Antón Castro |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.
Sólo estuve una vez en Venecia. Lo recuerdo casi como hoy. Fue una experiencia irrepetible; desde entonces tengo siempre a mano colecciones de fotos de Venecia, un reportaje sobre Ezra Pound en la ciudad de los canales y Campo Stefano, varios libros sobre los palacios asomados al Gran Canal, un diccionario del amante de Venecia, y “En busca del barón Corvo” (Libros del Asteroide; existía una edición anterior de Siruela) de A.J.A. Symons, un libro que tengo muy en cuenta en la confección de un reportaje sobre un personaje italiano en la Zaragoza de los 40 y 50: una de las mejores biografía literarias que se han escrito jamás. Quizá por ello, por mi pasión por Venecia, donde hice también un pequeño diario de 1990 con fotos en blanco y negro, capté una góndola que se llevaba el féretro al cementerio, le tengo un cariño muy especial a Donna Leon. Me gustan mucho algunos de sus libros (“Pruebas falsas”, “Muerte en La Fenice”, “Un mar de problemas”, acaso mi favorito porque investiga un asunto de pesca) del inspector Brunetti, su historia de amor más bien apacible con Paola, profesora y formidable cocinera, el encanto de su hija Chiara. Donna Leon define la relación familia de Brunetti así: “Para Brunetti, la familia es como aire fresco, un lugar seguro, un útero en el que se siente tranquilo y feliz. Cuando cruza el umbral de su casa entra en otro mundo. A mí, como escritora, esta familia me es útil”. Y recuerda, ya de paso, que su gran pasión es la música. Vuelvo a casa, tras cenar en casa de mis suegros (Pepe Melero me había puesto los dientes muy largos porque me llamó desde una sobrecena con los Pisón y los Conget) y cae en mis manos este libro: “Primer Encuentro Europeo de Novela Negra. Homenaje a Manuel Vázquez Montalbán” (Planeta), en el cual se analizan diversas cuestiones sobre el género. Ricard Ruiz Garzón entrevistó a Donna Leon, y leo alguna cosas que quiero anotar aquí, al fin y al cabo las leí hacia las cuatro de la mañana, resguardado de la lluvia, mientras Noa se adueñaba de la explanada sin darse cuenta de que estábamos ya en el primer día del año. Anoto dos reflexiones sobre la novela negra: -“La literatura criminal necesita de una sociedad corrupta. Basta con leer a Chandler, Hammett, Ross MacDonald… Si no tienes este tipo de sociedad, debes crearla; el policial es el tipo de libro que exige una serie de clichés de género. Y yo no soy Jane Austen ni Henry James”. -Alguien del público le pregunta “qué opina de Pepe Carvalho y de la novela policiaca del sur o mediterránea?”. Y contesta Donna Leon: “Para alguien cuya lengua materna es el inglés –puesto que yo leo siempre en inglés y acaso en italiano- es difícil encontrar todos los libros que quisiera leer. Para mí, entre los mediterráneos, el mejor es Leonardo Sciascia: lo entiende y lo escribe todo. Montalbán me gusta por su comicidad; es un autor que ve y narra el mundo sin falsas polémicas, explicando la marcha de las cosas. En inglés leo a los nórdicos, como Hanning Mankell, a quien admiro por sus historias y por el tipo de sociedad que describe (aunque debo confesar que su personaje, Wallander, me resulta antipático). Y también leo a autores ingleses, como Ruth Rendell. Y leo esta opinión sobre el mundo y sus desafueros: -“Yo soy una ecologista pesimista. (…) El problema no es que existan musulmanes fanáticos, seres malignos que violan a nuestras hijas y mujeres. Creo que el gran enemigo de la humanidad, en estos momentos, es el capitalismo fanático. Toda América enloqueció por esos tres mil muertos de las Torres Gemelas. Lo siento, eran inocentes. Pero ni siquiera se molestaron en contar a los muertos de Bhopal, que fueron quince mil. Las víctimas de las Torres Gemelas y sus familiares recibieron millones de dólares; en Bhopal, no recibieron nada. No quiero justificar lo que pasó, pero no fue el fin del mundo”. Ayer, en diálogo con Beatriz Pécker, una de las mujeres que mejor ríe en la radio, el crítico Félix Romeo recomendó tres libros: la novela “La hora azul” (Anagrama) del peruano Alonso Cueto (Lima, 1954), ganadora del Premio Herralde, cuya portada es un retrato de René Burri, un magnífico fotógrafo; recordó que uno de sus libros favoritos del 2005 es “La vieja escuela” (Alafaguara) de Tobbias Wolf, y recomendó el libro de un joven narrador de 24 años, “El fumador pasivo” de Daniel Gascón (Zaragoza, 1981). Además de calificar su literatura de “potente” y señalar que era como una falsa novela protagonizada por el narrador en cinco historias, dijo que le parecía sorprendente que “un chico tan joven conociese tan bien el alma humana”. El chico, la madre del chico, la hermana actriz del chico y el padre del chico ni parpadeaban en la habitación desordenada de marinero en tierra del chico escritor. Más allá del cariño que había en la visión, me encantó lo bien que da Félix Romeo en la radio, la pasión con la que habla de los libros, el tono desenfadado pero hondo, la serenidad, la erudición amena y parsimoniosa, y lo bien que comunica, llenando su intervención de risas y de guiños con el público y con Beatriz, que fue entrevistadora en “La Mandrágora”, cuando la dirigía Félix. Esta nota le molestará al viajero y lector de Las Fuentes porque el elogio entra en lo que él considera los parámetros del pelotilleo, aunque lo dice de otro modo. Pero como no entra nunca en estas páginas y no se habla mal de él, no se enterará. “La hora azul” está desde hace varios días en mi mesilla de noche; tras oír a Félix, me apetece más leer la novela. El libro es el descubrimiento por parte de un abogado de la espeluznante figura de un padre militar que torturaba, violaba y mandaba torturar a las prisioneras. Y a la vez se entera de que vivió una historia de amor con una indígena… Anoto un fragmento importante, tras el encuentro del abogado y la indígena: -“A su papá lo odié tanto, le digo, a su padre pude haberlo matado si hubiera podido, porque me engañó tanto, y abusó de mí, en ese cuartito, yo lo odié tanto, por culpa de ellos, de los soldados, de los morocos, perdí a mi familia, ya no pude ver a mi familia, ya no los alcancé, se murieron, se murieron sin mí, y yo lo odiaba tanto a su papá, pero ahora ya lo odio, ya casi lo quiero”. *René Burri (Zurich, 1933) se ha confesado "un optimista incurable en estos tiempos terribles". Pertenece a la agencia Magnum, vino a Madrid el pasado 2004 para participar en Photo España. Esta foto, datada en Amboise en 1967, se titula "Yasmine y David". Me parece ideal, como los libros recomendados, para empezar el año. Os dejo: es casi la una, tomo mi revista "Matador" y me subo a la bicicleta en dirección a Oriente. El Real Zaragoza afrontaba en la campaña 1985/1986 un importante número de bajas: el centrocampista Juan Alberto Barbas fue traspasado al Lecce, Jorge Valdano partía al Real Madrid y Surjak, el exquisito extremo e interior de la selección yugoslava, regresaba a casa. Ángel Aznar asumía la presidencia con un entrenador cercano, curtido en mil experiencias futbolísticas: Luis Costa. Los directivos habían lanzado una vasta ojeada hacia los campos de Europa y de Latinoamérica, y se habían quedado sojuzgados por un muchachito de 19 años del Danubio de Montevideo. Era un zurdo nato, más bajo que alto, con determinación y potencia, y una rapidez de gamo saltador y veloz. Además, poseía una zurda de impacto: una zurda sin educar, de trallazo seco, de fogonazo súbito. Él fue la gran apuesta del club, junto a otros jugadores nacionales como Pardeza y Paco Pineda. Ambos formarían con el futbolista charrúa --conocido como "el poeta del gol" y "el principito"-- una delantera que iba a sorprender y a maravillar muchas tardes. Real Zaragoza afrontaba en la campaña 1985/1986 un importante número de bajas: el centrocampista Juan Alberto Barbas fue traspasado al Lecce, Jorge Valdano partía al Real Madrid y Surjak, el exquisito extremo e interior de la selección yugoslava, regresaba a casa. Ángel Aznar asumía la presidencia con un entrenador cercano, curtido en mil experiencias futbolísticas: Luis Costa. Los directivos habían lanzado una vasta ojeada hacia los campos de Europa y de Latinoamérica, y se habían quedado sojuzgados por un muchachito de 19 años del Danubio de Montevideo. Era un zurdo nato, más bajo que alto, con determinación y potencia, y una rapidez de gamo saltador y veloz. Además, poseía una zurda de impacto: una zurda sin educar, de trallazo seco, de fogonazo súbito. Él fue la gran apuesta del club, junto a otros jugadores nacionales como Pardeza y Paco Pineda. Ambos formarían con el futbolista charrúa --conocido como "el poeta del gol" y "el principito"-- una delantera que iba a sorprender y a maravillar muchas tardes. Su trayectoria posterior no engaña a nadie. Jugó en el Lazio, en el Inter, el Borussia de Dortmund (con el cual conquistó su primera Liga) y en el Logroñés, entre otros equipos. Cumplió su último sueño de jugar en el Nacional. Fue una de las figuras de la selección uruguaya que ganó la Copa de América con Enzo Francescoli y Rubén Paz, entre otros, en 1987 y 1995, participó en el Mundial de Italia de 1990 y fue galardonado en su país y en el continente. Era el delantero decidido, batallador, el misil que huye por sorpresa y golea con facilidad, el ariete o exterior más refinado de lo que pudiera parecer que empezó a escribir las páginas iniciales de su grandeza en La Romareda, teatro de la fantasía, semilla del sueño y de la gloria en algunas tardes imborrables. *Hablo con Pepe Melero y como homenaje de Año Nuevo, de 2006, a su pasión zaragocista extraigo de mi fondo de armario esta nota de la serie "La leyenda del tiempo", que forma parte de un libro sobre el Real Zaragoza, en el que he trabajado a lo largo de estos años. La alineación del Real Zaragoza de aquella memorable noche de 1986 fue: Casuco, Julián, García Cortés, Juan Carlos, Cedrún y Herrera. Abajo están Pineda, Güerri, Rubén Sosa, Juan Señor y Pardeza. Sergio del Molino (Madrid, 1979), escritor y periodista de "Heraldo", acaba de crear un blog: sergiodelmolino.blogia.com donde refleja su vasto mundo, su curiosidad, su sentido de la ironía, su mordacidad y su gran conocimiento de la cultura y de la literatura, en particular. Sergio del Molino es un estupendo narrador, acaba de ganar el concurso de Literatura Joven con "Manual de autoayuda". que es el embrión de un libro de nueve relatos, y además es -con Santiago Paniagua, jefe de información de Galería, y Victoria Martínez- el coordinador del suplemento "Heraldo Domingo". P. S. Pepe Cerdá, que estará azacanado preparando su exposición en la Luzán, cuadros grandes con algo de pintoresco, según dice él, ya está metido ahora en el link correcto. Siempre me reprochaba que, por envidia de gallego, no quería linkar bien su página para que todos los lectores fuesen a leerlo a él. Cosa que ya hacían antes. No hay más que ver los comentarios que recibe, las disputas que se forjan en su página. Pero además he podido linkar a otros espléndidos amigos: Ana Alcolea, José María Ariño, Antonio Pérez Morte, Javier Burbano, Purnas en o Zierzo, etc. Cualquier otro que quiera ser linkado desde esta página, no tiene más que decírmelo; intentaré hacerlo pese a mi torpeza con la tecnología. No tenía demasiadas ganas de escribir. No tenía ideas y me he puesto a pensar en cosas inútiles. Por ejemplo, ahora que celebramos todos los años, todos los números redondos, se da la circunstancia de que también vamos a celebrar los 125 años de Pablo Picasso: nació en Málaga 1881 y el mundo se pone en marcha en torno a él. Siempre es necesario honrar a los muertos: existe un temor terrible a celebrar y a reconocer a los vivos. Los muertos son una bonita coartada: nunca fallan, nunca protestan, nunca significan casi nada, y raras veces sirven los fastos para adecentar el presente. Picasso no necesita ningún homenaje tan postizo, pero vamos a hacérselo. Incluso yo: uno de mis fotógrafos favoritos, de los tres que elegiría en caso de que se acabase el mundo y se pudiesen guardar algunas imágenes, es Irving Penn, nacido en 1917, 88 años del ala. Irving Penn le hizo esta foto en Cannes en 1957. Truman Capote fue retratado por Irving Penn de joven, en 1948. El escritor es objeto de dos películas que se estrenarán próximamente. Anagrama publicó hace muy poco sus excelentes "Cuentos completos". LA LEYENDA DEL TIEMPO (SERIE DE UN LIBRO SOBRE EL REAL ZARAGOZA) Por Xoán Abeleira Van Gogh ou le suicidé de la societé. Non sei se Man coñecía esa obra de Antonin Artaud o "Mômo", o "pesanervios", mais estou certo de que, de lela, deixaríase cegar por cada un dos seus flashes. Por luzadas como esta: Quén é aquí o enfermo? "As cousas van mal porque, niste momento, a conciencia enferma (da sociedade) ten un interese capital (e capitalista) en non saír da súa enfermidade". Ou esta: "Non, Gerard de Nerval non estaba tolo, mais acusárono de estalo coa intención de desacreditar certas revelacións fundamentais que se aprestaba a facer. E, amais de acusalo, unha noite zoscáronlle na cabeza para que perdese a lembranza dos feitos monstruosos que ía revelar e que, por mor da malleira, pasaron, dentro dil, ó plano supranatural; porque toda a sociedade, secretamente confabulada contra a súa conciencia, era forte abonda, nise intre, como para facerlle esquece-la súa realidade..." Non, Antonin Artaud non estaba tolo. Nin tampouco Man. Man, en todo caso, e seguindo a definición que nise mesmo texto dá "o anarquista coroado", sería "un verdadeiro alienado: un home que prefire devir tolo, no senso no que socialmente se entende esta palabra, antes que traizoar certa idea superior do honor humano". A tolemia de Man, en todo caso, consistiu en consagra-la súa vida a unha Obra que, para il, era toda a súa vida. Por iso creo sinceramente que, por moito que nos poñamos no seu lugar, endexamais chegaremos a enxergar ata qué punto lle debeu afectar aquela traxedia. Un desastre que, ós seus ollos, talvez acadara trazas de vinganza. Pois, por moi cruel que nos resulte, hai que recoñece-la patética ironía que entraña o feito de que un ser coma il, que percorrera media Europa á cata dun lugar no que poder afastarse da sociedade, acabara alcanzado, precisamente, polo peor da sociedade: os seus excrementos. Foi como se esta lle devolvese, regurxitados en forma de marea negra, tódolos desaires, tódolos desdéns, tódalas imprecacións e tódolos insultos que il lle guindara á cara. Porque Man "non se suicidou nun ataque de tolemia, pola anguria de non acha-lo lugar do ser humano. Máis ben viña de achalo, e de descubrir qué era e quén era il mesmo, cando a conciencia xeral da sociedade, para castigalo por afastarse dela, suicidouno. Así se introduciu no seu corpo esta sociedade absolta, consagrada, santificada e posuída, borrando nil a conciencia sobrenatural que viña de adquirir, e igual ca unha inundación de corvos negros nas fibras da súa árbore interna, asolagouno nunha última ondada, e, ocupando o seu lugar, matouno." Así, desa maneira tan funesta, cumpriuse a lóxica terrible que o propio Man explicara diante dunha cámara de televisión, aseverando que, se alguén pretendía destruí-las súas obras, primeiro habería de matalo a il. E, así "como houbo feitizos unánimes" para acabar con "algúns iluminados superiores cuxas facultades de adiviñación amolaban" ós conspiradores, elementos como "Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kirkegaard, Hölderlin, Coleridge", Van Gogh ou o propio Artaud, aquil mes de decembro do 2002 deu a impresión de que a parte do mundo que nos rexe, esa que está verdadeiramente enferma, artellara un plan maquiavélico para facer de Manfred Gnädinger, o Home de Camelle, outro suicidado pola sociedade. *O escritor de Maracaibo Xoán Abeleira (os lectores tamén o poden coñecer como Juan Abeleira se leron "Umbral del centinela", Olifante, ou "Identidades" en Hiperión, entre outros títulos en castelán), está a piques de publicar un libro de textos poéticos e reflexivos e de fotografía súas sobre "Man, o alemán de Camelle", que chegou a ter un auténtico e vivido museo mariño no pobo do concello de Camariñas. Recollo aquí unha fermosa foto de Eva Sala. Xan, autor do poemario "Animais Animais", que le publicou o inmenso amigo e vate que é Miguel Anxo Fernán Vello, publica todas as semanas un artigo en "La Opinión" de A Coruña. Estes días apareceu este que é o derradeiro capítulo do seu libro. Sen decirlle nada a Xan Abeleira, póñoo aquí porque é ben fermoso e suxestivo. Este artigo é, no fundo, o regalo de Reis que me envía Xan, que tivo e ten sempre xestos de moito cariño conmigo e coa miña familia. Cando se rodou "La buena vida" de David Trueba ofreceunos a súa casa enmeigada, chea de elementos orientais e de poesía do coñecemento, poesía mística e simbólica. Fon uns días ben fermosos: mentres Daniel rodaba cos seus amigos Jonás Groucho, Fernando Ramallo e Lucía Jiménez (fíxenlle, por certo, unha vasta colección de fotos), Aloma e eu íamos a ver exposicións: El Prado, Thyssen, Reina Sofía.... ¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas! Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca. Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas Y tu puro lamento nos traspasa como flecha. De mil bocas te jura fidelidad, Anna Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro, Cae en es hondo abismo que carece de nombre. Llevamos una corona. Y aquél a que a muerte hieres a tu paso Yace inmortal en su lecho de muerte. Y el vagabundo ciego canta loas al Señor… Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas, Ajmátova, y con ella te doy mi corazón. Círculo de Lectores publica “El canto y la ceniza”, una antología poética de Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, que han traducido y seleccionado Monika Zgustova, novelista y magnífica traductora de Bohumil Hrabal, y la poeta Olvido García Valdés. Copio un poema de Marina Tsvetáieva a Anna Ajmátova de 1916, que aparece en la foto. Mi gran amigo Jorge Sanmartín, seis años largos, me escribe desde Malta. Envía una preciosa postal del fuerte de St. Angelo que se recorta como una península o una lengua de piedra en el mar. Jorge, que ha enseñado a jugar al fútbol en los últimos tiempos a su padre, el poeta y dietarista Fernando Sanmartín, es un enamorado de las sirenas, algo que nos une. Me dice: “Estoi en Malta, aun no he visto sirenas. Jorge”. Y en letra diminuta, su progenitor añade: “De Jorge Sanmartín. Desde Malta, antes de subir a un barco para llegar a Trípoli”. Parece evidente que Jorge, además de buscar sirenas y los primeros recuerdos de mujeres enigmáticas, va a seguir la afición de su padre: viajar, recordar la belleza y las sensaciones, y escribir luego. Contar la vida a lomos del viento. Gracias, Jorge, conquistador de sirenas. Mariano Gistaín concluye una sesión vespertina de tertulia en el Babel y me llama. Hace días que no nos vemos. Lo nuestro es un amor imposible, un amor mitigado por algunos e-mail y algún sms, suyos, claro. Ya es de noche, ya es hora de estar en casa, pero paseamos por la plaza de Los Sitios. El cielo, blancuzco y añil, asoma entre los edificios. Las muchachas improvisan tertulias y una cena sobre los bancos del parque. Limpian con sus culos una llovizna fría. Se desata dentro de mis ojos y de mi cerebro una nostalgia por las alegres noches de la adolescencia entre tantas novias imposibles. Corretean algunos perros. Me encanta el paseo, charlar de nada (o hablar del hecho de que el 25 % del presupuesto de Aragón no pase por ningún control parlamentario: la democracia en ocasiones espanta, y un aire sutil y endiablado de franquismo se instala en la gestión diaria), oír a Mariano y sus proyectos de un diario en internet, habla de “Actualización Compulsiva”. Siempre va tres kilómetros de lucidez por delante. Siempre me ha intrigado por qué Mariano no ha sido asesor o colaborador o galanteador de ideas de ningún cargo público de esta Comunidad a lo largo de estos 25 años: cómo ama el periodismo, cómo ama la ciudad y su crecimiento, los matices que la enriquecen cada día, los personajes, cómo genera proyectos sin parar con un vendaval de ternura. Es un hombre alerta, vertiginoso desde el teclado, con ademanes de despistado que parece huraño. Que una Comunidad no haya sabido descubrir y reconocer su talento y ponerlo en acción da, para mí, una medida de un cierto fracaso. Mariano Gistaín es la antisecta. Es un genio dulce que a veces, cuando el Ebro se queda sin nadie en su orilla, tiene la fatalidad de considerarse poca cosa… Javier Delgado ama el Parque Grande casi como a sí mismo. Lo ha estudiado, lo ha recorrido, ha hecho inventarios de sus monumentos, de su flora, de los pasos y las huellas del viento en la floresta cuando se avecina la noche. Javier Delgado es un poeta en desbandada: en íntima retirada a sus jardines cercanos. Y es también un apasionado hombre de gestos. Se opone a que el Rastro se instale en el Parque Grande, que debía ser el ombligo alegre, el oxígeno más cordial y puro de la ciudad, el refugio de lo cotidiano y lo sublime de nuestro existir. Si pienso un momento en mi vida en Zaragoza, el Parque Grande ocupa muchos días, muchas horas. Fue lugar de citas, de paseos, de huidas, de algunos placeres. He hecho unos cientos de kilómetros a su alrededor, he jugado al fútbol con mis hijos, los he enseñado a montar en bicicleta, he paseado bajo las magnolias, he soñado una y mil veces en el Jardín de Invierno o en el Paseo de los Bearneses, he escuchado a cantantes que veneraba: Camarón, Lluis Llach, Paco Ibáñez, Amancio Prada, hasta oí a Alberti y Nuria Espert, a Gwendal… Javier ha hecho correr un río de sms contra la pálida y perezosa decisión de Juan Alberto Belloch. Y ha amenazado con ponerse en huelga de hambre. Javier Delgado, que andaba abatido y que creía que toda su carrera de boxeador con ángel en la política y en la cultura ciudadana había servido de poco, ha encontrado un motivo, un pretexto, una razón: es la hora del combate de nuevo. Y él, con una fortaleza atrapada al vuelo, alza su voz en el cierzo en vísperas de Reyes. Como un personaje de Shakespeare. *Tomo esta foto de una web del Ayuntamiento. Dice que es de 1996, y lleva entre paréntesis el nombre de Abilio Lope. ¿Es el fotógrafo o será este paseante bajo el delicioso sol? En el Día de Reyes siempre recuerdo a mi amigo Miquel Ángel Riera (Manacor, 1930- Palma, 1996): aquel escritor mallorquín, autor de un libro espléndido como “Isla Flaubert” o de un poemario como “El pis de la badia”, con quien solía encontrarme en Barcelona tal día como hoy. Paseábamos por el barrio Gótico, comíamos escalibada y pescado con su mujer, Roser, pura elegancia y amparo de diosa, y hablábamos de todo: de Tommaso de Lampedusa, que era uno de sus dioses y soñaba con volver a visitar su universo y a releer “El Gatopardo”, de Thomas Mann, otra de sus referencias, y de Virginia Woolf, a la que releía una y otra vez con auténtica delectación. Miquel Ángel, creo que en un día de Reyes, tuvo un acto de cortesía máxima: quedamos en su hotel una mañana con tiempo por delante y le invité a hacer una traducción oral e improvisada de ese libro, “El pis de la badia”, que mereció al menos dos ediciones, la segunda tenía algo de reescritura, de última destilación de una intimidad trabajada beso a beso. Comprobé que existía el piso de la bahía: era su refugio en Palma ante el mar y el castillo alzado en el aire y en el roquedal, era su refugio de amor, de tertulia, de confidencias con Roser. Estaba bellamente decorado, tenía cuadros preciosos y parecía habitado por un aire especial: sereno y dulce, navegado de pasión, de sueños, de poesía. He extraviado su voz en uno de los traslados, pero hacia finales de febrero voy a mudarme de casa de nuevo y seguro que encuentro esa cita, sus comentarios, sus apostillas a un libro de absoluta madurez poética, una suerte de autobiografía de amor en la línea de Kavafis, un autor al cual releía en vísperas de su muerte. Releía sus biografías y sus versos. Entonces, Patricio Julve le hizo una extensa colección de fotos en blanco y negro. Una vez, Roser, su viuda, me dijo que tenía una de ellas en la mesilla de noche. Miquel Ángel Riera me decía algo que constituye ya un afán lejano, casi una pesadumbre. “Sueño con abrazarte aquí, en Barcelona, el día que ganes el Premio Nadal”. No tuve tiempo de hacerlo mientras vivió, murió en 1996, apenas un año y medio después de la aparición de “El testamento de amor de Patricio Julve” (Destino, 1195; 2000, tercera edición); no he sabido escribir una novela convencional, de premio, desde que partió hace ya casi una década. Miguel Mena, que no sé si andará hoy por Barcelona como futuro autor de Destino (su magnífica novela “Días sin tregua” aparecerá en mayo), me dijo que deseaba lo mismo, que soñaba lo mismo para mí. Ahora, que he descubierto mi nulo talento para la novela, sospecho, sé que antes de cinco años el Premio Nadal recaerá en él. Ya tiene muy avanzada una nueva novela. Ese día yo seré muy feliz: Miguel Mena empezó en este oficio algo más tarde que yo, pero ha llegado mucho más lejos, y lo miro con absoluta admiración y cariño, con la complicidad inalterable hacia el amigo al que ves poco y quieres siempre. El oficio de novelista precisa de la constancia y de la vocación absoluta de narrador ordenado de Miguel o de Martínez de Pisón, dos ejemplos que miro con creciente respeto. Y quizá Miguel Ángel Riera también se alegre en su cielo ese día, en aquel cielo que anticipó en un libro como “Los dioses inaccesibles”, la novela que yo le traduje para Destino cuando vivía en Urrea de Gaén. Hoy se entrega el Nadal y se rinde homenaje a un gran escritor vinculado con Destino: Josep Pla, uno de mis escritores de referencia, una de las guías de estas páginas, sobre todo a través de un libro definitivo y grandioso como “El cuaderno gris”. Me da pena no estar ahí, pero me resarciré muy pronto: en febrero asistiré al fallo del Premio Biblioteca Breve. Esa criatura maravillosa y delicada que es Nahir Gutiérrez, madre por partida doble y excelente bailarina, bailarina maravillosa ante la cámara fotográfica de Patricia Vargas Llosa en los tiempos de Tusquets en un velador de jardín encantado, me llama e insiste siempre con uno, dos o tres meses de antelación para que vaya. Siempre he encontrado una razón para no asistir, una razón que fuese una coartada para mi timidez, para mi temor a esos lugares, una esquiva razón más fuerte que mi vanidad. Pero este año ya le he dicho que voy a ir. Hace ya demasiados meses que no estoy en Barcelona y es una de mis ciudades favoritas; he sido demasiadas veces huraño con alguien que insiste en quererte casi con dulcísima ostentación. Los autores, aunque seamos periodistas en declive, somos un material incontrolablemente vulnerable: como ha dicho Mario Muchnik con alguna acritud lo cambiamos casi todo, hasta los títulos, por un poco de cariño verdadero de los editores. Son ellos los primeros que creen en nosotros, que casi nunca creemos del todo, o creemos con una dolorosa incertidumbre. [Recuerdo que este año los VII Encuentros Literarios de Albarracín, que se celebrarán del 11 al 14 de mayo girarán en torno a la edición en España, y ya ha confirmado su asistencia Jaume Vallcorba de El Acantilado. Y también Ricardo Vila, en su doble condición de editor y autor. Estoy ultimando el programa: quiero que venga editores de todo el país, y sobre todo de editoriales pequeñas, quiero que vengan ilustradores, maquetistas, libreros y distribuidores, y escritores que hablen de su relación con los editores, en España y en el extranjero]. La última vez que estuve en Barcelona vi, nada menos, la obra fotográfica de Robert Frank. Y hablé de Cervantes y Aragón con la presencia de gente espléndida: Cruz Barrio, Luis Esteve o, entre otros, Ánchel Conte, que hizo una muy bella y generosa presentación. Hemos tenido que levantarnos muy temprano. Tocó a diana a las siete y media de la mañana. Jorge, con el San Gregorio, en la máxima categoría de infantil, se enfrentaba al Pablo Iglesias, algo más abajo en la clasificación. Niebla y frío cortante. El equipo rojillo entró pronto en el partido, y se colocó tres cero, con un gol de Jorge. Al final, el San Gregorio, venció por 4-1 en un partido con muchas ocasiones. Marcaron Adrián, un golazo desde lejos, y dos Víctor Domingo, que fue observado por un ojeador del Villarreal. Realizó un excelente partido: posee potencia y poderío, rapidez, disparo, ejecuta bellamente los movimientos, y cabecea con mucha intención. Jorge realizó varias bonitas jugadas: dos pases impecables al primer golpe, casi por sorpresa, una internada hasta el fondo y el gol, que le regaló Víctor Domingo. Jorge realizó un buen partido: creó peligro, tuvo presencia, combinó bien y se sumó al ataque siempre. Olisqueó un remate de cabeza en la boca de gol, que desvió al final el arquero. Jorge está en línea ascendente en los últimos partidos: éste es su tercer gol. Por cierto, acudió al córner, reclamó la llegada de sus compañeros y lo celebró allí; entonces, dijo que se lo dedicaba a su hermana Sara de siete años. Era su personal regalo de Reyes. [A Jorge los Reyes le han traído el álbum de "The Joshua tree" de U2; un par de chándales Boomerang, unas botas de fútbol Adidas, y ya van allá más de media docena, y un Diccionario del Western, de Electa; lo vio y descubrió un error cometido con la filmografía de Maureen O'Hara. Va a enviar un e-amil con correcciones a la sección de Random House en España. A Sara, entre otras cosas, le han regalado un disco de Hillary Duff, el novio de la bratz Cloe y un reloj de pulsera, repleto de colorido, de los de verdad]. Diego jugaba en el campo del Ebro, que va de líder en cadetes. Se echó el equipo a la espalda, pero los rojillos perdieron ante los arlequinados por 8-4. Diego realizó un buen partido: de control y derroche, correteó muchos kilómetros, de pugna y personalidad, y llegó arriba desde la posición de medio centro armador. El equipo añoró a Rubén, sancionado, al central Toño y a Hugo, que se quedó en el pueblo, aunque los chicos del Ebro ganaron con claridad. Tienen varios jugadores de mucho nivel: un libre elegante que sabe conducir y extraer el balón jugado desde atrás; un mediocampista grandón y con apariencia de fondón que controla muy bien el balón, orienta bien el desarrollo del choque, y ha sido sido seguido por el Villarreal, y un ariete rapídisimo. [A Diego los Reyes le han regalado dos chándales también, un cómic, un dvd de la última gira de U2 y unas botas de fútbol Adidas]. *La foto de Diego es de Mariano Gistaín; corresponde al choque entre el San Gregorio y el Fleta, el equipo que puja por el liderato con el Ebro, que se mantiene arriba una semana más tras la victoria por 8-4. EL ARREBATADO AMOR, SEGÚN JAVIER RUIBAL* Javier Ruibal (Puerto de Santa María, Cádiz, 1954) es uno de los cantantes y compositores más elogiados por sus compañeros. Es, en cierto modo, el “cantautor de los cantautores” por su personal música que abraza ritmos andaluces, todos los palos del flamenco, y árabes, sonidos del jazz y de Brasil, ecos africanos, sefardíes y latinoamericanos, caribeños (él habla de “la furia del dios Caribe”) y cubanos. Su forma de interpretar ha sido calificada como “apasionada y exuberante”, tan exuberante como la magia erótica de sus textos, tan apasionada como ciertas música de baile. Javier Ruibal acaba de publicar su octavo disco: “Lo que me dice tu boca” (18 Chulos Records), que grabó en dos días de septiembre de 2005 en la sala Galileo Galilei y que incluye también un DVD. La producción es de Javier López de Guereña. “Con este disco he querido romper una especie de maleficio: la gente piensa que los discos se hacen un laboratorio de sonido. Quería recuperar la esencia de nuestro oficio: hacemos canciones y subimos a un escenario, y es ahí donde convocamos al público, donde ponemos el apasionamiento, la intensidad, donde nos desnudamos por entero. No es lo mismo estar oyendo por un auricular lo que estás cantando, con el retorno y todo eso, que esto. Y yo me alegro mucho de haber vuelto a grabar en directo. No lo había hecho desde 1994 con ‘Pasión Triana”, dice Javier Ruibal. Y explica que muchas de estas canciones no las había grabado nunca en un disco, apenas las cantaba, aunque hay otras muy famosas como “Habana mía” o “Bendito veneno”, escrita al alimón con Joaquín Sabana. Algunas fueron concebidas para programas de televisión, como “Los ratones coloraos” de Jesús Quintero; otras para documentales y espectáculos de flamenco como “Contrabandista” (que canta en la peligrosa noche: “Me llevo tu nombre escrito // por los montes de la luna // cómo puede ser delito // en este mundo maldito // quererte como a ninguna”); otras como “Atunes en el paraíso” para la película “Atún y chocolate”de Pablo Carbonell. El tema general del disco, como casi siempre en la obra de Ruibal, es el amor, salvo la graciosa canción “Fugitivos del Hamelin. Los ratones coloraos”. El amor complejo y plural, encerrado en un puñado de variaciones, donde hay tiempo para contar historias trágicas, para la confidencia, para elogiar una ciudad o varias, para narrar los amores de Picasso (“el divino impertinente”, al cual también le dedica otra pieza muy juguetona) y Françoise Gilot, o para armar atmósferas que parecen cocinadas en la imaginación de García Lorca, el poeta que más admira el gaditano. Más que del amor mismo, habla de la fascinación que ejerce el cuerpo de la mujer, de su belleza cimbreante y de su gracia, siempre con un trasfondo muy narrativo e irónico. “Existe esa fascinación desde luego, ese cántico. Hablo de mujeres que pasan por la vida de uno, a las que a veces puedes alcanzar, con las que a menudo sólo sueñas una aproximación. Escribo de emociones y sueños, aunque no llegues a las caricias ni al contacto real, pero me contento con haber vivido esa sensación. Por eso, las mías son más bien canciones arrebatadas, canciones para eternos amantes o no tan eternos que aspiran a algo más definitivo”. Canciones que dicen, por ejemplo: “A favor de tu piel // que aprendí mejor que la mía, // llené mi cuerpo // con tu geografía”. Los 16 temas del álbum son de Javier Ruibal, salvo uno que escribió con Joaquín Sabina, un confeso admirador de su trayectoria. “En lo estrictamente musical, ha habido algunos cambios. Hay bulerías de Cádiz, pasodobles, el mundo sonoro de Andalucía, pero no sé por qué razón veo que me he inclinado más por el universo latinoamericano. Siempre me gusta experimentar, juntar sonoridades, abrirme a nuevas sensibilidades. Utilizo mucho más la mandolina y la guitarra española, y también las guitarras eléctricas, pero no ha sido preconcebido, ha salido así. Yo compongo, busco un paisaje sonoro, fabrico mi propio reino de la imaginación y también de la musicalidad”. Javier Ruibal va a grabar con un cantante senegalés un disco con canciones de aquí y de allá, fábulas infantiles, y hace poco iniciaba la gira que lo trae a Zaragoza, al Teatro del Mercado, el siete, hoy y ocho de enero de 2006. Admira a Paco de Lucía, a Carmen París, que ha grabado una de sus mejores canciones, “Ave del paraíso”, a Dulce Pontes y a Pat Metheny, el autor de “American Garage”. Entre los artistas, destaca la trayectoria de Santiago Calatrava. Sueña con escribir una novela. *Esta noche y mañana, a las nueve de la noche, Javier Ruibal ofrece dos conciertos en el Teatro del Mercado, donde presentará su disco “Lo que queda de tu boca”, que también tiene un estupendo DVD. A Javier Ruibal, que ha pasado estos días en Irún con Pilar, su mujer, lo acompañarán el guitarrista Tito Alcedo (guitarra española, laúd árabe y mandola) y su hijo Javi Ruibal (percusión). Acabo de comprar dos entradas, a las doce, para esta noche, a quince euros la localidad, y quedaban 43 para la sesión de esta noche. Y algunas más para mañana. Los directos de Javier son espléndidos. Quienes lo hayan visto en Sos del Rey Católico sabrán que no miento. [Este texto apareció en “Heraldo” y en el blog el pasado mes de diciembre. La foto, con Jorge Drexler, es de Sito Ortega]. Eduardo Lago (Madrid, 1954; no sé por qué siempre había pensado que era gallego; un apellido muy frecuente en mi infancia en Santa Mariña de Lañas y alrededores era Lago) ganó el Premio Nadal, que recuperó su inclinación por las apuestas literarias que hacía en el pasado. Eduardo Lago, al que he leído mucho en la revista de “Libros”, que dirige Álvaro Delgado y coordina la estupenda poeta Amalia Iglesias, venció con “Llámame Brooklyn”, una novela dentro de una novela, según las agencias. El jurado valoró la novela como “una historia de amor, amistad y soledad” que constituye “un canto al misterio y al poder de la palabra escrita, así como su concepción caleidoscópica, a modo de rompecabezas”. Ha sido calificada ya como “un artefacto insólito en la narrativa española actual”. El argumento cuenta la historia de un periodista del “New York Post” que se entera de que su mejor amigo, Ackerman, ha muerto, y debe recuperar entre los cuadernos que Ackerman dejó en un hotel de Brooklyn una novela a medio acabar. Ackerman la escribió con el afán de que llegase a una mujer, a una única lectora: Nadia Orlov, un completo enigma por ahora… Recuerdo a Eduardo Lago como un crítico intenso y atrevido, a veces de sinceridad feroz, con una gran capacidad interpretativa; tengo mucha curiosidad por su novela. Doctor en Literatura por la Universidad de Nueva York, Eduardo Lago da clases en el Sarah Lawrence Collage. El madrileño había ganado en 2002 el premio Bartolomé March por un estudio de tres traducciones españoles del “Ulises” de James Joyce: las de Eduardo Chamorro, José María Valverde, la de Salas Subirats para Rueda… Y además ha traducido a la poeta y narradora Silvia Plath, a Henry James, a John Barth, a Junot Diaz y a Christopher Isherwood, entre otros. NOTA. [El gran diseñador Fernando Lasheras me envía una amabilísimo recordartorio: Eduardo Lago publicó en Prames, en el año 2000, un libro titulado "Cuaderno de México", de 105 páginas, un volumen ya revelador que se me había pasado por alto. Gracias a Fernando y gracias a Prames por su visión]. Gran fiesta de la música y de la sensibilidad en el Teatro del Mercado. Él, Javier Ruibal, mismo se quedó sorprendido de que la gente conociese sus canciones, de que fuese capaz de improvisarse un coro con algunos temas. Empezó tal vez algo frío, temeroso, hacía 17 años que no cantaba en Zaragoza; comenzó con “La reina de África” y “El Ave del paraíso”, y pronto, muy pronto, se metió al público en el bolsillo y en el alma. Fue uno de esos conciertos emocionantes, pleno de entrega y de belleza, que se te quedan en la memoria: con swing, con sonidos aflamencados y negros, con ecos mediterráneos, con impacto árabe. Ruibal, con su hijo Javi Ruibal (un espléndido percusionista: él es capaz de llenar de sonidos y de ritmo la sala) y el maestro Tito Alcedo a la guitarra, culminó un concierto excelente. Así me lo dijo un profesor del Instituto Elaios. “Es el concierto más impresionante al que he asistido en años”, señaló. A mi lado, Carmen Gascón lloró lágrimas gruesas cuando atacó “Los náufragos del Sahara”. Y se rio cuando cantó las dos canciones de Picasso que escribió para Diego el Cigala. Tocó más de media docena de temas de su nuevo disco, entre ellos “Los ratones coloraos”. Ruibal regaló tres bises y se despidió cantando sin micrófono, o únicamente con el micrófono cosido a su guitarra. En ese momento, barbado y transido, parecía el trovador que entonaba el desesperado canto de amor en la noche mágica de la Alhambra. Él ya lo ha dicho muy bien, de otro modo: "¡Cómo no va a haber una mujer ocupando lo mejor del paisaje!". Ese coleccionista de amigos memorables que es Félix Romeo, que frisa los 38 con extrema delgadez, convoca un encuentro nocturno urgente para celebrar que el jueves cumple años. Su casa, como la de Pepe Melero pero con otro orden, es como una gran biblioteca: libros por aquí y por allá, libros de todo, libros de lo inesperado, libros leídos y devorados, libros que definen al erudito que agigantó su curiosidad en Madrid, libros con las páginas dobladas, que es lo que más le gusta a Félix, arrugados en el lomo, con indicadores improvisados y máculas en las propias páginas. Había muchos, muchísimos amigos, al calor de los anfitriones Félix y Cristina, Cristina y Félix. Vino, licores, cafés, pastas, crema de garbanzos, quesos de todos los tipos. Ya en el rellano de la casa retumbaban las voces del segundo izquierda. No voy a hacer inventario de la gente que estaba –sobre todo ahora que uno descubre que hacer inventarios urgentes es lo más difícil del mundo, y lo que más excita algún enojo; por ejemplo, quizá fuese Ismael Grasa quien me recordó que entre la nuevas editoriales nos habíamos olvidado de Chorrito de Plata de Enrique Bunbury, donde han publicado Sergio Algora y Octavio Gómez-, pero sí me hizo mucha gracia algo que reveló el arquitecto Luis Franco, que es seguidor de este blog y en especial de algunas notas de fútbol, a él que no le gusta en exceso el fútbol: su padre era de Berge (al lado de Alcorisa, Molinos y Ejulve), y allí ha pasado imborrables momentos de su niñez, momentos que están inscritos en un aroma de leyenda. Los montes y las pardinas, las parideras, las colinas a lo lejos, las montañas, y sobre todo el pantano de Gallipuén, todo eso llena aún ahora de fábulas su magín. Yo he escrito de gallinas fantásticas en Gallipuén y de una sirena que se asoma en algunas neblinosas noches cuando el cielo se enturbia y se atasca de luna. Le conté a Luis Franco que, durante los veranos que hemos pasado en Ejulve, donde se hicieron novios los padres de Carmen Gascón, vamos siempre a la piscina de Berge. A la piscina y al campo de fútbol sala y frontón, que está rodeado de campo y, sobre todo, de viñedos. Por cierto, Luis Franco y Mariano Pemán están haciendo el nuevo Centro de Salud de Calanda, que no está muy lejos de Berge. Y Calanda también tiene un pantano con sirenas. ENTREVISTA CON EL MÚSICO ASENTADO EN VIENA [Mariano Abadías López (Pedrola, Zaragoza, 1935) es trompetista y estudioso de su instrumento. Durante más de treinta años ha desarrollado su trabajo en la Orquesta Teatral Estatal de Viena, y ha sido profesor del Conservatorio Estatal de Viena. En 1994, en uno de sus retornos a España, impartió un Curso de Trompeta con el Conservatorio Superior de Zaragoza. Ha tocado música clásica y numerosos musicales como “Cats”, 3.490 representaciones, o “El baile de los vampiros”, ante el propio Roman Polanski. Ha pasado las navidades en Zaragoza con su discípulo Carlos Roldán, profesor de música, trompetista y director de la Banda Musical de Garrapinillos y de Miralbueno.] ¿Qué le parece si viajamos un poco por su biografía? -De acuerdo. Nací en Pedrola en 1935. Mi padre era militar del ejército republicano y mis padres vivían en Madrid, pero como mi madre era de Pedrola quiso que yo naciese aquí, en casa de mis abuelos maternos. Estuve en Madrid mis primeros años, hasta que Franco arrojó aquel pan duro… -¿A qué se refiere? -El ejército de Franco acabó ocupando Madrid, y uno de los anuncios de esa ocupación lo hizo bombardeando pan duro desde los aviones. Piense que hasta entonces las habíamos pasado canutas, y ése era su gesto: ya viene la abundancia. Yo descubrí que carecía de dientes, por lo mal alimentado que había estado, por la falta de leche, sobre todo, y no pude comer. Al perder Madrid, mis padres se vinieron aquí a Pedrola e iniciaron una nueva vida. Y en Pedrola empecé a tocar la trompeta. -¿No hostigaron a su padre por su pasado republicano? -Yo creo que jamás le reprocharon nada. Aquí se empleó de sastre, que era su verdadero oficio. Trabajaba en casa, hacía trajes a medida. Mi madre y yo lo ayudábamos a coser. -¿Por qué eligió la trompeta? -Empecé a tocar la trompeta con siete años. La había visto en la pequeña banda de Pedrola y me llamó la atención. Aprendí una pieza que se llamaba “María Dolores” y ensayaba una vez a la semana. El director de la banda me enseñaba solfeo y piano también; me decía que el piano era muy importante para aprender a tocar todos los instrumentos. -¿Se atrevería a definir el sonido de la trompeta? -La trompeta suena con el viento. El profesor me decía que oyese el sonido y que sintiese el aire que salía de mis pulmones. El resultado de ese aire es esa música tan peculiar. La trompeta era el instrumento de los Reyes, de las grandes ocasiones; cuando alguien hacía sonar una trompeta, estaba anunciando que pasaba algo importante o que iba a pasar. Cuanto más claros eran los sonidos, más atención prestaba la gente. La trompeta tiene un sonido metálico y solemne, sagrado en cierta forma. Juan Sebastián Bach escribió siempre misas y oratorios de Navidad para las trompetas altas. -Sigamos con su evolución. De Pedrola a Zaragoza… -Sí. Hacia 1950 entré en la Academia General Militar con la idea de aprender un oficio. Estudié música con Arturo Villar, que era trompetista en la Orquesta Sinfónica de Zaragoza que dirigía Dimitry Berberoff, un director que tenía un gran éxito en la ciudad con sus melenas al viento. Empecé a prepararme para obtener el diploma en el Conservatorio de Zaragoza, aunque lo obtuve finalmente en San Sebastián, donde estudié con Jaime Gurruchaga. Con él aprendí, además, piano y acordeón. -He leído que su carrera de solista se desarrolló, inicialmente, en Madrid. -Me marché en 1953. Y allí trabajé con Vladimiro Bass, especializado en jazz, que siempre me ha interesado mucho; y con Arturo Fornier, conocido como “El Raspa”, que hacía por entonces prácticamente todos los programas de televisión. Al poco tiempo, inicié una gira con la orquesta del italiano Franco Davis por Oriente Medio. -¿Qué tipo de orquesta era? -Era una orquesta de baile. Franco Davis era el cantante. Realizamos una gira extensa por diversos países: Líbano, Siria, Persia, Jordania. Recuerdo que en Teherán vivíamos al lado del palacio del Sha y de repente nos llamaban por la mañana porque quería oír música en directo; le gustaba mucho la música italiana. Le encantaba una pieza que se titulaba, creo recordar, “Oh Mustafá”. Entonces vi a Soraya, pero apenas hablamos. Luego estuvimos varios meses en Beirut y también en Amán, donde tocamos para Hussein de Jordania. Más tarde, firmé un contrato con la orquesta francesa de Mario Lives, y eso me permitió trasladarme a París. -¿Qué ocurrió allí? -Estudié y toqué prácticamente desde 1960 a 1968 con el profesor Pisctiereu. Fue una época especial para mí, que me llevó a reflexionar y teorizar sobre mi propio instrumento. Pisctiereu me enseñó una nueva forma de tocar, me enseñó psicología y pedagogía del instrumento. Me enseñó a no ser esclavo de la trompeta. Y me orientó para que no apretase la trompeta, de hecho la colocaba sobre una madera. Me enseñó a tocar sin apretar el cuerpo, y me enseñó a soplar: a concentrar en un punto la fuerza de los músculos que produce una aerodinámica especial: el aire suena ya. -¿Qué pasó luego? -Trabajé en distintas ciudades con importantes profesores: en Copenhague con Kund Hovaldt, trompetista de la Orquesta Sinfónica de Escandinavia, y en Ginebra con Michel Cuvit, solista de la Orquesta de la Suisse Romande. Pero yo no estaba satisfecho de mí mismo, quería tocar siempre mejor e inicié un libro teórico que arranca de esta premisa: “En el subsconciente está el principio de todo lo que se aprende”. Y por entonces, a finales de los años 60, en el festival de jazz de Montreux me oyó tocar el vibráfono y músico de jazz Bill Graht, y se entusiasmó conmigo. Aquella noche hablamos, comimos sin parar, bebimos, y al final me dijo: “Tiene que venir usted a Viena tocar en mi orquesta”. -Así que aquí está la clave de su residencia en Viena. -Desde luego. Al cabo de un tiempo recibí una carta oficial de la Orquesta Estatal Teatral de Viena, gané la oposición y allí he permanecido desde septiembre de 1970 hasta septiembre de 2002. -¿En qué ha consistido su trabajo? -He sido integrante de la orquesta y solista, y profesor de conservatorio desde 1975 a 1988. He tocado la trompeta, la trompeta picolo y el flisscorno en algunos miles de conciertos y en musicales como “El baile de los vampiros”, en una ocasión asistió el propio Roman Polanski a la función, “Cats” de Andrew Weber (hemos contabilizado 3.490 funciones), “Chicago”, “La bella y la bestia”, “Jesucristo Superstar”. Solíamos hacer alrededor de 320 conciertos al año, a veces ocho o nueve a la semana. Con el paso del tiempo, actué como solista en la orquesta. Ahora, felizmente, soy un músico jubilado que no se aburre en absoluto: me interesa la parapsicología, el esoterismo, los fenómenos misteriosos. Soy una persona muy curiosa. -¿Quién es su compositor favorito? -Juan Sebastián Bach. Es el dios de la música. Mejor, rectifico: cuando uno oye su música, tiene la sensación de que acude al lado de Dios o de lo divino. Cuando se oye su música se empieza a creer que existe un más allá. Luego estarían Beethoven, Schubert, Brahms, Mahler. Y Wolfgang Amadeus Mozart, del cual ya estamos un poco atragantados en Viena antes de que empiece el año del 250 aniversario de su nacimiento. -¿Cómo definiría Viena? -Es una ciudad maravillosa. Es el jardín de la cultura en Europa y en el mundo. Es tranquila, relativamente segura. Soy feliz allí. Me encanta volver, pasear por Zaragoza, encontrarme con mi amigo Carlos Roldán, pero mi mentalidad ha cambiado y yo ahora tendría problemas de adaptación a la vida española. -¿Quiénes son sus trompetistas preferidos? En mi juventud lo fueron Clifford Brown, Chet Baker y Maurice André, que ha revolucionado la trompeta en la música clásica. El poeta y director del sello Eclipsados, Nacho Escuín, es el coordinador y conductor del encuentro literario “El reto del segundo libro”, en el que participarán los escritores Daniel Gascón y Julio José Ordovás. El acto tendrá lugar a las 19.30 horas en la FNAC. El crítico y narrador publicó primero “Días sin día” (Xordica, 2005), un diario personal no siempre intimista, y ahora “Frente al cierzo” (BArC), un libro de viajes por distintas ciudades aragonesas, un viaje en autobús en su mayor parte redactado a su modo: con literatura, con ironía, con glosa a otros viajeros previos, con diálogos con los paisanos. El libro lleva bonitas fotos de Ana González. Daniel Gascón publicó en 2001 su libro de relatos “La edad del pavo” (Xordica), que ha tenido dos ediciones. Y ahora, “El fumador pasivo”, cinco relatos de trasfondo autobiográfico que contienen una mirada nada complaciente al mundo que le toca vivir en la Universidad en Zaragoza, en Norwich, en Castellón, en un viaje de Barcelona a Francia y viceversa. -Hoy, nuestro gran amigo, el amigo de todo el cine español y de toda Zaragoza, cumple años también. Creo que nació en Lechago hacia 1962, pero sostengo que jamás ha estado tan bien como ahora: parece un adolescente estancado en una edad juvenil que no teme las tempestades. Luis lleva en los últimos años una especie de vida secreta, lo cual quiere decir que ama mucho y que escribe algo en secreto. Además, ha perfeccionado su técnica en el juego de guiñote y lee y cuenta chistes en la mesa camilla con sus padres y con su hermano. Alzan la vista hacia el horizonte y casi distinguen los 1863 que hay desde esa orilla del Ebro hasta Radio Zaragoza, donde Luis Alegre triunfa hablando de esto y de aquello. Y también triunfa en las tertulias con Concha García Campoy… *Luis Alegre con una de sus mejores amigas, Penélope Cruz, en La Toscana. Entonces la conversación se centró en el “Werther”: -Ésta también es una de esas criaturas a las que, como el pelícano, he alimentado con la sangre de mi propio corazón. Hay en él tantas cosas íntimas surgidas de mi pecho, tantos sentimientos y reflexiones, que bastarían para equipar una novela tan larga como diez veces este libro. Por cierto que, como ya he dicho varias veces, desde su publicación no lo he vuelto a leer más que una sola vez, y me he guardado mucho de volver a hacerlo. ¡Está lleno de teas incendiarias! Me siento incómodo al leerlo y temo volver a experimentar ese estado patológico del que surgió. Acantilado acaba de publicar el formidable libro “Conversaciones con Goethe” de J. P. Eckermann, en edición completa de Rosa Sala Rose. Se trata de un volumen en el que entro y salgo a mi antojo, casi todos los días, casi todas las noches, como si busco un remedio. “Werther” es uno de esos libros perturbadores y bellos, de un exacerbado romanticismo suicida, que marcó mi adolescencia y juventud allá en A Coruña, en mis paseos por la dársena, el castillo de San Antón, a Mariña; tengo muy vívida la impresión de su lectura en un volumen de la edición de Juventud. El libro de Eckermann es una enciclopedia de la vida, de la creación, del arte, de la ciencia (a Goethe le apasionaba hablar de física; y de Shakespeare) y también es una invitación a disentir. Me interesan mucho esos fragmentos breves que introduce el autor, donde dice, en el “martes, 13 de mayo de 1823”: Hallé a Goethe ocupado en recopilar sus poemas más breves y los versos dedicados a ‘personas’. -En tiempos pasados –me dijo-, cuando yo era más dejado con mis cosas y no me tomaba la molestia de copiarlas, se perdieron cientos de estos poemas. |