Antón Castro



Temas



Archivos

Enlaces


Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.

01/09/2006

EL AMANTE DE LAS NIEVES Y LOS SARRIOS

20060901200729-gistain04.jpg

La montaña, la fotografía y la caza: Perfil de Lorenzo Almarza

Uno de los proyectos culturales más coherentes de Aragón es el trabajo de la Fototeca de Huesca: recupera fotógrafos, ordena y sistematiza los archivos, los expone y publica catálogos realmente importantes. La última edición de “Signos” fue un magnífico ejemplo. Y ahora, siguiendo la nueva línea de diseño y la labor de fondo, en Benasque se expone la muestra “El valle de Benasque en los años 20” de Lorenzo Almarza (Ezcaray, Rioja, 1887-Zaragoza, 1975), y se ha editado un bello y cuidado catálogo, que prologa Covadonga Martínez. El libro recoge una amplia selección de las 2.677 placas de cristal estereoscópicas y algunos cientos de negativos normales. Como su padre, Lorenzo muy pronto se inclinó hacia el ejército y además estudió Ingeniería. Durante su estancia en la Academia de Guadalajara, hacia 1911, coincidió con el gran fotógrafo navarro José Ortiz de Echagüe: parece fácil deducir que él fue su maestro, que le enseñó las técnicas que tan bien dominaba, aunque el camino de Lorenzo Almarza sería muy diferente, alejado del pictorialismo artístico y etnográfico que practicó Echagüe.

Hacia 1913, Lorenzo Almarza conoció a la zaragozana Carmen Laguna. Se casaron en 1914 y realizaron una completa luna de miel por Francia, Italia y Suiza, países de magníficas montañas y picos. Almarza aprovechó aquel viaje para dar rienda suelta a su gran pasión por la fotografía. Más tarde, estuvo en distintas misiones en el norte de África, en el protectorado español. Lo trasladaron a Zaragoza, a Jaca, a distintos lugares del Altoaragón, donde asumió tareas de control de distintos proyectos. A la par, desarrolló una constante actividad cultural en la Sociedad Fotográfica de Zaragoza, a la que se incorporó en 192, en el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón (SIPA), cuyo lema era “Todo por Aragón y para Aragón”, y en “Montañeros de Aragón”.
En 1915, realizó una visita a Chistaín a la casa de los familiares de su mujer y aquello tuvo el impacto de una revelación: se quedó admirado ante las montañas, la belleza del paisaje, la tersura de los ríos, la huella de los animales, la luz tamizada, los pastores. Y casi a la par nació en él otra afición decisiva: la caza. Los instigadores fueron José Español, de Casa Sort de Anciles, y José Cereza, “Fades”, que sería su cómplice, su explorador y el amigo con quien se atrevería a cruzar peñascos y sendas.

A partir de entonces, Almarza tomó fotos de todo: de las fiestas, de las procesiones, de los bailes, estampas de puentes que se alzan sobre los ríos, pueblos, horizontes arañados por las cúspides. Y además, solía retratarse a sí mismo, o bien con “Fades” o con los grupos que formaba. En el libro hay fotos de su mujer, asomada a un fastuoso precipicio, de niños que anticipan a los que captaría Buñuel en “Las Hurdes. Tierra sin pan”, grupos de montañeses en la nieve. Almarza era un hombre esbelto, casi siempre con lentes redondas, y elegante. Se atrevió a mirar a la cámara con confianza, y con esa confianza captó una forma de vida, un tiempo, una cultura. Sus fotos reflejan una sensible y espontánea artesanía contra la muerte y el olvido.


 

*Este texto aparece hoy, en página 2, en el Heraldo de Huesca. La foto es de Manuel Parrado Segura hasta que pueda reproducir una de Lorenzo Almarza.

01/09/2006 20:07 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

ADIÓS A JOAQUÍN ARANDA, ESCRITOR, EDITOR, CRÍTICO*

20060901214229-luco-20-14-.jpg

La primera vez que oí hablar de la elegancia de Joaquín Aranda fue en un Premio Planeta, a Lola Ester, redactora o subdirectora ya del periódico más o menos rival, si en este oficio plural puede hablarse de algo así: dijo que Aranda la había arropado, recién llegada a las noches del galardón, y que la había presentado a todos como redactora cultura de ese “estupendo periódico que es ‘El Día de Aragón”’. Entonces, para todos Joaquín Aranda era una referencia: como crítico literario, como director de la desaparecida editorial de “HERALDO”, donde publicó a autores como Julián Gállego, Luis Buñuel, José Ramón Arana o Manuel Andújar, entre otros, y también por otro detalle con carácter casi legendario: en las fotos de los años 50, con Borau, con Hemingway, con tantas otras personas ilustres que pasaban por Zaragoza, como Max Aub, por ejemplo, siempre estaban un hombre joven: Joaquín Aranda. Más tarde, como otra leyenda urbana, empezaron a decirme que Joaquín Aranda era como un acostado de fin de semana: “se mete en la cama con un montón de libros, y lee y lee como si estuviese a punto de llegar el fin del mundo”. Un sábado, en la librería Central, me lo presentaron, hablamos de libros. Siempre pensé que lo había encontrado antes de su ritual de lector que se oculta del mundo entre sábanas.         

Cuando llegué a HERALDO, Joaquín Aranda ya se había jubilado, pero pronto establecimos una relación entrañable porque venía todos los días. Joaquín Aranda era lisonjero y cariñoso con los compañeros; con todos tenía un código particular: a Christian Peribáñez lo admiraba y lo llamaba Gunter, por Gunter Grass, por su formación alemana y por su audacia constante. A Rebeca Cartagena le preguntaba siempre por los imaginativos platos que cocinaba para su chico; su pregunta era: “¿Qué le has hecho hoy?”. Y ella, que es una gran cocinera, le dejaba patidifuso con su imaginación, la variedad de sus condimentos y su ausencia de pereza. Tenía debilidad por todas: por Nuria Casas, por Ana Usieto, por Esperanza Pamplona,  la última por incorporarse, por Victoria Martínez, por Elena Gracia, a la que llamaba “nuestra Marilyn”. La lista de anécdotas podía ser interminable, sin duda. Venía del cine, del teatro, de la música clásica o de la danza, y salíamos a conversar al pasillo. Diez minutos, quince, veinte, el tiempo exacto de fumarnos un Marlboro. Siempre estaba leyendo un libro: unas veces releía “Tirant lo Blanco”, otras a Lorenzo Villalonga o a Espriú. O a Carles Riba. Y a Jesús Moncada, me pidió “Camí de sirga” en catalán y me dijo: “Es bueno, pero es un catalán muy difícil para mí”. Pero también a Tolstoi, Dostoievski, autores franceses e ingleses o italianos, Dino Buzzatti, por ejemplo, a los que leía en su lengua original. O Ezra Pound, que se convirtió durante unos meses en su poeta preferido. Dijo: “Estoy haciendo un poema erótico de ocho versos. Llevo varios meses trabajando en ello. Y sólo tengo un verso. Quiero que sea mi obra maestra”.  Aprovechaba para hablar de Juan Ramón Masoliver, de Max Aub, con quien hizo un viaje por Alcañiz y Calanda, de Luis Buñuel, que era pariente suyo y cómplice; lo visitó en México con Agustín Sánchez cuando iban a preparar la edición de "La obra literaria de Luis Buñuel" (Heraldo de Aragón, 1982). Y hablaba de Eduardo Fauquié y de su amigo Manolo Derqui. De Juan Ramón Jiménez, a quien consideraba el mejor poeta español. Su poema favorito era “Espacio”; a Christian Peribáñez le regaló ese libro, recordaba hace un instante. Le encantaba hablar de José Luis Borau, al que había admirado mucho: “¡Quién habla mal de Borau es un cretino! Encarna la bondad”. Pero también hablaba de su padre, médico de pueblo en Luco, y de los años que pasó en el pueblo el pintor Rafael Barradas, que se desposó allí.

Le interesaba todo, y tenía su propio método crítico. Eso, con la música clásica, por ejemplo, siempre andaba con sus diccionarios franceses o ingleses, o las impecables ediciones de Turner. Parecía tener los conceptos claros: si no le gustaba la ciencia ficción, iba y lo decía sin ambages; si le parecía detestable una obra de Víctor Mira, “El cielo de las mujeres”, lo escribía. Y se quedaba tan ancho. Se sentía..., intentaba ser un hombre libre. 

Su pasión eran los libros, los escritores, las anécdotas literarias. Siempre tenía varios volúmenes abiertos, era de las personas que iban todos los días a las librerías, siempre andaba buscando algo, y a veces si aparecía una nueva edición de algo iba y a comprar. Y además, su pregunta más constante era: “¿Qué estás leyendo? ¿Qué lees?”. En lo que leían los otros, esperaba encontrar algo definitivo, algo que le hiciese la vida más hermosa y más llevadera. Ahora ha decidido, discretamente, hacer verdad su leyenda: se ha metido a leer en un lugar escondido y para siempre. A fumar un Marlboro, a leer,  a soñar con sus películas favoritas.

*Joaquín Aranda falleció ayer por la tarde. Fue redactor jefe de HERALDO, crítico de cine, teatro y música clásica, editorialista, y director de la editorial donde publicaron Julián Gállego, José Ramón Arana, Manuel Andújar, Ana María Navales, Luis Buñuel y Agustín Sánchez Vidal, etc. Era un apasionado lector. La foto es de Luco de Jiloca. 

01/09/2006 21:38 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

02/09/2006

BORRADORES, DOMINGO 3, A MEDIANOCHE

20060902232334-morimura1.jpg

El programa “Borradores” se abre con la presencia de la cantante María Pérez y el teclista Faustino Cortés, que interpretarán “Mar y Mar”, y regresarán hacia el final con “Rumba del cansancio”. La cantante, además, es la primera invitada del programa, que recibirá también al historiador Manuel Gracia Rivas, autor del “Diccionario biográfico de Borja” y de una biografía del explorador y marino Pedro Porter y Casanate. El otro invitado será el escritor y periodista Sergio del Molino, que ganó el premio de Literatura Joven de Aragón con “Manual de autoayuda”. Además, “Borradores” visitará el estudio del gran pintor Daniel Sahún (Zaragoza, 1935), cuya obra colgará en el estudio. Además, se emitirán reportajes sobre la exposición fotografía C Photo Magazine, que se expone en la FNAC, vídeomontaje de David Rodríguez, que se realizó en el Centro de Historia, y también se proyectará una selección de las ilustraciones, dibujos y caricaturas de Alberto Aragón. Por otra parte, “Borradores” entrevista al historiador Juan Manuel Calvo Gascón que explica la historia de los aragoneses deportados en Mauthausen y se centra en figuras como Mariano Constante y en el ex púgil Segundo Espallargas, “Paulino”. “Borradores” se despedirá con la visita a la librería Albareda y con un poema de Ana María Navales.

*Una foto inspirada en Goya de Yasumasa Morimura.

"Borradores" se emite la medianoche del domingo, está anunciado a las 0.00.

02/09/2006 23:23 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

03/09/2006

LOS OJOS DEL MUNDO / 22

20060903174140-ojos-de-gloria-grahame.jpg

Una mujer de cine negro: Gloria Grahame, actrir de películas como "Que bello es vivir" de Capra, "Encrucijada de odios", "Cautivos del mal" de Minnelli o "Los sobornados" de Fritz Lang. Nació en 1923 y murió de cáncer en1981. Estuvo casada con Nicholas Ray, con el escritor Cy Howard y con su hijastro Nicholas Ray, entre otros. Siempre daba un perturbador perfil de "femme fatale", aunque aquí parece mostrar un genio más apacible. Mira a James Stewart.

03/09/2006 17:41 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

04/09/2006

EL RUISEÑOR DEL EBRO: JOSÉ OTO (1906-1961)

20060904130611-lajota.gif

De los cinco cantadores míticos, que cubren la historia de la jota -el Royo del Rabal, Juanito Pardo, Cecilio Navarro, José Oto y Jesús Gracia-, José Oto es, sin duda, el que recoge una práctica unanimidad en cuanto a su excelsitud. Al ser tan variadas y numerosas sus excelencias, lo que mejor lo caracterizaría sería la voz", dice Javier Barreiro acerca del gran cantador zaragozano, nacido un seis de septiembre de 1906, en la calle Casta Álvarez, hace ahora un siglo. Otro gran experto como José Luis Melero, coautor con el escritor citado del LCD "La jota. Ayer y hoy" (Prames, 2005), afirma: "José Oto es el gran jotero moderno, el auténtico número uno de la historia de la jota aragonesa. Es el espejo en el que todos han querido mirarse para aprender y mejorar, es el hombre que subió a los altares uno de los estilos más bravos, el de la "fiera", que llegó a grabar sin respirar en los dos últimos versos". Demetrio Galán Bergua dice que los cantantes más importantes del siglo XX fueron José Oto y Pascuala Perié, "eran baturros por antonomasia", y recuerda el multitudinario homenaje que les rindió Zaragoza el día de su muerte: ambos, de alguna manera, hicieron recordar el no menos masivo entierro de Joaquín Costa.

Alfonso Zapater, que llegó a bailar en Albalate y Alcañiz con Carmen Bringuis mientras cantaba José Oto, dice: "Oto poseía una voz espléndida, poderosa, era un estilista que no precisaba de calderones (adornos) para engatusar al público. Entonces no se utilizaban micrófonos: cantaba en plazas públicas, en plazas de toros, y su voz atronaba. También cantaba en salas de fiestas y en locales de variedades. Y tenía algo que me parecía realmente conmovedor: era un personaje de un gran calado popular. Poseía carisma. Recuerdo que en el año 1947 o 1948 vino a cantar a Urrea de Gaén (Teruel), en cuyo molino vivían mis padres. Yo tendría 15 o 16 años y pasamos el día juntos. Me sorprendió que toda la gente quería estar con él, que lo adulaba, que lo admiraba, y él se comportaba con campechanía y con aquel tic que tenía algo de coquetería: se ajustaba una y otra vez la faja. Ya estaba un poco grueso".

La formidable voz del Gancho

José Oto nació en la calle Casta Álvarez, en el barrio del Gancho. Empezó a interesarse por la jota a los siete años, gracias a las enseñanzas de su padre, que "cantaba con buen estilo y excelente voz", según Galán Bergua. Sin embargo, ingresó como tañedor de guitarra y bandurria en la rondalla del maestro Calabia, que le enseñó también solfeo. Uno de los momentos de revelación de su talento se produjo, a los pies de la estatua de Alfonso el Batallador, en el Parque Grande: de golpe, se arrancó cantando fragmentos de las zarzuelas más conocidas del momento y tonadas. Miguel Asso lo oyó, se quedó fascinado y decidió incorporarlo de inmediato a su cuadro de jota. Oto hizo su presentación en la plaza de toros en compañía de la gran jotera Jacinta Bartolomé. Más tarde se integró en la rondalla del maestro Orós, y con ella asistió a la Exposición Internacional de Barcelona. Allí cantó un día ante Alfonso XIII, que escuchó por primera vez, con perplejidad y embeleso, esta estrofa tan patriótica: "Quien oyendo un "¡Viva España!" // con un "¡Viva!" no responde, // si es hombre, no es español, // y si es español, no es hombre". Realizó distintas giras por Francia y Alemania y por todo el territorio español. Allá donde iba triunfaba con su "voz clarísima y limpísima", como dice José Luis Melero.

Iba de primera figura en los cuadros de jota de Isabel Zapata, Mariano Cebollero y Pese Esteso, entre otros. En Barcelona, por ejemplo, según recuerda Galán Bergua, "formó cuadro con Camila Gracia, Gregoria Ciprés y Felisa Galé", que acabaría siendo su novia. Además, cantó las coplas de "La Dolores", en la comedia "Rondalla" de los hermanos Quintero o en "La muerte del ruiseñor". Un cantador republicano Encadenó triunfos constantes, y participó en una gira por Andalucía con "La gitana embrujada". En 1927, se presentó por primera y única vez al Certamen Oficial de jotas y ganó el máximo galardón. "Mi padre, Alfonso Zapater Cerdán, que fue un gran bailador y venció siete veces en el certamen, me decía siempre: "Vámonos ya, Alfonso. El premio de baile es para ti y el de canto es para mí". Siempre tuvieron una gran relación, Oto le pedía a mi padre que bailase con él. Se entendían a la perfección. Venía mucho por nuestra casa, con Felisa Galé o solo. Pasaban el día juntos, y ensayaban estilos nuevos. Mi padre tañía muy bien la guitarra y la bandurria, y les he visto atacar estilos de una vez", recuerda Alfonso Zapater.

José Luis Melero aporta una noticia no muy conocida: "Tras la proclamación de la II República, José Oto grabó jotas republicanas. Existe en Aragón una gran tradición de jotas republicanas, y él tiene varias en un disco. La misma relación con Felisa Galé, tan libre, tan escandalosa en una ciudad como Zaragoza, invita a pensar en eso: en su condición de hombre de izquierdas y republicano". Como sucedería con Felisa Galé, Miguel Fleta se quedó asombrado ante sus cualidades, y le recomendó con insistencia que se dedicase a la zarzuela e incluso a la ópera. Había razones objetivas para ello. Señala Galán Bergua: "La voz de José Oto, que empezó siendo tenor, llegó a alcanzar tan amplia tesitura que muy bien pudo dominar los más extensos registros del barítono atenorado. Voz excepcional, clara, potente, gratísima y muy afinada". Del éxito al abandono y la pena Otro experto en el mundo de la jota como Fernando Solsona, autor de "La jota cantada" (Zaragoza, 1978), lo define así: "Colosal cantador de jota y símbolo aragonés entre 1930 y 1960". Esos treinta años fueron los de su absoluto liderazgo, aunque algo cambió en 1948 tras la muerte de su novia Felisa Galé.

Un jovencísimo Emilio Lacambra, que era tañedor en la rondalla Bretón, coincidió con él en dos fiestas del Pilar a mediados de los años 50. "Era un niño de apenas ocho o nueve años y tengo una visión más bien difusa. Eran los tiempos de la rivalidad entre Manolo Garcés y Jesús Gracia. Nos mandaban de rondalla por los barrios, parábamos en una taberna y los joteros decían aquello: "A las puertas de … // hemos venido a beber". Él bebía mucho. Lo recuerdo muy abrigado, con bufanda y muy gordo. Colorado. Coincidiendo con el estreno de "El último cuplé", con Sarita Montiel, también pasaron "Por los caminos de la jota", una película de unos 20 minutos, que se abría con un plano cortísimo sobre el corazón de mi guitarra, luego la cámara se iba alejando y se veía toda la rondalla. Aparecían Isabel Zapata, Pepe Espeso, pero ahora no estoy seguro si aparecía José Oto o no". Desde 1948 hasta su muerte en 1961, José Oto sucumbió al dolor y al alcohol. Alfonso Zapater recuerda su pasión excesiva por la cerveza y sus paseos, tambaleante, por El Tubo, de garito en garito. Javier Barreiro también ha indagado en esta dirección: "Efectivamente, sus últimos años fueron tristes. Vivía, creo, en una pensión y paupérrimamente. Y bebía mucho, frecuentemente incitado por los tasqueros o por los propios parroquianos que le invitaban para que animara y cantase". Consta que nunca tuvo ambiciones personales y que se atrevió a abordar los estilos más difíciles, entre ellos, también, las denominadas "femateras".

Fernando Solsona recuerda: "Hizo de la "fiera antigua", la "fiera zaragozana", la creación máxima de la jota y su disco de ella se escucha siempre con la máxima devoción". Barreiro añade: "Su importancia en la historia de la jota es capital, en cuanto a que se le considera el iniciador de la jota moderna. ¿Sucesor? Creo que no lo ha tenido respecto a su forma de cantar; en cuanto a importancia y protagonismo en la historia de la jota, evidentemente, sería Jesús Gracia Tenas". Su producción discográfica fue más bien generosa con casi una veintena dediscos. En su despedida final, lo acompañaron hacia Torrero alrededor de cien mil personas. Manuel Lahoz escribió un romance, que culminaba así: "Hoy ha salido un baturro // de ronda hacia los luceros. // Hoy ha muerto el ruiseñor // de las orillas del Ebro".  

UNA BELLA Y DRAMÁTICA HISTORIADE AMOR CON FELISA GALÉ
Los amores de Felisa Galé y José Oto fueron públicos. Felisa Galé nació en Zaragoza en 1912 y era nieta de jotero y tañedor. Pronto empezó a dedicarse al canto y en 1929 debutó en el Teatro Principal. Obtuvo el Primer Premio en el Festival de Jota en 1931, y a partir de entonces inició una gran carrera que la llevó a viajar por distintas ciudades españolas y a triunfar con todos los honores en Madrid. Demetrio Galán Bergua destaca en ella su "voz clara y gratísima", así como su condición de jotera simpática y atractiva, de suaves maneras y un carácter más bien dulce. El propio Miguel Fleta, que se había iniciado en la jota sin demasiada fortuna, quiso llevársela a Madrid y él mismo se ofreció para pagarle la carrera de canto. Al parecer, Felisa Galé contestó de manera inesperada: "Yo no dejo Zaragoza por nada del mundo". Quizá para entonces ya le hubiese echado el ojo a un cantador seis años mayor que él, no demasiado conocido y enjuto aún, que poseía una voz prodigiosa.
Demetrio Galán Bergua dicen que "formaban la pareja obligada, la que más sugestionaba al público". Cantaban cualquier copla de jota, cualquier estilo; ambos poseían facilidad, dominio y una continua inspiración. El periodista de HERALDO y escritor Alfonso Zapater recuerda aquella relación: en algunos casos la vivió desde cerca, en otros se la contaron sus propios padres. "Eran compañeros sentimentales. Novios. Pero además fueron compañeros de cantos. Recuerdo perfectamente sus canciones de picadillo. Eran un dúo genial, imprescindible. Felisa Galé llevaba la voz cantante, y Oto desarrollaba la voz de bajo. Tenían una gran complicidad".
En 1946, Felisa Galé enfermó gravemente. Y dos años después, durante las fiestas de San Roque falleció. Era el año 1948. Tenía 36 años como la citada Asunción Delmás. José Oto se quedó absolutamente desencajado. "El bache le duró mucho tiempo. Cada vez que iba a cantar se emocionaba excesivamente. Siempre la tuvo presente", recuerda Alfonso Zapater. Unos días después del fallecimiento de Felisa Galé, José Oto debía cantar en Caspe. Intentó hacerlo: salió al escenario, entonó, pero rápidamente el llanto y el dolor le atoraron la garganta. Inerme, miró a la gente que lo había oído cantar muchas otras veces con aquella garganta arrolladora, con aquella energía que hacía temblar la plaza al aire libre. Los caspolinos prorrumpieron en una cerrada ovación. A nadie se le escapaba su estado de orfandad amorosa. Javier Barreiro, que está preparando un ciclo de charlas sobre Oto para Ibercaja, señala: "Efectivamente es lugar común que la muerte de Felisa Galé le afectó muchísimo".
Escribe Demetrio Galán Bergua, en su inexcusable "El libro de la jota aragonesa" (1966), que José y Felisa estaban a punto de casarse. Felisa Galé, además, tenía una gran habilidad para escribir cantas de jota. Una de ellas fue ésta: " No hay Virgen como mi Virgen, // ni tierra como Aragón, // ni mañica que me quite // al maño que quiero yo".

LA JOTA DE "LA FIERA"O UN INCIDENTE EN BARCELONA

Cuenta Demetrio Galán Bergua una de las mejores anécdotas del cantador: "En cierta ocasión, en una sala de fiestas de Barcelona, José Oto cantaba maravillosamente sus célebres estilos de jota que provocaban repetidas ovaciones. En una de las primeras filas estaba un individudo de tipo achulado y gesto de matón. Y cuando Oto llevaba cantadas media docena de tonadas, al terminar la última, el necio, cretino y salvaje espectador, lanzó al escenario una moneda de cobre que cayó a los pies de nuestro jotero. (...) Oto sí que acusó la gamberrada y, con mucha tranquilidad, se agachó, recogió la moneda, la levantó a la vista del auditorio, la arrojó con fuerza hacia los bastidores y, mirando fijamente al imbécil, exclamó dirigiéndose a la rondalla: "Allá va mi despedida..." Y con los ojos echando fuego (...) espetó la famosa copla y el siguiente estilo: "No tires piedras, cobarde //, que el tirar es cobardía;// saca tu navaja en mano, // que yo sacaré la mía".

*Este artículo apareció ayer en "Heraldo de Aragón". Javier Barreiro me escribe y me dice que son casi 50 los discos grabados por José Oto.

 

04/09/2006 13:06 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

05/09/2006

LOS OJOS DEL MUNDO / 23

20060905015755-ojos-de-ingrid.kobal.jpgLuis Alegre dijo una vez, en uno de sus espléndidos artículos, que Ingrid Bergman era una de esas mujeres incomparables. La mujer. ¡Quién se atrevería a contradecirlo!
05/09/2006 01:57 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

LOS OJOS DEL MUNDO / 24

20060905015929-ojoandrekertesz2-250.jpg

Los ojos que sólo captan la claridad de la música. Los ojos del ciego abrazado a un violín.

La foto es de André Kertesz.

05/09/2006 01:59 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

06/09/2006

EL FOROFO IDEAL DE LUIS ALEGRE*

20060906100447-zapater.jpg

Adiós a mi forofo favorito

Poco antes de que se despidiera de este mundo, fui a ver a mi padre Alberto al hospital con la noticia: “Papá, ha renovado Zapater”. Y él, muy aliviado, dijo: “Pues menos mal”. Miguel Pardeza y el consejero José Luis Melero habían tenido el detalle, para mí conmovedor, de pedirle a Zapater una camiseta para mi padre con esta dedicatoria: “De Alberto para Alberto con mucho cariño”. Y, luego, Zapater tuvo el inmenso gesto de presentarse en el Miguel Servet para ver a su tocayo y hacerle sonreír. Mi padre, casi sobra decirlo, era un fan total de Alberto Zapater.

Él se empeñó en contagiarme su pasión por el Real Zaragoza y él me llevó a ver los primeros partidos de mi vida, en el teleclub del tío Eduardo de Lechago y en el campo del Calamocha. Su momento de oro como forofo fue el gol de Nayim, con su amigo Pardeza en el campo y con Félix Romeo, José Luis Acín y Melero abrazándole como si el que hubiera marcado el gol hubiera sido él. Justo al día siguiente nació Pablo, su primer nieto y futuro lateral izquierdo. No hay espacio aquí, desde luego, para explicar por qué, tampoco como forofo, nunca le voy a llegar a mi padre a la altura de las alpargatas. Adiós, papá. Hasta siempre.

*Este texto de Luis Alegre, que no había tenido ocasión de leer, apareció en el diario "As" a los pocos días de la muerte de Alberto Alegre, padre de Luis. Ayer logré  hacerme con él y lo pongo aquí porque me parece emocionante, porque está lleno de gestos hermosos, porque está lleno de cariño y emoción, ... y porque el domingo empieza la Liga en la Romareda.Alberto Alegre, no sé cómo, pero se las apañará para ver a su joven ídolo Alberto Zapater. Seguro. Hay pasiones que ni vence la muerte...   

06/09/2006 10:04 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

LOS OJOS DEL MUNDO / 25

20060906101608-ojoslisette-20model2.jpgUno de mis retratos favoritos de Lisette Model, la maestra de fotografía de Diane Arbus. Era tan perturbadora como ella. Esta foto es la alegría de un cuerpo que se atreve a mirar con absoluta confianza. Lo hace desde el mar, así, ofrecida, como un torrente.
06/09/2006 10:16 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

LOS OJOS DEL MUNDO / 26

20060906212224-ojosandre-kertesz.jpg

Los ojos de la pintura. Otra foto de André Kerstesz.

06/09/2006 21:22 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

LA OBRA DE VÍCTOR MIRA, EN BINÉFAR

20060906224625-victor-mira.jpg

VÍCTOR MIRA: LAS HUELLAS
DE UN CREADOR A LA INTEMPERIE

I. RETRATO DEL ARTISTA
El artista aragonés que más me ha perturbado en los últimos años es Víctor Mira por la complejidad de su universo, por la imbricación entre su obra y su existencia, por su destino final. Poco antes de decir adiós a todo esto, recibí algunas cartas suyas, algunas notas escuetas, dos o tres catálogos dedicados que me parecieron premonitorios. Víctor Mira (1949-2003) era como una casa con fantasmas. Había un momento, una estación o un golpe de viento que los agitaba todos en su interior, y Víctor pasaba de la calma del místico –“Me arrodillo y espero hasta que siento que puedo pintar como un ángel”, dijo. “Para mí el pintor es como un santo, comparte los mismos problemas, la perfección”, declaró-, del tormento interior al insulto, al exabrupto, a la teatralización de su espanto, al rechazo del mundo. Entonces, entendía que la distancia exacta ente los otros y su angustia, y el único bálsamo de su inmenso dolor también, eran la brocha, el lápiz, el bolígrafo, la cámara fotográfica, sus propias manos. El silencio. Incluso en esos estados de creación, que estaban próximos al éxtasis, parecía infeliz, herido en algún cuarto de la sangre por exceso de sensibilidad. O porque era su mejor amigo, era el otro y él mismo simultáneamente, y a la vez su propio lancero homicida. Padeció el drama de la insatisfacción radical.        
Se sentía perseguido y se convertía en un perseguidor. Y al revés: cualquier detalle exterior minaba su fuerza y su entereza, a pesar de que podía ser sarcástico, hiriente, provocador o de una lucidez apabullante, amasada con razones y erudición. Ha sido un rebelde ilustrado –le estimulaba la música, la literatura, el teatro, la poesía, la filosofía…, y de todo ha dejado abundantes huellas- que rara vez podía huir del desarraigo, de la incertidumbre, de la urgencia de trascender y, en el fondo, de la imperiosa necesidad de ser querido. En esa casa con fantasmas que era Víctor Mira, ese árbol humano desmelenado por el vendaval, se aliaban la materia, la materialidad avasalladora, y la creación, la ira con el lirismo más excelso, y el desgarro aparecía una y otra vez entre sombras. Como una mancha de destrucción que se expande. Como una tupida textura de tenebrismo que avanza. Una de esas sombras era la incansable vecindad de la muerte, su demonio particular: quería “ser un artista capaz de soportar el espectro, la metáfora de la muerte”.
        
Se entregó a combatirla en una batalla interior, desabrida, que le hacía sentirse víctima y verdugo. Que no le dio un instante de sosiego.  En la muerte estaba casi todo: su propio envés, que era la energía misma de la vida, el sexo, la soledad, la inspiración, el arte, el amor y el desamor, la política, la invención… Víctor Mira fue una ardiente paradoja. Como Goya. Pasión y nieve de llanto sobrehumano. Pese a vivir siempre al límite, en una suerte de exilio buscado, desarrolló una obra rica en hallazgos expresivos, vías de comunicación, experiencias simbólicas y hondura. Mezcló, y modernizó a su manera, la gran tradición del Barroco español (Zurbarán, Valdés Leal, Velázquez); frecuentó la naturaleza muerta con ecos españoles y de los interiores holandeses; asumió una línea mística en la que podía sentirse santo, mártir y hereje, de ahí esas cruces constantes, esa  obsesión por el predicador en el desierto, que es el estilita, altivo y solitario, de ahí esa insistencia en el “pájaro solitario”; conectó con las pinturas negras de Goya, con George  Baselitz, con Joseph Beuys, con Otto Dix, con Vincent Van Gogh, con Andy Warhol, con Salvador Dalí, con Antoni Tàpies y Antonio Saura. E incluso halló otro término en el que se reconocía muy bien: la figura del caminante, ese viajero constante, mental y físico, que desea saciarse de paisajes, de travesías, de laberintos, de un celaje idóneo para el sueño. De ahí que otro cuadro con el que se sentía identificado fuese “Monje junto al mar”, y también con “El viajero contemplando un mar de nubes”, de Caspar David Friedrich, un pintor que fue calificado como “el místico con pincel”, frase que no resultaría inexacta como epíteto de Víctor Mira. Este artista, igual que su interés hacia la poesía de Novalis, lo emparienta con el romanticismo alemán. La suya es una pintura cósmica, matérica y rotunda, llena de expresividad y de convicción.
        

En los últimos años realizó numerosos dibujos y tintas donde anunciaba constantes y turbios diálogos consigo mismo ante el espejo, la muerte se mira al espejo, dijo alguna vez, e incluso señaló la senda fatal que iba a tomar. Vivir para él (vivir, amar, pintar: respirar día a día, levantarse de un sueño de espectros) era casi una tarea del héroe de la pintura que no se soporta a sí mismo ni se acomoda, ni halla vericuetos para estar en paz o un camino hacia la felicidad y hacia la risa. Mira fue héroe y antihéroe. Escribió: “El héroe enfatiza la fuerza; el antihéroe personifica la poesía”. Ésa es una de las sensaciones más nítidas que nos invade al enfrentarnos a su arte, a sus diarios, a sus confesiones, a su teatro. Sin embargo, de cerca, era divertido, risueño, cariñoso, apasionado. Vulnerable como un niño, proclive al asombro o al candor. Alocado como la sinrazón y el deseo. Tenía algo de animal extraviado y a la intemperie, acosado por otras alimañas, que se adentra en el infinito bosque de la noche.
        

De golpe, reflexionaba y sentía que tenía raíces. Bajo la estampa del cielo azul de Zaragoza, elogiaba el Juslibol de su infancia, el río Ebro, Zaragoza, la ciudad donde dijo haber nacido en 1949. La ciudad donde quiso que se iniciase su biografía. En uno de sus espléndidos libros: “En España no se puede dormir”, había anticipado su destino: “Niego que en mí exista vida alguna y me horroriza no estar muerto y tener que sentir la repugnante vida latir como un animal antiguo”. En otras prosas, de manera aún más explícita, dijo: “Lo intenté varias veces [el suicidio], la más serie de las veces fue en Madrid. Pero también en Zaragoza, donde un día, con toda la desolación de la necesidad, puse mi cabeza sobre los raíles y esperé, todo envuelto en adioses, la llegada de un tren”. Víctor Mira, como Francisco de Goya, a quien pintó como el perro con sombrero de su propio cuadro, sucumbía a su aniquiladora cabeza y resucitaba desde ella con toda la lucidez del delirio. Era una cabeza que, tal como señaló el propio artista, se alimentaba de escalofríos.
 

II. LA OBRA: LAS SERIES Y SUS SÍMBOLOS
La Fundación Alcort presenta una amplia selección de la obra de Víctor Mira en Binéfar, en la sede de sus proyectos. Recoge piezas de casi todas las épocas: desde 1971 hasta el año de su muerte. En ese recorrido de 32 años se aprecian el nacimiento, el crecimiento y la evolución de un artista que trabajaba por temas, en un variado campo de disciplinas: la pintura, el dibujo y la obra gráfica, la escultura y la realización de distintos objetos, la fotografía, la cerámica, y por supuesto la literatura. Han sido, y son, muchos los pintores que escriben. Con Víctor Mira da la impresión de que escribe casi como pinta: con energía, con constantes visiones, con una capacidad insólita para desarrollar su pensamiento, su tormento, su insatisfacción. Le da vueltas una y otra vez a las palabras, moldea su zozobra íntima, su constante naufragio, con una belleza telúrica, casi filosófica, con una carga poética exuberante. Le encanta explicar el hecho físico de la pintura: en sus libros de estética y autobiografía, en sus catálogos, en sus poemarios. Quizá por ello citase al gran poeta Matsuo Basho en “Humus”, que le sugiere esta visión de sí mismo: “Sentado en mi taller, frente a un cuadro en blanco, doy un fuerte brochazo y mi idea salta al estanque del lienzo. ¡Plop!”.         

He aquí una imagen recurrente, un punto de partida para explicar su condición de artesano y místico de la pintura: “Con los ojos abiertos a la gloria de lo oculto, de lo que yace en el interior de la tierra, me siento bulbo retorcido en su negrura, pero lleno de futuro en la alegría, en el éxtasis de la espera. (…) La pintura, como las raíces, es oscuridad, misterio, silencio. (…) Pintura, por lo tanto, espíritu. Pintura, por lo tanto, materia. Pintura, por lo tanto, veladuras. 1, 2, 3, tres pasos con los que acercarse a la cosa, confundirse con ella y devorarla por asimilación, por engullimiento, hasta quedar solo en lo mío, en la insatisfacción del hartazgo de la cosa”. Partimos de “Humus” (DPZ, 1999) porque en ese diario, fechado entre 1994 y 1998, Mira hace una evocación de sus inicios. El desamor hacia Zaragoza y hacia España, lo llevó a Madrid. “Llegué a Madrid sin nada, a matar mi tormento y lo primero que hice fue aquella irreverencia de sentarme en las nobles ventanas del Museo del Prado. (…) En el Madrid hastiado de los primeros años 70, me encontraba confundido y atormentado, con un dolor casi físico que me mutilaba, sin esperanza ni ser capaz de apreciar en mí valor alguno. Sabía que no estaba loco, sabía que no era un santo, pero respiraba cada vez más con el respirar veloz de los suicidas”.
        

Habla de paseos que tenían algo de liberación, de soledad y de sexo sin amor. De aquel estado de ánimo derivan sus primeras obras y esa serie inicial titulada “La manía del sexo”, en la que aparecen un hombre y una mujer, informes y desproporcionados, casi grotescos, que igual se ofrecen los ojos que parecen prepararse para el coito. Están inscritos sobre fondos planos de color azul y destacan en ellos su carácter más bien monstruoso, sus pies gigantes, que poseen algo de fálico, y sus sexos pintados de rojo. Escribió: “Todos somos víctimas del sexo. Nos guste o no reconocerlo, todos somos sus víctimas”. Son estampas entre esquemáticas y surrealistas en medio de un paisaje vacío, casi lunar, que por su cromatismo y su atmósfera recuerdan un poco a Yves Tanguy; a menudo, las figuras aparecen acompañadas de animales, en concreto de vacas y mariposas. Mira fijó su atención en un bestiario personal, que desarrolló a lo largo de numerosas obras, entre las que estaban “Caballo” (1973) y unas piezas en las que convive un monstruo muy peculiar con la floresta más voraginosa. Son cuadros que parecen nacidos de la pesadilla: cuerpos fetales en algún caso, cabezas de las que brotan flores, raíces y órganos, e incluso una especie de pez. Estas criaturas inquietantes y a la vez desamparadas tienen algo de prolongación de su “Grupo de miranianos”, como si hubiesen nacido de una compleja metamorfosis con tejidos arborescentes por todo el cuerpo. Aquí Mira ya utiliza unos sugerentes campos de color de fondo, muy trabajados.
        

Después de aquellas expediciones madrileñas, Víctor Mira se trasladó a Barcelona. Y conoció a esos personajes noctámbulos que tenían algo de desterrados, de marginales, de “freaks”. En ellos y en sí mismo debe estar inspirada una serie como “Espejos”: seres exacerbados, con aspecto de extraterrestres caracterizados por su extraño rostro y sus grandes orejas, de ojos entre atónitos y melancólicos. Mira añade aquí unas franjas verticales con la palabra espejo. Estas pinturas tienen una intención alegórica y son, a pesar de su extrañamiento y de su carácter espectral, mucho más amables que dos de los grandes cuadros de ese periodo: “Super gran super nada” (1977-1979) y “Interior con puñal” (1978-1979). Aquí está el mundo de Otto Dix o Baselitz, pero también parece existir un acercamiento al cómic. El hecho de que los titule “Espejos” invita a pensar en que Víctor Mira también se veía a sí mismo en estos rostros: su dolor, su atónita desolación y su estupor también eran los suyos.
        

Una de las creaciones emblemáticas de Víctor Mira es el personaje del “Caminante”. Aquí se expone una pieza de 1983, una de las más esquemáticas que tiene algo de borrador o génesis para los desarrollos posteriores. Ese caminante, que lleva la cabeza replegada sobre el pecho y a menudo una vela en la mano, es una metáfora del artista insatisfecho y en constante movimiento; del hombre que piensa y siente y deja en cada huella el itinerario de su emoción; del peregrino extraviado lejos de su patria, desasido de la raíz. Lacerado por la distancia, el pintor escribió hacia 1990: “Odio los viajes y me asombra ver a la gente viajar. Yo sólo deseo el viaje de regreso a casa. Un viaje duro y agotador, pero el más hermoso. Cuando encuentre el camino lo haré. Tengo fe y espero paciente. Regresar a casa, de donde nunca debí haber salido, eso es lo que quiero”. Otro elemento complementario de esta serie podrían ser los zapatos, por los que Mira tenía una gran obsesión: zapatos que dejan su rastro por donde pasan, zapatos que son el testimonio de su paso por la tierra, zapatos metafísicos de los que igual brotan flores que cruces, sobre todo cruces.
        

Las naturalezas muertas del artista siempre han tenido una gran fuerza: constituyen otro tema, otro icono de su trayectoria. Tienden al abigarramiento expresionista, como es lógico, y muestran casi siempre sus objetos y elementos básicos: las cruces, la cruz, el tálamo, mesa o tumba, la  calavera, el ángel. La pieza que se exhibe tiene gran personalidad y establece un claro diálogo con obras como “Hilatura” (1984), “Amarrados a un pedazo de cielo” (1987), los dos “Estilitas” (uno de 1986 y  otro de 1988), y “Montserrat” (1988-1989), que forman parte de series esenciales que definen al artista. De entrada, es obvia la filiación con el Goya que anticipa el expresionismo, con el Goya de “las pinturas negras”. Aquí, en estas obras, está el gran Mira de los años 80, el más rotundo en expresión plástica, en desgarro y en ambivalencia mística. El “estilita” es el monje junto al mar, el quietista que no opone su voluntad a la tentación ni al éxtasis, el asceta, y el hombre humilde que se aleja para orar y a contemplar el mundo desde lo alto de su columna, situada bajo ese cielo tan determinante y obsesivo del artista. En Munich, en Madrid, en Barcelona, en el refugio de cada uno de sus talleres, Mira jamás pudo olvidar el cielo azul de Zaragoza, y en ese espacio mental donde ubica a su pensador, la figura más simbólica de su producción, suele aparecer ese celaje tan añorado casi siempre como un decorado celestial. En esa figura hay una reflexión sobre el valor del cuerpo, desnudo y perplejo ante la mudanza de las estaciones. Ese estilita pertinaz también rememora el “pájaro solitario”, el propio Cristo (Mira realizó poderosas crucifixiones), o incluso San Sebastián. No lo es específicamente, pero en una interpretación de signos y símbolos tampoco estaría demasiado lejos esa identidad del estilita.
        

Son varios los estudiosos de Mira que hablan de su “ambivalencia religiosa”, entre ellos Joachim Pedersem. Era ateo y religioso a la vez, era místico y pagano, Dios era el Dios bíblico y la pintura era Dios también, por eso llaman la atención la abundancia de elementos religiosos en su obra, e incluimos aquí otra serie como “Montserrat”, que propone una cordillera rocosa, ordenada, que se extiende hacia el cielo con sus cruces escalonadas. En cierto modo, también hace pensar en esas voraces figuras que estiran su boca en “Amarradas a un pedazo de cielo”. Se trata de una obra muy matérica que concentra su foco en una cima que en otros cuadros, tal como escribió Joachim Petersen en “Madre Zaragoza”, bien podría ser el yerto y solo Monte del Calvario.
        

Víctor Mira se confesó siempre un admirador de Goya. No era necesario que lo hiciese público: su propia trayectoria es el mayor homenaje de admiración. Le ha dedicado varios cuadros y varios grabados. Un 7 de abril de 1991, desde Munich, le escribió una carta a Antonio Saura, muy aficionado a las cartas imaginarias a otros pintores. Le decía algo que también define a nuestro artista: “Díselo tú, que has pintado al hombre como un escándalo existencial; diles que un homenaje sobre la tumba es un baño en casita materna y no en el Ebro repleto, inundado de pasión, de anhelo, de éxtasis, de embriaguez y de menosprecio”. ¿Acaso Goya y Mira no han pintado al hombre “como un escándalo existencial”? La frase es prodigiosa y tiene la divisa exacta de un inmejorable autorretrato. Le recuerda, por cierto, que el propio Antonio Saura ha dicho que “no hay más verdad que el negro”, lo cual le permite decir a Mira que, si es cierto lo que dice, “no hay más verdad que el negro y el azul purísimo del cielo de Zaragoza”. Y termina así: “Goya, Buñuel y tú, y aún añadiría al primero de todos, a Gracián, perro agudísimo, cuyo ingenio fue ladrar en mudo para mejor dejarse entender. Sería yo, pues, quinto perro y sordo, y aún me querrían ver sin dientes por no ser de sitio alguno que no sea mi origen propio en la perrera de Zaragoza, la misma de donde salieron el perro mudéjar y el perro judío y el perro de Goya y tu perro y yo mismo, perro mío que va rasgando el cielo en su caída, dolido de caminar por semejante sendero, sin advertencia y con hartazgo de sacrificio”. “Mira. El quinto perro” fue el título de una exposición que se presentó en 1996 en la Galería de Miguel Marcos y en la sala de Exposiciones Ignacio Zuloaga de Fuendetodos. Víctor Mira retrata a su maestro al óleo y en grabado, y explica: “Autorretrato, pedazo de carne de inhumana intensidad, rostro de radical descontento, de dolorosa contemplación. En él aparece el Goya que hoy día todavía sigue siendo indigerible, aquel al que se ha hecho clásico a la fuerza, aún a pesar de todo dominio”. Si alguien dudada de la calidad de la escritura de Mira, creo que ya habrá cambiado de opinión. Era también un magnífico escritor que pintaba.
        

En 2001, en Electa, Víctor Mira revisó el cuento de Caperucita y publicó “Caperucita roja. Viaje de una generación”, compuesto por 98 dibujos que había realizado en gran parte hacia 1984. Era una reinterpretación del cuento vinculado con su propia vida y con su vieja quimera de retornar a casa. “Quise inventar una Caperucita fuerte, capaz de luchar contra su destino, pero la historia verdadera tal como la recogió la leyenda popular se impuso cruelmente. De ella partí para elaborar mi viaje trágico de las generaciones, porque el de Caperucita (…) es más bien el cumplimiento del destino trágico de los hombres donde no cabe el regreso a casa del hijo pródigo”. El trabajo contiene situaciones de perversidad y de zoofilia. Mira rescribe el cuento y dice: “El lobo salió corriendo tras ella y, cuando le dio alcance, la convenció con su lengua elocuente. Por su propio pie, volvió Caperucita y se metió en la cama. Esa noche descubrió aquello que a todos les parece lo mejor”. En la fábula, cobra especial dimensión en el desenlace del cuento literario y de su desarrollo gráfico un cementerio con ominosos espectros en forma de mujeres arrugadas y con perros cancerberos.
        

También hay dos piezas de la serie “Antihéroes”, un tema que se convirtió casi en un microcosmos del artista y que estaba inspirado en un homenaje a la Quinta Sinfonía de Beethoven. Lo desarrolló en dibujos, pinturas, cerámicas y una obra de teatro, “Antihéroes”, que estrenó Luna de Arena en Arco. El protagonista es el muerto: el antihéroe habita literalmente en la pesadilla y en la tumba, que es un desnudo somier. Mira nos introduce en su espeluznante y glacial teatro de visiones y terrores cuyo protagonista es un difunto tendido en una especie de morgue, más bien metálica, con rejas y máscaras mortuorias; en el centro del abdomen, el personaje tiene una gran herida o agujero donde caben nuestros desechos. Un flexo ilumina su cuerpo, que tiene algo de espantapájaros embalsamado, que recuerda sus “vanitas” de los 80 o sus “pájaros solitarios”. No siempre está solo. El artista explicó con su habitual lucidez su tentativa: “En la esencia del antihéroe hay un rebelde y alguien que fracasa con el consecuente reconocimiento de la realidad. Los antihéroes son la imagen de nuestro mundo, idea de peligro, de enfermedad y de inminente muerte. Cuerpo humano creado con tierra interpretada en términos de segmentos, donde la realidad ordinaria no se distorsiona por visiones irreales. Antihéroe y artista: muerte seguida de renacimiento en un estado de saber, se relacionan estrechamente con las mariposas, con los animales que cambian de piel, como las culebras y los cangrejos”.
        

Víctor Mira realizó en esa serie una disección clínica de la muerte, sin contemplaciones, un paseo violento por la otra orilla que no excluye nada: ni un sentido de macabra representación, ni la misma idea de ser él mismo el finado. La muestra se completa con dos obras del proyecto “Moods”, estados de ánimo, su último trabajo: una pintura con algo más de anécdota, que insiste en su soledad, en su desamparo y en viejas imágenes del pasado, como sucede en ese óleo sobre lienzo de 2003 que presenta un autorretrato suyo y el retrato de Goya con rostro de calavera, con la mano que avanza entre margaritas. O el cuadro de 2002, donde se ve una vía del tren, al paseante y a una mujer junto al mar. Algunos han supuesto que esa era una obra de anticipación, un preludio del final, pero en realidad Víctor Mira se ha pasado buena parte de su existencia de creador, de viva voz, en su escritura y en su pintura, anunciando la despedida.
        

En la muestra se incorpora una escultura de bronce de sus turbadores seres, esos monstruos enajenados que parecen a punto de devorarse los unos a los otros. Mira confesó en 1995: “En la base de mis esculturas hay una especie de amor por las cosas que los demás tiran”. Esta colección de la Fundación Alcort constituye un acercamiento a la trayectoria tumultuosa y variada de Víctor Mira, el artista que se atrevió a meter los ojos, las manos y el cuerpo entero en el abismo. Su testamento es el desgarrador e íntimo álbum de un hombre que siempre se sintió fuera de casa, perdido bajo la nevada y envuelto en la atroz melancolía del desesperado.
    

 *Este próximo viernes, en Binéfar, a las 19.30, en la Fundación Alcort que fundó y dirige Miguel Ángel Córdoba, se inaugura una exposición de 50 obras de Víctor Mira: una selección de obras bastante representativas de su trayectoria, y el delicado proyecto "Bachcantatas", tal vez  el de mayor rigor expresivo y de mayor contención, su aproximación a Juan Sebastián Bach. El catálogo lleva textos del propio coleccionista, de Víctor Mira, de Javier Lacruz y también este texto. Ana Bendicho ha diseñado un catálogo de 120 páginas, y los hermanos Michel y José Robert son los encargados de montaje.

06/09/2006 22:46 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

VÍCTOR MIRA: PASIÓN POR BACH*

20060906225744-bachcantata.jpg

“BACHCANTATAS”: ORACIÓN Y PUREZA CON MÚSICA

 A Víctor Mira le apasionaba la música. Dos de sus compositores más amados eran Juan Sebastián Bach y Ludwig van Beethoven. A ambos les dedicó dos series intensas. En 1989 comenzó un trabajo sobre las “Cantatas” de Bach que culminó hacia 1995. Lo expuso en diversas ciudades de Alemania, de España y de Francia. Fernando Castro Flórez dijo que era “una de las series más intensas y esencialistas (…) donde las cruces se imponen en ambas superficies, rojas, negras o azules, en una politonalidad del virtuosismo barroco”. Clara Renau describió así en 1995 la propuesta y sus logros: “La cruz, como color, y el color como nota. En cada una de sus obras ocupan un lugar distinto, estableciendo una melodía concreta que propone en su trabajo vías inéditas de exploración”.

El propio artista explicó sus intenciones ante la obra del autor de los “Conciertos de Brandenburgo”: “Puse mis ojos de ateo en una música perfecta porque deseaba crear su réplica en imágenes, y eso que siempre supe que sin ellas las cosas del alma suben más derechas a Dios. Así, de mis manos vacías de fe fueron surgiendo con humildad, con santa simplicidad estas ‘Bachcantatas’ que debían ser casi perfectas para que, de ese modo, el aliento recibido no me fuese atribuido a mí sino al Señor”.

        
Víctor Mira se inclina por la máxima depuración y por la abstracción absoluta. Sobre el fondo plano, irrumpe la cruz, a veces dos cruces, o tres. El cuadro es contenido, pintura pintura casi, con una aproximación a la lisura cromática de Mark Rothko y a la exactitud geométrica de Piet Mondrian. La colección tiene un aire fúnebre y Mira ha prescindido de cualquier gesto para alcanzar la cima de la pureza, de la linealidad, de la intensidad más sobria. El artista está transido, rezuma misticismo, y tiene la habilidad de crear una estructura en la que suena la música, o cuando menos ordena la serie como las notas del pentagrama. Quizá sea aquí donde Mira se vacía más, se despoja de cualquier artificio o histrionismo y se asoma al arrebato religioso. Podría haber levitado mientras trabajaba: se percibe la concentración, la delicadeza, la calma, la destilación precisa de colores, la voluntad de hacer desde la inteligencia. Víctor Mira conecta consigo mismo y se acerca a sus crucifixiones o a la serie “Montserrat”. Es un proyecto que tiene algo de oración, de responso ante el rigor nocturno de la muerte. Es el arte seco de la última melodía.

*Este texto es una brevísima  aproximación a una de las series más místicas e intensas, de puro rigor de construcción de Víctor Mira, una serie de 13 serigrafías y un óleo que podrá verse en la Fundación Alcort de Binéfar.

06/09/2006 22:57 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

07/09/2006

LIBROS CONTADOS*

20060907092803-librosdelaguerra-small.jpg

En estos días se pone a la venta el libro de José Luis Melero Los libros de la guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón (1936-1949) (Rolde). Un bosquejo de este libro estaba en la conferencia que Melero leyó en Huesca, invitado por José Domingo Dueñas, y que después apareció publicada en Literatura, cine y guerra civil (IEA, 2004). Una  parte considerable del libro está dedicada a ediciones, episodios o autores oscenses: Felipe Alaiz con su Vida y muerte de Ramón Acín, o los títulos variados de Cirilo Martín Retortillo, entre otros muchos. Melero va dando a conocer todo este fondo bibliográfico, extrayendo citas o comentarios que hacen que el volumen, con estructura de catálogo, se convierta en un libro de lectura. La erudición de José Luis Melero es sorprendente, con un estilo en el que cada línea ofrece datos e informaciones variadas, a la vez que no abandona su punto de vista irónico y, pese a lo terrible de la materia, ameno. Melero es autor también de Leer para contarlo (BARC, 2003). Antes de que publicase, hace tres años, ese primer libro en solitario, cuando había que escribir sobre José Luis Melero se le acompañaba de la palabra "bibliófilo". Como experto en autores raros, en jotas, o cualquiera de las otras materias de las que es conocedor, aparecía nombrado en los artículos de prensa y antologías como "el bibliófilo José Luis Melero". Ahora, de un modo natural, es también escritor. Ser amigo suyo y de Yolanda es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. La pasión de José Luis Melero por los libros no ha dejado de dar silenciosamente frutos a su alrededor. Ha sido soporte y fuente de otros muchos buenos libros, como el Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005), de Ignacio Martínez de Pisón.

Creo que me parezco poco a José Luis Melero. Él tiene una memoria admirable, mientras que yo apenas consigo, a final de curso, haberme aprendido el nombre de mis alumnos. Él es un hombre preciso, aficionado a los datos, capaz de decir siempre los cargos que han ocupado las personas (ex ministro, consejero, cónsul, secretario de notarías.), mientras que yo soy despistado y tiendo a ir un poco a bulto. Él tiene una biblioteca ordenada, ya legendaria, mientras que yo amontono libros de un modo más bien desperdigado y casual. Aunque quiero pensar que en el fondo coincidimos en algunas cosas importantes, además de en unos cuantos amigos. Melero es todo un ciudadano. Desde que dejé la casa de mis padres he vivido en más de una docena de pisos, la mayor parte compartidos. Supongo que esto ha contribuido a que entre mis primeros propósitos no estuviese el crear una biblioteca. Por otra parte, quizá por mi propensión a la melancolía, me he mantenido al margen de, por así decirlo, campos de especialización. Esta prevención a ser especialista de algo hizo que acabase la carrera universitaria a contrapelo. Pero puedo decir que me gusta la vida, que no dejo de obtener placer de los libros y que no renuncio a aprender.

*Este artículo de Ismael Grasa apareció publicado en el "Heraldo de Huesca" el pasado martes. El  libro es magnífico y nació en los IV Encuentros Literarios de Albarracín sobre la GuerraCivil. Allí avanzó Pepe alrededor de 40 o 50 libros de los aquí compilados, que incrementó en Huesca y posteriormente en ese libro que lleva una espléndida portada de Pepe Cerdá. Ismael Grasa es autor de libros como "De Madrid al cielo", "Días en China", "La tercera guerra mundial", entre otros títulos. Próximamente, publicará en Xordica "Trescientos días de sol".

07/09/2006 09:28 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

LOS OJOS DEL MUNDO / 27

20060907093200-liv-72.jpgSencillamente la mirada de Liv Tyler.
07/09/2006 09:32 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

MIGUEL MENA, HIJO ADOPTIVO DE ZARAGOZA

20060907223444-miguel-mena.jpg

Miguel Mena (Madrid, 1959) es uno de los escritores, periodistas y seres humanos más queridos de Zaragoza. Su labor por la ciudad y por Aragón es extraordinaria y fecunda: siempre está ahí, en el camino, abriendo surcos, creando cariño, esparciendo humanidad, ternura y humor, en sus programas de radio, en sus libros, en sus artículos periodísticos. Esta mañana ha sido designado por el ayuntamiento de Zaragoza, esta ciudad que tanto quiere, esta ciudad tan hospitalaria, como Hijo Adoptivo. Cuando son distinguidas personas como Miguel uno acaba pensando que el mundo es un lugar que permite la palabra, la convivencia y el sueño. Junto a Miguel fueron distinguidos, entre otros, el empresario Jesús Morte, el hombre de cine Eduardo Ducay y el empresario Valero López. Desde aquí, la enhorabuena para todos, pero especialmente para Miguel porque es mucho más que un amigo y un colega: es un ejemplo. Y un espejo. Este galardón se suma al que recibió hace un par de años: el Isabel de Portugal, entre otros muchos.

Desempolvo aquí una entrevista que le hice a Miguel con motivo de la publicación de un libro sobre el mundo del periodismo: “Una nube de periodistas”.  
 --¿Viven los periodistas en una nube?
--Algunos sí. Viven intensamente en el propio mundo del periodismo, y convierten su profesión en la realidad. Eso sucede más en Madrid y Barcelona en la nube mediática y política. Aquí, creo, estamos más en contacto con lo que ocurre. 

--¿Es tan pesimista su concepción del oficio? Suele pintar a los periodistas como falsarios, engreídos, desdichados o vendidos en ocasiones...
--Sí, pero quizá sea una estrategia para escribir historias con humor. Hay que exagerar un poco los defectos. La perfección no hace reír, no da para la ironía, y a mí gusta emplear el bisturí de la ironía.  

--La ironía, desde luego, pero también emplea la sátira con abundancia.

--Escribí un libro como “Una nube de periodistas” (Zócalo; ahora Onagro) contiene sátira y melancolía, en particular. La sátira se manifiesta en la crítica a esos usos periodísticos que no me gustan nada como la búsqueda desenfrenada de la exclusiva o de la primicia. Contaba Gervasio Sánchez la obsesión de algunos corresponsales de prensa por llegar al conflicto y contar las cosas antes que nadie. Y añadía que él prefería a aquel que las contaba mejor: que toma posición, habla con la gente y entiende el conflicto. Pienso exactamente igual. Hay demasiados yonquis de la noticia: gente con adicción a la tensión informativa, y eso es devorador e inhumano. Son drogadictos de la profesión.

--¿Es el periodista un personaje especialmente literario?
--A mí me lo parece. Está en contacto con ámbitos muy diferentes de la sociedad y de la vida.  Es un oficio muy rico: al buen periodista nada humano le es ajeno. 

--¿Cómo sería su informador ideal?
--El buen periodista debe ser reflexivo, seguro (y eso quiere decir que debe contrastar muy bien aquello de lo que informa) y ameno. 

--Usted es locutor de radio en la Ser, columnista de prensa y un personaje popular. ¿Cuál es su grado de autocrítica?
--Permítame un apunte: la televisión da fama, la prensa da prestigio e influencia, y la radio da familiaridad, aprecio familiar. Cuando la gente me saluda, dice: “Como contigo, te tengo en la cocina, te llevo en el coche”. Respecto a la autocrítica, le diré que quiero huir de la autobiografía. En “Una nube de periodistas había una referencia, una parodia a mi trabajo anterior en “Estudio de guardia”: me pinto como pedante; llama un señor y se queja de que no le dejo hablar. 

--Aquel libro constaba de 18 relatos y es el primero específicamente de ese género en su producción. ¿Qué le ha llevado a esta apuesta?
--Me lo planteé como un reto. Había escrito algunos cuentos que andaban por ahí dispersos en revistas. Quise componer un libro unitario en torno al mundo del periodista, que apareciese aunque no fuera necesariamente el protagonista. Quería probar el formato del relato y aquí está. Mi cuento consta de una sola idea, de un desarrollo divertido o ameno y de un desenlace inesperado. 

--¿Cuál es su periodista soñado?
--Una mezcla del sentido del humor de Carlos Herrera y de la fiabilidad y sensatez de Iñaki Gabilondo.

*La foto de Miguel Mena la he tomado de "20 Minutos". 

07/09/2006 22:34 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

08/09/2006

MIGUEL MENA, HIJO ADOPTIVO DE ZARAGOZA / Y 2*

20060908011035-miguelmena.jpg

[Hace un año, Miguel Mena publicaba uno de sus libros más emocionantes.Conversamos entonces y publiqué en "Heraldo" esta entrevista. La traigo aquí de nuevo porque ayuda a comprender el perfil del escritor y locutor del programa "Aragón". El ingeniero y lector Sergio Cide entró ayer en el blog y dejó esta perla:"Esta decisión del ayuntamiento no hace más que oficializar la manera en la que sentimos a Miguel Mena. Miguel es tan Zaragozano como los adoquines, las frutas de Aragón o los mantos de la Virgen". Por cierto, en esta entrevista hay una frase que dice: "Zaragoza me hizo".]

MIGUEL MENA: "ZARAGOZA ME HIZO"

  -¿Qué es “1863 pasos” (Xordica, 2005)?
-Es un libro de viajes por lo físico y lo emocional, por un ámbito geográfico muy concreto de la memoria y de las emociones. Más de las emociones que de la memoria. Antes sólo quería divertir, entretener, ahora también pretendo emocionar.

-Concretemos algo más…
-“1863 pasos” está formado por tres relatos que son como tres homenajes y tres declaraciones de amor. El primero, “Vía muerta”, es una declaración de amor a la generación de nuestros padres, que están entre los 70 y los 80 años, una de las generaciones de la posguerra que ha vivido una España dura, gris y triste. El segundo, “Un dios que ya no ampara”, es una declaración de amor a mi hijo Daniel, discapacitado. Y el tercero, “1863 pasos”, como el título, es una declaración de amor a Zaragoza. Yo puedo decir aquello de “Zaragoza me hizo”.

-Vayamos con “La vía muerta”: un viaje desde la estación de Utrillas hasta la propia localidad minera. Hay historias conmovedoras…
-Es un reportaje, que es el género que me gusta en la radio, en la prensa e incluso en la literatura. Me fascina la pluralidad de voces, la diversidad de puntos de vista. Y aquí cuento historias que me han ido contando y que a veces son conmovedoras: pienso en la historia del maquinista Garcés, que no puede detener el tren en una bajada y se estrella y se muere con su máquina. O en la de aquel maquinista que no se ha enterado de que una muchacha se ha arrojado bajo las ruedas del tren y se ha muerto…

-Igual de estremecedor, o posiblemente más porque le afecta a usted mismo, es la segunda pieza: mientras viaja hacia el Moncayo usted hace una revelación humanísima pero terrible…
-Camino del Moncayo, el viajero, que soy yo, va narrando su propio estupor o incomprensión ante lo que le sucede a su hijo. Parece como si quisiera negarse a entender, a aceptar lo que le está ocurriendo: va descubriendo día a día que su hijo no podrá hablar y que padece el síndrome de Angelman o “de los niños felices”.

-Su viaje físico avanza y, como en otro plano, en una sucesión de revelaciones espeluznantes y cortas, describe la enfermedad de su hijo Daniel y dice en un momento que “es preferible verlo muerto”.
-Sí, pero esa idea se pasa, asumes cosas, las ves de otra manera y descubro en mi hijo Daniel a una criatura que ni me había  imaginado que pudiera ser. Esta es una historia que me producía mucho pudor; la conté en una revista como “Rolde”, y recibía tantas muestras de entusiasmo y solidaridad, de cariño, que me animé a publicar. Yo no había barajado hasta entonces el terreno de los sentimientos, pero he contado las cosas hasta donde he querido: siempre hay parcelas de mi vida y de mis sentimientos –sentimientos, frustraciones, tragedias y tristezas- que no compartiré con nadie.

-Hablemos del texto largo que da título al conjunto.
-Nace del intento de convertir la rutina diaria en una especie de viaje en el tiempo. Para mucha gente ir al trabajo cada día es una pequeña desgracia y para mí no. Le encuentro un enorme placer. Tengo la inmensa suerte de cruzar hasta cuatro veces al día el río Ebro y siempre me produce alguna emoción.

-Explíquenos un poco más eso.
-Sí,es verdad. En esos 300 metros, más o menos, del puente hallo sensaciones nuevas y en ese lapso cuento muchas historias vinculadas con Los Sitios, con el pozo de San Lázaro y esa famosa foto de Luis Mompel de la gente saliendo del autobús, de Santo Dominguito de Val, de los Reyes Magos. Me emociona mucho El Ebro porque aunque soy de tierra adentro y el mar me parece un inmenso desierto azul, un lugar demasiado complicado, tengo una querencia especial por las montañas y los ríos. Miro y puedo ver el Moncayo, que parece colgado del cielo detrás de la Almozara, miro y veo los piragüistas, los remeros, una puesta de sol excepcional. Siempre hallas estampas impresionantes y a la vez muy relajantes. 

-Otro de los capítulos más extensos se lo dedica al Gran Hotel.
-Está a poco más de 20 metros de mi trabajo en Radio Zaragoza, donde trabajo en el programa “Estudio de Guardia” con Juanjo Hernández y Mónica Farré, emisión que cumple ahora 30 años, y en “La fonoteca”. Llevo en la radio 22 años y prácticamente ahí sólo he visto futbolistas. Pedí un día el libro de firmas y encontré muchas cosas. 

-¿Por ejemplo?
-Yo soy muy fetichista de las firmas, y ahí encontré las de Bob Dylan, Walt Disney, George Sanders, Hemingway, Maurice Chevalier, y todo eso me impresionó. Además, yo soy un gran amante de los periódicos antiguos y el Gran Hotel es casi como un periódico del siglo XX. 

-La firma que no pudo encontrar fue la de Uma Thurman.
-Es cierto, pero cuento algo que me contó Félix Zapatero. Ella tenía 17 años cuando rodó aquí “Las aventuras del barón de Münchaussen” y Zapatero la acompañó a comprarse unas botas camperas. Me imagino que bien pudiera haberme cruzado con ella alguna mañana, en mis paseos. ¿No le parece que habría sido muy bonito haberla visto camino de la radio, que para mí es como la continuación del ruido de la calle? 

-Desde luego. Está a punto de publicar una novela.

-Se titulará “Días sin tregua” [Esa novela ya ha aparecido en el sello D]estino y cuenta una historia de intriga en la España posterior al 23-F, en 1981, en torno al secuestro de Quini.

*Hace un año, Miguel Mena publicaba su libro "1863 pasos" (Xordica), que ya ha llegado a su tercera edición. Es un libro conmovedor y gira en torno al viaje exterior, en el centro del paisaje, y al viaje interior, matizado por el dolor y la melancolía. La foto es de Cristina Grande.

08/09/2006 01:10 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

LOS OJOS DEL MUNDO / 28

20060908101723-ana-mendieta.jpg

La artista Ana Mendieta (La Habana, 1948-1985). Declaró en una ocasión: “Sé que si no hubiera descubierto el arte hubiera sido una criminal”. 

Estos días estoy leyendo un libro “Amazonas con pincel” (Destino, 2006) de Victoria Combalía, donde cuenta la “vida y obra de las grandes artistas del siglo XVI al XXI”. El volumen está dedicado a Dora Maar, la fotógrafa y pintora que estudió con tanta lucidez esta profesora y crítica de arte, que reivindica en la solapa la figura de su abuelo el ginecólogo Santiago Dexeus Font. El libro, escrito en un tono un tanto frío, profesoral, es irregular: hay personajes tratadas con cierta distancia y otros con una implicación más directa; la autora recuerda que habló con el hijo de Lee Miller, por poner ejemplo, y compone con muchos elementos periodísticos y testimoniales uno de los mejores retratos. Hay mujeres increíbles, que lleven al límite casi su libertad sexual (Lee Miller, Diane Arbus…), que viven en constante duelo con sus compañeros, sobre todo cuando son creadores, que mantienen una turbadora relación con su propio cuerpo, que buscan dolorosamente su lugar en el mundo. Uno de los textos que más  me perturbó, y hay muchos de vidas desconcertantes, es el de la cubana Ana Mendieta, obsesionada por la vagina y sus formas de representación, por las máscaras tras las que podía enmascararse, por la piel y las pieles. 

El texto de Victoria Combalía acaba así: “El 17 de enero de 1985 contrajo matrimonio con el entonces ya famoso artista minimalista Carl André y el 8 de septiembre de ese mismo año, a los treinta y seis años de edad, se cayó por la ventana de su apartamento en Nueva York. Carl André fue acusado de asesinato, pero como no se encontraron pruebas incriminatorias se barajó la posibilidad de que se tratara de un ‘suicidio asistido’. La polémica sigue abierta y la vida de Ana Mendieta suele ponerse como ejemplo de las dificultades que asolan a una artista que comparte la vida con un compañero de ruta que es, también, su rival artístico”.

08/09/2006 10:17 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

09/09/2006

LOS 45 AÑOS DE PEPE CERDÁ*

20060909125024-pepe-pintando.jpg

Aniversario

Ayer fue mi cumpleaños. Cumplí cuarenta y cinco, y como decía el poeta: de la vida me acuerdo... ¿pero dónde está? Durante un tiempo me empeñé en tener “una vida interesante” (como la maldición gitana) pero por mi natural y oscense prudencia no la viví tan plenamente como se debía, la viví haciendo trampas, ya que aunque aparentemente iba por el lado más salvaje de la vida, en realidad procuraba vivir como un burgués y era más mirao que un luto. Como si los Sex Pistols hubiesen salido en los conciertos con una rebeca granate al hombro “por si refrescaba”.

Seguramente por eso estoy vivo aún, que ya son algunas decenas de mis cercanos los que están criando malvas por tirarse todo el rato sin red, y con punky fruición, hasta que dejaron un bonito cadáver, muriendo jóvenes tal y como se predicaba entonces. No le hice caso a mi madre cuando me decía: “da la entradica de un piso, que luego lo pagas sin enterarte” y perdí para siempre la posibilidad de ser propietario, de tener patrimonio, y crédito, y todo eso. A cambio me fui a triunfar y a pagar desorbitados alquileres en Madrid y en París, para tener casa y recibir a funcionarios con Moscosos que llevaban al chico a Eurodisney y que siempre me regalaban un chorizo y una maza de jamón. 

Ahora con la vida a medio vivir, siendo optimista; sigo cumpliendo años pero ya no me acuerdo de que quería hacer con ella.

*Porque soy un despistado monumental, se me pasó inadvertido este artículo y el cumpleaños del pintor y escritor Pepe Cerdá (Buñales, Huesca, 7 de septiembre de 1961).Ni siquiera lo felicité anoche y estuvimos juntos hasta las dos y media de la mañana. Copio este artículo suyo y lo pongo en mi página. Pepe Melero, que ahora ya no visita este blog, y ya da pena porque hacía unos comentarios divertidísimos, le recuerda la feliz imagen de los Sex Pistols y le invita a que ponga nerviosos a las escritores. Tarde o temprano, más temprano