaría o le haría sentirse incómodo. Ni tampoco es éste un mensaje de náufrago que reclama la presencia de la orilla. Mariano Gistaín, y acabo ya, es la orilla inmensa de la lucidez y el ingenio. Había entrado aquí, casi a la una de la mañana -tras haber escrito a lo largo y a lo ancho sobre el impresor zaragozano Joaquín Ibarra (1725-1785), el hombre que imprimió “La conjuración de Catilina y la guerra de Yugurta” (1772) y “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” (1780), en cuatro volúmenes en cuarto mayor-, para hablar de un libro delicioso, menor a primera vista, con un fraseo corto, espasmódico, donde se perciben las llagas del amor, los rescoldos aun calientes que ha dejado una pasión truncada. Hablo de “Óxido” de Lara López, que es como un diario esculpido en levedad, en exactitud, en sugerencia, en ráfagas de lo cotidiano. El libro, fronterizo y armado como un poemario en prosa, a veces con fragmentos de una sola frase o de una sola línea (del tipo: “En la tele he visto a F. Le han dado un premio.), parece contar la historia de un abandono. Alguien, cuando ni se lo había imaginado, ha sido abandonado, e intenta entender por qué, intenta resistir y contarse la vida de nuevo, soportar la ausencia con un arrebato de dignidad, con un impulso de serenidad en medio del escozor antiguo de la pérdida. Pero una y otra vez, aquí o allá (en San Francisco, México, Barcelona, en una habitación de hotel, una mañana, al levantarse y encender la tele), siempre reaparecen los gestos, el olor, la presencia invisible o los recuerdos de lo que se ha vivido con quien que acaba de irse. Y eso, sustancialmente, es lo que cuenta Lara López, por la vía de la contención, con los vocablos justos, con un modo de narrar que más que explicar o explayar, sugiere, dibuja y desdibuja una atmósfera, los sentimientos, el dolor. Concentra las emociones y la suspende en un punto sobre nuestra cabeza. Y así, con los chicotazos impresionistas que nacen de la observación de la realidad (y aquí realidad también son las libélulas, un retrato de la abuela, las fotografías sobre la mesa, una colección de tarros antiguos...), construye su novelita, su poemario, recompone el aire dolorido del existir cuando te deja aquel que tanto querías. Además, Lara López (que presentó, si no recuerdo mal, “La mandrágora”, durante un tiempo, que conduce un programa de música en RNE, que es DJ y que sonríe de oreja a oreja en la foto de Cristina Grande como una oropéndola), tiene ingenio, ironía, sentido del juego y un modo oblicuo, y apabullante en su sencillez, de acercarse a las cosas como si quisiera quitarles hierro, espanto, desespero. O como si quisiera atraparlas en su paradoja: “Según tú, no me gustaban las cosas nuevas. Según tú, estabas cansado. Según tú, hacía tiempo que no querías decírmelo. Creo que no fue en ese orden, pero eso fue lo que dijiste. Llevabas puesta una chaqueta nueva”. Transcribo algunos ejemplos: “Imagina que te dice que ya no está seguro de quererte. Imagina que te lo dice sin mirarte a los ojos. Que lo único que recuerdas es una camisa azul con una mancha a la altura del pecho. Y que no mira a los ojos. No puedes reprocharte no haberle dicho que su camisa estaba manchada”. Ya se ve que es un fragmento importante. O éste: “Manual de cicatrización de heridas crónicas’. Si estoy en silencio se oye un zumbido permanente. Al principio, pensé que era el frigorífico”. Parece una perfecta elipsis para no decir lo que se está leyendo, para leer lo que no se ha escrito. Chejov decía –o decía Piglia que practicaba Anton Chejov- que los buenos cuentos son aquellos que tienen por abajo, casi invisible, una segunda historia que es la que nos entra al cerebro y nos conmueve. Este libro, “Óxido”, que tiene algo de cofre o de almario de menudencias de una convivencia agredida, lo ha publicado Xordica, la casa de Chusé Raúl Usón, que acaba de cumplir diez años. Puedo elogiarlo con franqueza. Felicidades para Xordica & Usón en su primer decenario. Felicidades para Lara López por “Óxido”, pura sutileza que no es evanescente. P.D. Veo a Juanjo Blasco “Panamá Panamá”, tras muchos meses. Es la única persona del mundo que me llama desde hace tres lustros: “El último rey celta en el exilio”. Si tuviese algún sentido para alguien como yo publicar libros, debería titular uno así aunque hablase de otra cosa. De Zaragoza, de mi amada Zaragoza a secas.
09/01/2005
Ayer sábado fue un día exclusivamente dedicado a los hijos. Diego juega por la mañana, primero de medio centro de contención y luego de ataque, y su equipo gana por diez a cero. Durante el descanso, se acercó a la línea de banda y me dijo: “¿Quieres que pida el cambio para que vayamos a ver a Jorge?”. Mejor que disfrutase y lo hizo a su modo, sin llamar la atención, con sus ademanes elegantes e invisibles de quien está ahí, corriendo y pugnando, de modo casi inadvertida. No marcó pero trenzó muchas jugadascon Mario Martín que, ayer, no marcó. El portero rival parecía contentarse únicamente con que no le golease él.Jugaron espléndidamente Tirillas, un extremo veloz que llegó hasta el fondo y posee un duro disparo y un perfecto regate en seco; Adrián Serna, pura elegancia; Isaac, que salió y logró un “hat trick” y 40 euros que le dieron en casa, y Melchor, el fornido y alto Melchor, que durante algún tiempo perteneció a batallón de los torpes y ayer se quitó el pelo de la dehesa.
El San Gregorio de División de Honor se enfrentaba al Zaragoza de Ander Garitano. La primera parte estuvo muy reñida: marcaron los blanquillos y Héctor Solanilla, el hijo de José Luis, redactor de Cultura –especializado en gastronomía y arte, y agricultor en Barbastro- marcó el golazo de la mañana. Agarró el balón en una banda, culebreó entre tres contrarios, se zafó de ellos con autoridad y rapidez, y disparó con efecto junto al palo. Jorge entró avanzada la primera parte, e hizo alguna de las suyas, pudo haber marcado en dos ocasiones (en la primera llegó algo tarde, en la segunda, clarísima, le faltó temple), pero luego un tirón incrementó su timidez y su impotencia. La superioridad del Zaragoza, que no deslumbró a nadie, fue evidente: ganó por 1-5.Con el uno a cuatro, el árbitro no quiso pitar un penalti claro al San Gregorio. El árbitro comentó luego: “¿Para que voy a pintar un penalti ahora con el 1-4 en contra?”. José Luis Solanilla gritó: “Sinvergüenza”. Dicen los que siguen los partidos del Real Zaragoza que en categorías inferiores se juegan contra dos rivales: el equipo y el árbitro. Imagino que serán lugares comunes del derrotado, pero el sábado el árbitro perdonó un penalti al Real Zaragoza con absoluto descaro.
Después nos vamos a la FNAC y nos encontramos con el fotógrafo Antonio Uriel, fotógrafo e historiador de la fotografía, que trabaja pacientemente y con algo de decepción sobre un montón de temas: publica artículos aquí y allá, y sigue haciendo fotos en la estela de Robert Frank o Man Ray. Felicitamos a Carlos Gracia por el premio de poesía “Delegación del Gobierno”.
Vamos a ver “Alejandro Magno” de Oliver Stone. La película es compleja, minuciosa, es el retrato espectacular de un héroe, de un político, de un guerrero que se buscaba a sí mismo y pretendía ensanchar el mundo. Es un auténtico héroe griego marcado por su destino, y toda la película es un diálogo con el mito, en particular con el de Aquiles y su amigo y amante Patroclo. Se había hablado mucho de la bisexualidad de Alejandro como algo escandaloso: ese asunto está abordado sin afectación alguna, con naturalidad, con equilibradas elipsis. Alejandro sólo tiene un amigo auténtico que es Efestiom, la relación más interesante de la película, incluso en su silencio. Los amores con Roxana tienen un momento de plenitud pasional, de deseo puramente animal, y luego cauterizan como una herida. Oliver Stone, como decía el otro día M. Torreiro, hace una película discursiva sobre el poder y la ambición, sobre la conquista de la gloria, casi a cualquier precio. La aventura de una larga década de Alejandro es la aventura de un modo de entender la política, algunas ideas de libertad (frente al inmovilismo de Darío) y el método de expansión del universo griego y macedonio que, de inmediato, se funde con el de los nativos. En esto, Alejandro Magno es un personaje muy moderno, como lo es en su búsqueda de identidad, en la incertidumbre de sus afectos, en la defensa del mestizaje, en la aureola de líder que posee. Aunque acaba siendo un fanático de la guerra, un explorador de imposibles contra la propia vida de los suyos como si señalase sus pasos un mandato divino o la oscura llamada de la fatalidad.
No tengo nada claro que Colin Farell sea el actor adecuado para este papel. O que la siempre Angelina Jolie no le dé a Olimpia un toque de frivolidad, más que de cálculo e instigación políticos. Pero la propuesta de Stone, muy en la línea norteamericana del cine fastuoso e incluso engolado en ocasiones, resulta amena, plantea constantes interrogantes, y no tiene pelos en la lengua a la hora de analizar algunos aspectos negativos, muy negativos, del personaje, aspectos que desde luego nada tienen que ver con su orientación sexual.
10/01/2005
Hace muchos años, amábamos a dos poetas gallegos: Lois Amado Carballo, que había muerto demasiado joven en Pontevedra, y Manoel Antonio Pérez Sánchez. Durante años se nombraba así, Manoel, ahora ya en todos los libros figura como Manuel. Al primero lo había editado Xosé María Álvarez Blázquez en un volumen prologado por Xosé Luis Méndez Ferrín, y al segundo lo había rescatado Domingo García-Sabell. El médico y ensayista tuvo un golpe de fortuna. Atendió en sus últimos días a Purificación Sánchez, su madre, que le reveló que tenía su legado completo: varios libros inéditos (el más célebre de los publicados era De catro a catro, y había aparecido en 1928), sus numerosas cartas y otros escritos: prosas, traducciones de poetas extranjeros. García-Sabell accedió a ese material y lo publicó en Galaxia con un minucioso estudio previo en dos volúmenes: Poesías (1972) y Correspondencia (1979). El lector en castellano tiene al menos una edición bilingüe de su libro más importante: De catro a catro (Adonais, 1979), con traducción y prólogo de Miguel González Garcés. Y en gallego, además de la edición citada, recomendamos De catro a catro e outros textos (Xerais, 1989. Edición de Román Raña), A poesía de Manuel Antonio (La voz de Galicia, 1979. Edición de X. Ramón Pena) y la biografía, repleta de documentos, Manuel Antonio (Xunta de Galicia, 2000) de Xosé Luis Axeitos Agrelo, un brillante profesor que leyó en 1977 mis primeros poemas en castellano.
¿Por qué nos fascinaba tanto Manuel Antonio? Por su inaprensible personalidad, por su rebeldía, por el misterio que envolvió su vida. Nació en 1900 en Rianxo (A Coruña), la villa marinera del almirante Paio Gómez Charino, de Castelao y de su gran amigo Rafael Dieste. Huérfano desde los cuatro años —su padre, dueño de una tienda de tejidos, murió de tuberculosis—, su existencia transcurrió en Iria Flavia y Padrón, bajo la protectora sombra de un tío que era sochantre. Su madre barajó la posibilidad de que se hiciera sacerdote, pero con doce o trece años, Manuel Antonio le dijo que no quería serlo. Era inteligente, observador y callado, y suscitaba envidias entre algunos compañeros de curso; en más de una ocasión, eran los alumnos mayores los que salían en su defensa. Estudió en Compostela y pronto empezó a escribir. Él y otros dos amigos, en tiempos difíciles, abanderaron el gallego como lengua literaria. Como si les fuese la vida en ello.
En su primera juventud, su mayor ilusión era ingresar en los ejércitos de la I Guerra Mundial y combatir contra los alemanes. Incluso intentó atravesar la frontera, les dijo a los guardias que lo detuvieron: «Soy gallego y poeta», y lo enviaron al calabozo durante una semana como es natural. Tiempo después, mientras estaba en la Alameda de Santiago de Compostela, vio desfilar a soldados franceses, y comentó con nostalgia: «He estado a punto de usar ese uniforme». Realizó estudios en la Escuela Oficial de Náutica de Vigo y en la Facultad de Filosofía y Letras de Santiago. Con su amigo Rafael Dieste, asistió a una conferencia definitiva de Vicente Risco sobre la civilización atlántica. Ambos jóvenes se quedaron estupefactos y contactaron con el viejo maestro. A partir de ahí, Manuel Antonio se afirmó en su vocación de poeta y se sumergió en los movimientos de vanguardia europeos. En 1922, con el pintor Álvaro Cebreiro, Manuel Antonio editó el manifiesto Máis alá, donde reclama una poesía nueva que huya del ruralismo y de las gastadas voces de Lamas Carvajal, Rosalía, Curros Enríquez o Pondal, y proclama la defensa y la necesidad del uso del gallego sin concesiones. El ataque a Valle-Inclán es furibundo. Le dice con cierta ingenuidad y fanatismo: «Madrid os precisa como personajes de su opereta». Cebreiro y Manuel Antonio remitieron el manifiesto a medio mundo, con la correspondiente traducción en inglés y francés. El creacionismo, con Vicente Huidobro a la cabeza, fue la estética que más le influyó y revistas como Alfar (fundada en 1920) y Ronsel (editó seis números en 1924) se convirtieron en los escenarios de las nuevas corrientes estéticas.
En 1926, comenzaron sus grandes navegaciones alrededor del mundo. Se enroló en el pailebote Constantino Candeeira. El año anterior había recibido varias puñaladas que le asestó otro marino o tal vez un matón, que estuvo a punto de costarle la vida. ¿El motivo? Manuel Antonio salió en defensa de una moza humillada en una romería en Abanqueiro. Durante dos años de travesías, compuso en las vigilias del marino su libro De catro a catro, que editó Nós con dibujos de Carlos Maside. El éxito fue modesto. Embrujado por el océano, allá seguía: se incorporó al buque holandés Gelria y viajó a Río de Janeiro, Pernambuco, Las Palmas, Montevideo o Buenos Aires. En esa época inició Sempre... e máis despois, y fundó un mítico lugar marino: Viladomar.
Efectuó nuevas singladuras en el pesquero Arosa. La dureza de las faenas sólo la aliviaba con la contemplación del mar: lo mira, lo sueña, y le extirpa imágenes, estados de ánimo, movimientos o luces. Su poesía está llena de descripciones del océano, de intuiciones náuticas, de imágenes casi abstractas o cinematográficas. Por entonces, reapareció una vieja sombra: Manuel Antonio, como su padre, había contraído la tuberculosis y escupía sangre a diario. Llevaba la enfermedad en secreto. Un estado general de abatimiento físico y psicológico lo caracterizaban: comía y vestía mal, fumaba constantemente en su cachimba y apenas contaba con dinero. Ya se sabía enfermo de muerte. Regresó a casa y falleció en la localidad de Asados, próxima a Rianxo. Era febrero de 1930 y aún no había cumplido los 30 años. Un lastimero sonido de gaita lo acompañó en su entierro y el mar despidió con rumor de embravecidas olas a su poeta preferido, al hombre que había sabido mirarlo mejor que nadie.
11/01/2005
Aloma, desde París, le escribe una preciosa carta a su hermana Sara en un papel rosa con su caligrafía minuciosa y redonda, casi de amanuense que desafía el peligro de la ceguera. Aloma ha sido siempre como una hormiga paciente que confeccionaba amables y extensas notas, llenas de subrayados. Y en esta carta, tan delicada, hace lo mismo. Le dice a su hermana Sara que sea valiente y que no llore al entrar en el colegio.
Yo cojo la larga bufanda de Sara, amarilla y verde, casi infinita, y me la anudo al cuello. Y salgo a la explanada, al descampado, con la perra y sin cigarrillos. Llevo un libro de poemas, “Esta luz. Poesía reunida (1947-2004)” (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg), pero apenas repaso un par de poemas bajo el vómito de la niebla. Pienso en Aloma y Sara, y durante unos cuantos minutos pienso los capítulos de una novela familiar de cuando yo tenía seis años y mi padre iba y venía a Suiza. Entonces tenía miedo del aire, había espectros que nos visitaba cuando caía la noche, se ahorcaban algunas mujeres en las higueras, se extraviaban los marinos que, si volvían, decían que habían visto el Urco, el perro negro del mar, y las mujeres sin novio aprendían a bailar abrazadas a una escoba. Todo eso me cuento y reinvento… Y al volver a casa, me digo: “¿Existe alguna razón para le des tantas vueltas al tiempo lejano, a la niñez, a aquel territorio que sólo existe dentro de uno como un refugio hacia la tormenta?”.
Antes de volver a casa releo y me quedo con este poema:
Temes mis manos Pero a veces sonríes y te extravías en ti misma Y, sin saberlo, extiendes tu luz en torno a ti Y yo adelanto mis manos y no llego a tocarte: únicamente Acaricio tu voz.
Y luego descubro algo que me aplico estos días más que nunca: "No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones. Es difícil poner luz todos los días en las venas..." Siempre me ha gustado Antonio Gamoneda:lo entrevisté hacia 1988 en Casa Emilio, y allí me contó la historia de su padre, poeta modernista, y años después me escribió una carta a La Iglesuela del Cid, una carta que me llegó con la nieve y que parecía un apéndice del "Libro del frío".
12/01/2005
El pasado domingo, tras la victoria del Real Zaragoza y el gol de Savio (uno de mis jugadores favoritos desde hace años), me encuentro en medio del campo con Víctor Juan Borroy. La noche ya está en casa, emborronada de estrellas. La brisa es glacial y se han cerrado los caminos. Por eso él ha tenido que dejar su paraíso, atajar sendas y calzadas, sortear acequias. Hablamos de los entusiastas lectores de su novela de amor –su hermano Víctor Pardo Lancina; qué bonita es la nueva acepción de hermano: Luis Alegre, por ejemplo, que ayer cumplió 42 añitos de seda y duende, no sólo me llama huraño, sino también hermano; o su maestro venerado Pepe Melero, especialista en casi todo pero también en libros de la guerra civil y maravilloso crítico literario: considera con razón que Martínez de Pisón, el antidivo afable y atrevido, es “el mejor de todos nosotros”- e insiste en una fabulación sobre la pluma de Paco Ponzán, esa estilográfica que le está dando mucho juego. Víctor Juan Borroy, que tiene un candor ideal y exacerbado, estaba como extático: el sábado había comido en casa de los Melero Polo y quedó hechizado: “Ahora ya puedo morirme tranquilo. He estado en esa casa con libros donde todos los rincones son vividos con intensidad”. Citó los nombres de sus moradores: Yolanda, Iguácel, Jorge Melero, poseedor de un especial sentido del humor y de una ternura casi paternal que deslumbró a Guillermo y Blanca Borroy. Agregó algo semejante a esto: la casa de los Melero -con sus fichas llenas de notas en pulcra caligrafía de ademán barroco, sus libros ordenadísimos, los cuadros, las fotos, todos los recuerdos del tiempo, la memoria agolpada en una perfecta poética de los objetos- es la casa de la vida hecha libro y arte, es una casa habitada por la cultura de las cosas íntimas y verdaderas. Y en esa casa, ha entrado el manuscrito completo de una peripecia de la Guerra Civil, entre Palmira Pla y Paco Ponzán, de la que yo ya he leído “Virutas”. Acabamos de ganar un novelista. Sólo tendremos que esperar unos meses. Francisco Albiñana, el arquitecto de los pobres
Zaragoza rinde homenaje a uno de los grandes arquitectos aragoneses del siglo XX: Francisco Albiñana (1882-1936). Lo hace en la nueva sede de Cajalón, en antiguo Casino Mercantil cuya reforma total emprendió él en 1911.
José Antonio Lorente, comisario de la muestra “Francisco Albiñana. Arquitecto, político e intelectual. 1882-1936” junto a Carlos Martín La Moneda y Teólfilo Martín Saenz, califica al arquitecto de relativamente “marginal” y lo vincula a un modernismo tardío, “bajo formas de ‘sezession’ o ‘novecentistas’; por otra parte, su adscripción racionalista se inscribe en un racionalismo epidérmico o ‘proto-racionalismo”. Afirma Lorente que su trabajo –desarrollado entre 1911 y 1936, y compuesto por 3350 proyectos: 3.150 de viviendas y parcelas, y 175 de viviendas plurifamiliares- puede agruparse bajo el término eclecticismo, “dentro del cual cabe distinguir distintos periodos, gustos o estilos, sumariamente: influencia vienesa o ‘sezzesion’, influencia clasicista, nacionalismo o regionalismo, arte-decó, cubismo…”.
Albiñana se moverá bajo estas coordenadas estéticas, en una perfecta simbiosis de arquitectura y construcción, durante un periodo convulso donde son asesinados su amigo José de Yarza Echenique y los operarios municipales César Bonete y Joaquín Álvarez, en agosto de 1920, mientras reparaban el alumbrado municipal, o el cardenal Juan Soldevila en junio de 1923 al regresar de la Escuela Asilo del Terminillo. Una época que supone el crecimiento y la expansión hacia los barrios de Zaragoza, y que conoce el entusiasmo civil ante la proclamación de la II República y la posterior y dramática decepción de la guerra civil.
Pero más allá de sus obras, que se inician con dos magníficos proyectos, apenas concluida su licenciatura en febrero de 1911, un edificio de viviendas en Costa 4 y la reforma total del Casino Mercantil (que acoge ahora su exposición), Francisco Albiñana fue un personaje complejo, de un temperamento visceral y refinado, capaz de aprender alemán en tres meses o de organizar una excelente biblioteca de libros extranjeros, presidida acaso por uno de sus autores favoritos: Leon Tosltoi.
Albiñana nació en la calle Palomar 4 en 1882. Su padre, Francisco de Paula Albiñana (Tarragona, 1841), era un buen dibujante y acuarelista, se había hecho maestro de obras en Barcelona y se convertiría en Zaragoza en ayudante de Ricardo Magdalena y en jefe de bomberos. Incluso, como le sucederá a su hijo, llegó a ser profesor en la Escuela de Bellas Artes. Por tanto, debió contagiarle la pasión por la arquitectura, y su madre, Anacleta Corralé, culta, más bien conservadora y aficionada a la ópera, le transmitió sus gustos. Francisco de Paula Mariano de Guadalupe José fue monaguillo y cantor del coro; poseía una voz de barítono que le llevó a cantar “Marina”. Este fervor religioso, que evolucionará hacia el agnosticismo y un buen conocimiento de otras religiones (sabía versículos del Corán y elogiaba el budismo y a los lamas), le llevó a marchar de casa a los quince años con la intención de alistarse con los carlistas. Pasaba los veranos en Tarragona y estudió en el Politécnico de Nuestra Señora del Pilar.
Cuando se trasladó a Madrid para realizar la carrera de Arquitectura, ya había hecho sus primeros escarceos al dibujo y a la acuarela, con el Puente de Piedra y el Pilar como fuente de inspiración. Allí, además de aprovechar su estudios, fue voluntario de bomberos y debió de entrar en contacto con la política y con la masonería, en la que “militó” desde 1916 –a través de las logias Constancia 16, bajo el nombre de “Fidias”, con los hermanos Alcrudo o Francisco Campos Pellegero, “Hermes”, y de la logia Moncayo- hasta su fusilamiento en Valdespartera, el dos de octubre de 1936. Recuerdan Martín Saenz y Lorenzo en un cuidado catálogo, en el que también participan Jesús Martínez Verón y Pedro Navascués, que le interesaban la fotografía, la ópera, el teatro, y que practicaba boxeo, esquí, natación y gimnasia sueca. También era muy aficionado a las máquinas, en especial a las locomotoras; al parecer llegó a manejar el tren de Tarragona a Mora de Ebro, y realizó las duras faenas del fogonero. Se casó con Pilar Gayán en 1913 y se instalaron en la que había de ser su residencia y su estudio en el Coso 135. Tuvieron dos hijos, Francisco y Ángela. Y ella recordó así el piso con amplios balcones: “… unas escaleras lúgubres; un despacho o salón para recibir, un comedor-cuarto de estar, y el dormitorio principal dando a la fachada; un cuarto inferior frente al de mis padres era mi dormitorio, una habitación con tableros para 2 ó 3 delineantes, y los servicios, cocina, etc. en la parte inferior…”.
Francisco Albiñana, que hubo de enfrentarse con calma a la contrariedad de que su hijo se hiciese falangista, adoptó al vástago de un amigo masón que falleció en 1917: le dio una completa educación hasta que obtuvo el título de aparejador. Era un defensor a ultranza de los métodos pedagógicos, se opuso a un intento de incendio de la Seo en medio de desórdenes callejeros con una arenga a los manifestantes y también era un tanto socarrón: propuso, medio en serio, medio en broma, que los masones firmasen no sobre “La Biblia”, como era lo habitual, sino sobre “El Quijote”. En 1915 se presentó a las elecciones municipales por Izquierda Republicana y fue elegido, aunque no quedan demasiadas huellas de su paso por el consistorio. Se sentía próximo a la UGT –en cuyos salones pronunciaría en 1928 una famosa conferencia, donde dijo: “El trabajo es el único medio para hacer una patria grande y respetada”, o “Construcción, en su sentido elemental, quiere decir ordenación de elementos. (…) Para que una construcción sea arquitectónica, a la solidez debe unir la belleza”-, y siempre defendió al obrero, hasta el punto de que era conocido como “el arquitecto de los pobres”, porque no sólo fue el profesional que más viviendas hizo –“más de la mitad eran suyas”, se nos recuerda- en un periodo tan corto de tiempo, sino que incluso les regalaba los planos y los ayudaba hasta con sus propias manos. En ese sentido, Albiñana fue uno de principales artífices de la expansión de la ciudad hacia los barrios del Arrabal, Venecia-Torrero, San José y Las Delicias.
Realizó un viaje a Rusia y publicó en “La Voz de Aragón” sus cautelosas “Impresiones de un arquitecto zaragozano después de un viaje a Rusia”, en tres entregas de menos de veinte folios de ahora, que, a pesar de ser suaves y mostrar tan sólo la fascinación por el metro de Moscú (por decepcionarle, le decepcionó hasta la falta de libertad del país), activarían la represión contra él, junto a su militancia masónica, que nunca disimuló. Poco después de iniciada la guerra civil, fue arrestado, desoyó los consejos para que se marchase en su veloz vehículo Avion Voissin,y ya en prisión recibió las visitas de su esposa y su hija. Fue interrogado y torturado, su mujer removió Roma con Santiago para salvarlo, y tal vez lo habría hecho de no haber llegado un nuevo gobernador a Zaragoza, y finalmente fue ejecutado. El parte médico anunció que había fallecido a causa del manido y eufemístico parte: “fractura de cráneo y hemorragia interna”. Dicen sus biógrafos que recibió una bala en la frente y que se despidió del mundo con una sonrisa en los labios.
*Este artículo, esencialmente, apareció el domingo en el "Dominical" de Heraldo que dirige Carmen Puyó. Fue ella quien me pidió que me acercase a este personaje estudiado muy bien en la muestra y en un catálogo muy completo de Teófilo Martín, Jesús Martínez Lorente, Pedro Naascués y José Antonio Lorente. La muestra está patrocinada, además de Cajalón, por la Demarcación de Zaragoza del Colegio de Arquitectos de Aragón y por el Ayuntamiento de Zaragoza.
14/01/2005
 13. 01. 2005-01-14 La mañana se adelgaza entre la niebla. Llego al periódico y llama Fernando Sanmartín, que ya ha entregado al editor –a Chusé Raúl Usón, ese caballero de letras que lleva una década editando con primor: es el editor en apariencia abrupto con el que todos soñamos, cuida los libros como si fuesen ángeles que han perdido las alas y las reencuentran en los márgenes, en las portadas, en la cuidada tipografía- su nuevo dietario: “Hacia la tormenta”. Con Fernando siempre es placentero hablar. Ha preparado un volumen delicado con su prosa transparente, invadida de metáforas y de gestos, de esa caligrafía esencial que brota, despaciosamente, de los líquidos cristalinos de su alma de ciclista en el llano. En “Trafalgar” me espera Antonio Calvo Pedrós: ajustamos algunas fechas para los pies de foto de su muestra “El temblor de la realidad”. Antonio, que vive una segunda, una tercera y hasta una cuarta juventud, expondrá simultáneamente en Huesca, desde el 19, miércoles, y en Zaragoza, en la Sociedad Fotográfica, desde el 20. ¿Cómo va a atreverse a decir que no a algo este hombre bondadoso, cristal de ternura que adelgaza bajo el cobijo de tantos amigos que se le multiplican? Para la muestra de la Sociedad Fotográfica se ha editado una tarjeta con una toma media de Mary de Liss: un hombre sale del foso del Plata y alarga su mano como si quisiera acariciar, en aquel paraíso tropical trasvasado al Tubo, sus bravos muslos, encendidos de lujuria y poderío, su imponente culo de manola que hace palidecer a cualquier mano, que enerva el cerebro más templado del mundo. Hay culos –como dice el maestro veterano Joaquín Aranda- que desencadenan una catástrofe sentimental de deseo, hay culos que hacen andar a los ojos y los desorbitan. La belleza tosca de Mary de Liss despierta una lujuria animal que desprecia los adjetivos. Nosotros en Huesca hemos elegido aquella foto de Martín Miranda y Perico Fernández en que, rodeados de las fotos de los grandes campeones o de los anónimos fajadores del dolor, conversan entre papeles, cigarrillos y la seca atmósfera del despacho, contiguo al gimnasio. Mariano Gistaín y José Antonio Ciria escribieron una magnífica biografía del hombre que vención a Lion Furuyama y mandó a dormir a Joao Henrique. Antes, el fallecido Alberto Maestro, había publicado otra monografía del mejor boxeador de la historia junto al "catedrático" Ignacio Ara (En este blog puede leerse una amplia biografía del púgil de Sigüés que peleó tres veces por el campeonato del mundo ante el francés Marcel Thil). Anoche, mientras paseaba a mi perra, leí unos “Pliegos de poesía” de José Martín-Retortillo, oscense varado en la incertidumbre. La duda es una forma de lucidez. Los poemas, casi una docena, son bellos y estilizados, de verso breve e intensidad larga. Escribo una nota sobre ellos. José, que es un paseante entusiasta por las veredas pirenaicas, encuentra la poesía en cada recodo del camino, en cada pliegue de sus reflexiones, y habla de la amada, de la vida, del paisaje, de la ausencia. El título del volumen, al cuidado de José Luis Ara (rectifico: no es un volumen, es un abanico de hermosura y ciencia atrapado entre las cosas del campo), es “Pálidas razones”, y está datado entre 1996 y 1997. José, de quien ya no podemos decir que es un poeta oculto o secreto, es minucioso como un amanuense antiguo que busca el dardo de la música en una melodiosa caligrafía de pensamientos y sentires.  Ayer celebró Olifante sus primeros 25 años de existencia. La editorial nació en 1979 de la mano de Trinidad Ruiz Marcellán, musa entonces con el cabello rojizo entrevista en la plaza de España, con pelo undoso de la textura del ámbar, con un libro que leí como una revelación: las cartas cruzadas entre Eugénio de Andrade, residente en Oporto, y Luis Cernuda, desterrado en México. Éste, cito de memoria, decía que el castellano era demasiado duro para la poesía y el italiano demasiado blando, y que la lengua ideal –épica y lírica a la vez, cabalgada por la justa melodía del sentir- era el portugués. Y tal vez el gallego. Me formé con esa colección: me entusiasmaba la elección de autores y poemas, los tipos en bodoni, la edición en bilingüe, la exquisitez sin afectación. Allí conocí a muchos autores: al loco Fijman, a Dino Campana, a Charles Cross, Vielé-Griffin, contemporáneo de mi amado Stephane Mallarmé, que representaba al poeta imposible que yo quise ser de joven. Admiraba a Trinidad, y a Ángel Guinda, aquel hombre de negro que se bebía la vida ávida en cada esquina, que imprimía en vaginas y no en páginas (eso decía en uno de sus versos), y que pedía a las muchachas de instituto que no se masturbasen por Dios ni de Dios. Y decía, en algunos poemas que volaban en los labios de Luis Felipe Alegre, mi camarada de noches de bohemia, que cuando pasasen los aviones seguiría amando a una mujer bonita, serena, que a lo mejor tenía un gato de ira escondido entre los senos. No pude asistir a la charla del doctor Túa Blesa, gran teórico de la poesía, experto en Ignacio Prat, Leopoldo María Panero o Jaime Gil de Biedma, cuya biografía publicada por Miguel Dalmau en Circe me ha parecido magnífica, aunque el personaje –el gran poeta está fuera de toda duda- tenga algunas aristas abominables. Tuve la fortuna de dirigir esa editorial durante seis años(uno de los títulos y libros más bellos que edité fue "Los ojos del domador" de Fernando Sanmartín, al que vemos ahí en fotografía de Patricio Julve), en un tiempo en que Trinidad descubrió el amor y el campo junto a Marcelo Reyes, se hizo madre, construyó un paraíso en Litago y meditaba en volver a su casa encantada de palabras con ecos de vendaval. Volvió felizmente para todos.Además, ahí, en esa morada esencial de belleza y verdad, publiqué las cartas de Julio Antonio Gómez, “Los pasajeros del estío”, y dos traducciones: la de Jose Agostinho Baptista (el hombre que teme las tormentas y conoce la topografía de México sin haber estado jamás en el país) y Xosé María Álvarez Cáccamo, elúltimo eslabón de una estirpe de poetas del mar. Me es imposible entender mi pasión por las letras al margen de Olifante. No estuve ayer en la Biblioteca de Aragón, pero la editorial del cuerno de Roldán me convoca y al oír su lamento o su grito entiendo que solicita mi presencia de vasallo ideal. Ensillo el caballo que me ha regalado Yorgos y acudo con un escalofrío. Enhorabuena a Trinidad, la dama de la poesía, la madrina radiante de los vates que ha retornado con un brillo de lumbre en la frente; felicidad a Marcelo Reyes por los siglos de los siglos junto a ella, junto a sus niños, ahí en Litago, que mira el gigante Moncayo, ese lugar, ese camino donde la poesía se alza entre la nieve y esculpe en el aire glacial un nuevo poema cada amanecer.
15/01/2005
Los sábados por la mañana son de fútbol. Un barullo incontenible de mujeres que fuman, de hombres que también fuman e insultan al árbitro, casi siempre de modo estratégico (“tenemos que hacernos notar, no vaya a ser que nos pierda el respeto”, comentan unos), y sobre todo ese festín de jugadores jóvenes, casi párvulos, entusiastas, que calientan, combaten el frío y garbean con el chándal con su escudo dibujado. Torre Romana se despereza, sólo un poco, como a sorbos, de la boira, y los futbolistas exhiben sus buenas maneras, la rasmia que desmorona el frío en cada bocanada de vaho. Diego y sus chicos de Garrapinillos juegan con el Unión San José, que va segundo y pugna para ser primero. Me advierte. “Hoy jugamos con cinco defensas, cuatro medios y un delantero”. Sorprendentemente, el delantero es él: se faja desde el primer minuto, rasea, gambetea y olisquea el peligro. En uno de los primeros lances, acosa al defensa, le hace trastabillar y el adversario marca en su propia puerta. Otra jugada, apenas unos después, la resuelve magistralmente José Ángel “Tirillas”, un extremo de los de antes: veloz como el rayo, lebrel sin tregua que desafía en cada balón al lateral y a la línea de fondo. Ante el arquero, le engaña y le desborda.
Los nervios locales se multiplican y un padre se eriza, y al hacerlo insulta al árbitro. Hay que decirlo, y él lo dice: es un insulto táctico y a tiempo antes de que la mañana y la aspiración al título se vengan abajo. Magnífico y correoso partido en todas las líneas. Gayoso, nuestro arquero, para un penalti, Adrián Serna se estira a sus anchas con esa planta de magnífico jugador que exhibe, Mario Martín se multiplica como un gladiador ante las fieras, Langarita derrapa a destajo, y los centrales –Christian y el búlgaro Laser, nuestro extranjero ideal- no pierden ni el gas ni el aliento. Diego va y viene, avanza, regatea, penetra y sirve buenos balones a los suyos. Posee pundonor, un poco de talento y trabaja sin descanso. Es el perfecto jugador de equipo con calidad. Y no es pasión de padre. Llega casi siempre, se filtra entre las torres de la zaga, aunque le falta un poco de fuerza y de contundencia en el remate. Y además, y esto sí es pasión de padre, lo hace con dulzura, con una modestia que desarma. Por eso, ya que el viernes tuvo un amago de rebeldía, ayer no hice otra cosa que recalcar ante todos su primera tentativa de matar al padre.
La segunda parte es vibrante, desde el primer minuto. El Unión –como grita una mujer, que defienda la deportividad y el buen rollo, sin renunciar a sus cigarrillos nerviosos y a sus ánimos (ella no insulta al árbitro; le dice a los jugadores: “Cariño”)- ataca y ataca, y el Garrapinillos contragolpea con precisión en el uso del tiralíneas, el despliegue de la geometría, pero falla arriba, en el instante decisivo. Recorta distancias el Unión tras un fallo que encadena pequeños despistes y se agiganta, pero el aspirante sigue a su ritmo: “Tirillas”, mientras le resiste la airosa cadera, profundiza hasta el fondo como una flecha agoniosa, Adrián se desmorona entre calambres, Mario Martín se eleva con furia de potro y los centrales siguen sin dar respiro. La tensión se multiplica en cada área, pero el pitido final del joven árbitro de color –convencido incluso de sus errores- favorece el esfuerzo del Garrapinillos. Fue un partido perfecto, de emoción sin límite, deportivo, intenso.
Y Diego, que retrasó al final su puesto para actuar como medio centro de contención, culminó una preciosa mañana de fútbol que ensancha, ante mis ojos y los de sus compañeros, su crédito, aunque si hubiese que buscar una figura que no fuese la del bloque, el foco debiera desplazarse hacia Miguel Ángel Gayoso Pescatore, hijo de gallego de Orense y de italiana, nuestro magnífico portero recién regresado de la nieve. Torre Romana, a las once, parece una majestuosa escuela de fútbol. Un diez de seda, alevín tal vez y embutido en rojo, provoca admiración. Otra mujer dice, desde el interior su de ostentoso abrigo de piel: “Ese niño es un artista”.
Sigo por el transistor del móvil el partido entre Casablanca y San Gregorio, de División de Honor infantil. Jorge juega el partido completo a todo tren en la carrera y en el esfuerzo, pero pierde por 5-1. Diego, que sabe que su hermano es un interior izquierdo que penetra y culebrea en la zona de peligro, como ha hecho en los tres últimos y maravillosos años en Garrapinillos, me pregunta: “¿Es que este equipo del San Gregorio no tiene lateral izquierdo? Tu hijo juega demasiado atrás, donde de nada sirven sus regates. Quédate tranquilo: luchó muchísimo y no fue fácil desbordarlo. No sé si no se equivocarán con la táctica…” Mientras sigo el partido imposible por el móvil, viene Ana Lóbez que ilustra mañana una página sobre “El Quijote” en “Heraldo”, y llama el fotógrafo aragonés Joaquín Ariza Andolz, zaragozano que emigró a Barcelona en 1992 y que ha publicado el libro “Desnudos / Nudes” del que hablé otro día. Joaquín, que proyecta un libro de “Hombres” que será comercializado también en Estados Unidos, vendrá por Zaragoza pronto. Ese día conversaré con él y podremos poner rostro a este maestro inadvertido del lenguaje del cuerpo esculpido por la luz. O del cuerpo que se proyecta hacia la cámara y se copia en su corazón de láminas y espejos. Al mediodía, por la calle Cádiz, suele pasear un hombre enjuto, simpático, con cara de pícaro sin malicia cuando se ríe. A mediados de los años 50, casi tan flaco como ahora, y veloz como la centella, era conocido como “El expreso de la banda”. Manuel Torres fue casi un precursor: antes de que en el fútbol se pusiesen de moda los laterales que se afanaban en buscar el campo contrario y la línea final, Torres corría como un gamo, esperaba el balón del medio Villegas y allá se iba, flecha en el viento, lanza enloquecida que habrá de volver. Torres busca el silencio del piso inferior de su tienda de moda y refleja su perfil en el espejo. Extrae algunos recuerdos, una instantánea con su camiseta del Real Zaragoza, y una historia del Real Madrid: figura en una foto junto a su amigo Alfredo Di Stefano (solía decirle: “che, mañico”), tras haber conquistado la segunda Copa de Europa, ante la Fiorentina. “Nací en Teruel, señor, en abril de 1930 en una familia de panaderos. Mi primer recuerdo es de cuando entraron los aviones y empezaron a bombardear. Teruel estaba rodeado por el ejército republicano y nos evacuaron hacia Segorbe primero, y luego hacia Valencia. Éramos ocho hermanos; cuando se produjo aquel revuelo desaparecieron muchas familias completas. Aquello fue terrible para un niño de poco más de siete años: pisábamos un suelo de cadáveres y en el barrio de San Julián vi a un hombre con la boca abierta y con un tiro en la frente. Nunca he podido olvidar esa imagen: va y viene a mi cabeza como una pesadilla. Y además estaban las grandes y duras nevadas. Los niños teníamos un miedo horrible: nos metíamos en la cueva”. La familia se marchó en un camión con sus vástagos y dos tías monjas que se habían quitado los hábitos para escapar de la muerte. Pese a todo, los Torres no tuvieron demasiada mala suerte en su éxodo: hicieron pan en el frente republicano en Valencia y así nunca les faltó ni aceite ni azúcar ni trigo o maíz. Manuel recibía clases en casa de sus tías y jugaba en la calle al fútbol con pelotas de trapo como panes que hacía con los paños de cocina de su madre y los cordeles o cintas de los sacos terreros. De regreso en Teruel no pudo escapar del colegio. Culminó sus estudios en La Salle, trabajó en la panadería paterna y descubrió que, a pesar de sus escasos 51 kilos, tenía madera de futbolista. A la vez que acudía a ver los toros, gracias a las entradas que le proporcionaba un tío suyo, conserje de la plaza, su pasión y su obsesión era el balompié. El equipo local jugaba en Tercera y debía trasladarse a lugares bastante lejanos. Destacaba en cualquier demarcación, “era bastante rapidillo, sí”, y el ex jugador de “Los Alifantes”, Primitivo Villacampa, Primo, sería testigo directo de su crecimiento. Torres fichó por el Manchego de Ciudad y jugó allí tres o cuatro campañas, hasta que su nombre empezó a aparecer en los periódicos deportivos. Unos decían que lo pretendía el Rayo Vallecano; otros que ya tenía un precontrato con el Betis; de nuevo Primo decidió poner las cosas en su sitio. Le dijo: “No se comprometa con nadie. Se va a venir conmigo a Zaragoza”. Torres le respondió: “¿Sabe lo que le digo? No conozco Zaragoza y la quiero conocer”. En la campaña, 53/54, Manuel Torres se convirtió en el defensa derecho del Real Zaragoza que militaba en Segunda División, y formó una retaguardia mítica con Yarza o Lasheras, en el arco, y Alustiza y Bernad en la zaga. Tres años después el equipo subía a Primera División y el Real Madrid, que se batía en varios frentes, solicitó la incorporación de Torres para jugar la Copa de Europa. “Fui muy bien acogido. Gento, con el que había tenido algunos duelos, me respetaba. El mejor era Di Stefano, pero también estaba Kopa o Mateos. Ganamos la Copa de Europa. Me pasó algo muy curioso: yo ya había jugado en la Liga con el Zaragoza y no podía hacerlo con el Madrid. Sin embargo, una tarde me habían convocado y de repente de me dice Santiago Bernabéu: ‘Torres, salga a jugar’. No ocurrió nada: nadie impugnó el partido”. Tras aquel periodo de medio año entre los mejores (acarició la selección), Torres regresó al Real Zaragoza, donde completó una trayectoria de nueve temporadas. Se había ennoviado en Ciudad Real y se casó con Angelita Buendía en 1957. Apenas cuatro temporadas después, se retiraba. Le reclamaban algunos negocios de moda que había heredado su esposa. “Teníamos un equipo de maravilla. Enrique Yarza era excepcional, tenía unos reflejos tremendos. Pasmaba a cualquiera, se lo aseguro. Y cuando yo empezaba a marcharme llegó Carlos Lapetra. ¿Qué voy a decirle de Estiragués? Salíamos al campo y miraba a todos los jugadores rivales uno por uno. De repente se quedaba mirando a uno de ellos. ‘¿A quién miras, Nanu?’. ‘A ese cabrón que me ha caído mal’. Y se iba detrás de él toda la tarde”. Ya era “El expreso de la banda” y ya había librado épicas batallas con Gainza, Czibor, Eulogio Martínez o Gento. Su secreto no admite engaños: “Me gustaba mucho sufrir, pero me lo censuraban mucho. Mi secreto era la preparación física. Vivía del fútbol y me cuidaba al máximo. En el fútbol no se pierden las facultades, sino los reflejos: vas tarde y recibes la patada del contrario”. A los 31 años, en absoluta plenitud, Manuel Torres dejó el fútbol y creo un establecimiento de ropa. Es un hombre sencillo, afable y activo: no ha dejado de levantarse, de moverse, de remedar sus gestos del ayer. Quizá porque está seguro de que el fútbol le ha dado una vida completa y no pretende ya nada más.
*En el fondo de mi cajón de textos, no sé por qué extraña razón me aparece este texto entre mis documentos. La pequeña historia de Manuel Torres, el gran defensa del Real Zaragoza y del Real Madrid, con el cual se coronó campeón de la Copa de Europa. Como hoy juegan el Real Madrid y el Zaragoza en el Bernabéu [con Pelé como testigo fundamental, pero también Mercedes Gallizo, José Antonio Labordeta y Luis Alegre, entre otras cien mil personas o casi. Los aragoneses están dispuestos a recordarle a Pelé aquel legendario 3 de septiembre de 1974 en que Pelé visitó La Romareda con el Santos e Iselín Santos Ovejero rompió el larguero de un trallazo], me ha parecido que el azar acudía en mi socorro con inequívoca intención. Y hablando de azar: de repente, hacia las ocho de la tarde, mientras hablaba con Pepe Melero (que acababa de comprarse el catálogo de Joaquín Ariza Andolz), pasa el futbolista Diego Rodríguez Gascón, aquel de quien hablé antes, el delantero centro ocasional, el medio centro de ataque o contención, indistintamente, del Garrapinillos.
16/01/2005
Tomaré de Seral el amor a la palabra, de Pinillos pasión, fortaleza y constancia. La humildad, la intuición de Lucianico Gracia, para cantar cada día con su voz asombrada.
La verdad de Ildefonso, sus dudas más largas. La soledad de Guillermo, siempre solidaria. Con Miguel me hundiré en sus preguntas eternas, cuando huya con "sumido" a una isla desierta.
De Luesma, la luz, la sed... la tristeza de cantar: Aragón, Sinfonía Incompleta. De Labordeta la rabia y también la ternura de quien canta por amor y por amor denuncia.
De Julio Antonio el amor, amores de leyenda, de Navales elegancia y de Ferreró belleza. La rebeldía de Guinda, su palabra desnuda. De Rosendo, paisajes, reflexiones y fábulas.
La experiencia de alegre, el misteerio de Prat. La memoria de Rodríguez, la artesanía de Trisán. La nitidez de Vallés, la construcción de Esquillor, la utopía entrañable de Emilio Gastón.
La rotundidad de Petisme, la sencillez de Teresa, el compromiso de Rey y la esperanza de Serna. De Ciordia ironía, transparencia de Blancas. La hondura de Vilas y la amargura de Salas.
La fuerza de Andú, de Saldaña su magia. La melancolía de Antón, de Alcubierre nostalgia. De Lasala, sin duda, las confesiones más tiernas. Y también la emoción... y la inquietud de Sopeña.
*Antonio Pérez Morte, que no cesa y escribe su blog en forma de poesía, publica este poema y nos lo envía. 1. El detective y rapsoda Fernando González prepara un homenaje, con otros muchos amigos (entre ellos, Rafael Castillejo y Fernando Gracia), a Ramón Perdiguer. Penetró en su sagrado laberinto de cinefilia y se quedó fascinado con ese orbe donde la vida es cine y el cine es sueño de vida. Además, le conmueve esa pasión sostenida en el tiempo por Greta Garbo, la mujer enigmática que decidió retirarse del mundo con un torbellino de recuerdos. Fernando se inspira en Gabriel y Galán, y dialoga consigo mismo, con el sabio de películas y botillerías. Parece a punto de darlo todo por un par de adjetivos o por dos o tres metáforas que expresen lo que él quiere decir: desea atrapar el panegírico del alma y desabrocharlo para todos, como un pájaro en desbandada. Mientras le llegan los versos, sufre como un escritor de talento que ama la perfección y se desvela hasta el dolor y el extravío en su búsqueda.
3. Lo contaba ayer brevemente. Pero insisto en ello. Pepe Melero apareció ayer a mediatarde con una bolsa cargada de libros: el nuevo número de la revista “Rolde -en la que él y Antonio Pérez Lasheras conversan con Ignacio Ciordia, y Eloy Fernández escribe un largo ensayo biográfico sobre Francisco Bastos Ansart, primer diputado aragonés-, un ejemplar intacto de “Vidas minadas” de Gervasio Sánchez y el poemario “Piedra viva” de José Albi, que es el número dos de la revista “Poemas”, toda una joya dedicada por Pepe a lápiz. Pero además me cuenta que esta noche, en el Estadio Bernabéu, la directora general de Instituciones Penitenciarias Mercedes Gallizo estará en el palco con dos invitados aragoneses: José Antonio Labordeta y Luis Alegre, que ayer mismo entrevistaba a Marisa Paredes, aquella mujer sofisticada y altísima como chopo que hacia el cielo se despereza que empezamos a amar en “Crimen y castigo”. Muy cerca de ellos estará Edson Arantes do Nascimento, Pelé, que estuvo en la Romareda un tres de septiembre de 1974, en aquel día en que Iselín Santos Ovejero lanzó un zambombazo al travesaño y lo desencuadernó. Aquel partido tenía algo muy bonito: Pelé abrazó a Violeta y Carriega, desde luego, pero además se fotografió con quien era considerado en Latinoamérica el “Pelé blanco”, Saturnino Arrúa. Dos fotos de esa noche épica podremos verlas en el Matadero de Huesca desde el próximo miércoles, y después en la sala de Multicaja (cerca de la Puerta del Carmen), en Zaragoza. En una, Arrúa y Pelé se abrazan ante la mirada atenta de Antonio Calvo Pedrós, y en la otra un grupo de aficionados se arremolina al calor del héroe. Uno de ellos mirada a la cámara y luce una ostentosa mancha de aceite. Y es que hay bocadillos pringosos que no respetan ni las grandes ocasiones…
3. Cuando vivía en La Iglesuela del Cid, anteayer mismo, tomaba café y leía la prensa todos los días en el bar Amadeo, de Amadeo y Pura. Y por allí siempre aparecía un vecino que tenía casa en Castellón y una fijación especial por Pancrudo. Era como el embajador oculto de la atleta Esther Lahoz, me contaba siempre donde participaba, cómo había corrido en los Juegos Mediterráneos, sus últimas marcas. Y, tras muchos minutos de incidencias, me preguntaba: “¿Cuánto tiempo hace que no vas por Pancrudo?”. Nunca me atreví a decirle que nunca había estado en ese pueblo turolense. Luego, sin avisar, se murió de un infarto aquel diccionario ambulante de atletismo de una única corredora.
Desde que vivo en Garrapinillos, Pancrudo ha vuelto a reaparecer en mi vida. Tengo una amable vecina que es de allí. Un día me paró por la calle y me dijo: “¿Qué tal va ese periódico? En casa leemos sus artículos”. Y unos días después: “Ya lo vemos por la tele, ya. Y nos quedamos hasta que acaba. Así que nos debe usted una hora de sueño”. También repara si he escrito poco o mucho en una semana. Hoy mismo me he encontrado con mi adorable vecina, ya jubilada, y me dijo: “¿Cuándo va a salir ese libro suyo, ya lo leímos el otro día en el periódico?”. Imaginé que hablaría de “El sembrador de prodigios” y le dije: “Se presenta el once de abril en la Biblioteca de Aragón”. Así es de meticuloso y previsor el coordinador Javier Aguirre. Luego empezó a contarme que su marido había sido albañil primero y luego campesino con tierras en la Cuesta del Zorro, aquí en Garrapinillos. Y me contó algo conmovedor e infrecuente. El buen hombre se había convertido, con sus 70 años o casi, en un fervoroso lector. “Anoche mismo se quedó hasta las tres de la mañana. Se ha terminado ‘Los pilares de la tierra’ [de Ken Follet] en muy pocos días. No le gusta la televisión y disfruta con los libros. La bibliotecaria Teresa siempre me da cosas amenas que le interesan mucho. Ahora está muy interesado en leer ‘El número de Dios’ [de José Luis Corral. Edhasa] y también le gustan mucho las cosas de historia de Aragón”. Esa mujer tiene una hija que trabaja en la farmacia de Garrapinillos, cuyo dueño es Celso, buen amigo nuestro nacido en Cantavieja, el pueblo próximo a La Iglesuela tan vinculado a mi literatura. Bien se ve que la vida es un abanico de contigüidades. Hay domingos en que la vida, bajo la neblina y el frío, te hace regalos impensados. Pensé en mi vecino lector y en su felicidad conquistada, y me dirigí al kiosco.
4.Algunos amigos me dicen que frecuentan de vez en cuando este blog. Y me dicen que debiera publicarlo. Soy, ahora mismo, un escritor jovencísimo a la búsqueda de un editor que desee publicar mi primer diario de 2004.
18/01/2005
El escritor y periodista Miguel Ángel Brunet fue la primera persona que nos puso tras la pista de Antonio Calvo Pedrós. Hasta entonces, hacia 1987, lo habíamos visto menudo y orondo en La Romareda con sus dos cámaras buscando el retrato ideal de un jugador, el lance que define un partido o la respuesta de la afición. También sabíamos que era el esforzado retratista del fútbol regional: allá se iba, sábados y domingos desde el alba, por los campos de tierra, como quien busca una figura entre tantos jugadores anónimos que desmelenan sus sueños en medio del fango y del olvido. Incluso, si prolongamos un poco la imagen primera que teníamos de Antonio Calvo Pedrós, pensábamos en él como en un continuador del malogrado Lucas Cepero, asesinado por un marido despechado en pleno fulgor de creación, de Marín Chivite, de Martínez Gascón, de Gerardo Sancho, de Luis Mompel o de Fernando García Luna, otro reportero que firmaba multitud de fotos del Real Zaragoza. Pero fue Miguel Ángel Brunet quien nos ayudó a hacer un daguerrotipo más completo de Calvo Pedrós. Brunet, que había sido licenciado en tejidos y dramaturgo oculto en la trastienda del comercio antes que un periodista amenísimo, experto en chascarrillos y vidas inadvertidas, poseía en su casa de la avenida de Navarra multitud de recortes de prensa, reportajes completos de Josefina Carabias, Luis Calvo, César González-Ruano o Jacinto Miquelarena, entre otros, pero también había entrevistas de Juan José Castillo, aquel periodista de Luna que inmortalizó la frase “Entró, entró”. Su enorme producción de distinto signo, en periódicos y revistas como Aragón Exprés, Zaragoza Deportiva, Don Balón, Aragón 2000, Oriéntese y otros, andaba por ahí, entre más carpetas, dibujos, caricaturas de Nilo, recuerdos y un manojo bastante pintoresco de fotografías de casi todo. Dabas la vuelta al positivo y veías en casi todas un solo nombre: Antonio Calvo Pedrós. Si alguien había pensado que Calvo Pedrós había sido sólo un fotógrafo de fútbol, estaba equivocado. En aquellas colecciones por supuesto que había futbolistas: instantáneas de Valdano, Higuera, Juan Señor, Casuco o Amorrortu en familia; retratos de los presidentes desde Armando Sisqués a Ángel Aznar pasando por José Ángel Zalba; estampas de la llegada de Lobo Diarte o el abrazo de Pelé y su ahijado, el “Pelé blanco”, Nino Arrúa. La lista se haría interminable y cansina, Cruyff, Casuco, Neeskens, Perico Fernández, Martín Miranda, su preparador, Leo Beenhakker, Juan Alberto Barbas... En otro montón estaban las fotos de las otras vidas del fotógrafo Antonio Calvo Pedrós: las fotos del hombre parsimonioso que había captado la atmósfera del Tubo con sus personajes, el Plata con su ámbito exótico de cartón piedra y el muslo bravo de sus cantantes, las callejas angostas, la librería de lance de Inocencio Ruiz, el ajedrez de sombra de los tejados y los letreros de tiendas de discos, barberías o ultramarinos. Las fotos del aficionado al cabaré y al teatro: por allí andaban desde Isabel Garcés o Mary Santpere hasta Arturo Fernández, Fernando Esteso o Marianico El Corto, e incluso había una foto de una otoñal Josephine Baker que actuó en Cancela. ¿Sería de Antonio Calvo Pedrós como las otras? Pero también había piezas de Alfonso Paso, de Antonio Gala o del bailarín Antonio. Y de otras vedettes de rompe y rasga de la sala Oasis que anunciaban un paraíso de perdición en sus gestos y en sus carnes un tanto opulentas. A nada parecía haberle hecho ascos el fotógrafo: salía a la calle, con su amigo Brunet o en solitario, y disparaba. Así, por acumulación, por voluntad de recuento, por pasión de memorialista abrazado a un objetivo, había captado la vida tal como viene: paseos militares, desfiles, manifestaciones, accidentes como aquella dramática caída de un autobús en el pozo de San Lázaro, acontecimientos como la llegada a Zaragoza del Papa. Desde aquel día en casa de Miguel Ángel Brunet, el nombre de Calvo Pedrós no sólo se nos hizo muy familiar, sino además querido y admirado. Más admirado aún porque no tenía una voluntad artística, no había afectación en sus disparos: miraba a la gente, componía, a veces sin importarle siquiera el negro rastro de un flash (como hacía Diane Arbus), y zas: obtenía un rostro natural, un documento, una copia de la verdad que es casi siempre la fotografía. Sin pretenciosidad alguna. He ahí el fotógrafo natural que no se extravía en remilgos técnicos y que se enfrenta al trabajo arduo del laboratorio como el amanuense tranquilo. Como Zaragoza no es Nueva |