Antón Castro



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01/07/2005

EL TEMBLOR DE VIDA DE LOS ENFERMOS DE PARKINSON

jcolas.jpgDesde hace algunos años rechazo siempre estar en jurados de premios literarios, pero siempre hay cosas a los que no puedes negarte. Por ejemplo a participar en el concurso “Cuéntanoslo con arte” que convoca la Federación de Parkinson, certamen que este año se presentó en Zaragoza. El fallo del premio me permitió conocer a un periodista que he admirado mucho: Pablo Lizcano, un entrevistador cercano, hondo y de buenas maneras, que era capaz de seducir y de manejar el ¿o no? como nadie. Es, desde hace años, el compañero de la escritora Rosa Montero. En narrativa, me sorprendió la calidad de los trabajos de gente que apenas puede coger en algún caso el bolígrafo o aporrear con sensibilidad y buenas historias el ordenador.

Ganó el premio Rosa Araújo Pérez que padece el Parkinson en la figura de su marido, al cual le dedicó elogios y un público cántico de amor. Ella es enfermera y él médico, pero desde hace algún tiempo ya no puede ejercer. Rosa ha escrito un estupendo cuento de amor, que transcurre en una librería y en torno a un libro, al que le sobra la parte final, un poco propagandística del sufismo, pero el texto funciona. No era mi favorito, pero cuando uno está en los jurados es bonito disentir.

El segundo premio, que era el que a mí más me gustaba, lo escribió una mujer de Zaragoza, Carmen Sánchez Pastor, una señora dulce y cariñosa que tiene una modesta legión de admiradoras y de amigas que le profesa cariño. Su texto es otra historia de amor de alguien que establece relaciones más o menos imaginarias, aunque eso no lo sabe el lector, hasta las últimas páginas. El texto se llama “En busca de paz”, y esa paz es la paz del dolor y la paz del amor. Hablé con Carmen y, dentro de esa fragilidad que el destino le ha regalado por sorpresa, he visto una mujer alerta y sensible que estaba encantada con su premio y con el cariño que recibía. Y el tercer premio, el más divertido, una auténtica creación literaria repleta de humor y de ingenio, fue para el leridano Manuel García Ortega. En él la enfermedad se evidencia con auténtico dolor, casi con ostentación: en sus temblores, en la dificultad para andar, en el nerviosismo, en el pálpito de la emoción. Él cuenta la historia de un ciudadano que entrega unos papeles en hacienda, y en uno de ellos va un poema. Para recuperar ese papel deberá litigar. En Hacienda, le dicen, jamás ha ocurrido nada tan bonito, nada tan singular.

La pieza es muy convincente, parecía realismo fantástico o delirante, pero Manuel García Ortega explicó que no había tenido que inventar nada: todo le había ocurrido tal como lo contaba, lo cual abona esa vieja teoría, cada vez más unánime, que dice lo más inverosímil, el mejor escenario de sueños y delirios es la propia realidad. Había piezas curiosas que sucedían en un pueblo castellano, un cuento chino muy estilizado, una suerte de viaje iniciático a través de la selva preñado de referencias eróticas, recuerdos de la infancia, viajes en el tiempo, espléndidas descripciones casi clínicas de la enfermedad…
Manuel García Ortega me regaló y me dedicó un poemario: “Romance de Juan Vera”, una edición de autor en cuatro tiempos donde aborda los años posteriores a la Guerra Civil cuando se va formando su personalidad y su sensibilidad. Le prometí a Manuel García Ortega, andaluz jienense nacido en 1939, que iba a colocar aquí alguno de sus textos, y pongo este fragmento:

La lluvia, desde febrero,
Ha regado bien los campos,
Y el río con su vientre lleno
Es mucho más que regato.
Baja el agua en su cuenco
Mojando al fibroso cáñamo
Y mece al juncar erecto
Que crece verde y lozano.

Y este:

Dueño de moras tan finas,
De aquel sauce, de los olmos,
Del cortijo Las Encinas,
De las cañas, del rastrojo,
De cien fanegas de olivas,
Del choperal y de los chopos
Es un doctor en medicina
Al que llaman don Alfonso.

Condujo el acto la periodista Ana Aísa, suave e inteligente, invitó a hablar a los premiados, cosa que no se había hecho antes, y estuvieron presentes Miguel Gargallo, el concejal algo abatido por el conflicto de Villamayor, Carlos Guinovart, presidente de la Fundación, y Javier Colás (en la foto), representante de la empresa que patrocina el premio, la Fundación Medtronic.

El fallo de arte, en cuyo jurado formaban el sumiller y artista Jesús Solanas y el fotógrafo Julio Foster, fue para Raúl Vicente Maiorano y la niña Anna Hidalgo, de doce años, que pintó un bodegón de la mesa de su casa. Su padre, enfermo de Parkinson, no dejó de hacerle fotos con lágrimas en los ojos. Luego, hablamos un instante y me dijo: “Ella es quien mejor me entiende. En el futuro me ha dicho que quiere ser escritora y ya casi tiene acabada una novela. Se la mandaré por e-mail”.
01/07/2005 09:50 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

"ELLAS" DE RAFAEL NAVARRO

navarro5.jpgLA CALIGRAFÍA DE LA LUZ SOBRE EL CUERPO*

Rafael Navarro es un fotógrafo que se ha hecho a sí mismo. Hubo un momento en que se percató de que el reportaje no era su camino, que palidecía de timidez ante la contundencia de la realidad, y decidió inventar una nueva: estableció una correspondencia entre lo que le palpitaba dentro, lo que le estremecía, y lo que detectaba fuera. Sometió esa realidad inventada al rigor de la belleza, a la caligrafía de la luz que en él es como un lápiz que levanta orografías, que esculpe montes, llanuras y vaguadas en cualquier objeto. En el paisaje presentido, en el cuerpo humano, en la piel vívida de una mujer tendida o desenvuelta en su hermosura.

El cuerpo femenino y su piel son una referencia permanente, es el objeto de deseo del hombre, del ojo y del objetivo. Durante treinta años, Rafael Navarro ha vuelto a él sin repetirse: se ha zambullido en la sangre invisible, en las membranas de la vida, en esa piel sacudida por el aire, por la mirada, por la desnudez rotunda, esa piel que rebosa texturas y suscita una atracción inevitable. Su grandeza entonces al elegir uno de los temas eternos de la fotografía, y de la pintura, es su punto de vista que se define por la elegancia, por la sinfonía de luz y de sombra que matiza la entrega, por la transparencia absoluta y por la composición. Rafael Navarro destaca no sólo por su técnica refinada, medida por intuición y oficio (el sistema de zonas lo lleva en el alma o en la retina, que es lo mismo), sino por la exactitud con que atrapa la beldad y, sobre todo, por la originalidad de transformar un cuerpo en un paisaje, en un río, en un latido de músculos con alma, en un temblor de misterio y sensualidad.

Ha convertido esas formas del cuerpo en una melodía de sensaciones, en un estudio y en una consumación, en una teoría combinatoria de secuencias, instantes, emociones y de imágenes para siempre que se transforman en planos y curvas, en promesas de paraíso, en amaneceres o crepúsculos que pugnan por vencer la irresistible fuerza del horizonte. Unas nalgas que asoman como erizados volcanes o un cuerpo desmayado, del que se levanta una mata de bosque en el centro del pubis, adquieren otra dimensión: la tersura de las estaciones, la tentación de la carne que es metáfora de la mirada, veneración y ascenso al placer. Muchos de estos hallazgos ya los plasmó en mediados de los 70 en “Formas” y “Evasiones”. En la primera serie rozaba la abstracción: la piel dialoga con la sombra y el encuadre es determinante. En “Evasiones” el cuerpo aparece desdibujado, borroso, como una fuerza natural en proceso de gestación y de definición. Volvió a retomar aquellas intuiciones en 1996, dos décadas después.

El paisaje es otro de sus asideros. Se manifiesta de diferentes maneras. Tal vez una de las más felices sea esa película en imágenes que tanto le atrae al fotógrafo. Como si fuese un cineasta, un pintor como Brueghel el Viejo o un compositor de piezas fugaces pero intensas, Rafael Navarro construye historias, y las arma con detalles mínimos, con leves mudanzas de plano, de actitud de los objetos (el hombre /la mujer y la exuberante naturaleza) y con toda la fuerza de la luz. Un ejemplo entre muchos es “El árbol de la libertad”: el árbol y la vida, el árbol y el desnudo, el árbol y la mujer que se acerca, observa, llega y desaparece. Y regresa tras una metamorfosis que nos ha sido vedada. Ahí retorna el artista esencial, el poeta de la contención, la paciencia del soñador secuencial: la sugerencia máxima con lo mínimo, el artista conceptual que propone mundos que están en él y en el campo, a vista de pájaro, a vista de águila que acecha.

Rafael Navarro es un artista clásico y moderno. Ha sabido armonizar sus dos o tres direcciones estéticas: la del observador de desnudos y paisajes y la del creador contemporáneo que investiga las formas y no teme a la abstracción ni a la geometría ni a la extremada delgadez del gesto. No las teme, no: las ensalza.

*Este es el texto que acaba de recibir en Milán mi tocayo Antón Castro, director del Instituto Cervantes en Milán, que prepara una exposición sobre "Ellas" de Rafael Navarro para los próximos meses.
01/07/2005 11:49 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

02/07/2005

"HISTORIA DE LA BELLEZA" DE UMBERTO ECO

Millais-Opehia_small.jpgDe Umberto Eco pocas cosas pueden sorprendernos. El autor de “Obra abierta” se maneja a la perfección en casi todos los géneros: igual explica cómo se hace una tesis doctoral e imparte consejos sobre semiótica o la interpretación, que redacta sus diarios, o es capaz de escribir un libro tan sorprendente como “Kant y el ornitorrinco”. O de ensayar nuevos modelos de narrativa histórica, con huellas de novela negra, en “El nombre de la rosa” (1980) o glosando, en cierto modo, un libro tan complejo como “El Criticón” de Baltasar Gracián en “La isla del día de antes” (1994), que es un auténtico ‘tour de force’ alrededor del complejo universo del Barroco. Hace unos meses aparecía en Italia, y ahora en Lumen, un libro que se antoja muy sugestivo: “Historia de la belleza”.

Eco, en un conciso prólogo, explica que no es éste un libro de arte (ni de la música o de la literatura), sino un volumen de las “ideas que se han ido expresando sobre el arte cuando esas ideas establezcan una relación entre arte y belleza”. Agregamos que esa relación es constante a lo largo del libro, y las riquísimas ilustraciones ratifican esa presencia y la evolución misma del sustantivo belleza, término que se usaba para definir la cualidad de algo que nos gusta. Eco, recuerda de partida, que en distintas época lo Bueno y lo Bello han sido perfectos sinónimos. Añade algunas consideraciones de interés: la modernidad ha subestimado la belleza de la naturaleza, algo que elogiaron y buscaron etapas anteriores; y que una de las funciones del arte ha sido a lo largo de la historia “hacer bien las cosas”. Precisa que este libro nace del principio de que “la belleza nunca ha sido algo absoluto e inmutable, sino que ha ido adoptando distintos rostros según la época histórica y el país”. Eco incluye otro concepto básico: la mirada subjetiva.

A partir de ahí empieza su travesía por la cultura occidental, que arranca de los griegos y de su concepto de la representación de lo bello asociado al canon, con dos citas claves. Hesíodo decía que “El que es bello es amado, el que no es bello no es amado”, y el oráculo de Delfos respondía: “Lo más justo es lo más bello”. Y en aras de otra característica muy determinante como la proporción –tan cantada por Platón-, añadía el oráculo: “Respeta el límite”, “Odia la insolencia”, o “De nada demasiado”. La belleza era, ya en Grecia, un antídoto contra los malos pensamientos o la idea del crimen. Eco, evocando los mundos de Homero, recuerda que Menelao, traicionado por la mujer más bella de la tierra, iba a matar a su esposa Helena de Troya, pero se detuvo al ver su hermoso y opulento seno.

El ciego Homero, como luego sus descendientes de la Grecia clásica, ya poseía una comprensión consciente de la belleza. Aquí Eco resume e introduce, sesgadamente, la individualidad de los objetos, asociada a la sensualidad y a la potencia de la música: “El objeto bello lo es virtud de su forma, que satisface los sentidos, especialmente la vista y el oído”, aunque en el ser humano existen otros atributos cautivadores y acaso invisibles como “las cualidades del alma y del carácter”. Los presocráticos como Heráclito matizan: “La belleza armónica del mundo se manifiesta como desorden casual”. Con este cañamazo, parece que ya queda señalado que “La Belleza es proporción y armonía”, ideal de los griegos que llegará con rotundidad hasta la Edad Media.

Umberto Eco, en su travesía por el universo de las ideas, recuerda el triángulo como símbolo de la igualdad perfecta, que pasará de Pitágoras a Miguel Buonarotti y a la proporción arquitectónica; aborda la importancia de los números y las matemáticas (para un personaje como Durero, las proporciones del cuerpo están basadas en modelos matemáticos rigurosos), y precisa el nuevo concepto de armonía como “equilibrio de contrastes”. Explica el escritor trasalpino que, casi paradójicamente, la representación en la larga y oscura Edad Media está pautada por la luz, una luz que brota del interior de los objetos, que ocultan una manantial de claridad, de ahí que se acuñen términos como Dios como luz, Belleza de fuego. Y Santo Tomás de Aquino alienta la idea de “el color como causa de belleza”.

Propia de la Edad Media es la belleza de los monstruos, representada ampliamente por El Bosco, Brueghel, Limbourg, Giovanni da Modena o el mismo Paolo Uccello. En ese momento, abundan los “bestiarios moralizados”; San Agustín aparece para esclarecer una contradicción aparente: “Los monstruos también son criaturas divinas; nacen por voluntad divina”. Y como consecuencia se llega a creer que “lo feo es necesario para la belleza”. Existe una criatura recurrente a lo largo de los siglos en la evolución de la belleza: la mujer, que pasa por distintas representaciones: la dama angelical (Botticelli), la dama sensual medieval, la dama huidiza, la dama de belleza supersensible, la Venus, que adopta una paulatina mutación. Aquí se ponen ejemplos muy diferentes en el arte: la mujer de belleza práctica de Vermeer, la mujer de belleza enigmática de Leonardo, la mujer de belleza huidiza o que se oculta de Velázquez, la mujer gracia o de belleza más inquieta, que encontramos en Durero y en los románticos… En el Barroco asistimos a una hermosura “que está más allá del bien y del mal, que puede expresar lo bello a través de lo feo, lo verdadero a través de lo falso, la vida a través de la muerte”, y recordamos aquí que la muerte es una obsesión barroca, y también será luego una obsesión simbolista.

Con la Ilustración, y en concreto con el Clasicismo, se establece una ecuación entre la moral y la beldad. Y paulatinamente irán apareciendo otros conceptos como la ambivalencia, lo sublime, la religión de la belleza o la aparición de un éxtasis sin Dios. El recorrido es realmente minucioso, y acaba con asuntos muy contemporáneos o vanguardistas: los nuevos objetos, la pasión por las máquinas, cantadas por los poetas; recuerda Eco que el gusto por las máquinas es una idea reciente. Y no puede olvidarse de una sentencia de Marinetti que ha hecho fortuna: “Un coche de carreras es más bello que la ‘Niké’ de Samotracia”. Y de ahí pasamos a la belleza de la provocación, a la revalorización de la materia y la vindicación de los “mass media” como una nueva forma de belleza, que Eco ilustra con la fotografía, con el cine, con Andy Warhol.

“Historia de la belleza” es un libro estupendo y ameno, con un aparato gráfico increíble, de excelentes reproducciones, y una inclinación a la amenidad constante, sin menoscabo del rigor.
02/07/2005 02:56 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

SEVERINO PALLARUELO, PREMIO TRUCO-2005

joseunhombre.jpgEL AGRIMENSOR DE LAS ESTACIONES

Severino Pallaruelo (Puyarruego, Huesca, 1954) siempre nos sorprende. Siempre hemos admirado su pasión de naturalista, su cariño hacia el territorio y esa pulsión inmediata de hollarlo hasta sus últimas esquinas. En cualquier paraje desabrido, en un ibón casi inaccesible o en un vergel oculto, envuelto en el misterio, allí ha estado Severino Pallaruelo con sus cuadernos de notas, con su cámara fotográfica y sus lápices de colores, o sencillamente con un carboncillo. Su encomienda parece inequívoca: andar la tierra. Abrazar la flora y la fauna. Escuchar la melodía del viento y el silbo de las estaciones. Demorarse un instante, en un plantío, en un monte abajo o en los elevados apriscos para escuchar al campesino, al buhonero si aún quedasen o al pastor. Los pastores son un poco como sus hermanos del alma, sus cómplices en la morosa observación de la naturaleza: sitiados entre sus cabras y sus ovejas, resguardados por los canes, están ahí, al acecho, divisando la negritud de las nubes, el peine de los vientos, la hondura de las vaguadas. Pintan el paisaje en sus ojos: lo retienen, lo interiorizan y se sienten poseídos como los místicos. Como el propio Severino.

Recordamos aún el hechizo que nos produjo la aparición de su libro “Pastores del Pirineo” hacia 1987. Nos encantó la edición y el trabajo, bendecido por un golpe de azar: el estudioso encontró un manuscrito que narraba la historia real de un pastor con todos sus datos y su leyenda. El volumen traía otro agasajo esencial: reproducía una extensa porción de las fotos de pastores del farmacéutico oscense Ricardo Compairé, otro peregrino de la luz y la imagen en las montañas. Allí estaban los rabadanes con sus pellizas, haciendo instrumentos de música, de tertulia en las cumbres o siguiendo los caprichos de la manada. El imponente celaje paseaba idílicas nubes sobre sus cabezas.

No era aquel el primer libro de Pallaruelo. Ya había publicado la monografía de “Las navatas”, que en el fondo era un homenaje a su padre y a sus compañeros que se habían dejado media vida en la industria de las almadías, entre las aguas heladas y los troncos peregrinos, “Viaje a los Pirineos misteriosos”, compuesto con su propia caligrafía; aparecía “Pirineos, tristes montes”, un libro de relatos que tenía un claro débito con sus trabajos de campo y con las mil y un historias que le habían contado. Allí estaban las tragedias y las soledades de moradores sin demasiada fortuna: amores desgraciados, éxodos, traiciones y la dureza insoportable de una existencia a tumbos y sin fortuna del Altoaragón más sombrío, pródigo en supersticiones, en fantasmas y apariciones. Luego fue editando otros textos: sus guías de las Pirineos, sus cuadernos de la naturaleza (en Severino hay un poeta extasiado ante el paisaje: le extrae palabras, sensaciones, arrebatos de inspiración y recogimiento), sus monografías de “Los Bardaxí” de Graus, una saga familiar que se merecía más reconocimiento y eco no sólo en Aragón sino en toda España.

En Prames, con impresionante maquetación y diseño de Fernando Lasheras, Severino Pallaruelo publicaba uno de esos libros irrepetibles como es “José, un hombre de los Pirineos”, el relato pormenorizado de un pastor de La Mula: la vida cotidiana, sus hábitos, su conocimiento de la tierra, su identificación con las montañas y sus pastos, su fulgurante intuición ante el enigma. Severino, como un documentalista ejemplar, armado de cámara y de bolígrafo, registró minuciosamente sus experiencias. Recordaremos que sus fotos son realmente soberbias, casi todas en blanco y negro, son las estampas del matiz, las instantáneas de lo inadvertido, de lo intrascendente en apariencia pero en el fondo esencial, son las fotos del lugar de un hombre. José es un ilustrado a fuerza de convivir con la naturaleza, a fuerza de observación y pensamiento. Y Severino muestra una humildad, una curiosidad, un afán de entendimiento que constituyen su estética de etnógrafo, viajero y naturalista. Es el erudito estremecido por el hombre del pueblo, anónimo y sabio.

También ha publicado “Comunidad de Calatayud” (donde participan levemente otros autores), que no parecía ser su terruño predilecto. El resultado, como siempre, es honesto. Igual que su monumental “Guía de Aragón” con más de 500 páginas y 3000 fotos y acuarelas, de nuevo en Prames. Pallaruelo ha levantado planos, ha pintado paisajes, ha trazado caminos y ríos como si fuese un agrimensor que lleva al papel el país portátil que ha arrebatado a la realidad. Ha visto todo lo que cuenta, ha escrito casi todo lo que ve. Es el andarín de la tierra, el peregrino en su patria, el poeta que deambula y atrapa, en su vagar, las imborrables sensaciones de este pequeño solar de contrastes.

Severino Pallaruelo, autor de un espléndido estudio de “Los molinos de Aragón”, acaba de recibir el Premio Truco 2005 que concede el Festival de Música y Cultura Pirenaicas (PRI). Antes lo habían recibido La Ronda de Boltaña, Artur Blasco y Montxor Armendáriz. Este se nos antoja un galardón tan merecido o más.
02/07/2005 18:01 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

03/07/2005

NOTAS DE PRENSA DE UN DOMINGO

bailey_marianne.jpg1. Los domingos es un día de periódico. Desayuno con “El Dominical” de “El Periódico de Aragón” y leo en su sección “Artículos de ocasión”, “Sólo los ángeles tienen alas” de David Trueba, que está a punto de iniciar el rodaje de su cuarta película. Me encanta y me perturba la historia de José Maroto, de 42 años, “piloto del servicio de extinción de incendios, murió al estrellarse su avioneta a unos 300 metros de la pista de aterrizaje de su base en el municipio orensano”. Cuenta David que siguió esa noticia, aparecida en un breve de Efe, pero que fue engullida luego por las elecciones gallegas. Y supone que en la historia de ese hombre, y en la de otro muerto hace poco, hay una novela extraordinaria, la novela del hombre que “aquel día sólo cometió un pecado: hacer su trabajo”

Al leer este texto pensé en el famoso poema de W.B. Yeats, acerca del aviador que prevé su muerte, titulo de un libro de Justo Navarro, autor también de otro texto muy sugestivo: “El alma del controlador aéreo”. Y pensé en otro libro, “Incendios” de Richard Ford, donde narra una extraña pasión amorosa que llega a su fin y un sinfín de incendios en distintos lugares. Sobre mi mesilla de noche, he colocado un marcápaginas en otro libro de Ford: “Un trozo de mi corazón”.

2. En “La Vanguardia” leo una entrevista de Esteban Linés a la cantante, actriz y mito de los 60 y 70 Marianne Faithfull, autora de uno de los libros de memorias más descarnados y sinceros que he leído en el mundo de la música. Faithfull, que intenta reconstruir su vida desde su voz oscura, dice que la lección que ha extraído de sus 58 años es “que no es nada fácil envejecer cuando alguien ha sido muy guapa, ha sido el centro de su mundo, ha sido halagada. (…) Pero la música es como una droga, sin ella en más de una ocasión me hubiese suicidado; ha sido mi válvula de escape y mi mejor psiquiatra”.

3. También en “La Vanguardia” leo “La terraza” de Joan de Sagarra a propósito del manifiesto de los intelectuales catalanes. Es en términos generales cariñoso y comprensivo respecto a los firmantes –Carlos y Eugenio Trías, Félix de Azúa o Arcadi Espada-, pero especialmente inmisericorde con Alberto Boadella (al que no cita; “el tipo en cuestión me produce una fuerte urticaria y el médico me tiene prohibido acercarme a él”-, que abrió los archivos de su compañía “y los puso a disposición de un individuo para que éste escribiese (sin contrastar ningún dato ni entrevistas a los protagonistas) un libro en que además de ensalzar su persona se cebase ‘con los amigos del artista’ que habían intentado acabar con él. La cabeza visible de esos ‘enemigos’ resultó ser que era yo”. Ahora, sigue narrando Sagarra, ese hombre ha escrito un demoledor artículo contra los firmantes del manifiesto –habla de “exterminación”, de falta de “cojones” y de “tiro de gracia”- y ha sido objeto de una querella criminal. Algunos sospechan que es un recurso publicitario de Albert Boadella para “armar un poco de jaleo”. “Confío en que no sea así”, anota Sagarra.
03/07/2005 13:30 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ROGER FEDERER Y "EL ESTADIO DE WIMBLEDON"

federer.jpgRoger Federer gana por tercera vez en Wimbledon. Lo hizo en 2003 ante el gigantón Mark Philipoussis, lo hizo el pasado año ante su rival de éste, Andy Roddick, y ha repetido en 2005 en su mejor partido del torneo con un juego increíble. Roddick había mejorado mucho su estrategia en la red (no lo suficiente: algunas de sus voleas son casi inocuas, al menos ante el suizo; quizá debiera recibir lecciones de John McEnroe), perfeccionó su saque, pero no hubo nada que hacer. Bromeó al final, tras decir que “este hombre es el mejor del mundo”, que quizá le gane algún día o que a lo mejor tendrá que darle un puñetazo. Federer deslumbró en la pista central con su mejor tenis del torneo y mostró que lo hace todo bien. Posee un saque perfecto, anguloso cuando lo necesita, fortísimo casi siempre; volea de manera magistral, toma la distancia justa y dispone de un revés maravilloso, ejecuta el passing shot como nadie.

Federer juega con una naturalidad y una concentración pasmosa. Lo hace todo con tanta facilidad que casi resulta frío, no tanto como el mecánico y extraordinario Pete Sampras (que posee siete títulos, igual que el casi remoto William Renshaw; Borg ganó cinco consecutivos; nada que ver con los nueve individuales de Martina Navratilova), al que podría igualar. Por ahora, con su elegancia, su concentración, su versatilidad, su mágica combinación de precisión, contundencia y exquisitez, y su fortaleza mental, ya se colocado en el club de los tres junto a ganadores como McEnroe, Boris Becker, Rod Laver, John Newcombe, Wilfred Baddeley,Chris Evert, Venus Williams o la brasileña María Esther Bueno, entre otros.

Viéndolo jugar hoy casi resulta imposible explicarse cómo le pudo ganar en semifinales de Roland Garros, Rafael Nadal. La hierba invita a reflexionar de nuevo porque existe tanta diferencia entre esta superficie y la tierra batida o la superficie rápida. Borg ganó en esta superficie con un vertiginoso juego desde el fondo, pero Lendl, número indiscutible durante algunos años, jamás pudo ganar: perdió al menos dos veces, antes el australiano Pat Cash y un jovencísimo Boris Becker. Los españoles, salvo Santana en 1966 y Conchita en 1994, parecen de otro mundo, aunque Arancha Sánchez Vicario llegase a dos finales que perdió con Steffi Graf.

Existe, por cierto, una novela que se titula “El estado de Wimbledon”, del escritor italiano Daniele del Giudice que tradujo en España Ignacio Martínez de Pisón para Anagrama. El libro es una investigación, entre real e imaginaria, sobre la vida y la obra de Roberto Bazlen, un intelectual y editor italiano del cual “el mundillo literario esperó hasta su muerte que escribiera una obra maestra que resumiera su vasta cultura y su olfato infalible. Nunca lo hizo”, porque la novela que dejó, “El capitán de altura”, no merece el epíteto de genial aunque sea interesante. Bazlen era demasiado inteligente y reflexivo para contar bien: prefería el subtexto, la reflexión, las ideas, la crítica, era un suministrador de vida y felicidad. La novela de Del Giudice ha sido llevada al cine por el actor y realizador francés Mathiu Amalric, colaborador de Louis Malle y Peter Handke, entre otros. No la he visto todavía.

P.D. Tengo algunos amigos fanáticos de Fernando Alonso. No digo nada porque no he seguido la carrera, sé que ha ganado y que cada vez el Mundial se le pone mejor. Me alegro por sus seguidores, y especialmente por Iván Torres, que se habrá cruzado como cien sms con sus amigos, y por su padre Javier Torres. En otra época de mi vida, he seguido con mucho entusiasmo la Fórmula 1, desde Graham Hill, Jackie Stewart, Jackie Ickx, Niki Laura, James Hunt, Gilles Villeneuve, Emerson Fittipaldi, Nelson Piquet, el catedrático Alain Prost... Cuando era adolescente dibujaba coches de Fórmula 1 en el campo de fútbol, "Campo dos bosques", donde entrenaba el Penouqueira, del cual era limpiabotas y masajista, y el Deportivo de A Coruña, y yo tenía un cuaderno de dibujo de papel duro; mi primer trabajo ha sido el de delineante: allí descubrí a una preciosa chica que se llamaba Elisa, Lisi para todos, y a Joan Manuel Serrat. Ahora los únicos bólidos que de verdad me gustan son los que hace Mariano Gistaín, que es un formidable inventor de coches en forma de recortable o alambre...
03/07/2005 18:55 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

04/07/2005

ENTREVISTA CON JOAN MANUEL SERRAT

serrat.jpgSERRAT OFRECE UN CONCIERTO MAÑANA EN VERUELA:"SERRAT 100 X 100"

-Me gustaría que nos recordase sus raíces aragonesas...
-Mi madre era de Belchite. Mi abuelo era secretario del juzgado y lo mataron durante la Guerra Civil. Bueno, lo mataron las tropas nacionales a él, a mi abuela y a 30 familiares más. Recuerdo perfectamente el primer día que fui a Belchite, con cinco o seis años, de la mano de mi madre. Me llevó en el tren de Utrillas en cuanto se atrevió a superar aquel recuerdo tan desgarrador. Fuimos andando desde la estación al pueblo viejo y me veo cruzándolo. Había una iglesia derruida y un par de calles más. Recuerdo la acequia y el trayecto que había desde el pueblo a la tahona, adonde iba por el pan.

-También vivió algún tiempo en Delicias...
-Sí, pasé algunos veranos alternando las Delicias con Belchite. Tomábamos el autobús en el Coso y nos íbamos a Belchite, y recuerdo la carretera de Mediana. Cada vez que voy por ahí de bolos siempre recuerdo aquellos viajes por aquellas carreteras secundarias y por aquel paisaje que condicionó mi manera de sentir y que ha pasado a algunas de mis canciones.

-¿Tan decisivo ha sido el paisaje para usted?
-Desde luego. Es el decorado de la vida y una forma de ver el mundo. Una de las viñetas que más me impresionó es una de Schulz, el de Snoopy y Charlie Brown. Snoopy dice: “Me voy a dar una vuelta al barrio donde nací”. Regresa al cabo de un instante, Charlie Brown lo ve nostálgico y le pregunta por qué está triste. Snoopy, subido a su caseta, dice: “Han construido un parking sobre mi niñez”. Algo así me ha ocurrido.

-Usted también ha vivido en Jaca.
-Allí hice el servicio militar. Estaba en la Escuela de Montaña. Tengo muy buenos recuerdos: solicité yo ese destino en el Centro Biológico Experimental, como becario del CSIC. Quería aprovechar el tiempo y allí coincidí con un puñado de compañeros maravillosos.

-¿Qué recuerda en concreto de aquella estancia?
-Jaca era una ciudad muy bella. Tengo maravillosos recuerdos de las mujeres, en términos de sensibilidad, sensualidad, ternura, sexo, alegría. La mujer, desde entonces, ha sido decisiva en mi vida. Aquel fue un periodo estupendo que representó la convivencia de un grupo de jóvenes recién salidos de la Universidad que trabajando, con muchas ilusiones, en un magnífico proyecto de investigación.

-¿Qué ocurrió para que dejase sus estudios y una profesión concreta por la canción?
-Para mí eso de la profesión es algo secundario. Lo básico es sentirse persona, y opté por algo que me emocionaba mucho, que me gustaba con locura.

-Si mira hacia atrás, hacia 1965 cuando publicó su primer disco, ¿ha sido su carrera como la había soñado?
-Jamás había soñado esta carrera ni esta trayectoria, ni en el mejor de los sueños.

-En 2003 publicaba “Versos en la boca”, el disco que presenta mañana en el Auditorio. Le he leído: “Es un disco parido con dolor y con amor”.
-Bueno, no hay que exagerar. Lo he concebido, sí, con mucho amor, con entusiasmo, con esfuerzo. Uno debe aplicarse mucho en su trabajo por un mínimo de respeto al público. Si no te gustas a ti mismo en primer lugar no puedes gustarle al público. Yo siempre trabajo en la misma dirección: busco algo que interese y que conmueva, y este oficio me ha dado grandes satisfacciones, lo cual no quiere decir que no dude o que no sufra. Pero no soy nada partidario de las exageraciones dramáticas. Yo no soy un pescador en el Gran Sol, ni un minero que extirpa hulla, ni un albañil en el andamio. Ésas sí son profesiones duras. Hago lo que me gusta hacer, aunque tampoco es ninguna bicoca. Me empleo con el debido respeto...

-Algunos críticos han dicho que “Versos en la boca” es un disco muy sincero...
-No sé si es un disco que nace exactamente de la sinceridad, creo que sí de la inteligencia y de la sensibilidad.

-¿Acepta que es un disco monotemático, con el amor como sustento esencial?
-Yo no lo definiría así. Es un disco que se define por las canciones, una a una. Es cierto que hurga en el mundo de las pasiones y que hay canciones muy apasionadas, pero también hay otro tipo de inspiración. Pienso en la canción “África”: debemos mirarnos en el espejo de nuestras miserias. La situación de África es, en gran parte, el resultado del maltrato del primer mundo, de la sociedad del bienestar, del imperialismo.

-Volvamos al amor. Reflexiona mucho sobre los celos...
-Sí, claro, y del triunfo del azar sobre el destino, y de la locura de amar, que está muy cerca de la cordura.

-Se nota que se ha esforzado mucho en la construcción de las metáforas eróticas o amatorias.
-Sí he buscado en las metáforas de la pasión. He intentado que tuviesen variedad. He sometido estos sentimientos y sensaciones a un proceso de escritura. Trato de pelearme con las palabras y someter un poco el discurso impulsivo, he querido contener un poco esa facilidad inmediata de decir las cosas.

-Canta una canción de Eduardo Galeano, “La mala racha”.
-Ya habíamos colaborado antes en “Secreta mujer”. Es un escritor que me gusta mucho, y en esta ocasión elegimos uno de mis libros favoritos del escritor uruguayo: “El libro de los abrazos”.

-También colabora con un poeta joven como Luis García Montero en “Señor de la noche”...
-Es curioso lo que me ha ocurrido con esa canción. Cada día me gusta más y percibo que le gusta más al público. Va ganando día a día, la veo más hermosa.

-¿Qué busca en estas colaboraciones?
-Busco conmoverme, emocionarme. La poesía es conmoción, pero no sólo escrita, sino en todos los órdenes de la vida: en la pintura, en la amistad, en cualquier cosa.
-En “Versos en la boca” vuelve a colaborar con Ricardo Miralles y le ha salido un disco más íntimo, más acústico.
-¿Más íntimo, usted cree?

-Me lo parece, pero los críticos insisten mucho en ello.
-Cada uno tiene su punto de vista. Pero yo no me propongo jamás hacer un disco intimista, de compromiso o claramente social. Surgen así. Invento historias que me interesan y pueden estremecer, pero a veces las cosas funcionan de otro modo. A veces, una canción que a ti te ha parecido especialmente lírica o intimista se convierte en un himno o al revés.

-Por cierto, ¿qué le pasó por la cabeza cuando Joaquín Sabina le dedicó aquella canción a su primo “El Nano”?
-Me gustó, me gustó muchísimo. He nacido para que me quieran y he manifestado abiertamente mis querencias, pero no todo el mundo te quiere. Es imposible tener amigos de verdad sin tener también tus detractores o enemigos.

-Lo que si parece claro en “Versos en la boca” es que la mujer es uno de los misterios que más le fascinan, ¿no?
-Sin duda. No entendería la vida sin el sexo distinto, que es el que yo he elegido. A mí me encanta la mujer por muchas cosas: la mujer como complemento, como deseo, por su generosidad, como madre. Las admiro y las quiero. Me importa y lamento no poder sentir jamás ese hecho tan hermoso de la maternidad.
04/07/2005 12:18 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

MANUEL VILAS, PREMIO GIL DE BIEDMA

ENTREVISTA CON MANUEL VILAS (BARBASTRO, 1962) ACERCA
DE "RESURRECCIÓN", PREMIO GIL GIL DE BIEDMA DE POESÍA

-Que sorpresa tan agradable: parecía resucitar el poeta, suplantado durante algún tiempo por el narrador. Llevaba usted cinco años sin publicar poesía.
-He trabajado en “Resurrección” durante cinco años, mientras redactaba los libros de narrativa “Zeta” (2002) y “Magia” (2004, DVD). Éste era un libro que se me resistía.

-¿Por qué?
-Primero porque tras “El cielo” me quedé como exhausto y quise esperar, con paciencia, a que viniese la poesía de nuevo. No es que se hubiese ido exactamente, sino que a medida que te haces mayor parece que cuesta más escribir. Tras esta experiencia, me resulta fácil entender por qué José Hierro estuvo treinta años sin escribir poesía. Además, yo quería superar “El cielo”, no quería repetirme, y eso es lo que me ha costado.

-¿Qué es “Resurrección”?
-Es un poemario de exaltación de la vida, arrollador, apasionado, donde muestro mi pasión por todo: por las mujeres, las ciudades, los coches, los aviones, las carreteras, las autopista, incluso los McDonalds. Este libro es una vindicación del mundo material de nuestro alrededor. Es un libro muy exaltado, insisto, del sí a la vida y de un sí también a los desfavorecidos, a la gente que viene del Este, de Latinoamérica o de África, a toda esa emigración que viene a quedarse con nosotros.

-Se ha dicho, en la nota del jurado del premio Gil de Biedma, que tiene huellas de Walt Whitman.
-Desde luego, y eso se percibe, por ejemplo, en un largo poema en ocho cantos dedicado a Nueva York. Yo había leído de joven a Whitman, pero fue hace tres años cuando me interesó su propuesta. Me ocurre con el mundo como le pasó a él: pienso que hay que exaltarlo, cantarlo y glorificarlo.

-Usted era más bien pesimista en sus libros anteriores, incluso en “El cielo” había una porción importante de dolorosa soledad, ¿ha cambiado su visión tan drásticamente?
-Desde luego. Aquí ofrezco una visión positiva. Mi etapa negativa o pesimista, si quiere lúgubre, quizá se haya prolongado demasiado, pero ahora he desembocado en una etapa de afirmación y de gozo.

-Explíquenos la estructura de “Resurrección”.
-Se trata de un libro largo dividido en siete secciones. Hablo mucho de ciudades: de Nueva York, como le digo, pero también de Portugal, en concreto de Oporto y Coimbra, de Londres y de Zaragoza, que tiene el mismo tratamiento e importancia que Nueva York o Londres. Y lo hago en verso libre y en poemas en prosa. He descubierto que el verso libre es muy difícil porque exige una estructura musical muy complicada. Yo he buscado aquí, en la medida de mis posibilidades, la perfección.

-Algún miembro del jurado subrayó que se trataba de una obra “antilírica”. ¿Qué le parece esa opinión?
-Lo dijo Cristina Peri Rossi. Yo creo que se refiere a que es un libro que no atiende a lo que se ha considerado lirismo tradicionalmente, ni es idealista ni de la abstracción poética. Me ha preocupado mucho el lenguaje: he querido que no fuera un lenguaje tradicional. He intentado escribir poesía escuchando la realidad para alejarme de lo ya visto, de lo ya escrito. Quería dar un paso más. Me ha preocupado mucho la representación del momento histórico…

-Ahí vuelve a conectar con “Hojas de hierba” de Walt Whitman y con el Lorca de “Poeta en Nueva York”, dos claras representaciones del momento histórico.
-Yo busco nuevos espacios en la ciudad. Y eso ya le sucedió a Baudelaire. Mientras los demás hablaban del paisaje o del mar, él vio otro mundo. A mí me obsesiona mucho inspeccionar nuevas regiones para la poesía.

-¿Qué significa para usted haber ganado el premio Gil de Biedma?
-Me encanta. “Pandémica y celeste” de Jaime Gil de Biedma es uno de los grandes poemas de amor del siglo XX y uno de mis favoritos. De él me interesa mucho la pasión la claridad, la representación exacta de los sentimientos, su enorme inteligencia y su facilidad para decir la verdad en cuatro palabras. El galardón me produce una gran satisfacción por el nombre del poeta, que marcó mi aprendizaje, y por el prestigio del premio, que además se publicará en otoño en Visor, en una editorial mítica.

-¿Establece usted diferencias entre escribir prosa y poesía?
-No es fácil contestarle a eso. La prosa es más analítica, puedes articular un discurso más reflexivo y a la vez más narrativo. Y la poesía es canto, exaltación, música.

-¿Ya sabe por qué escribe?
-Intento escribir todos los días, aunque sólo sea una carta. Me falta mucha disciplina, tiendo a vaguear, pero creo que ahora, tras mucha búsqueda, tras muchas tentativas, puedo responderle: escribo por amor a la vida. Y tengo la certeza de que la gran literatura es canto a la vida siempre.
04/07/2005 20:23 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

05/07/2005

ADIÓS AL ENAMORADO DE ZARAGOZA: GERARDO VALLÉS

zaragoza.jpgLos escritores menores a veces también tenemos nuestro público. A veces, de la nada, surge alguien que te saluda y confiesa que sigue tus libros, tus artículos de prensa. Y acabas descubriendo que esa persona de la que sabes poco es como tu ángel tutelar. Cuando estás aborrecido, te sientas fracasado o un inútil, cuando percibes que tus textos salen más bien mediocres, de repente aparece él para darte ánimos. Y lo hace como mejor sabe: diciendo en recepción que sólo quería saludarte un instante, sugiriéndote un artículo sobre los nuevos tilos de la ciudad o contándote la increíble historia de la ballena que fue exhibida en Zaragoza. Hace algunos años, el jefe de talleres Florencio Nogués, que seguía jugando al fútbol de central rebasado los 50 años, me dijo que sin yo saberlo tenía un amigo, deportista también y observador de la vida, zaragozano acérrimo y curioso infinito, que seguía todo cuanto yo escribía y que lo mejor que podía hacerle era tomar un café con él. Acudía a todas mis presentaciones, me corregía con dulzura, me daba ideas, y lo hacía siempre con tal educación, con tal cariño, que Gerardo Vallés era casi como mi protector inadvertido, un talismán contra el abatimiento, ese lector al que jamás habrías querido decepcionar.

Nunca supe demasiado de él. Sí sabía que tenía muchos libros, que coleccionaba folletos, que tenía una hermana (en realidad, según me dijo Florencio Nogués, era su prima heremana) y que amaba Zaragoza hasta la médula. Le gustaban las pequeñas cosas de la ciudad, las calles con sus nombres y sus incidencias, las efemérides, los personajes que la habían habitado, la música, el teatro, el deporte. Todo le entusiasmaba y la suya era una sabiduría nada ostentosa, labrada día a día, minuto a minuto, en los periódicos, en las tertulias, en la televisión o en la radio. Recuerdo que un día, tras haber escuchado algunas canciones de Schubert, vino a verme, entraba como de puntillas, y me traía varios libros sobre los árboles de Zaragoza. “Creo que tendrías que escribir un artículo sobre la historia de los tilos, que es el nuevo hermano del Paseo”. Y cuando publiqué aquel texto –recibí muchas cartas de gente que me decía que en la ciudad había muchos más tilos de los que yo presumía-, él fue el primero en llamarme.

He recibido muchos gestos de cariño de Gerardo Vallés. Incluso discutía a menudo con Florencio Nogués, que siempre es más duro conmigo, sobre todo porque es un atentísimo lector de prensa. El otro día, con esa sinceridad para la que me ha preparado a lo largo de los años, me dijo: “He leído tu último libro, pero tiene demasiados nombres. Me ha gustado mucho más el libro del Mena, que tiene dos piezas maravillosas: la historia del ferrocarril y lo que dice de su hijo. Es estremecedor. Tú, en cambio, cada día escribes peor, mucho peor”. No tenía argumentos para contradecirlo.. Gerardo Vallés fue la primera persona que se dio cuenta de que el jefe de talleres del que hablo en “Una conversación imposible con Cela” era él. Se lo dijo a bocajarro. “Ese tan bruto del que habla ahí tienes que ser tú, Florencio”. Y Florencio, que es adorable a pesar de su rudeza, de esa falsa brutalidad que tanto le gusta usar, le dijo: “Es cierto. Yo le dije eso el día que fue incapaz de llenar tres páginas con una entrevista a Cela. Le pregunté: ´¿No cree que debería usted dedicarse a otra cosa?’”.

Gerardo Vallés se quedó huérfano de madre pronto. Trabajó durante muchos años en Deportes Muñoz y era un asiduo del Stadium. Jamás se quedaba a comer con sus amigos. Siempre volvía a casa después de hacer su ejercicio, pero el pasado viernes se quedó a comer. Y esa misma noche, hacia las tres de la mañana, falleció de un infarto. Tenía 69 años. Se fue con la discreción que había usado en la vida. Lo vi hace dos o tres semanas en “Heraldo”: vino a saludarme, no quería nada. Sólo verme. Y me preguntaba por mis hijos, y me contaba cosas que había descubierto: la casa de un escritor, la demolición de la casa del poeta, el libro de Marín Bagüés de García Guatas, un artículo sobre Cavia que lo había impresionado. Se fue y volvió al cabo de quince minutos con “El sembrador de prodigios” en la mano. Me dijo: “Al final he podido comprarlo. Con éste ya son por lo menos quince o dieciséis los libros tuyos que tengo”.

Ayer me llamó Florencio Nogués para decírmelo. Para decirme que mi amigo Gerardo Vallés, aquel lector constante, aquel sabio de Zaragoza y alrededores, acababa de fallecer. Cierro un instante los ojos y oigo la voz ligeramente aflautada que me dice: “Mi cuadro favorito de Marín Bagüés es el de la jota. ¿Sabes que yo lo conocí? Lo vi una vez en la plaza de Los Sitios cuando yo era poco más que un chaval. Jamás lo podré olvidar”.

Igual me va a pasar a mí con Gerardo Vallés, aquel caballero de letras que aparecía a cualquier hora para darte ánimos y para preguntarte: “¿Cómo puede un gallego querer tanto a esta tierra?”. Tampoco lo voy a olvidar fácilmente.

P.D. Gerardo, si fueses capaz de leer el ordenador desde el más allá, sabe que la música de fondo, mientras te recuerdo, es la de “Os amores libres” de Carlos Núñez. Un día me pediste en la calle Canfranc o Bilbao que te cantase aquello de: “A muller que é caladiña,// e non di mal de ninguén// canto más baixiña mira, // cantos máis amores ten”.
05/07/2005 00:43 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

MANUEL TORRES, EL EXPRESO DE LA BANDA

Al mediodía, por la calle Cádiz, suele pasear un hombre enjuto, simpático, con cara de pícaro sin malicia cuando se ríe. A mediados de los años 50, casi tan flaco como ahora, y veloz como la centella, era conocido como “El expreso de la banda”. Manuel Torres fue casi un precursor: antes de que en el fútbol se pusiesen de moda los laterales que se afanan en buscar el campo contrario y la última línea, Torres corría como un gamo, esperaba el balón del medio Villegas y allá se iba, flecha en el viento, lanza enloquecida que habrá de volver. Torres busca el silencio del piso inferior de su tienda de moda y refleja su perfil en el espejo. Extrae algunos recuerdos: una instantánea con su camiseta del Real Zaragoza, y una historia del Real Madrid, donde posa junto a su amigo Alfredo Di Stefano (solía decirle: “che, mañico”), tras haber conquistado la segunda Copa de Europa ante la Fiorentina.

“Nací en Teruel, señor, en abril de 1930 en una familia de panaderos. Mi primer recuerdo es de cuando entraron los aviones y empezaron a bombardear. Teruel estaba rodeado por el ejército republicano y nos evacuaron hacia Segorbe primero, y luego hacia Valencia. Éramos ocho hermanos; cuando se produjo aquel revuelo desaparecieron muchas familias completas. Aquello fue terrible para un niño de poco más de siete años: pisábamos un suelo de cadáveres y en el barrio de San Julián vi a un hombre con la boca abierta y con un tiro en la frente. Nunca he podido olvidar esa imagen: va y viene a mi cabeza como una pesadilla. Y además estaban las grandes y duras nevadas. Los niños teníamos un miedo horrible: nos metíamos en la cueva”. La familia se marchó en un camión con sus vástagos y dos tías monjas que se habían quitado los hábitos para escapar de la muerte. Pese a todo, los Torres no tuvieron demasiada mala suerte en su éxodo: hicieron pan en el frente republicano en Valencia y así nunca les faltó ni aceite ni azúcar ni trigo o maíz. Manuel recibía clases en casa de sus tías y jugaba en la calle al fútbol con pelotas de trapo como panes que hacía con los paños de cocina de su madre y los cordeles o cintas de los sacos terreros.

De regreso en Teruel no pudo escapar del colegio. Culminó sus estudios en La Salle, trabajó en la panadería paterna y descubrió que, a pesar de sus escasos 51 kilos, tenía madera de futbolista. A la vez que acudía a ver los toros, su tío era conserje de la plaza y le invitó a ver a Manolete, su pasión y su obsesión era el balompié. El equipo local jugaba en Tercera y debía trasladarse a lugares bastante lejanos. Destacaba en cualquier demarcación, “era bastante rapidillo, sí”, y el ex jugador de “Los Alifantes”, Primitivo Villacampa, Primo, sería testigo directo de su progresión. Torres fichó por el Manchego de Ciudad Real y jugó allí tres o cuatro campañas, hasta que su nombre empezó a aparecer en los periódicos deportivos. Ora lo pretendía el Rayo; ora le había ofrecido un contrato el Betis. De nuevo Primo decidió poner las cosas en su sitio. Le dijo: “No se comprometa con nadie. Se va a venir conmigo a Zaragoza”. Torres le respondió: “¿Sabe lo que le digo? No conozco Zaragoza y la quiero conocer”. En la campaña, 53/54, Manuel Torres se convirtió en el defensa derecho de los blanquillos que militaban en Segunda División, y formó una retaguardia mítica con Yarza o Lasheras, en el arco, y Alustiza y Bernad en la zaga. Tres años después el equipo subía a Primera División y el Real Madrid, que se batía en varios frentes, solicitó la incorporación de Torres para jugar la Copa de Europa en 1957. “Fui muy bien acogido. Gento, con el que había tenido algunos duelos, me respetaba. El mejor era Di Stefano, pero también estaba Kopa o Mateos. Ganamos la Copa de Europa. Me pasó algo muy curioso: yo ya había jugado en la Liga con el Zaragoza y no podía hacerlo con el Madrid. Sin embargo, una tarde me habían convocado y de repente me dice Santiago Bernabéu: ‘Torres, salga a jugar’. No ocurrió nada: nadie impugnó el partido”.

Tras aquel periodo de medio año entre los mejores (acarició la selección), Torres regresó al Real Zaragoza, donde culminó una trayectoria ejemplar de nueve temporadas y más de 100 partidos en la máxima categoría. Se casó con Angelita Buendía en 1957. Apenas cuatro temporadas después, se retiraba. Le reclamaban algunos negocios de moda que había heredado su esposa. “Teníamos un equipo de maravilla. Enrique Yarza era excepcional, tenía unos reflejos tremendos. Pasmaba a cualquiera, se lo aseguro. Y cuando yo empezaba a marcharme llegó Carlos Lapetra. ¿Qué voy a decirle de Estiragués? Salíamos al campo y miraba a todos los jugadores rivales. De repente se quedaba mirando a uno de ellos. ‘¿A quién miras, Manu?’. ‘A ese cabrón que me ha caído mal’. Y se iba detrás de él toda la tarde”.

Ya era “El expreso de la banda” y ya había librado épicas batallas con Gainza, Czibor, Eulogio Martínez o Gento. Su secreto no admite engaños: “Me gustaba mucho subir, pero me lo censuraban mucho. Mi secreto era la preparación física. Vivía del fútbol y me cuidaba al máximo. En este deporte no se pierden las facultades, sino los reflejos: vas tarde y recibes la patada del contrario”. A los 31 años, en absoluta plenitud, Manuel Torres dejó el fútbol y abrió con su esposa una tienda de ropa. Es un hombre sencillo, afable y activo: no ha dejado de levantarse, de moverse, de remedar sus gestos del ayer. Quizá porque está seguro de que el fútbol le ha dado una vida completa y mítica, y no pretende ya nada más.

*Todos los días, al pasar por la calle Cádiz, me encuentro con Manuel Torres, "el expreso de la banda". Ahora ya no se acuerda apenas de que hace no demasiado tiempo me contó su historia en el sótano de su tienda de ropa. Encuentro este texto por ahí, lo retoco algo y lo cuelgo, a modo de homenaje al Real Zaragoza.
05/07/2005 18:43 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

06/07/2005

HOMENAJE A JESÚS MONCADA EN EL CENTRO DE HISTORIA

jesus_moncada3.jpgHoy, a las siete de la tarde, en el Centro de Historia se celebra un homenaje a Jesús Moncada i Estruga (1941-2005), el gran narrador en catalán, el hombre que forjó el mito literario de Mequinenza y supo recrear el tiempo idílico del niño que fue, del fabulador adolescente, del poeta que se asomaba a la corriente y veía las pantorrillas de las lavanderas. En el acto participarán, en una tanda iniciadle intervenciones breves, Miguel Ángel Gargallo (Ayuntamiento de Zaragoza), José Antonio Acero (Diputación de Zaragoza), José Luis Acín (Celia y Gobierno de Aragón), José María Rodanés (Universidad de Zaragoza), Magdalena Godia (alcaldesa de Mequinenza) y algunos miembros de su familia.

En la segunda parte, intervendrán Carmen Alcover (estudiosa de la obra de Moncada y experta en lenguas), José Luis Acín (que leerá un texto suyo y de su hermano Ramón, escrito a cuatro manos), Antonio Pérez Lasheras, que intentará contextualizarlo en el panorama de la narrativa aragonesa, y el dúo musical Recapte, formado por Mario Sasot y Antoni Bengoechea. Se proyectarán algunas imágenes de vídeo y un pequeño reportaje visual realizado por Alberto Gámez.

RETRATO DE JESÚS MONCADA

Jesús Moncada fue, es un escritor de espíritu europeo, de alcance universal. Un fabulador prodigioso –su literatura está llena de embrujo, de ironía: renueva a diario el olvidado arte de contar- que ha convertido a la Mequinenza de su infancia y de su adolescencia, e incluso a la Mequinenza histórica, en su territorio de ficción y en un condado imprescindible de la literatura, como hicieron Joyce con Dublín, García Márquez con Macondo, Juan Carlos Onetti con Santa María o su admirado Honorato de Balzac con París.

Jesús Moncada (Mequinenza, 1941- Barcelona, 2005) estudió en el colegio Santo Tomás, a la sombra de Miguel Labordeta y de Rosendo Tello, que e le descubrieron la literatura, igual que le sucedió con Manuel Berdún Torres y Edmón Vallès. Más tarde, cuando parecía que iba a inclinarse por la pintura (Moncada es un excelente dibujante: dedicaba sus libros con un cocodrilo o con autorretratos, y pintaba como nadie con las palabras), conoció a Pere Calders, fotógrafo casi secreto y admirable narrador en corto, e inició su carrera literaria, cuajada de éxitos. Así nacieron sus libros: los relatos de “Histories de la mà esquerra”, “El café de la granota”, “Calaveras atónitas”, o novelas como “Camí de sirga” (1988), la obra maestra de la narrativa catalana del último cuarto de siglo, una fascinante narración sobre los navegantes por el Ebro y el Segre, las tabernas, los narradores orales; “La galeria de les estàtues” (1992), que sucede en una ciudad imaginaria, Torrelloba, que es y no es Zaragoza, y propone el encuentro entre Mequinenza y la Zaragoza de Dalmau campeéis i Vilamajor; y “Estremida memoria” (1997), inspirada en un suceso real y trágico emparentado con el bandolerismo.

Creador de un tiempo idílico de la vida en un espacio que aspira a ser el espejo del mundo. Traductor con un sinfín de seudónimos de autores como Alejandro Dumas, Martin Du Gard, literatura policíaca o galante, era un escritor parsimonioso y divertido, con huellas de maestros clásicos del XIX, dueño de un catalán espléndido y rico, el catalán de Aragón desparramado en casi una veintena de lenguas del planeta. Jesús Moncada entendía y entiende que el oficio de escribir es una ocupación dolorosa y placentera donde uno reinventa el mundo a su antojo, donde uno ama, y ríe, y se identifica con la música de un lenguaje concreto, con los seres que nos precedieron y nos sucederán, con esa alquimia de libertad y viaje que propone la literatura.
06/07/2005 13:09 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

07/07/2005

EL MUNDO DEL PINTOR GUILLERMO CABAL

cabal.bmpEL ALIENTO MÍTICO DE LA MEMORIA

Acaso no haya nada más íntimo que el estudio de un artista. En pocos minutos accedes a su biografía, a su sensibilidad, a sus obsesiones. Miras en los estantes y encuentras los libros y los objetos que lo definen, miras en las paredes y aparecen los cuadros, los dibujos y las fotos que jalonan una trayectoria en el tiempo; atisbas las épocas, la evolución, el modo de enfrentarse a la creación y, posiblemente, a la existencia. Y eso, más o menos, acaba de sucederme con Guillermo Cabal: tenía vagas ideas acerca de su obra y de él mismo. Lo había en varias ocasiones, había asistido a algunas de sus exposiciones, había leído sus catálogos y me resultaba fácil emparentarlo con otro pintor aragonés, Eduardo Laborda, apasionado por las lecciones del tiempo que fabrica ruinas, por las periferias de las ciudades, por las máquinas y sus despojos. Y me resultaba fácil vincularlo también con el fotógrafo Andrés Ferrer, que había dedicado cinco años a captar las olvidadas azucareras, la mole espectral de las fundiciones, esa belleza varada de las afueras donde antaño, casi anteayer mismo, se gestó el temblor de la modernidad industrial.

Sin embargo, una visita a su taller, el primer encuentro con él en su obrador artesanal de creación, me dio una visión más compleja. Guillermo Cabal es un artista pegado a sus sueños: un amanuense perfeccionista que labra los objetos encontrados, un paseante sigiloso que busca matices y diamantes en los escombros, un romántico rezagado que asoma a un río, el Ebro, y a otros ríos que copiaron el fulgor del trabajo colectivo. Por aquí y allá, entre las fundiciones y las azucareras, en los viejos talleres abandonados, en los chalés que conquista y sepulta la voracidad de la hiedra, aún se oyen sonidos, aún existen fantasmas, piezas y metales y escorchones que no pueden zafarse del olvido. Si uno mira con atención, ingresa en un universo de sugerencias de fábricas abandonadas, vencidas por el orín, de vías muertas, de cables que anunciaban movimiento y esplendor. El hombre ha desaparecido, ha cesado la actividad, la ciudad ha expandido hacia otros foros su agitación, pero quedan sus huellas, una luz tamizada al crepúsculo, un claroscuro de talleres en desorden entre el polvo, una perturbadora quietud metafísica. Estamos en el reino de la decrepitud, en el páramo de las almas. Y por supuesto, permanece una melancolía espesa que se agiganta hora tras hora porque, más temprano que tarde, donde ahora habita la desolación habitará la absoluta extinción.

Guillermo Cabal parece muy inteligente para definirlo sólo como un artista preso de la nostalgia. Posee un sentido del enredo con los objetos y con el pincel que advierten contra las falsas etiquetas y alejan cualquier prejuicio. Hay nostalgia en su obra, en sus trazos, en su acusado sentido de la perfección, pero hay, sobre todo, afán de trascendencia, reinvención de un mundo que quiere ser fijado porque le fascina y lo retrata. Existe en sus propuestas una urgente necesidad de documentar lo que desaparece, de pintar lo que ya empieza a ser como un espejismo o un delirio. Hay elegía, verdad y autobiografía. El pintor estuvo allí, en el precipicio, vio lo que deber ser mirado, recogió como si fuese un buscador de tesoros el último apéndice del declive. Esta manera de proceder explica su estética, la poética en acción del “objeto encontrado”, que le entretiene, que manufactura, que acomoda a su sentido de la creación contemporánea. Y eso se ve en su pasión por los teléfonos, las lavadoras, las lámparas, los restos de máquinas: en sus manos y en su taller se convierten en una escultura, en un nuevo sueño, en un rescate y en un divertimento. Ese modo de proceder –con maderas, aceros, hierros, metacrilatos, chatarra…- lo sitúa en la órbita de las vanguardias históricas, en la estela y en la compañía de Duchamp, Joan Brossa, Ángel Ferrant o Fernando Ferreró, entre nosotros. O incluso de algunas experiencias de Juan José Vera.

Guillermo Cabal es un pintor hiperrealista de la pérdida o de lo que se extingue, un pintor sensitivo, un pintor que sueña y que inventa fábulas para sus piezas. Pensamos en “Cuquita”, a la que bautiza como “Esa coqueta germana de mis sueños (Fantasías de un operario en la fundición)”, que se ha convertido en una obsesión incluso literaria, en materia principal del narrador y poeta que lleva dentro; adviertan, por ejemplo, el título de sus obras, la alusión a las ninfas, la identificación de los talleres o fábricas con las catedrales, vean aquella obra de 1999 que tituló, nada menos: “Metafísica y erotismo en la jornada laboral”. Guillermo Cabal también es capaz de entrar en una bodega, en un palacio, en un caserón o en una mole de las afueras de Caspe y captarlos con minuciosidad, precisión, delectación en la forma y en el color. En todo lo que toca, en cuanto invoca, es capaz de crear una escenografía, un territorio de verdad, un aliento mítico de la memoria.
07/07/2005 03:20 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

ARAGÓN, UNA SENSIBILIDAD DE CINE*

los_olvidados_soon.jpgAlguien dijo, sin exageración, que Aragón era el territorio que poseía más ilustres, ilustradores e iluminados por kilómetro cuadrado. La afirmación es todavía más exacta si nos referimos al cine. Ese arte de 110 años encontró aquí un desarrollo increíble. Más que una industria propiamente, fue capaz de suscitar el interés de aragoneses que acabarían convirtiéndose en referencia imprescindible. Y en ocasiones, en referencia universal. Los hermanos Lumière inventaron el séptimo arte a finales de 1895, y muy pronto los Jimeno, Eduardo Jimeno Peromarta, el padre, y Eduardo Jimeno Correas, el hijo, no sólo se dedicaron a la proyección del cine en Madrid y en Zaragoza sino que hicieron las primeras tentativas para rodar una película. Quizá no fueron ellos exactamente los primeros en obtener una filmación, ni siquiera al parecer en Zaragoza, pero sí les corresponde el mérito de ser los realizadores de la única película del siglo XIX que se conserva: “Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza”, grabada un 11 de octubre de 1899 en dos minutos y con 17 metros de celuloide.

Zaragoza se convirtió en una ciudad de cine y del cine. Pronto empezaron a multiplicarse las barracas y las salas, tanto la carpa del “Farrusini” como el Cinematógrafo Coyne, una referencia fundamental de modernidad, los pioneros de la realización (desde los Jimeno a Antonio de Padua Tramullas, desde los Coyne a Segundo de Chomón…) y los empresarios: Félix Preciado, Leopoldo Acín, Anselmo María Coyne, Manuel Reverter… Con la expansión del cine, también se produjo un auténtico apogeo de técnicos y cineastas y actores. La mitología y el glamour de la pantalla grande empezaban a impregnar Aragón. En Zaragoza se vio en 1902 el célebre “Viaje a la luna” de Georges Mélies, y más tarde se verían los trucos y los prodigios técnicos de Chomón, que llegó a trabajar en la mítica “Cabiria” de Giovanni Pastrone o en “Napoleón” con Abel Gance. A finales de los años 20 irrumpían con la fuerza de un torrente dos directores bastante diferentes: Florián Rey, que trajo el éxito y un cine popular de calidad anudado a la figura de Imperio Argentina; y Luis Buñuel, formado en la Residencia de Estudiantes y en París, en la vertiente más heterodoxa del surrealismo del 27, que había venido a subvertir el cine con “Un perro andaluz” y “La Edad de Oro”.

Completamente diferentes, llegarán a coincidir estéticamente a mediados de los años 30, cuando Florián Rey realiza películas como “Nobleza baturra” y Luis Buñuel es el productor de Filmófono y a veces el director en la sombra; sí firmaba con su nombre, y estremecía la II República, el impresionante y “falso” documental “Las Hurdes. Tierra sin pan”, que sería determinante años después para que Carlos Saura abandonase la fotografía profesional por el cine. Rey, tras la Guerra Civil, caerá más bien en el olvido; Luis Buñuel será reconocido como un maestro indiscutible en el cine mundial con títulos como “Los olvidados”, “Él”, “El ángel exterminador”, “La Vía Láctea”, “Belle de jour” o “El fantasma de la libertad”.

Aragón también contó muy pronto con cineclubes, gracias a la tenacidad de ese hombre para todo del cine que es Eduardo Ducay, y de mitos enigmáticos como la actriz Ino Alcubierre. En la posguerra, la factoría de cine ha contado con nombres fundamentales: el citado Carlos Saura, de prestigio universal; José Luis Borau y José María Forqué, que pronto se hicieron acreedores al epíteto de “clásicos”; Julio Alejandro de Castro, uno de los grandes guionistas españoles de todos los tiempos; heterodoxos como Antonio Artero o Antonio Maenza; realizadores de cine y de televisión como Alfredo Castellón, Clemente Pamplona o José Antonio Páramo; luego vendrían otros nombres fundamentales como Fernando Bauluz, ya fallecido, o Miguel Ángel Lamata, que ha recogido con espíritu iconoclasta el testigo de sus mayores.

Incluso aquí se intentó hacer en la posguerra cine profesional a través de Moncayo Films. Se intentó y se hizo, a diferentes niveles, porque había mimbres para ello: ahí estaban José Luis Pomarón, Víctor Monreal, Manuel Rotellar, Manuel Labordeta, Emilio Alfaro, José Antonio Duce, y su atrevimiento cristalizó en varias películas, pero sobre todo en una que ya forma parte de la leyenda: “Culpable para un delito”, de José Antonio Duce, que convirtió a Zaragoza en una ciudad con tranvía y puerto de mar. Todo ese magma de forjadores de sueños, no se ha quedado en agua de borrajas. Aragón posee, en el cine, una mala salud de hierro: falta industria, como antaño, los grandes proyectos siguen elaborándose extramuros, pero ha sido un determinante plató de cine y es ahora mismo cuna de más de un centenar de jóvenes realizadores, de grandes investigadores e historiadores, y alberga alrededor de una docena de festivales de cine, y algunos celebran su primer decenario; otros, como el Festival de Cine de Huesca, tres décadas. No se sabe bien por qué, pero Aragón es tierra de cine. Y esa no es una hipótesis o una afirmación interesada: es una certeza conmovedora.

*Texto que me pide ese activista incesante del cine que es Luis Antonio Alarcón.
07/07/2005 16:33 Enlace permanente. Hay 7 comentarios.

08/07/2005

DIÁLOGO CON MARTÍN GODOY

“No pienso mucho mi pintura. Soy intuitivo. Tengo un proceso: hago fotografías, muchas, y luego selecciono. Parto de una de ellas, la proyecto y la voy depurando, y así salen mis obras. Soy un artista figurativo. Realizo una especie de síntesis e intento contar cosas. En ese modo de operar, de quitar elementos, de aquilatar la composición y el dibujo, surge un clima o una atmósfera de misterio, pero no pongo demasiado empeño en lograrlo”, explica Fernando Martín Godoy (Zaragoza, 1975) que expone una selección de catorce obras en la galería Pepe Rebollo: sus habituales paisajes exteriores, objetos y dos retratos, uno de ellos un autorretrato en tonos rojos. El día de la inauguración, el pasado miércoles, ya se habían vendido todos los cuadros. “No es que hubiese tongo ni nada parecido: era como si la gente quisiera verme y tener obra mía”, explica.

Martín Godoy confiesa que le interesa mucho el renacimiento, el barroco, todo ese periodo de intensa inspiración mística. “Tengo que citar nombres como Caravaggio, Ribera, Zurbarán, Velázquez. Me atrae mucho la presencia de lo sobrenatural que se refleja a través de la luz natural en los objetos, pero ya sé que parezco más norteamericano”. Siempre que se habla de su producción se cita a Edward Hopper, que es un pintor más narrativo y anecdótico, y metafísico, y suele ubicar a un personaje o varios en el paisaje o en sus interiores. “Sí, Hopper es como mi referencia maldita, pero mi obra sigue otro camino. En algunos objetos aquí me acerco más a Giorgio Morandi. La pintura es mi pasión y a mí sólo me interesan los grandes cuadros, aquellos que llegan al corazón. Y a mí me sucede, por ejemplo, con ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco, ‘El coloso’ de Goya, el ‘Retrato de una niña’ de Velázquez, que es un pintor increíble, con Lucian Freíd, Holbein, Brueghel. Son artistas cuyos cuadros hablan por sí solos. A mí no me interesa el discurso teórico ni me creo en la obligación de tenerlo. Ni soy un psicólogo ni un psiquiatra. Pinto sin darme respiro, casi con un ritmo de hiperactivo, y necesito todo el día para hacerlo”.

Fernando Martín Godoy trabaja en acrílico sobre lienzo o en tabla entelada, por su versatilidad, porque le permite hacer veladuras, porque se seca rápido y porque puede ser tan cálido como el óleo. No utiliza bocetos, “mi boceto ya es la foto misma, pero a mí no me importa proyectar o calcar, que es algo que hacían Goya, Durero, Velázquez o el propio Leonardo. Hay gente que piensa que calcar es un demérito, como si luego pintar fuese fácil. Me impresionó mucho el libro de David Hockney, ‘El conocimiento secreto’, donde dice que un artista siempre tiene un aura de autenticidad o de magia. De chamán. La técnica está sobrevalorada, es importante, pero porque sabes hacer luego algo más. Creo en el talento, en la conciencia, en la inspiración. Yo elijo imágenes que me cautivan, siento que la luz me llama”.

Fernando Martín Godoy ha abandonado la ilustración, ha realizado varios libros con Gonzalo Moure, e intenta concentrarse por entero en la pintura. Ampliamente galardonado, ahora prepara exposiciones en Artesles y la galería Siboney, de Cantabria, y el año que viene expondrá en el Torreón Fortea.
08/07/2005 00:47 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

09/07/2005

ÁNGEL MATURÉN EN TARAZONA

HOMENAJE A MATURÉN EN SU TARAZONA DE LOS DÍAS FINALES

“Ángel Esteban Maturén fue un ser misterioso, que aparecía y desaparecía. Llegó a tener tres estudios abiertos a la vez. Como vivió tanto fuera de Zaragoza, en París, Sierra de Luna, Lanzarote, Logroño, etc., a veces se tiene una imagen distorsionada de él, pero prácticamente pasó por todas las etapas: por un periodo rompedor, por el arte conceptual, fue figurativo y abstracto, y poseía una espléndida mano para el dibujo”.

Así define Manuel Pérez Lizano al pintor Ángel Esteban Maturén (1949-2005), que es objeto de una retrospectiva en la iglesia de San Atilano de Tarazona, ahora denominada Espacio Cultural Ángel Esteban Maturén, que se inaugura este viernes a las ocho. Pérez Lizano es el comisario de la muestra homenaje y autor del libro-catálogo “Ángel Maturén (1949-2005). Vida y arte como acción”, que rebasa el centenar de páginas.

La retrospectiva consta de obras fechadas entre 1969 y 2005: 16 pinturas y dibujos, 6 cajas y un tríptico de nueve metros de una especie de vísceras. “En la muestra están desde su primer autorretrato de 1969, las abstracciones que hizo durante los años 70 hasta mediados los 80, la obra vinculada con el paisaje y el mar de su estancia en Lanzarote, donde recobró su pintura figurativa. También hay un dibujo sobre el tema erótico; el erotismo fue esencial durante su vida. Hemos incorporado algunos de sus últimas piezas sobre plomo”, señala Pérez Lizano, y recuerda que los amigos le advertían de la peligrosidad de esa práctica, “pero él seguía pintando así, como si nada, siempre con la ventana abierta, y realizaba cuadros de marcado dramatismo. También hay obras abstractas, a las que les incorporaba serpientes, esqueletos, elementos simbólicos relacionados con el mar”. Maturén adoraba la naturaleza; cuando estaba ya herido de muerte, pintó dos sabinas. Esos fueron sus últimos dos cuadros, su última mirada de paz antes del adiós.
09/07/2005 13:24 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

ARTIX, NUEVO ESPACIO CREATIVO

enfedaque.jpgAna Morellón y Juan Escós abren la tienda y sala Artix. Espacio creativo con el “objeto de acercar el arte a la gente, sobre todo obras de pequeño formato, a precios muy económicos”. El nuevo espacio dispone de dos plantas: en la primera, de unos 65 metros cuadrados, se instalan la tienda y un espacio para exposiciones; y arriba, en un altillo de unos 45 metros cuadrados, se han creado dos dependencias: una zona de lectura, provista de catálogos y revistas de arte; y otra para proyección de de vídeo-instalación, donde “está previsto que vayan pasando los creadores y realizadores de aquí, al menos en un principio”.

Artix contará con estanterías con ruedas y con una constante innovación de sus espacios. “Queremos hacer muchas actividades y eso ya lo vamos a demostrar desde la inauguración, que fue el pasado viernes ocho. De entrada, el colectivo de graffiteros Leit Motiv ha pintado el exterior del local; Inma Parra realizará un pequeño huerto y El Pez realizará una performance con una niña que intenta pescar distintos objetos”. La primera exposición de Artix contará, además, con distintas obras de armando tixeras, Gerardo García y Sera Balasch, Helena Santolaya, Jesús Bosqued, María Ángeles Cuartero, María Enfedaque, Paloma Calvo, pierre d. la, Raúl Navarro, Susana Vacas, Zomba y Pilar Perla, artista y coordinadora de “Tercer Milenio”. Sergio Algora se encargará de agitar canciones y sonidos.

Artix tendrá obra de fondo de artistas como Carmen Molinero o Paco García Barcos, éste a partir del otoño. “Queremos contar con un poco de toco: cuadros, fotografía, escultura, instalaciones, y queremos que la gente siempre se lleve alguna cosa aunque no compre nada. Por ejemplo, ya hemos empezado con un conjunto de marcapáginas que han diseñado ilustradores como David Guirao, Álvaro y Miguel Ángel Ortiz o Helena Santolaya, entre otros”. Artix. Espacio creativo está ubicado en la calle Pedro Liñán 9, muy cerca de la Casa de las Culturas.
09/07/2005 14:03 Enlace permanente. Hay 9 comentarios.

HISTORIA DE ALFREDO CASTELLÓN

platero_jpg.jpgENTREVISTA CON EL ESCRITOR, DIRECTOR DE CINE Y REALIZADOR DE TVE

Alfredo Castellón frisa los 75 años y ultima varios libros de relatos y de aforismos. Confiesa que ahora recorre algunas imágenes de su infancia: un bosque de naranjos, algunas ciudades, un colegio y de alumnos que hablaban mal castellano. Y en esa evocación, que adquiere en sus cuentos las formas de los recuerdos inventados, distingue a su madre Isabel Molina, que “era muy guapa, que se casó joven, a los 17 años, y no sabía nada de nada: tenía que llamar a su madre hasta para cocinar”; distingue a sus hermanos, Maribel y Antonio, ya finado y experto en teatro, y a su padre, “muy comprensivo y tolerante con su guapa y jovencísima mujer”, un hombre que se hizo a sí mismo: estudió en la escuela de Morés, se hizo contable, trabajó en los Loscertales y al final se independizó y abrió un almacén de maderas. Los recuerdos transitan de Zaragoza a Barcelona, y de ahí a Burriana, a una masía cuya puerta visitaba el mar con su oleaje desvanecido. De entonces, conserva instantáneas casi terribles: un delfín muerto sobre la arena, las zanjas interminables en el arenal donde arrojaban a los muertos, cubiertos con cal viva. Finalmente, en medio de la hecatombe, los Castellón Molina volvieron a Zaragoza.

-Mi padre –dice el director de “Las gallinas de Cervantes”- no era un hombre de estudios, pero leía mucho, sobre todo libros de aventuras: Emilio Salgari, Blasco Ibáñez y algún libro de Nietzsche, en particular “Así habló Zaratustra”, que era muy popular. Creo que mi afición a viajar, que ha marcado toda mi existencia, nació de mis lecturas de Blasco Ibáñez. Me atraía la fantasía, y la encontraba en las páginas donde nadie la veía.

-Usted estudió en los Jesuitas.
-No era un buen estudiante, aunque sí capitaneaba las aventuras de varios grupos. Improvisábamos juegos en los campos, robábamos fruta, apedreábamos gatos, las típicas estupideces de los niños.

-¿Y el cine, cuándo empezó a interesarle?
-Tarde. Pero tuve un auténtico golpe de suerte: mi tía Carmen, hermana de mi madre, pasó a ser la taquillera del Monumental Cinema y me facilitaba las entradas gratis. Eso sería alrededor de 1942. Más tarde, con otros amigos, empecé a frecuentar otros cines, y las películas se convirtieron en un auténtico tesoro.

-Hablemos de esos amigos que tanto lo ayudaron en su formación, en su crecimiento.
-Son muchos. Pienso en Juan Antonio Pérez Páramo, era melómano y sigue siéndolo. En casa de sus padres descubrimos los libros de la editorial Losada, obras de Neruda, de Sartre, que nos abrieron un mundo diferente. También estaba Fernando Alonso Lej, que fue atleta y luego un magnífico cardiólogo, Ángel Anadón, Alberto Portera, Mariano Barrachina, que ejercía de entrenador, López Zubero. A casi todos nos interesaba mucho el deporte. Practicábamos atletismo (tengo algunos títulos de Aragón) y el baloncesto. Recuerdo algunos viajes con el equipo a Madrid, a París y a Pau, la vida en las pensiones, etc., y la pasión que tenían todos por la música clásica. Eran deportistas realmente cultos. Miro hacia atrás y veo un concurso entre Alberto Portera y Fernando Alonso Lej para adivinar si lo que sonaba en la radio era Mozart, Beethoven o Schumann. Nada que ver conmigo que era un auténtico salvaje e indocumentado.

-¿Quién más había por ahí? Creo que usted frecuentó también el Niké...
-Claro. En los primeros años. Estaba el fotógrafo Joaquín Alcón y sus amigos. Federico Torralba, Antonio Sarriá, algo mayor que nosotros, y Eduardo Fauquié, que era algo así como nuestro instructor musical. Nos dejaba los discos y era muy generoso porque también nos organizaba sesiones musicales en su casa. También estaba el librero Inocencio Ruiz Lasala, donde íbamos a comprar libros muy baratos; a veces, si no te llegaba el dinero, te los prestaba por unos días. También compraba mucho en Allué.

-Usted no fue un estudiante demasiado ejemplar, pero se matriculó en Derecho.
-Y lo hice aquí, en Santiago y Oviedo. Siempre recordaré una llamada de mi padre para recordarme que se me acababan los plazos de matrícula: estaba yo en la playa de Torredembarra, con una tienda de campaña, tomando un arroz con lapas. Era una etapa en que hacía mucho deporte, no sólo en atletismo, entrenábamos en la plaza de los Sitios, sino que iba a la montaña con Montañeros de Aragón.

-¿Qué le pasó por la cabeza para matricularse en la Escuela de Cine en 1954?
-Recibí una llamada de Pepe Pérez Gállego, con el cual viajé mucho a París, y me dijo que se había exámenes para dirección. Me fui a examinarme con otros 100 candidatos. Aprobamos sólo seis: Carlos Saura, Julio Diamante, Ángel Fernández Santos, Ramón Zulaika, Juan García Atienza y yo. Recuerdo que Eduardo Ducay me prestó el “Kulenchov”, me lo copié a mano, era una edición latinoamericana, y logré aprobar. Entonces no había fotocopiadoras ni nada. Me instalé en el colegio mayor Cardenal Cisneros; en realidad yo quería pasar un año o dos viendo cine en Madrid.

-Además, usted tenía deseos de ser escritor, ¿no?
-Desde luego. Publiqué en “Blanco y Negro”, en el especial de Navidad, en 1954 y 1956, los relatos “El ladronzuelo de estrellas” y “El árbol de Navidad”, ilustrados por Goñi. Se los enseñaba a mis amigos de Niké y a mis amigos los deportistas y no se lo creían. Pensaban que era un plagio o una broma. Pero seguí escribiendo, y por entonces, poco después de llegar a Madrid, establecí contacto con Miguel Buñuel, el escritor de literatura infantil de Castellote, que era un hombre bueno, generoso, un magnífico escritor, que había sido premio de poesía infantil de Doncel. Él también ingresó en la Escuela de Cine y fue expulsado a raíz de un enfrentamiento con Sánchez Bella. A raíz de eso, sufrió una auténtica metamorfosis: pasó de ser falangista a todo lo contrario, a posiciones de la izquierda. Nos reíamos mucho, y sentí mucho su muerte.

-Ya en el año 54 hizo su primer documental: “Nace un salto de agua”...
-Muy pronto, en aquel contexto de la Escuela de Cine, se formaron como dos grupos. Por un lado, estaban Diamante, Saura, que hacía magníficas fotos, y por otro Fernández Santos, Zulaika y yo. Yo, insisto, era un salvaje aragonés con intuición, pero ellos tenían un bagaje cultural importante. Ese trabajo me lo ofreció Saltos del Sil, empresa en la que trabajaba Santiago Castro Cardús, el hermano de Julio Alejandro. Intenté recoger cómo se construye un salto de agua en San Esteban del Sil, donde se masticaba la pobreza. Quise mostrar a la gente esa parte de Galicia fascinante y desconocida y los efectos de la mano del hombre.

-¿Qué sucedió luego? ¿No se fue a Cinecittá, a Roma?
-Ocurrió que Luis García Berlanga era muy amigo de Michelangelo Antonioni, que estaba rodando “Las amigas”. Me dio una carta de recomendación y se la llevé. Me quedé un tiempo de meritorio, y yo tenía que pagármelo todo, como hice también en diversas épocas en París, donde recogí papel con un carrito por las casas para un empresario catalán. ¿Le cuento una cosa?

-Diga, diga...
-Estuve en París en muchas ocasiones. Sobreviví como pude, con el papel, con otros trabajos, pero hay algo bonito: en esos viajes a la capital del Sena, Alberto Portera me dio algunos dibujos de Fermín Aguayo para que se los llevase a su nuevo estudio. Al final, me regaló un cuadro precioso de la época de “Pórtico”.

-Estábamos en Roma...
-En Roma trabajé de camarero, hice compañía y cuidé a ancianos, aceptaba todos los trabajos que me ofrecían mis amigos: Silivo Maestranzi, Peter Kubelka, el pintor vietnamita Tran Tho. Aprovechaba las pausas de rodaje para conversar con todo el mundo: con la montadora de Antonioni, Rosana, que me enseñó muchas cosas; con el operador de cámara, con la actriz Rosanna Podestá...

-Tenía usted fama de seductor. ¿Vivió un romance con ella?
-En absoluto. Ella estaba con su madre casi siempre, y una vez, una sola vez, tomamos el té en su casa. Conocí a Cesare Zavattini, que estaba muy informado de lo que ocurría en España y con el cine español, un amigo le había regalado el libro “Platero y yo”, que yo llevaría al cine en 1965. ¿Antonioni? Era un hombre que sólo estaba preocupado por el cine, por el montaje.

-Y por entonces, también conoció a otra persona esencial en su vida: María Zambrano.
-Sí claro. El encuentro con ella significó un gran vuelco en mi vida. Ella condicionó mi inclinación hacia la literatura. En el fondo, yo quería ser escritor y he terminado escribiendo. Me la presentó Diego de Mesa, y nos veíamos dos días a la semana al menos. Me enseñó a pensar, a amar la poesía.
09/07/2005 16:24 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

10/07/2005

EL TEATRO Y LA ARQUITECTURA EN ZARAGOZA

Teatro-Principal-Zaragoza.jpgRELECTURAS / APUNTES DE CINE Y TEATRO (XII)

Amparo Martínez Herranz (Zaragoza, 1966) empleó una década de su vida en redactar una atractiva tesis doctoral, dirigida por María Isabel Álvaro, sobre “La arquitectura teatral en Zaragoza”. Esa investigación ha dado lugar a múltiples artículos y a tres libros: “Los cines en Zaragoza, 1896-1936” (Ay. de Zaragoza / IFC, 1997), la monografía breve pero enjundiosa “El Teatro Principal” (Ay. de Zaragoza, 1999) y ahora, propiamente, “La Arquitectura teatral en Zaragoza: de la Restauración borbónica a la Guerra Civil (1875-1939)” (Institución Fernando el Católico), un proyecto repartido en dos tomos: el primero es una historia del teatro, los locales y los usos teatrales en Zaragoza desde los orígenes de la ciudad, pero sobre todo desde el siglo XV, hasta la Guerra Civil, y el segundo recoge la historia de los teatros desde 1875 hasta 1939.

“He intentado hacer un recorrido por la historia de los edificios sin perder el contexto social en que nacieron ni la sociedad que los acogía. Y aquí se habla de actores, empresarios, arquitectos o escenógrafos”, dice Amparo. El libro aborda la evolución de las tipologías arquitectónicas, las formas artísticas que van desde el Barroco y el clasicismo hasta el modernismo y el eclecticismo, o los materiales de construcción, pero también se habla del desarrollo de las formas estéticas: desde el corral de comedias al modelo de teatro a la italiana, desde la posterior irrupción de los salones y circos hasta los cafés-teatros y “la influencia recíproca del teatro y el cine”.
El trabajo de Amparo Martínez, como es frecuente en sus libros, está lleno de erudición, de curiosidades, de historias menudas. Por ejemplo, en el primer volumen, recuerda cómo La Seo era escenario de funciones litúrgico-teatrales en el siglo XV, uno de los hechos más importantes era la procesión del Corpus Christi; otro escenario básico era la Puerta Cineja, donde se representó en 1533 una función sobre Santa Engracia de Fernando Basurto ante la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V. El tercer espacio fundamental, que ya se remontaba al siglo XIII, era la plaza del Mercado, donde se efectuaban juegos, torneos, ajusticiamientos y montajes dramáticos.

Ya en el siglo XVI, Zaragoza contó con tres Casas de Comedias: el Corral de Farsas de la calle Alcober, de efímera vida, se fundó en 1584, apenas se mantuvo un lustro abierto y recuperó su actividad en 1787; el Corral de Comedias del ayuntamiento, que estaba en activo antes de 1584, a pesar de su ubicación idónea “sus condiciones materiales eran bastantes malas (...) Se trataba de la habilitación de un viejo corral como espacio teatral. El tercer espacio fundamental era la Casa de Comedias del Comedias del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, que se quemó en 1878, y daría lugar indirectamente al Teatro Principal, levantado en 1799. La nueva Casa de Comedias iba a ser provisional, por eso se le encarga a un tramoyista como Vicente Martínez, que había trabajado en Barcelona y diseñó el espacio del escenario y de la tramoya”, subraya la autora. Fue Amparo Martínez quien descubrió un error: durante años se había pensado que el Teatro Principal –que pasó a llamarse así al convertirse en el “principal” de una ciudad que contó hasta con 17 teatros- era del arquitecto Agustín Sanz, pero ese proyecto, pagado y todo, lo bloqueó Godoy, “el príncipe de la paz”, en Madrid, en un tiempo en que prohibían los espectáculos, ser actor tenía “algo de castigo divino y el teatro era casi una actividad inmoral”.

Felizmente, los ilustrados rompieron con eso, con el Conde de Aranda a la cabeza. Entre 1878 y 1799, en la Lonja se ofreció teatro y lo que se recaudaba iba destinado a la financiación del futuro Teatro Principal. “Eso sí, lo de teatro provisional era una manera de saltarse los trámites burocráticos y la oposición de la Academia de San Luis y la explícita prohibición del rey. Desde muy pronto se convirtió en el espacio teatral. En 1928, el propio Fernando VII acudió a una de sus restauraciones que presentaba un estuco nuevo y una lámpara”. En el Principal no sólo se ofreció teatro, sino zarzuela, el teatro de magia, ópera italiana (gustaba mucho Giuseppe Verdi). Y por él pasaron muchas celebridades hasta hoy: desde Sara Bernhardt o Diaghilev, desde Arthur Rubinstein a Maurice Ravel. Y, tal como explica con minuciosidad Amparo Martínez, fue objeto de varias restauraciones de José de Yarza, Ricardo Magdalena, Miguel Ángel Navarro, Borobio y José Manuel Pérez Latorre. “El Teatro Principal creció como un ente biológico y puede decirse que lo terminó del todo José Manuel Pérez Latorre en 1987”.

*“La Arquitectura teatral en Zaragoza: de la Restauración borbónica a la Guerra Civil (1875-1939)”. Amparo Martínez. Institución Fernando el Católico. La autora trabaja ahora en un proyecto de investigación sobre los guiones de Luis Buñuel con Agustín Sánchez Vidal, y ultima una ambiciosa monografía sobre los cines de la empresa Parra de Zaragoza.
10/07/2005 21:16 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

11/07/2005

EL SASTRE QUE AMÓ A FAYE DUNAWAY

faye3.jpgEn el invierno de 1994 nos fuimos a vivir a La Iglesuela del Cid. Yo iba de mi ocupación más constante: marido de la médica. Rápidamente me enamoré del pueblo, habitado por poco más de 500 personas. Y allí, en ese lugar del mundo donde alguien dijo que palpitan los cielos más bellos del mundo, vivía Joaquín, el pregonero, el funcionario humilde del ayuntamiento, el conversador de taberna, el sastre oculto. Pronto nos hicimos amigos y supe de él algunas cosas: sus tentativas de amoríos, sin fortuna; alguna que otra visita a los burdeles en las carretera de Castellón o, lo que lo convirtió en un héroe ante mis ojos, su condición de hermano, y casi padre y a la vez hijo, de dos hermanas gemelas y ciegas. Una ya se había muerto hacía algún tiempo, y la otra finaría poco después de nuestra partida en 1999. Joaquín me invitó un día a su casa, que me pareció más bien oscura, y me enseñó su gabinete de sastre: era un cuarto reducido, con mesa, colgadores para la ropa, varas de medir, cintas, tijeras, tizas. Tuve la sensación de que acababa de penetrar en el cuarto del brujo sigiloso, del brujo postergado que la población desconoce. No recuerdo con exactitud si tenía patrones, pero sí había hecho trajes, tenía una modesta clientela que le pedía que le recogiese los pantalones, que le ensanchase una costura, que recortase una manga, y él todo lo hacía con prudencia. No quería que nadie supiese que aquella ocupación, una vez que había obtenido un modesto puesto en el ayuntamiento, le seguía dando algo de dinero para ir trampeando. “No digas nada a nadie, que yo cobro por agricultura”.

Desde ese día, Joaquín me ganó para siempre. Era mi amigo, casi un cómplice. Y me contaba todo, aquello que sentía que podía ser revelado y compartido sólo con una persona más. Me explicaba alguna historia de su hermana, que cocinaba para él, que dominaba la casa desde las tinieblas. Mientras, Joaquín hacía su veintena larga de paradas y anunciaba aquello de: “Para general conocimiento se hace saber que se venden pescadillas, mejillones y calamar en Casa Maruja”, o anunciaba que había venido el vendedor de lencería de Castellón, o el frutero de Cinqtorres. Joaquín tuvo un hermoso gesto, del que siempre le gustaba acordarse, pero no por soberbia sino para afirmar su cariño para la familia de la “tía medica”. En el verano de 1995 se nos quemó el Seat Ibiza rojo que teníamos en el centro de la plaza; había que comprar o cambiar de coche de inmediato, y como éramos tantos, se nos pasó por la cabeza adquirir una Nissan Serena.

Joaquín vino a casa al día siguiente de aquel incidente que sucedió en fiestas –el alcalde José Miguel Cruz se portó admirablemente: trajo el extintor de su coche y lo vació por completo- y me dijo: “En las eras tengo aparcado mi Renault Clío. Lo coges y lo usas como si fuera tuyo porque tuyo es mientras te haga falta”. Entonces yo trabajaba en “El Periódico de Aragón”, hacía la sección “En primer plano”, entrevistas de doble página los domingos, y bajaba mucho a Zaragoza y Teruel. Usé su coche. En apenas dos semanas, doblé los kilómetros que él había hecho en dos años: no llegaban ni a los dos mil, y le devolví el coche con seis mil. El día anterior a que nos entregasen la furgoneta, vine a Zaragoza a entrevistar o a presentar a alguien; de regreso, cuando dejaba atrás el pantano de Calanda, cerca ya de Mas de las Matas, salió a la calzada una cabra montesa y le di un golpe. Un golpe impresionante que hizo un importante bollo al coche. Bajé de inmediato, miré, rastreé un poco la calzada a ver si veía al animal. Ni rastro. Seguí conduciendo. Acababa de darme cuenta de que tendría que explicarle a Joaquín lo que me había ocurrido. Mostró ese gesto de sorpresa, pero no de reproche, y la prueba real es que jamás quiso que le pagase la pequeña avería: 50 ó 60.000 pesetas. Bueno, en realidad, ahora no me acuerdo bien de lo que ocurrió; sí sé que fuimos juntos al mecánico y que lo solventamos.

Al volver hacia La Iglesuela del Cid desde Villafranca me dijo: “No te preocupes, alguna vez tendría que llevarse un golpe. El coche ahí está, si tu mujer se lleva el otro a Cantavieja para las guardias, tú ya sabes donde está mi garaje de las eras”. Aquel gesto suyo lo hacía sentirme cerca de mí, mejor persona, mejor amigo de veras, porque yo no tardé en meterlo en un cuento de “Los seres imposibles” (Destino, 1998) y además junto a uno de los seres que más quiero en este mundo: una muchacha que aspira a ser actriz y que se llama Aloma. A él también le gustaba y me lo decía siempre: “Mi socia está muy guapa”.

El momento más memorable, más literario, que recuerdo de Joaquín se produjo durante el rodaje de “En brazos de la mujer madura” de Manuel Lombardero, que llevó al pueblo a Faye Dunaway. El obispo de Teruel se había negado a que se rodase en la ermita del Cid, y se produjo una revuelta curiosa. El primer día de grabación con la actriz, Joaquín estaba al quite. Vio la roulotte de Faye Dunaway, ella le sonrió, y se produjo un instante de atropellamiento. Joaquín llevaba las inmensas llaves de las dependencias municipales, quizá de la Casa Matutano, hoy Parador de la Iglesuela del Cid. Y en un instante de ofuscación del rodaje, superado por los gritos, las luces, el ajetreo de técnicos, etc., no se le ocurrió otra cosa que darle la llave a Faye Dunaway.

Me lo contó un par de veces, y la segunda, como si ya fuera consciente de la extravagancia de su gesto, me dijo: “Ella la cogió, la levantó en el aire y sonrió. Pensó que le estaba dando las llaves del pueblo”. Ella, creía Joaquín, había sido receptiva con su actitud, y la prueba es que en los dos o tres días que estuvo en el pueblo, estirándose la piel con toallas heladas de Casa Amada antes de entrar al set, siempre que lo veía decía: “My friend, mi alcalde”. Añadió Joaquín que “si no fuera por el inglés, aún podríamos haber festejado”. Joaquín no distinguió nunca del todo que aquel inglés era un actor, casado en la ficción con la actriz, pero no su amante ni su marido.

Vi a Joaquín hace algo más de un año en las jamonerías de Alejandro Centelles, con su bata, con las inmensas ganas de hacer cosas y contarme historias. Y de recordarme que un día una reina de Hollywood –la señora de “Bonnie and Clyde” o “Chinatown”, nada menos- le había sonreído y al hacerlo le recordaba que de él recibió las llaves del Maestrazgo, ese lugar donde el silencio habla, ese lugar del que acaba de irse para siempre Joaquín, el contador de historias, el seductor indomable, el pregonero, mi sastre inolvidable, el hombre bueno que quiso ser mi tío de América bajo el cielo más hermoso del mundo y me prestó su Renault Clío granate…
11/07/2005 01:16 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

JAN POTOCKI Y SU "MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA"

potocki.jpgSi hay un escritor raro en la historia de la literatura, ése es Jan Potocki (1761-1815). Y esa misma extrañeza envolvió y envuelve a su libro más célebre: “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, que empezó a bosquejar en torno a 1797. Entre 1804 y 1805 aparecieron unas pruebas de imprenta en San Petersburgo, pero hubo que esperar algunos años para que pudiese hablarse de ese texto y de un libro; en 1809, se publicaron fragmentos en alemán. Cuando se suicidó en 1815, el viajero, político y conspirador, científico y arqueólogo Jan Potocki, dejó muchos textos inéditos. Se relata una historia que parece inventada: cuando estalló la Revolución Bolchevique en 1917, se constató el rescate de una biblioteca que salió del país a lomos de una mula: pasó por Odessa, llegó a Marsella y París, y finalmente la colección arribó a una casona señorial en el medio de la Pampa. Un librero francés, un tal Plantureux, conoció este episodio y buscó la biblioteca y los papeles, que correspondían a Potocki. Años después, en 1958, el escritor Roger Caillois ordenó los materiales y logró publicar las catorce primeras jornadas de este “Decamerón” polaco, escrito bajo la protección del zar.

Jan Potocki realizó varias visitas por España. Unos dicen que dos, y otros tres. José Luis Cano, que fue el primer traductor al español, primero para una revista y luego para Alianza, habló de dos. En la última y tercera, según cuenta César Aira, que defiende una ulterior estancia, visitó el taller de Goya y Vicente López. El artista de Fuendetodos le hizo seguramente dos retratos, aunque hay uno que da la vuelta al mundo y figura en la vasta colección de cuadros atribuidos al maestro. Se sabe con certeza que estuvo en Barcelona, Madrid y Andalucía, que era una de sus pasiones, hasta el punto de que lucía sombrero andaluz, escribió el libro “Los gitanos de Andalucía” (fue estrenado y representado en el castillo de Enrique de Prusia en 1794), frecuentó los tablaos flamencos y era un admirador entusiasta de las mujeres morenas del sur. En ningún sitio consta que estuviese en Zaragoza: hay vagas alusiones a sus tránsitos que podrían sugerir su permanencia episódica, pero nadie se atreve a decirlo a pesar de que la advertencia de su libro empieza así: “Participé del asedio a Zaragoza en mi carácter de oficial del ejército francés. Pocos días después de la toma de la ciudad, caminando por un barrio un tanto apartado, encontré una pequeña casa bastante bien construida, que en un primer momento creí no visitada por ningún francés”.

Quien nos habla bajo el artificio del manuscrito encontrado es Alfonso van Worden, capitán al servicio de Felipe V, que constituye uno de los personajes claves de este libro de libros, de este manantial de relatos, de este retrato entre pintoresco, fantástico y escrupulosamente realista de aquella España, en la que Potocki se sumerge en 1809, si hacemos caso de la nota portical. A este personaje lo conocíamos bien porque es una figura clave de las catorce jornadas publicadas hasta ahora, pero su protagonismo se mantiene en mayor o menor medida en las jornadas rescatadas por el descubridor de la edición completa del libro: el italiano René Radizzani, que lo editó en 1989. Las nuevas ediciones, de Valdemar y de Pre-Textos, recogen 66 jornadas y cerca de mil páginas en letra más bien pequeña.
¿Qué es, qué quiere ser “Manuscrito encontrado en Zaragoza”? Siempre se ha dicho que el punto de referencia de partida debió ser “El Decamerón” de Giovanni Boccaccio. O los “Cuentos de Canterbury” de Geoffrey Chaucer, y quizá remotamente “Las mil y una noches”. En la primera jornada se dice: “En ese punto Zibbedea volvió a interrumpir a su hermana y le dijo...”. Es fácil detectar homenajes, coincidencias, esa misma pulsión por contar, ese gusto por narrar desde un lugar enigmático como Sierra Morena, con su inquietante topografía: Venta Quemada, la posada de los Alcornoques, las orillas del Guadalquivir, el árbol de los bandidos ahorcados, que entran y salen en la ficción como si formasen parte de la realidad y del espanto. Como si fuesen aparecidos. En otro lugar, se habla del empeño como “una historia de aparecidos”. En la Venta Quemada se reúnen las gentes y cuentan las historias de sus vidas o episodios laterales siempre en primera persona, con un estilo eficaz, rápido, seco, con una retórica justa, y un clima que no aburre jamás.

El libro tiene algo de laberinto constante, de clima sorprendente. En la primera jornada, asistimos a una levísima escena lésbica entre dos hermanas, Emina y Zibbedea, capaces de compartir “un marido para las dos” y de amar a un cristiano, y asistimos a un hecho inesperado: Alfonso goza del amor, duerme profundamente y amanece entre los dos ahorcados. Esa escena es toda una premonición o un aviso a navegantes. El travestismo y la homosexualidad están presentes a lo largo de la novela. Aquella España, que se debatía entre la exaltación romántica de los viajeros extranjeros y la invasión napoleónica, tenía muchos perfiles. Potocki se zambulle en ellos para desvelarlos. Los personajes cuentan y no acaban. Disfrutan recreando su existencia. A veces no les basta una sola jornada: el autor mezcla dos historias, las alterna y ambas avanzan con gran fuerza durante varios episodios. Así es todo el conjunto: está lleno de intuiciones y de sabiduría de autor, de tensión, de deslumbramiento estilístico, de personajes extraordinarios, de modernidad narrativa, de apuesta por eso que ahora está tan de moda como es la fragmentariedad.

Citaremos algunos porque de paso citamos la materia que se relata. Ahí está el endemoniado Pacheco, cordobés, amante de su madrastra, enamorado de la hermana de éste, que tiene alguna vinculación con la banda del bandido Zoto, cuyos hermanos Cicio y Momo son los colgados. En ese ámbito es lógico que se hable de una “posada invadida de fantasmas”, y que veamos que las dos hermanas Camila e Inesilla no son ajenas del todo al hecho esotérico (también participan de escenas lésbicas y de tríos amorosos), de “goces infames”, de ahorcados. Ahí están el blasfemo Landulfo de Ferrara o la impresionante historia de Rebeca, que es un cuento de terror gótico y de amores imposibles con Zulima y el joven mulato Tanzai; la muchacha gitana frecuenta a “los semidioses”, se refleja en los espejos y mantiene una relación inquietante con su hermano, que es un estudioso de las ciencias exactas.

En este capítulo de presencias científicas, no nos podemos dejar fuera al geómetra Pedro Velázquez, para el cual su padre sueña otros destinos. Sin embargo, su pasión por la geometría y la ciencia le lleva a inventar la ley del binomio y otros sistemas matemáticos. Su padre le quería enviar a la muelle vida cortesana y una de sus tías deseaba seducirle con malas artes. Se relata la historia del Judío Errante, que ocupa distintas jornadas, la de María de Tormes, la del jefe de los gitanos Pandesowne, pero también hay historias de inquisidores, de peregrinos malditos, de pesadillas, de anacoretas y demonios, cabalistas, magos, mujeres increíbles, forajidos, aventureros, políticos.

Es un libro que abarca todos los géneros. Y que es audaz incluso en el tratamiento del plagio: existen personajes que al recrear su historia están copiando textos ajenos, se basan en historiadores, cronistas, escritores. Potocki imita a Plinio el viejo, con lo cual se prueba que la intertextualidad ya estaba aquí. A Potocki lo copiaron muchos, entre ellos Charles Nodier, que no lo ha citado. Y la atmósfera general es más bien terrible, de apariciones y crímenes y disputas, de amoríos e inmoralidad, de brujería y pillaje, de esoterismo y de feroz realismo, de duende constante, de luchas más o menos soterradas entre judíos, moros y cristianos.

Las dos ediciones recientes son espléndidas. Presentan ligeras variaciones en la traducción. La de Valdemar ha sido vertida por Mauro Armiño (traductor, entre otros, de Rosalía de Castro y de Marcel Proust), y la de Pre-Textos por César Aira, que recoge la iniciativa de otro gran escritor argentino, José Bianco, responsable de la traducción que publicó Minotauro por vez primera en 1990 y que reeditó recientemente. Estamos, sin duda, ante uno de los libros más fascinantes de las letras universales, que lleva este título feliz: “Manuscrito encontrado en Zaragoza”. La lástima es que la acción no transcurra entre nosotros porque de hacerlo hubiese colaborado decididamente en nuestro imaginario aragonés.
11/07/2005 12:51 Enlace p