Antón Castro |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.
Steffi Graf, que ha sorprendido a mi amigo Fernando Salvador, el caballero alanceador del Maestrazgo, deportista y soñador. -En realidad, he oído decir, usted iba para bailarina. -Me habría encantado, pero he querido ser tantas cosas. Hice algunos cursos de danza hasta que entré en el instituto. Pero sí es cierto que ya desde muy niño yo era la bailarina de una familia de guitarristas y cantautores. Mi hermano cantaba y yo bailaba. -Siempre me ha gustado la foto. Desde niña. Siempre llevo la cámara en el bolso. Hace algunos años revelaba y me emocionaba ver cómo aparecía la foto en los líquidos. Experimentaba. Con la cámara digital, llegué a emborracharme de imágenes y estuve un tiempo sin hacer nada, pero ahora no puedo prescindir de la fotografía. Tengo tres cámaras: mi cultura es muy visual y toda mi vida es como un travelling con muchas imágenes. Ayer mismo me ocurrió algo muy bonito: vi a un montón de niños que se bañaba en la fuente del Pilar, se refrescaban, se arrojaban desde la cascada, se lo pasaban pipa. Y para eso me gusta llevar la cámara: para atrapar estas escenas de la vida. *Ana Bendicho (Teruel, 1963) es diseñadora industrial y fotógrafa. Posee su propio estudio: Novo. Mi hermano y el fantasma *La foto es del gran fotógrafo gallego José Suárez. No estoy seguro de que yo me pareciese a este niño. Gustavo Adolfo Bécquer (1846-1870) está indisolublemente unido al monasterio de Veruela. No sólo permaneció en él varios meses entre 1862 y 1863, sino que redactó uno de sus mejores libros, nueve de las diez cartas de “Desde mi celda”, y compuso varias leyendas inspiradas en el entorno. Desde hace un lustro la Diputación de Zaragoza inauguró un Espacio Bécquer, dedicado tanto al poeta como a su hermano el pintor Valeriano. Y ahora, de la mano de la Comisión de Cultura, surge la colección “Desde mi celda”, que se inaugura con “Vida y obra de Gustavo Adolfo Bécquer” de Franz Schneider, una tesis doctoral de 1914, traducida por vez primera al español por el biógrafo de Bécquer Robert Pageard, que cedió buena parte de su biblioteca becqueriana a la Diputación de Zaragoza. El libro es “sin lugar a dudas, el primer estudio crítico serio de la producción becqueriana”. El autor, nacido en Dessau (Alemania) en 1883 y fallecido en Los Angeles en 1876, fue un hispanista prestigioso que estudió la recepción de la obra de Heine, E. T. A. Hoffman y Goethe en España. Realizó una compleja labor de investigación que mezcla el ensayo biográfico y cronológico, que fija la publicación de los poemas y las prosas, y establece el hilo de amistades y relaciones de un poeta que alcanzó la fama póstuma y que se ha considerado un emblema del amor. El volumen lleva un prólogo del propio Pageard y varios apéndices, entre ellos uno de la traducción de los poemas de Heinrich Heine aparecidos en “El Museo Universal”. Siempre se ha dicho que una de las principales fuentes de inspiración de Bécquer había sido el poeta alemán. JOAQUÍN IBARRA (ZARAGOZA, 1725-MADRID, 1785), Aragón inició la conmemoración de la publicación de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” en el otoño de 2005 de una de las mejores maneras posibles: con la reedición en facsímil de la impresionante edición que realizó en 1780, tras siete años de trabajo, el impresor Joaquín Ibarra y Marín (Zaragoza, 1725-Madrid, 1785), considerado el mejor impresor del siglo XVIII (a pesar de que también fue ésa la centuria de Antonio de Sancha y de Benito Monfort) y tal vez uno de los mejores de todos los tiempos en España. Como muchas de las cosas que conciernen al Quijote están preñadas de leyendas, también existe una que explica la edición de este proyecto en cuatro volúmenes, en cuarto mayor. Se cuenta que el rey Carlos III recibió de otro monarca extranjero una edición ilustrada del Quijote (tal vez la de J. y R. Tonson, publicada en Londres en 1738, en cuatro tomos en cuarto real), un libro que se convirtió en un “best-seller” no sólo en España, y se quedó entre asombrado y un tanto receloso. Pidió que le trajesen la mejor edición española existente de la obra de Miguel de Cervantes y, no satisfecho del todo con lo que vio, calibró y hojeó, encargó a la Real Academia de la Lengua y al impresor Joaquín Ibarra una nueva, comparable o superior a la que había visto en lengua extranjera. Insistió en que “no se escatimasen ni gastos ni esfuerzos tipográficos” en una gran edición del Quijote. No había ninguna duda de quien debía realizar ese trabajo. Joaquín Ibarra, nacido en Zaragoza en 1725, en el barrio del Gancho, había estudiado en la Universidad de Cervera (Lérida), donde era impresor su hermano mayor Manuel. El joven Ibarra alternó ese trabajo con el estudio, por lo cual llegó a dominar el latín como un auténtico erudito. Más tarde, hacia 1754, se trasladó a Madrid y se incorporó a la imprenta de su tío Antonio, del cual acabaría por separarse para abrir su propio taller tipográfico. Tuvo algunas dificultades al principio. Una de sus primeras obras, “Catón cristiano”, se publicó sin autorización y con mala calidad de papel, según alguno de sus biógrafos. Ibarra remontó de inmediato ese error y pronto fue llamado para trabajar en el Consejo de Indias, en el ayuntamiento de Madrid, en el arzobispado de Toledo y, finalmente, en el Palacio Real. Antes de enfrentarse a uno de los empeños más ambiciosos de su vida, había dado muestras irrefutables de su pulcritud, su minuciosidad, su eficacia y su elegancia en el uso de las prensas. E incluso creó una letra, la “ibarra”, recuperada por el Gobierno de Aragón, Ibercaja y por Gráficas San Francisco en 1993 a partir de “La conjuración de Catilina…” (a través de una impagable labor de Pablo Murillo y José Luis Acín), que merece colocarse al lado de algunas célebres, como la “bodoni”, “baskerville” o “garamond”, entre otras. Impresores como Bodoni y Didot, por citar algunos de los más famosos, le dedicaron al aragonés toda suerte de alabanzas. Ahí estaban proyectos como el “Diccionario de Autoridades”, las dos primeras ediciones del “Diccionario de la Academia”, tres de la “Gramática”, el “Misal Mozárabe” y, en especial, una edición casi insuperable: la ya citada de “La conjuración de Catilina y la guerra de Yugurta” (Madrid, 1772), la obra de Salustio, patrocinada por el infante don Gabriel Antonio, que presentó con el texto latino en letra redonda, ligeramente inferior a la versión al castellano que se ofrecía en cursiva. El libro, una obra maestra de la impresión, contiene ilustraciones de Mariano Maella, varias a página completa. Como solía ser habitual en Joaquín Ibarra y Marín, el proyecto era una perfecta sinfonía formal de tintas, ilustraciones, tipografías, márgenes, texturas e incluso soluciones técnicas, como el hecho de no partir al final de línea las palabras bisílabas. Se imprimieron 120 volúmenes para la familia real, instituciones y personalidades principales de España y del mundo. “La conjuración de Catilina y la guerra de Yugurta” le reportó prestigio internacional, y el mismo Benjamin Franklin (1706-1790) recibió un ejemplar. Ibarra fue considerado un auténtico innovador del oficio: dicen que tuvo la idea de satinar el papel para quitarle las huellas de la impresión (algo que haría precisamente con “El Quijote”), que exigía que sus operarios conociesen muy bien el latín, los examinaba él mismo para admitirlos, y que era tan dulce y paternal como exigente. Uno de sus biógrafos señaló: “Corregía, enmendaba, aconsejaba…; ser operario de aquella casa era en toda España, motivo de orgullo”. Se dice que poseía una especie de secreto para lograr la nitidez de la impresión y la energía y la brillantez de las tintas en sus estampaciones. Pues bien, en su taller -que contaba con 16 prensas y más de un centenar de operarios, entre ellos importantes grabadores y pintores como Salvador Carmona o Mariano Maella-, se imprimió “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” (1780) en cuatro volúmenes en cuarto mayor (la empresa se empezó en 1777), con unas dimensiones de 305 mm. de alto por 255 mm. de ancho. El papel de hilo lo fabricó ex profeso el catalán José Llorens. En el prólogo de la Academia se matiza: “Se hicieron tres fundiciones nuevas de letra destinadas precisamente para esta obra, con las matrices y punzones trabajados en Madrid por Don Gerónimo Gil para la imprenta de la Biblioteca Real”. Ibarra siguió la segunda edición de Juan de la Cuesta de 1605, que se consideraba entonces la primera del Quijote, y la de 1608 del mismo impresor, en lo que atañe a la primera parte de la novela; y la del propio de la Cuesta de 1615 y la realizada en Valencia por Pedro Patricio Mey en 1615 en lo que concierne a la segunda parte. Todas fueron revisadas con esmero. La supervisión de la parte artística la llevó a buen puerto la Academia de San Fernando. Intervinieron varios de los mejores ilustradores de la época. Las 36 láminas fueron dibujadas por Antonio Carnicero, Pedro Antonio Arnal y Jerónimo Antonio Gil, y grabadas en cobre por Fernando Selma, M. S. Carmona y José Ballester. En la página del retrato de Cervantes se dice:“Joseph del Castillo la inventó y dibujó; Manuel Salvador y Carmona la grabó”. Para ajustar las ilustraciones a la época cervantina, en cuanto a vestuario y ambientación, los artistas emplearon como fuentes iconográficas los retratos del Palacio Real y del Buen Retiro. En el prólogo, la Academia añade: “Pudieran haberse omitido las estampas, cabeceras y remates, sin que por eso faltase ninguna cosa esencial a la Obra. Pero la Academia, sin detenerse en los crecidos gastos que era necesario hacer, ha querido que no la faltasen tampoco esos adornos, en obsequio del Público, y con el objeto de contribuir al mismo tiempo por su parte a dar ocupación a los Profesores de las Artes”. Tras los siete años de trabajo constante (ese proyecto se considera hoy la primera edición moderna del Quijote), se tiraron 1.600 ejemplares, cuyo coste se elevó a las 60.000 pesetas, y se vendió cada uno al precio de 320 reales. En cuanto Carlos III tuvo el libro en sus manos (el mismo que ahora se puede adquirir en edición facsímil, merced a la recuperación del Gobierno de Aragón), “muy complacido”, mandó llamar a sus embajadores extranjeros y a los personajes de la Corte, según recuerda su biógrafo Inocencio Ruiz Lasala en el volumen colectivo “Joaquín Ibarra. Impresor, 1725-1785” (DGA / Ibercaja, 1993). Lasala también indica que la Academia entregó 20 doblones al impresor para que los repartiese entre sus empleados. Se dice que el ilustrado rey Carlos III frecuentaba de vez en cuando el taller de Ibarra. Y un día, ante uno de sus bellos ejemplares, el monarca le preguntó cómo era posible que un libro tan perfecto tuviese erratas. Joaquín Ibarra contestó: “Señor, no es obra perfecta la que carece de tal requisito”. Joaquín Ibarra y Marín siguió imprimiendo piezas espléndidas como la “Biblioteca Hispana Vetus e Nova” (1783-1788), en cuatro volúmenes, que no llegó a ver al completo. Falleció, exultante de gloria, un trece de noviembre de 1785. En 1993, se publicó “Joaquín Ibarra. Impresor. (1725-1785)” (DGA & Ibercaja), que contenía una amplia biografía redactada por Inocencio Ruiz Lasala, una visión global de la imprenta en España (Inocencio era biógrafo de Benito Monfort), y había un trabajo -que incluía dos disquettes- donde se explicaba la recuperación de la tipografía “ibarra”, a cargo de Pablo Murillo y José Luis Acín. Ibarra creaba un tipo de letra propio para cada libro. Tenía que haber ido al concierto de Michel Camilo y Tomatito, pero me dio algo de pereza. Había comprado tres entradas para Carmen, que ya es Médico de Familia (aprobó su examen en Madrid), para Aloma y para Pipi, nuestra diseñadora de joyas predilecta, neozelandesa para más señas. Pensaba que no me iba a dar tiempo a llegar. Hacia las diez me fui a dar un pequeño paseo por la calle Conde de Aranda: tengo que escribir algo sobre esa avenida -mi cuñado dice que en el argot de los taxistas se dice ahora "destino a Marrakech"- que fue durante algunos años la mía: viví en Ramón y Cajal, San Pablo, Las Armas y Casta Álvarez, y todas las noches en mis expediciones nocturnas a las basuras o con mi amigo Nacho Rojo pasaba por ella. Recuerdo en el primer verano que estuve en Zaragoza, en 1978, que fue en esa calle en la que me di dos topetazos con dos farolas: leía Hamlet con un afán insano. Con el segundo golpe rompí las gafas e inicié mi colaboración con Ulloa Óptico. Recuerdo que una vez eché a correr muerto de miedo fue una noche en que regresé solo: varios tipos intentaron detenerme y me eché a galopar como un loco, como un alazán sin desbravar, como cuando era niño y jinete y pistolero a la vez en las lomas de As Croas frente al mar de Barrañán. Hasta la plaza de San Domingo no me atreví a mirar para atrás. *La foto no es exactamente de la Conde Conde de Aranda, pero no tengo una. Pongo esta, cercana a Conde de Aranda, porque me ha parecido muy sugerente y también es uno de los territorios de mi juventud en Zaragoza. Silvana Mangano. Simplemente Nastassja Kinski vista por Richard Avedon. O la bella y la sierpe. Mi primera novia imposible se llamó Pepita y tenía al menos doce años más que yo. Cuando yo tenía seis, ella tendría dieciocho. Era hija de José do Nacho y fue como una institutriz, una amiga, una profesora, una prima deliciosa: me enseñó los secretos de su casa, las alcobas y las escaleras interminables, los armarios misteriosos, yo tenía la sensación de que vivía en un palacio encantado. Me enseñó cómo hacían el pan y me invitaba cuando venían los cosechadores. Nuestro grado de intimidad era tan bello que cuando llegaba mi cumpleaños me regalaba un pastel con forma de serpiente. O de salamandra de fuego, igual que la que veía todos los días en la fuente que estaba cerca de casa. “Son animales mágicos. Nunca se debe matar una salamandra”. Además, me enseñaba a contar y a leer las historias de santos del almanaque, me enseñaba a bailar con una escoba con le había enseñado a mi hermano, a contar, a multiplicar, me hablaba de los secretos del trigo, de la avena. Pero lo que fue determinante fue cuando me vio orinar en la calle. Me dijo: “Toniño, te he visto el pito, ahora tendrás que casarte conmigo”. ¡Qué otra cosa habría soñado yo! Y me acostumbré a esa idea. Además, ella me decía que no crecería ni envejecería y que me esperaría. Había dos cosas que abonaban mis esperanzas: era famosa su desdén por los hombres y me daba un par de besos cada vez que me enviaba a un recado a Casa Recouso. Yo, dependiendo del grado de enamoramiento de ese día, me olvidaba adrede de algo para cobrar ese trofeo de ternura. Ya ven que era mimoso, miedoso y sentimental. Nadie me quitaba la ilusión de aquel amor. Hasta que un día, apareció mi padre, que venía de la emigración en Suiza y subió al piso. Se desnudó ante mi madre y ante mí, y mostró los billetes que llevaba en el interior de los calzoncillos. Dijo: “Hemos comprado un piso en Arteixo y lo estrenaremos antes de un mes”. Arteixo, que estaba a cuatro kilómetros o así de Santa Mariña de Lañas, me parecía hallarse en las antípodas. Siempre recordaré el día de nuestra partida: vino un tractor, cargamos algunos muebles, la loza, me despedí de Pepita, soltamos al gato Acuña en medio del camino y avanzamos hacia el fin del mundo. Apenas un mes después, alguien me dijo que Pepita iba a casarse con un carnicero. Ya habían oído en misa las primeras amonestaciones. Entonces, escribí mi primera carta de amor, a los nueve años con una única frase: “Nunca te olvidaré, Pepita”. *La foto es de Edouard Boubat y se titula "Lella". Dicen que está tomada en Bretaña en 1947. Yo me inclino a pensar que está tomada en Santa Mariña de Lañas hacia 1967. Henri Cartier-Bresson se despidió del mundo con discreción y con los ojos muy abiertos, aquellos ojos vívidos que se abrieron en 1908 en Chanteloup para absorber toda la luz del mundo. Antes de ser fotógrafo quiso ser pintor y antes, adolescente aún, se entusiasmó con la poesía. Tal vez amase a su madre, que era un espíritu cultivado y encantador y aspiraba a vivir en ciertas formas de la belleza y de la lírica. Tras aprender geometría y observar las primeras revueltas de los surrealistas, a los que frecuentó, abrazó una cámara de fotografía: primero fue una Kodak Brownie y luego la definitiva Leica II, menuda, ligera, rápida como la centella, cuyo visor era casi una trasposición literal del ojo. Y ahí empezó a absorber imágenes con el alma, con la razón y con el sentido de la oportunidad. Teorizó sobre “el instante decisivo”, ese lapso donde todo se armoniza para que la imagen rebose ternura, paradoja, gracia, acción y vida. Cartier-Bresson se sintió más artesano que artista, un documentalista que atrapa el existir tal como llega, pero para captar su esencia, su gama de matices íntimos, debe estar atento. Cartier-Bresson lo estuvo en México, antes y después de la Guerra Civil en España, en la liberación de París, en Moscú, en la India, poco antes de que Gandhi fuese abatido, en los países del Este, en aquellos lugares del planeta donde había emoción, verdad, espanto. Pero además de ese legado increíble y totalizador, y de la Fundación de la agencia Mágnum en 1947, nos ha dejado algunos de los retratos más conmovedores que se han hecho jamás. Y al tomarlos lograba casi un milagro: revelaba lo invisible a través de lo visible. Esta foto de Marilyn es tan sencilla como eficaz, de espontaneidad que lo dice todo. URUGUAY SIEMPRE ha tenido magníficos jugadores. Ahí están, en los anales de la leyenda, Alcides Gigghia, Enzo Francescoli, el negro Obdulio Varela (capitán de la selección que reventó Maracaná en 1950), Pedro Rocha o Fernando Morena. De todos ellos, el más grande fue Juan Alberto Schiaffino, hijo de emigrante italia no y de paraguaya, nacido en 1925. Schiaffino cosechó una colección de adjetivo s: "El dios del fútbol", "el barón", "Pepe el diablo" o, sencillamente, "el Pepe", un atleta portentoso y largo, de exquisita factura corporal y anímica, que se relajaba pescando. Forjado en los partidos del barrio, pronto empezó a llamar la atención su juego, basado en la creatividad, la fantasía, una técnica que nunca dejó de crecer y esa fineza que algunos sobrellevan como un don indecible. Su formación contempla el paso por el modestísimo Palermo, el Olimpia, el Nacional y, final mente, el Peñarol, en el cual jugará once años, del 43 al 54, con un rendimiento incuestionable: obtuvo cinco Ligas. Schiaffino era el animador y el mago, el regate y la llegada, la ductilidad vestida de elegancia y una seguridad portentosa. En esos once años pasaron varias cosas definitivas. Una, aquel primer gol mítico en Maracaná a Barbosa, cancerbero de Brasil (y desde entonces "o goleiro maldito"), por el ángulo izquierdo tras recibir de Alcides Gigghia; éste, remataría la faena con otro tanto casi imposible que daba el título del mundial a los charrúas. Uruguay lloró de alegría y se alimentó de gloria; Brasil lloró de desesperación sobre un montón de suicidas. El mejor jugador de aquel campeonato fue Juan Alberto Schiaffino. Otra: cuatro años después, en el Mundial de Suiza, ni Schiaffino ni Uruguay pasaron inadvertidos: llegaron a la semifinal, pero la clase de "Pepe el Diablo" no fue suficiente para vencer a aquella orquesta de virtuosismo y garra que era la Hungría de Bozsik, Hidegkuti, Czibor, Kocsis y Puskas. Vencieron los magiares por 4-2. Al empezar la nueva campaña, Schiaffino fichó por el Milan, ganó tres "scudettos" y fue finalista de la Copa de Europa en 1957-1958, jugó cuatro choques con l a selección italiana, y se retiró en la Roma en 1962. La estrella de Uruguay, "el hombre que no se despeinaba jamás", el interior que adoró Italia entera, murió en noviembre de 2002 a los 77 años de edad con el orgullo de figurar en la nómina de los héroes imprescindibles del fútbol. 1. Invitados en plató: Ana María Navales y Adolfo Burriel. 2. Reportajes: Antonio Pérez Lasheras, Pedro Avellaned y Gregoio Villarig. 3.Once libros para leer en verano. 4. El poeta: Joaquín Sánchez Vallés. El programa “Borradores” (Televisión Autonómica) recibe hoy domingo en el plató a Ana María Navales y Adolfo Burriel. Ana María Navales, premio Aragón de las Letras de 2002 y codirectora de la revista “Turia”, hablará de su poesía reunida, “Travesía en el viento” (Calambur, 2006) y del último número de la publicación, que tiene a José García Mercadal como uno de sus temas claves. Y Adolfo Burriel, el exdiputado de Izquierda Unida que escribía versos desde hace años, habla de sus dos primeros libros, ambos galardonados en Sevilla y en Santander. Además, “Borradores” entrevista a Antonio Pérez Lasheras, director de la Asociación de Pensas Universitarias Españolas, sobre la edición universitaria; emitirá un reportaje sobre el último libro de fotografía de Pedro Avellaned, “Cinco lunas”, que publicó Prensas Universitarias; visitará la Librería Los Portadores de Sueños, y ofrecerá una lista de 11 libros para leer en agosto. El artista invitado en esta ocasión es Gregorio Villarig: “Borradores” acude a su estudio y exhibe en el plató cinco cuadros suyos de gran formato. El programa se despide con un poema de Joaquín Sánchez Vallés. Víctor Pardo recuerda hoy en el "Diario del Altoaragón" que tal día como hoy hace 70 años mataron a Ramón Acín en su ciudad. Y Víctor Juan Borroy, el alma gemela de Víctor, lo traslada a su blog. Tenéis aquí el enlace. Aquí un retrato del artista con sus bigotes de bohemio o bandolero. [CARTA DEL COMPOSITOR VÍCTOR REBULLIDA AL BLOG No es posible adjuntar una foto a este correo pero hay una impactante que Helmut Newton hizo a la actriz Sigourney Weaver en la cual no se sabe qué atrae más si su gran y evidente erotismo de la misma o la inquietud, casi pavor, que emana del rostro de la actriz y las luces de la foto. Aquí están, en dos piezas, las dos fotos que tanto le gustan a Víctor Rebullida. Valero entra en el blog, en el texto "El gol de Nayim" y deja esta confesión de amor por los colores del Real Zaragoza. Es tan desaforada y sincera su pasión que me parece oportuno dejar aquí constancia de ella: [No tengo palabras para describir lo q siento al ver este gol, soy zaragocista de corazon como muxos otros y daria mi vida por mi equipo y por mi ciudad. Todavia recuerdo ese dia, esa noche del 10 de mayo de 1995, magica e inolvidable. Todos hemos visto el gol de nayim, merece ser recordado como el mejor gol de la historia, lo tildo asi no solo por mi arraigado sentimiento zaragocista sino tambien por la manera y el momento en q fue marcado (recordemos q solo faltaban 10 segundos para los penales). "Ahi esta el bufandeoooo, de todos los seguidores españoles... (porque los maños somos y estamos orgullosos de ser españoles no como gente de otros lugares de españa a los q respeto pero no comparto su opinion) ...se han venido arriba y se estan comiendo en el ultimo instante, en el ultimo suspiro de la final de la recopa a la aficion inglesa, y ojo q puede haber peligro intenta pegarle desde lejisimos siiiiiii , GOOOOOOOOOOOOLLLL ¡¡¡¡¡¡ gol del zaragozaaaaaaaaa, increibleeeeeee, el zaragoza campeon de la recopa, la pego desde 40 ,no se ni quien fue creo q fue nayim, zambombazo, se la trago seaman, gol del zaragoza, el zaragoza campeon de la recopa, no hay tiempo para mas, estamos en el descuento ......." no tengo palabras. Los que sienten el color blanquiazul y sienten el leon en el corazon me podran entender y como dijo el gran Andoni Cedrun entre sollozos, ESTA COPICA PÁ LA PILARICA ¡¡¡ Nuestro Zaragoza el equipo del leon es grande de españa y grande de europa, recordarlo. "El que quiera ver buen futbol q se pase por la Romareda" frase de un sabio del futbol, sea dicho q por supuesto sereis bien recibidos seais de donde seais porque en nuestra tierra Aragon somos grandes y muy buena gente. Perdonad por la extension de mi opinion pero me ha salido el coraje despues leer a un "personajillo" por no llamarlo de otra manera que por otra parte se le quedaria corta. gracias a todos los que habeis llegado hasta el final y ...... AUPAZARAGOZA ¡¡¡¡¡¡ Valero] Anne-Sophie Mutter. La mujer y el Stradivarius. (Vida y ficción) Estaba lejos y allá íbamos siempre mi madre y yo por hierba para la vaca y los animales. Me gustaría decir algo que puede parecer raro: mi padre, emigrante en Suiza (Vevey, Ginebra, Lausanne, Berna y Zurich), me había concedido una especie de poderes: yo iba a ser, en su ausencia, el rey de la casa. Y eso exigía dedicación, responsabilidad y un cometido esencial: debía proteger a mi madre. Por eso, pensaba yo, la acompañaba al Lago de los Abedules. Eso me decía por las noches. Desde muy pronto supe que era un lugar mágico y a la vez peligroso. Se decía que estaba infestado de hambrientos lobos y que padecía periódicas invasiones de sapos. Los lobos moraban en los lugares poblados de vegetación, húmedos y sombríos, y dejaban flotando su propio aroma, su mirada hipnótica, una especie de aire que lo envolvía todo y que podía dejarte petrificado de miedo si te sorprendía en un paseo. Del lobo se repetía que era sanguinario y terrible: si lo veías, adiós al mundo. Era como ver la santa Compaña, aunque no te devorase. Todos te contaban historias de lobos que habían acabado con la gente y con los rebaños. Todos tenían un pariente al que una noche se le había aparecido una manada de lobos: él ya sabía que ellos, si no corres, no atacan, pero realizan un acoso implacable: se ponen delante, te tocan las pantorrillas con el rabo, o en la misma entrepierna, condenados, van a tu lado como en un desfile marcial en la noche de las sombras, y sólo esperan un gesto de flaqueza para devorarte. A Pura del Quejigal se le había muerto así, una noche que volvía del baile, su hijo mayor; a María do Nacho su propio marido, al que nunca había visto nadie. Y Lino podía contar historias de ese tipo cuantas quisiera porque había vivido en Lugo, tierra de lobos. Esta historia también justificaba otra: cada cierto tiempo, aparecían por Baladouro dos o tres hombres que traían un lobo pestilente, atadas las piernas en un varal de fresno; lo enseñaban un instante, explicaban que lo habían matado en tal o cual lugar, muy cerca de aquí, y exigían el pago a su heroísmo: algo de dinero, ropa, comida, una noche con derecho a cena y cama, etc. Eso sucedía también con los cazadores de zorros, que tenían la incómoda costumbre de provocar catástrofes familiares por su afición a las aves domésticas en las eras e incluso en casas como la mía que tenían el gallinero contiguo a la cocina de tierra. Un día, mi madre, que no mentía jamás, anunció: “Esta noche han entrado los zorros y nos hemos quedado sin gallinas”. Y de los sapos se decía que si te orinaban a los ojos te quedabas ciego para siempre. ¡Cuántas veces me he imaginado un ciego de pedir por puertas como aquellos que venían con su violín al hombro y la niña o el niño lazarillo que cantaban con él! Así que cuando veías a los sapos, marrones y pegajosos tras la lluvia, te cubrías la cara e intentabas matarlos aunque fuera a pedradas. In Memoriam Alberto Alegre Creo que conocí a Alberto Alegre, el padre de Luis, Carmen y Salvador, en la calle Boggiero hacia 1987: menudo, vivaz, de una ternura impagable. Miraba a sus hijos con un orgullo entrevisto y lento, como si los acariciase, como si se sintiera el hombre más seguro del mundo a su lado. Más tarde, hacia los 90, se trasladaron a la calle Conde de Aranda: Felicitas y Alberto vivían abajo, y Luis y Salvador arriba. Las tortillas de patata deliciosas iban y venían por el ascensor, o eso creía yo, pero los dos, Alberto y Felicitas, como una pareja ideal, siempre andaban por allí, entre los libros de cine, entre los pósters de Marilyn, Bogart y Lauren Bacall, del salón a la cocina, y trataban de igual a igual a Ana Álvarez, David Trueba, Pep Guardiola, Gabino Diego o Maribel Verdú, pongamos por caso. O a cualquiera de los habituales: su peculiar familia de apegados: Mariano, Félix, Pepe, Cuchi, Daniel, Ignacio, Ismael, Pardeza, Miguel, Labordeta, Cristina... [Nota de hoy, martes: Alberto Alegre será incinerado y enterrado en la iglesia de Santo Domingo de Lechago a las seis de la tarde] Hacía años que no iba a Lechago. Muchos. En el trayecto, Ángel Artal recordaba sus viajes a Calamocha-Zaragoza y viceversa, y recreaba la historia de Botorrita y su bronce, la historia de las torres mudéjares, evocaba aquellas carreteras imposibles de antaño, preñadas de curvas, e incluso recordó un viaje que hizo con el escritor y profesor José Luis García Martín. Artal, como un anfitrión del aire y de la sabiduría de Aragón, le contó todo: le recordó la cerámica de Muel y su leyenda; le habló de las torres de Mainar; le dijo que de Paniza eran Ildefonso-Manuel Gil y María Moliner, Domingo Agudo y Miguel Antonio Catalán; luego, le recordó que en Luco de Jiloca estuvo convaleciente el gran Rafael Barradas y que se casó allí con la hija de los dueños de la casa que le acogieron. Y así sin parar. Hasta, dijo Ángel, yo tenía en la cabeza la idea de haber visto un dibujo en la pared del artista uruguayo en el que representaba a un carro con heno, no sé con certeza si es un sueño o algo que vi de niño. Volvimos con Carmen Gascón y Aloma, y recordé tantos y tantos viajes pasados por esa carretera (nuestros años en Camarena, nuestra estancia en Urrea de Gaén…). Recordé, y disfruté, algo que siempre me fascina de este viaje: esa luz herida y luminosa que acaricia las murallas y las tierras rojizas, que se interna en los bosquecillos que dibuja el Jiloca en su avance; esa luz herida y matizada que esculpe oteros y llanos con su beso; esa luz herida y melancólica que empezaría a matizar de sombra y melancolía la primera noche lejos de casa de Alberto, de nuestro amigo Alberto. *Retrato de la actriz Loretta Young, que era una de las favoritas de Alberto Alegre. Ya lleva dos jornadas el Europeo de Atletismo de Gotebörg. De la primera jornada, el lunes, lo más sobresaliente fue la victoria de la rusa Bitova en los diez kilómetros: menuda y vivaz, se agazapó tras la corredora holandesa de color y sólo asomó cuando faltaban alrededor de 600 metros. Ahí, pegó un acelerón increíble y logró una victoria formidable, casi con excesiva suficiencia. Entró en la meta doblando corredoras. Marta Domínguez corría su segunda prueba del 10.000 y sólo aguantó en cabeza hasta los 9.000: con todo realizó una buena carrera que le valió el séptimo puesto, muy poco para ella y para su pundonor constante, y el récord de España que tenía Julia Vaquero. Manolo Martínez, como suele ocurrirle al aire libre, realizó una serie pésima en peso, y quedó noveno, que debe ser su peor puesto en muchos años. Vi un momento también a mi adorada Kajsa Bergqvist, la gran saltadora sueca, la única que puede acercarse al récord del mundo. Se clasificó casi sin despeinarsepara la final: altísima, elegante, primorosa en la técnica y en el garbo cuando ataca el listón. Y esta tarde gran velada: se corre el 1.500 masculino, una de las pruebas reinas de cualquier competición atlética. España presenta tres corredores, tres candidatos: Juan Carlos Higuero, un atleta desconcertante, capaz de lo peor y de lo peor aún, eterna promesa a sus 28 años y un mal estratega, que acude muy seguro de sí mismo y dispuesto además a fajarse en los 5.000 también; Arturo Casado, que podría estar en el podio, y Gallardo. Sus rivales serán Baala, el francés, todo un profesional de las finales, un excelente mediofondista, un clásico, y el atrabiliario Heshko, que siempre impone un poco de respeto. Baala ha restado trascendencia a los españoles: ya ha dicho que bueno, que sí, que están ahí, pero quien le preocupa es Heshko. *En la foto, vemos la victoria de Fitschen, ante Chema Martínez y Juan Carlos de la Ossa. -¿Cuáles son las palabras de la vida? -No, la verdad. Por la mañana cuando me levanto y me miro en el espejo me río de mí mismo, que es la única manera de empezar a reírse de todo lo que pasa cuando uno sale de casa. No soy nada serio. A veces echo en falta mi falta de seriedad. *Rescato esta conversación con Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), que ha publicado este año en Alfaguara sus cuentos en "El árbol de los cuentos", textos cortos desde 1973 hasta 2004. Este diálogo arrancó con una alusión a su libro "Las palabras de la vida" (200). Chamo a Pepe Cáccamo a Galicia. Vive nas aforas de Vigo, en Vilaboa, fronta á illa de San Simón, nun paradiso entre piñeirais e un fermoso mar de lenda. O lume non chegou á súa casa: xa sofriu hai unha década unha queima como a de agora. Pepe, como toda a xente de Galicia, anda desnortada. Que pasa, quen se volveu un tolo, quen despreza así a natureza, a paisaxe, a vida. Barállanse distintas conxeturas: se é unha vinga dos perdedores das eleccións, se é unha mafia detrás da que andan moitos intereses inmobiliarios e tamén das celulosas, ou mesmo dos labregos. Como é posible que cadran tanta desfeita á vez? 153 incendios se contabilizaban onte pola noite en Galicia. Máis de 60 estaban atallados, pero había perto de 80 incontrolados. Escoitas a xente e quedas pampo: escoitei a un paisano de Padrón que dicía que ata se lle queimaran ata os pementos de Padrón, eses que pican de cando en cando, eses que convidan a comer con bon pan e mesto viño. Galicia ten o corazón fendido polo labaredas, e que magoa, como me dicía onte Ánxel Guinda, que as nosas bágoas, o noso desespero húmido, non sirva para apagar para sempre o lume. Dise que hai desorganización, que no se actuou a tempo: estou seguro, pero é ben gracioso que se empregue este argumento para atacar a Zapatero ou Touriño e non para rexeitar esta posta en perigo de vidas. Pepe Cáccamo, que ven de publicar un intenso libro: “Memoria de poeta” (Galaxia), díxome que teñen as fiestras pechadas porque a cinza e as moxicas queren meterse para adentro. Na piscina portátil dos cativos, unha tona negra de cinza aboia na superficie. É a tebra da sinrazón. *Tomo esta impresionante foto da páxina riadenoia.com que ten unhas fotos impresionantes e a vez contidas sobre os incendios. |