Antón Castro



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02/10/2005

ABRIL PADILLA O LOS SONIDOS DE ZARAGOZA

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Abril Padilla llega con su abrigo negro y la sonrisa en los labios como si fuese una actriz francesa. En algún bolsillo lleva una batidora de cocina de acero inoxidable con la que hace maravillas: lo mismo es un instrumento de percusión que un arpa. Con un suave o rápido gesto, Abril desencadena en instante una espiral de sonidos, de vibraciones, de estremecimientos que también se ajustan a los perfiles de su fragilidad. Su madre Mabel Denis –socióloga y cómplice constante, la criatura que conoce antes que nadie sus proyectos y los alimenta; por cierto, Julio Cortázar se llamaba en realidad Julio Denis- le puso ese nombre porque cuando tenía quince años vio una película donde había una niña que se llamaba Abril. Una década después, cuando su hija vino al mundo, recordó de súbito el nombre. Cuando fueron a inscribirla, en el registro civil tenían sus dudas, hasta que una funcionaria descubrió que en 1950 había nacido en Buenos Aires o en Argentina otra Abril. “Siempre he tenido ganas de conocerla e indagué algo, sin obsesionarme”. Su padre, Enrique Padilla, era militante político de izquierda y, cuando llegó la dictadura de Videla, hubo de emigrar a Francia, donde prolongó su familia con otra mujer. Abril bromea: “Me fue dejando hermanos por el mundo”. Tenía seis años cuando él partió y apenas le dio tiempo a mitificarlo: Padilla era amigo y vecino de Ernesto Sábato, al que iba a visitar a Santos Lugares, y de vez en cuando veía al autor de “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas”.

 

         En la familia había otros seres que le ayudaban a crecer, de modos bien distintos. Por un lado estaba su abuelo paterno, que encarnaba el mundo del rigor, era aviador, y fue uno de los hombres que ayudó a cambiar los ferrocarriles ingleses por otros argentinos. “Ahora, son españoles”, señala. Y también su abuelo materno, Carlos, que era camionero “y tenía una voluntad, un deseo artístico no canalizado. Poseía como un gesto de artista al que no le daba ninguna importancia. Lo mismo se atrevía a tocar la guitarra que a construir una marioneta. Pero había algo en él que me gustaba mucho: recuperaba cosas en las basuras y las metía en un cuarto no muy grande. Para mí aquello era como el tesoro. Yo iba allí a escondidas y buscaba lo que me podía servir para algo”. A los cinco años su madre le apuntó a clases de música y de danza, aunque pronto se cansó de la lectura musical, “quizá por vagancia, no sé, quería tocar pero no leer. La escritura musical es imperfecta: no refleja la realidad perceptiva del sonido. Hay cualidades que no se pueden escribir”. También estudió en el Conservatorio flauta travesera, completó la carrera y en 1985 entró en un Taller de Improvisación y de música experimental. Ahí empezaba a fraguarse su futura trayectoria.

 

En 1983, Argentina había recuperado la democracia. La década de los 80 fue un tiempo de esperanza, de “ahora ya se puede”. “Es cierto. Se dio una gran fuerza colectiva, una energía de creación. Habíamos teatro en la calle, los centros culturales se llenaron de gente, y todos pensábamos que en los 90 se iba a consolidar todo ese abono; sin embargo, ese fruto no llegó nunca. Todos parecían haberse desgastado y habían caído en el desencanto y en la desilusión”. En medio de aquel clima de desolación, Abril Padilla ingresó en la Universidad de Buenos Aires donde realizó dos cursos de Música Electroacústica, estimulada por los hallazgos y la inspiración de Luigi Nono, Stockhausen o sus contemporáneos Eduardo Kusnir y Mauricio Kaguel. Éste solía decir: “En un mundo tan serio y tan dramático, cómo podía tomarme la música en serio”, y parecía responderse a sí mismo optando por una creación llena de ironía, humor y crudeza. Abril recuerda alguno de sus espectáculos, que “eran la explosión del intérprete”, como aquel en que presentó una obra que iba dirigiendo y dándole forma fumando en pipa: el humo era como la batuta que marcaba el ritmo.

 

         “Buscaba llegar hasta lo más simple del gesto musical. Un instrumento musical es bellísimo, es una maquinaria perfeccionada a lo largo del tiempo. Otra cosa bellísima es el gesto puro; cuanto más rudimentario es el objeto más puro es el gesto”, dice Abril, y lo explica improvisando un concierto de café con su batidora de acero inoxidable. Recuerda que ya en 1999 compuso una pieza, “La mosca”, para batidora, piano y violoncello, que no llegó a grabarse, e influyó en otros creadores. Ahora, en París, un amigo suyo está a punto de estrenar otra pieza con corcho blanco, batidora, contrabajo, clarinete y violín. Una fecha clave en la vida de la compositora e intérprete fue el año 1994: su padre regresó al país y fue asesinado en un confuso e inesclarecido crimen. El Gobierno argentino no realizó investigación alguna y Abril decidió irse a París a comenzar una nueva vida. “La justicia no se ha puesto en marcha desde antes de la llegada del golpe militar. Sigue vacía de contenido. Creo que, como decía alguien, que puede decirse que en Argentina hay una relación entre la justicia y la salud mental. Nuestro país vive instalado en la impotencia”. Ya en París decidió vivir de la música: estudió en la Universidad de París y optó por la creación de espectáculos con objetos o con la flauta. Así nació el grupo “Corriente de oro”, que emplea objetos como lámparos o relojes y es reclamado de distintos lugares.

 

En un concurso musical de carácter europeo, Pepigneg, que tiene como coordinador entre nosotros al compositor y profesor Agustín Charles, Abril Padilla fue seleccionada para realizar un proyecto musical y eligio una obra musical basado en los ruidos y sonoridades de Zaragoza, que se estrenará el próximo enero en la sala “Luis Galve” del Auditorio. “He grabado ya unas 20 horas. Grabo y salgo a escuchar. Vuelvo muchas veces al mismo sitio: me gustaría pasar inadvertida, ser como algo neutro o invisible, pero no siempre lo logras. He estado en la depuradora de aguas, en la lavanderías, en la plaza del Pilar. ¿Qué me parece Zaragoza? Hay varias cosas que me han impresionado. En primer lugar, el espacio: aquí hay lugar para caminar. También  me encanta el Mercado Central. Y, por otra parte, cuando llegué era la semana del Pilar: capté la calle, la gente, la euforia, la exaltación, los desfiles, los bailes, las tradiciones. Otro tema que me preocupa y me sorprende es la relación de la gente con el Ebro. Esa parte me parece muy bella, pero ¿por qué la espalda le da la espalda al agua? El Ebro no genera ruido pero sí transmite una sensación”.

 

Abril ha trabajado en el Laboratorio de Sonido del Centro Cívico de Delicias, con la ayuda de Daniel Ríos, Carlos Estella y su equipo, y ya están ultimando una obra que durará unos 20 minutos y que recogerá sonidos directos, entre ellos el cierzo (“aquí las radios no tienen ese sonido directo, sino de archivo”) o las campanas del Pilar, y de creación musical propia con objetos. Hay algo que quiere trasladar a la composición: la calidad humana de la gente que la ha recibido con los brazos abiertos, “tanto que a veces da miedo”. Aunque lo que más le gusta es que “todos, todos te desean que todo te vaya bien”. Improvisa un nuevo concierto de segundos y resuena el misterio de Zaragoza, la melodía del ruido y la furia que huye de una batidora de cocina.     

02/10/2005 00:57 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

JULIO ALEJANDRO CASTRO CARDÚS, POR JOSÉ MARÍA ESCRICHE*

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EL CENTENARIO DE JULIO ALEJANDRO.GUIONISTA DE LUIS BUÑUEL / 2

 

Conocí a Julio Alejandro gracias a mi amigo y compañero Alberto Sánchez, cinéfilo impenitente y sabio en muchas disciplinas donde los haya, quien se ofreció a organizar un inolvidable homenaje que con el título, Una vida de cine,  inauguró una nueva sección del Festival de Cine de Huesca en 1989, en su 17 edición, creando así una distinción que reconocía toda una trayectoria vital y profesional relacionada con el cine. En ese caso se trataba de una persona que había vivido una vida intensa, peleando contra el destino o precisamente lo contrario, aliada con el azar pese a las numerosas vicisitudes por las que pasó Julio Alejandro a lo largo de sus días. El homenaje que le rendía el Festival formó parte de un reconocimiento mucho más amplio organizado en Aragón en el que participaron las diputaciones provinciales de Huesca y Zaragoza, los ayuntamientos de las dos capitales, la Asociación Cultural Gandaya, de Zaragoza, que patrocinaba la Caja de Ahorros de la Inmaculada, Ibercaja, el periódico El Día… La publicación que se hizo con una selección de su obra llevaba también textos dedicados de Antonio Machado, Ramón Acín, Adolfo Marsillach, Mari Carrillo, Paco Ignacio Taibo, José Luis Borau, Alfredo Castellón, Eduardo Ducay, Víctor Erice, Pedro Beltrán, Pablo Palermo, Agustín Sánchez Vidal y Alberto Sánchez. Al homenaje en Huesca llegaron gentes, escritores, cineastas, poetas, etc., desde muy lejos… ¿Por qué? Nadie vino forzado, todos ellos lo habían conocido y habían disfrutado de su compañía y de sus cualidades humanas entre las que destacaba su poder de seducción, su valoración de la amistad, su postura intachable e inquebrantable ante la vida y ante los seres humanos.

 

¿Pero quién fue Julio Alejandro?

 

Julio Alejandro de Castro Cardús, y hasta un total de quince primeros apellidos aragoneses, como a él le gustaba presumir, fue un oscense de nacimiento, aragonés de devoción, español de corazón y ciudadano del mundo. Se le conoce, sobre todo, por haber sido el guionista de algunas de las mejores películas de la filmografía de Luis Buñuel (Abismos de Pasión, Nazarín, Viridiana, Simón del Desierto, Tristana…), aparte de ambientador o director artístico de El Ángel Exterminador, y amigo y colaborador del de Calanda en otros menesteres durante años, allá en su otra patria adoptiva: México.

 

Pero uno se queda anonadado cuando conoce el resumen de la totalidad de su vida. Aunque su profesión de guionista y su amistad con el de Calanda no le hubiesen hecho firmar esos guiones, su trayectoria justificaba sobradamente el título de Una vida de cine, con la que bien pudiera rodarse una película.

 

Nació en Huesca, en el Coso, el 27 de febrero de 1906, por lo que en próximo año se celebra el centenario de su nacimiento. Era hijo de un abogado, funcionario, descendiente de la comarca de Borja, y de una zaragozana. Desde niño, cuando llegaban los veranos, los pasaba con los familiares de Chimillas y Bulbuente, y si no, al igual que una gran parte de la burguesía aragonesa de la época, en San Sebastián, lo que le llevaba a pensar de mayor si no sería allí donde le surgió su afición y su vocación: ser marino. Tras la escuela y los primeros estudios en Huesca, el bachiller en Madrid. A los dieciséis años, tras suspender voluntariamente el ingreso en el cuerpo de Artillería del Ejército, por voluntad de su padre, aprobó e ingresó en la Escuela Naval.

 

Recién nombrado oficial tuvo su bautismo de fuego en el desembarco de Alhucemas. En 1924, le toca estar en Shanghai, como alférez de fragata, formando parte de la fuerza internacional desplazada con ocasión de la toma de la ciudad por las fuerzas de Chang Kai Chek.

 

Mientras, desde muy joven, tuvo una gran afición por la lectura y escribía textos y poemas. La soledad de las guardias en el centro de las noches y de los océanos le ayudaron a ello. A lo largo de toda mi vida, no recuerdo haberme aburrido más de diez minutos nunca, comentó en una ocasión. Su padre sabía de esas aficiones y gracias a su amistad con
Antonio Machado le facilitó una visita. El encuentro fue como un flechazo, reconociéndole como una especie de segundo padre en la posteridad. El encuentro facilitó la edición de su primer libro La voz apasionada (1932), con un prólogo del propio Machado, que supo ver las cualidades del joven poeta. No así el pueblo, incluido el mundo de la cultura, que metido ya en plena efervescencia política apenas compró ejemplares.

 

Aún así, lleno de ilusión por un posible futuro como escritor o como enseñante, solicitó la excedencia de la Marina y se matriculó en Filosofía y Letras en una época en la que los profesores eran Ortega, Gaos, Dámaso Alonso, Américo Castro, Zubiri, Montesinos; añadiría a sus estudios los de Historia Medieval, en Zaragoza, y Cartografía, en Madrid. Las circunstancias políticas lo reclaman de nuevo en el ejército, en 1934, siendo nombrado hombre de confianza del ministro de Marina, Giral, así como de su continuador Indalecio Prieto. Entre dos bandos, el de sus compañeros rebeldes y el de su fidelidad al gobierno legítimo, es herido por un obús en Somosierra. El ministro lo sacó de Madrid y lo envió en un helicóptero a Toulouse, en Francia, donde se ganó la vida dando clases al tiempo que recibía a su hermano Fernando, niño refugiado, y lo atendía a causa de su enfermedad del tifus contraído por el hambre y las penalidades de aquélla España partida.

 

En 1939 logra cruzar España para llegar a Lisboa, donde hace diversos menesteres, entre los que recordaba con ironía el de profesor y director de baile en los salones de la época. Desde Portugal, aprovechando el último barco que pudo cruzar el canal de Suez a causa de la nueva contienda universal, y gracias a un puesto de profesor en la Universidad de Santo Tomás propiciado por el P. Urbano, un tío suyo dominico, alcanza Manila, donde aprovechará también para hacer su doctorado de carrera. Pero también llega allí la guerra entre norteamericanos y japoneses. Cayó prisionero y fue rescatado por el cónsul español. Sufre los bombardeos de unos y de otros. Rechaza las ofertas de los militares japoneses para trabajar en una emisora, cae enfermo de apendicitis y tienen que operarle sin anestesia. Con la herida infectada huye hacia las líneas americanas, al otro lado del río, en busca de la penicilina, lo único que puede salvarle.

 

Con apenas cuarenta kilos de peso accede a embarcar como lavaplatos y como cocinero en un barco americano, en cuya larga travesía descubre una nueva afición, la cocina, de cuyas habilidades será reconocido posteriormente llegando a dar el fruto de uno de sus mejores libros, El breviario de los chilindrones, escrito ya en España unos años antes de su muerte. A su llegada a San Diego rechaza la nacionalidad estadounidense que se le ofrece y se traslada a México, en 1945, aunque esa primera visita sería corta, pues de allí saltó a Santiago de Chile y, de allí, a Buenos Aires. La guerra había terminado y la situación de la posguerra en España había cambiado considerablemente por lo que decide volver a su país comenzando a escribir teatro, algunas de cuyas obras ya habían sido gestadas años antes, entre poemas y vivencias; otras quedaron perdidas o destruidas por las bombas, las llamas, o los abandonos de sus numerosos domicilios y traslados. Puede que yo sea uno de los autores que más textos ha perdido, reconocería posteriormente.

 

El éxito de su teatro fue rápido y fulminante. En pocos años escribe y se estrenan, a veces con más de una obra coincidiendo en distintos escenarios, El Pozo, La familia Kasbin, Shanghai-San Francisco, Barriada, El termómetro marca 40, La luna en el teléfono, La casa sin música, El aire, Y un día me dijiste…Demasiados éxitos para un país tan envidioso como el nuestro. Los enteradillos, la prensa, algunas amistades, comenzaron a decir que era el hombre de paja de Alejandro Casona, autor por entonces prohibido aunque años después sería representado por los grupos de teatros universitarios dependientes de la Jefatura del Movimiento. Tal era la calidad de sus textos como para que pudieran reconocerse como propios por aquélla sociedad frustrada y sufriente.

 

Tito Davison, director mexicano de paso por España, que realizó varias coproducciones, le ofreció un contrato para ser el guionista de su próxima película. Julio aceptó y hacía allá fue para unos seis meses. Se quedaría 35 años.  Llegaría a ganar dos veces el Ariel al mejor guión (el goya o el oscar del cine mexicano) pero llegaría a intervenir en varias docenas de películas y a trabajar, a aparte de Luis Buñuel, con los mejores directores, con algunos varias veces: Tito Davison, Miguel Zacarías, Emilio Fernández, Julio Bracho, Emilio Gómez Muriel, Alfredo B. Crevenna, Alejandro Galindo, Juan Bustillo, Juan J. Ortega, Roberto Gavaldón, Chano Urueta, Luis Spota, Tulio Demicheli, Gilberto Martínez Solares, Roberto Rodríguez, Miguel Morayta, Alfonso corona Blake, Benito Alazraki, Jaime Salvador, Julián Soler, Francisco del Villar, Carlos Velo, Arturo Ripstein… Muchas de esas películas se estrenarían en España pero casi ningún espectador relacionó el nombre de Julio Alejandro con aquel español que tantas vicisitudes había pasado en su vida. En esos treinta y cinco años sería reconocido y valorado en México con igual proporción creciente con que fue olvidado en su país.

 

Muchos de los poemas escritos en México, y otros nuevos, verían la luz en el libro Singladura publicado en 1987, en Zaragoza, tras su vuelta. Otros quedarán inéditos. Su única novela, con el título provisional de La llama fría es posible que vea la luz en su centenario. Otra gran parte pertenecen al acerbo personal y a la memoria de sus numerosos amigos, a los cuáles les contaba esas historias de viva voz, cada vez en versión nueva, mejorada, arreglada e irrepetible, como siempre han hecho los nuevos narradores. En ese sentido, quienes le conocieron, fueron afortunados.

 

Julio Alejandro, ese oscense nacido en el Coso tantos años olvidados hasta que lo resucitó nuestro Festival de Cine, murió en Jávea, donde había comprado una casita frente a su querido mar, mientras charlaba con los amigos, que en aquélla situación eran Manuel Vicént, José Luis García Sánchez y David Trueba. Buena gente, también. Era el 21 y 22 de septiembre de 1995. El 28 de octubre fueron enterradas y esparcidas sus cenizas en los alrededores del Monasterio de Veruela, de acuerdo con su voluntad, cerca de donde, según la leyenda, la Virgen se la apareció al Señor de Atarés, motivo por el que se hizo construir el viejo monasterio.

 

Los datos que deposito en este artículo salido del corazón, se lo debo a mi colega Alberto, pero lo dedico a la ciudad que en estas fiestas disfrutará de uno de los platos que a este enciclopedista, amante de las artes y de lo bello, describió en uno de sus libros más celebrados y que antes citaba, el Breviario de los Chilindrones, como cocinaban en su casa de Huesca, para las fiestas de San Lorenzo, el mítico plato del pollo a lo chilindrón.

 

Al año que viene celebraremos el centenario de su nacimiento, el Festival Internacional de Cine de Huesca le dedicará una retrospectiva de su obra mexicana, desconocida en España y que seguro será un éxito, pero antes de terminar le pediría de nuevo a nuestro alcalde, que la ciudad, en el macroproyecto del Parque del Isuela, le dedicase un recuerdo traducido en una escultura que nos recuerde su vida, su obra y su saber.

 

*JOSÉ MARÍA ESCRICHE es director del Festival de cine de Huesca, que rendirá un homenaje especial a Julio Alejandro Castro el año que viene, en el centenario de su nacimiento. Ya son bastantes los autores que han escrito con cierta abundancia de Julio Alejandro: Luis Alegre, Alberto Sánchez, Agustín Sánchez Vidal, Vicente Molina Foix, Paco Umbral, David Trueba, Alberto Isaac, Manuel Vicent, Ignacio Martínez de Pisón, José Luis Gracia Mosteo, yo mismo, entre otros muchos. José Antonio Román acaba de publicar una biografía suya en la colección "Biblioteca Aragonesa de Cultura". En este blog publicaremos distintos textos de acercamiento a la figura de Julio Alejandro, poeta en "La voz apasionada", prologado por Antonio Machado, y en "Singladura", que editó Agustín Sánchez Vidal; parte de sus textos teatrales están recogidos en "Fanal de  popa" (Ediciones del Valle, 1988); guionista de "Tristana","Viridiana", "Nazarín", "Abismos de Pasión" o "Simón del desierto"; experto en gastronomíaen "Breviario de  los chilindrones" y novelista, aún inédito, con "La  llama´fría".

 

Este texto de José María Escriche ha sido publicado en el especial del "Diario del Altoaragón", que dirige Antonio Angulo,de las fiestas de San Lorenzo.

 

 

 

 

 

02/10/2005 10:07 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

LAS ACUARELAS CON MÚSICA DE MAITE ROY.

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Estuve ayer en la exposición de acuarelas de Maite Roy, la mujer que eligió a Ángel Artal Burriel como pasajero ideal de su corazón, que se exhibe en la Caja de Teruel. Ángel Artal, que tiene gestos románticos de hombre que se dedica al estudio de los volcanes del sentir, le ha regalado un paraíso de amor y delirio a Maite Roy, una casa con vistas hacia el cielo, las cañadas, los montes y las aves del Pirineo. La sala de Caja Teruel, tan acogedora, estaba llena de amigos que vivían la ansiedad producida por el gran Zaragoza-Barcelona, que merecerían ganar los visitantes, igual que hace 40 años. Maite Roy es discípula de la gran pintora Aurora Charlo, es compañera de expediciones al campo de Javier García-Valiño, entre otros muchos, y es una cuidadosa acuarelista que se mueve en la observación del natural con sensibilidad, sutileza, capacidad de mirada y soltura. Lo mismo es capaz de solventar los característicos paisajes de montaña y casa con cielo en lontananza o una estampa invernal de sotobosque, que se atreve a ir mucho más allá: logra hechizo y belleza concentrada en algunas piezas pequeñas, todo un arsenal de lirismo y de expresividad en miniatura.

 

Alcanza una fascinante maestría en una acuarela del río, el color se vuelve espejismo y magia, casi realismo fantástico en su justa medida, y alcanza otra cumbre pictórica en el género en un paisaje de parque o bosque con unos tonos de elevada expresividad, de energía y sueño. Y hay algo importante en su paleta de agua, emoción y dulzura: la limpieza, un apetito de perfección, una búsqueda de trascendencia más allá del tópico y del paisaje ya usado. Y lo logra en varias piezas pequeñas, y en esas dos admirables y casi etéreas obras citadas: la de río –quizá no sea el Jiloca que atraviesa el Salobral- que nos espejea desde una superficie trabajada con los colores del alma, la del bosque o parque en un verde especial hace apología de una hermosura de la naturaleza ofrecida. Aunque no querría aquí rebajar en ningún instante el valor global de la muestra: Maite Roy trabaja, aprende, crece y se derrama con entusiasmo, oficio y pasión por la vida. Y lo hace estupendamente bien. Para sí ha sido una espléndida y agradable sorpresa.

 

 

P.D. Si alguien me puede mandar una foto de 20 K, es lo máximo que puedo colgar, la pondría encantado en el blog.

 

 

02/10/2005 10:32 Enlace permanente. Hay 10 comentarios.

ANTONIO SAURA, ESCRITOR Y PINTOR DE MONSTRUOS

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Antonio Saura (Huesca, 1930- Cuenca, 1998) ha pasado a la historia del arte como un magnífico pintor en todas sus facetas y como un audaz ilustrador. Ahí están sus más de 500 ilustraciones para autores y libros tan diversos como Ramón Gómez de la Serna, George Orwell, San Juan de la Cruz, Franz Kafka, Camilo José Cela, “El Quijote” (para la impecable edición de Martín de Riquer, revisada más tarde, entre otros, por Francisco Rico) o Carlo Collodi. Con sus propuestas, ayudó a cambiar los estereotipos de las ilustraciones convencionales y abrió caminos hacia visiones más atormentadas, feístas si se quiere, arrebatadas, contemporáneas. Pero también podía haberse dedicado a la literatura. Poseía una gran imaginación, una excelente precisión conceptual y una visión nítida e iluminadora. Donde brilla su escritura es en su concepción del arte: quizá sea uno de los incuestionables teóricos de la creación de todas las épocas. A nada le hacía ascos: allí donde ponía la pluma, y su entusiasmo y su lucidez, extirpaba brillos, enfoques nuevos, clarividencia y tersura. Era como si otorgase nuevas razones y motivos a la obra de arte.

 

Soñó con ser fotógrafo (al principio manejaba cámaras y estaba al corriente de las novedades) y escritor, pero una enfermedad le postró durante meses en la cama, y leyó y hojeó las monografías de arte, especialmente de figuras incuestionables, del arte de vanguardia y, en particular, de los surrealistas. Ese mundo onírico, entre colorista y perturbador, que emergía del subconsciente le inspiró sus primeras obras y también sus primeros escritos. La casa de los Saura era especial. Su madre Fermina Atarés había sido pianista, mostraba una exquisita sensibilidad y tocaba de cuando en cuando a cuatro manos con Pilar Bayona, que se dejaba caer por Madrid; su padre Antonio Saura había escrito muchos manuales de Derecho, pero poseía una inclinación especial hacia el mundo de las máquinas, del diseño y del arte, le encantaba recortar y pegar, construir nuevas cosas. Y su hermano Carlos era un gran aficionado a la música: por la casa pasaban cantantes y se oía una música insistente, a un volumen muy elevado, que recorría las estancias y perturba al tranquilo Antonio, encerrado en su taller. Carlos se decantaría por la fotografía profesionalmente, hasta que se decidió por el cine. Ángeles tenía un especial oído por la música, pero su madre le advirtió: “No quiero niños prodigio en casa”. Y ahí se acabó su vocación, que terminó –con el paso de los años- desplazándose hacia la literatura como acabamos de ver recientemente con dos sólidas y ricas novelas: “El desengaño” y “La duda” (ambas editadas por Círculo de Lectores).

 

         Antonio Saura ha elaborado una obra personalísima suspensa en sus propias invenciones, gestuales e informalistas, en la acumulación de estructuras y en la glosa /homenaje a momentos especiales de los genios o a temas concretos. Ahí están sus trabajos que tienen como plantilla de sugerencia, como incitación inicial, a Rembrandt, Velázquez, Picasso, Tiziano, el miliciano abatido que captó Robert Capa, Goya (en particular ese cuadro enigmático del perro que parece emerger de la arena), etc. Pero paralelamente a esta faceta esencial de su personalidad, la que le hizo célebre en el mundo y le llevó a fundar en 1957 “El paso” con otros aragoneses como Pablo Serrano o Manuel Viola, hilvanó sus teorías, sus apuntes de comentarista de arte, apuntes que le han llevado a decir a Hans Meinke: “A Antonio Saura se le reconocerá pronto como uno de los grandes pensadores del siglo pasado en materia de arte”. No le falta razón.

 

         Por ahora, en Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, ya tenemos tres muestras indiscutibles del buen hacer de Saura: “Fijeza” (1999), “Crónicas” (2000) y el reciente “Visor” (2001). Los dos primeros se ocupan de la visión de la pintura, de su historia, y de lo contemplado en visitas a museos, o incluso de la filosofía del ser aragonés, como puede leerse en el texto “Aragón” (confiesa sus pasiones e identificaciones con Goya, Buñuel, Cajal, Miguel de Molinos o Gracián, expresa su fascinación ante el paisaje, reivindica en cierto modo una manera de estar en el mundo del aragonés), y “Visor” es una selección de artículos sobre artistas que le interesaron y le influyeron enormemente como fueron el suicida Jackson Pollock, que revolucionó el arte de su momento, Willem de Kooning, inscrito en el informalismo abstracto, Francisco de Goya (al que puede considerársele su maestro absoluto: su faro, el pariente no tan remoto en el cual se reconocía), Francis Bacon o Antoni Tàpies, su compañero casi de generación, el artista esencial y novedoso que se inició en el Dau al Set para afanarse en un conceptualismo rotundo que no era ajeno a la pasión por la materia, por la mancha, por el símbolo y el gesto.

 

         El trabajo sólo está en camino. Restan otros dos volúmenes: “Escritura como pintura”, donde reflexionó sobre su propio quehacer, el dietario de artista a lo largo de los años, y “Marginalia”, que abarca sus textos líricos, su mirada de poeta. Que hablamos de algo decisivo para Antonio Saura lo constata un hecho emocionante: herido de muerte, el pintor dedicó horas a ordenar ese material. Quería que como sus ilustraciones o su pintura, esos textos fuesen su testamento para la inmortalidad.

 

02/10/2005 22:42 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

04/10/2005

RAFAEL NAVARRO: PIEL DE DESEO Y DE SOMBRA

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¿Qué es esto: exaltación del contorno, sublimación de la luz que ajusta la línea a sus límites? O, en realidad, es lo que parece: un culo que se ofrece, un atardecer sobre las nalgas o un volcán tranquilo que incendia el deseo. El fotógrafo Rafael Navarro ha hallado en el desnudo un reino de belleza, concupiscencia e incitaciones. Su obra es una apología de la perfección y de la exquisitez constante: investiga casi siempre la presencia de la luz y la sombra sobre la carne, sobre esa piel levemente erizada y rugosa, sobre un pubis boscoso; propone un juego de piernas que oculta el cáliz de la tentación y prolonga el misterio. En “Ellas I” el ojo y la cámara del fotógrafo se acercan más que nunca a la piel y el resultado final es una fotografía abstracta, plena de matices, de calidades de luz y sombra, de hermosura dormida pero jamás difunta. Rafael Navarro ha logrado, paradójicamente, un efecto distanciador entre el observador y el objeto. Cuanto más cerca, más lejos, y así impone una idea de conjunto: de paisaje total esculpido con un fragmento del cuerpo. Si el luminoso destello perfila la cumbre de las colinas, en la parte inferior hay otras ráfagas que sugieren labios o claridades que se ciernen contra la noche. “Ellas I” es un poema sinfónico de la imagen, rotundo y exacto, la reinvención de la abstracción canónica del desnudo de mujer, que es el que concentra la magia y el éxtasis de este artista voluptuoso llamado Rafael Navarro.

 

P. D. El artista aragonés expone una selección de sus fotos, la serie "Ellas" en concreto, en el Cervantes dé Milán, que dirige mi tocayo y casi vecino Antón Castro, de Muxía.

 

04/10/2005 02:07 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

LA LUMINOSA OSCURIDAD DEL CINE

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El fotógrafo Manuel Martín Mormeneo llegó a Zaragoza en el otoño de 1978. Hasta entonces sólo había conocido dos cines: el cine Real de Arteixo, donde hizo su primera foto, en concreto a una actriz Inma de Santis, que presentó allí la película “Entre dos amores” (1972), en la que participaba con Manolo Escobar e Irán Eory; y el cine Equitativa, a orillas de la bahía de Riazor, que fue la sala donde se aficionó a las películas de Buñuel y Visconti y empezó a amar con  locura a Romy Schneider. Ya aquí, conoció otros establecimientos como los multicines Buñuel, a cuyas matinales acudió durante tres años ininterrumpidamente, sin importarle repetir una o dos películas a la semana, como le sucedió con “El matrimonio de Maria Braun” de Fassbinder, embrujado por la belleza de Hanna Schygulla; el Elíseos, que siempre le pareció el cine más  elegante de la ciudad; el Dorado, el Cervantes, el Argensola o el Rialto. Muchos de ellos han ido desapareciendo, como desaparecen estos días el Aragón y el Goya. Ha seguido su trayectoria en los libros de Amparo Martínez y de Agustín Sánchez Vidal, cuyo “El siglo de la luz” es su volumen preferido del cine en Zaragoza. Para Martín Mormeneo, que fotografió semidesnuda a Uma Thurman en Belchite, el cine es un refugio y una puerta al viaje: ese lugar sagrado y mágico donde la tiniebla se convierte en un paraíso de sueños, en la oscuridad ideal para enamorarse y para atisbar la luz de terciopelo de unos ojos inolvidables. En su inventario de películas y salas, anotó tras la infausta noticia en su diario “Memoria personal de espectador”: “Jamás olvidaré que en sus salas fui feliz”.

04/10/2005 10:55 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

05/10/2005

ENTREVISTA CON LA ARTISTA MAPI RIVERA

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-He nacido en Huesca en 1976 –así empieza esta charla Mapi Rivera-. Desde pequeña me interesa el arte. He sido como un poco recogida, ensimismada, muy de estar conmigo, no sé por qué, pero fue así, y ya entonces dibujaba, escribía poemas.

 

-Vamos, que ya quería ser artista en Huesca...

-Empecé a dibujar, más en serio, cuando fui a la Facultad a Barcelona, respiraba un aire y una libertad nuevos, y daba rienda suelta a lo que había en mi interior... Aunque no siempre fue así. Al principio iba a pintar o a dibujar con uno o varios profesores, y siempre me decían lo que tenía que hacer. Te asignaban como una pegatina para que la reprodujeses, y yo ahí no me sentía demasiado cómoda...

 

-¿Y cuándo empezó a sentirse cómoda?

-Cuando me dieron esa libertad, esa posibilidad de hacer lo que sientes, y de enfrentarte al vacío, sin pauta, como si te dijesen: “Haz lo que quieras”. Lo verdadero surge de adentro...

 

-¿Con qué disciplinas trabajaba entonces, no hace demasiado tiempo tampoco?

-Con todas las técnicas o disciplinas posibles: la fotografía, la poesía, el dibujo, que es más inmediato. En realidad, la poesía y el dibujo son muy cercanos, los siento y los vuelco en una libertad, en un cuaderno de artista, susceptible de continuas modificaciones. Yo, ante todo, me siento artista y cada disciplina es sólo un medio.

 

-Sin embargo, usted es más conocida por sus fotografías o instalaciones...

-La fotografía exige más preparación, requiere planificación. Pero en realidad, en arte yo hablo de lo que conozco, hablo de mis experiencias, que pasan por mi cuerpo, de ahí que use tanto el cuerpo en mi obra, con ropajes que yo misma coso y descoso, o completamente desnuda.

 

-Al principio, era usted quien hacía las fotos. Ahora es el centro de las fotos y no puede decirse que sean autorretratos en un sentido estricto.

-Es cierto. Hace algún tiempo, en 1999, expuse en la Comunidad de Madrid en una muestra de fotografía colectiva “Dime que me quieres”, que eran obras que yo había hecho en 1997. Al principio yo hacía las fotos y mi hermana posaba para mí, era un modelo muy cercano y muy cómplice, y luego también conté otra amiga. Pero he encontrado a un fotógrafo creativo, muy sensible y con una mirada especial, que conoce muy bien mi trabajo y es él, Ramón Casanova, quien me hace las fotos.

 

-Entonces, ¿cómo podemos definir su trabajo: esas tomas que parecen de bailarina, de musa, o formas de body art?

-No, de body art creo que no. Yo definiría mi trabajo como acciones experimentales o como una acción de experiencia. Lo que yo quiero es transmitir una experiencia vivida para que permanezca viva en la foto.

 

-¿Cómo explica sus movimientos, cuál es la simbología que hay detrás?

-Le explico, por ejemplo, dos posturas o movimientos: el de apertura, vinculado a una idea solar, o de ascendencia, emparentado con una idea de elevación o de aspiración a la pureza.

 

-¿Cómo se explica esa presencia constante de la burbuja que acompaña una buena parte de las fotos?

-La burbuja alude a la pureza y a la transparencia. Voy un poco hacia atrás: desde hace algún tiempo empecé a hacer vestidos porque para mí eran la metáfora de mis transformaciones exteriores, algo así como si mi corazón fuera cambiando. Así surgieron series como “Pieles de paso”, compuesta por 8 vestidos o velos de distintos colores, o “Descoser”, que eran vestidos de seda, con hilos de ligaduras a modo de telas de araña que yo voy descosiendo, y finalmente llego a la desnudez, a esa piel última ya que no puedo quitar, la piel que permanece en una especie de paz y de conquista de mi propio ser. Entonces aparecieron las burbujas, que encarnan la pureza, la desnudez, la belleza, una forma pura y esencial que es agua y aire, como la respiración misma.

 

-En la muestra “Ilaluzes” que exhibió en el Museo Pablo Serrano, se insistía mucho en el contenido filosófico y místico de su propuesta...

-Me interesa, claro. Yo busco siempre en mi interior y mi inspiración nace más que del arte, de las exposiciones, de mis lecturas poéticas. Me gustan mucho los textos de mística sufí, taoístas o cristianos, Rumí, Ibn Arabí o Hildegarda de Bingen se encuentran entre mis favoritos, y al leer “El libro del Tao” o “La flor de oro”, por poner dos ejemplos, encuentro preocupaciones y matices que están en mí misma.

 

-Una palabra clave en su obra, sobre todo en los poemas que incluye en el catálogo del Pablo Serrano, es amor...

-A través del amor tengo la sensación de que uno alcanza el sentido de la vida. Es una fuerza esencial. Entiendo que se puede pasar la vida de muchas maneras, pero siempre he tenido la sensación de que a lo largo de los años había una luz en el centro de mi anterior, oculta, es como una semilla latente que es otra forma de decir la palabra amor...

 

-La luz es otra constante en su obra y en sus textos...

-La luz y el amor estaban ahí, incluso en la niñez, pero en ocasiones parecen velarse o despistarse. Y en los últimos años, y en aquella muestra en concreto, “y la luz es”, de ahí lo de “ylaluzes”, he trabajado para desvelar esos sentimientos. Mi obra aspira a la esencialidad, a la identidad, a la idea de ser con ese amor y esa luz. Trato de quitarme ropas que me he puesto, que he dejado de ponerme o que otros me han puesto... De ahí, también, esa abundancia de términos como “coser y descoser”, “velos”, “mudarse”...

 

-Tanto Marisa Cancela como Núria Gual le buscaban referencias o antecedentes en la obra de Louise Bourgeois o Ana Mendieta, entre otras...

-Louise Bourgeois me interesa mucho, es una mujer muy sensible y radical, aunque ella trabaja más hacia el pasado y la memoria. Yo intento enfocar mi obra hacia un presente vivo. Y con Ana Mendieta sí me siento muy afín porque la manera de crear es muy similar. Yo vivo y visiono lo que soy en los dibujos o en los gestos que hago para que me tomen una foto. Además, ella hace unos maravillosos cuadernos de artista y experimenta también con su cuerpo.

 

-¿Siente pudor al verse tan expuesta ante los otros?

-En absoluto. He elegido esta opción. Existe un distanciamiento y yo trato de mostrar un proceso de trabajo ajeno al exhibicionismo. No pretendo cautivar a nadie. Lo que más me interesa es comunicar. Transmitir sentimientos muy verdaderos.

 

-Su consideración crece día a día: ha ganado premios, le llaman para hacer obras, ha estado en Arco, tiene piezas en la Comunidad de Madrid o en el Ayuntamiento de Huesca, la seleccionan casi siempre para nuevos proyectos, le han dado ahora la Beca Ramón Acín, la invitan a exponer en Colonia. ¿Cómo lo consigue?

-No lo sé muy bien. Creo que soy muy afortunada.  Me han ayudado mucho desde el Instituto Aragonés de la Mujer o desde la Dirección General de Juventud y también desde Cultura del Gobierno de Aragón, pero lo cierto es que no soy buena en las relaciones públicas. Aragón me trata muy bien, aunque ya llevo nueve años viviendo en Barcelona, y eso lo agradezco profundamente.

05/10/2005 21:23 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

10/10/2005

LA ILUSTRACIÓN ARAGONESA, SEGÚN ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE

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Eloy Fernández Clemente ha estudiado Aragón de punta a punta con una pasión inusitada. En un congreso de Historiografía, varios historiadores de signo y época distintos recordaban sus últimos trabajos y todos decía que una fuente inexcusable eran las investigaciones del catedrático de Historia Económica, que él había llegado antes con trabajos sobre Mariano Nipho, la minería del carbón y

10/10/2005 17:51 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

11/10/2005

"LOS SERES HUMANOS SOMOS RIDÍCULOS A VECES"

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DIÁLOGO CON LA ILUSTRADORA

ELISA ARGUILÉ

 

-Sabemos poco, muy poco de usted.

-Empecé a dibujar antes de ir a Bellas Artes, que hice en Madrid. Al principio no me lo tomaba en serio. Hacía grabado, pero me di cuenta de que me atraía el dibujo, mi carácter va más con el volumen que con la pintura, y entré en contacto algunos ilustradores. Aquellos me dijeron: “Prepara una carpeta y preséntala en las editoriales”.

 

-¿No había antecedentes en su familia?

-Mi madre hacía cosas con arcilla. Eso me animaba mucho. Entonces, no había libros de la calidad y en la cantidad de. Recuerdo que cuando era pequeña, al repasar algunos de aquellos niños cabezones con los ojos asombrados, no veía ni la imagen del escritor ni la del ilustrador. Era como si los libros no los hiciese nadie.

 

-¿Cómo fue su primera carpeta?

-La organicé en 1995. La cambié muchas veces: no me gustaba nunca. Soy pudorosa y exigente. No me apetece enseñar lo que a mí no me gusta, y rara vez me gusta lo que hago.

 

-¿Y eso es fuente de infelicidad, de angustia?

-No. Es una obsesión que tengo. Cuando me quito el trabajo de encima me relajo. Es como si hubiese un desajuste entre mis gustos y lo que sale a la primera; le doy tantas vueltas a la cosas, que al final encuentro algo y empiezo a trabajar así. Soy intuitiva y para mí es importante la casualidad. Para confeccionar aquella carpeta me empapé de los libros que se estaban haciendo, los había buenos, muy malos y cosas normales, y no era fácil decantarse. Desconoces los criterios que se siguen en este mundo...

 

-Y ahora, ¿ya los conoce?

-Presenté dibujos de muchos tipos. Pensaba que la clave era la versatilidad, que pudieses adaptarte a textos muy variados. Luego te das cuenta de que lo que les interesa a los editores es un proyecto completo, con un mismo estilo, que es el que hace que se te valore, aunque a mí me parece que el estilo a veces es una cárcel. Prefiero buscar siempre cosas distintas.

 

-Viendo su trayectoria, parece que todo haya sido coser y cantar.

-No. Hice muchas cosas sueltas: realicé la portada de “Los bandoleros aragoneses” de Adell & García, otra para SM y trabajé un año con Los Titiriteros de Binéfar. Ilustré para ellos el cuento de “Dragoncio”, el cedé   “A tapar la calle”, hice alguna escenografía, y entonces conocí a Daniel Nesquens.

 

-Con el escritor aragonés ha hecho varios libros: “Hasta (casi) cien bichos” (Anaya), premiado en Munich, “Y tú cómo te llamas” y “Kangu va de excursión”.

-Sí, él me puso en contacto con Emilio Pascual y con Antonio Ventura, los editores de Anaya, y desde entonces tengo trabajo sin parar. Tanto que a veces me digo que necesitaría un tiempo muerto, descansar, reflexionar. Aunque no me quejo de nada: la vida del ilustrador es dura.

 

-Sus dibujos son muy particulares: expresionistas, de tintas oscuras, con un tono naïf, entre el humor y la ingenuidad...

-Me interesa mucho el sentido del humor. Mis dibujos parecen muñecos un tanto ridículos. Los seres humanos somos ridículos en muchas ocasiones. ¿El color oscuro? Es algo inconsciente. Hago color pero luego lo tapo. Me sale así.

 

-¿Cuáles son sus fuentes?

-Todas. Absorbes lo que ves y lo desarrollas. A mí me apasiona el arte del siglo XX, Chagall, en Modigliani, en Matisse, en Rousseau “el Aduanero”. Esos pintores eran excelentes ilustradores. Pero también me interesa el arte primitivo, el arte medieval, la escultura románica, las miniaturas hindúes, el arte árabe.

 

-¿Se habrá fijado que ha dicho pocos ilustradores puros?

-Son fundamentales en mi vida. Claro. Pienso en la alemana Rotraut Susanne Berner, autora de “Cuando el mundo era joven todavía”. Anaya acaba de encargarme un ambicioso libro sobre la Navidad y la tengo a ella como referencia. Es fascinante. Pero también pienso en el americano Gary Larsson, que hace viñetas en revistas y periódicos, y practica un humor absurdo y corrosivo; en el frances Eric Battut, en la italiana Beatrice Alemagne.

 

-¿Qué nos dice de los aragoneses?

-Hombre, Isidro Ferrer y Cano son grandes figuras, pero también están ahí Meléndez, Ana González Lartitegui, Martín Godoy, Silvia Bautista, Javier Solchaga, David Guirao, etc.

 

-Usted no sólo ilustra. También ha ganado el premio Isabel de Portugal de escultura y pinta.

-La ilustración me hace sufrir, quizá porque se ha convertido en mi profesión. Mi madre se desespera conmigo porque lo rompo todo. Supongo que será como una catarsis hasta que encuentro el camino, pero creo que el artista tiene que divertirse, jugar, soñar. Y eso exactamente es lo que me ocurre con esa actividad mía más secreta.

11/10/2005 18:34 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

"LA LEYENDA DEL TIEMPO": CARLOS LAPETRA*

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Si alguien debiera figurar en esta “Leyenda del tiempo” es Carlos Lapetra. Parece claro que ha sido el mejor futbolista aragonés del siglo, que es como decir de todos los tiempos. Fue un adelantado a su época e inventó una demarcación que ha hecho felicidad en el fútbol: la de falso extremo, la de media punta que combina la dirección del juego, la construcción del ritmo trabajada en pausa, serenidad y vértigo, con la estricta vocación ofensiva. Fue por encima de todo un virtuoso, un artista, una pierna dotada de clase y de clarividencia, un poeta capaz de improvisar en cualquier instante con sencillez y un innato sentido para la burla del adversario y la llegada mortal. Los diez años que abarcan su carrera al máximo nivel --de 1959 a 1969-- son de los más brillantes del fútbol español y del Real Zaragoza. Y Carlos, en ambos combinados, sentó cátedra, asumió un protagonismo incuestionable, de cerebro y figura.

Nació en Zaragoza en plena Guerra Civil, en 1938, aunque toda su familia era de Huesca. Allí se crió y estudió en San Viator; en la ciudad altoaragonesa frecuentó los alrededores del castillo de Montearagón, los ríos, la naturaleza exuberante, las vastas panorámicas de vegetación aplastadas por el cielo, y descubrió que poseía un talento natural para el fútbol. Más tarde ingresó en el Colegio del Salvador y coincidió, entre otros, con el escritor Javier Fernández de Castro, que recuerda a un mozalbete genial en los partidos del recreo: fino, elegante, casi imparable. Más tarde, se trasladó a cursar Derecho a Madrid y cada fin de semana se desplazaba con su hermano Ricardo a jugar en el Guadalajara, dicen que en taxi; el defensa de la selección española y del Atlético de Madrid Isacio Calleja ha rememorado aquellos domingos y viene a decir casi que Lapetra fue su sustituto en el equipo.

Aunque tenía maneras, y sabía doblegar como nadie a los rivales en un metro cuadrado, quien atraía la atención de los técnicos era su hermano Ricardo. Emilio Ara descubrió que el bueno era Carlos, aquel jugador de seda, con el calzón algo bajo, justito de fuelle pero largo de inteligencia, que se divertía de lo lindo sobre el campo. En la temporada 59/60 ingresó en el Zaragoza y no tardaría en erigirse en su jugador principal, a pesar de que los blanquillos tenían delanteros de gran categoría como Murillo, el efímero y espléndido Seminario, Marcelino, que evolucionaba con pasmosa celeridad, el brasileño Duca; pronto llegarían Canario, Villa y Santos. Y con todos, Lapetra brilló y fundó Los magníficos, aquella delantera que asombró no sólo en España sino en Europa, y con ella brilló muy especialmente Lapetra, como narraban una y otra vez los ingleses recordando un memorable choque contra el Leeds United en vísperas de la Eurocopa de 1964. Fue ésta, sin duda, la mejor temporada de su vida: con el Zaragoza venció en la Copa del Generalísimo y en la Copa de Ferias, y en medio tuvo tiempo de coronarse campeón de Europa ante Rusia como titular indiscutible, en aquella heroica tarde en Madrid en que Marcelino batió a la araña negra Lev Yashine. Dos años después, reeditó parcialmente sus éxitos: el Zaragoza volvió a proclamarse campeón de Copa y Lapetra le disputó la titularidad a Paco Gento en el Mundial de Inglaterra.

El madridista Gento y Collar fueron sus grandes rivales. Y en España a mediados de los 60 se generó un auténtico debate nacional acerca de cuál de los tres debiera ser titular en la selección. Lapetra optó por la armonía, o el humor somarda, y dijo que Collar y Gento eran mejores. Lo cual no es del todo cierto. En cuanto a clase, no había parangón, ni a situación sobre el césped, a complicidad con sus compañeros, a los que dirigía como lo hacía Luis Suárez, no en vano Lapetra era conocido como El Ingeniero o El dictador de la zona ancha; Collar, en cambio, era más luchador, más competitivo y astuto, y Gento se había ratificado en Europa con su velocidad imparable. Abandonó la selección en 1966 con 13 entorchados en su haber.

Lapetra no fue nunca un jugador sacrificado, de batalla, sino que sus virtudes eran la fineza, la elegancia, la visión de juego, las dotes de mando y una espontánea capacidad de desbordamiento. Fue pretendido por el Madrid y el Barcelona en varias ocasiones, pero hizo toda su carrera en el Zaragoza, con el que consiguió tres títulos. Fue sin duda el mayor artista de La Romareda y, a su modo, también lo era lejos de la cancha, donde se mostraba más bien retraído y un tanto arisco. Iba y venía a Huesca cada día en sus distintos coches --sentía una gran atracción por la velocidad y los descapotables; resultó famoso un Alfa Romeo que tuvo--, fue rebelde cuando creyó que debía serlo y siempre se sintió próximo al presidente Waldo Marco. Una lesión en la tibia, seguida de varias operaciones infaustas, le llevaron a la retirada; jugó por última vez en noviembre de 1968 y se despidió en la primavera siguiente. Había jugado 279 partidos, la mayor parte en Primera División, categoría en la que logró 40 tantos.

Su palmarés era impresionante, casi a la altura de su virtuosismo de innovador, de aquella naturalidad asombrosa. En los últimos años, reconocido por todos, comentarista de fútbol en radio y televisión, falleció tras una penosa enfermedad a los 57 años. Los que le conocieron bien --sus compañeros de la delantera mágica del mejor Zaragoza de todos los tiempos o los integrantes de la selección de 1964-- coincidían en una imagen: era un ser humano tan arrollador como el fútbol que practicó, ese balompié que anticipó a Maradona, Zidane, Baggio, Totti o Zico, aunque nadie se moleste en reconocer o redescubrir su aportación.

Aquí se sabe que fue el más grande en un cuerpo menudo de emperador.

 

*Esta tarde, el Real Zaragoza se enfrenta al Real Madrid, un equipo demediado hoy como el personaje de Italo Calvino, en el trofeo Carlos Lapetra. Hoy me ha llamado Chema González, me recordó que yo había escrito este artículo sobre el Real Zaragoza y lo traigo aquí al blog. Me encontré con Andrés Cuartero por la calle, gran amigo de Lapetra, y me contó la siguiente anécdota: un día iba con Pereda, Suárez y Lapetra, entraron en un bar, y la gente se levantó y saludó así a Suárez y Lapetra: "Sois los mejores jugadores que he visto sobre un terreno de juego".

 

11/10/2005 18:43 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

12/10/2005

ACTA DE UN ENCUENTRO CON ROSA MARÍA ARANDA*

Rosa María Aranda, allá por los primeros cuarenta, cuando la retrataban Coyne o Aurelio Grasa, tenía un aire a Rita Hayworth con sus rizos al viento. Ahora, con sus 81 años y el desenfado de siempre, anda un tanto insegura por su casa cuajada de recuerdos, de muebles de época, de retratos o dibujos que le hicieron su hermana Pilar Aranda o Menchu Gal. El amor de su vida, Fernando de la Figuera, “fallecido demasiado pronto en 1967”, la mira desde varias fotografías con aquel porte de caballero tocado de bigote. Rosa María Aranda selecciona sus recuerdos al calor de la mesa camilla, junto a sus hijos Alfonso y Carmen.

 

El libro “Paisajes internos. Anecdotario vital” (BArC) brilla al sol, casi tanto como su sonrisa. De golpe, se zambulle en el pasado. Evoca a su abuelo materno Fernando Nicolás, “que tuvo uno de los primeros coches que circularon por Zaragoza”, y Ambrosio Aranda, “que era fantástico, guapísimo, según un óleo que conservamos de él”. Ambos fueron industriales de mérito. Sus padres, Manuel Aranda y María Nicolás, no tardan en aparecer; él, monárquico, era un importante industrial de maderas que iban y venían por barco en medio mundo, y ella era una republicana avanzada, una lectora voraz, que iba a marcar notablemente la cultura de sus seis hijos.

 

         “Gracias a mi madre, todos fuimos grandes lectores. Contábamos con la excelente biblioteca de mi abuelo Ambrosio Aranda, que tenía a Dante con los grabados de Doré, historias del papado, auténticos libros de coleccionista. Y además mi madre nos impulsaba a leer a Marañón, Unamuno y Valle-Inclán”. Rosa María nació en Zaragoza y de inmediato se trasladó a San Sebastián; antes casi de que se echase a andar, la familia fue reclamada en Madrid por “el imperio de maderas de Arturo Nicolás”. Allí, con el domicilio San Agustín 3, frente al Congreso de los Diputados, crecieron los vástagos de los Aranda. Rosa los enumera: Pilar, que se haría pintora de mérito y que se casaría con Francisco San José; Leonor, que atendía el negocio de Casa Aranda de artículos religiosos (casullas, capas pluviales...) de la calle Fuenclara; Virginia, que partiría a Caracas a montar el negocio en ultramar; Fernando, “que fue mi compañero de juego y era un genio: un contador de historias vividas que se atrevió a cruzar el Sahara con camiones llenos de bidés y retretes para las moras”; y Mari Luz, que se dedicó a sus labores y contrajo matrimonio con un excelente operador de cámara de cine. “Yo fui la cuarta chica y pensé a que me iban a tirar a la basura. No fue así y en Madrid fuimos muy felices. Estudié en varios colegios, teníamos muchos amigos y me gustaba ver a mi padre en la partida de tresillo. Además teníamos una finca en Los Molinos y nos íbamos a ella. Allí conocí a un joven delgadito y tuberculoso que iba a curarse, llamado Camilo José Cela, que muchos años después recordaría en la novela ‘Pabellón de reposo’. Y además, en cuanto crecimos algo, me iba con mis hermanas a las tertulias del Casablanca y a la terraza del Ritz”.

 

         Madrid, además, era también la fiesta del teatro porque Manuel Aranda decidió probar suerte como empresario teatral de la compañía Benavente. Y ella y sus hermanas asistían a las lecturas y a los ensayos, y veían de cerca de José Isbert, “una persona maravillosa”, Rafael Rivelles, su mujer María Fernanda Ladrón de Guevara, Milagros Leal o a una jovencita llamada Amparito Rivelles. “A mí y a ella nos tocaban casi siempre las muñecas de la rifa. Pero las cosas no iban bien. A mis padres los arruinó el Banco Urquijo y esa aventura teatral en cierto modo, piense que teníamos un coche Buick con conductor privado, y debimos regresar a Zaragoza. Lo hicimos a principios de 1936 cuando empezaba toda la ‘empanada’ de la Guerra Civil”. Los Aranda Nicolás se instalaron en una casa del Coso, 5 con vistas hacia el Pilar. Una noche, recuerda Rosa María, varios hombres corretearon por los tejados, persiguiéndose y disparando tiros. Y otro día, la joven y secreta escritora, que estaba culminando su bachillerato y veía como las compañeras pasaban sus redacción y cuentos de mano en mano, vio “cómo tres bombas caían en el Pilar. Las vi desde mi casa, asomada a la ventana con mi hermana Virginia, fumándonos las dos un cigarrillo que nos había dado nuestro vecino Balbino Lacosta. Como se lo digo”. Su recuerdo de la contienda y de los años de trifulca nacional puede resultar desconcertante. “Para mí la guerra fue divertida. Me explico: las chicas entonces sólo podíamos salir con señorita de compañía o con doncella. Ni siquiera nos dejaban ir al cine o al teatro. Y de repente, al estallar la guerra, nos dejaban hacer lo que queríamos. Ir al cine, a divertirnos, al teatro. Teníamos libertad. Sabíamos algo de lo que ocurría, claro, entre otras cosas porque nuestra casa acabaría convirtiéndose en parada y fonda de soldados que iban o volvían o huían del frente, de gente más o menos conocida o recomendada que necesitaba ayuda. En nuestra casa llegó a haber 18 camas”. Ya lo hemos dicho: Rosa María Aranda, que dibujaba patrones para casullas o capas, también le había tomado una gran afición a la literatura. Había publicado un poema amoroso en “Lecturas” en 1936 y perfeccionaba su escritura.

 

         Tras la Guerra Civil, el estudio de pintora de su hermana Pilar, en la calle Fuenclara, se convirtió en un lugar de encuentro. Por allí pasaron en la primera posguerra, entre otros, Federico Torralba, José Camón Aznar, los descendientes de Ramón y Cajal, el pintor Javier Ciria, quizá Pilar Bayona, que tenía mucha  relación con su hermana (la retrató en Jaca en 1950), Santiago Lagunas o un joven catalán, músico entonces y futuro crítico de arte y poeta: Juan Eduardo Cirlot. “Le traté muy vagamente, pero sé que era muy amigo de mi hermana Pilar, que era una mujer muy atractiva y despertó grandes pasiones. A los dos les gustaba mucho Egipto”.

 

         Rosa María Aranda ya tenía un rondador, el joven militar Fernando de la Figuera, con el que no tardaría en casarse. De la Figuera era el mejor amigo, el “hermano” del arquitecto y artista Alfonso Buñuel, al cual conoció muy de cerca. “Mi marido lo amortajó con Pepito Bosqued. Se querían como auténticos hermanos. Aunque siempre se le ve serio, pero Alfonso era una persona cultísima, divertidísima, con un increíble sentido del humor que producía numerosas anécdotas. Recuerdo que una vez intentó hipnotizarme sobre un banco de piedra en Peñíscola. Entonces, también frecuentaba a Luis García-Abrines, me dejaba caer por la Tertulia Teatral con Giménez Aznar, etc.”. Y fue en 1942 cuando le ocurrió uno de los grandes acontecimientos de su vida. En aquel trajinar de gentes que iban y venían por su casa, apareció un marino que le contó la historia de español que se enamoró en Odessa y quiso traer a su compañera para España. Y así lo contó en “Boda en el infierno”, novela que publicó Afrodisio Aguado en 1942 y que contrató para el cine el productor Arenaza. La película la filmó Antonio Román y ganó el Premio Nacional de Cinematografía “ex aequo” con “Raza” de Franco. Todo el mundo recibió la dotación económica correspondiente, salvo los dos guionistas: Franco por ser quien era y Rosa “porque no iba a ser más que el caudillo”. Arenaza también le compró la segunda novela, “Cabotaje” (Afrodisio Aguado, 1943), que no llegó a hacerse en película. Y en 1945 apareció Tebib, ya editada en Zaragoza al cuidado de Luciano Gracia.

 

         Rosa María Aranda, con hijos y de lugar en lugar, compaginó literatura y vida familiar. En 1967, le sacudió un trallazo demoledor. Falleció su marido. Y se dijo que tendría que empezar de nuevo: creó una zapatería, “Fernanda”, en Pedro María Ric, escribió sin descanso y ha sobrevivido bellamente para redactar estas memorias y este diario de escritora.   

 

LA NADADORA, LA DEPORTISTA, LA MODERNA

Rosa María Aranda fue una adelantada a su época. Una deportista constante: lo mismo marchaba a esquiar que nadaba al estilo “crawl” con belleza y rapidez. Sus fotos al borde de la piscina o embutida en un chándal con la gran Z en el pecho no dejan lugar a dudas. Se hizo nadadora en Madrid, en sus tiempos de instituto (estudió en el Cardenal Cisneros, entre otros centros, entre ellos en un colegio de monjas irlandesas donde le pusieron un profesor especial para que hiciese el Bachillerato) y halló en Zaragoza, desde principios de la Guerra Civil, el lugar ideal para practicar la natación en la piscina del Club de Zaragoza de Torrero, que era el lugar de encuentro de muchos amigos. Su profesor fue su propio marido, que había tenido un preceptor de postín: Enrique Granados, hijo del músico Granados, y luego responsable del Canoe de Madrid. “Participé en muchos campeonatos y fui campeona y recordwoman de Aragón durante años. También competí fuera, pero luego me aficioné al esquí, cuando nadie salía apenas a las montañas. Íbamos con Aurelio Grasa, médico radiólogo y excelente fotógrafo. No paraba de hacerme fotos con su maquinita, con Luis Gómez Laguna, etc. Y alguna que otra vez, con mi marido, salíamos de excursión en una de las primeras motos Lambretta que hubo en Zaragoza”. A la vez que hacía deporte, escribía. Tras sus primeros éxitos le contrataron tres novelas de amor por las que le pagaban mil pesetas. “Al final me aburrí. Yo siempre he querido crear lo mío, con libertad, no me apetece escribir al dictado. Para mí la literatura ha sido vocacional, una pasión. Siempre he querido escribir y he querido hacerlo muy bien. Aprender día a día”. En sus cajones, tiene nuevos libros, por ejemplo “Cartas a mis muertos” o una extensa colección de relatos que desearía publicar antes de que la muerte le cierre definitivamente los ojos.  

 

*Algunos meses antes de la muerte, reciente, de Rosa María Aranda conversé con ella acerca de su fascinante vida. Recupero ese texto -hoy estuve con su hijo Gonzalo- y lo pego aquí por si alguien tuviese interés en conocer su apasionante vida.

 

12/10/2005 01:01 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

13/10/2005

VÍCTOR MIRA, LAJOTA, GOYA Y SHAKESPEARE

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Estuve a última hora de la mañana del martes en el local del anticuario Antonio Gajón, que posee más de 400 cuadros de Víctor Mira. Piezas de todas las épocas, piezas de cuando tenía 16 o 17 años el artista, piezas de una potencia increíble, como una Crucifixión en azules, negros y azules. óleos, dibujos, grabados y esculturas. Jamás había oído hablar a nadie con tanta pasión de Víctor Mira: Antonio Gajón recrea su obra como si fuera su hagiógrafo, cuenta el interés que ha suscitado en Suiza o en algunas fundaciones madrileñas, y dice que tiene en casa la obra favorita de Víctor: “El pájaro solitario”, uno de ellos fue el que le llevó a decir a Víctor Miragaya: “Es mi mejor obra, sin duda”. Antonio Gajón tiene un hijo que se llama igual que él y que maneja el ordenador a la perfección. En su archivo de fotos, dispone de muchas instantáneas con Miquel Barceló, del que tienen algunas obras, con Manolo Valdés, con galeristas suizos importantes… Cuando estaba allí viendo cuadros, preguntando, apareció Pepe Melero, el hombre que recorrió ayer casi todas las emisoras de la radio para hablar de la jota. Pepe traía su lcd-prames que ha hecho con Javier Barreiro, con portada de Juan José Gárate. Fue una sorpresa. Incrementó su patrimonio bibliográfico y acarició una biografía del Real Zaragoza, escrita por Gay, que al final no se llevó. Seguro que ya la posee: pensó en adquirirla para regalarla.

 

El martes conversé con Alfredo Compaired, autor de “Zaragoza Sitiada. El cuadro que Goya no pudo pintar” (UnaLuna), que es una novela coral donde reconstruye la historia de los dos Sitios de Zaragoza, con un asunto central: el encargo de Palafox a Goya de que viniese a Zaragoza para inmortalizar el heroísmo popular; lo hizo, vino en octubre de 1808, luego tuvo miedo y se marchó a Fuendetodos, donde se le estropeó una pieza que había realizado donde se veían a dos muchachos aragoneses arrastrando a soldados muertos. También conversé con Lorenzo Mediano, que acaba de publicar “Tras las huellas del hombre rojo” (Grijalbo), libro que transcurre hace 30.000 años en el valle del Ebro,  en la encrucijada de los tres ríos.  Mediano cuenta la historia de amor y desamor entre una chamán cromagnon, Ibai, y un joven neandertal, Bid. La novela aborda el choque cultural, la identidad, la emigración, el amor de pareja y la promiscuidad, y la vinculación entre hombre y Naturaleza en aquel periodo.