Antón Castro |
|
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005.
FOTOGRAFÍA VELADA* **Esta foto de familia es del gran fotógrafo peruano, de Cuzco, Martin Chambi. Existe un maravilloso catálogo suyo en Lunwerg al precio de 18 euros en gran formato. Es realmente extraordinario. Agustín Sánchez Vidal lo compró hace unos días en la FNAC. En el libro Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas (1937-1984) (Pre-Textos, 555 páginas), con edición de Irma Emiliozzi, y transcripción de María del Carmen Martínez Pereira, se recoge esta epístola del 17 de abril de 1948 que habla de José Manuel Blecua como editor: -El 26 de mayo de 1950, Vicente Aleixandre le escribía a José Antonio Muñoz Rojas a propósito de la edición de “Mundo a solas”, en la librería Clan del zaragozano Tomás Seral y Casas, con domicilio en Madrid: Como no gasto reloj, cuando calculo que habrá pasado una hora, me acerco al almudí. Somos unos cuantos los excursionistas, más, sinceramente, de los que esperaba. Y aunque destacan los cortados por el mismo patrón (pantalones cortos por encima de las rodillas, camiseta y gorra publicitarias, sandalias franciscanas o botas de tracking, calcetines blancos, gafas de sol de baratillo y cámara al cuello), el resto no pegamos ni con cola, y sirvan como ejemplo dos extremos inconciliables: el de un tipo con camisa y pantalón y botas de color verde-lejía, más gorra de un cuero que debió de ser negro, y el de una estilizada mujer cincuentona que lleva unos vaporosos pantalones de tela roja, que evidencian el cauce sinuoso y oscuro del tanga, y unos zapatos de tacón de aguja, el calzado más inapropiado que uno pueda concebir para subir y bajar las callejuelas darocenses. La guía es una mujer que conoce Daroca, sus misterios y sus tesoros (algunos volatilizados, o guardados bajo llave eclesial), como la palma de su mano. Es un placer oírla, y seguirla. Empieza el itinerario monumental por el ábside románico, orientado hacia el este (por una mera cuestión de economía lumínica, que enseguida hay quien piensa en orientaciones esotéricas o cabalísticas), de la iglesia colegial de Santa María. Pero a la hora de entrar en la iglesia, surge un pequeño problema, y no porque el encargado de su custodia se empeñe en que acatemos lo que reza el letrero que hay pegado a la puerta: “Vas a entrar en un templo. Viste en consonancia con este lugar sagrado”. No. El problema es que, para que nos muestren los Corporales, tenemos que ser al menos veinte personas, y somos dieciocho. La guía se acerca a una pareja de ociosos que leen, o que hacen como que leen, el panel en el que se explica la superposición de estilos de la iglesia, y les pide por favor que nos acompañen cinco minutos, para que así podamos ver todos las milagrosas hostias sangrantes. La mujer accede encantada, pero el hombre baja la cabeza, y, como un asno, la mueve a un lado y a otro, negativamente. Al final, se suman a la comitiva turística otros dos ociosos que aparecen por allí, así que ya estamos todos, qué bien. Me suena la cara del mendigo que hay a la entrada, pero ¿de qué? Ah, sí, es el tipo de la bicicleta, el de la mochila. Ya sabemos, pues, qué es lo que esperaba. La cicerone va desmenuzando la historia y el legado artístico de la iglesia capilla a capilla, y al llegar a la de los Corporales, hace una introducción antes de dar la palabra a una monja. La monja, que, antes de nada, nos previene de que estamos en un acto eucarístico, relata el milagro de los Corporales como si fuera una letanía. Y cuando acaba de referirnos la historia de la mula que trotó y trotó hasta caer “reventada” en Daroca, se mete detrás del retablo y accionando un mecanismo, hace que se abra el armario que contiene la antiquísima tela milagrosa. Mientras la monja sale de detrás del retablo, se arrodilla (arrodillándose con ella buena parte de los excursionistas) y comienza a rezar, recuerdo, inevitablemente, la excursión que hice de crío con el colegio a esta misma iglesia, a este mismo milagro (la historia se repite, vaya por dios). Sí que me debió de impresionar entonces el relato de las hostias sangrantes. Es, de hecho, un buen relato para impresionar a los niños. Al salir de la capilla, la monja se acerca a los que vamos más rezagados y nos dice: hay lotería de navidad, si les interesa. *Dentro de unos días, la Biblioteca Aragonesa de Cultura, que dirige Eloy Fernández Clemente, publica "Frente al cierzo", un libro sobre las ciudades aragonesas de Julio José Ordovás, autor del dietario "Días sin día" (Xordica, 2005). EL AVIÓN MISTERIOSO Para el final, en poco más de media docena de obras, ha dejado Radcliffe la terrible vecindad con la muerte. En “Hospice” se ven enfermos terminales, enfermos de sida, personas recién operadas cuyo destino está escrito en su rostro o en las huellas de su cuerpo. Es inevitable pensar en el fotógrafo y escritor Hervé Guibert, que fotografió sin autocompasión su inexorable final. Aunque las imágenes son terribles y te dejan el corazón herido, Radcliffe usa una ternura especial, y suministra a sus fotos siempre conmoción y verdad. *La foto es de su hija Alyson. Fuimos anoche, Carmen y yo, y muchos otros amigos, al pase de “Iberia”, la última película de Carlos Saura, que no es exactamente una película al modo de “Carmen”, “El amor brujo” o “Bodas de sangre”, sino un conjunto de actuaciones grabadas / rodadas a la manera de Saura, con su peculiar sentido de la escenografía, su gusto por la luz de fotógrafo, su sentido de las sombras y los reflejos, su pasión por la música. “Iberia” tiene un aire de representación dentro de la representación que emparienta esta obra con su cine musical, pero aún más con sus películas más clásicas como “Elisa, vida mía”. Hay espléndidos momentos: la actuación de Miguel Ángel Berna, el canto de Estrella Morente, la aparición de su padre, las dos intervenciones de Sara Baras, siempre fotogénica y artista, la fuerza de Aida Gómez. Hay otras cosas magistrales como –al margen del trabajo de Chano Domínguez, las dos temas que toma Rosa Torres-Pardo…- es todo el trabajo de banda sonora de Roque Baños, que resulta convincente y en muchos momentos preciosista sin dejar de ser hondo. *Ni somos nosotros ni es Zaragoza. Esta foto del beso en París también es de Robert Doisneau. Carlos Saura (Huesca, 1932) presentaba el viernes, en un pase especial en el cine Cervantes, su última película, Iberia, basada en la obra de Isaac Albéniz, en compañía del bailarín aragonés Miguel Ángel Berna. Saura recibía a los periodistas uno tras uno, durante quince o veinte minutos. A mí me tocó al final, tras Roberto Miranda, el maestro de nuestro oficio al que estos días no dejan de llorarle los ojos. Saura me firmó el libro Flamenco, un volumen de Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores de las fotos que tomó para sus películas y en los inicios de su carrera como fotógrafo: “Para Antón Castro de su siempre amigo Saura”. Hizo una especie de busto de mujer con grandes pechos, que se salían del cuadro, y agregó una figura, tal vez de bailarín o fotógrafo al fondo. También me firmó el enorme cartel, encima de la cara de Sara Baras. Hablamos un momento de su prólogo al libro Calanda, coordinado por Pedro Rújula, que redactó una mañana entre las siete y las nueve de la mañana, cuando estaba a punto de coger un avión e iba ausentarse por unos días en Canada, en Inglaterra, quién sabe dónde. “Siempre soy un desastre. Claro que recibí el libro y algunos detalles más, y estoy encantado”, A partir de ahí, explicó cómo había surgido esta película, Iberia, que definió como una “obra de música y danza, de luz y de escenografía, que he hecho yo mismo en esta ocasión, una obra de movimientos de cámara. Son cosas que siempre me han interesado. Al fin y al cabo, mi trayectoria ha avanzado por un camino paralelo al flamenco. Mucha gente piensa, porque he rodado varias películas sobre el flamenco, que sé mucho de él, pero en realidad sé poco”. Carlos Saura intentó ser bailarín de flamenco, hasta que una bailaora lo vio moverse y le dijo: “Saura, dedícate a otra cosa”. También quiso ser fotógrafo, y aún lo es (está a punto de publicar un nuevo libro de fotos tomadas desde el tren y pintadas luego), ingeniero y, finalmente, director de cine. Hace algunos meses, en Mora de Rubielos, en un encuentro de casas regionales de Aragón en el mundo, vivió dos experiencias muy especiales: “Oí gritar por las calles ‘Viva Aragón’, cosa que me emocionó mucho, y luego asistí a un maratón final de jotas. Vi a las mozas bailar con tal entusiasmo, con esas ropas tan pesadas, con las enaguas, que casi se desmayaban al final. Había que aliviarlas con un abanico. Y yo me decía: ‘Cómo me gustaría llevar toda esa emoción y ese sentimiento al cine, pero con más sosiego’. Me acordaba mucho de mi hermana María Pilar, que bailaba la jota en casa. Además, mucha gente, algunos paisanos de Huesca y Zaragoza, me decían a menudo: ‘Mucho flamenco, mucho flamenco. ¡Ni que fuera andaluz! ¿Y la jota, qué? ¿Por qué no haces una película sobre la jota?’ Al final, he podido hacer un acercamiento con Miguel Ángel Berna”. “No se puede adelantar mucho porque por ahora sólo son conversaciones, pero el proyecto giraría en torno a Francisco de Goya. Sería un gran espectáculo audiovisual con fotografías, con reproducciones de los grandes cuadros del pintor. Yo tengo en la cabeza mi película Goya en Burdeos: un montaje que estaría en la línea más épica de lo que fue la película, con el Goya joven y el Goya viejo de nuevo, donde sonarían la música de Boccherini, amigo de Goya, la jota aragonesa, los fandangos, la seguiriya manchega. Pero aún tenemos que hacer croquis, dibujos, culminar el guión. Sólo es un proyecto que me ilusiona”. Miguel Ángl Berna irrumpió de golpe en la entrevista y recordó algo que había dicho en 1999: “Trabajar con Saura era un sueño para mí”. Y añadió: “Es un maestro y un ejemplo a seguir. Pasarán los años y nos daremos cuenta de su valor. El flamenco le debe muchísimo”. Saura explica: “Lo nuestro fue un encontronazo. Hallé que él hacía en la música lo que yo hago en el cine. Él, en cierto modo, se adelantó porque intenta que la jota sea algo de acción, más moderno, no sólo una pieza folclórica de museo. La jota es el padre y la madre del flamenco, de la seguiriya manchega, de la sevillana. Hay una especie de relación misteriosa de fondo, y Miguel Ángel Berna en sus espectáculos pasa con mucha naturalidad de la jota al flamenco”. *Fotografía de Miguel Ángel Berna. Bailarín de Zaragoza que da vida a la parte sobre la jota en Iberia, junto a un grupo de niños bailarines. Contó que había sido seminarista, que tuvo un hermano gravemente enfermo, que había formado varias compañías de teatro amateur y que, durante uno de los ensayos, se enamoró irremediablemente de una de las actrices: la misma mujer menuda que venía en el asiento de atrás, la mujer de agua y tenacidad que hubo de suplantarlo muchas veces en el estudio cuando él andaba de aquí para allá con un reportaje entre las cejas. Y contó, sobre todo, algo que me pareció espeluznante: el relato de su padre, que tenía tres carreras, que fue herido en el frente de Belchite, atrapado y trasladado más tarde a Codo, donde sería fusilado. Era asistente del general Varela y tal vez el único de su familia que pertenecía al bando nacional. Tenía treinta años y se había casado con un modista muy guapa. Cuando le anunciaron su muerte, la mujer, para lograr una pensión de viudedad, hubo de reconocer el cadáver. Le enseñaban un día y otro día un montón de cuerpos acribillados, que a veces se completaban con extremidades ajenas. Tenía una cuñada que, ante aquella experiencia espantosa, le rogaba que dijese que era uno cualquiera. Ella se negaba una y otra vez, y seguía revisando los cadáveres. Al final pudo decir: “Éste es el cadáver de mi marido”. Le preguntaron por qué lo había reconocido y contestó: “Porque lleva las iniciales de su nombre en el calzoncillo, que yo mismo le bordé”. Antonio Sáez Delgado, al cual conocí en un viaje cervantino a Mérida, me envía algunos de sus libros. La Editora Regional Extremeña, un proyecto absolutamente modélico que dirige ahora Álvaro Valverde y que cuenta con la asesoría y el diseño del gran Julián Rodríguez, me hace llegar su estupendo libro: Adriano del Valle y Fernando Pessoa (apuntes de una amistad) (lo coeditó en 2002 con Libros del Pexe) donde Antonio sitúa la amistad entre ambos. Recupera sus fotos, sus cartas, algunos poemas que se cruzaron y realiza una atractiva labor de contexto, donde figuran otros autores y pintores, como el propio Adriano del Valle, que era poeta, mal editado aún, y pintor. El final del libro es emocionante y sencillo: “Descansa, padre. Ha quedado tu sonrisa en lo que no olvido, te has quedado entero en mí. Padre. Nunca te olvidaré”. Apenas son 50 páginas que ha traducido impecablemente Antonio Sáez Delgado, cacereño de alma aportuguesada que deambula dos o tres días por semana en Évora e imparte lecciones de literatura, de elegancia de espíritu y de sueños. *La ilustración es el retrato de Fernando Pessoa que realizó José Almada Negreiros. La revista "Poesía" les dedicó un espléndido monográfico a cada uno de los dos. El profesor Manuel Martín Bueno ha sido distinguido con el Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora en su segunda edición. El Premio a Jóvenes Investigadores ha recaído en Pilar Cea Mínguez y el Premio Aragón Investiga a Entidades ha correspondido, en esta segunda convocatoria, a la empresa FIBERCOM S.L. El Consejo de Gobierno ha otorgado esta misma mañana unos galardones que han sido creados por el Departamento de Ciencia, Tecnología y Universidad con la finalidad de reconocer públicamente las contribuciones a la investigación básica o aplicada de los investigadores individuales, así como las labores de apoyo a la investigación y a la transferencia de conocimientos realizadas por entidades públicas y privadas. Los premios están dotados con un diploma acreditativo y un relieve que ha realizado el artista Fernando Malo, así como con 40.000 euros en el caso del Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora y 12.000 euros para el Premio Aragón Investiga a Jóvenes Investigadores. En la Segunda Edición de los Premios Aragón Investiga, cuya entrega tendrá lugar el próximo día 1 de diciembre, los galardones han correspondido a: Manuel Antonio Martín Bueno, Premio Aragón Investiga a la Excelencia Investigadora por su excelente trayectoria investigadora, que lo distingue como una figura extraordinariamente brillante en el ámbito de la Arqueología y Preshitoria de nuestro país. Martín Bueno ha dirigido un gran conjunto de proyectos de investigación, con un muy destacado alcance internacional. El profesor Manuel Martín Bueno ha puesto en marcha en España especialidades científicas como la Arqueología Subacuática y la Arqueología Antártica. Por otro lado, ha consagrado una parte central de su actividad al descubrimiento y conservación del patrimonio arqueológico español, con técnicas cada vez más aquilatadas. Profesor universitario no sólo en Zaragoza sino también en Córdoba y en León, Manuel Martín Bueno ha creado una escuela de arqueólogos entre los que destacan numerosos profesores universitarios y técnicos de diversas instituciones culturales. Es constante su aportación como ponente en congresos nacionales e internacionales y su presencia, como docente invitado, en universidades extranjeras. Pilar Cea Mingueza, Premio Aragón Investiga a Jóvenes Investigadores por sus relevantes contribuciones en la preparación de nanomateriales. Es Doctora en Ciencias Químicas. Realizó su tesis doctoral en un tema nuevo abriendo camino en una línea prometedora, en el área de la química física (nanociencia) donde trabajó en la preparación de nanomateriales mediante el procedimiento "de abajo a arriba". Este es un tema multidisciplinar que le ha llevado a trabajar en campos muy diversos y con técnicas muy variadas, que incluyen la preparación de películas delgadas. Sus aportaciones se han recogido en más de cincuenta prestigiosas revistas científicas internacionales y ha participado también en congresos internacionales. En 1999 recibió el premio de investigación de la Academia de Ciencias de Zaragoza. FIBERCOM S. L., Premio Aragón Investiga a Entidades por sus actividades relevantes en la investigación. La trayectoria de esta empresa es fruto principalmente de la investigación, el desarrollo y la innovación. Su actividad se centra en el campo de la fibra óptica, apostando continuamente por una política empresarial de potenciar el esfuerzo en I+D tanto interno como en colaboración. Fruto de esta estrategia ha sido la creación en 2004 de Aragón Photonics Labs S.L., como spin-off de FIBERCOM, S. L., para continuar en la línea de investigación "Analizador de espectro ópticos por difusión Brillouin y procedimiento de medida asociado", que es objeto de patente internacional, un avance tecnológico de alta significación. Además de toda la investigación propia de la empresa, mantiene colaboraciones que se materializan en proyectos con la Universidad de Zaragoza, en concreto con los laboratorios del Parque Tecnológico WALQA, así como con el Instituto Tecnológico de Aragón. También cabe destacar su cooperación a la formación de universitarios -aragoneses, europeos y americanos- mediante estancias en la empresa. En la Primera Edición, los premiados fueron Julio Montoya Villarroya (Premio a la Excelencia Investigadora), José María de Teresa Nogueras (Premio a los Jóvenes Investigadores) y la empresa BSH Electrodomésticos (Premio a Entidades). Fernando Malo, autor del relieve del Premio Aragón Investiga Fernando Malo (Zaragoza, 1957) se formó en la Escuela Massana (Barcelona) y acumula diversos premios en su ya larga trayectoria profesional. Es Premio Internacional de Cerámica Contemporánea "Aragón 2001", Primer Premio Pieza Creativa VII Concurso Artesanía de Aragón. Además, ha realizado multitud de exposiciones individuales y colectivas así como trabajos de restauración en monumentos tan destacados como La Seo de Zaragoza, la Torre de la Magdalena, La Iglesia San Miguel de los Navarros, o el Palacio de la Aljafería. Por lo que respecta al relieve realizado por Malo, se trata de una recreación artística inspirada en un astrolabio (instrumento para determinar las alturas meridianas del sol o de una estrella, que permite determinar la latitud de un lugar). Fue construido en Toledo por el artesano andalusí Ibrahim Ibn Sahli. Está datado en el año 1067 y se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). El diámetro del astrolabio real es de 24cm. La red lleva indicaciones para 24 estrellas. Entre otras, lleva láminas para las latitudes de La Meca, Medina, Jerusalén, Damasco, Bagdag, Almería, Granada, Córdoba, Murcia y Zaragoza. *Noticia que acaba de remitir el Gobierno de Aragón y las agencias. Enhorabuena a los tres y a Fernando Malo por su excelente trayectoria en la cerámica. Juan Cruz Ruiz (Tenerife, 1948) es un trabajador infatigable. Respira periodismo y literatura por todos los poros. Igual escribe entrevistas en profundidad, que retrata ciudades y el alma de sus moradores, que acota un perfil íntimo, amasado con un anecdotario que sólo puede conocer alguien que está muy cerca del retratado. O es capaz de esculpir en las ondas la humanidad envolvente de Leonor Watling a través de su sonrisa desarbolada. Pero, además, Juan Cruz ha desarrollado una obra literaria muy personal, suspensa casi siempre en el poder de la memoria. Creo que hasta tres títulos suyos llevan el sustantivo memoria en el título: “La edad de la memoria”, “El territorio de la memoria” o “Memoria de El País”, que es la narración más o menos secreta, más o menos pública, de un proyecto en el que lo ha sido casi todo, en el que sigue siendo un animador pertinaz, alguien con una curiosidad insaciable que parece vivir para contarlo luego y casi siempre en las páginas de ese diario. Publicó un delicioso libro de relatos infantiles y juveniles, “Serena” (Siruela), donde dos niñas, Serena y Robien, narran cuentos en una playa e intentan descifrar el misterio de vivir, la alquimia seductora de los relatos. Aunque quizá mi libro favorito de Juan Cruz sea “La foto de los suecos” (Espasa Calpe, 1998). Bueno, quiero decir que lo era, porque me ha encantado “Retrato de un hombre desnudo” (Alfaguara, 318 páginas). Con este título, que ya es una invitación a fabular antes de leer, Juan Cruz vuelve a firmar un libro muy personal, autobiográfico, un libro de un tipo que anda por ahí, como escindido, y que se llama Juan Cruz Ruiz. Es el libro de un escritor que parece llevar un cuaderno del mar, ese mar que le proporciona calma y sueño, invención y paraíso, y anotar en él todo lo que percibe, lo que recibe, lo que imagina. Además, de impresiones marítimas, de varios episodios de amor, elaborados con esa tensión con que se vive con alguien con el que te despiertas o al que buscas alrededor del mundo en cada hora, Juan Cruz evoca a Juan Marsé, narra la felicidad, sombra y muerte de Dulce Chacón, y además del dolor y el desgarro, de la perplejidad del adiós que se asoma de pronto y te deja presa del escalofrío, además de esa fatalidad que envolvió a la dulce Dulce Chacón –siempre recordaré su presencia en Albarracín en el mes de mayo anterior a su muerte: era la morena luz de la alegría-, esas páginas dispersas en distintos capítulos hablan de la amistad, del llanto inconsolable del amigo que pretende aliviar al moribundo y enmascarar su espanto. Cojo muy empezado “Estravagario” de mi leído y libertino amigo Javier Rioyo. Habla con Enrique Vila-Matas, que está sembrado. Divertido, audaz: de una sinceridad abrumadora. El tema de conversación es “Doctor Pasavento” (Anagrama), su última y compleja novela, que parece cerrar una trilogía con Bartleby y Montano. Enrique dice que en los últimos tiempos se le han impuesto esos personajes, a la manera de Pessoa, como heterónimos. Como gente que está dentro de él, pero que no son Enrique Vila-Matas en modo alguno. Hay un momento en que Rioyo le pregunta por la polémica Marsé-Planeta-Maria de la Pau Janer, y responde sin arrugarse. Dice que Janer ha confundido la literatura, sustentada en una tradición que abarca a Rimbaud o Baudelaire, entre otros, con la vida literaria, que es todo ese mundo de los premios... Disculpó a Marsé y dijo, con esa sutileza laberíntica propia de Enrique, más o menos, que a la Janer le había pasado lo de aquel tonto que no sabe que es tonto. (A mí la Janer, que es una pija sensual e hiperactiva, me cae bien: no puedo evitarlo. Soy insoportablemente blando y leí la novela finalista del Planeta hace dos o tres años atrás, donde había algunos coitos a hurtadillas, en un voragionso jardín, muy prometedores). Dicho así, pero como lo hace el autor de Suicidios ejemplares o París no se acaba nunca. Fernando Marías (Bilbao, 1958) y Cristina Cerrada (Madrid, 1970) llegaron a Zaragoza con la desarbolada fuerza del cierzo y con dos nuevas novelas en las librerías: “El mundo se acaba todos los días” (Premio de Novela Ateneo de Seveilla; Algaida) del primero y “Calor Hogar S. A.” (Premio de Novela Ateneo de Sevilla) de la segunda, ambas publicadas por Algaida. Las dos novelas presentan algunos puntos de encuentro: son dos historias de amor, defienden la importancia del argumento y la creación de personajes ambivalentes, tamizados por la contradicción y la angustia. *La fotografía, impresionante en su justo formato, es de José Miguel Marco, fotógrafo de HERALDO. CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 32 Martín Mormeneo no había tenido un buen día, ni siquiera una buena semana. Pero al volver a casa, saliendo del garaje donde deja su coche mientras retrata la nueva Zaragoza, le ocurrió algo especial: primero vio un perro azafranado, tal vez fuese un cocker spaniel, siguió la cuerda con los ojos, apenas un par de metros adelante, y se quedó deslumbrado. Aquella muchacha que avanzaba lentamente, aquella mujer que peleaba contra el cierzo de las once de la noche tenía un cuerpo maravilloso: el pantalón le ceñía bellamente desde los tobillos, las pantorrillas, los muslos anudados y tensos, el culo esculpido en piedra redonda por el aire glacial. Martín Mormeneo, que dispara incluso cuando no lleva la cámara, pasó a su lado en el coche y la miró con el descaro del asombro, de modo que ejecutó casi una provocación, una ofensa. Si lo que había visto hasta entonces le había parecido magnífico, ideal para un reportaje de infinitas fotos, lo que vio primero de escorzo y luego por el espejo lateral derecho, el retrovisor, le confirmó la agitación, la bella perplejidad de hallar una belleza deslumbrante cuando nada esperas de la noche. Aquella muchacha llevaba la cabeza cubierta con su gorro, tenía los pómulos salientes, la nariz idónea por cruzarla con otra nariz que se aproxima y besa; habría dicho Martín Mormeneo que aquella muchacha tenía un rostro gótico. Como el de Zhang Ziyi, una de sus actrices favorias. Hizo algo que no había hecho nunca: salió al Coso, volvió a la plaza de Salamero con la esperanza de verla un instante más con su can en los jardines. Martín Mormeneo apenas divisó el invisible rastro que dejaba por la calle fría. De una cosa estaba seguro: aquella mujer era un sueño, un lolita melancólica, Zang Ziyi que, como antes Uma Thurman o ahora Natalie Portman, se extravía desde el anonimato en Zaragoza. La más fascinante historia del mundo es la historia de la vida misma, los avatares de una biografía llena de aventura, de pasión, de esfuerzo, de sueños, de viajes. Manuel Pinos y Javier Escartín, Javier Escartín y Manuel Pinos, lo sabían y se han aplicado, con un titánico esfuerzo de generosidad y de voluntad de conocimiento, en recoger vidas, en construir una suerte de novela abreviada y de contarla. O de recontarla con las palabras de los protagonistas en una suerte de monólogo y recuento provocado por el diálogo. Aquí no hay trampa ni cartón. Y así lo explican los autores: “Sólo hay personas que nos cuentan cosas”. Cosas que son los pasos y las huellas, almas al desnudo, cuerpos que avanzan contra viento y marea, gestas que ahora se vuelven visibles y que cobran una dimensión simbólica. Estos seres, en la novela de su vida, en la épica íntima de su memoria que se desmanda, cuentan, hacen acopio de acontecimientos, narran esas pequeñas conquistas de un espacio propio lejos de casa, en un país o en un territorio que en muchas ocasiones se encuentra en las antípodas de su identidad, de su cultura, de su clima, del sagrado lugar de sus antepasados. De ahí que se hable aquí del espejo: el espejo del recuerdo, el espejo de una tierra que acoge y asume, el espejo que refleja a los que se han ido y a los que han llegado con los que ya estaban, el espejo de tantas ausencias, el espejo que fija el espacio donde uno mora y donde se reencuentra tal vez para siempre. Javier Escartín y Manuel Pinos tiran de una madeja que es básica en la historia de la evolución del planeta: la emigración y la inmigración. Han elegido ese tema porque vivimos un momento en que se están produciendo intensas mudanzas de población, desplazamientos incesantes, un hermanamiento entre razas y actitudes, el desasosiego insoportable que producen la miseria, un futuro incierto, la ansiedad, la trágica revelación de la injusticia y la opresión. Todos buscan inexplorados espacios de libertad y de dignidad. Unos se dejan arrastrar por la fuerza de una quimera o el impulso del destino; otros siguen caminos que han trazado amigos, familiares o conocidos; otros sencillamente se sienten nómadas e inconformistas y procuran en otra latitud tierras de promisión. Todos buscan en la huida, en el éxodo, en la aventura. Y esa tierra, para muchos de ellos, para los “extranjeros” que aquí conversan y que representan a otros muchos, es Aragón, que siempre se ha caracterizado por su hospitalidad, su excelente recepción, su condición de puerto seguro de paz y convivencia (este proyecto está auspiciado por la Fundación Seminario de Investigación para la Paz), su mestizaje creciente de culturas y de civilizaciones. Pero también muchos aragoneses, por razones semejantes o porque el azar pauta la existencia y empuja como un ciclón incontrolable, han edificado su experiencia íntima en otro lugar: en Madrid, en Barcelona, en diversas ciudades de Latinoamérica, en Canadá, en países europeos, en los más inesperados rincones del universo. La fuerza del libro se evidencia en cualquiera de sus páginas, en cada entrevista. La fuerza de la vida restalla en cualquier frase. Hay emoción constante, pálpito de verdad, escalofrío. Todas las confesiones son diferentes y a la vez complementarias, aunque el extrañamiento quizá sea mayor en Luz Cuadra, Cheikh Tidiana Dieye, María Isabel Gazzino, Simona Dragan, Guillermo Badillo, Marchong Wang, Daha Zeih, Rolando Mix, Herminia Tavares, Sadek, Viviana Ontaneda e Ilhjam R’miki, que son los inmigrantes extranjeros que han elegido vivir en Aragón. O a lo mejor Aragón los ha elegido a ellos y ahora se han convertido en hermanos, en cómplices, en conciudadanos, en habitantes iguales a nosotros. Su paulatina apropiación del nuevo territorio no ha sido nada fácil: detrás de cada personaje hay torbellinos de conflictos, incertidumbre, búsqueda dolorosa, incomprensión, drama, recelos y discriminaciones, racismo y rechazo, persecución política, pero también hay dulzura, integración, afirmación de una personalidad y una cultura, conquista de lo cotidiano, aprendizaje de la lengua y de los hábitos de los vecinos más recientes. Hay, cuando se produce finalmente el encuentro, una entrega recíproca entre el que estaba y el que llega, que exhibe por lo regular una formidable inclinación a convertirse en pueblo. No existe nada más inverosímil y fantástico que la propia vida: aquí también es la mejor materia de ficción y el conmovedor documento, esas historias que si uno no supiera que son así, auténticas como la lluvia o el cierzo, diría que ha intervenido la imaginación del novelista, que son las invenciones de un fabulador. No son diferentes del todo las historias de los aragoneses que se han ido un día. Que se han ido sin irse. Todos se van pero se quedan porque la semilla de los afectos estaba abonada en el corazón, en el cerebro y en la piel. Aquí también cuentan la novela de su existir José Luis Peña, María Eito, Alfredo Castellón, Palmira Plá, Patricio Vega, María Luisa Moreno, Teresa Escuín, Luis del Val, Eulalia Navarrete, María Jesús López, José Luis Villanova y Zeika Viñuales, historias distintas pero complementarias, vidas arrebatadas, vidas martirizadas en ocasiones por la Guerra Civil, la humillación y el rechazo del vencido, la falsa impresión de paz, el ultraje como modo de comportamiento. En total, Javier Escartín y Manuel Pinos han navegado en el río de la memoria con 24 personas. El libro también tiene un planteamiento teórico, un amplio análisis de causas y casualidades, una tesis en la que se analiza el vivir cada día de los personajes en su nuevo contexto, donde no todo es color de rosa. Pese a los diferentes niveles de inclusión o exclusión, de marginación o de fragilidad, de empleo o rechazo, una frase rotunda como “No me arrepiento de haber emigrado” quizá fuese asumida por la mayoría, porque todos buscaron y buscan a cada instante un racimo de felicidad que compartir. *Esta es la nota portical para el libro Encuentros en el espjeo. Emigrantes e inmigrantes en Aragón que publica el Seminario de la Paz y las Cortes de Aragón, un laborioso y apasionado trabajo de Javier Escartín y Manuel Pinos. 1 *José Antonio Román Ledo se encuentra en un difícil periodo de convalecencia. Desde aquí, le deseamos una pronta rehabilitación y el retorno a sus proyectos narrativos y culturales. La foto corresponde al monasterio de Santa María de Veruela, donde pernoctó Bécquer. Era su primera clase práctica de periodismo. Quizá ni siquiera sean lectores habituales de los diarios, quizá no estén habituados a viajar por sus páginas que encierran, casi siempre, una cartografía de los sentimientos, de los seres y de la vida de un barrio, de una ciudad, del mundo. Iniciaron el máster de “Heraldo” y la Universidad, que va a durar todo un curso, hablando de cultura. Ejercieron de críticos, de espectadores, se desnudaron acaso sin saberlo. Natalia habló de “La Dama del Sur” de Pérez-Reverte y explicó la historia del narcocorrido y una convulsa biografía de mujer, y dio unas pinceladas de la escritura y el mundo del escritor de Cartagena; Patricia analizó con elegancia un montaje teatral sobre “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, y explicó que la adaptación era fiel a la novela original y que presentaba una reflexión sobre el temor a la vejez, el mal y la apariencia; José Manuel describió las sensaciones que le había producido “La montaña mágica” de Thomas Mann, esa novela que sucede tanto en su acción exterior como en la cabeza de los personajes, y aseguró que los tres títulos básicos de Mann son esa novela que ha traducido de nuevo Edhasa, “Muerte en Venecia” y “Los Buddenbrook”. Elena escogió un libro de carácter espiritual, “Las noches oscuras del alma”, que contenía aforismos y una idea central, “morir para volver a renacer”; Javier intentó esclarecer la película “La vida secreta de las palabras” de Isabel Coixet, a la par que revelaba los matices de su propia sensibilidad; Agurne intervino para glosar la trayectoria de la cineasta y dijo que había rodado sus últimas películas directamente en inglés: “A los que aman” o “Mi vida sin mí”. Hicimos un viaje casi iniciático a la librería Antígona, sé que utilizo un adjetivo un poco petulante, pero tuve la sensación de que había algo de eso. Vi como había gente que se quedaba fascinada con los grandes libros de música, uno sobre Los Beatles, por ejemplo; varias compañeras viajaban a través de las mil fotos de Robert Capa, que publicó Phaidon, y oían con auténtico placer la historia de su vida y su muerte en Indochina en 1954, incluyendo sus amoríos con Gerda Taro, Ingrid Bergman o Hedy Lamarr, actriz y científica, que en una mañana de periodismo no deben faltar. Otros comentaban la belleza de los libros ilustrados para los niños: la espléndida Kalandraka, Media Vaca, Lóguez, Lumen, OQO, la nueva empresa de Eva Mejuto y Marisa Núñez. Otros se quedaban fascinados con el libro de Willy Roonis (Taschen, 2005), una antológica que retrata París, el París que aún no ardía. Y todos, 17 en total, en un aula próxima a la biblioteca María Moliner, esa dama inolvidable del lenguaje, empezaban a ser periodistas: atisbaban que este oficio habla de seres humanos y que es la ciencia de la curiosidad, del rigor, del máximo respeto, de palabras elegidas que cuentan lo que pasa y lo que nos pasa. Algo así, pero mejor, lo decía Rosa Montero aquella mañana neblinosa del viernes. Hablaba de la entrevista y decía que “es un pellizco a la intimidad del otro”. ¿Cómo se le ocurre a un escritor tan moderno como usted redactar un libro como “Vidas de santos” (Mondadori, 2005)? Fue una decisión absurda. Había publicado “Historia argentina”, que tuvo un éxito extraliterario, que dio mucho que hablar porque abordaba el drama de los desaparecidos, la democracia, la corrupción, la guerra de las Malvinas. Fue como si tocase una asignatura pendiente. Todo el mundo esperaba lo que fuese a hacer ese autor “revelación”, mucha gente esperaba un libro que me nacionalizase como escritor argentino, por decirlo de algún modo, y me fui a las antípodas. Y anuncié que iba a escribir “Vidas de santos”. Apareció por primera vez en Argentina en 1993. -Es decir, iba a escribir un libro religioso. -Al principio no lo tenía nada claro. Ha sido después, muchos años después, cuando le he encontrado a este libro su sentido más claro. Es un volumen sobre Jesucristo, sobre la religión, con variaciones acerca de la religión, a la que vinculo con Andy Warhol, con el “show bussines”, el mundo de los vampiros, Drácula… Lo que son las cosas, acabo de publicar un extenso prólogo a una nueva edición de “Drácula” de Stoker. En “Vidas de santos” se ve esa voz suya, tan posmoderna y “freak”, cuajada de mil referencias, que luego aparecerá en su libro sobre el complejo mundo mexicano de “Mantra”… “Vidas de santos” nació como una escritura torrencial, casi en trance, donde yo intentaba recuperar las voces alucinadas de los profetas. Aquí, me interesaba desarrollar una voz que lo ve todo, omnisciente y a la vez confesional, que yo encuentro en películas de cine, en las canciones de Bob Dylan, en escritores como John Banville o Kurt Vonnegut. Y por ejemplo aquí aparece el lugar de Canciones Tristes, que para algunos es como una parodia del realismo mágico. El libro, a primera vista, podría parecer herético o provocador. No creo que mi intención fuese escribir los “versos católicos” para acompañar los “versos satánicos” de Salman Rushdie. Como se puede imaginar, me encantaría que cualquier arzobispo condenase el libro. “El Código da Vinci”, repudiado por la Iglesia, es malo, muy malo, puedo decirlo porque leo muchos libros de este tipo… Mi libro sólo podría ser herético por la vía de la parodia. Uno de los capítulos habla de los riesgos de escribir “thrillers” bíblicos; otro compara el Más Allá con un supermercado o “shopping center”; otro aborda las muertes de varias vírgenes; otro evoca una noche en el Sagrado Hotel de Todos los Santos. Y otro, de los que más me gustan, cuenta los consejos de Robert Mitchum a Marilyn; fui picoteando por ahí, encontré esa anécdota y completé un cuento. Para mí, como escritor y como amante de los libros, es muy estimulante la idea de que la única evidencia de la existencia de Jesucristo sea un libro como la Biblia, que además ha sido definida como “la vida y pasión y muerte Cristo o la historia más grande jamás contada”. En “Vidas de santos” están lo clásico, lo mítico, lo moderno, pero yo no pienso demasiado en eso. Creo que se trata más bien de una forma de mirar, de un estilo, que a lo mejor es mi propia imposibilidad de ver el mundo de manera normal, sin sus taras. Bueno, también es un trabajo que participa del mestizaje de géneros y de tradiciones. Yo creo que eso tiene mucho que ver con la tradición argentina. Piense en Ricargo Piglia, en Borges, en el propio Domingo Sarmiento… Somos escritores que entendemos por patria nuestra biblioteca. Es mi caso. Somos lectores que escribimos. Trato de escribir como si leyera, intento divertirme, seducirme a mí mismo. Mi actitud como autor es la de un astronauta psicodélico. Eso también le distingue de sus compatriotas cineastas: Campanella, Bielinsky, Piñeyro, Mignona. Ellos cuentan historias muy directas y cotidianas… A mí la idea de contar la Argentina del “corralito” me produce cansancio, y eso es la apuesta que ha hecho el cine. Aunque debo decir que yo estoy cerca del libro que sea mejor, y mi tradición se asienta tanto en Kafka como en John Cheever, pero también soy un gran consumidor de ‘best sellers’, me gustan los libros de conspiraciones nazis, la literatura paranoica, y por tanto autores maravillosos como Peter Straub, Douglas Preston, Stephen King, algo más irregular ahora, o algunos libros de Philip K. Dick. Ha tenido un importante éxito con “Jardines de Kensington”, su libro sobre J. M. Barrie, el autor de “Peter Pan”. No ha estado nada mal. Me ayudó el centenario del libro y la película “Findind neverland”, con Johnnie Depp y Kate Winslet. Se ha traducido a doce lenguas, y supongo que me habrá ayudado a que en la Feria de Guadalajara (México) tenga un encuentro con público con Salman Rushdie. Yo ahora mismo tengo nueve libretas abiertas, pero mi próximo libro será una novela de fantasmas. LLAMADA PERDIDA en la noche, a duras penas te persigo aunque en vano lo haga, busco tu miel, tu terciopelo, tus ingles tan convexas, la encrucijada de tus pechos, todo lo que ya es sólo la sombra de tu cuerpo en medio de la sombra. charquitos no de lágrimas, de sudor, de saliva, de dulces secreciones, son tuyos esos rastros, savias irrestañables que transitan al filo de tu cuerpo y aún perduran después de tantos años de haber sido sin más dilapidadas? acudes, detente, no lo hagas. Ninguno de los sabrá quién es el otro. Hace algunos años, una mañana soleada, me encontré con José Manuel Caballero Bonald en el hotel Orús, con un amigo, con quien tanto quise, con quien tanto quiero, al que no veo desde hace varios meses: Fernando Sanmartín. Conversamos durante hora y media, y fue un placer para mí viajar con Caballero Bonald por las marismas de su emoción, de su memoria, con los jinetes del sueño en que sigue viajando con los ojos muy abiertos. Acaba de publicar “Manual de infractores” (Seix Barral), un espléndido poemario en el que se reinventa desde el goce y el dolor de ahondar en la memoria, desde la vieja e imperiosa atracción por el mar, desde el carnal enigma de la noche, desde la impresión de que el tiempo nos enseña los labios de la muerte o de que el sur es como un océano y un refugio para siempre, entre músicas. Transcribo aquí este poema, que me ha parecido ideal para mi noche solitaria de lunes, donde he tenido dos llamadas perdidas. O he llamado dos veces a Illueca y el teléfono se burló de mí… *La foto es de Willy Ronis, uno de mis fotógrafos predilectos, y está tomada en Nazaré (Portugal). Me ha encantado que le dedique un artículo a uno de mis actores favoritos: Joseph Cotten, el enamorado imposible de Alida Valli en “El tercer hombre”, el redendor de Ingrid Bergman en “Luz que agoniza”, el asesino de mujeres maduras de “La sombra de una duda”, el hermano sensato de “Duelo al sol” (el insensato era Gregory Peck; el volcán de lujuria que los enemistaba fue Jennifer Jones), el hombre asombrado de “Jennie”, asombrado de nuevo por un inquietante ángel que se parecía mucho a Jennifer Jones. (“Jennie” era una de las películas favoritas de Luis Buñuel y de Julio Alejandro). Manuel Hidalgo lo llama “El actor invisible”, y concluye así su texto: “Cotten tuvo un gran amor en su vida, su segunda mujer, la actriz Patricia Medina. Y un gran amigo: Orson Welles. Cuando Welles murió, Cotten, respetando sus deseos, no acudió a su funeral. Envió como mensaje dos versos de Shakespeare, que hoy podemos devolverle: ‘Pero si pienso en ti, querido amigo, / la pena se desvanece y todo cuanto he perdido me es devuelto’”. *El libro de Manuel Hidalgo lleva en la portada un fotograma de "La ventana indiscreta".Yo que soy algo más fetichista, le cambió la portada y propongo ésta de James Stewart y de Grace Kelly. ¿En qué pensará Jimmy? ENTREVISTA CON ANTONINA RODRIGO*, BIÓGRAFA DE AMPARO POCH Y DE OTRAS MUJERES COMO MARÍA LEJÁRRAGA, MARGARITA XIRGU... -Era uno de esos personajes ocultos que tiene la historia de España. Comprobé que había estado en el Ministerio de Sanidad con Federica Montseny y de directora de la Casa de la Dona Treballadora de 1937 a 1939. Empecé a interesarme por ella: estaba envuelta en un silencio increíble y había desarrollado una labor extraordinaria. Mujeres como ella hicieron posible lo que nosotras disfrutamos hoy. Es una auténtica pionera que rompió moldes en las condiciones más difíciles. -¿Qué moldes rompió? -Muchos. Asombra y asusta que mujeres como ella, que lo tuvieron todo, hayan caído en el pozo del olvido. Ella fue de las primeras en ir a la Universidad (entonces las mujeres iban acompañadas y las encerraban en el aula), defendió la igualdad y reivindicó la formación a que tiene derecho la mujer, aspiraciones frenadas siempre por la iglesia de una manera feroz. Cuando se forma el Liceo Club femenino generó un escándalo; las mujeres que lo promovieron fueron rechazadas y tildadas desde la iglesia de endemoniadas. Siempre se opuso a la sumisión. -¿Cómo le marcó su origen social? -Su padre era militar de baja graduación: sargento chusquero. Se retiró de teniente. Procedía de una familia humilde: su padre procedía de Valencia y su madre del campo de Tabuenca. La madre era analfabeta, fregaba suelos en la pensión en que se instaló José Poch, su futuro marido. Era una señora tan inocente, buenísima, sumisa y religiosa, que jamás quiso hacerse una fotografía: pensaba que era algo pecaminoso. -Amparo quería ser escritora e hizo sus pinitos. -Siempre quiso ser médica. El padre, que era un auténtico espadón, le dijo que la Medicina era una ocupación inadecuada para una mujer. Le dijo que se hiciese maestra. Cuando acabó Magisterio, se matriculó en Medicina. Empezó a colaborar con ateneos y sindicatos, enseñaba a leer y a escribir a las mujeres. Cuando en 1934 funda la revista “Mujeres libres”, ya en Madrid, continuará una experiencia que ya había realizado en Zaragoza. -Usted, en el libro, recupera sus colaboraciones en “La Voz de Aragón”. -Escribió desde siempre. Desde muy joven quería echar fuera sus pensamientos e inquietudes. Hace poesía, narrativa, periodismo. Era una mujer excepcional, consiguió 28 matrículas de honor en su carrera. Pintaba, podía hacer lo que quisiera. Poseía una mente clarísima: era una visionaria en muchas cosas. -Y tampoco excluía la polémica. Salía a defender sus puntos de vistas en la prensa contundencia. -Sus opiniones conmocionarían una apacible sociedad burguesa como la de Zaragoza. -¿Qué podemos decir de su novela breve “Amor”, editada en 1923? -Tanto que fundó una clínica médica. -En 1934 se trasladó a Madrid. ¿Cómo le fue? -La guerra civil y el exilio le truncaron la trayectoria. -Ejerció en la Cruz Roja y mantuvo siempre su dignidad. Escribía, ayudaba a los exilados, ejercía de médico bajo cuerda. Los anarquistas españoles eran perseguidos continuamente por la policía francesa. También fuera se portó como una heroína silenciosa. -Con esa abnegación, con esa lucidez, con esa rebeldía, es difícil. Eran otros tiempos mucho más difíciles. Amparo Poch nos enseñó a pensar, expresó la necesidad de preparación de las mujeres, a pesar de la terrible influencia de la religión. Y nos enseñó que la sexualidad no es vergüenza sino un privilegio y un derecho, la sexualidad es la vida. Amparo Poch enseñó a las mujeres a disfrutar de su cuerpo. -Tuvo una vida amorosa muy rica, aunque siempre defendió su libertad: pedía a los hombres que no la coartasen, que no le cortasen las alas, que la dejasen sola cuando era necesario. Practicaba lo que escribía. Tuvo varios amores. Amparo Poch fue el gran amor del crítico y poeta Gil Comín Gargallo: él estaba enamoradísimo, ella le encantaba pero Amparo lo quería como compañero de letras pero no como amante. *Antonina Rodrigo, esa admirable biógrafa de tantas mujeres y de escritores como García Lorca, ha publicado dos libros sobre Amparo Poch: "Una mujer libre. Amparo Poch y Gascón". Flor del Viento, Barcelona, 2002. 300 páginas. Y "Amparo Poch y Gascón. Textos de una médica libertaria". Diputación de Zaragoza / Alcaraván. Zaragoza, 2002. 293 páginas. También Lola Campos en su libro "Mujeres aragonesas", Ibercaja. Zaragoza, 2003, le dedica un capítulo. He salido a las dos y media de la mañana de “Heraldo”. Tenía que terminar un artículo extenso, muy extenso, sobre Ferdinando Scianna, que sale hoy –el martes tendrá un encuentro con periodistas, fotógrafos y artistas en Ibercaja (si alguien quiere apuntarse, encantado), y por la tarde hablará en el Paraninfo a las 20.000-y otro sobre un ilustrador, publicista y dibujante olvidado y nonagenario Luis Germán, que hizo tebeos para París y que ilustró los cuentos de muchos niños de Zaragoza en la posguerra y que pintó en el Casino Mercantil “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”. Tenía tal revoltijo de papeles que debía poner un poco de orden. *La foto del Mercado Central de Zaragoza, que concibió Félix Navarro, pertenece al archivo maravilloso de BanK Hacker. Si le molesta a alguien la retiro. Suena el timbre en casa y es el editor Chusé Raúl Usón. Llama para decir que ya existen ejemplares del libro "El fumador pasivo" de Daniel, su segundo libro en Xordica, compuesto por cinco relatos: uno sobre la vida universitaria y un profesor tan extravagante como humano llamado Gaspar Cayarga; otro sobre una mudanza de Barcelona a Francia y la relación que se establece entre un tío y su sobrino y el acceso de ambos a espacios ocultos; otro sobre la vida universitaria en Norwich con un homenaje al malogrado W. G. Sebald; otro sobre los lentos adioses del amor, y el último es una evocación de un abuelo, un abuelo que ya ha dejado de contar historias pero que fue el hombre que alumbró el mundo, los matices y la sabiduría al niño. Pensaba que Raúl traía ya el libro, pero en realidad lo han ido a buscar a la encuadernadora. Qué ilusión, qué maravilla, cuatro años después de "La edad del pavo", otro libro que le ha acompañado en Zaragoza, Norwich, sus viajes a Italia, su estancia como lector en Evreux. No hay nada más bello para un escritor que tener editores que te quieran, que respeten lo que haces, que se entusiasmen con cada libro. Chusé Raúl Usón, con su falsa frialdad, es un espléndido editor y yo le agradezco todo el cariño que ha puesto siempre en los libros de Daniel, que a éste le ha dado mil vueltas. Chusé Raúl le mandó una carta a Evreux diciéndole que quería el libro... *La foto es de Heraldo de Aragón, aunque para el libro lo ha retratado Patricio Julve, en su calle Perera Larrosa 7 (Garrapinillos) A principos dos anos ostenta coñecín a un home do mar, co cabelo mesto y algo ruzo xa, que andaba de aquí para acolá cunha fasquía de fidalgo sentimental, un pitillo de cando en vez na boca e unha saudade esencial. Tiña algo de personaxe de Ramón Otero Pedrayo ou dos contadores de historias de lobos e misterios de Ánxel Fole. O seu nome era ben literario: Ventura Amar Sestayo. Non é que pasase inadvertido, non, porque había na súa ollada un xeito de mirar especial: a do ser que busca a felicidade en cada conversa, o cultivo da amizade, pero parece estar pensando sempre noutro sitio. Pensando e vivindo. É ese lugar existía, claro: era Galicia, o mar don Son, Ribeira e o lento esvoazar das gaivotas no mar e na terra, neses menceres nos que parecen fumegar os sulcos despois da seitura, e mesmo o pasado que deixara atrás: o pasado a nenez, o recordo da familia, aqueles tempos de mariñeiros, de fotógrafos ambulantes, de circos, de cans sen dono, de indianos que ían e viñan das Américas lonxanas á Terra. Non recordo exactamente en que momento nos fixemos moi amigos, pero durante case unha década, todas as mañás de domingo, mentres eu traballaba en “El Periódico de Aragón” montando un suplemento de libros que saía os xoves, el aparecía co seu traxe azul mariño, como de capitán de barco en terra, como de náufrago lonxe do Son, e sempre me traía algunha cousa: unha páxina que recortaba dos xornáis cunha entrevista, un informe mareiro, unha revista nova onde lle acababan de publicar un poema. “Si, si, o poema ‘Corredoria’, e tamén ‘Laios dos emigrantes’. Estou moi contente”. Estabamos xuntos unha ou dúas horas, falando de esto e de aquelo, a recordar, a parolar sen acougo. Recordo que un día lle fixen unha entrevista longa, de dúas páxinas, no xornal, nunca serie titulada “Los raros”. Ventura Amar era un raro: un cabaleiro de antano, co seu xenio, requintado e atento, respetuoso co outro, romántico, namorado da súa dona e de outra dona simbólica, casi espectral, quizais unha quimera, chamada Galicia. Naquela entrevista, Ventura Amar contárame cousas das que nunca falaramos: a súa vida no paradiso do Son, os personaxes que lle ensinaran a descubrir o mundo, a casa, as súas irmás, a presencia constante do mar, espello e música do cativo abraiado. Contoume como marchara polo mundo adiante, e como chegara a Zaragoza onde, despois de ter traballado de mecánico y de conductor de camións, obtivo un posto de chófer de protocolo, e alí estivo moitos anos. Era o chófer máis querido pola súa simpatía, o seu aire de home do seu tempo e do romanticisimo, polo seu acento y pola vocación secreta de recitar poemas en galego de Rosalía, de Cabanillas, de Curros, de Añón, de Pondal, que eran os seus escritores favoritos. As veces, era o funcionario pintoresco e delicado que engaiolaba con recursos non previstos, como a súa condición de contador de historias, de rapsoda de poemas propios. No seu coche levou a moitos invitados do alcalde de Zaragoza: o historiador e crítica de arte José Camón Aznar, a soprano Pilar Lorengar, o científico e médico Grande Covián, e todos tiveron con él xestos de respeito e de simpatía. Ventura Amar do Porto do Son, como gustaba dicir el, integrouse máis tarde no Centro Galego, e iso foi unha maneira definitiva de vivir sempre en Galicia: na intimidade coa súa dona Maruxa e os fillos, e no lecer de cada tarde. Ao cabo dun tempo, empezou a falarme de Ramón Sampedro, ao que ía ver cada vez que voltaba a Galicia. Falaban de poesía, de filosofía, fumaban un chisco, recordaba de novo o mar, como esa patria de soños que lles ripara a historia e a enfermedade. Líalle ao doente cousas, as súas cartas desde o inferno, e sempre tiña alí unha cita. Outro día, e foi unha grande sorpresa, tróuxome un cartafol de relatos, que eran como a memoria da súa vida en Galicia: a historia do retratista, Lela, Benvido e a súa parentela, a historia do xoven e inocente seductor de todas as nenas da súa aldea, os días de escola, a venda do porco, etc., ese libro que agora ten o lector entre as mans. Sempre desexei que Ventura o vise publicado en vida, e traballamos niso, pero a morte atallou moito máis. Son as páxinas dun home sentimental e garimoso que fai o mellor que sabía, seguindo a escrita transparente de Castelao: recordar, evocar e soñar, volver a vivir aqueles tempos, a súa terra, o seu pobo. Iste é un libro inxel, o libro curto dunha vida longa, a paixón de sentir Galicia tan lonxe da chuvia, algo que tamén se ve na media ducia de poemas que escribiu. *Texto en galego. Había varios anos que non escribía nada directamente en galego. Ventura Amar foi un amigo especial na miña vida, nos anos 90. Agora en Porto do Son estudian a edición dun libro seu de contos e poemas. Chusé Raúl Usón, editor de Xordica, también siente una gran admiración y cariño hacia la obra de Manuel Moyano (Córdoba, 1963; reside en Molina de Segura, Murcia), un original e imaginativo escritor que ha publicado libros como “El amigo de Kafka”, “El oro celeste” (Xordica, 2003) o “Galería de apátridas” (2003), que conforman una trayectoria sumamente atractiva. Ahora, con portada de Otto Dix, aparece el libro “La memoria de la especie” (Xordica), un libro que es una propuesta mestiza en la que se cruzan Borges, Marcel Schwob, Lytton Stracchey, Italo Calvino, Gómez de la Serna o Joan Perucho, como animales de fondo, como referencias cruzadas, aunque el poder de creación de Moyano es suyo: divertido, paródico, irónico. En el libro hay de todo: narraciones sobre el último día en la vida de grandes personajes como Beethoven, Simón Bolivar, Goethe (“Sus últimas palabras fueron: ‘Que Dios ayude a mi pobre alma”), Chopin, Rimbaud, Apollinaire, Anna Pavlova, Pessoa (“Pedía sus gafas, quizá para que nada pudiera escamotearle la visión de su propia muerte”), Manolete, Franco (Murmuró aquello de “¡Qué duro es esto!”, “¡Dios mío, cuánto cuesta morir!”), Sartre, Hitchcock y Cela, entre otros. Otra parte del libro, “Archivo de atrocidades”, es la glosa poética, cargada de humor e ironía, de noticias de asesinatos, robos y otras perturbaciones. Hay piezas delirantes; otra es el “Interludio onírico”, que es una narración muy particular, con un homenaje o guiño final a “El Libro de Arena” acerca de la hipotética relación entre Borges y el padre del autor Antonio Moyano. Y entre otros textos, en el apartado “Bazar”, de aforismos, noticias, bromas y veras, y hallazgos felices, leo esto: -“Titular de un periódico: ‘Elías Canetti murió mientras escribía un ensayo sobre la inmortalidad’. Ignoro si la ironía del periodista fue o no involuntaria”. -“Un verdadero amigo es –creo- aquél por cuyos éxitos uno se alegra sinceramente”. -“Cuando estamos obnubilados por un autor, toda su obra no nos basta. No son suficientes su biografía, su epistolario. Buscamos cada ínfimo texto salido de su pluma o de su voz; sus prólogos, sus entrevistas, sus anotaciones; incluso un cuaderno de notas inconexas que ni siquiera tiene el carácter de boceto o de dietario”. Y recojo este texto último porque creo que es de donde sale el título de este espléndido libro, una continua caja de sorpresas. -“Abandonamos el mundo con el consuelo de que nuestro entorno nos sobrevive, de que los asuntos humanos siguen su curso. Pero algún día habrá un hombre que será el ‘último’. Con él se extinguirá la memoria de la especie. ¿Cómo imaginar siquiera lo que sentirá en el momento de su muerte?”. “La memoria de la especie” de Manuel Moyano es un libro fronterizo, vinculado también con el Vila-Matas de “Historia abreviada de la literatura portátil” o “Para acabar con los números redondos”, vinculado con Álvaro Cunqueiro (sobre todo en su "Dietario Mágico"), que posee el encanto del mestizaje, de lo infrecuente, del ingenio y del divertimento. Entras en él, en cualquier rincón, y disfrutas porque además, como se recuerda en la contraportada, se disecciona al ser humano con distancia, ternura y escepticismo, todo a la vez y bien mezclado. La trayectoria de Miguel Mena es muy coherente. Es un escritor que se inició en el campo de la literatura con aspiración a la comunicación directa, optaba por una literatura popular entendida con la máxima dignidad, y ha ido evolucionando hacia un mayor compromiso personal, como sucedía en “1863 pasos” (Xordica, 2005, que ya tiene dos ediciones, donde hay un impresionante texto como “El Moncayo, ese dios que ya no ampara”) y hacia una mayor definición en la trama, la arquitectura narrativa y la presentación del contexto histórico. Miguel Mena firma el próximo jueves, en “Artes & Letras” de “Heraldo”, una extensa reseña sobre el libro de la jota, que ha publicado Prames, en el que escriben Javier Barreiro y José Luis Melero. Con esa amabilidad exquisita que tiene, me dijo: “Deja de hacer el tonto y escribe una novela. Llevo años diciéndotelo. ¡No me digas que no! Las editoriales sólo quieren novelas”. Le repetí la frase que me gustó mucho del libro de Manuel Moyano: “Un verdadero amigo es –creo- aquél por cuyos éxitos uno se alegra sinceramente”. Sé que somos un buen montón los que nos alegramos de este galardón para Miguel. Esa novela va a ser un éxito en Asturias (Gijón y Oviedo), en Málaga y alrededores, en Zaragoza… Esa novela la van a llevar al cine en menos de un año, contado después de la primavera. NOTA COMPLEMENTARIA Miguel Mena (Carabanchel, Madrid, 1959) compañero de la gran Mercedes Ventura y papá de Daniel, con nuevo refugio en el Moncayo, explicó hoy a Efe que el libro "se inspira en el clima social inmediatamente posterior al conato de golpe de Estado de 1981, una época de continuo sobresalto, en la que casi todos los días asesinaban a gente como reflejan los periódicos", apuntó. ANTONIO MARCO BOTELLA: MEMORIA DEL ESPERANTO Antonio Marco Botella necesitaría una segunda vida: compraría meses y años, y sería capaz de hacer un pacto con el diablo para que le devolviese la memoria. Día a día, por la obstrucción de la venas carótidas, acusa su pérdida. Le cuesta recordar ya el nombre o el rostro de aquel profesor argelino que le habló, en un campo de concentración, del imperio desvanecido de Al-Andalus. Para combatir los estragos del tiempo se levanta temprano, y se sienta ante el ordenador: apura sus memorias, traduce poemas al esperanto o vierte el volumen “Lirikaj perloj de Al-Andalus” al castellano. Por la tarde pasea, escribe de nuevo y hace crucigramas en su estudio ante los cuadros de su mujer Pilar Gayarre. Nació en 1921en Callosa de Segura (Alicante), una población industrial de quince mil habitantes, famosa por el cáñamo y el lino que recogía. Allí trabaja todo el mundo y a destajo: desde las cinco de la mañana hasta la diez de la mañana. Antonio conserva varias imágenes: los niños, a partir de los seis años, ya empezaban a hilar ante sus padres, envueltos con un fajo de cáñamo, con el cual se hacían las redes de pescar; corría el dinero a espuertas y abundaban los cafés, las tabernas, los individuos inclinados a la aventura. Al principio, el joven, segundo hijo de un modesto empresario de rastrilladores de cáñamo, iba a un colegio privado, denegrido y sucio, habitado por cucarachas y piojos, en el que le obligaban a cantar el Padrenuestro. Luego, ante la pujanza de los colegios krausistas, Primo de Rivera se sacó de la manga las Escuelas Graduadas; Antonio acudió a la recién creada en Callosa y allí atisbó “por primera vez la modernidad: por la calidad de los profesores, por la arquitectura misma del recinto, luminoso, de paredes blancas, y por los métodos de la enseñanza. Recuerdo que nos explicaban la historia de los árabes, por ejemplo, a través del castillo de la localidad”. El muchacho perdía la cabeza por el fútbol y los juegos de “palomas y gavilanes” y el marro. Aunque lo que le hacía soñar eran las películas de cine mudo con narrador: la entrada costaba quince céntimos y se proyectaban obras por episodios, “el héroe nos dejaba hasta el domingo siguiente a punto de morirse. Nos pasábamos la semana entera en vilo”. Antonio tenía otra pasión: la prensa, las revistas, el papel escrito. Observó que el lugar donde siempre los había eran las barberías: le pidió a su padre que le dejase entrar de aprendiz en un local con el único objeto de estar cerca de la información, de las fotos. Cuando aún no había salido de la adolescencia del todo, estalló la Guerra Civil. Ya había visto, con sus voraces ojos, que se vivía bajo un estado anímico político muy encendido. En una ocasión se había organizado una huelga bastante salvaje durante 40 días: no se dejaba trabajar a nadie, las tiendas se vaciaron de inmediato y se pasó hambre y necesidad. “Los chicos nos íbamos a las huertas a robar naranjas y manzanas”. Aquella realidad violenta reapareció el 18 de julio de 1936; en 1938, tuvo que incorporarse a filas del ejército republicano, que era el suyo, al Frente de Levante. En poco más de dos semanas vio el horror de cerca: la muerte de compañeros o el poderío armamentístico del ejército de Franco. “Tenía muchas más armas que nosotros y disparaban con locura: aquello era un infierno y una locura”. A él y a muchos compañeros, que ya no vislumbraban esperanza, el país se desplomaba hacia el abismo del totalitarismo, les ofrecieron un pasaporte para México en el barco inglés Stanbrook, objeto de una novela de Rafael Torres “Los náufragos del Stanbrook”. Hasta en eso fue desdichado: se enteró de que su hermano Roque, aviador, había desaparecido y de que el dinero sólo le llegaba hasta Orán, donde desembarcó y fue alojado con cinco mil presos más en un campo de concentración de los franceses. Allí permaneció 17 días sin comer apenas (un kilo de pan se repartía entre una docena de hombres), sólo había un retrete para mil personas y todos, todos, hacía sus necesidades en el mar. Luego trasladaron a los prisioneros, “nos consideraban criminales, asesinos”, al campo de Boghary. Permaneció ocho meses bajo la sombra amenazante de los soldados senegaleses y sus bayonetas. Los presos empezaron a organizarse y se impartieron cursos de Astronomía, de Gramática y de esperanto, entre otras materias. Antonio, que apenas tenía 18 años, fue el profesor. “¿Por qué el esperanto? Entonces éramos idealistas. Nos parecía el idioma del entendimiento, y pensábamos que si nos entendiésemos todos, se acabarían las guerras. Era el idioma de la paz”. Los reclusos tenían equipo de fútbol, bandas de músicas, coros, tertulias. “Las autoridades cambiaron de pensar: no éramos asesinos. Así que crearon un campo de concentración de intelectuales en Cherchel para 300 personas”. A Antonio lo vino a un buscar un día un agricultor de origen español, Vincent García, para que fuese capataz de su hacienda de hortalizas; lo intentó, pero se le burlaban los obreros, y renunció. Mr. García no le dejó irse y le facilitó otro trabajo como peluquero para europeo. Dos años después volvió a casa, volvió al cáñamo y, tras residir en Granada y Sevilla, recibió una oferta de empleo para dirigir una sección de la fábrica de tejidos de Caitasa en Zaragoza. Era el año 1949: Antonio vino para quedarse y para traer sus obsesiones. Se integró en Montañeros de Aragón y visitó el Centro de Esperanto de Zaragoza de la calle de Santa Isabel. Supo que ya no se daban clases y que los esperantistas se reunían más o menos en secreto. Fue a verlos al Café Levante y les dijo: “El esperanto no está prohibido. Está mal visto”. Empezó a dar clases, y poco después sus alumnos eran visitados por la policía por la noche. “No les hacían daño, pero les preguntaban por qué aprendían un idioma que era de rojos, de rusos. Un día vino a verme un policía al hotel donde vivía y me hizo la misma pregunta. Le dije que Stalin estaba matando a esperantistas. No se lo podía creer”. Antonio no ha parado de trabajar desde entonces, pero nunca olvidará su primera visita a la Aljafería. “La encontré llena de soldados. Dije que me gustaría verla. Me dijeron que era imposible. Pero no sé lo que hice que convencí a un suboficial que me enseñó el Salón del Trono lleno de fusiles que salían hasta por las ventanas o la estancia donde nació una de las hijas de los Reyes Católicos: allí iban a orinar los soldados. Apestaba. Me encanta la Aljafería: allí encuentro muchas estampas o escenas que aparecen en mis libros hechas realidad. Es una gran joya”. Asume el fracaso del esperanto, que ha pasado de varios miles a un centenar apenas: “Tengo la esperanza de que un día la gente se dé cuenta de lo práctico y sencillo que es”. Se ausenta un instante y vuelve con sus inéditas memorias de 227 páginas, que acaban así: “Yo seguiría mi vida, y algún día volvería a escribir, porque seguro que tendría algo que contar...” Los telediarios son una gran fábrica de ilusiones. Incluso han adoptado la estética del videoclip. La infografía se mezcla con la información en directo, en un asombroso despliegue, y nunca se sabe si la acumulación de noticias de efemérides responde al interés general o a una política de acérrima nostalgia. Ayer, los telediarios nacionales rompieron con esa norma: el asunto central fue el choque que se libraba por la tarde entre el Villarreal y el Real Zaragoza. Se analizaron coincidencias e hitos perfectamente olvidables: cómo algunos futbolistas habían jugado en ambos conjuntos, caso Galca; cómo Víctor Muñoz fue también preparador del equipo levantino, o cómo los blanquillos vivieron su peor pesadilla allí, en medio de una inmensa tangana. Pero, sin duda, el protagonista absoluto fue el Real Zaragoza: se analizó su trayectoria irregular, que hace temer por el puesto de Víctor Muñoz, “a quien se le niega, de nuevo, la gloria como míster”, y se constató que el club mueve una inmensa masa social. El telediario, además, recordó los grandes momentos del club: empezó con “Los Alifantes” de Lerín y diez más; evocó el fulgor de “Los magníficos”: puso imágenes de aquel 6-1 de los “zaraguayos” al Real Madrid cuando Franco agonizaba en un simbólico primero de mayo de 1975. Y sonó a ritmo de canción de Bunbury la gesta de la Recopa en París. Fue algo precioso. Por una vez no se dijo nada del Madrid-Barça. Como guinda inesperada de cierre, se informó del malestar que ha provocado en la Comunidad el hecho de que el AVE a Toledo sea más barato y más bonificado que el de Zaragoza a Calatayud, o viceversa. Está claro: hay días en que ni nos dejan ser victimistas. *Querida Magda: esta fue la pequeña broma que se publicó ayer en "Heraldo". Dentro de poco, los telediarios pasaran a llamarse Deporte, a secas, e incluirán cinco minutos de información general. 1. EL FOTOGRAFO SICILIANO PARTICIPA EN LOS 110 AÑOS DE "HERALDO" 2. EL REPORTERO DE MAGNUM HABLARÁ DE LOS SECRETOS DE SUS FOTOS Ferdinando Scianna (Bagheria, Sicilia, 1943) se inclinó hacia la fotografía misteriosamente. Parecía impreso en el viento marino o en algún peñasco del campo próximo que iba a ser médico, arquitecto o ingeniero, como correspondía al hijo de una familia burguesa. De golpe, un día le anunció a su padre que quería ser fotógrafo. Al parecer, ninguno de los dos, ni el padre ni Ferdinando, sabían muy bien qué significaba esa decisión. El joven empezó a hacerse a la idea tras retratar a sus compañeros, en particular a una niña que solía decirle: “¡Qué bonito! ¿Me haces a mí también?”. Y Ferdinando le hacía fotos porque tenía la sensación de que era apreciado, reconocido en Bagheria. La fotografía era casi una estrategia de seducción y a la vez también era como una senda inesperada. Su padre, pese a todo, le regaló su primera cámara, y Ferdinando empezó a tirar fotos muy distintas de fiestas, pero también del paisanaje, de la vida en Bagheria, aquel lugar donde se recomendaba no dar de mamar a los niños tras los bombardeos por temor a que la leche “estuviese asustada”. La idea era, con ese material, hacer una tesis de antropología, aunque luego, cuando Scianna tenía 20 años, se cruzó en su existencia el escritor Leonardo Sciascia, futuro autor de “El caso Moro”, “Todo Modo” o “El contexto”. Sciascia arriesgó un juicio esclarecedor: le dijo que esas fotos no tenían una voluntad etnográfica, sino claramente narrativa. Scianna definió aquel “encontronazo” feliz como “un amor a primera vista”. Poco después, hacia 1965, encontraron un editor en Bari, y una maravillosa acogida en Nueva York, por Album Photografic, que le remitió una carta con este mensaje: “Es el libro más impresionante del año”. Luego, le encargaron un reportaje de la Villa Napoleón de Milán, y lo hizo en diez días “con una mentalidad política agresiva y expresionista. Yo era del pobre sur. Era un chico de pueblo en la capitalista Milán, así que le puse un poco de ironía”. Estaba en una librería con sus fotos y apareció Lamberto Vitali. A Scianna le gusta contar, como si se tratase de un cuento o de una novela casi fantástica, que es un increíble coleccionista, “el que trajo a Italia a Cartier-Bresson, autor de un libro sobre el fotógrafo Nadar, y poseedor de obras de Leonardo, Odilon Redon o Giorgio Morandi”. Aquel hombre vio las fotos y le encargó un reportaje “nada convencional” de la boda de su hija. El joven siciliano no salía de su asombro. Después en la revista “L’Europeo” de París, donde hizo el aprendizaje de fondo: reproducciones, fotos rápidas, reportajes de todo y de gentes de medio mundo: estuvo en la India, donde ha obtenido algunas fotos maravillosas, por ejemplo toda la serie de Benarés, en Japón, en Bolivia. “L’Europeo” fue una escuela permanente que se prolongó durante quince años, y fue entonces, por ejemplo, donde coincidió con Milan Kundera, del que es un buen amigo. Cuando decidió reemprender su carrera en Italia, en Milán, con todo lo que sabía, con un impresionante bagaje (su bibliografía ya incluía “Il glorioso Alberto”, “Les Siciliens”, con texto de Dominique Fernandez y Leonardo Sciascia, que se publicó en París y Turín en 1977), tuvo otro encuentro fantástico: Henri Cartier-Bresson, que fue el embajador para que entrase a formar parte de Magnum. Es curioso: Lamberto Vitali le dio una carta de recomendación para el autor de “Los europeos”, que Scianna no utilizó, y entraron en contacto cuando le envió su libro “Les siciliens”. Desde entonces, el trabajo de Ferdinando Scianna ha ido evolucionando con una calidad constante y creciente, y con una estética que él define, a la manera de Cartier-Bresson o Catalá-Roca, entre nosotros, como “el testigo invisible”. Dice Scianna: “Entiendo la foto como un toreo con el instante. Eso me apasiona. El mundo está ante mí con sus significados y sus formas caóticas. Hay un momento en que tú te identificas con la misma rapidez con que las cosas pasan. Yo, como decía Picasso, no busco: encuentro”. Ferdinando Scianna busca siempre elementos concretos: miradas, grupos, atmósferas, ambientes, tensiones, paradojas, y después halla algo que, inconscientemente tal vez, tenía muy adentro. De ahí que diga siempre que la fotografía es “mirar intentando ver. Para mí el mayor logro que puede conseguir una foto es acabar en un álbum de familia, pero el álbum de familia de cientos, miles, de millones de hombres del mundo”. En los últimos años ha publicados libros extraordinarios: “La Forme del Caos” (Udine, 1989), con textos de Vázquez Montalbán y Leonardo Sciascia, “Leonardo Sciascia, fotografiado por Ferdinando Scianna” (1989), “Jorge Luis Borges fotografiado por Ferdinando Scianna” (1999), “Dormire, forse sognare” (1997), el impresionante “Quelli de Bagheria” (2002), al que incorporan unos pies de fotos que tiene un efecto memorialístico o de novela, o “Mondo Bambino” (Niños del mundo) (2002), donde recoge su trabajo como fotógrafo de niños. En 1989, el año de la muerte de Leonardo Sciascia, publicaron en Italia y en España el libro “Horas de España” (Tusquets, 1989), proyecto que evoca así Sciascia: “Leonardo Sciascia y yo viajamos juntos en diversos momentos. Creo que la última fue coincidiendo con el cincuentenario del inicio de la Guerra Civil. Viniendo desde Madrid, paramos en Zaragoza e hice unas fotos del Tubo. Luego nos fuimos a Belchite: me impresionó muchísimo. Es como una Pompeya de la locura, de la tragedia europea. Es un raro monumento de lo que pasó y un escenario de una belleza trágica, tamizada por la rosada luz del día. Sciascia caminaba entre las ruinas y yo tenía la sensación de que el peso de la historia se le grababa dentro”. Este hombre, este fotógrafo, este humanista radical y apasionado participa hoy, martes, a las 20.00 en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza en una charla sobre su trabajo, sobre sus paseos por el mundo. Scianna se identifica con el primer Eugene Smith, con Elliot Erwitt, con Inge Morath siempre. Trabaja en un libro, con textos suyos, sobre la comida. Y sigue creyendo que la fotografía es un acto misterioso gobernado por la casualidad. CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 37 Rara vez escribo, pero cuando lo hago empiezo siempre igual: me llamo Manuel Martín Mormeneo y soy fotógrafo. Vivo en las afueras de Zaragoza, en un barrio tranquilo con canales de riego, una iglesia de aspecto francés, como la plaza de palmas y de pinos y de surtidores, y muchas urbanizaciones bajas de adosados con un minúsculo jardín. Tengo una perra, contra mi voluntad. Siempre hay algún amigo que nunca tendría un perro en su casa pero que se empeña en metértelo en la tuya, basta que le insistan tu mujer y los hijos. Recuerdo perfectamente el sábado por la mañana que la trajo: en una caja, diminuta y de piel blanca, algodonosa, acariciable. Era una mastina del Pirineo. No entiendo nada de perros, o más bien poco a pesar de lo que mucho que he leído sobre ellos, pero me di cuenta de inmediato de que aquel animal, en unos pocos meses, sería gigantesco. Ahora, un año más tarde, es como una osa de las nieves que hiberna en mi propio salón, sobre el sofá. Mi amigo ya no viene por casa, pero cuando lo hace siempre percibe alguna contrariedad en mi mirada o intuye una dolorosa ironía en mis palabras (es más su mala conciencia que mi actitud hostil, creo), y hay un momento inevitable en que me dice: “¿Me lo perdonarás algún día?”. Desde luego que no. A mí jamás se me ocurriría llevar un perro a la casa de alguien que detesta los perros. Eso sí, mi mujer, antes de irse de casa con un poeta bilingüe de Olivenza, le estaba muy agradecida. Lo más patético para mí es que a los niños la perra les hace la vida imposible: les destroza los juguetes, las muñecas de trapo, las botas de fútbol, algunos tebeos (le gusta morderlos y rebanar las aristas de la portada y dejar bien nítidas las huellas de sus colmillos), hasta ha destrozado las patas de la mesa y de las sillas de madera oscura que nos llegaron de Finlandia. La perra les hace la vida imposible, pero no quieren que nos deshagamos de ella por nada del mundo. Eso sí, quien la saca a pasear por las mañanas y por las noches soy yo. Seré sincero: soy el único al que obedece Julia Margarita, así se llama la perra (tendría que explicar que debe su nombre a una fotógrafa pictorialista, que ilustró “Los idilios del rey” de Alfred Tennyson..., y sería peor), y paso buenos momentos, de madrugada, bajo un cielo azul de tiniebla que se ahueca de estrellas, mientras la perra amontona sus excrementos en el descampado. Les cuento esto, pero ni quería ni quiero hablar de Julia Margarita. No. Es otra de esas paradojas o contradicciones habituales que me regala la vida y que acepto con resignación. Con resignación y sin tentativas de suicidio o de irme de casa para siempre, ésa es la verdad. En realidad, yo quería hablar de mi primer perro: Pluto, un perro de aguas, azafranado, de larga melena al viento y una sonrisa de perturbado que no rechaza las limosnas. Un cocker spaniel de pura raza. También me lo metieron en casa cuando yo estaba en Galicia haciendo un reportaje sobre los pescadores de percebes que me habían encargado en el periódico “El día de Aragón”. Siempre me intrigó por qué le interesaba a un diario de secano la vida de aquellos hombres de mar. No es que el director fuera cómplice de los deseos de mi mujer, no: Plácido Díez Bella acababa de leer la novela “Gran Sol” de Ignacio Aldecoa y por aquellos días lo habían invitado a una fiesta gastronómica de marisco, donde le insistieron que los percebes eran afrodisíacos y que “endulzaban el vientre de las embarazadas”. Estaba a punto de ser padre por segunda vez. Esas eran las peregrinas razones de mi viaje a Muxía, Laxe, Malpica, Camariñas, a Corcubión, Fisterra, Corme, Caión, Barrañán. No quiero abrumar a nadie con más nombres, ni con los gigantescos faros, ni con las imágenes un tanto fúnebres de las cruces plantadas en el precipicio: desde allí, un hombre o una mujer se habían despeñado al océano cuando hurtaban percebes a las rocas. Allá me fui, digo, y durante mi ausencia entró el perro en casa. Lo trajo mi cuñada Isabel de San Sebastián. Si hubiera tenido arrestos me habría separado. O agallas. O pundonor. O amor propio. De los perros me molestaba todo: jamás se me habría ocurrido llamarlos ni arrojarles nada, me incomodaba su olor, mucho más que el humo del tabaco negro, los pelos que iban dejando por el sofá y las camas, sus ganas de jugar, sus celos, los celos que sienten cuando acaricias o bañas a los niños. Me ven pasar y me ladran con una ferocidad incomprensible, como si husmearan a mucha distancia mi pánico. Además, este perro, como era joven, lo mismo se meaba o se cagaba en el dormitorio que en la alfombra de la salita. Eso era casi lo peor, y explico el casi porque había algo más horrible: cada noche cuando volvía del bingo a las tres y media de la mañana lo sacaba a pasear en la explanada de la Magdalena. Decían que era un barrio peligroso, de apariciones inesperadas y violentas, de alcohol descontrolado y de droga; pues era igual. Debía sacarlo a la calle con la falsa templanza del que silba o canturrea para disfrazar el miedo a una navaja, a una pandilla furiosa, a lo desconocido. Y, claro, ese perro canijo y burlón no asustaba a nadie. Ni siquiera a mí. Hice de tripas corazón. Intentaba convencerme a diario de que el animal era bueno, cariñoso, que me quería como quieren los perros: con esa mixtura de servilismo interesado y de desdén. Como soy de temperamento obsesivo y perfeccionista –mi mujer me decía que parezco “ortopédico” y con eso quiere decir que soy rígido, que carezco de la más mínima naturalidad-, me dije que, ya que Pluto iba a quedarse en casa, tendría que amaestrarlo. Compré todos los manuales habidos y por haber de editorial de De Vecchi e incluso se dio la casualidad de que tenía una compañera de bingo, Asunción Ribalta, que se dedicaba a la cría de negros pastores belgas. Le explicaba mis avances y mi desesperación. Al final, tras contarme las crías que tenía, los nuevos campeones, los minuciosos resultados de una competición “apasionante” de fin de semana, ya ni quería oírme: “No pierdas más el tiempo. Los cocker spaniel están locos, y el tuyo está rematadamente loco”. Seguí comprando libros de perros, llegué a realizar antologías e inventarios de perros de casi todos los asuntos: de cuentos, de poemas, de tebeos, antologías de perros en el cine, de perros en la pintura, de fotos de perros (me hice amigo de Ferdinando Scianna, el artista siciliano, y él me hacía llegar una copia de cada una de sus fotos con perros; mi favorita es la de un perro que se lame el culo bajo un cielo plomizo en Benarés, la India, en 1972, aunque tengo otras de Siracusa, Sevilla, Roma y Bagheria). Y de ahí, cuando ya me parecía que no me quedaba nada que saber ni que coleccionar sobre los perros, inicié otro proyecto: el perro en la mitología. Cuentos populares del mundo con un fondo de perros. Lo he dicho ya antes: no quiero aburrir ni alargarme en exceso. No sé si fue por mi impaciencia y por mi falta de habilidad, o por la misma naturaleza indómita del perro, pero acabé cediendo en mis propósitos. Nunca sería capaz de educar a Pluto. Aunque soy fotógrafo por libre, o lo era entonces cuando no se abusaba del término “free lance”, me gano la vida como secretario de ayuntamiento. El bingo fue un trabajo ocasional. Me destinaron a Urrea de Gaén, un pueblo de aspecto árabe del Bajo Aragón turolense. Pluto vino con nosotros; al principio intenté mantener mis hábitos de siempre: sacarlo a pasear por la mañana y por la noche, pero como vivíamos en una casa de campo el perro aprovechaba cualquier descuido y se iba por el pueblo de ronda a su antojo. Deambulaba por el cementerio, los huertos, la Hoya del Moro, el campo de fútbol, la chopera, los cañaverales; se introducía en los corrales ajenos y provocaba un alboroto de gallinas y conejos. Se hizo famoso allí; de vez en cuando, se llevaba alguna zapatilla, un zapato de charol, un muñeco, lo que fuese capaz de quitarnos. Siempre había alguna mujer cariñosa que iba al bar La Maravilla, donde yo leía los periódicos, o que venía a casa y nos devolvía los objetos. Intenté encauzar el desorden del animal: lo llevaba a correr conmigo por un camino paralelo al río. A veces me dejaba atrás y se internaba en la chopera, en las huertas de higueras y manzanos, o se zambullía en el río Martín. Volvía siempre empapado de agua y de barro. Mi mujer lo bañaba casi a diario como a los niños. Acepté aquella vida en libertad del animal. Como todos sabían que era el perro del secretario del ayuntamiento, respetaban sus desmanes. Siempre hay alguna excepción, claro. Más de uno lo pateaba o le pegaba con un palo. Al principio, no me daba cuenta, a pesar de que me intrigaba mucho que un perro tan pacífico e ingenuo ladrase ferozmente, enrabietado, cuando pasaban algunos vecinos. Y cuando mi mujer me dijo que las hierbas silvestres o el trigal le habían reventado la córnea del ojo derecho, del que se quedó ciego, la creí. No se me ocurrió pensar que había sido objeto de una cruel agresión. Lo llevamos al veterinario, nos gastamos un dineral en la intervención, pero no había nada que hacer. Teníamos un cocker spaniel tuerto, y esa variedad no figuraba en ninguno de los catálogos sobre perros que yo había hecho. Pluto, sin embargo, era Pluto: el rey de la aldea y el rey de mi casa. Su belleza rivalizaba con su gracia, su candor y su dignidad: de noche, tendido sobre la alfombra, cerca de la chimenea, me hacía sentir como un noble inglés venido a menos que sólo conservaba de su pasada aristocracia el fuego y el perro. Era uno más de la familia. La mascota ingobernable. Permanecimos en Urrea de Gaén casi diez años. Hice de todo: entrené a los equipos de fútbol de benjamines, alevines e infantiles, y compré varias cámaras nuevas, instalé un laboratorio muy bonito en el desván con una ampliadora Durst, y logré publicar mis primeros libros en edición de autor: “La noche en casa”, 33 visiones (33 años tenía yo entonces) nocturnas de distintas viviendas de Urrea, con sus luces tras la ventana, con su arquitectura, con su moles de sombra en la oscuridad del barranco, y la serie “El trabajo del hombre”, un conjunto de reportajes sobre los oficios del lugar: aparecían campesinos, vareadores de la oliva, mineros en el pozo y a cielo abierto, mecánicos, electricistas, carniceros, panaderos, y ebanistas y pintores como Joaquín Sanz, que realizaba una obra con mucho color y muebles de estilo mudéjar, y si te descuidabas impartía lecciones de filosofía popular en su propio taller. No sé si es necesario recordar aquí que en Urrea de Gaén nació el médico, académico y pensador Pedro Laín Entralgo. Como el perro me acompañaba casi siempre, salió en muchas de las fotos. Como yo soy muy obsesivo y egoísta, siempre me falta tiempo para vivir conmigo y para compartir con los otros, no me di cuenta de que el perro había envejecido. Cojeaba con frecuencia, vomitaba, se rezagaba en las carreras por el campo, no sentía la necesidad de sumergirse en la corriente del río, no respondía a la provocación de los escolares y cruzaba la carretera completamente despistado. La gente me decía: “A tu perro ha estado a punto de matarlo un coche” o “Pluto ya no entra en mi corral como antes”. Teníamos un piso en la calle Bretón, en Zaragoza, un cuarto sin ascensor. Y una de las veces que vinimos a pasar un fin de semana, me quedé estupefacto. Estaba tan dolorido, se sentía tan inválido, que ya no era capaz ni de bajar las escaleras. El cuerpo empezaba a paralizársele y mi mujer me advirtió que ya no veía nada. “Ahora es como un anciano. Si fuera hombre tendría 80 años”. Recuerdo que tuve que cogerlo en brazos y bajarlo a la calle a hacer sus necesidades. Aquello ya me pareció un exceso, en cierto modo una humillación para alguien que no amaba precisamente los chuchos, otra inmensa paradoja de mi existencia. Decidimos sacrificarlo. Pero no de cualquier manera. Ya le había tomado cariño: lo veía manso, inmóvil, con los ojos vidriosos. Creo que fue en ese instante cuando me di cuenta de que, a mi modo, lo había querido mucho, de que me inspiraba una gran ternura. Nunca lo quise como entonces, cuando era un moribundo, un enfermo terminal. *La famosa foto del perro de Benarés de Ferdinando Scianna. **Este texto pertecene al volumen conjunto "Visiones. San Juan de la Peña", que ha coordinado Luis Ballabriga para Delsan. Prologado por Agustín Ubieto Arteta, en él participan los siguientes autores: Javier Aguirre, Luis Ballabriga, Juan Domínguez Lasierra, Teresa Garbí, Chema Gutiérrez Lera (que ha realizado los motivos iconográficos), José Antonio Labordeta, Román Ledo, Francisco M. Marín, María Jesús Mayoral, Antonio Pérez Lasheras, Adela Rubio Calatayud y José de Uña Zugasti. El volumen, continúa el camino abierto con "Visiones. Bécquer y el monasterio de Veruela". Y contó algo que merecía verse por un agujero: reunión en casa de Cartier-Bresson, con el fotógrafo y su mujer Martine Franck. El maestro revisaba sus “vintages” y algunos no pasaban la prueba. Lo iba rompiendo. Más tarde, medio en serio, medio en broma, Scianna la diría a su mujer: “Paola, recoge esos pedazos, que los restauraremos impecablemente”. Claro está que no lo hicieron. Aún así, Cartier-Bresson le regaló 16 originales que conserva como oro en paño. *Foto de Ferdinando Scianna de la serie de "Marpessa", casi una película sobre la moda vista de otra manera. La bella Marpessa, que no es siciliana, como tantas veces se ha dicho, es hija de una holandesa y de un hombre de Surinam. Reside actualmente en España, creo que en Ibiza, lejos de las pasarelas y es madre de dos hijos. El pintor y realizador Eduardo Laborda nos puso tras la pista de Luis Germán. “Sigue vivo y tiene 90 años. Su historia es increíble”. Cuando abrió la puerta un hombre menudo y con zapatillas de paño, nos pareció demasiado joven. En la entrada de su casa, cuelga un dibujo a tinta que le abrió algunas puertas. Dice: “Es una copia. Tenía sólo 16 años, la vio Manuel Bayo Marín, el ilustrador, cuando lo tenía a medio acabar y me contrató de ayudante”. La casa de Luis Germán, que pelea con la sordera del oído izquierdo, está llena de sus pinturas, caricaturas y dibujos, pero en la salita hay una caja de madera que es su baúl de tesoros: ahí yacen los dibujos, carteles, postales e ilustraciones que hizo en la prensa, para los cuentos infantiles que leía media Zaragoza, para los tebeos y portadas de París, para HERALDO, porque Luis Germán, que llegó a realizar una portada de “La voz de Aragón” en 1935 y quedó cuatro veces segundo en el cartel de fiestas del Pilar, ilustró durante casi cuatro años, en estas páginas, colecciones enteras de relatos de boxeo de Budd Schulberg, Ernst Hemingway (el relato “El luchador”), Irwin Shaw o John Huston (el texto “Tongo”), pero también novelas o cuentos por entregas como “Desciende, Moisés” de William Faulkner, Pearl S. Buck, William Saroyan, Graham Greene o Santiago Lorén, entre otros. “Nací en Zaragoza un trece de marzo de 1915. La fecha es importante, ya verá. Mi padre, Dámaso Germán, era maquinista del tren de Utrillas, él inauguró la línea, y mi madre, Teresa Martínez, se dedicaba a sus labores. Éramos cinco hermanos, y yo era el tercero. Estudié en la escuela Ramón y Cajal, en la plaza de la Victoria. Me gustaba dibujar y seguí con ello. Mi primer empleo fue como aprendiz de dibujante en la fábrica de muebles Loscertales, pero con las huelgas y todo aquello, la llegada de la II República, no volví. Además, a mí no me gustaba el dibujo del mueble, sólo el artístico”. Así comienza Luis Germán, tras haber mostrado una parte de su biografía artística, “sólo me quedan los bocetos, claro, los originales se los quedaban las empresas. También hice mucha publicidad y colecciones de postales con cuentos infantiles clásicos. La postal se dividía en dos tiras de cinco viñetas o ventanas, y debajo de cada una va el texto”. Manuel Bayo Marín -el gran ilustrador y caricaturista, el artista que fue el pionero de la utilización del aerógrafo, como probó hace poco Eduardo Laborda-, puso un anuncio en la prensa buscando un aprendiz de dibujante. Bayo tenía su estudio en Pignatelli 10 y Luis Germán vivía en Pignatelli 30. Fue a verlo, le enseñó “la copia que tenía a la mitad” y lo admitió. “Compartía el estudio con Luis Mata, el dibujante. Bayo Marín hacía caricaturas, estaba empleado en ‘La voz de Aragón’, y mi misión era completar cosas que a él no le daba tiempo, rellenar, iluminar. No es que se trabajase mucho, pero por allí iban el caricaturista Chas, Peropadre, el padre del arquitecto, Engel Medina, Luis del Valle, el poeta y profesor que firmada como Sulivella. Bayo Marín utilizaba el aerógrafo que nadie conocía en Zaragoza, y luego me lo compré yo. Al cabo de un tiempo me metieron a sacar apuntes del fútbol, como hacía Vigaray con los toros: iba al campo de Torrero para seguir los partidos del Iberia y hacer dibujos de las jugadas para ‘La voz de Aragón”. En ésas estaba Luis Germán, cuando Manuel Bayo Marín se trasladó a Madrid, y se quedó sin empleo. Trampeó lo que pudo durante un tiempo, trabajando aquí y allá, sin demasiada estabilidad, haciendo carteles o murales, pero un día coincidió en el taller de encuadernación donde trabajaba su hermano con el impresor Luis García Garrabella, que le encargó de inmediato que le iluminase una foto para unos recordatorios de defunción, y más tarde le pidió lo mismo para otros de comunión. Con eso, con la decoración de estands para la empresa o el mural de la Feria de Muestras, de 10 metros de largo, iba sobreviviendo. Llegó a hacer una portada de “La voz de Aragón” en 1935 y expuso en el Casino Mercantil varias piezas, entre ellas, “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” (con su alegoría sobre la guerra, la peste, el hambre y la muerte), a la acuarela, piezas que aún conserva. “Me incorporé a filas el trece de marzo de 1937, cuando la Guerra Civil llevaba unos meses de duros combates. Yo había hecho una orla de médicos, le había dado mi toque con el aerógrafo, que había editado el fotógrafo Jalón Ángel, y éste tenía un empleado que se encontraba en la contienda como fotógrafo. Había logrado retratar juntos a Franco y al general Moscardó, el del alcázar de Toledo, ya sabe, y se enteró de que yo tenía aerógrafo. Vino a casa para que se lo dejara porque quería retocar la foto, porque quería editarla y venderla. ¡Cualquiera se hubiera atrevido a rechazársela! Trabajaba en Prensa y Propaganda, y a los quince días me llamó por si quería incorporarme. Ni lo dudé. Y mi misión era la de ser operador de cámara junto a Francisco Centol, que sería el director del No-Do, pero además hacía ilustraciones de las películas, etc.” Luis Germán tenía que grabar lo que pasaba cuando había ofensiva y luego se retiraba al cuartel general, que estuvo en distintos lugares, incluso en la Universidad de Zaragoza, en la Magdalena, a revelar las cintas. Luis Germán estuvo en Lérida, en distintos lugares de Tarragona, en Binéfar, y finalmente recaló en Daroca y en Maranchón (Guadalajara), de donde era su novia y futura mujer María Fortea. “Yo fui con los franquistas. Íbamos a la guerra, al frente. Vi morir a mucha gente pero nosotros no llevábamos ni una pistola. Una de las cosas más impresionantes la viví en la Batalla del Ebro. En Soses y Altona, entre Lérida y Fraga, se había acumulado la fuerza republicana y se desplegó una brillante estrategia por parte de los ejércitos. Los republicanos tomaron una montaña, que luego recuperaron los nacionales. Tras el hecho nos mandaron a tomar vistas y a realizar un simulacro de lo que había ocurrido en la operación. Los republicanos estaban en lo alto de la loma, que se abrían en grandes acantilados, y nosotros subíamos. Nuestros jefes iban borrachos perdidos, quizá para celebrar la victoria. De repente, aparece un teniente con una bomba de mano, de aquéllas a las que había que encenderles el cartucho. Decía: ‘A éstos del cine les pongo la emoción yo’. Y la puso, la puso, porque le estalló la bomba, le arrancó el brazo, le destrozó parte de la cadera, y le oímos decir: ‘Coja usted el mando que yo me muero aquí’. Al día siguiente leímos en la prensa su esquela, donde se decía que ‘el teniente había muerto gloriosamente en la batalla”. Luis Germán y sus compañeros volvían casi diariamente en camión a Zaragoza a traer sus materiales, pero además tenían la misión de proyectar cine para subir la moral de la tropa. “Eso lo hicimos, por ejemplo, en Balaguer. Colgábamos un telón y pasábamos películas de Charlot, del Gordo y el Flaco, Stan Laurel y Oliver Hardy, películas cómicas, películas rodadas en Hawai con aquellas mujeres con flores, faldicas de paja. Eso animaba mucho a la tropa”. Al concluir la guerra, Luis Germán ingresó en la Sociedad Tipográfica Aragonesa, donde estuvo haciendo mapas y diseños con el gran cartelista Guillermo Pérez Baylo. Recobró su trabajo en García Garrabella, pero al cabo de un tiempo recibió una carta donde le notificaban que le faltaban tres o cuatro meses en el ejército y que debía reingresar para culminar su servicio militar. “Imagínese cómo me sentó aquello. Me mandaron a Regulares a Alhucemas, en África, cerca de las minas de hierro, a cielo abierto, del Rif. Pronto me asignaron trabajo de dibujante. Recuerdo que había que hacer un bungalow y los soldados salían a la carrera a por las piedras, corrían por los pedruscos, el que llegase antes, menos tenía que alejarse luego. Operaban como albañiles y con esos pedruscos se hacían los muros. Un día hubo un simulacro de guerra y a mí me cogió el capitán y me dijo que le hiciese todos los planos de la operación. Fue algo costosísimo, eran seis dibujos muy grandes en papel cebolla. Se acerca a mí, tras ver la serie completa, y me dijo: ‘Tiene que hacer otras dos series para el mando de Melilla y para el mando de Madrid’. Por culpa de ese encargo de 18 planos completos, hube de quedarme un mes más en la mili”. Regresó a casa, se reincorporó a García Garrabella y allí estuvo trabajando hasta 1977, el año de su jubilación. Hizo de todo. Es feliz y aún pinta. “A mí me ha gustado y me gusta el dibujo, y ésa ha sido mi vida. Para qué más, oye”. APUNTE Luis Germán quedó cuatro veces segundo en el cartel de fiestas del Pilar. Uno de los trabajos que mejor recuerda, por la exigencia de estudio y porque lo hacía fuera de horario laboral, de noche, fue un periodo muy intenso en que ilustró durante casi cuatro años desde 1956 a 1960, en estas páginas, colecciones enteras de relatos de boxeo de Budd Schulberg (el autor de “Más dura será la caída”, la novela que llevaría al cine Mark Robson en 1956 en la que iba a ser la última película de Humphrey Bogart), Ernst Hemingway (el relato “El luchador”), Irwin Shaw o John Huston (el texto “Tongo”), pero también novelas o cuentos por entregas de William Faulkner, como “¡Desciende Moisés!”, de Pearl S. Buck, William Saroyan, Graham Greene, Russell, Santiago Lorén... Ese empleo le llegó merced a Pascual Martín Triep, que fue director de HERALDO y destituido luego por el franquismo. “Él me veía dibujar en García Garrabella, le gustó lo que hacía, mis portadas para París, mis postales, y me encargó esos dibujos de casi todo. Dibujar boxeadores no era nada fácil porque tenías que dar siempre la sensación de movimiento y hacer trabajos anatómicos difíciles. Luego él siguió escribiendo con el seudónimo de Fabio Mínimo. Y me hizo algunas fotos preciosas”. Luis Germán fue un moderno: aplicó técnicas de cómic y otras muy cinematográficas, de influjo norteamericano. *Primo Carnera, el boxeador italoargentino, llegó a ser campeón del mundo de los pesos pesados. Peleó con los más grandes, entre ellos con Max Baer, Max Smelling o Paulino Uzcudun. Cuando peleó con Uzcudun en 1933 pesaba 117.50 kilogramos; nacióo en 1906 y murió en 1967, y ganó más combates por K. O. que nadie: 68. Inspiró la novela de Budd Schulberg, "Más dura será la caída". De pugilismo y de ese autor, realizó varias ilustraciones Luis Germán. Me ha gustado mucho esta foto de Primo Carnera, que tuvo una fundación dedicada a la protección de los niños, con esta estampa: un niño descalzo y con guantes de boxeo en un ring. Transcribo este texto: -“Hoy volví a encontrarme con mi musa, la de los ojos verdes y el alma blanca. Hablamos de la Paz: cuánto misterio sobre el color de la tristeza. Nos fuimos a reír al río de las alegrías. Allí las lágrimas no son eternas. No nos asusta la soledad, tenemos a Dios. Preciosa imagen. Mi musa me habló desde su bola de cristal: Tú y yo, un día, seremos vida inesperada en las cumbres de la creación”. Y también éste, tan importante para un coleccionista de sirenas como yo: -“Camino sin más ayuda que el templo que me lleva a la muerte. Pero, a mi paso, encontré una sirena que me ayudó a vivir. Ya no se me atrofian los sentidos. Sobre mí brotan fuerzas divinas. Hoy saldré con mi bandera de paz en busca de la belleza. La que nunca sucumbe. Tal vez me acompañe la serenidad que, a veces, me envía la locura. Sobrevolaré, ante el aire, con mi bola de fuego, lejos del infierno”. -“Llámame. No detengas tu aliento en las sombras. Dibújame sobre tu cuerpo débil, sencillo y fuerte, pero no te alejes de mis hojas malditas que tú, al tocarlas, las conviertes en amor divino”. Gadir edita ahora un curioso libro de Marguerite Yourcenar (1902-1987), algo así como un volumen de compañía, un manual de supervivencia por decirlo de algún modo, como lo fue también aquel exorcismo maravilloso contra amores dolientes y frustrados que se llama “Fuegos”: “La voz de las cosas”, que lleva el subtítulo de “Textos recogidos e introducidos por Marguerite Yourcenar”, en traducción al castellano de Carlos Manzano. El volumen es un inventario más o menos íntimo, con una vertiente intelectual de autoayuda, del conocimiento occidental y oriental (las sabidurías zen, taoísta, cristiana, budista y confuciana ocupan varias, muchas páginas), compuesto por textos breves, aforismos, citas y poemas de poetas, místicos, teólogos, pensadores, cantantes. Cito algunos párrafos: -SABIDURÍA DE JEAN COCTEAU … El Tiempo de los hombres es Eternidad plegada… Este cuerpo que nos contiene no conoce el nuestro; Quien nos habita es habitado. Y esos cuerpos, unos dentro de otros, Son los cuerpos de la Eternidad. -SABIDURÍA ZEN (De Daito Kanushi, 1334) Si el ojo pudiera oír, Si la oreja pudiera ver, Os encantaría El simple sonido del agua en el tejado. -MÍSTICA ROMÁNTICA Todas las cosas, Próximas o lejanas, En secreto Están vinculadas unas con otras Y no se puede tocar una flor Sin alterar una estrella. Una de las maravillosas sorpresas del volumen es la inclusión de un texto titulado -SABIDURÍA DE BOB DYLAN (“Flotando en el viento”) ¿Cuántos caminos deber recorrer un hombre Antes que le llaméis hombre? ¿Cuántos mares debe surcar la blanca paloma Antes de dormir sobre la arena? ¿Cuántas veces deben volar las balas de cañón Antes de ser prohibidas para siempre? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, La respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba Para poder ver el cielo? ¿Cuántos oídos debe tener un hombre Para poder oír a la gente llorar? Que ya ha habido demasiados muertos? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, La respuesta está flotando en el viento. ¿Cuántos años puede permanecer una montaña Antes de ser arrastrada al mar? ¿Cuántos años pueden algunas gentes vivir Antes de conocer la libertad? ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza Fingiendo no ver nada? La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, La respuesta está flotando en el viento. Aquí abajo, soy inasible Vivo entre los muertos Y los aún no nacidos Un poco más cerca de lo habitual Del corazón de todo Un poco más lejos de lo que debería. *La voz de las cosas. Textos recogidos por Marguerite Yourcenar. Con fotografías de Jerry Wilson. Traducción de Carlos Manzano. Gadir. Madrid, 2005. 124 páginas. "OFFICIUM DEFUNCTORUM" O LA HUELLA DE MOZART “Nací en Chartres (Francia) en 1981. Me eduqué en un entorno bilingüe (padre francés y madre española). He estudiado la carrera de Filología Hispánica (Langue, littérature et civilisation étrangère hispanique) en la universidad de Versailles. Me licencié en 2003. Me fui hacia “Heraldo” con Juan Carlos Garza Aguerri, con quien tanto quiero. Es un tipo encantador e íntegro, de una dedicación a su oficio conmovedora y honesta. Está realizando cambios en la sección de Cultura de “El Periódico de Aragón” y uno, que le ha visto trabajar y que sabe es puntilloso y con olfato, con inmenso olfato e incluso aguerrido en la búsqueda de la primicia, intuye que lo va a hacer espléndidamente, que lo seguirá haciendo espléndidamente bien. Pero, en realidad, lo que me gusta de Juan Carlos es su fuerza constante y una bondad que en él es siempre limpieza de sangre, lealtad, sentido de la amistad y compromiso. *Retrato de Joseph Conrad de 1911, el año en que, enfermo de paludismo, publicó "El copartícipe secreto". Mansell Collection/Time Inc. El poeta y matemático Emilio Pedro Gómez, del cual ya he hablado aquí en otros textos, me envía esta CARTA DE AMOR, y aquí la cuelgo. Regreso de una intensa mañana tarde de fútbol.Diego empató a 1-1 y Jorge venció con el San Gregorio al Balsas Picarral y su equipo sigue muy arriba, cuarto o quinto. La carta debe llevar esta advertencia: "Carta Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor". No sé de quién, pero es muy simpática, sin duda. CARTA DE AMOR "Estimada Cristina: Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (...)(...) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal. DIÁLOGO CON EL PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS* -Decía García Márquez que él de repente lee “La metamorfosis” de Kafka y se dice: “Si se puede escribir así, quiero ser escritor”. ¿Le sucedió algo semejante con algún libro? -Sí, de pronto descubrí en la pequeña biblioteca familiar, en la casa de Jerez, una biografía de Espronceda de Narciso Alonso Cortés, un historiador de la literatura de Valladolid ya prácticamente olvidado. Me quedé deslumbrado por el personaje, no por la poesía. Era un hombre que había hecho de todo: murió con 34 años y había luchado en las barricadas de París, había fundado una sociedad secreta, había estado preso, exiliado por su republicanismo exacerbado, había sido diputado, guardia de corps, había trabajado en la Delegación española en La Haya, etc. Y además, por si todo esto fuera poco, se marchó con una muchacha de la que estaba enamorado desde que era una niña, Teresa Mancha, la había conocido en Lisboa, y tuvieron una hija. Y así hasta que Teresa un día se fue de su lado porque las relaciones se fueron enconando, envenenando, y un día Espronceda, que ya es el prototipo del romanticismo, paseando por la calle Santa Isabel de Madrid, se asoma a una ventana donde había un velatorio y descubrió que la muerta era su amante, y escribió su “Canto a Teresa”, que, por otra parte, es magnífico. Ahora va a aparecer en la colección Omega un libro mío sobre Espronceda. -Y entonces este libro y este personaje fueron el detonante. -Sí. Yo quería ser como Espronceda, pero no como el poeta, sino como el personaje. Quería imitarle, pero como era imposible emularle en tantas y tan maravillosas facetas y hazañas, lo que hice fue emularle en las dos que tenía más a mano que era escribir poesía, cosa que me ha durado hasta hoy, y llevar una vida licenciosa, que en aquellos años con la asignación semanal se limitaba a llegar algún día tarde a casa. -Pero también quiso ser marino, ¿no? -Sí. Fundamentalmente mis primeros pasos y mis ambiciones en el mundo de la literatura era la poesía y ser poeta. Pero cuando me fui a Colombia, empezaron a intensificarse mis recuerdos de Jerez, era la época del realismo social, y yo quise escribir una novela donde realmente se reflejara mi experiencia personal en ese mundo las viñas y las bodegas de Jerez que tenía muy cerca por razones familiares también y que era un tema que se compadecía muy bien con la intención de denuncia... -Se refiere al libro “Dos días de setiembre”. -Sí. Escribí esta novela acordándome de lo que había vivido. A partir de ahí casi todo lo que yo he hecho en literatura es porque me acordaba de lo que había vivido. Siempre he pensado que si no tuviese memoria no podría escribir. -Hablando de recuerdos y de memoria, en el primer tomo de sus memorias había un capítulo magistral, el dedicado a los “acostados” de su familia. -Ese fue el arranque. Yo me dije: “Voy a escribir mis memorias” porque me acordé de pronto de esos miembros de mi familia, Bonald, había tres o cuatro o cinco acostados. Pensé que era un tema literario interesante y que podía ser el arranque de unas memorias. Luego no fue el arranque, pero sí fue el motivo: el recuerdo de esos episodios familiares de los “acostados” fue el incentivo que me movió. -¿Vivían en su casa? -Algunos sí. Dos vivían en mi casa: mi abuelo materno y mi tía Isabel. Mi abuelo se levantaba un día a la semana, iba a llevarnos a tomar dulces a una confitería y a hacer todo lo que nos prohibía: beber en las mangas de riego, subir por un pretil peligroso. Aquella era una escapada maravillosa de los jueves que salíamos con el abuelo Rafael Bonald. Y luego estaba mi tía Isabel que estaba siempre en la cama, y además había otro tío y un primo. Menos mi primo, que también se llama Rafael Bonald; de pronto, un día los otros tres murieron en la cama. -En cualquier caso, estos personajes por su pintoresquismo le dan una materia literaria muy sugerente. -Insisto: la memoria es el factor desencadenante de lo que yo escribo. Luego, con las deformaciones e inventos propios de todo proceso creador, pero el punto de partida es la memoria. Y esos familiares eran un don para el escritor. -La memoria estaba muy presente en “Dos días de setiembre”, que narraba un enfrentamiento entre los terratenientes y los campesinos, pero años después escribió una novela si quiere más experimental, que fue “Agata ojo de gato”, de la cual siempre dice que es su favorita. -Sigue siéndolo. Me siento muy expresado en esa novela. Creo que hice lo que yo quería, cosa que es muy difícil en literatura acabar un texto y decir: “No lo escribiría de otra manera”. Y eso sólo me ha ocurrido con algunos poemas y con “Agata ojo de gato”. Creo que es la manifestación de un mito, el mito de la “mater terra”, de la tierra madre que castiga a todo aquel que pretende ultrajarla, y me inventé esa historia medio legendaria, pero que tiene las raíces en la realidad del Coto de Doñana. -Usted creó una suerte de realismo mágico pasado por Andalucía. -Entiendo lo que quiere decir, pero ese es un término que no me gusta mucho porque es un híbrido de Sandokán y Galicia, o de la novela picaresca y el cuento de hadas, pero en todo caso pienso que “Ágata” tiene un intento de sustituir la historia por sus presuntas equivalencias mitológicas, pero siempre manteniendo esa realidad que responde a la historia verídica del coto de Doñana. Además con ese libro me ocurrió, y eso sí que era mágico no por el método literario sino por sus consecuencias, que conocí a personajes después de haber escrito la novela que eran un reflejo fiel de los que yo me había inventado y eso es muy inquietante y muy apasionante. Conocer en la vida real a personajes de ficción, tuyos, propios, provoca entusiasmo e inquietud. -Antes de seguir adelante en este viaje por su obra, querría recordar que en esa época usted ya había estado en la cárcel, ya había frecuentado la amistad de Dionisio Ridruejo y se había manifestado antifranquista. -Yo trabajé al lado del Partido Comunista como todos nosotros en aquel momento. No tuve carnet, pero trabajé con el PC porque era el único partido que realmente tenía presencia en la vida clandestina antifranquista. Primero me desperté a través de Dionisio Ridruejo, fue una persona a la que yo quise mucho, era un hombre limpio de corazón, con una evolución personal auténtica. Era fascinante, era seductor. A través de él, y con otros amigos como Moreno Galván, Juan Benet, Fernando Baeza, Pepín Vidal Beneyto, que luego no tuvieron ninguna relevancia política, pero para mí fue como el foco de donde arrancó mi actitud política antifranquista. -¿Cómo resumiríamos su incorporación al grupo de los 50? -Yo no creo en “La Generación de los 50”, pero sí en un grupo de amigos con muchas diferencias literarias evidentes. Lo que sí nos unía era muchas cosas en común: éramos noctámbulos, desobedientes, insumisos y luego la actitud antifranquista, que nos unía a todos. El grupo dentro de la generación ha tenido una importancia cada vez más notoria en la evolución de la poesía española y además creo que había algunos miembros de esa generación –como podía ser Barral o Gil de Biedma- que eran realmente unos hombres cultos, petulantes (ya sabe: la insolencia de los eruditos) y luego unos críticos de la cultura, sobre todo Gil de Biedma en su libro “Al pie de la letra”. Me parece un libro espléndido: crítica de la vida y de la cultura. Y además eran personas que hablaban tres o cuatro idiomas. Yo creo que del grupo con el que tengo más afinidades es con José Ángel Valente por el lenguaje. Como a él, nunca me ha gustado la poesía obvia, explícita, directa, la narratividad que ahora está muy en boga. Esa poesía no me interesa. Me gusta el riesgo de trabajar con el lenguaje y en eso Valente ha sido un maestro. Como lo fue también en cierto modo Barral. -Ha dicho que su libro de poesía que más le gusta es “Laberinto de fortuna”. -Lo dije pero creo que ella no lo diría ahora. Uno casi se queda siempre con lo último y lo último es “Diario de Argónida”. Yo soy un poeta muy discontinuo, irregular e intermitente, entre mi último y mi penúltimo libro pasaron más de diez años. No me importa. Yo pierdo la fe en la poesía con frecuencia. Y si pierdo la fe, no voy a empezar a escribirla de una forma mecánica. A mí me interesa mucho este libro, que es un homenaje a Juan de Mena, que instauró una lengua poética en medio de un castellano todavía incierto, y esta instauración de un lenguaje yo también intento hacerlo en “Laberinto de fortuna” porque es un libro que depende del lenguaje, del léxico, y es un libro donde demuestro que la poesía también es un procedimiento. Es un hecho lingüístico. Un acto de lenguaje. -Es curioso porque le hemos leído declaraciones en las que se revela muy crítico con eso que ha dado en llamarse “la poesía de la experiencia”. -Odio las pláticas de familia o rencillas de poca monta entre poetas. Y a mí la poesía de la experiencia, suponiendo que eso signifique algo, si se limita a la narratividad, a la poesía obvia y explícita, no estoy de acuerdo con eso. Y que es eso de “la poesía de la diferencia”. -También en su poesía se ha experimentado un cambio curioso: empieza siendo un poeta social, y sin dejar de ser eso, mezcla esa exuberancia, ese lenguaje barroco con un lenguaje muy cotidiano y con todo el poso de la memoria y de la cultura sin llegar a ser culturalista. -Mis primeros libros eran una poesía psicológicamente envarada. Me despojé de esos influjos que venían de la adjetivación de Neruda y Aleixandre, Cernuda, de eso me fui liberando, y creo que mi barroquismo no consistía de ninguna manera en la acumulación de bellos términos para llenar un vacío o bien en la complicación léxica o sintáctica de una forma gratuita sino en la búsqueda de esa palabra, de ese adjetivo ineludible, insustituible para definir el pensamiento o mi propio pensamiento. Lo que yo quería contar. En este sentido sí soy barroco, pero para mí el barroco es una aproximación expresiva a la realidad. -Yo soy muy lento. Las prisas en literatura son como la actividad de la carcoma: a mayor velocidad más pronto sobreviene el derrumbamiento. Y ahora noto que los jóvenes terminan de escribir un libro y empiezan otro corriendo, les salga bien o mal, lo que quieren es publicar mucho y con muy poco espacio entre uno y otro. Hay que tomarse un respiro. -Publica un libro en 1981 una novela deliciosa: “Toda la noche oyeron pasar pájaros”, el título lo tomó del diario de Colón. -Sí, de la transcripción de Bartolomé de las Casas, en la antevíspera del descubrimiento. Es un libro que me satisface: es complejo. La mecánica del libro quizá sea intrincado a veces pero cree un mundo atractivo que proviene en muchos aspectos de William Faulkner. Para mí Faulkner, el narrador norteamericano del sur, ha sido un maestro. Creo que ese libro es faulkneriano y supone un episodio destacable dentro de mi narrativa que es escasa. Por que el siguiente... -“En la casa del padre”, Premio Internacional de novela Plaza & Janés... -Retomo la crítica social, me gusta menos. Mientras lo escribía me estaba aburriendo y eso es gravísimo. Porque pensé que esa historia necesitaba mil páginas y que no tenía ya ganas de escribir mil páginas. Lo aligeré. No me gusta mucho. -Lo que es impresionante es lo que cuenta en “Campo de Agramante”, quizá su mejor novela. -Ese es divertido, creo yo. Además ahí reaparece otra vez la memoria porque la novela es la memoria de algo que me pasó a mí. Yo tuve un conato de isquemia, que es una especie de insuficiencia circulatoria cerebral, y entonces me ocurrían cosas extrañas. Se me alteró la sensibilidad: tenía confusiones entre la realidad y el sueño, recuerdos falsos, que es una cosa bastante inquietante, es como si te miras en un espejo y no te reconoces, lo que tampoco es cómodo. Y me convertí en un personaje literario y pensé que era un personaje para una novela mía. La novela de mi memoria otra vez. Todas son novelas de mi memoria. Hasta la poesía. Y en este tipo de cosas pienso que si tú escarbas en la realidad, te encuentras siempre con la fantasía. La fantasía siempre está ahí detrás con una fuerza superior a la realidad. Yo cuento en las memorias una cosas que me tiene obsesionado y va a ser el arranque de algo: hace muchos años visitando el museo de arte de Cataluña había allí un panel de Jaume Huguet, un pintor catalán del siglo XIV, y representaba a un grupo de gente que estaba oyendo a otro que leía un libro de horas en un atril. Y entre ese grupo de gente había un personaje que se parecía a mí muchísimo.Yo me di cuenta de que era mi retrato, me ampliaron el retrato y tenìa en la sien derecha una mancha, una rosácea. Es de nacimiento. También lo tenía este personaje, y nunca más volví por el museo. Me preguntaron: “¿Por qué no has vuelto?” “Porque estoy seguro que el personaje ha envejecido tanto como yo”. Creo que llegaría encontrándome con un personaje que se sigue pareciendo a mí de viejo. O algo todavía peor: que se ha mudado a otro cuadro. -Lo que tenía ese libro de “Campo de Agramante” era la fuerza del paisaje, las marismas, la fascinación que tiene usted por Andalucía, por el color, por la luz, por la vegetación. -Me gusta mucho describir paisajes. Trasladar el tono y el carácter del paisaje a la escritura. Eso siempre me ha preocupado, quizá también porque tengo una gran atracción por la pintura. He hecho trabajos de pintor, dibujo con frecuencia. No es que sea un pintor frustrado. Es que soy un pintor muy poco conocido. -Por ejemplo, hay en usted algo así como la configuración de un mito de Andalucía. -Sí. Eso es deliberado. He intentado crear como los grandes novelistas con su lugar nativo esa imagen de una presunta mitología andaluza haciendo hincapié en aspectos de la tradición, de la superstición, de las culturas residuales que todavía permanecen, ciertas zonas rurales de Andalucía. Eso me preocupa. He querido reconstruir o inventarme una mitología andaluza. Además no salgo yo de esa zona... ¿Por qué no salgo de esa zona geográfica? Porque es el lugar del mundo que conozco mejor pero sobre todo porque fue ahí donde verifiqué mis primeras tentativas de intervenir en la realidad y donde, sobre todo, descubrí el mundo. El lugar donde se descubre el mundo ya es para siempre el compendio simbólico del mundo. El mundo, como se ha dicho tantas veces, está en el lugar donde vives, ahí está todo. -Entonces, debemos deducir que usted se siente afín a autores como Miguel Torga, García Márquez, Juan Carlos Onetti, Faulkner... -Esas son personas a las que leo con mucho gusto y han sido maestros míos. Como Onetti, como Juan Rulfo, con el que estuve en varias ocasiones. Una vez le preguntaron si tenía algún trabajo entre manos, y él decía que no tenía tiempo, que estaba dedicado a la antropología cultural y que salía por los paisajes del país a realizar trabajos de campo. Y que no tenía tiempo de inventarse historias literarias. También solía decir que se había muerto su tío Macario, el vendedor de ataúdes, y que era él quien le daba las historias. “Desde su muerte, me he quedado en blanco”, dijo. -¿Cuál ha sido el escritor que más le ha impresionado? -Personalmente yo creo que Pablo Neruda. No tampoco. García Márquez, lo conocí cuando no era famoso en Colombia. No lo sé. Mantuve correspondencia con Cernuda, ocho cartas, vinculadas algunas de ellas a cuando yo trabajaba de subdirector de “Papeles de Son Armadáns”. Como personas no podría decir, no puedo hablar de escritores que me hayan dejado una impresión memorable, su obra sí. -¿Su escritor preferido? -Son muchos. Cervantes es un personaje que me fascina, las zonas nebulosas de su vida. Escribí un libro que se llama “Sevilla en tiempos de Cervantes”, seguí el rastro por Sevilla: aquella vida oscura de jugador, los líos familiares, la hermana de Cervantes era puta y él, según dicen, maricón, pues bendito sea Dios si escribió el Quijote. -Le he leído lo siguiente: “Me puedo volver loco con la búsqueda de la palabra exacta” -Sí. No sé si dije eso. En cualquier caso, corregiría la frase y diría: puedo perder la salud buscando un adjetivo. Y eso me pasa sobre todo con la poesía. Yo la poesía la hago de memoria, mientras paseo, en los momentos incluso más inoportunos, y voy elaborando el poema, si no es largo. Lo hago con la memoria, y entonces la búsqueda de ese adjetivo que yo considero que ya no se puede sustituir por ningún otro, eso me puede enloquecer, me puede quitar el sueño. Cuando me acuesto y empiezo a pensar en esa palabra... Supongo que esto para muchos escritores les parecerá una exageración y una estupidez porque hoy nadie piensa mucho en las palabras, si no que piensa en las historias. Hay escritores muy famosos ahora; leí el otro día a un escritor muy famoso que decía: “La preocupación por el lenguaje es una excusa de los que no tienen nada que contar”. -Lo diría Arturo Pérez-Reverte, casi seguro. -Pues sí. Y decía una cosa mucho más insultante: “Me importa una mierda el lenguaje. Eso lo dicen los que no saben qué contar o no tienen historias”. -Acaba de hablar de la pérdida de salud. Usted ha dicho que la inspiración no existe, que es tener buena salud. -Sí. Tener buena salud y el estado de ánimo propicio, eso es lo que es la inspiración o el estímulo previo para poder escribir sin aburrirte. Para un es escritor es muy importante no aburrirse. Cuando te aburres tienes que dejarlo. Sé que no me va a salir bien, que me va a salir una cosa artificial. Sólo escribo cuando me siento exaltado, y releo lo que estoy escribiendo. -¿La Academia? Le han hecho varios feos. -Una vez me retiré yo. Iba a competir con Antonio Muñoz Molina, que es amigo al que aprecio y admiro su obra, no quería competir con él. Y las otras dos veces son de esas cosas que pasan. Es un episodio superado que no volverá a repetirse porque ya he tenido alguna insinuación para que me vuelva a presentar con todas las seguridades previas que se puedan tener. He soslayado la invitación para siempre. No quiero saber nada de ese asunto. Lo único que saqué claro de aquel episodio es que un académico hizo propaganda en contra y dijo que yo era un “rojo y libertino”. Y entonces le contesté: “Hombre, lo que me desagradaría de verdad es haber dejado de serlo”. -¿Tiene usted constancia de que fue una gran maniobra de Cela? -Sí, claro, pero ahí hubo dos o tres que hicieron una campaña en contra. La Academia es una recompensa social y en ningún caso una meta literaria. La recompensa social no me la han dado, muchas gracias, ya me voy y no quiero saber nada de eso. -A mí me llama la atención tanto como el poder de Cela, la falta de personalidad de los académicos en general. -No salí por un voto. Lo más curioso es que Cela había publicado poco antes en “ABC” un artículo que se titulaba: “Umbral, Bonald, Arrabal”, y se preguntaba por qué no estábamos en la Academia y quería defenderlo a toda costa. Y que era una injusticia. Y que teníamos que estar allí ya. Luego ocurrió lo que ocurrió: ¡qué rara es la gente! Hay como una doblez en las cosas de la vida cotidiana que me dejan un poco sorprendido porque yo procuro ser consecuente con mis ideas y con lo que yo pienso. Y ser por una parte crítico, con mis amigos, en una crítica generalmente irónica, para limar asperezas, pero por otra parte soy fiel. Creo que soy fiel. En mis memorias hay mucha crítica de gente que he conocido. -Ese elogio a la cultura del placer, del vino, del fumar, de alcohol. ¿Por qué le ha gustado tanto eso? -He sido muy hedonista. Pienso que esos placeres que te alegran la vida, que te hacen muy soportable las desdichas y atropellos de la historia contemporánea, yo soy un bebedor, me gusta beber, pero también por razones de desobediencia, de irritar a los bienpensantes. Y en ese sentido he buscado placeres de éstos, pequeños placeres, que te puede ofrecer la vida cotidiana, enfrentado a un mundo hostil, a un mundo en guerra, en manos de un ignorante como el señor Bush, peligroso ignorante, fanático del eje del mal. Todo eso me produce escalofrío y procuro, aparte de tomar partido, contrarrestar los malos efectos de todo eso con los buenos efectos del hedonismo. -¿Debemos deducir que también escribe contra las ofensas de la vida? -Sí. Eso lo copié de Cesare Pavese. La literatura es una forma de defensa contra las ofensas de la vida. Eso lo he tenido muy presente. Mis poemas siempre tienen algo de última voluntad. Yo me defiendo de algo con lo que estoy en desacuerdo. Alguna vez dije que yo escribo en legítima defensa. -¿Se siente un radical? -Sí, me considero un radical. Ahora que acabo de hacer un libro de Espronceda y el romanticismo, me gusta lo que tenía de insumisión, de rebelión contra una sociedad retrógada, inmovilizada por el influjo de la tradición, del neoclasicismo en el caso de Espronceda. Oponerte a eso de una forma furiosa a veces. Eso me gusta a hacerlo. EL ASUNTO CELA Y CHARO CONDE. Podría haber sido navegante o capitán de barco. Tiene ese porte elegante y breve de un caballero del sur transido de nobleza y de nostalgia, aunque de inmediato se percibe su gallardía, su amor por la vida y el placer. Se sabe que va y viene de los viñedos a las marismas, del caballo en la serranía o al mar melodioso del sur, y en los miradores de la noche, recortado por la luna de los maletillas, podría ser el aparecido de un largo viaje: el señor que vuelve. Tiene una existencia tan bonita que ha escrito dos tomos de memorias: “Tiempo de guerras perdidas” y “La costumbre de vivir”, que también podría haberse titulado “La costumbre de escribir” o “El oficio de conversar”. Le oímos con entusiasmo, con devoción. -Me ha sorprendido en tus memorias el tratamiento del famoso tema de Charo Conde. -Yo tenía que contarlo, aunque no quería de ninguna manera entrar en ese asunto porque es muy peliagudo y por mi parte puedo pecar de impúdico o de desvergonzado o de irreflexivo, pero tenía que contarlo porque eso se sabía. No podía soslayarlo. Pero por otra parte yo sólo quería apuntar veladamente lo que había ocurrido y eso es lo que intenté hacer incluso usando una retórica bastante nebulosa porque lo hice adrede, pero sin necesidad de eludirlo también... -No sé si usted ha llegado a leer el libro de Umbral sobre Cela. -He leído comentarios. -Umbral alude en varias ocasiones al engaño, a la infidelidad de que fue objeto por parte de su mujer... -La infidelidad de su mujer tampoco es verdad. Fue conmigo y punto. Porque parece que Umbral hablaba de que Charo como una mujer descocada, de que más o menos tenía aventuras consecutivas, y eso no es cierto. Yo no he leído el libro. Y siento una gran extrañeza ante un texto como ese que me han dicho que es injurioso contra Cela y eso me sorprende porque yo creía que Umbral, aparte de amigo, era un discípulo, aventajado, de Cela y que Umbral siempre había defendido a quien le dio el premio Cervantes, el Premio Príncipe de Asturias. -A lo mejor arriesgo un juicio injusto, pero a mí me parece que Umbral es un hombre sin amigos y es muy calculador. -Hace columnas magníficas, aunque luego las novelas son otra cosa. Algunos son columnas ejemplares. -Quizá se haya planteado: si yo hago un libro de elogios, no tiene ningún interés, ni se habla de él ni se vende. -Ese cálculo es muy posible que lo haya hecho Umbral, que es persona ambiciosa y necesitada de que su nombre esté en la cumbre de la fama y de los dimes y diretes literarios. Antes de publicar el libro, antes de morir Cela, hizo una columna muy elogiosa en torno a Marina Castaño y aquí la pone a parir. He visto tres películas en dos días: “El método” de Marcelo Piñeyro, con guión suyo y de Mateo Gil, que no acabó de gustarme, es una película sobre el capitalismo y la feroz competitividad que todos llevamos dentro, la falta de escrúpulos y la impostura; “El niño”, un terrible y sobria película franco-belga, con guión y dirección de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, que narra la historia de Sonia y Bruno, una joven y marginal pareja que vive del subsidio y que tiene un niño. El relato es estremecedor, y en cierto modo me recordó algo del final de “Flores rotas”, la película de Jim Jarmush, que vi el martes. Sales del cine con el corazón encogido: como si te hubiesen dado un buen sopapo en el estómago y en el mentón, y vieses, en versión en color, “Los olvidados” de Luis Buñuel. Yo, que no soy seguidor de Joaquín Sabina (nunca he entendido bien porque no me gusta, aunque me compro sus discos casi siempre), pensé que me había equivocado de espectáculo: seguro que habría sido más feliz en su concierto. Mi hijo Daniel -que hablará mañana lunes de cine y películas en Zentrum (Ibercaja. Plaza de los Sitios), dentro del ciclo "Fila 12.Crítica cinematográfica de actualidad", que coordina Alberto Sánchez, y que se inició con Paula Ortiz-, también salió un tanto estremecido. ¿A quién se puede recomendar una película así, casi un falso documental, en el que los protagonistas, sellados por la fatalidad, siempre toman el camino equivocado? Y de noche, muy de noche, tras ver las últimas secuencias de “Sostiene Pereira”, con el maravilloso y final Marcello Mastrioanni, vi “El caso Winslow” de David Mamet, una estupenda película de juicios, de clima familiar, de personajes con una enorme carga psicológica, de medida ambientación y de verdades o sentimientos que apenas se revelan. Me encanta ese padre que hace Nigel Hawtorne, Arthur Winslow, que tiene algo de padre ideal y obstinado, como Gregory Peck en “Matar a un ruiseñor”, capaz de poner a prueba y casi a la deriva el futuro de su familia por la verdad, una verdad que se le hace evidente al preguntarle a su hijo Ronnie, de 13 años, por algo de lo que todos le responsabilizan; está espléndido Jeremy Northam, que encarna a Sir Robert Morton, un personaje increíblemente inteligente y misterioso, perturbador y un poco borde, que acaso se juegue parte de su prestigio y de su futuro por defender al niño al que todos culpan y porque se ha enamorado de Katie, la maravillosa Rebecca Pidgeon, esposa o compañera de David Mamet. Hace un espléndido trabajo, es moderna, fuma, pugna por la justicia, aunque eso le suponga perder a uno de sus escasos pretendientes; tal vez descubra el verdadero amor, bajo la lluvia, en la puerta que da al jardín y al futuro. Mamet no se olvida de la pieza de teatro original, ni de su formato en tres actos, incluso elude el efectismo del juicio final, prefiere administrar la emoción de otro modo. La película la proyectaron e La 2, a partir de las dos y media, en versión original. Lo que más me gusta de la vida es todo aquello que ni habías sospechado. No había imaginado que iba a leer un furibundo artículo de Arturo Pérez-Reverte contra Umbral, al que tras denostar, despreciar y criticar, y recordarle que es un traidor y que practica un sexo turbio en sus novelas, y tal vez en su vida (que un hombre diga a otro, a estas alturas de la jugada, que practica un sexo turbio por haberse imaginado unos cuantos polvos con todas las variaciones sabidas y consabidas, no deja de ser reaccionario; ni con Pedro J. Ramírez se fue tan cruel; aunque Umbral no sea amable con sus ex amantes: Carmen Platero, Blanca Andreu y otras), parece retarlo a una pelea en la calle. No es, por cierto, la primera vez que Pérez-Reverte dice eso por un quítame allá esas pajas del estilo. La verdad, no querría encontrarme con este escritor sin haber pasado dos o tres meses por el gimnasio. Y Umbral, cuando lea el texto, si no lo ha hecho ya, quizá se eche a temblar. Este año ha cumplido 70 años y quizá ya no tenga resistencia ni paciencia para hacerlo. Tampoco me había imaginado que me iba a comprar “Las Crónicas de Narnia” de C. S. Lewis en la maravillosa edición de Destino (60 euros del ala; sólo diez más que mi desamado Sabina, y ya lo siento porque también es el cantante favorito de Pepe Cerdá), y mucho menos me había imaginado que antes de irme a la cama iba a ver a David Mamet, que ha escrito uno de mis libros favoritos: “Una profesión de putas” (Debate, 2000). Eso sí, antes, a lo largo del día me he leído todos los artículos que se han publicado sobre George Best, del cual escribí hace cinco o seis años para "Equipo". Me gustaría recuperar aquel gesto. Me encantaron, especialmente, los artículos de Santiago Segurota y de Carlos Toro. Fue, sin duda, el Garrincha de Europa, el jugador que mejor supo driblar a cualquier rival, excepto a uno: a su sombra. *La foto corresponde a Rebecca Pidgeon, que hace de Catherine Winslow en la película "El caso Winslow". Podría decir que empecé mi carrera de letras en el Centro Gallego. En 1980, cuando vivía en una buhardilla de la calle Las Armas 138 di un ciclo de cuatro conferencias sobre los celtas, Castelao, la xeneración Nós y la poesía galaico-portuguesa. Y después, poco antes de estrenar paternidad y el primer empleo remunerado como camarero de una sala de bingo, presenté el primer libro completo que escribí: un poemario en gallego, cuyo nombre no recuerdo, en el que se percibía la huella de Lorca, Aleixandre, Luis Pimentel y Luis Amado Carballo. Hizo la introducción y la glosa un catedrático de Instituto, casado con una delicada y misteriosa gallega de Santiago, Marisa, que se llamaba José Antonio Enríquez. Dijo que teníamos en Zaragoza, más de un siglo más tarde, a “la nueva Rosalía de Castro hecha hombre vergonzoso”. Desde entonces he tenido una vinculación constante, aunque muy concreta, con el Centro Gallego. Durante más de 15 años pronuncié una conferencia sobre un autor gallego y mantuve una amistad muy entrañable, entre otras, con Ventura Amar Sestayo, el poeta-conductor de protocolo de Porto do Son. El pasado jueves, gracias a la gentileza de Amadeo Cobas, el escritor de Noia que respira literatura por todos los poros, literatura y ganas de llegar, volví al Centro Gallego a hablar de uno de mis libros: “El álbum del solitario” (Destino, 1999). Amadeo Cobas, cuyo nombre sugerí a la directiva hace dos o tres años, ha organizado un ciclo de narradores al mes, por el que pasarán, entre otros, Lorenzo Mediano, Javier Aguirre, Mario de los Santos, y muchos, muchos más. Entre la treintena de personas que se reunió, estaban varios escritores como Mario de los Santos (el autor de “Al final de la cebada”, publicada por Zócalo), Javier Aguirre, Ricardo Vázquez Prada, Miguel Ángel Yusta, Raimundo Lozano, Manuel Martínez Forega; pintoras como Berta Lombán y Jose Herrera, también vino Jesús, su marido; fotógrafos y viajeros como Javier Burbano; varios socios amigos del Centro Gallego, público interesado como Félix, que venía de Alconchel, Manolo, un gallego errante y feliz, un aragonesa de Juslibol y alrededores, como María Jesús, la compañera de Amadeo… No sé cómo se lo pasaría la gente (hablé demasiado), pero para mí fue un momento especial, me salió casi un exorcismo familiar sin haberlo pretendido, ni habérmelo imaginado, y demasiadas confesiones muy sinceras que quizá fueron propiciadas por el cariño que detecté en la sala y en las palabras de Amadeo Cobas, que había movilizado a sus amigos. Hablé de algunos libros, de mi concepto de la literatura, de la sinceridad y la memoria, de ballenas, delfines y de Carmen Arias o Pamela Garfias, “la morena de Madrid”, o de la foto de portada de Gabriel Cualladó, de la frontera entre realidad y ficción, incluso de un proyecto aplazado en una editorial de Barcelona desde hace dos o tres años, “Marinos y mujeres”, que arranca del libro “Vida e morte das baleas” (Espiral Mayor, 1997), donde reaparece Patricio Julve; Javier Aguirre me invitó a publicar ese volumen en Redallo (Certeza), pero es el libro de mi vida, sin duda mi mejor libro, y sueño con verlo publicado en esa editorial donde ya he publicado tres títulos. Reconozco que hasta mi familia me reprochó que no dijese nada, pero me siento tan pesado con esto de la literatura y las presentaciones y con mi modesta vida pública zaragozana, siento que me prodigo tanto, que lo mejor es no molestar ni comprometer a tus mejores amigos ni a tu familia. Porque al final uno acaba convirtiéndose en “ese pesado, otra vez… ¿Es que no sabe hacer otra cosa?”. *En el libro "Marinos y mujeres", que consta de 16 cuentos, hay un texto dedicado a dos fotógrafos: Manuel Seara de Castro y su maestro aragonés Patricio Julve. Manuel Seara de Castro, fotógrafo de Armentón (Arteixo), acude al Instituto Ramón Caamaño de Muxía a dar una charla. Y les cuenta a los zagales la historia de Julve y su estancia, con él, en Zaragoza y Cantavieja. Esta foto que he colgado aquí es de Ramón Caamaño, que me dijo una vez que había conocido a un fotógrafo aragonés, cojo de una pierna, que había ido a hacer un reportaje sobre las últimas ballenas en Galicia en los años 40 ó 50. He elegido esta foto porque me recuerda mucho a una de mi madre, a principio de los 60, que está en los jardines del pazo de Armentón, donde vivía Manuel Puga, más famoso como "Picadillo". Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) participa hoy lunes, en Zentrum Ibercaja (Costa, 13; esquina plaza de los Sitios), a las 18 horas, en el ciclo “Fila 12. Crítica cinematográfica de actualidad”, que coordina Alberto Sánchez. Daniel, que acaba de publicar su segundo libro de ficción, “El fumador pasivo” (Xordica, 2005), hablará de algunas películas que ha visto en los últimos días como “El método”; “El jardinero fiel”, con la bellísima Rachel Weisz y el siempre perturbador Ralph Fiennes; “Macht Point”, la espléndida película de Woody Allen, que cuenta con Scarlett Johansson, igual que “Una canción del pasado”, donde la joven actriz coincide con un profesor alcohólico que encarna John Travolta; “Flores rotas” de Jim Jarmush; “El niño”, la sobria y estremecedora cinta franco-belga, y “Hermanas”, con Ingrid Rubio y Valeria Bertucelli. *La actriz Rachel Weisz, protagonista de "El jardinero fiel", la pelicula de Fernando Meirelles, realizador de "La ciudad de Dios". A veces suceden cosas que no te esperas. Quien me conoce, ya sabe que soy un modelo perfecto de desorden o imprevisión. Siempre me dejo algo para el último instante. En el fondo, tengo pánico a escribir. O escribo por pánico. O me paso muchas horas pegado al teléfono. O pierdo el tiempo como si fuese un derrochador de nubes. Por eso me quedo muchas veces hasta muy tarde en “Heraldo”, sobre todo lunes y martes y algunos viernes. Podría escribir una interminable novela de multitud de noches a deshora en las redacción de “El día de Aragón”, “El Periódico de Aragón” o, desde hace más de cuatro años, “Heraldo”. Hace algunos meses, me quedé escribiendo un reportaje sobre las psicofonías de Belchite, con esas voces pavorosas, con esos disparos y ruidos, y acabé pasando auténtico miedo. Es como si en el silencio ideal de la madrugada, en medio del insomnio, llegasen las ideas, las palabras, los fantasmas. Hacia la una, llegan las señoras de la limpieza, y ya me he hecho amigo de ellas. Cuando atisban un poco de ruido arriba o a un señor calvo aporreando el ordenador en solitario, dicen: “Está Antón”. Al final, siempre les regalo algunos libros. El pasado viernes fui a la última sesión de la película “El método” de Marcelo Pineyro, y después de la una volví a repasar un texto que había dejado cociéndose con la masa diluida de los bytes y a apagar el ordenador. Cuando bajaba, me encontré con una de las señoras: simpatiquísima, amiga de la tertulia, sencilla. Me dijo que hace unos días, en “Hablar por hablar”, Mara Torres había hablado de este blog. Tres, cuatro, cinco veces. “Yo estaba emocionada”, agregó. Me lo dijo con esa camaradería especial, con esa delicadeza de medianoche, como las de un cómplice que le revela al otro que ambos son marginales o insomnes, que tienen un mundo propio lleno de claves y de códigos y que lo trasvasan o lo intercambian en la alta noche junto al ordenador. Y uno de ellos, uno de esos puntos de encuentro y de cariño, es la radio. La señora, lamento aquí no recordar su nombre, me confesó: “Fue muy emocionante para mí. Estuve a punto de llamar. ‘Hablar por hablar’ es mi programa favorito: lo escucho siempre. No sabe la compañía que me hace”. Me preguntó que si tenía el libro que había preparado Mara Torres y su equipo: le dije que no, pero que iba a buscarlo. “No sabe usted cuánta compañía me hace la radio”. Al día siguiente, Ana Latorre, organizadora de proyectos y exposiciones a través de la empresa AD Hoc, la jefe de prensa de los Encuentros Literarios de Albarracín, me dijo que hacía varias noches se había desvelado y que se había puesto a escuchar “Hablar por hablar”. “Cuando oí tu nombre, y la cita de tu blog, me quedé de piedra”. Mara Torres tiene una voz preciosa: voz de ninfa nocturna, voz melodiosa y serena, voz que sabe ocultarse bellamente tras el silencio. Pocas cosas te hacen una compañía tan intensa como una voz que parece música y caricia y lumbre en tu oído cuando el universo se cose a tu espalda como un fardo de siglos. Ayer por la mañana, en la máquina del café, que es otro espacio de citas, el zoco improvisado de las redacciones, Pilar E.: “Que han hablado de ti en ‘Hablar por hablar’. ¿Qué has hecho ahora, Antón? Hablaban de tu blog y recuerdo que decían no sé que de un artículo tuyo, ‘historias de la radio o de cómo adelgazar follando’. Dime, ¿tú crees que era verdad lo de la historia de esa pareja o un invento más, porque en ese programa se exagera mucho?”. No tenía respuesta. Querida Mara Torres, gracias por la compañía, por esparcir en el aire algunas palabras de este blog. Te envío un abrazo. Ya ves que tu programa es un cuento constante y es una ventana abierta a “Las mil y una noches”, a las mil y una historias para gente que se desvela. Félix Teira Cubel (Belchite, Zaragoza, 1954) es un escritor muy coherente. Valiente, sincero, leal a sí mismo, y, por lo regular, políticamente incorrecto. Como narrador en breve, en “Gusanos de seda”, y como novelista en “Brisa de asfalto·”, “La violencia de las violetas” o “La ciudad libre”, entre otros títulos, siempre se ha preocupado por los márgenes, por el lado oscuro y salvaje, por primitivo, de la vida. Es un escritor expresionista porque mira hacia aquellos lugares donde la existencia pugna por ser digna, por poder llamarse vida, con sus fogonazos de alegría, de intensidad, pero siempre encuentra la sordidez, la tragedia, la urgencia de la vindicación y una imparable mancha de injusticia que se expande. Sus seres son casi siempre criaturas a la deriva, gente desquiciada que habita un continente inquietante de miseria y de desgarro. Gente atormentada o herida. En este libro, “Sueños de borrachos” (Poliedro, 2005; 154 páginas), quizá haya ido más allá de lo que había ido hasta ahora, o profundice un poco más en el abismo, en el dolor, en la enajenación, en la incapacidad dramática de asumir el mundo. Este libro tiene una carga literaria muy potente, vinculada al Raymond Carver más despojado, a algunas piezas del mejor Charles Bukowski, a momentos de John Fante, por citar algunos ejemplos lejanos. E incluso al Cela de “La familia de Pascual Duarte”. También es un libro de lobotomías: de exploración de los cerebros gastados de gente que se proclama paria, de gente que anuncia que “llevo la vida del perfecto inútil”; es un libro de alucinaciones visuales, de espejismos etílicos. Y puede decirse que el alcohol es el teatro constante de operaciones, el subrayado abrumador, la pared blanca que protege y agosta, el refugio y la intemperie, la caracola de destrucción. Todo a la vez. Félix Teira ha escrito cinco relatos. Voy a citar los títulos porque el volumen no lleva índice: “Perro”, uno de los textos más impresionantes, bellos y terribles a la vez, que he leído en mucho tiempo; “El joystick”, la historia de una familia rota, con un hijo perturbador o incomprendido, y de un crimen y unas cuantas pesadillas; “Todo a tres euros”, un cuento cruel con un final, inesperadamente feliz, del que puede obtenerse una moraleja; “Grappa eterna” es un cuento social con una deriva inesperada hacia la premonición, el símbolo y la idea del doble más o menos macabro. Y “Los roedores roen” es una pieza que hurga en los desencuentros de una pareja, donde él es víctima del vodka, en los que interfiere una visión de roedores –la visionaria es una niña, Teresa- que bien podría salir por el váter. Los de Félix Teira son cuentos crueles, sin duda. Como un cuadro de Otto Dix, o de Gutiérrez Solana. O de Antonio Saura y sus monstruos. O de aquel Gericault que investigaba en los manicomios los secretos de la locura. O de Goya, que habló del canibalismo de Saturno que devoraba a sus hijos. Aquí hay hijos que devoran a sus padres, y padres que devoran a sus hijos. Y esposos que devoran a sus mujeres, y que las golpean, las hieren brutalmente. Y hay mujeres que, en su desesperación, practican la tabla de salvación del acoso psicológico, incluso del homicidio, más bien difuminado o ambiguo. He dicho que son cuentos crueles porque no hay respiro. Ni tampoco esperanza. Los personajes, cuando cambian de vida, se van a lugares apartados en los que tienen que sufrir la contaminación de una papelera. ¡Vaya chollo, qué fatalidad! Me parece importante definir la estética de los cuentos: en casi todos ellos hay, como dice Chejov o Ricardo Piglia, hay una historia no contada, una historia invisible que se evidencia de manera absoluta como una potencia subliminal por debajo de lo evidente, de lo que se está contando. Y también hay cuentos que siempre tienen un desenlace que es como un escalofrío o un vértigo que nace de la sorpresa y de la tensión, pienso en las consignas de Poe, Horacio Quiroga o Cortázar, y esos desenlaces son como una detonación; como se dice en la solapa, estallan en las manos, entre los ojos, en el corazón. Y ambas estéticas se aplican incluso en una pieza como “Perro”, que es una pesadilla, una visión tortuosa del sueño de Goya, una metáfora de destrucción y de horror. La pintura es muy importante en este libro, y en particular en ese texto que protagoniza una mujer, una pintora, y que parece una cosa y es otra, espeluznante. Félix Teira sabe huir del énfasis, de la morbosidad, aunque hable siempre de matrimonios imposibles, de turbulencias familiares. También son muy importantes los animales: los perros, los ratones; como lo es el paro, la pérdida de dignidad, el desamor, la violencia. Hay muchos elementos simbólicos que invitan a la doble, al paralelismo: esas confidencias de los personajes, sobre todo en varios monólogos, son como un vómito sobre un mundo injusto. La esquela en un periódico de un personaje, Ramiro Huesca Lahoz, es como una broma macabra, tal vez una venganza de alguien, y sobre todo es la constatación de la realidad que se empeña en anticipar una muerte física que ha precipitado otra forma de muerte en vida, como puede ser el despido. La gran metáfora de la derrota, de la pérdida, es el alcohol. Todas, como dice un personaje en algún momento, son “historias sucias”, viajes sin retorno hacia el territorio del estremecimiento, de la locura, de la imposibilidad de vencer esa forma diabólica de encadenamiento y de enfermedad. El estilo es espléndido. De varios registros. Poético, funcional, fluido, preciso como una cuchillada, con buenos diálogos. “Sueños de borrachos” es quizá un título demasiado explícito y a la vez suficiente, demasiado obvio, pero a la par es preciso para estos seres que moran en la intemperie más profunda, en una supervivencia rabiosa, en las aristas de la fatalidad. *"Sueños de borrachos". Félix Teira Cubel. Poliedro. Barcelona, 2005. 154 páginas. (Elijo esta imagen de "El perro de Goya", según Saura, porque uno de los cuentos más tremendos, que me ha hecho recordar a "Siempre hay un perro al acecho" de Pisón, es el primero, titulado "Perro"). Hace unos días, al hablar de un libro reciente de Marguerite Yourcenar que ha publicado Gadir, recordaba a su traductora Emma Calatayud. Otra fue Genoveva Dieterich, otro traductor lo fue Julio Cortázar. Ana Alcolea, la autora de "El medallón perdido" y "El retrato de Carlota", la conoció, fue una buena amiga de su marido Vicente Tusón, y yo le pedí si podía contarme algo más. Hoy me ha escrito esta carta, que me gusta poner aquí: "Querido Antón: Pues tampoco sé mucho más de Emma Calatayud que lo te escribí. Creo que se conocieron, Vicente Tusón y ella, en Francia, y que vivieron tiempo allá. Me parece que ella ya vivía en el país galo desde hacía tiempo. En aquellos primeros tiempos fueron muy amigos de Gerardo Diego, que les leía sus poemas en su casa de Santander. Siempre veranearon en Noja (la de Cantabria, cerca de Santoña), donde tenían una casa. También sé que se quisieron mucho. Recuerdo una tarde junto a la calle Sagasta de Madrid en la Vicente y yo tomamos un café. Yo estaba a punto de casarme y él me dijo: 'Sólo voy a desearte una cosa, que seas tan feliz como he sido yo con Emma'. Luego vino la tragedia. No sé si Emma sigue viviendo en el mismo piso de la calle Pedro Rico: quizás demasiados recuerdos, hermosos la mayoría. Vicente era adorable: siempre amable con todos, sobre todo con los que empezábamos. Lo conocí el día que di mi primera charla en un curso. Era sobre la mujer en la literatura y alguien, al final, criticó que había hablado del tema de la mujer pero no de la mujer como escritora (ese hubiera sido otro tema, pero en fin...) Cuando terminamos, un hombre de fino bigote cano y pelo blanco se me acercó y me dijo que mi conferencia le había gustado mucho. Me quedé muy contenta. Volví a encontrarme a aquel hombre en otro curso, me saludó, me contó que veraneaba en Noja, cerca de Santoña, donde yo vivía. Me alegró reencontrarlo. Todavía no sabía su apellido. Un año después asistí a un curso: uno de los conferenciantes era Vicente Tusón, al que llevaba años admirando por sus libros de literatura. Llegué tarde, abrí la puerta, y lo vi: aquel hombre de cabellos canos, voz bellísima y amable, era el mismo Vicente con el que había tenido aquellos encuentros anteriores. Era Vicente Tusón. Todos mis años en Alcalá, hasta que murió, vino a mi instituto a dar una charla a los alumnos de COU: sobre Gerardo Diego, sobre Federico, sobre Machado. Nadie leía como él. Bueno, Antón, creo que he sido demasiado larga. Casi he escrito un cuento. De encuentros y reencuentros. Fue hermoso, la verdad. Ana Alcolea". *Busco alguna foto de Emma Calatayud, y como no la encuentro vuelvo a colgar otra, de joven, de Marguerite Yourcenar, la mujer a la que tradujo espléndidamente. Soy un admirador ferviente de los traductores. |