Antón Castro |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
JAVIER DELGADO La Valentina de Sender murió en Borja y en su cementerio está enterrada, en una tumba horizontal de piedra gris muy romántica. Sus descendientes son personas excelentes, delicadas y reservadas. Le guardan un recuerdo cariñosísimo. La pelicula "Valentina" me hace llorar desde la primera vez que la vi en su estreno en Madrid. La tengo en video y he de andar con cuidado cuando pienso en verla, porque el final del coche llevándose a Valentina ante los ojos del niño me arrasa los míos de lágrimas. Es la imagen misma de la vida amorosa cuando eres menor de edad: los adultos te lo arrebatan todo. ¡Crueldades de la vida! Me alegro de que estés en lugares tan bellos y sanos Antón. Fuerte abrazo. TREMISIS *Javier Delgado, que pasa muchas horas en el Moncayo y alrededores, nos explica aquí como es la tumba de Valentina Ventura, a quien se recuerda con mucho cariño en Tauste, hasta tal punto que se le ha dado su nombre al concurso de cuentos. La pregonera, por cierto, de la Feria del Libro fue la jovencísima Alicia Puértolas: una escritora de trece años. Y nuestro amigo Trémisis nos cuenta otra historia complementaria sobre Aragón, Sender y la pasión por la literatura. Al morir, su hijo Miguel Ángel París Ramírez -que lo acompañó como fotógrafo y operador desde los años 70, igual que haría luego su hermano Nacho- realizó un repaso de ese archivo y halló reportajes de todo tipo: sobre las graves inundaciones en Valencia; maniobras con el joven príncipe Juan Carlos en Zaragoza en 1959; un trayecto por los Pirineos con Tico Medina; series sobre las salas de noche y sus moradores, incluidas aquellas damas de exuberantes nalgas y mirar más o menos lascivo; un reportaje acerca de una actuación a principios de los 70 en el Teatro Principal de Bernabé Martí y Montserrat Caballé… En una caja, había también un reportaje de más de una docena de positivos sobre los dos viajes que Ramón José Sender (Chalamera, 1901-San Diego, 1982) realizó a Zaragoza en las primaveras de 1974 y de 1976. Miguel París, que anotaba con minuciosidad cualquier detalle, habla en algunas obras de un “tercer viaje”. Ramón José Sender estuvo en España en 1974 y en 1976, y fueron dos viajes no exentos de alguna polémica en ambos casos. Alfonso Zapater y Joaquín Aranda acudieron a recibirlo a Barcelona en 1974 el 29 de mayo -descendió con Luz Campana de Watts y José Luis Castillo-Puche del avión “Navarra” que procedía de París- y lo acompañarían días después a Zaragoza en una comitiva en la que también venían representantes de la Fundación General Mediterránea, que lo había invitado a España. Dio una rueda de prensa de una hora e impartió, en el auditorio de la Biblioteca de Cataluña, una “amenísima conferencia” sobre la Atlántida. Joaquín recogía en su crónica: “El público aplaudió largamente a Sender. Un público fervoroso a quien dirigió, momentos antes de acabar, este consejo: ‘No se tomen estas cosas demasiado en serio, pero no se las tomen, tampoco, demasiado a broma”. En la noche anterior a la salida para Zaragoza, Sender se reunió con sus hermanos, con sus sobrinos y otros familiares y, al parecer, incluso se atrevió a cantar unas jotas. El sábado 1 de junio, Sender y sus acompañantes -entre ellos, los enviados especiales de HERALDO, Joaquín Aranda y Alfonso Zapater- salieron en caravana hacia Zaragoza, e hicieron una única parada en Fraga. Ramón J. Sender se emocionó al ver el río Cinca de su infancia y su juventud; y luego subió a la terraza de una de las habitaciones del hotel Sorolla, desde donde contempló los paisajes que tan bien conocía: Zaidín, Belver, Albalate de Cinca, Chalamera, Alcolea, Ballobar y Velilla de Cinca. Transido de recuerdos, aquel hombre que consumía 20 pastillas al día, pidió una más porque estaba conmovido de veras. El séquito comió en el restaurante El Ciervo de Bujaraloz, y allí ya se sumaron los miembros del jurado del premio Ramón J. Sender de periodismo y la directiva del Ateneo. También estaba su hermana Carmen Sender. Entre ellos figuraba el fotógrafo Miguel París, que iniciaría ahí su meticuloso reportaje. Sender pasó varios días en la ciudad, y uno de los actos capitales fue su conferencia del lunes dos de junio en el Casino Mercantil, que había suscitado un gran interés en intelectuales, clase política y público en general. Fue todo un acontecimiento: el Casino Mercantil estuvo abarrotado. Juan Domínguez, en su crónica en estas páginas, decía que además de hablar de “la irracionalidad del ser humano”, evocó sus recuerdos zaragozanos, incluyendo entre ellos a su novia Valentina, y también citó a algunos aragoneses en los que “este conflicto entre la inteligencia racional y la instintiva o pasional se ha hecho presente: Miguel Servet, Ramón y Cajal, Gracián, Goya”. Antes de la charla, Sender había recorrido la ciudad, había estado en el Pilar, se reunió a almorzar con la redacción de HERALDO e incluso se produjo una anécdota jocosa: un vecino de Chalamera le llevó varias truchas que había pescado en el Alcanadre. La revista “Andalán” criticó ferozmente su intervención. Para muchos su visita a Zaragoza fue decepcionante porque esperaban un discurso político y una crítica al franquismo que no se produjo. Ni en Zaragoza ni en Barcelona. Con todo, en 1977, con motivo de la concesión del premio San Jorge, Luis Horno Liria decía: “Hoy manifiesta públicamente la Diputación zaragozana que el novelista Ramón J. Sender es un ejemplo de aragonesismo, que ése y no otro, pienso yo, es el significado del premio San Jorge que le ha sido otorgado. Todavía hace tres años, proclamar esta misma afirmación -por demás notoria- puso en grave riesgo la permanencia en su cargo de un alcalde y nos ocasionó a algunos amigos no leves quebraderos de cabeza”. También dio una conferencia en Huesca. En el Hogar Cultural Genaro Poza dijo: “El altoragonés es alguien y llevamos fama de ser brutos, pero esto no es ningún deshonor, a la gente le gusta la nobleza, la verdad. Les voy a dar unos consejos: vayan a la montaña oscense, lean literatura altoaragonesa y liberalicémonos dentro de una paz y armonía, y esto es, señores, todo lo que tengo que decirles a ustedes”. El segundo viaje Ramón José Sender volvió a Zaragoza a finales de mayo de 1976. Se hospedó en el hotel Corona, y venía con una pierna quebrada. Había tenido un encontronazo con Camilo José Cela. Alfonso Zapater recuerda que Sender le dijo “que fue una discusión política. Yo le reproché que no entendía cómo se había enriquecido tanto durante el franquismo y aquello acabó en un empujón”. Alfonso Zapater dice que “Cela me dijo que había sido porque Sender se había propasado con Rosario Conde, su mujer”. El momento más emotivo de su regreso hay que buscarlo en su viaje a Chalamera, el domingo 30 de mayo. Vio su partida de nacimiento, besó una colcha que había hecho su madre, recibió el cariño de sus paisanos y escuchó, casi siempre al borde de las lágrimas, un recital de jota. Los escritores Ana María Navales y Gabriel García-Badell, distinguido con el premio Sender, estuvieron en aquel acto, como lo estuvo Miguel París. Antes del viaje, Juan Domínguez entrevistaba al autor en albornoz antes de partir hacia su pueblo, y éste le decía: “No soy republicano ni monárquico. Sólo un hombre que escribe lo que siente y lo que piensa. Pero me gusta ver que hay paz y, en refrendo de la paz, una tendencia justiciera a favor de los humildes”. *Ramón José Sender acaba de bajar del avión "Navarra" en compañía de Luz Campana de Watts. Este texto, acompañado de un reportaje de Miguel París, apareció el pasado domingo en el suplemento "HOy Domingo" que coordinan Sergio del Molino y Victoria Martínez. [Estuve el pasado lunes, uno de mayo, en Tauste, donde tengo muchos amigos: Chusé Inazio Nabarro, Mari Sancho, que hizo una presentación preciosa, tan bonita que necesitaría yo dos vidas para ser la personaj que ella dijo que soy, Marisol Giménez, y otros muchos amigos que hice el otro día. Me gustó la Feria del Libro, me gustó el cuidado pregón de Alicia Puértolas, una niña de trece años que sabe dialogar muy bien, y me gustaron especialmente proyectos que desarrollan desde la Asociación Cultural El Patiar y desde el colegio. El trabajo que hacen gentes como Enrique Galé, Vicente Sánchez, Pilar Fresco, etc., es estupendo. Me gustó mucho un proyecto escolar, el de "Las maletas viajeras", que me ha remitido con absoluta gentileza Javier Núñez, profesor y concejal de Tauste. Lo cuelgo aquí porque no sabría explicarlo mejor. En el colegio por cierto hacen cuentos todos los años, rinden homenaje a Valentina Ventura, y participa todo el mundo. Mil gracias, amigos.] Un proyecto para promover la lectura en familia: [No es que copie a Víctor Juan, que sería legítimo: es un maestro de maestros. Entro en su página y encuentro este texto de Mariano Gistaín, del que no me acordaba. Lo publicó en el años 2002. Hubo una época de mi vida que a Mariano lo veía casi todos los días. En realidad, lo veía todos los días: un día había escuchado el nuevo disco de Labordeta en un taxi, otro día había sido el testigo de excepción de una historia de amor y desamor entre ancianos, otro día había ido a oír la música contemporánea de Carlos Satué, otro día se había ido a Monteagudo del Castillo con un fotógrafo llamado Fredik Laurin, otro día había decidido quedarse en casa con sus lápices negros o se había ido a pasear por la ciudad en su Morris MG.Los textos de Mariano siempre son distintos. Copio este aquí porque el otro día entré en la biblioteca de Tauste y me pareció una biblioteca habitada, ese lugar del que cualquier niño se siente cómplice y orgulloso. Era un refugio, una casa encantada, el lugar de la aventura, un bosque para soñar y oír la melodía de vientos, los árboles, los pájaros y los monstruos de la imaginación. Aquí cuelgo este bellísimo texto de Mariano Gistaín, que me ha regalado la mesa de durísimo pino donde trabajo, donde escribo a las 2.25 de la madrugada.] BIBLIOTECAS A MANO Por Mariano Gistaín. Autor de "El polvo del siglo", "La mala conciencia" y "La vida 2.0". De todas las carencias que afligen a los niños, quizá la más penosa sea la falta de una biblioteca cerca de casa. Un lugar ajeno a las inclemencias del tiempo, blindado contra el ruido, la urgencia y la familia, con una mesa y una silla para sentarse. Un lugar común para poder estar en paz, mirar a los demás, enredar un poco, hacer garabatos, enamorarse y tal vez leer. Mirar cromos, hojear estampas, dejarse tentar por los cuentos, navegar y sentir la protección también física que proporcionan los libros, doble pared para aislarse del mundo, escondrijo de piratas, monstruos de siete cabezas, poemas, sueños, pesadillas y dragones con princesas. El lugar donde no hay que hacer nada, el lugar sin límites. El lugar para imaginar en paz. El lugar de donde podemos robar libros durante unas horas, probarlos y devolverlos, hasta dar con el que nos está esperando. El niño que tiene cerca de su casa una biblioteca está salvado. El niño que tiene cerca de casa una biblioteca, acaba por entrar. Y si ese niño le pregunta al bibliotecario o a la bibliotecaria, si habla con estas personas, le aconsejarán gratis sobre las recetas infalibles de la felicidad: las fórmulas mágicas para tener muchas vidas en una... durante toda la vida. Que no haya ningún niño sin una biblioteca cerca de casa. Mariano Gistaín en Texto casi Diario, 15 de abril de 2002 *Mágica foto de "Laura" de Otto Preminger con la bellísima Gene Tierney y Dana Andrews. Coloco aquí esta foto por su atmósfera de cuento con aparecida. "Laura" es una de mis cinco películas preferidas, quizá con "El hombre tranquilo", "El apartamento", "Elbazarde las sorpresas" y "Encadenados". O "El hombre que mató a Liberty Valance" o "El camino a casa"... Gene Tierney nació en 1920m y murió en 1991. trabajó con directores tan importantes como Fritz Lang, Josef von Sternberg, Otto Preminger y Ernst Lubitsch. He aquí a la actriz más radiante que nunca. No soy un experto en el cine de Roberto Rossellini (1906-1967), pero conservo en mi retina imágenes de sus películas: de “Roma, citta aperta” (1946), con aquella Anna Magnani desesperada, doblemente desesperada: en el cine y en la vida porque Roberto estaba a punto de dejarla a merced de su temperamento dramático y de su desgarro. La dejaba porque una de las mujeres más bellas del cine le acababa de remitir un mensaje inequívoco: “Te amo”. Eso sí, por aquello de los anacronismos, lo amaba tras haber visto esa película con la indómita Anna Magnani. Conservo imágenes de “Alemania año cero” (1947): he visto esa película hace muy poco y me pareció un documento estremecedor de las ruinas apocalípticas de Berlín y sobre la vida de unos jóvenes sin amparo y casi sin otro destino que el horror cotidiano y el suicidio. Toda la película tiene algo de fantasmagoría, de viaje por un paisaje de pesadilla. No conozco a Roberto Abizanda. Creo que alguien me dijo una vez: “Míralo, ese chico es el genio que ha hecho posible que escribas tanto en tu blog”. Siempre me habían hablado maravillas de él, como de Rubén Cárdenas, de Quique Radigales o de Alex Dantart, al que entrevisté una vez sobre los misterios de internet. Hace exactamente ahora dos años, en los V Encuentros Literarios de Albarracín, Mariano Gistaín casi jugando me abrió un blog. Desde entonces prácticamente he escrito todos los días, y padezco auténtica adicción. El blog es como un jardín donde paseo, donde me extravío, donde me enfrento a la necesidad de contarme y de contarme el mundo; es el lugar adonde acudo cuando la ansiedad me vence, cuando el desespero me dicta sus cuentos de medianoche y de las sombras; es la ventana que abro cuando quiero saludar a alguien que pasa. Hace dos días que el sistema está en pruebas o en reparación, en parón técnico, y la verdad es que echo de menos el blog: anoche llegué a casa y escribí un texto sobre Roberto Rossellini, y sobre Ingrid Bergman y la furia volcánica de Anna Magnani. Pero no lo he podido colgar. Ni tampoco nuevas fotografías de Gene Tierney o de Jesse A. Fernández, el gran fotógrafo y pintor habanero, de origen español, cuyo maravilloso catálogo acabo de comprar por doce euros. Antes valía 50. No conozco apenas a Roberto Abizanda, ni siquiera he visitado su magnífico blog, como tampoco visito mucho el de mi admirado Javier Torres, porque ambos cuentan cosas tecnológicas que no entiendo. Ahí, en sus mundos, me siento un intruso tonto. Me gusta saber que andan por aquí, que crean sin parar, que cuentan historias a su modo, historias del recalentamiento sigiloso de los bits o como se diga ahora, historias para vivir mejor y con mejor economía en este planeta virtual donde la limitación apenas existe. Creo que fue Mariano Gistaín quien dijo aquello de que los bits se recalientan mientras el aparato está apagado. Se recalientan y sueñan. En estos circuitos bien se ve que existe un lenguaje soterrado, un cierzo ideal de sonidos y vendavales, almas a la derivas, palabras que exigen que se les despierte el ánima. Han pasado dos años. Y en este blog milagroso de Roberto Abizanda está mi vida: apenas he escrito nada que no esté aquí, la novela en marcha de mi existencia está ahí, apretujada e intensa, más de 3.000 folios, ese salón privado y público de los pasos perdidos. Veo a los novelistas y siento una envidia infinita, tengo envidia cariñosa de Víctor Juan Borroy que ha terminado dos novelas en dos años y que están ahí, a la espera de un editor. Yo me haría, o quizá me haga editor antes de un par de años, para publicarlo. Quizá por ello, porque Roberto Abizanda ha sido mi editor sin saber nada el uno del otro, y de otros mis de colegas, celebro estos dos años. Es posible que ya no vuelva a escribir más ficción y que ya me conforme con escribir sólo aquí, en este dominio de blogia, donde me siento protegido, tranquilo, como en casa y a recaudo de cualquier tempestad. Los escritores siempre soñamos con un editor que confíe en nosotros, sin aspavientos, sin afectación y sus largos silencios, aunque no pierda el tiempo leyéndonos. Roberto Abizanda ha sido ese hombre, ese mago, ese amigo al que no conoces: ni él quiere conocerte ni tú te obsesionas en conocerlo. Así son los amigos invisibles. Desde aquí, desde una habitación de su inmensa casa con vistas a la tierra entera, le envío un abrazo y le testimonio de nuevo mi gratitud. Gracias. Gracias, Roberto Abizanda. *Cuelgo aquí esta preciosa y sugerente foto de Mary Ellen Mark, otra de mis fotógrafas favoritas, que parece seguir la estela de Lissette Model y Diane Arbus. Aquí, la instantánea evoca una suerte de felicidad. (CUENTO PARA EDUARDO LABORDA, REALIZADOR DE CINE, COLECCIONISTA Y, SOBRE TODO, PINTOR) Quienes me conocen ya lo saben: nada me es ajeno. A nada le hago ascos. Soy capaz de recorrer medio mundo por un cuadro, por una postal antigua, por un dibujo, por una vasija de cerámica. Soy capaz de recorrer el otro medio para oír una historia bonita, para escuchar la melodía del viento de Tebas en la atardecida. No sé muy bien cuál es mi oficio: podría decir que soy pintor, cineasta, apasionado del arte ajeno o un paseante de mi ciudad. Podría decir que soy el centinela de los objetos de mi casa, que tiene algo de morada de los dioses, de laberinto de secretos y bestias y trazos. Podría decir que soy un coleccionista de todo lo que se esfuma y pierde actualidad y uso: miro hacia atrás y recojo los fragmentos y los despojos del ayer, y a la vez avanzo. Soy melancólico, pero jamás me extravío a la deriva en el océano del pasado, aunque haya cosas, sucesos y personas que están en mi memoria y me conforman. Te hacen ser como eres. Y a mí me ayudó a ser así mi madre, en primer lugar. Era una de esas criaturas enigmáticas que me protegía de la incertidumbre. Estaba ahí, me enseñaba sin que yo me diese cuenta, me envolvía con su aureola y con sus brazos. Y con una sonrisa que jamás había sido trabajada ante un espejo: era la espontánea risa del ángel tutelar que no malgasta su tiempo en artificios. También fue determinante, de otro modo, una postal que me llegó de París: en el otoño de 1978 exactamente recibí una reproducción de “Edipo y la esfinge” de Gustave Moreau, un pintor que siempre me ha parecido entre simbolista y enfermizo, una obra datada en 1864. Fue un regalo inesperado que me remitió una antigua novia, con un texto que me perturbó: “Dudo de que seas capaz de querer a otra mujer que a tu madre”, decía la primera frase; y en la segunda ponía: “¿Cuál es la criatura que anda primero con cuatro patas, luego con dos y después con tres, y que se vuelve más frágil a casa paso?”. Al principio, me enojó la postal. Estuve a punto de hacer algo que no he hecho jamás con una reproducción artística: romperla y arrojarla a la chimenea. Pero pensé que sería un sacrilegio: era de Gustave Moreau, nada menos, era de la única novia que había tenido, estaba mi madre, estaba la esfinge y Edipo, y la adivinanza que medió entre ellos y que selló su destino. Aquella postal empezó a perturbarme y, con el paso de los días, se convirtió en una obsesión desapacible. Repasé mi truncada historia de amor con aquella novia e inicié un diario literario y gráfico que se tituló, con alguna ironía, “A mi madre”. Escribía recuerdos de familia, notas de nuestra relación y de nuestros viajes, y a la vez hacía pequeños dibujos a lápiz, que derivaron hacia la acuarela. Como algo espontáneo, irrumpió la esfinge: primero como una descarada copia de la obra de Gustave Moreau; realicé innumerables detalles de la cabeza, del rostro, de los opulentos pechos, de las alas, del cuerpo de leona indómita. Más tarde empecé a pintar a Edipo, y le suministré mis rasgos. En la página 113 del diario “A mi madre”, escribí bajo la carnosa figura del joven: “Yo también pude ser Edipo”. La verdad es que no sabía muy bien hacia dónde iba. Desconocía el sentido de aquel diario, la violenta porfía que me agitaba interiormente. Leí diccionarios de mitología y de símbolos, clásicos griegos, leí manuales sobre la historia de la Antigüedad, y más o menos redacté algo semejante a lo que sigue: la esfinge, en la antigua Grecia de dioses caprichosos y promiscuos, era una especie de monstruo femenino con rostro y exuberantes senos de mujer, cuerpo y patas de leona, y alas que recordaban a un ave de rapiña. Su origen resultaba incierto. Algunos decían que era hija de Equidna, una víbora con cuerpo femenino y cola de serpiente; otros que era hija de Ortro, el ominoso perro de varias cabezas de Geriones, o de Tifón, el pequeño vástago de Gea y Tártaro. Aún había quienes, para rizar el rizo de su génesis, sostuvieron que la esfinge era hija de Layo, rey de Tebas y padre a su vez de Edipo, futuro monarca. La diosa Hera envió a la esfinge a Tebas con la encomienda de que castigase a la ciudad por la pasión homosexual que sentía Layo hacia el joven Crisipo. La esfinge, fuerte, segura de sí misma y perfectamente preparada para aniquilar, buscó acomodo en una de las montañas del oeste, se afianzó allí como una presencia espantosa y se dedicó a atormentar al reino con la desaparición de viajeros, soldados, mercaderes. Antes de devorarlos, les proponía distintos enigmas, pero el más frecuente era el mismo que me había formulado mi ex novia en su carta: “¿Cuál es la criatura que anda primero con cuatro patas, luego con dos y después con tres, y que se vuelve más frágil a casa paso?”. Nadie lo sabía, y era víctima de la mujer leona, que se daba auténticos festines. Al cabo de un tiempo acertó a pasar por allí el joven y aguerrido Edipo que huía de un crimen: no hacía mucho tiempo se había encontrado con el rey Layo, discutieron, se batieron en duelo y el joven le dio muerte sin saber que era el monarca de Tebas y su propio progenitor. El oráculo de Delfos le había anunciado que mataría a su padre y que se casaría con su madre y él, que pensaba que lo eran quienes lo habían cuidado y educado en Corinto, partió muy lejos. La esfinge lo detuvo y lo sometió a la prueba con su eterna pregunta. Edipo le respondió: “Es el hombre. Gatea cuando es niño, camina erguido y seguro de sus huellas cuando es joven, y se acompaña de bastón cuando es viejo”. La esfinge se quedó contrariada, y le formuló una segunda pregunta: “Existen dos hermanas, y una de ellas engendra a la otra, y ésta a su vez engendra a la primera”. Edipo, audaz y brillante, se mesó la barbilla, vislumbró el abismo interminable que se abría bajo sus pies y contestó: “El día y la noche”. En griego, el día también es femenino. La esfinge no salía de su asombro y, en un arrebato de contrariedad, no se le ocurrió otra cosa que arrojarse al precipicio desde lo alto de la montaña. Aquel suicidio dio la vuelta a la región (alguien ha escrito que, en realidad, el joven alanceó mortalmente al monstruo) y Edipo fue saludado como un libertador, como un héroe, como el esperado. Lo invitaron a que se casase con la reina Yocasta, aunque no sabía que era su madre. Tuvieron cuatro hijos. A medida que transcurrió el tiempo, el héroe descubriría que Layo era su padre, y Yocasta también sabría que Edipo era su hijo. La desgracia acabaría ensañándose con los dos: Yocasta puso abrupto término a sus días acuciada por la mala conciencia, y Edipo, conmovido y arrepentido, se arrancó los ojos y repudió para siempre la corona de Tebas. Como un ciego errante, se echó a la soledad de los caminos calzado con polvo de su propio pie. La verdad es que toda aquella historia me pareció demasiado terrible. Como un pozo continuo de adversidades y de fatalidad sangrienta. Pero aquel relato me atrapó por completo y decidí enfrentarme a mi propia idea de la esfinge. Quizá nunca haya estado tan inspirado como entonces. Me pareció estar en un trance continuo, al borde del éxtasis mismo. Poseído. No recuerdo cuánto tiempo empleé en mis series pictóricas sobre la esfinge, que no es griega ni egipcia, sino que es intemporal y a la vez contemporánea. En mis lienzos, la instalé en mi propia ciudad, me pareció verla en un atardecer de magnífica luz de nardo, sobre un edificio, oteando el horizonte de oro. Casi siempre tiene un rictus severo, un hieratismo perturbador, acaso un extrañamiento ante las cosas de su entorno. Y quizá lo más doloroso de este trabajo haya sido esa estampa en que se ve a la esfinge, tendida y destrozada, a los pies del faro: ahí estaba la consumación del destino cruel, ahí estaba esa estampa inolvidable de la criatura vencida, mientras las olas arañan el cantil. Mi madre dejó de acudir a mi estudio. Me dijo que todo le parecía demasiado teatral y dramático. Recuerdo ahora que utilizó otros adjetivos: “Has construido un hermoso mundo poético, pero para mí es insoportable”. Una semana más tarde, llamó a la puerta mi ex novia, ahora ya puedo decir su nombre: Elisa Serena. “La vida es corta y nuestro amor demasiado apasionado. No perdamos ni un minuto más”, me rogó. Nos casamos a los pocos meses. Si queréis saber cómo es no tenéis más que mirar mis cuadros. *Este texto figura en el libro-catálogo que acaban de publicar Cajalón y Aqua: "Eduardo Laborda. Simbolismo barroco". La foto corresponde al diario "20 minutos", que dirige José Joaquín Berdún. "El móvil maleduca a tus jefes y a tus clientes" FERNANDO GARCÍA EL PAÍS - 04-05-2006 Respuesta. Un mediador de contenidos que acabarán difundiéndose en la Red. P. ¿Pasa mucho tiempo escribiendo en sus páginas? R. De forma regular, no, pero a veces me da un pronto y puedo estar un día entero escribiendo. P. ¿Utiliza ordenador de sobremesa o portátil? R. Los dos: uno al lado del otro, y haciendo cosas distintas en cada uno: puedo acabar una jornada de trabajo con 20 ventanas abiertas. P. ¿Cuántas veces al día mira el correo electrónico? R. Lo puedo comprobar cuatro o cinco veces a la hora. P. ¿Cuál es el último chisme tecnológico que se ha regalado? R. Una cámara de ocho megapíxeles: cada vez imprimo más fotos, y necesito gran tamaño. P. ¿Qué imagen ha colocado en el escritorio del ordenador? R. Uno de los timbres de mi colección de Umbrales. P. ¿Qué tipo de relación mantiene con el teléfono móvil? R. Salvo en caso de urgencias familiares, no uso móvil. Tengo un pin que me permite llamar desde cualquier cabina. P. ¿No lo emplea porque es caro o porque no lo necesita? R. Cuando viajo, llamo dos o tres veces al día a mi estudio, o miro el correo: es suficiente. El móvil extiende tu jornada laboral más allá de lo que querrías, y educa muy mal a tus clientes o jefes: piensan que tienes que estar siempre disponible. P. ¿Me recomienda alguna página de Internet? R. La de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: ¡qué placer acceder a tantas obras! P. ¿Cuál es el mayor disgusto que le ha dado la tecnología? R. A los fabricantes les importa bien poco el consumidor: te compras un ordenador nuevo y tienes que estar una semana reinstalando programas porque a nadie se le ha ocurrido poner una función de trasvase: ¡es prehistórico! P. ¿Viaja con el portátil? R. Jamás, salvo que me vaya un mes a un sitio fijo. Y para las necesidades, me encantan los cibercafés: los he frecuentado en todo el mundo. *Esta entrevista apareció en "El País" del jueves, en su sección fija de cada jueves. Llevo varios días pensando en escribir un artículo sobre mi madre. Sobre las madres del mundo. Quizá la historia más bella que me ocurrió con ella, y son miles, siempre resulta para mí conmovedora. Me fui de mi casa a los 18 años, casi 19. Me fui porque necesitaba huir y encontrar un acomodo en el mundo. Había acumulado contradicciones íntimas durante un tiempo, había vivido con ansiedad y angustia, había querido ser escritor y amante de una muchacha que vestía una preciosa falda de tubo a orillas de la ría de El Burgo, y, sobre todo, me agobiaba la idea de hacer el servicio militar. La chica, que se llamaba Begoña y era dulce como la diosa inicial y demasiado humana que sueñas para salir a la calle, jamás me hizo ningún caso. Por todo eso, porque no me soportaba a mí mismo, vine a Zaragoza. Por eso me marché de mi casa. Mi madre había vivido mis desórdenes adolescentes con dolor. No sabía qué me pasaba, pero lo adivinaba todo con ese octavo sentido de madre que entiende el mundo por el soplo del aire y por el color de la pielque usas desde el alba. Me había llevado al psiquiatra en vano, había intentado retenerme en Arteixo con su mirada líquida, asomada siempre al abismo de las lágrimas, asomada siempre a la impotencia del estupor. Me fui de casa, me vine a Zaragoza, empecé de cero sin saber hacer nada: derribos, vendimias, trabajo en la naranja, peonadas aquí y allá, mucho hambre, de casa en casa y casi siempre de prestado, hasta que apareció otra madre, Carmen, Carmen Gascón, la madre de mis cinco hijos, y la vida pareció adquirir un nuevo sentido, otra armonía. Mientras, mi madre, que es muy religiosa, hizo una promesa a Nuestra Señora de los Milagros, el santuario de Caión, el santuario hechizado que antaño fue objeto de veneración por los balleneros y otros peregrinos de la Costa de la Muerte. La promesa consistía en que ella iría de rodillas, sobre la calzada, repleta de vaivenes, de montículos y descensos, repleta de cortantes guijas, si su Dios lograba que yo me repusiera. Y eso hizo: se destrozó las rodillas, sufrió un calvario de cariño por el hijo descarriado. En ese tránsito, mi madre contempló los pinares, los acantilados, los fondos marinos, absorbió los olores de la selva, los olores de la selva y del monte que yo respiré de niño junto a ella; en ese paseo de 11 kilómetros absorbió los celajes de luz medida y marina. Cuando pienso en ese gesto casi sobrehumano me echo a llorar. Lo pienso, lo imagino, y no soy capaz de creérmelo. Me parece que es una fábula que me cuento, me parece que es una mentira que me digo para convencerme de que mi madre piensa en mí como yo pienso en ella ahora y casi siempre. En éste que es su día y el todos los días de mi vida. *La foto no es de mi madre -Carmen Castro Barreiro, Carme de Castro alláe n Galicia-, sino de la gran fotógrafa norteamericana Dorothea Lange, tomada en 1936. Encarna para mí la maternidad en su estado más bello de pureza. Hoy he entrevistado a un tipo extraordinario, Víctor, que era marino en el petrolero Urquiola que explotó en A Coruña hace casi 30 años. Antes de llegar al puerto, sólo pensaba en una cosa: tras 68 días de navegación ininterrumpida, sólo deseaba encontrarse con una joven madrileña que le parecía tan guapa como Rita Hayworth. Encuentro esta foto tan marina, tan sugerente, y la pongo aquí para los admiradores de esta magnífica actriz, cosida aquí al timón de la vida. Imagen de la Casa de la Julianeta en Albarracín donde comienzan mañana los VII Encuentros Literarios de Albarracín. Por la mañana habra talleres para niños con Carlos Roldán, Javier Torres, Elisa Arguilé, Fernando Lasheras, Enrique Villagrasa, Alberto Gámez, Pilar Tena, Javier Solchaga y José Antonio Melendo. Por la tarde, Carlos Roldán impartirá una lección de música para adultos: "Cómo aprender música de forma divertida en una hora". Y a las 19.00 Antonio Pérez Lasheras hablará de las ediciones universitarias;, y Rosa Tabernero, hacia las 20.15, sobre la edición infantil y juvenil en España. Se puede asistir libremente. -El martes, en el palacio de Montemuzo, se inaugura una exposición antológica suya. Le han llamado “El reportero cómplice”. ¿Qué le parece? -Precioso. He intentado serlo. 2 Antonio Calvo Pedrós vivía a orillas del río Ebro. A los quince años ingresó como ayudante de fotografía en Casa Chóliz, atendía los pedidos de Aurelio Grasa y casi a la par se le descubrió una hepatitis crónica. El doctor Olivares le daba un consejo que venía en los manuales de Medicina: “Acérquese hasta el Ebro y mire cómo corre el agua. Eso le aliviará”. Más tarde ingresó en el estudio de Jalón Ángel, que le enviaría a París para que aprendiese fotografía eléctrica y al que acompañaba a El Pardo para retratar a Franco. Ya entonces había observado Antonio que el fútbol base estaba muy abandonado, que apenas había reporteros gráficos que perdiesen en tiempo en esos barrizales o en esos partidos épicos de las categorías inferiores. El momento mágico de esa difusión llegó con la sección “Desfile de clubs” que hacía en la contraportada de “Oriéntese”. Cada vez que pisaba un campo, con su cuerpo menudo, sus pesadas cámaras y su ojo centinela, se producía una gran alegría: tarde o temprano, ese equipo aparecía con su presidente, su entrenador y su plantilla al completo en las páginas de la revista. Era la fiesta de los humildes. El fútbol se convirtió en la pasión de su vida. Inauguró su propio estudio propio y colaboró con todos los medios aragoneses. Hace algo más de 30 años se convirtió en el fotógrafo oficial del Real Zaragoza. Su carrera empezó con el esplendor de “Los Magníficos”. Su cámara ha captado a una patrulla de futbolistas de leyenda: Lapetra y Violeta, que le han dejado una huella imborrable, pero también Nino Arrúa, Carlos Diarte, García Castany, Barbas. En realidad, a todos: los artistas, los fajadores, los buenos profesionales, la rabiosa fe del zaragocismo. Entre los miles y miles de instantáneas que conserva, siempre recordará las que le hizo a Edson Arantes do Nascimento, Pelé, “humilde, sencillo y amable” en aquella noche épica en que Iselín Santos Ovejero derribó el travesaño. Calvo Pedrós, zaragocista hasta la médula, siempre recordará el mayor momento de felicidad de su carrera: aquel diez de mayo en que los aragoneses tomaron París, primero en las calles, y luego en el estadio ante el Arsenal en la noche inolvidable en que Nayim soñó el gol del siglo. Aquel día, suele decir, Aragón conquistó París. Ahora, Calvo Pedrós reposa y ordena sus archivos de todo: de fútbol, de calles, de toreros, de futbolistas, del Plata, del Tubo, del Oasis, de actores y actrices. Ha sido el reportero cómplice, bondadoso, que jamás robó una foto, y que nos enseñó a todos a mirar el deporte como un bien necesario, como una forma de convivencia y de belleza. 3 *En este momento, la 1.28 de la mañana, no puedo escribir nada. Mañana a las siete de la mañana salgo hacia Albarracín, pero cuelgo aquí esta entrevista con Antonio porque siempre me pareció conmovedora y entrañable. Él era un hombre bueno y entrañable. Y también cuelgo otros dos textos. Desde aquí le envío un infinito abrazo a su mujer Rosa y a toda su familia, que en el fondo lo éramos casi todos. Adiós, Antonio. La foto es de Fernando García Mongay y está tomada en la calle Cádiz. En el bar Trafalgar, Antonio Calvo Pedrós formaba la tertulia de "Los Magníficos". Con frecuencia aparecen libros en mis sueños. En ocasiones se asemejan a nenúfares iridiscentes, cajas de cartón, calcetines y otras cosas. A veces adquieren incluso la forma de un libro. Dentro de esta última categoría puedo dividir por tamaños (diminutos, medianos y enormes como panteras), por colores (rojos, color albaricoque, color azul mosca e invisibles) y también por el contenido (cuentos, teatro, conjuros, poesía, técnicos sobre ciencias imposibles y sobre la doma del escorpión). Una vez leí en sueños un libro en cuya portada rezaba Así cuece a un hombre. El grupo de relatos en el que entonces trabajaba se publicó bajo semejante título, para desesperación de no sé qué crítico. Claro está, el libro de mi sueño era muy superior al que luego apareció con mi nombre. Sea por agotamiento o por pereza el caso es que me he pasado el fin de semana durmiendo y, en concreto, soñando con una sorprendente reunión de apasionados lectores en la localidad turolense de Albarracín. Todavía no entiendo cómo mi impenitente inconsciente atávico me ha llevado hasta un lugar que nunca había visitado. Durante una parte de la ensoñación me he descubierto hablando sobre poesía y otros enseres frente a unos rostros atentos y, de cuando en cuando, sonrientes. No sé cómo pasaba de golpe al grupo de los espectadores y presenciaba la aparición mágica de millones de libros en el que un feto hablaba por boca de Daniel Gascón como jamás ningún otro feto lo había hecho antes. Aquellos ejemplares se retorcían como serpientes cuadradas, otros parecían ascender a los cielos como la escalera de Jacob, aunque los que tenían forma de acordeón superaban a los demás en número. De pronto me encontraba frente a Silvia Meucci (responsable de la Editorial Siruela) y Jaume Vallcorba (responsable de la editorial El Acantilado). Ambos hablaban desplegando entusiasmo, pasión y amor por los libros, por la letra impresa y por el olor a nuevo (con independencia de la fecha de nacimiento del autor) de las buenas publicaciones recién paridas. Resulta curioso que sueñe con personas a las que no conozco. Pero todavía me desconcierta más la sensación de familiaridad que desde entonces me provocan sus nombres. En un momento de la ensoñación se produjo un misterioso interludio. El entorno se tornó nebuloso y los personajes que me rodeaban adquirían cierto aroma de nocturnidad. Entonces ocurrió la experiencia más extraña. Una hermosa muchacha aparecía de la nada y me hablaba de perseguir a Milan Kundera por una plaza de París. Ella aseguraba que lo aguardaba, como un cazador despreocupado y delirante, tarde tras tarde. La historia me inquietó. Hasta aquel momento me creía dentro de la realidad, pero semejante parlamento me indujo a pensar que soñaba. Justo entonces surgió Rada, traductora de búlgaro, el diseñador Fernando Lasheras, el editor de MenosCuarto José Ángel Zapatero, Marta, traductora húngara, Malcolm Otero, nieto de Carlos Barral, el siempre afable Pepito, librero de Antígona, seguido por el periodista y escritor Antón Castro... Y aquella joven me hablaba de un teatro imposible, un teatro de la memoria, un teatro lindante con la eternidad. En efecto aquella tenía que ser un sueño. Entonces alguien abrió de par en par, como una ventana que bostezara en el centro del pecho de un gigante, un enorme libro del que saltaron los propietarios de la librería Los portadores de sueños... y de golpe y porrazo abrí los ojos en el salón de mi casa. (Los VII encuentros de Albarracín han tenido lugar del 11 al 14 de mayo del 2006 en la Fundación Santa María dirigidos por Antón Castro.) *El editor y escritor y dibujante Raúl Herrero publica este texto sobre los "VII Encuentros Literarios de Albarracín" en su blog. Cuelgo aquí este texto y os remito a su espléndido blog: raulherrero@blogia.com Tuve un amigo que fue novio de Leonor Watling. Cuando rompieron su relación, mi amigo se encontraba destrozado. Entonces, se me ocurrió brindarle un consuelo: él había perdido una mujer maravillosa pero nunca tenía que olvidar lo inmensamente afortunado que había sido por haberla disfrutado. Siguiendo de cerca ese espíritu, los forofos hemos convocado esta noche una fiesta en el bar. Víctor se despide como entrenador del Zaragoza y nosotros, en lugar de lamentarlo, hemos decidido celebrar lo privilegiados que hemos sido por haberlo tenido. Dios mío, no queremos ni pensar qué hubiera ocurrido si, en aquel enero de 2004, Miguel Pardeza se hubiera inclinado por otro entrenador cualquiera. No creo que hoy fuéramos a festejar nada. Víctor es una de nuestras grandes debilidades. No sólo por su indiscutible categoría o por el hecho de ser la personalidad futbolística más poderosa que nunca haya nacido en Aragón o por las insospechadas alegrías que el equipo nos ha dado mientras él ha estado. Víctor es nuestra debilidad porque sabemos hasta qué punto su integridad, su honestidad y su limpieza moral son unos auténticos lujos, unas verdaderas rarezas. En un mundo tan contaminado, rancio, corrupto, manipulado, falso, traidor, retorcido y plagado de cafres como el del fútbol, encontrar a alguien como Víctor ha sido una de las experiencias más reconfortantes y esperanzadoras de nuestra vida de forofos. Víctor, maño, siempre te esperaremos. Siempre te querremos. Poco después de dejar la escuela, animada por su hijo José Manuel, y sumida en la ausencia de Manuel Ontañón, su marido, María Sánchez Arbós comenzó a revisar y a seleccionar las notas que había tomado en un cuaderno que la acompañaba desde que empezó a ejercer como maestra. Con aquel material podía componer un libro sencillo y transparente, que recogiera su manera de entender la escuela, sus preocupaciones, sus afanes y sus dudas. Como en aquella época en España nada era fácil, el libro se editaría en México. Según reza el colofón, Mi diario se terminó de imprimir el 8 de marzo de 1961 en la tipográfica Mercantil de la calle de San Ildefonso de la ciudad de México DF. Sólo se hicieron 100 ejemplares que María Sánchez Arbós numeró y dedicó cuidadosamente. Ella valoró siempre los detalles sutiles y delicados que diferencian a una maestra de otra, a una escuela del resto de las escuelas. Mi diario era un regalo para sus amigos más próximos y para sus familiares, un regalo para sí misma porque al recorrer sus páginas volvía a sentir la emoción que palpitaba en la escuela cuando ante las niñas, sentada en la mesa de la maestra, escribía en su cuaderno unas líneas que le recordaran sus sentimientos y sus sensaciones. Palabras que nos hablan de educación, de amor por la enseñanza, de sus ilusiones, de sus empeños y de sus frustraciones, de alegrías y sinsabores y, en definitiva, palabras que nos muestran su pasión por la escuela y por la educación. Ahora, cuarenta y cinco años después, este libro es también un regalo para todos nosotros. Cuando terminó de seleccionar los fragmentos que compondrían Mi diario, decidió incluir una serie de reflexiones personales sobre los problemas que le había sugerido su trabajo, sus inquietudes y sus proyectos, creyendo que quizá pudieran ser útiles para otras personas preocupadas por la educación. Estos textos formaban la segunda parte de Mi diario titulada “Los problemas de la escuela”, una colección de artículos publicados durante la II República, entre 1932 y 1936, en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Estos veintidós artículos constituyen la ampliación de la segunda edición de Mi diario que ahora se presenta, respecto a la que la Consejería de Educación Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón hizo en junio de 2000. En ellos, María Sánchez Arbós proyecta su mirada sobre la escuela, su mirada de maestra preocupada por los niños, por el acceso a la cultura y por mejorar la sociedad. Sólo una maestra podía escribir sobre la necesidad de conquistar al niño, sobre el respeto que el niño merece, sobre el procedimiento para dominar la clase o sobre la importancia de encontrar tiempo para perder el tiempo. Quien ha aprendido a mirar como mira una maestra puede escribir que los niños no vienen a la escuela sólo para aprender a leer sino para aprender a vivir y a formarse una personalidad que todavía no tienen. En estos veinticuatro artículos se resume gran parte del pensamiento pedagógico de María Sánchez Arbós: el concepto de maestro, la manera de entender la infancia, la importancia de la intervención de los padres en la escuela, el sentido de los trabajos manuales, el potencial educativo de la lectura, la promoción de curso, el programa de la escuela rural, la metodología, el horario y la asistencia escolar, la colocación de los niños en el aula, la sesión única, la biblioteca, el juego, la gestión y gobierno de una clase, el arte de perder el tiempo, la conquista del niño o la influencia del maestro. Imagino a esta joven maestra junto al señor Cossío en aquellas tardes de palabras, sueños y confidencias cuando acudía a la Institución Libre de Enseñanza en busca de consuelo, de ánimo o cuando sólo pretendía compartir con él las dudas, el entusiasmo y los momentos de desaliento que se presentaban en su quehacer de maestra. Durante toda su vida María Sánchez Arbós recordó la voz firme y cariñosa de Manuel Bartolomé Cossío cuando le decía: “Alma, alma, María”. María Sánchez Arbós fue una maestra convencida de serlo. Cuando escribió estos textos era la inquieta directora del Grupo Escolar Francisco Giner de Madrid. Poner en funcionamiento esa escuela exigiría de ella una buena dosis de entusiasmo, de tenacidad y de sentido común. En esta escuela cuestionó permanentemente sus ideas sobre la coeducación, los trabajos manuales, la promoción y el agrupamiento de los alumnos, el sentido de los programas escolares, los horarios, la función social de la escuela en una barriada obrera… Los problemas de la escuela que analiza María Sánchez Arbós son, en gran parte, los problemas que nuestra escuela aún tiene planteados. Porque hoy más que nunca precisamos maestros que conozcan a sus alumnos, maestros comprometidos con la enseñanza, maestros que se hagan preguntas, que no se dejen llevar por lo comúnmente aceptado, por la metodología que en cada ocasión esté más de moda. Si algo queda claro con la lectura de Mi diario es la vigencia de las ideas de María Sánchez Arbós, la profundidad de sus argumentos que nos recuerdan los lazos invisibles que terminan uniendo para siempre a los maestros y a los niños, las complicidades que nacen de las palabras pequeñas, frágiles y siempre vivas que dan sentido a las jornadas escolares en la intimidad del aula. Víctor M. Juan Borroy Marzo de 2006 *El Departamento de Educación, Cultura y Deporte ha decidido reeditar "Mi diario" de María Sánchez Arbós, y Víctor Juan Borroy le ha puesto este hermoso delantal a la segunda edición. Al fin y al cabo, Víctor es un entusiasta de esta mujer, le ha dedicado páginas y páginas y ha hablado por aquí y por allá de ella, como de Paco Ponzán o de Palmira Pla, entre otros. Y estamos a punto de recibir una magnífica noticia, si no se ha hecho pública ya, vinculada con Víctor y la educación entre nosotros. No pude ver ayer el Barcelona-Arsenal. Sólo lo oía en el diario como una música de fondo. Christian Peribáñez, nuestro sabio de televisión, anunciaba lo que iba ocurriendo, y entonces te levantabas: la gran jugada de Ronaldinho y el pase definitivo a Eto’o, que acabó con la expulsión de Lehman; el cabezazo imponente de Sol Campbell que ponía el mundo del fútbol patas arriba (en la redacción, hacia la esquina de deportes, sonaron los grandes gritos de júbilo de la noche); los infructuosos ataques del Barcelona. Cada vez me iba poniendo un poco peor. Quería que ganase uno de mis equipos de la niñez; los otros eran, los otros lo son, el Depor y el Real Zaragoza. Y luego los dos grandes momentos: el gol de Eto’o y la resolución definitiva de Belletti, ambos tras servicios limpios de Henrik Larsson. Ya lo he dicho: quería que ganase el Barcelona: creo que lleva tres años realizando un espléndido fútbol y ha encontrado espléndidos jugadores que lo hacen bello, eficaz y a veces mágico. Aunque Ronaldinho encontró un rival de su altura, o quizá superior, en Tierry Henry. Llamé a mi hijo Jorge, que se había puesto la camiseta del Barcelona. “No me molestes. Déjame disfrutar”, me dijo de inmediato. Cuando Koeman marcó en Wembley en 1992 aún no había nacido. Esta mañana se ha ido al colegio con la camiseta blaugrana. Es la pasión. *Ronaldinho, ya campeón, abraza la Copa de la Champions Ligue. “La noche me enamora más que el día, pero mi corazón nunca se sacia”. Canta Amancio Prada en uno de mis discos favoritos ya: “Hasta otro día”, donde el intérprete canta canciones de Chicho Sánchez Ferlosio (1940-2003), que también lo acompaña en varias canciones, en unas auténticamente a dúo, en otras como una segunda voz bien sugerente. En el disco incluso se oyen diálogos entre ambos, y explicaciones de los temas y la estética musical de Chicho, como ocurre en “Pa la sangre”. Diálogos y risas. Amancio recuerda que “algunas de sus canciones se hicieron muy populares en los años sesenta y la gente las cantaba pensando que eran anónimas, ese estado de gracia de una fama superior (…) Él sólo publicó dos elepés, uno en Suecia, de título y fecha inciertos, y otro en España, ‘A contratiempo’, en 1978, ambos descatalogados”. Amancio Prada y Chicho Sánchez Ferlosio se conocieron a finales de los 70 y éste álbum es el homenaje de Prada a su amigo, al que define como el “cantante con más gracia y talento que he conocido”. En este álbum, grabado en 2004, intervienen Luis Delgado, Javier Ruibal, que toca la guitarra flamenca, y el aragonés Pedro Navarrete, acompañante de Prada desde hace años. El disco ha sido editado por la Junta de Castilla y León y el Centro Etnográfico Joaquín Díaz de Valladolid. Uno de mis temas favoritos es todo un autorretrato: “Una cosa hay bien segura // hoy no me levanto yo // tengo sábanas y mantas // buena almohada y buen colchón //tengo tabaco y cerillas // y buena imaginación // y aquí en la cama he llegado // a la clara conclusión // de que pase lo que pase // hoy no me levanto yo”. *Amancio Prada y Chicho Sánchez Ferlosio en Zamora en 1978.Foto de Pablo Solorzabal. Víctor Gracia naufragó en el petrolero Urquiola el 12 de mayo de 1976 en el puerto de A Coruña |