Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005.

01/11/2005

CONSEJOS DE ANTÓN P. CHÉJOV PARA ESCRITORES

20051101111443-chejov1.jpgUno de mis libros de cabecera desde hace algunos meses es “Sin trama y sin final. 99 consejos para escritores” (Alba Editorial. Edición de Piero Brunillo) de Antón P. Chéjov, uno de mis escritores favoritos desde hace años. He vuelto a leer hace poco el maravilloso cuento que le dedica Raymond Carver, “Tres rosas amarillas” (Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika). Lo abro al azar a menudo, como buscando aire de creación, como buscando una ráfaga de convicción, y leo:

 

 

“Escriba una novela. Escríbala durante un año entero, luego acórtela durante medio año y después publíquela. Usted lima poco, y un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado”.

 

 

Pero antes ha escrito:

 

“No pulir, no limar demasiado; hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento”.

 

 

Y dice también:

 

“Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera”.

 

 

O

 

“Nunca se debe mentir. El arte tiene esa grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina; se puede engañar a la gente, incluso a Dios; pero en el arte no se puede mentir".
01/11/2005 11:14 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

EL PODER DE UN RETRATO

20051101150553-chambi2.jpg

FOTOGRAFÍA VELADA*


Es siempre el mismo sueño;
abuela está
sin rostro ni cabeza en un foto.
Padre nos mira
desde aquella incierta edad
que da el vacío
y nos cubre la nostalgia.
¿Cuál es la luz que tirita
en esa imagen
donde se ve un corralito abandonado?
¿Cómo agarrar la nieve
que resbala
por la ternura agreste de esa estampa?
A veces, se cae el tiempo
y en la foto
suena la luz como un cántaro quebrado.
Entonces, te despiertas
con los ojos
llenos de frío. Y te habla aquel retrato.


De  “El humo de las viñas” (1998) de Alejandro LÓPEZ ANDRADA,
Incluido en la antología “La nieve en los espinos” (Algaida, 2004) .


*Desde hace años, recopilo textos –cuentos, notas de novelas, poemas…- en un archivador sobre la fotografía, sobre los fotógrafos, sobre una instantánea concreta. Tengo más de un millar de libros de fotografía, ayer mismo compré “La búsqueda.  La Mezquita de Córdoba”, un trabajo en blanco y negro de Alberto Schommer, con textos de Alberto Villar Movellan; la edición, magnífica, es de la Caja Provincial de Córdoba y me costó doce euros.  Encuentro este poema de mi amigo reciente Alejandro López Andrada y lo pongo aquí: me gusta su misterio, la evocación de una familia, la impresión de pérdida, el paso del tiempo… Paso la mañana redactando pequeñas notas sobre Antonio Durán Gudiol, Ángel Crespo, Ángel Gracia y Félix Teira Cubel; recibo la llamada de Mariano Gistaín, que está escuchando con absoluto entusiasmo “las jotas de Melero y Barreiro”, es tal su emoción y su desternillamiento que debe aliviarse con el moquero. Yo, en cambio, fiel al territorio de los orígenes, he oído varias veces a Carlos Núñez, en particular “María Soliña”, que me recuerda otros tiempos y otros templos cuando lloviznaba en Galicia. He pasado de Franco Battiato a Carlos Núñez y Jackson Browne, con su “Quinta Brigada”. Javier Burbano me dice que la cámara que anhelo, la D-200 de Nikon, ya está a punto de salir.

**Esta foto de familia es del gran fotógrafo peruano, de Cuzco, Martin Chambi. Existe un maravilloso catálogo suyo en Lunwerg al precio de 18 euros en gran formato. Es realmente extraordinario. Agustín Sánchez Vidal lo compró hace unos días en la FNAC.


 

01/11/2005 15:05 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

02/11/2005

VICENTE ALEIXANDRE Y SUS EDITORES DE ARAGÓN

20051102101220-aleixandre-1.jpg

En el libro Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas (1937-1984) (Pre-Textos, 555 páginas), con edición de Irma Emiliozzi, y transcripción de María del Carmen Martínez Pereira, se recoge esta epístola del 17 de abril de 1948 que habla de José Manuel Blecua como editor:


“Como novedad te diré que Blecua, en la colección de cuadernos ‘Las horas situadas’ me ha hecho una edición de lujo de mi poema ‘En la muerte de Miguel Hernández’. Ya lo he visto y queda magnífico, con portada, tres tintas, papel de hilo y gran formato. Creo que me van a regalar dos ejemplares (además del de mi suscripción) y entonces te mandaría uno para ti. Dámaso y José Luis están sucritos a la colección (el nº 3 es de Gerardo y el 4 será de Guillén).Tú debías suscribirte también (no te creas que es un sablazo: es por favorecer a Blecua, que se gasta un dineral. Se tiran 40 ejemplares de cada cuaderno nada más, y serán doce cuadernos). José Manuel Blecua vive en Cavia 4, Zaragoza”.

-El 26 de mayo de 1950, Vicente Aleixandre le escribía a José Antonio Muñoz Rojas a propósito de la edición de “Mundo a solas”, en la librería Clan del zaragozano Tomás Seral y Casas, con domicilio en Madrid:


“Se ha publicado Mundo a solas. La edición es de lujo. Como no te suscribas (y no te debes suscribir) no lo tendrás porque no hay ejemplares de regalo. Lo ha hecho la librería Clan y es bonita, francamente: grande y generosa. Sólo 200 ejemplares, con dibujos de Prieto y un retrato mío por éste. Este libro lo escribí en 1934-36, y siguió a La Destrucción, antecediendo a Sombra del Paraíso en varios años. Yo no pensaba ya editarlo hasta las Obras Completas, por no desorientar en la evolución del estilo, una edición para el público general; pero vino esta proposición de edición restringida y acepté”. Mundo a solas, publicado por Clan, recibió el Premio al Libro mejor editado en 1950.


Aleixandre publicaría después en Javalambre-Fuendetodos, la magnífica editorial de Julio Antonio Gómez, pero eso no lo recuerda en el volumen. Al menos no lo he visto. A medida que se hace mayor, escribe menos, poco más de una carta al año al gran poeta de Antequera, autor del delicioso libro de prosa poética, “Las cosas del campo”. También hay una delicada edición en Pre-Textos.

02/11/2005 10:11 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

04/11/2005

UN FRAGMENTO DEL LIBRO

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   Turisteando en Daroca

   Como no gasto reloj, cuando calculo que habrá pasado una hora, me acerco al almudí. Somos unos cuantos los excursionistas, más, sinceramente, de los que esperaba. Y aunque destacan los cortados por el mismo patrón  (pantalones cortos por encima de las rodillas, camiseta y gorra publicitarias, sandalias franciscanas o botas de tracking, calcetines blancos, gafas de sol de baratillo y cámara al cuello), el resto no pegamos ni con cola, y sirvan como ejemplo dos extremos inconciliables: el de un tipo con camisa y pantalón y botas de color verde-lejía, más gorra de un cuero que debió de ser negro, y el de una estilizada mujer cincuentona que lleva unos vaporosos pantalones de tela roja, que evidencian el cauce sinuoso y oscuro del tanga, y unos zapatos de tacón de aguja, el calzado más inapropiado que uno pueda concebir para subir y bajar las callejuelas darocenses.  La guía es una mujer que conoce Daroca, sus misterios y sus tesoros (algunos volatilizados, o guardados bajo llave eclesial), como la palma de su mano. Es un placer oírla, y seguirla.

    Empieza el itinerario monumental por el ábside románico, orientado hacia el este (por una mera cuestión de economía lumínica, que enseguida hay quien piensa en orientaciones esotéricas o cabalísticas), de la iglesia colegial de Santa María. Pero a la hora de entrar en la iglesia, surge un pequeño problema, y no porque el encargado de su custodia se empeñe en que acatemos lo que reza el letrero que hay pegado a la puerta: “Vas a entrar en un templo. Viste en consonancia con este lugar sagrado”. No. El problema es que, para que nos muestren los Corporales, tenemos que ser al menos veinte personas, y somos dieciocho. La guía se acerca a una pareja de ociosos que leen, o que hacen como que leen, el panel en el que se explica la superposición de estilos de la iglesia, y les pide por favor que nos acompañen cinco minutos, para que así podamos ver todos las milagrosas hostias sangrantes. La mujer accede encantada, pero el hombre baja la cabeza, y, como un asno,  la mueve a un lado y a otro, negativamente. Al final, se suman a la comitiva turística otros dos ociosos que aparecen por allí, así que ya estamos todos, qué bien. Me suena la cara del mendigo que hay a la entrada, pero ¿de qué? Ah, sí, es el tipo de la bicicleta, el de la mochila. Ya sabemos, pues, qué es lo que  esperaba.  

   La cicerone va desmenuzando la historia y el legado artístico de la iglesia capilla a capilla, y al llegar a la de los Corporales, hace una introducción antes de dar la palabra a una monja. La monja, que, antes de nada, nos previene de que estamos en un acto eucarístico, relata el milagro de los Corporales como si fuera una letanía. Y cuando acaba de referirnos la historia de la mula que trotó y trotó hasta caer “reventada” en Daroca, se mete detrás del retablo y accionando un mecanismo, hace que se abra el armario que contiene la antiquísima tela milagrosa. Mientras la monja sale de detrás del retablo, se arrodilla (arrodillándose con ella buena parte de los excursionistas) y comienza a rezar, recuerdo, inevitablemente, la excursión que hice de crío con el colegio a esta misma iglesia, a este mismo milagro (la historia se repite, vaya por dios). Sí que me debió de impresionar entonces el relato de las hostias sangrantes. Es, de hecho, un buen relato para impresionar a los niños. Al salir de la capilla, la monja se acerca a los que vamos más rezagados y nos dice: hay lotería de navidad, si les interesa.

*Dentro de unos días, la Biblioteca Aragonesa de Cultura, que dirige Eloy Fernández Clemente, publica "Frente al cierzo",  un libro sobre las ciudades aragonesas de Julio José Ordovás, autor del dietario "Días sin día" (Xordica, 2005).

04/11/2005 01:33 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

LA NOCHE DEL AVIADOR ERRANTE. LAS PALABRAS DEL EDITOR

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EL AVIÓN MISTERIOSO


1. Había salido a la calle. Ya era medianoche. Había oído cantar a The Corrs, cómo me gusta la voz de una de las cantantes, y a Diana Navarro, que interpretó “Sola” y lloró al recoger su premio Ondas como artista revelación. Llevaba entre las manos la revista “Letras Libres”, una de mis favoritas. Me habría gustado, me gustaría algún día escribir en ella, sobre todo por una razón: posee tanta calidad que te exige lo mejor de ti mismo para no desentonar. Se percibe que ahí no bastarían los malabarismos profesionales adquiridos; siempre veo en ella lucidez, hondura, otro modo de mirar, pasión por Latinoamérica. Sigo: la noche se había quedado suave de temperatura y silenciosa. Justa de luz, precisa en sus tinieblas. No había nadie. Abrí la revista y hojeé algunas páginas: el artículo de Juan Villoro, una nota sobre una fotografía de una pierna de mujer de Enrique Vila-Matas, una entrevista a fondo y acaso premonitoria con Juan José Saer, el argentino muerto hace poco y galardonado por Cálamo hace dos o tres años.


Y de repente, me fijo en la crítica de Félix Romeo a uno de los libros que más me han sorprendido en los últimos tiempos: “Ingenieros del alma” de Frank Westerman, que ha publicado Siruela. Ese libro, que es un ensayo, una biografía y a la vez casi una novela, narra la historia del escritor Konstantin Paustovski y de su narración “La bahía de Kara Bogaz”, que podría definirse como un viaje o un reportaje a la Rusia stalinista, preñada de referencias a otros escritores. Leía el texto realmente preciso de Félix cuando ocurrió algo increíble. Irrumpió un ruido, que fue creciendo en la oscuridad, que prolongó su gravedad y su lamento obstinado, que se acercó, que parecía sostenerse en el aire como un fantasma de metal.


Ya sé que el aeropuerto está cerca de Garrapinillos, de esta plaza que será la de José Ramón Arana en pocos días; ya sé que en la noche el ruido se percibe mejor, con su nitidez de chatarra, y sin duda sería eso, un avión nocturno que llegaba, que trenzaba en el aire ciego un aterrizaje muy laborioso. Estuve un momento casi estupefacto, no con temor, sino con extrañeza. Era como si viviese un sueño, era como si la noche y la plaza y la iglesia fuesen como algo ajeno a mí, como una representación tétrica que yo veía desde un ángulo ideal fuera del tiempo. El avión o lo que fuese seguía ahí, con su estrépito: percibí un movimiento, algo perturbador, casi aterrador. Miré hacia el cielo y al cabo de un instante, paró todo. Más que parar, creí oír ese motor que zozobra un instante, ajusta el ritmo de sus bielas y sus mecanismos con un espasmo agonioso antes de pararse.


No creo en ovnis. La perra estaba tranquila. Como si no fuera de este mundo. Nadie se atrevió a salir a las ventanas.


DE LA EDICIÓN, SEGÚN FRANCISCO PORRÚA


2. En “Letras Libres”, el periodista Ramón González Férriz (Barcelona, 1977) conversa con Francisco Porrúa, el gran editor de García Márquez o Julio Cortázar, entre otros, e introductor en el mundo hispano, a través de Minotauro, a J.R.R.Tolkien, Philip K. Dick, Ray Bradbury o Ballard. Y éste le dice algunas cosas que me interesan mucho:


-“Antiguamente, el editor era un señor que tenía dinero y al que le gustaba la literatura y también la amistad con los escritores… (...) A los editores, sobre todo a los grandes editores, no les interesa la literatura, sino ver el producto”.


-“La buena literatura, aunque se venda lentamente, con el tiempo siempre tiene lectores. Y todo editor que no espere enriquecerse con los libros va a seguir ese camino. (…) Y ése es el problema de los editores, de los editores de verdad, que se interesan por la literatura y que necesariamente tienen que interesarse también por las ventas. Y sí, es difícil encontrar el equilibrio en esa ambigüedad. Hay que tratar de lograr que alguien lleve las ventas con eficacia y poder dedicarse a la parte literaria, pero en la parte literaria uno no sabe en el momento de elegirán libro si es un riesgo o no, y hay que pensarlo, y eso no tiene demasiado que ver con la literatura”.
-“Más que la actividad, más que conocer escritores, más que estar siempre pendiente de lo que dicen los periódicos y demás, lo que el editor necesita es trabajo solitario”.


-“(…) Tengo la impresión de que cuando uno vive con una atmósfera literaria empiezan a producirse una serie de fenómenos que yo llamaría “la fuerza de los libros”. Los libros tienen una fuerza muy poderosa. Una mañana estaba yo escribiéndole una carta a la agente de Bertrand Rusell y no sé cómo en ese momento se me ocurrió preguntarle por El señor de los anillos en una posdata, aunque en realidad no estaba interesado en adquirir sus derechos, porque yo me dedicaba a una cosa diferente. Pero era un fenómeno raro que en 1971 no se hubiera publicado en castellano ese libro aparecido en el cincuenta y cuatro. Ella me contestó un mes y pico más tarde hablándome de Bertrand Russell y añadiéndome también una posdata: “Llama a Nicolás Costa”, me dijo. Lo llamé.  Y él me dijo: “Acabo de recuperar los derechos de El señor de los anillos” hace diez minutos. Los tenía una editorial que ha quebrado. Si los quieres son tuyos”. A mí en principio el libro no me interesaba, pero me pareció que aquello era una especie de dádiva, de modo que me los quedé. Y el libro se vendió bien”.


FRANCISCO PORRÚA, que acaba de crear un nuevo sello, Porrúa & Compañía, es gallego, nació en Corcubión (A Coruña) en 1922, esa villa de A Costa da Morte donde yo pasé algunas temporadas, algunos días, a principios de los años 80 cuando Darío Xoán Cabana traducía al gallego el “Cancionero” de Petraca.

04/11/2005 09:24 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

JACK RADCLIFFE NO ES UN INTRUSO EN CASA

20051104093530-alyson-radcliffe.jpgJack Radcliffe (Nueva Jersey, 1940) conoce los secretos de su oficio. Penetra con su cámara en los ámbitos cotidianos, crea un clima de confianza, incluso de confidencialidad, y dispara. Y así logra piezas magníficas, de composición oblicua en muchas ocasiones, que no quebrantan el pudor; piezas inscritas en el viejo y siempre fascinante género del retrato.

 

 

“De côté de chez de Jack Radcliffe” (que podría traducirse por “A la manera de Jack Radcliffe”) es el título de esta muestra, sugerida por la fotógrafa aragonesa Margarita García Buñuel y que coordina Carlos García de la Vega, que se exhibe en la Casa de los Morlanes (Calle San Jorge), la sala del Ayuntamiento de Zaragoza, cada vez más volcada con la fotografía. Son fotos, casi todas en 6 x 6, que respiran humanidad, vida ordinaria, atmósfera de realidad, normalidad, donde está presente el candor de la niñez y la adolescencia, el desgarro de la juventud, los ciclos vitales de una familia joven, y la proximidad de la muerte.

 

 

La muestra está dividida en cuatro partes y un pórtico; en éste, vemos obras recientes, en buena parte tomadas en Maryland hacia 2004, que tienen algo de compendio o, mejor, de iniciación de los cuatro apartados en que ha distribuido Jack Radcliffe esta exposición que puede verse como una antológica. Son piezas de enorme frescura, de parejas y niños, salpicadas en alguna mirada de una indecible melancolía. Destacan la composición, la ruptura de la frontalidad, el arte del encuadre, muy pensado y casi siempre impactante, incluso en el dibujo de texturas, de matices, de gestos, en el interés por los tatuajes.

 

 

El espectador recibe una impresión inmediata: Jack Radcliffe, quizá con mayor amabilidad, está próximo a la obra de Diane Arbus, especialmente en la serie “Lily White”, una compañía de drag queens que, según dice Margarita García Buñuel en un esclarecedor prólogo, le pidió al artista que la retratase. Aquí la huella de Arbus es evidente, e incluso algunas tomas de Weegee, pero Radcliffe posee pulso propio: hondura, expresividad, delicadeza en la captación del negativo y virtuosismo en la culminación del positivo, aunque la impresión final que se impone es la de cierta desolación y derrota.

 

 

La segunda serie está centrada en Alyson, la hija del fotógrafo norteamericano, desde su nacimiento, más o menos en 1980 (al menos así se data la primera toma de la niña), hasta 2004. Esa serie, de más de una veintena de fotos, es como una película: Alyson transita por la niñez, la adolescencia, arriba a sucesivas etapas de juventud con amigos y novios, con los primeros cigarrillos. De nuevo, como si fuese un rasgo que ha querido destacar, en esa travesía interior y exterior sobresalen la añoranza y la búsqueda. Es fácil pensar en algunos fotogramas de la película “Al final de la escapada” de Godard, con Jean Seberg (a veces, Alyson tiene un aire a Seberg y también a una muchacha irlandesa) y Jean-Paul Belmondo.

 

En “Isbert”, fotografía la intimidad de Beppi y Steven, con amigos, niños y familiares. El ojo amigo de Radcliffe se toma su tiempo y capta la expresividad de los niños, la apacible mirada de los padres, los instantes muertos en que se disfruta de un cigarrillo en un ámbito de paredes desconchados, casi de los 70.

 

 

Para el final, en poco más de media docena de obras, ha dejado Radcliffe la terrible vecindad con la muerte. En “Hospice” se ven enfermos terminales, enfermos de sida, personas recién operadas cuyo destino está escrito en su rostro o en las huellas de su cuerpo. Es inevitable pensar en el fotógrafo y escritor Hervé Guibert, que fotografió sin autocompasión su inexorable final. Aunque las imágenes son terribles y te dejan el corazón herido, Radcliffe usa una ternura especial, y suministra a sus fotos siempre conmoción y verdad.

*La foto es de su hija Alyson.

04/11/2005 09:35 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

05/11/2005

PEPE CERDÁ, DE BODA EN ROMA

20051105193724-pepeenroma.jpgPepe Cerdá, en las escaleras de Bernini de la Embajada de España ante
la Santa Sede, cuando se dirigía al banquete de la boda de su amigo José Antonio Gabriel.
05/11/2005 19:37 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

25 AÑOS DE AMOR Y DAÑOS COLATERALES

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Fuimos anoche, Carmen y yo, y muchos otros amigos, al pase de “Iberia”, la última película de Carlos Saura, que no es exactamente una película al modo de “Carmen”, “El amor brujo” o “Bodas de sangre”, sino un conjunto de actuaciones grabadas / rodadas a la manera de Saura, con su peculiar sentido de la escenografía, su gusto por la luz de fotógrafo, su sentido de las sombras y los reflejos, su pasión por la música. “Iberia” tiene un aire de representación dentro de la representación que emparienta esta obra con su cine musical, pero aún más con sus películas más clásicas como “Elisa, vida mía”. Hay espléndidos momentos: la actuación de Miguel Ángel Berna, el canto de Estrella Morente, la aparición de su padre, las dos intervenciones de Sara Baras, siempre fotogénica y artista, la fuerza de Aida Gómez. Hay otras cosas magistrales como –al margen del trabajo de Chano Domínguez, las dos temas que toma Rosa Torres-Pardo…- es todo el trabajo de banda sonora de Roque Baños, que resulta convincente y en muchos momentos preciosista sin dejar de ser hondo.


Por allí andaban muchos amigos, como Pepe Cerdá y Ana Bendicho, que han estado de una especie de luna de miel breve en Roma, con el pretexto de asistir a la boda de un amigo, y partían de nuevo hoy hacia París. Pepe es un romántico con coraza de escéptico. Tras “Iberia” nos dieron las doce, y con la llegada del nuevo día que empezaba en la medianoche, llegó el aniversario: Carmen y yo llegábamos a los 25 años de matrimonio civil. A esas horas, lo celebramos en un MacDonald’s. Fue aquél un ventoso día de noviembre, como ayer, en los juzgados de Zaragoza. El futuro médico y ya fotógrafo Miguel Ángel Reyes intentó eternizar el momento; Carmen llevaba una melena interminable y undosa y una trenka marrón, y yo un poco más de pelo, muy rubio aún, y otra trenka que me habían regalado Jesús Salvador, el gestor de Gelsa y primo de Carmen. A Miguel Ángel, en el momento de apretar el disparador, se le estropeó la máquina. Minutos más tarde, logró arreglar un poco su Yashica F-X3  e hizo un ademán de disparar de nuevo. El juez, Ceferino, creo que se llamaba, le dijo: “Espere, que repetimos”.


Los amigos que había eran casi todos de Carmen: estudiantes de Medicina, básicamente, sus hermanos y pocos, muy pocos familiares. Yo, entonces, apenas conocía a nadie: vivía solo en una buhardilla de San Blas, 138. Hubo alguien que prohibió a sus hijas que asistiesen a una boda civil, la primera de la familia en 1980. Eran otros tiempos y existía una intransigencia que ha vencido la realidad. No hubo comida especial, salvo unas tapas en los bares de la plaza de Santa Marta, creo recordar que gambas al ajillo en cazuela.


Ayer trasnochamos bastante. Y esta mañana había que levantarse temprano para ir con Diego y Jorge a jugar sus partidos. No pude ver ninguno por culpa de un laborioso reportaje y de mi mala gestión del tiempo (Diego ganó por 8-1; Jorge venció por 1-3), pero esta mañana, sonó insistentemente un timbre abajo. Me levanté, fui abrir y un mensajero traía un espléndido ramo de rosas. Un gigantesco y oloroso ramo de rosas. Dentro había una nota, de letra que yo reconozco bien. Decía: “Felicidades. De vuestros afortunados daños colaterales. Sara, Jorge,  Diego, Aloma y Daniel”.

*Ni somos nosotros ni es Zaragoza. Esta foto del beso en París también es de Robert Doisneau.


05/11/2005 19:46 Enlace permanente. Hay 22 comentarios.

06/11/2005

"IBERIA": CARLOS SAURA, BERNA Y OTROS BAILES

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Carlos Saura (Huesca, 1932) presentaba el viernes, en un pase especial en el cine Cervantes, su última película, Iberia, basada en la obra de Isaac Albéniz, en compañía del bailarín aragonés Miguel Ángel Berna. Saura recibía a los periodistas uno tras uno, durante quince o veinte minutos. A mí  me tocó al final, tras Roberto Miranda, el maestro de nuestro oficio al que estos días no dejan de llorarle los ojos. Saura me firmó el libro Flamenco, un volumen de Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores de las fotos que tomó para sus películas y en los inicios de su carrera como fotógrafo: “Para Antón Castro de su siempre amigo Saura”. Hizo una especie de busto de mujer con grandes pechos, que se salían del cuadro, y agregó una figura, tal vez de bailarín o fotógrafo al fondo. También me firmó el enorme cartel, encima de la cara de Sara Baras.

 

Hablamos un momento de su prólogo al libro Calanda, coordinado por Pedro Rújula, que redactó una mañana entre las siete y las nueve de la mañana, cuando estaba a punto de coger un avión e iba ausentarse por unos días en Canada, en Inglaterra, quién sabe dónde. “Siempre soy un desastre. Claro que recibí el libro y algunos detalles más, y estoy encantado”, A partir de ahí, explicó cómo había surgido esta película, Iberia, que definió como una “obra de música y danza, de luz y de escenografía, que he hecho yo mismo en esta ocasión, una obra de movimientos de cámara. Son cosas que siempre me han interesado. Al fin y al cabo, mi trayectoria ha avanzado por un camino paralelo al flamenco. Mucha gente piensa, porque he rodado varias películas sobre el flamenco, que sé mucho de él, pero en realidad sé poco”.

Carlos Saura intentó ser bailarín de flamenco, hasta que una bailaora lo vio moverse y le dijo: “Saura, dedícate a otra cosa”. También quiso ser fotógrafo, y aún lo es (está a punto de publicar un nuevo libro de fotos tomadas desde el tren y pintadas luego), ingeniero y, finalmente, director de cine. Hace algunos meses, en Mora de Rubielos, en un encuentro de casas regionales de Aragón en el mundo, vivió dos experiencias muy especiales: “Oí gritar por las calles ‘Viva Aragón’, cosa que me emocionó mucho, y luego asistí a un maratón final de jotas. Vi a las mozas bailar con tal entusiasmo, con esas ropas tan pesadas, con las enaguas, que casi se desmayaban al final. Había que aliviarlas con un abanico. Y yo me decía: ‘Cómo me gustaría llevar toda esa emoción y ese sentimiento al cine, pero con más sosiego’. Me acordaba mucho de mi hermana María Pilar, que bailaba la jota en casa. Además, mucha gente, algunos paisanos de Huesca y Zaragoza, me decían a menudo: ‘Mucho flamenco, mucho flamenco. ¡Ni que fuera andaluz! ¿Y la jota, qué? ¿Por qué no haces una película sobre la jota?’ Al final, he podido hacer un acercamiento con Miguel Ángel Berna”.


  Carlos Saura definía así al bailarín: “Me recuerda mucho a Antonio Gades. ¡Son los dos tan frágiles! Son como un pajarito que se vaya a romper de golpe. En el baile, Berna, como le ocurría a Gades, se transfigura. Es la magia de los grandes artistas. Crecen por encima de otros intérpretes, a veces más famosos. Tienen una aureola mágica, atesoran algo misterioso que destaca, y Miguel Ángel Berna posee ese don”. Carlos Saura y Miguel Ángel Berna comían el pasado viernes con el alcalde de Zaragoza Juan Alberto Belloch y con su equipo de cultura: Rosa Borraz y Michel Zarzuela, entre otros. El objetivo era hablar de un proyecto dirigido por Carlos Saura para la Expo 2008, donde Berna tendría especial protagonismo.
 

“No se puede adelantar mucho porque por ahora sólo son conversaciones, pero el proyecto giraría en torno a Francisco de Goya. Sería un gran espectáculo audiovisual con fotografías, con reproducciones de los grandes cuadros del pintor. Yo tengo en la cabeza mi película Goya en Burdeos: un montaje que estaría en la línea más épica de lo que fue la película, con el Goya joven y el Goya viejo de nuevo, donde sonarían la música de Boccherini, amigo de Goya, la jota aragonesa, los fandangos, la seguiriya manchega. Pero aún tenemos que hacer croquis, dibujos, culminar el guión. Sólo es un proyecto que me ilusiona”.


  Saura recordó que Iberia había surgido de un proyecto en torno a un documental sobre la pianista Rosa Torres-Pardo, gran intérprete de Isaac Albéniz. Aquello, tras hablar con el productor Álvaro Langoria, derivó hacia un espectáculo suspenso en dos suites interpretadas por la pianista, una banda sonora de Roque Baños -“que trabajó conmigo en Goya en Burdeos, Buñuel y la mesa del rey Salomón y Salomé. Es un músico impresionante, con una magnífica formación, también es director”, dijo Saura-, y las versiones musicales, “siempre muy libres”, de artistas como Sara Baras, Enriquey Estrella Morente, Manolo Sanlúcar, Marta Carrasco... “Me dije: ¿Por qué no voy a incorporar la jota aragonesa? Con esa idea y con ellos, creo que en Iberia me ha quedado un musical en estado puro, sin diálogos ni historia. Es la música por la música, del cante por el cante, del baile por el baile”.
 

Miguel Ángl Berna irrumpió de golpe en la entrevista y recordó algo que había dicho en 1999: “Trabajar con Saura era un sueño para mí”. Y añadió: “Es un maestro y un ejemplo a seguir. Pasarán los años y nos daremos cuenta de su valor. El flamenco le debe muchísimo”. Saura explica: “Lo nuestro fue un encontronazo. Hallé que él hacía en la música lo que yo hago en el cine. Él, en cierto modo, se adelantó porque intenta que la jota sea algo de acción, más moderno, no sólo una pieza folclórica de museo. La jota es el padre y la madre del flamenco, de la seguiriya manchega, de la sevillana. Hay una especie de relación misteriosa de fondo, y Miguel Ángel Berna en sus espectáculos pasa con mucha naturalidad de la jota al flamenco”.


  Carlos Saura tiene varios proyectos: uno sobre el fado, que tiene muy avanzado; otro sobre un grupo de danza en Brasil, y lo han llamado para que haga el rodaje allí; otro sobre el libretista de Mozart, Lorenzo Da Ponte, “es el que más me apetece, pero por ahora hay problemas de dinero. Giraría en torno al Don Giovanni, habría un homenaje a Casanova, a Da Ponte, al propio Mozart”. Pero ese sueño que sigue persiguiendo es su película sobre Felipe II,  cuyo guión ya está terminado hace tiempo, proyecto que ha vuelto a recordarle la novela La llave maestra (Suma de Letras) de su amigo Agustín Sánchez Vidal.

*Fotografía de Miguel Ángel Berna. Bailarín de Zaragoza que da vida a la parte sobre la jota en Iberia, junto a un grupo de niños bailarines.

06/11/2005 11:15 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

CALVO PEDRÓS: BELCHITE Y EL PADRE INVISIBLE*


Una de las cosas que más me gusta es conducir. Y, en concreto, conducir hacia Huesca, bajo la claridad de sus cielos, entre el llano y la montaña. Sin dejar el volante, sin dejar de mirar la luminosa transparencia, no dejo de hacer fotos mentalmente: aquel verde, aquella ermita que cuelga del monte, una casa cerrada con un muro de piedra coronado de hiedra, y siempre, siempre, la fuerza del celaje que anda a tumbos sobre las colinas. Aquella mañana llevaba compañía: Antonio Calvo Pedrós y su mujer Rosa. A Antonio lo entrevisté en varias ocasiones, tomo café con él algunas mañanas y habría dicho que lo sabía todo de él. Además de conducir, y de los placeres habituales, me fascina oír historias. Me encanta asistir a esa representación oral: el otro, el que cuenta, arma un discurso, levanta un mundo, desgrana un puñado de sensaciones y de recuerdos que son como una terapia o como una invitación al sueño. Y aquella mañana, Antonio estaba dispuesto a contarlo todo.
 

            Contó que había sido seminarista, que tuvo un hermano gravemente enfermo, que había formado varias compañías de teatro amateur y que, durante uno de los ensayos, se enamoró irremediablemente de una de las actrices: la misma mujer menuda que venía en el asiento de atrás, la mujer de agua y tenacidad que hubo de suplantarlo muchas veces en el estudio cuando él andaba de aquí para allá con un reportaje entre las cejas. Y contó, sobre todo, algo que me pareció espeluznante: el relato de su padre, que tenía tres carreras, que fue herido en el frente de Belchite, atrapado y trasladado más tarde a Codo, donde sería fusilado. Era asistente del general Varela y tal vez el único de su familia que pertenecía al bando nacional. Tenía treinta años y se había casado con un modista muy guapa. Cuando le anunciaron su muerte, la mujer, para lograr una pensión de viudedad, hubo de reconocer el cadáver. Le  enseñaban un día y otro día un montón de cuerpos acribillados, que a veces se completaban con extremidades ajenas. Tenía una cuñada que, ante aquella experiencia espantosa, le rogaba que dijese que era uno cualquiera. Ella se negaba una y otra vez, y seguía revisando los cadáveres. Al final pudo decir: “Éste es el cadáver de mi marido”. Le preguntaron por qué lo había reconocido y contestó: “Porque lleva las iniciales de su nombre en el calzoncillo, que yo mismo le bordé”.


             Reinaba un extraño clima de emoción y dolor. Pero en Huesca nos esperaba la felicidad. Por allí andaban maestros de la fotografía como Jordi Cotrina, autor de un magnífico libro sobre el Barcelona del “dream team”, y Antonio Espejo, un espléndido fotógrafo de “El País”, cuyas fotos había utilizado yo años atrás en los tiempos del suplemento “Imán” de “El Día de Aragón”. Recuerdo sus retratos de Juan Benet y Juan José Millás, especialmente. Me gustó el cariño con que trataron a Antonio, reconocían que él poseía un archivo increíble de documentalista de la realidad y que era un hombre que se había atrevido a mirar la vida sin ostentación alguna. Y cuando se inauguró la muestra “Antonio Calvo Pedrós. El temblor de la realidad”, Antonio habló lo justo, con una timidez absoluta. Optó por comentar las fotos casi en privado. Y entre ellas, en aquella fiesta del periodismo digital de Huesca, estaba una de Belchite, el pueblo que había retratado en múltiples de ocasiones en recuerdo a su padre. Era la única foto con alguna voluntad artística, talvez. Antonio Calvo Pedrós se quedó parado un momento ante ella y pensó en su padre, al que apenas llegó a conocer. Su padre, el soldado, el abogado, el intelectual, invisible a los ojos, seguía allí.

 

 

*El fotógrafo Antonio Calvo Pedrós lleva unas semanas enfermo, pugnando con un mal de riñón. Ha estado ingresado cinco días. He llamado a su casa, y Rosa, su mujer, su ángel tutelar, me dijo que estaba durmiendo. “Pasa muchas horas en la cama pero, como es tan bueno, apenas se queja de nada”. Seguro que se despertó para seguir el partido del Zaragoza en Madrid. Este texto ha aparecido en un volumen, coordinado por María Maícas y Fernando García Mongay, que ha publicado el Congreso de Periodismo de Huesca.
06/11/2005 18:16 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

07/11/2005

EL ALMA OSCURA, SEGÚN WOODY ALLEN

20051107005811-woodyallen-scarlettjohansson2.jpgEl tenis es determinante en la última película de Woody Allen. No tanto porque el director norteamericano, que nos regala una buena película al año (y el epíteto es el menor de los posibles), presente a un jugador fracasado que ingresa en la alta sociedad londinense al seducir a la hija de un rico empresario, sino por esa frase inicial, que se ilustra sobre una red de una pista de tenis, que recuerda cómo la vida en ocasiones, y aún la eternidad, depende de hacia donde caiga la bola. Esa misma reflexión será retomada en el desenlace final, por la vía de la parodia, cuando lo que cae dentro o fuera del Támesis es un anillo. Match point es una película que tiene momentos de comedia, pero es claramente un drama, una tragedia que se fragua, plano a plano, sobre la sensualidad y el deseo, sobre la ambición y la cobardía, sobre el afán de una mujer inocente, y con escaso sentido de la realidad, que desea ser madre.
         Jonathan Ryes Meyers encarna a un joven inteligente y audaz que escala lentamente una nueva posición social; Scarlett Johansson es una aspirante a actriz sin demasiado éxito, y novia del hermano de la amante del instructor de tenis. Los dos, que buscan situarse, que anhelan su golpe de fortuna y están a punto de cogerlo, viven una pasión torrencial, una atracción arrolladora que le sirve a Woody Allen para retratar la parte oscura del ser humano, las mentiras nada piadosas que llevan a encadenar pretextos en el aire. Y el protagonista se ve metido en un auténtico embrollo, del que saldrá de una manera inesperada, en un final espeluznante.
         Woody Allen ha vuelto a realizar una extraordinaria película. Sobre los sentimientos y el egoísmo, sobre la felicidad, las apariencias y la importancia del azar. La película está muy bien montada, el guión es inapelable, hay mucho diseño y evocación, hay una escena erótica espléndida en un jardín bajo la lluvia, aunque también se sugieren otras. Se sugieren sólo porque pronto la cámara se desplaza lejos; el voyeurismo de Allen siempre es contenido. Y hay una Scarlett Johansson espléndida y sensual, que despide magnetismo, sex appeal, misterio y fatalidad. La doctora Carmen Gascón, con quien vi la película, con ella y con nuestro cuatro hijo Jorge, que siempre compara a Woody Allen con John Ford y vence Ford, claro,  dijo que “el protagonista tiene unos labios muy bonitos, una boca muy atractiva, y una mirada intensa y perturbadora”. Para comérselo, ya se ve.
07/11/2005 00:58 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

OTROS LIBROS DE ANTONIO SÁEZ DELGADO, DESDE ÉVORA

20051107100922-pessoa.jpg

Antonio Sáez Delgado, al cual conocí en un viaje cervantino a Mérida, me envía algunos de sus libros. La Editora Regional Extremeña, un proyecto absolutamente modélico que dirige ahora Álvaro Valverde y que cuenta con la asesoría y el diseño del gran Julián Rodríguez, me hace llegar su estupendo libro: Adriano del Valle y Fernando Pessoa (apuntes de una amistad) (lo coeditó en 2002 con Libros del Pexe) donde Antonio sitúa la amistad entre ambos. Recupera sus fotos, sus cartas, algunos poemas que se cruzaron y realiza una atractiva labor de contexto, donde figuran otros autores y pintores, como el propio Adriano del Valle, que era poeta, mal editado aún, y pintor.


Antonio me hace llegar una pequeña selección de sus Poemas, aparecidas en una plaquette en Trujillo; Corredores de fondo (Libros del Pexe, 2003) y Te me moriste de José Luis Peixoto, en versión de Antonio Sáez. Corredores de fondo es uno de esos libros abiertos y frondosos que tanto le gusta redactar a autores como José Carlos Llop, García Martín, Javier Rodríguez Marcos, Martín López-Vega, Fernando Sanmartín o Julio José Ordovás. Posee una cuidada unidad temática porque gira en torno a la literatura en la Península Ibérica a principios del siglo XX, y por él lo mismo desfilan Carmen de Burgos, Ramón Gómez de la Serna (que debió conocer a Pessoa sin saberlo, que luego lo citó en “Pombo”), Ernesto Giménez Caballero o Cansinos-Asséns que Almada Negreiros, Pessoa, Mario de Sá-Carneiro, Eça de Queirós, y tantos otros, menos conocidos, que Antonio Sáez ha analizado y estudiado con respeto y cariño y con una erudición deslumbrante, como Botto, José Régio, Joaquim Manso. Desempolva títulos esquinados, sólo conocidos por alguien como él que ama con intensidad la relaciones de España y Portugal, y los libros y autores que las han forjado. También ofrece apuntes sobre viajeros como Lord Byron por Sintra, a la que definió como “glorioso edén, trono de la primavera y octava maravilla del mundo”.


Te me moriste es la traducción de un libro de género difícil, entre la confidencia, la (auto)biografía, el réquiem y la lírica en prosa: Morreste-me, de José Luis Peixoto (1974), con cuya primera novela Nenhum Ollar ganó el Premio José Saramago. ¿Qué es exactamente este libro? Prosa amasada con la tensión lírica, con esa intensidad y precisión, con esa dolorosa exactitud. El libro es un homenaje al padre que acaba de despedirse del mundo. Podría seleccionar muchos párrafos, pero me ha gustado éste especialmente:


“Era por la mañana y he dejado nuestra casa. He cerrado las ventanas y las puertas, la oscuridad; he cerrado las sombras. He buscado en el bolsillo, ancho como los suyos, y con las llaves que eran tuyas y son tuyas y que nos dejaste, he cerrado la puerta del patio con dos vueltas. He cerrado el suelo lleno de hojas que han caído por ti; los melocotoneros, obligados por la primavera, también llenos de ojos; he cerrado las ramas brazos de las plantas, calladas y pegadas a las paredes; el gallineros, las conejeras, el palomar, ya sin crías, vacíos; he cerrado la caseta de la ropa y el cercado de los olivos y el limonero que ya no da limonadas para merendar. He cerrado la puerta del patio y, en la camioneta, he salido. Nadie en las calles se ha percatado de mi paso, sólo la cal y el sol y las casas han permanecido en el lugar donde las hemos conocido tantos días. Y he ido deprisa, huyendo de las calles y de las casas; deprisa, al contrario que la otra mañana sin dormir en que nos hicieron ir despacio, contigo por última vez, despacio sufriendo el camino lento y gente gente entre nosotros”.

El final del libro es emocionante y sencillo: “Descansa, padre. Ha quedado tu sonrisa en lo que no olvido, te has quedado entero en mí. Padre. Nunca te olvidaré”. Apenas son 50 páginas que ha traducido impecablemente Antonio Sáez Delgado, cacereño de alma aportuguesada que deambula dos o tres días por semana en Évora e imparte lecciones de literatura, de elegancia de espíritu y de sueños.

*La ilustración es el retrato de Fernando Pessoa que realizó José Almada Negreiros. La revista "Poesía" les dedicó un espléndido monográfico a cada uno de los dos.

07/11/2005 10:09 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

08/11/2005

JUANJO BLASCO Y UNO DE SUS AMORES: SANDY DENNY

20051108102758-sandy-denny.jpgUno de mis viejos amigos de “El día de Aragón” es Juanjo Blasco, Panamá Panamá, uno de los grandes expertos de la música en Aragón. Profesor de inglés, lector de diarios deportivos, elegante bebedor de un poco de white label, tras los cuatro o cinco primero cafés de la tarde. Es un tipo muy british, que pronuncia admirablemente el inglés y que come casi siempre a solas en el restaurante “Los delfines”, que tiene pasión por Oscar Wilde y que usa un énfasis delicioso y casi teatral antes de empezar a contar sus fascinantes historias. Es un enamorado del boxeo (Clay, Sugar Ray Leonard, Evander Holyfield, Oscar de la Hoya, Julio César Chávez, “el guisante dulce” Pernel Whitaker, vencedor de Poli Díaz en 1991), y eso no le ha impedido hacer una estupenda biografía en inglés de Peter Hamill, un cantante que estuvo en una carpa en Zaragoza en un torrencial día de lluvia y que canta con una voz arrastrada y lenta, hacia dentro, como si viviese entre la desesperación, la hondura del enamorado furioso, la belleza estremecida del esteta de las cavernas. Canta cosas de Poe, o invoca su mundo, pero también de Shakespeare; su pasión es la bella Ofelia.

 

 

Juanjo Blasco Panamá Panamá es un tipo divertido y algo irreverente, sin dejar nunca de ser escrupulosamente educado. Acude siempre a encuentros sociales con viejos amigos que quieren recobrar los lazos con el pasado. Posee un espléndido sentido del humor, tanto que intentó recobrar en un programa de televisión a un lejano amor de juventud, al que previamente le había confesado su amor y su imposible olvido en una entrevista en un periódico. Conoce bien a los escritores ingleses contemporáneos, y disfruta como nadie con las historias de los Beatles y los Rolling, con John Renbourn, Renassaince o Maddy Prior. Ayer me llamó un instante, y me trajo un bello regalo: una caja de tesoros con cinco discos de la cantante Sandy Denny, la vocalista inolvidable de Fairport Convention (uno de los grupos mas admirados por Juanjo), cuyo primer cedé lleva un rato sonando. Sandy Denny, algo aficionada al alcohol, cantó, lo dejó, volvió, recobró su gran pulso, y un día, tras haber bebido un poco de más, tuvo un accidente terrible: se desplomó por las escaleras. Dijo a sus padres que no llamasen a nadie, que no pasaban nada, y se murió unos días después a consecuencia de la hemorragia interna.

 

 

Los dos, Juanjo y yo, sin decirlo, pensamos en la muerte de la bellísima Nico, que lloramos juntos hace algún tiempo en la redacción de “El día de Aragón”. Recuerdo que salió la foto por agencia y a alguien -¿fue Lola Ester?, no me acuerdo bien-, se le ocurrió romper la foto y así salió publicada. Sandy Denny, una espléndida cantante, enciende de nostalgia estas primeras horas de la mañana. Me fijo en la nota de Juanjo: “Un solo rey (celta). Una sola fe. Un solo Antón. Abrazos”. Durante años, Juanjo me saludaba al grito de: “¿Cómo el rey celta en el exilio?”.

 

08/11/2005 10:27 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

PREMIO PARA MARTÍN BUENO, PILAR CEA Y FIBERCOM*

El profesor Manuel Martín Bueno ha sido distinguido con el Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora en su segunda edición. El Premio a Jóvenes Investigadores ha recaído en Pilar Cea Mínguez y el Premio Aragón Investiga a Entidades ha correspondido, en esta segunda convocatoria, a la empresa FIBERCOM S.L.

El Consejo de Gobierno ha otorgado esta misma mañana unos galardones que han sido creados por el Departamento de Ciencia, Tecnología y Universidad con la finalidad de reconocer públicamente las contribuciones a la investigación básica o aplicada de los investigadores individuales, así como las labores de apoyo a la investigación y a la transferencia de conocimientos realizadas por entidades públicas y privadas. Los premios están dotados con un diploma acreditativo y un relieve que ha realizado el artista Fernando Malo, así como con 40.000 euros en el caso del Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora y 12.000 euros para el Premio Aragón Investiga a Jóvenes Investigadores.

En la Segunda Edición de los Premios Aragón Investiga, cuya entrega tendrá lugar el próximo día 1 de diciembre, los galardones han correspondido a:

Manuel Antonio Martín Bueno, Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora por su excelente trayectoria investigadora, que lo distingue como una figura extraordinariamente brillante en el ámbito de la Arqueología y Preshitoria de nuestro país. Martín Bueno ha dirigido un gran conjunto de proyectos de investigación, con un muy destacado alcance internacional.

El profesor Manuel Martín Bueno ha puesto en marcha en España especialidades científicas como la Arqueología Subacuática y la Arqueología Antártica. Por otro lado, ha consagrado una parte central de su actividad al descubrimiento y conservación del patrimonio arqueológico español, con técnicas cada vez más aquilatadas.

Profesor universitario no sólo en Zaragoza sino también en Córdoba y en León, Manuel Martín Bueno ha creado una escuela de arqueólogos entre los que destacan numerosos profesores universitarios y técnicos de diversas instituciones culturales. Es constante su aportación como ponente en congresos nacionales e internacionales y su presencia, como docente invitado, en universidades extranjeras.

Pilar Cea Mingueza, Premio Aragón Investiga a Jóvenes Investigadores por sus relevantes contribuciones en la preparación de nanomateriales. Es Doctora en Ciencias Químicas. Realizó su tesis doctoral en un tema nuevo abriendo camino en una línea prometedora, en el área de la química física (nanociencia) donde trabajó en la preparación de nanomateriales mediante el procedimiento "de abajo a arriba". Este es un tema multidisciplinar que le ha llevado a trabajar en campos muy diversos y con técnicas muy variadas, que incluyen la preparación de películas delgadas.

Sus aportaciones se han recogido en más de cincuenta prestigiosas revistas científicas internacionales y ha participado también en congresos internacionales. En 1999 recibió el premio de investigación de la Academia de Ciencias de Zaragoza.

 

FIBERCOM S. L., Premio Aragón Investiga a Entidades por sus actividades relevantes en la investigación. La trayectoria de esta empresa es fruto principalmente de la investigación, el desarrollo y la innovación. Su actividad se centra en el campo de la fibra óptica, apostando continuamente por una política empresarial de potenciar el esfuerzo en I+D tanto interno como en colaboración.

Fruto de esta estrategia ha sido la creación en 2004 de Aragón Photonics Labs S.L., como spin-off de FIBERCOM, S. L., para continuar en la línea de investigación "Analizador de espectro ópticos por difusión Brillouin y procedimiento de medida asociado", que es objeto de patente internacional, un avance tecnológico de alta significación.

Además de toda la investigación propia de la empresa, mantiene colaboraciones que se materializan en proyectos con la Universidad de Zaragoza, en concreto con los laboratorios del Parque Tecnológico WALQA, así como con el Instituto Tecnológico de Aragón.

También cabe destacar su cooperación a la formación de universitarios -aragoneses, europeos y americanos- mediante estancias en la empresa.

En la Primera Edición, los premiados fueron Julio Montoya Villarroya (Premio a la Excelencia Investigadora), José María de Teresa Nogueras (Premio a los Jóvenes Investigadores) y la empresa BSH Electrodomésticos (Premio a Entidades).

Fernando Malo, autor del relieve del Premio Aragón Investiga

Fernando Malo (Zaragoza, 1957) se formó en la Escuela Massana (Barcelona) y acumula diversos premios en su ya larga trayectoria profesional. Es Premio Internacional de Cerámica Contemporánea "Aragón 2001", Primer Premio Pieza Creativa VII Concurso Artesanía de Aragón. Además, ha realizado multitud de exposiciones individuales y colectivas así como trabajos de restauración en monumentos tan destacados como La Seo de Zaragoza, la Torre de la Magdalena, La Iglesia San Miguel de los Navarros, o el Palacio de la Aljafería.

Por lo que respecta al relieve realizado por Malo, se trata de una recreación artística inspirada en un astrolabio (instrumento para determinar las alturas meridianas del sol o de una estrella, que permite determinar la latitud de un lugar). Fue construido en Toledo por el artesano andalusí Ibrahim Ibn Sahli. Está datado en el año 1067 y se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). El diámetro del astrolabio real es de 24cm. La red lleva indicaciones para 24 estrellas. Entre otras, lleva láminas para las latitudes de La Meca, Medina, Jerusalén, Damasco, Bagdag, Almería, Granada, Córdoba, Murcia y Zaragoza.

 

*Noticia que acaba de remitir el Gobierno de Aragón y las agencias. Enhorabuena a los tres y a Fernando Malo por su excelente trayectoria en la cerámica.

08/11/2005 13:14 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

09/11/2005

JUAN CRUZ: AUTORRETRATO CON UN MAR DE AMIGOS AL FONDO

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Juan Cruz Ruiz (Tenerife, 1948) es un trabajador infatigable. Respira periodismo y literatura por todos los poros. Igual escribe entrevistas en profundidad, que retrata ciudades y el alma de sus moradores, que acota un perfil íntimo, amasado con un anecdotario que sólo puede conocer alguien que está muy cerca del retratado. O es capaz de esculpir en las ondas la humanidad envolvente de Leonor Watling a través de su sonrisa desarbolada. Pero, además, Juan Cruz ha desarrollado una obra literaria muy personal, suspensa casi siempre en el poder de la memoria. Creo que hasta tres títulos suyos llevan el sustantivo memoria en el título: “La edad de la memoria”, “El territorio de la memoria” o “Memoria de El País”, que es la narración más o menos secreta, más o menos pública, de un proyecto en el que lo ha sido casi todo, en el que sigue siendo un animador pertinaz, alguien con una curiosidad insaciable que parece vivir para contarlo luego y casi siempre en las páginas de ese diario. Publicó un delicioso libro de relatos infantiles y juveniles, “Serena” (Siruela), donde dos niñas, Serena y Robien, narran cuentos en una playa e intentan descifrar el misterio de vivir, la alquimia seductora de los relatos. Aunque quizá mi libro favorito de Juan Cruz sea “La foto de los suecos”  (Espasa Calpe, 1998).

Bueno, quiero decir que lo era, porque me ha encantado “Retrato de un hombre desnudo” (Alfaguara, 318 páginas). Con este título, que ya es una invitación a fabular antes de leer, Juan Cruz vuelve a firmar un libro muy personal, autobiográfico, un libro de un tipo que anda por ahí, como escindido, y que se llama Juan Cruz Ruiz. Es el libro de un escritor que parece llevar un cuaderno del mar, ese mar que le proporciona calma y sueño, invención y paraíso, y anotar en él todo lo que percibe, lo que recibe, lo que imagina. Además, de impresiones marítimas, de varios episodios de amor, elaborados con esa tensión con que se vive con alguien con el que te despiertas o al que buscas alrededor del mundo en cada hora, Juan Cruz evoca a Juan Marsé, narra la felicidad, sombra y muerte de Dulce Chacón, y además del dolor y el desgarro, de la perplejidad del adiós que se asoma de pronto y te deja presa del escalofrío, además de esa fatalidad que envolvió a la dulce Dulce Chacón –siempre recordaré su presencia en Albarracín en el mes de mayo anterior a su muerte: era la morena luz de la alegría-, esas páginas dispersas en distintos capítulos hablan de la amistad, del llanto inconsolable del amigo que pretende aliviar al moribundo y enmascarar su espanto.


Curiosamente, la muerte está muy presente en este volumen luminoso, rotundo de sentimientos, que se agiganta en ese laberinto (“Laberinto” se titula un capítulo del volumen) de cariño que edifica el autor página a página.: Juan Cruz habla de la muerte de Manuel Vázquez Montalbánen “Despedida en Bangkok”, o le dedica páginas muy sentidas a Juan Carlos Onetti, desaparecido en 1994, que tal vez sea el escritor que más le ha marcado tras Domingo Pérez Minik. La desaparición de su padre le permite releer y recordar el poema “A mi padre” de Jorge Luis Borges, incluido en el texto.


Pero también habla de Fernando Vallejo, de Julio Cortázar, de un instante doliente de su juventud cuando amaba a Ana Lisa y vivía en Cannes con Manuel de Lope. Por cierto, el autor habla de desdenes, de incomprensiones amatorias que recibió: de la propia Ana Lisa, “ella me hizo a un lado como si fuera una basura”, de otra mujer que le ama sin amor y le recuerda que cierre la puerta al salir. Juan Cruz escribe de muchas cosas, que atrapa cuando van de vuelo como una libélula, y desde muchos lugares, desde tantos que parece que tenga la doble o la hermosa y literaria facultad de ser ubicuo: igual viaja a la Costa da Morte que a México, igual evoca a un amigo de La Laguna que parte al año 1973 y rememora a otra enamorada llamada Sara, igual penetra en las motivaciones de un escritor que se retrata a sí mismo, con miedo ante el mar, “el mar de la pasión y la traición”, con un bolígrafo entre las manos garabateando palabras e historias que conformarán luego, hoy, este “Retrato de un hombre desnudo”.


Juan Cruz Ruiz, ese amigo lejano al que no he visto nunca, ofrece su intimidad al lector como si fuera una casa.

 

 

09/11/2005 10:22 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

10/11/2005

GAMBOA Y LA ENTREVISTA CASI IMPOSIBLE CON RIBEYRO

20051110014417-ribeyro.jpgDesde hace algunos años soy un asiduo seguidor de “El ojo crítico”. Ahora, en RNE, su casa perenne, lo emiten entre las 4.10 y las cinco de la tarde. Sólo lo cambio algunos viernes si está especialmente brillante Juan José Millás con sus relatos breves o en su aplicación de la “Gramática de la fantasía” de Gianni Rodari, y también para escuchar la alegría contagiosa de la mujer que mejor ríe en la radio: Gemma Nierga. Hecha esa salvedad, sigo a esa pareja maravillosa que forman Arrate Sanmartín y Juan Carlos Soriano, aunque ya casi conozco a todas las voces: Paz Ramos, María José Lertxundi, Javier Tolentino, Javier Lostalé, Mauro Armiño, Juan Tébar, Luis Antonio de Villena, el sabio de clásica Pérez de Arteaga o el bello timbre, ya familiar, de Modesta Cruz, dedicada ahora a la literatura casi por completo.

 

 

Hoy, Juan Carlos y Arrate conversaron con Santiago Gamboa (Bogotá, 1965), un buen narrador cuya voz, serena y nada enfática, da a entender que se trata de un tipo excelente, cuya existencia –ha vivido en Pekín, París, España y ahora en Roma- está preñada de aventuras y de amistades como Fernando del Paso o Juan Goytisolo, entre otros. De Goytisolo citó una frase inolvidable: “Nuestras raíces son los pies y los pies se mueven”, dijo Gamboa en torno a su condición de escritor errante.

 

 

Santiago Gamboa, que acaba de publicar “El síndrome de Ulises” (Seix Barral), centrado en un París menos luminoso de lo habitual (según dijo; por ahora no lo he leído ni lo he visto siquiera; se lo voy a pedir a mi adorada y desatendida Nahir Gutiérrez), contó una historia maravillosa. Dijo que cuando se fue a París, intentó entrevistar al gran escritor Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), y ciudadano misterioso donde los haya, acaso uno de los mejores cuentistas del siglo XX en castellano, pero Ribeyro siempre le decía: “Hoy no puedo, que estoy deprimido. Llámeme dentro de unos días”. Una semana o así más tarde, Santiago Gamboa volvía a llamarlo, y oía, con aquella voz entre lúgubre o de ultratumba del narrador cansado: “Hoy no puedo, que estoy deprimido. Llámeme dentro de unos días”.

 

 

Al cabo de algunas semanas, Santiago Gamboa consiguió un trabajo de profesor de clases particulares. Fue a la casa, más bien lujosa, y le indicaron la cocina donde podía fregar los platos. Se marchó indignado y enrabietado, pero aún tuvo arrestos para volver a llamar a Julio Ramón Ribeyro. Y éste, le repitió su mensaje: “Hoy no puedo, que estoy deprimido”. Santiago Gamboa, antes de colgar, acertó a decir: “Y yo también”. Entonces, Julio Ramón Ribeyro, le dijo: “¿Qué le pasa? Cuénteme”. Gamboa le contó y así logró hacerle la entrevista, entrevista que le abrió muchas puertas y que le permitió consolidar su escritura y contar esta maravillosa historia que yo ahora, de oídas, les cuento. Os cuento.

 

10/11/2005 01:44 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

ENRIQUE VILA-MATAS EN "ESTRAVAGARIO"

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Cojo muy empezado “Estravagario” de mi leído y libertino amigo Javier Rioyo. Habla con Enrique Vila-Matas, que está sembrado. Divertido, audaz: de una sinceridad abrumadora. El tema de conversación es “Doctor Pasavento” (Anagrama), su última y compleja novela, que parece cerrar una trilogía con Bartleby y Montano. Enrique dice que en los últimos tiempos se le han impuesto esos personajes, a la manera de Pessoa, como heterónimos. Como gente que está dentro de él, pero que no son Enrique Vila-Matas en modo alguno. Hay un momento en que Rioyo le pregunta por la polémica Marsé-Planeta-Maria de la Pau Janer, y responde sin arrugarse. Dice que Janer ha confundido la literatura, sustentada en una tradición que abarca a Rimbaud o Baudelaire, entre otros, con la vida literaria, que es todo ese mundo de los premios... Disculpó a Marsé y dijo, con esa sutileza laberíntica propia de Enrique, más o menos, que a la Janer le había pasado lo de aquel tonto que no sabe que es tonto. (A mí la Janer, que es una pija sensual e hiperactiva, me cae bien: no puedo evitarlo. Soy insoportablemente blando y leí la novela finalista del Planeta hace dos o tres años atrás, donde había algunos coitos a hurtadillas, en un voragionso jardín, muy prometedores). Dicho así, pero como lo hace el autor de Suicidios ejemplares o París no se acaba nunca.


Y Rioyo también le preguntó acerca de su interés por Jean-Paul Sartre y Elias Canetti, al que cita varias veces. Le reconoce a éste un mérito literario, evoca de pasada su única novela, y dice que el homenaje desvaído que se le ha hecho en Francia a Sartre ha probado, o ratificado, que no tenía razón en nada de lo que había dicho o hecho. Dijo que no le interesaba nada, nada de nada de Sartre. Insistió Enrique con ese humor de chico listo y pícaro al que se le escapa una boutade aparente, pero que sabe que está diciendo la verdad. En Zaragoza se está recordando estos días a Sartre, pero este señor tan contradictorio no parece representar a nadie. Vila-Matas rememoró su pipa en el café de Fiore casi como un espectro o un fantasma que lo representaba a él.


Enrique Vila-Matas también habló del querer y ser querido. Y dijo que prefería querer a que le quieran, aunque a nadie le amarga un dulce. Durante años, Enrique Vila-Matas fue mi escritor favorito, el escritor que quise ser alguna vez. Y el escritor de "Lejos de Veracruz", "Historia abreviada de la literatura portátil", "El pasajero más lento" o "Cómo acabar con los números redondos", quizá aún lo sea. Y ahora, cuando he descubierto que he perdido el duende la ficción, sigue siendo un autor esencial, de cabecera, un maestro y un amigo al que no he vuelto a ver desde “El mal de  Montano”. Él ha crecido como escritor; yo me he demediado como lector. Recuerdo sí algo que me resulta muy bonito y que me dará por un cuento: antes Enrique coleccionaba fotos de habitaciones de hotel donde dormía, y nos hicimos una en el Gran Hotel de Zaragoza, seguramente en la habitación donde durmió Ava Gardner. Con Enrique nunca se sabe. Dijo en una ocasión que sus padres lo habían concebido en el monasterio de Veruela. Lo dijo como una conjetura, pero acabará siendo verdad.


[Luego vi un poco a Eva Hache, que intenta levantar la noche, su noche de humor con el incuestionable encanto que tiene, pero aquí hay, en Cuatro. una enfermiza inclinación a la propaganda y a posicionarse deliberadamente ante la Iglesia o el PP, como si estuviese empeñado en dar razones viscerales al enemigo, porque al final el reportaje que se hizo, con toda la clave humorística que se quiera, sobre la manifestación de la LOE con el clero y sin el clero, tenía un curiosa mezcla de crítica, parodia y de propaganda del enemigo... Hasta, al hablar con Carrillo, se le invita a éste a que comente una frase de Federico Jiménez Losantos; y otra de César Vidal / Pío Moa. Además, se  está dando como una imagen falsa al país: hay otras vías, se puede estar contra Carrillo o cuestionarlo, no hay más que leer algunas páginas de "El País", y estar muy lejos de Jiménez Losantos y de otros, revisionistas o salvapatrias, o lo que sea. De política sólo sé que dudo. Por eso no voy a decir ni una palabra del Estatut. Me siento del mundo ancho y ajeno desde Zaragoza. Vuelvo a Cuatro: cuando se hacen bien las cosas, se tienen tantos medios, tantos profesionales magníficos, no es necesario recordar tantas veces al enemigo, que, por lo demás, estará encantadísimo: le invitan a crecerse, a hacerse fuerte en la otra trinchera, se le otorga una y otra vez carta de naturaleza y se le hace la publicidad gratis. Bien es cierto que cada uno alimenta sus paranoias como quiere… Y uno siente que es más  grande cuanto mayor es la grandeza, o la  pugnacidad, o la cerrazón, del adversario. Rodríguez Zapatero no es nada del otro mundo todavía, y se merece un puñado de críticas o enredos, incluso de su lado aunque sólo sea para disimular, y no por eso llegará el fin del mundo para España. Cuatro, por ahora, tiene un aire de familia de secta progre. Volví a cambiar, como el día anterior, a Buenafuente y aún es otro mundo, otra estética, otro humor. Por cierto, el sketch de Benedicto XVI metrosexual fue gracioso y poco hiriente; y el reportaje gamberro de Keké también tenía un buen pasar y muchas risas...]

10/11/2005 02:34 Enlace permanente. Hay 9 comentarios.

11/11/2005

F. MARIAS & CRISTINA CERRADA: DE LA LOCURA DE AMOR, DEL COTIDIANO AMOR

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Fernando Marías (Bilbao, 1958) y Cristina Cerrada (Madrid, 1970) llegaron a Zaragoza con la desarbolada fuerza del cierzo y con dos nuevas novelas en las librerías: “El mundo se acaba todos los días” (Premio de Novela Ateneo de Seveilla; Algaida) del primero y “Calor Hogar S. A.” (Premio de Novela Ateneo de Sevilla) de la segunda, ambas publicadas por Algaida. Las dos novelas presentan algunos puntos de encuentro: son dos historias de amor, defienden la importancia del argumento y la creación de personajes ambivalentes, tamizados por la contradicción y la angustia.


         Fernando Marías se encuentra en un gran momento. Desde hace tres o cuatro títulos, desde que nos conocimos en Zaragoza, en Tarazona y luego nos volvimos a ver en Toledo, me envia sus libros. El éxito de los premios distingue sus últimos libros. A finales de la primavera ganaba el premio Anaya de literatura juvenil con “Cielo abajo”, una narración situada en la atmósfera de la Guerra Civil, y más tarde se alzaba con el prestigioso premio de Sevilla. “Todas mis novelas son distintas. ‘El mundo se acaba todos los días’ es una historia de amor que viven y recrean dos personajes: Miguel Ariza, dibujante de comics, y la presentadora de televisión Amparo Sanz. El libro se sitúa en 2015 porque eso me permite hablar de la televisión del futuro, desmesurada, y a partir de ahí Miguel recreará con un discurso muy masculino la historia de amor hacia Amparo que empezó el 11-M, una fecha que marca una inflexión en la historia de España, y que me permite que vaya hacia delante. El hecho de que el presente se sitúe en 2015 crea inquietud, resulta extraño y perturbador”.


Marías narra el reencuentro entre los dos amantes, sobre todo cuando Miguel, encerrado en sí mismo, sabe que Amparo se ha retirado a un pueblo de la costa a morir, porque está enferma de cáncer y va a verla porque “quiero abrazarte por última vez. Lo necesito”. El libro alterna los recuerdos, recompone la pasión, rememora el libro “Televisión y sangre” que publicó Amparo y aborda una suerte de descenso a los infiernos de un hombre que vivió al límite de la autodestrucción. “En este libro hay muchos elementos autobiográficos: como el protagonista, yo llegué a Madrid con 17 años; tuve una complicada relación con el alcohol, que estuvo a punto de dejarme turulato. En cierto modo, en este libro hay muchas cosas de lo que soy y lo que hecho, aunque no participé de todo lo malo”.
Marías tiene que inventar dos voces que se interfieren y se complementan y el libro avanza hacia un final casi inverosímil, grotesco, trágico. “Hay muchas cosas que me gustan en la novela: cómo Miguel se queda fascinado con esa voz que desmaya las sílabas al final de cada frase, cómo la espía, como la da con ella mediante un contacto que parezca casual. El libro entonces es como una novela negra o de espionaje. Y ahí reflexiono sobre lo desvalidos que están los personajes públicos, en cierta manera este espionaje es una variante de aquella idea de ‘se puede matar a cualquiera’. Y hay muchas más cosas, claro, como esa reflexión sobre la televisión del futuro que premia la mezquindad, los delitos sexuales, incluso los crímenes. Es posible que sea a sí, aunque yo creo que eso no va a ocurrir, pero los novelistas tenemos que contar excesos”.


Fernando Marías, que siempre elabora mucho la estructura de sus novelas, se confiesa lector de James Ellroy, Cormac McCarthy, Albert Sánchez Piñol o Adolfo García Ortega, “que es el novelista español que más me interesa”. Dice, a modo de compendio de su novela: “Me interesan las historias desgarradoras. Tengo tendencia a que mis historias acaben mal, pero las historias que acaban trágicamente resultan más conmovedoras. Perturban más los personajes que acaban trágicamente; los seres trágicos, como los perdedores, son los que mejor funcionan”. Sin embargo, a veces cambia de registro como hizo en su elogiado libro: “Cielo abajo”. “Ahí me propuse jugar con las reglas de la novela clásica y épica de aventuras para lograr que al lector se le saltasen las lágrimas. Alguna gente me ha llamado y me ha dicho que le había ocurrido eso. Y estoy muy feliz”. Fernando Marías ganó el premio Nadal con “El Niño de los coroneles” (Destino, 2001) y antes el premio Ciudad de Barbastro con “La luz prodigiosa” (1991), que fue llevada al cine.


Cristina Cerrada (Madrid, 1970) había destacado hasta ahora por la potencia de sus relatos breves, influidos por la maestría de Raymond Carver. “Calor Hogar S. A.” es su primera novela. “Mis historias de amor son mínimas, no son épicas. No me preocupa que sobresalgan tanto los aspectos nobles o épicos del amor, como los más fallidos y azarosos”. Cuenta la historia de Víctor Ripstein, empleado de una empresa de climatización, que es abandonado por su mujer Diana, que ha sido como protectora constante, una madre, alguien que se encargaba de hacérselo casi todo. Al poco tiempo debe hacer un viaje de trabajo a Próspera, y allí conoce  a Abril, con la que entabla una relación que pone en juego muchas cosas: su identidad, el compromiso, la fuerza del amor, las contradicciones, la angustia.


“El viaje a Próspera es una metáfora de la vida misma. Víctor no quería cambiar ni crecer, pero a partir de entonces debe tomar decisiones. Abril es como un personaje antagonista y allí vivirá una especie de oasis amoroso ambivalente. Al principio Miguel era egoísta, no sabía moverse en el mundo, debía ser protegido, y ahí, en Próspera, para a cuidar de los demás”. Al inventar Próspera, Cristina Cerrada pensó en un pequeño pueblo aislado, lejano, muy visitado y muy frío de los Pirineos o de Teruel. Rinde homenaje al cine, en concreto a la película “Mogambo”, se habla de la pasión de Clark Gable hacia Grace Kelly y Ava Gardner, y explica que el cine es esencial en su novela, que está organizada como una sucesión de planos. “También es muy importante el diálogo. Hemingway es el maestro del diálogo, que tiene una fuerza tremenda, y el estilo directo que uso procede de ahí. Si un diálogo es bueno,  una novela puede ser admirable, pero si te confundes, el libro puede ser horrible y ramplón. Yo con la novela he querido plasmar la angustia del personaje, pero sin decirlo. Adoro la sutileza, la elipsis. Creo en el argumento, que para mí es vital, no me gustan las novelas que desprecian la peripecia, y soy una decidida partidaria de la magia de lo cotidiano. Escribo pensando en no aburrir”.


Aficionada la narrativa anglosajona, en concreto Richard Russo, Richard Ford (uno de sus libros favoritos es “Incendios”) o Tobbias Wolf, elogia espontáneamente la limpidez narrativa de Javier Tomeo o Ignacio Martínez de Pisón.

*La fotografía, impresionante en su justo formato, es de José Miguel Marco, fotógrafo de HERALDO.

11/11/2005 01:17 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

UNA APARICIÓN CUANDO NADA SE ESPERA DE LA NOCHE

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CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 32

Martín Mormeneo no había tenido un buen día, ni siquiera una buena semana. Pero al volver a casa, saliendo del garaje donde deja su coche mientras retrata la nueva Zaragoza, le ocurrió algo especial: primero vio un perro azafranado, tal vez fuese un cocker spaniel, siguió  la cuerda con los ojos, apenas un par de metros adelante, y se quedó deslumbrado. Aquella muchacha que avanzaba lentamente, aquella mujer que peleaba contra el cierzo de las once de la noche tenía un cuerpo maravilloso: el pantalón le ceñía bellamente desde los tobillos, las pantorrillas, los muslos anudados y tensos, el culo esculpido en piedra redonda por el aire glacial. Martín Mormeneo, que dispara incluso cuando no lleva la cámara, pasó a su lado en el coche y la miró con el descaro del asombro, de modo que ejecutó casi una provocación, una ofensa.

Si lo que había visto hasta entonces le había parecido magnífico, ideal para un reportaje de infinitas fotos,  lo que vio primero de escorzo y luego por el espejo lateral derecho, el retrovisor, le confirmó la agitación, la bella perplejidad de hallar una belleza deslumbrante cuando nada esperas de la noche. Aquella muchacha llevaba la cabeza cubierta con su gorro, tenía los pómulos salientes, la nariz idónea por cruzarla con otra nariz que se aproxima y besa; habría dicho Martín Mormeneo que aquella muchacha tenía un rostro gótico. Como el de Zhang Ziyi, una de sus actrices favorias. Hizo algo que no había hecho nunca: salió al Coso, volvió a la plaza de Salamero con la esperanza de verla un instante más con su can en los jardines. Martín Mormeneo apenas divisó el invisible rastro que dejaba por la calle fría. De una cosa estaba seguro: aquella mujer era un sueño, un lolita melancólica, Zang Ziyi que, como antes Uma Thurman o ahora Natalie Portman, se extravía desde el anonimato en Zaragoza.

11/11/2005 01:46 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

12/11/2005

ARAGÓN: EMIGRANTES E INMIGRANTES

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EL ARTE DE CONTAR LA VIDA*

La más fascinante historia del mundo es la historia de la vida misma, los avatares de una biografía llena de aventura, de pasión, de esfuerzo, de sueños, de viajes. Manuel Pinos y Javier Escartín, Javier Escartín y Manuel Pinos, lo sabían y se han aplicado, con un titánico esfuerzo de generosidad y de voluntad de conocimiento, en recoger vidas, en construir una suerte de novela abreviada y de contarla. O de recontarla con las palabras de los protagonistas en una suerte de monólogo y recuento provocado por el diálogo. Aquí no hay trampa ni cartón. Y así lo explican los autores: “Sólo hay personas que nos cuentan cosas”. Cosas que son los pasos y las huellas, almas al desnudo, cuerpos que avanzan contra viento y marea, gestas que ahora se vuelven visibles y que cobran una dimensión simbólica. Estos seres, en la novela de su vida, en la épica íntima de su memoria que se desmanda, cuentan, hacen acopio de acontecimientos, narran esas pequeñas conquistas de un espacio propio lejos de casa, en un país o en un territorio que en muchas ocasiones se encuentra en las antípodas de su identidad, de su cultura, de su clima, del sagrado lugar de sus antepasados. De ahí que se hable aquí del espejo: el espejo del recuerdo, el espejo de una tierra que acoge y asume, el espejo que refleja a los que se han ido y a los que han llegado con los que ya estaban, el espejo de tantas ausencias, el espejo que fija el espacio donde uno mora y donde se reencuentra tal vez para siempre.


 

         Javier Escartín y Manuel Pinos tiran de una madeja que es básica en la historia de la evolución del planeta: la emigración y la inmigración. Han elegido ese tema porque vivimos un momento en que se están produciendo intensas mudanzas de población, desplazamientos incesantes, un hermanamiento entre razas y actitudes, el desasosiego insoportable que producen la miseria, un futuro incierto, la ansiedad, la trágica revelación de la injusticia y la opresión. Todos buscan inexplorados espacios de libertad y de dignidad. Unos se dejan arrastrar por la fuerza de una quimera o el impulso del destino; otros siguen caminos que han trazado amigos, familiares o conocidos; otros sencillamente se sienten nómadas e inconformistas y procuran en otra latitud tierras de promisión. Todos buscan en la huida, en el éxodo, en la aventura. Y esa tierra, para muchos de ellos, para los “extranjeros” que aquí conversan y que representan a otros muchos, es Aragón, que siempre se ha caracterizado por su hospitalidad, su excelente recepción, su condición de puerto seguro de paz y convivencia (este proyecto está auspiciado por la Fundación Seminario de Investigación para la Paz), su mestizaje creciente de culturas y de civilizaciones. Pero también muchos aragoneses, por razones semejantes o porque el azar pauta la existencia y empuja como un ciclón incontrolable, han edificado su experiencia íntima en otro lugar: en Madrid, en Barcelona, en diversas ciudades de Latinoamérica, en Canadá, en países europeos, en los más inesperados rincones del universo.


 

         La fuerza del libro se evidencia en cualquiera de sus páginas, en cada entrevista. La fuerza de la vida restalla en cualquier frase. Hay emoción constante, pálpito de verdad, escalofrío. Todas las confesiones son diferentes y a la vez complementarias, aunque el extrañamiento quizá sea mayor en Luz Cuadra, Cheikh Tidiana Dieye, María Isabel Gazzino, Simona Dragan, Guillermo Badillo, Marchong Wang, Daha Zeih, Rolando Mix, Herminia Tavares, Sadek, Viviana Ontaneda e Ilhjam R’miki, que son los inmigrantes  extranjeros que han elegido vivir en Aragón. O a lo mejor Aragón los ha elegido a ellos y ahora se han convertido en hermanos, en cómplices, en conciudadanos, en habitantes iguales a nosotros. Su paulatina apropiación del nuevo territorio no ha sido nada fácil: detrás de cada personaje hay torbellinos de conflictos, incertidumbre, búsqueda dolorosa, incomprensión, drama, recelos y discriminaciones, racismo y rechazo, persecución política, pero también hay dulzura, integración, afirmación de una personalidad y una cultura, conquista de lo cotidiano, aprendizaje de la lengua y de los hábitos de los vecinos más recientes. Hay, cuando se produce finalmente el encuentro, una entrega recíproca entre el que estaba y el que llega, que exhibe por lo regular una formidable inclinación a convertirse en pueblo. No existe nada más inverosímil y fantástico que la propia vida: aquí también es la mejor materia de ficción y el conmovedor documento, esas historias que si uno no supiera que son así, auténticas como la lluvia o el cierzo, diría que ha intervenido la imaginación del novelista, que son las invenciones de un fabulador.


 

         No son diferentes del todo las historias de los aragoneses que se han ido un día. Que se han ido sin irse. Todos se van pero se quedan porque la semilla de los afectos estaba abonada en el corazón, en el cerebro y en la piel. Aquí también cuentan la novela de su existir José Luis Peña, María Eito, Alfredo Castellón, Palmira Plá, Patricio Vega, María Luisa Moreno, Teresa Escuín, Luis del Val, Eulalia Navarrete, María Jesús López,  José Luis Villanova y Zeika Viñuales, historias distintas pero complementarias, vidas arrebatadas, vidas martirizadas en ocasiones por la Guerra Civil, la humillación y el rechazo del vencido, la falsa impresión de paz, el ultraje como modo de comportamiento. En total, Javier Escartín y Manuel Pinos han navegado en el río de la memoria con 24 personas.


 

         El libro también tiene un planteamiento teórico, un amplio análisis de causas y casualidades, una tesis en la que se analiza el vivir cada día de los personajes en su nuevo contexto, donde no todo es color de rosa. Pese a los diferentes niveles de inclusión o exclusión, de marginación o de fragilidad, de empleo o rechazo, una frase rotunda como “No me arrepiento de haber emigrado” quizá fuese asumida por la mayoría, porque todos buscaron y buscan a cada instante un racimo de felicidad que compartir.

*Esta es la nota portical para el libro Encuentros en el espjeo. Emigrantes e inmigrantes en Aragón que publica el Seminario de la Paz y las Cortes de Aragón, un laborioso y apasionado trabajo de Javier  Escartín y Manuel Pinos.
12/11/2005 01:51 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

ROMÁN LEDO: CONTAR Y PROVOCAR*

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JOSÉ ANTONIO ROMÁN LEDO
PERFIL DEL AUTOR
 
 
Invocábamos ayer, como quien dice, a un puñado de escritores oscenses. Bastantes, de mérito, con un lugar en los anaqueles y en los manuales, y vivos, con brioso porvenir. Seguramente nos hemos olvidado alguno, pero entre los olvidados está uno de palpitante actualidad como José Antonio Román Ledo (Huesca, 1943), que acaba de publicar en Huerga & Fierro el volumen “Repertorio de engaños”, una colección de relatos de trasfondo surrealista con su tamiz esperpéntico y expresionista, y un lenguaje rebuscado en ocasiones, elaborado, arcaizante, recuperador de vocablos que se han quedado arrumbados en la prosa, en las ficciones y en los copiosos diccionarios de antaño.
 
Características comunes a todos los relatos son el humor, su sentido libresco (trascendido de inmediato: la cultura o la erudición es un camino hacia la vida), la variedad de paisajes y países y asuntos (lo mismo aparece la botella de anís del mono que Robert Taylor en “Caravana de mujeres” con la correspondiente alusión a Plan, Darwin o una soprano enigmática), y un concepto del cuento que rebosa clasicismo. Todos los cuentos, que arrancan de una frase o de una entrada concreta en una enciclopedia (“cada frase genera una idea”, señala el autor), están concebidos según el canon de conflicto, nudo y desenlace, o de principio, “medio” o “mitad” y fin “claro e inesperado”. Hay un homenaje explícito a Huesca y al Pirineo en su libro, prologado por Luis del Val, en el uso de topónimos oscenses o de pueblos del Alto Aragón que ya han desaparecido: Barbusa, Urbán, Sulupuico o Búbal, entre otros.
 
         Un encuentro con José Antonio Román Ledo puede deparar gratísimas sorpresas. Por ejemplo, no sabíamos que había nacido en Huesca, de ahí nuestro olvido, muy cerca del parque. Su padre era funcionario de Correos, y la familia vivió en esta capital hasta 1950. Román Ledo, que es su nombre literario, tiene tres hermanos: Mari Luz, ya finada, Santiago y Carmen, que