Antón Castro |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2007.
Se recuerda que hoy día 1 de febrero, a las 20 h. en la sede de la Demarcación de Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón (c/ San Voto, 7), tendrá lugar la segunda conferencia del ciclo "la vivienda: debate permanente". *Juli Capella y Rafael Moneo. Este ciclo lo coordina el arquitecto Luis Franco. Borradores le ha grabado hoy una entrevista por extenso a Víctor Ullate. El ex bailarín y coreógrafo habló de su último espectáculo, “Samsara”, de la necesidad de que el mundo cultive la bondad, habló de sus métodos de trabajo, recordó que la apuesta oriental nace de algunos viajes por distintos países, y abordó también aquella idea frustrada de que se convirtiese en director del Ballet de Zaragoza. Los grupos políticos no lo aceptaron, y de aquellos polvos parecen derivar estos lodos: el Ballet de Zaragoza ha desaparecido, y Miguel Ángel Berna se ha convertido en una compañía concertada, aunque con muchísimo menos dinero. Ullate dice que no hay que arrepentirse de nada, que si se hubiera consumado la propuesta a lo mejor todo habría fracasado igual. Recordó a su madre y algunos de los bailarines que se han formado con él (Ángel Corella, Tamara Rojo, Ruth Miró, Lucía Lacarra; ahora Natalia Arregui, Natalia Tapia...) e hizo un elogio de la danza como algo que ayuda a fortalecer la sensibilidad y la pasión por el arte. Señaló: “Los bailarines lo dan todo y no reciben nada. La danza exige una inmensa generosidad, un inmenso sacrificio”. * "Samsara" permanecerá en el Teatro Principal hasta el domingo. Esta espléndida y sugerente foto, de Cristina Palacios, pertenece al diario gratuito "20 minutos" de su edición de Zaragoza. "Soy un escultor realista, de sentimientos y de emociones" --Algunos, claro. Venía Pérez Piqueras, era sastre y pintaba muy bien. También estaban José Belbiure, los arquitectos Regino Borobio, Chóliz o Yarza, o el dorador Benedicto. Un día me dijo: "Chico, qué le das a mi padre. Habla mal de todo el mundo y de ti no". Benedicto hacía una gran labor: visitaba todos los estudios y luego hacía la gacetilla de la ciudad y del arte en cada uno. Pero también estaban Marín Bagüés, Pedro Portero, Antonio Bueno... En el estudio conocí al catedrático Juan Moneva y Puyol. Un día, Burriel me dijo que precisaba otro aprendiz y llevé a Manuel Arcón, con quien me une una gran amistad. --Creo que debía contarnos el relato de las mujeres de la vida, el sereno y Félix Burriel. --Creo que usted también llegó a posar para Burriel. ¿No es así? --A veces le hacía de modelo, como sucedió en los relieves para la Confederación Hidrográfica del Ebro, donde estoy con pantalón de peto. Estudié en la Escuela de Artes Aplicadas varios cursos y fui alumno de Burriel durante un año. Allí coincidí con José Luis Pomarón, que trabajaba entonces con Jalón Ángel, buen amigo de Burriel; coincidí con Julio Alvar, y teníamos de profesores a Mateo Larrauri, los hermanos Albareda o Virgilio Albiac, entre otros. Más que artistas o aprendices de artistas, éramos una serie de chicos muy sanos. Así los recuerdo. Empezábamos en torno a un centenar las clases y sólo 20 asistíamos a todas. --Antes hablaba de cine vagamente. ¿Era asiduo a las salas? --Mi mundo íntimo estaba emparentado con el cine. Iba al Iris Park, el Monumental y el Fuenclara. Me acuerdo de las primeras películas, tanto en las salas como en el cine parroquial, donde veía a Buster Keaton, Stan & Laurel o el impresionante Charlot. He seguido con mucha afición toda la evolución del cine: desde el blanco y negro, en versión muda, hasta el sonoro; desde el color al cinemascope; desde el tridimensional al cine musical, que tanto me ha gustado. --¿No nos diga que también ha sido bailarín? --Iba siempre que podía. Recuerdo que en el Iris Park había una pista de patinaje y de baile, y había gente que bailaba. Pero también estaban los chuletas profesionales que venían a lucirse. Iba a todas las exposiciones que podía al Casino Mercantil, a las salas Reino y Gaspar, donde expuse por vez primera y llegué a vender un crucifijo de madera. Frecuentaba los libros de lance de Inocencio Ruiz. En la calle Ossau había una tienda de mala muerte y allí cambiaba las novelas y hallabas cosas importante. Recuerdo que la primera Historia del Arte me costó una peseta y me pareció una ventana abierta al mundo. Me compraba la colección "Novelas y cuentos", en la cual leía a los rusos (Dostoievski, Puskhin, Tolstoi, Turgueniev, etc.), a grandes escritores universales o a Jardiel Poncela. También leía a Corín Tellado y me fascinaban las novelas por entregas, que aún colecciono ahora cuando puedo. Me encantaba la fantasía: los cómics de La guerra de las galaxias o Flash Gordon. --Compruebo que ha tenido una formación autodidacta, donde cabía todo. De 1945 a 1948 realizó el servicio militar en Barbastro. ¿Qué recuerdos acuden a su mente? --Fui bibliotecario. Yo no tenía a nadie que me protegiera, pero siempre he tenido muy clara una cosa: es esencial tu manera de ser y la conducta de cada uno va haciéndose camino. He intentado ser noble y amigo de mis amigos siempre. Hice muchas más cosas: hacía dibujos de mis compañeros, pinturas a la acuarela, tallas en madera; pinté murales para la cantina, realicé labores de topógrafo, vendía anillos. La cuestión era sacar dinero para la merienda. También perseguimos maquis, por entonces se les temía y se hablaba de ellos con respeto y miedo, y aprendí a escribir a máquina en una legendaria Underwood. Conocí al pintor José Beulas, que también empezaba a pintar. Recuerdo que le hice un álbum de situaciones jocosas al general García Valiño. --Acabada la mili, ¿volvió al taller de Félix Burriel? --Lo intenté, pero él me dijo: "Yo ya no te puedo tener aquí". Me dolió en el alma y entonces no entendí su actitud. Luego sí comprendí que me estaba invitando a que volase solo, a que me arriesgase. Me pareció una deslealtad, pero logré superarlo, y recuperamos nuestra relación. Después al único escultor que iba a ver era a mí. Fue un desastre asistir a su final: entrabas en su casa y se te caía el alma a los pies por su dejadez, por el estado de abandono. Yo fui su albacea y recuperé parte de su obra de la enruna. Logramos depositar sus piezas en distintas instituciones de Aragón, y sus papeles y documentos están en la Escuela de Artes. --¿Cómo reorganizó su vida tras la decepción que le ocasionó la negativa de su maestro? Imagino que no estaba preparado para ello. --No, no lo estaba. La impresión de soledad, al principio, fue muy fuerte. Busqué en la ciudad un lugar donde trabajar y lo encontré en Mármoles viuda de Joaquín Beltrán, en Cuéllar, 22. Fue una etapa importante de aprendizaje: trabajé la talla en mármol y piedra, realicé numerosas prácticas de arte funerario, aprendí a distribuir las letras y a pulimentar el mármol. Fue una etapa fecunda: me acerqué, creo que con algún éxito, al mundo de la cantería (canteros, cincelistas, cortadores), y aprendí el secreto de los materiales: alabastro, granito, mármol, piedras de arenisca. Y trabajé en algo que parece morboso pero que a mí me gusta: el arte funerario. Realicé relieves de figuras en las lápidas. Estuve un año y medio en este trabajo: establecí una gran relación con los compañeros y el dueño, y de golpe anuncié que me iba. El jefe lo entendió. Me dijo: "Tú ganas aquí más dinero del que cobras". Recuerdo que me dio un sobre de gratificación. Le contesté: "Siempre que me necesites, llámame". A veces pienso en lo mucho que me ha servido el capítulo de las distintas profesiones que toqué. Esa era mi riqueza. En esta modalidad, el dominio del oficio es esencial. --Ya. Pero, ¿cómo iba su vocación de escultor? Por ahora sólo estamos viendo al artesano, al profesional, al hombre laborioso que se entusiasma con las bases del oficio. --Yo me decía a diario: "¿Cuándo voy a ser escultor?". Ya tenía ansiedad por serlo y podría decir que todo empezó en 1950 cuando, en un local contiguo a la tienda de mis padres, en Madre Sacramento 37. Abro mi taller y lo compagino durante un tiempo con los estudios y las prácticas en la Escuela de Artes. Tallaba y esculpía, y colaboraba con los talleres que requerían de mis servicios en modelado, relieves, trabajos de restauración y de decoración. Corría el serio peligro de dispersarme. Recuerdo a un sacerdote que, asombrado, ante la variedad de asuntos que tocaba, me dijo con desdén: "Aprendiz de todo y maestro de nada". Respondí: "Siempre había oído que el saber no ocupa lugar". --De inmediato le empezaron a llover encargos en las iglesias de Palomar de Arroyos, en Gargallo, en Fortanete, en Zaragoza. --Eso sucedió especialmente en las décadas de los 50 y de los 60. Trasladé mi modesto estudio a Madre Sacramento, 59, donde aún sigo. Continué haciendo de todo durante mucho tiempo. Estábamos en la posguerra y había que sobrevivir. Además, acababa de casarme con Encarna Gómez. Hice trabajos para el circo y espectáculos ambulantes: caballitos de madera o jirafas; diseñé joyas para fabricantes de joyería, concebí juguetes. Todo eso era como un apéndice esencial de mi carrera, necesidades de mi afán de ser escultor, cosas que cada vez lograba más. Estaba llegando a lo que siempre había soñado: era escultor de encargos y construía piezas religiosas, bustos, retratos, retablos, modestas arquitecturas. Tenía la sensación de que, poco a poco, mi vida empezaba a parecerse a lo que había soñado. --¿Qué es Francisco Rallo Lahoz: artesano o artista? --Y yo que sé. El artista tiene mucho de artesano. Si uno no tiene una formación amplia, muchas cosas no se pueden desarrollar. Yo soy un escultor realista, capaz de simplificar la realidad y de interpretarla. La abstracción la he tocado algo, pero no me produce los mismos sentimientos. Claro que me atrevo a hacer cosas nuevas, a imaginar piezas que no imiten a la naturaleza, tengo la formación suficiente para hacerlo, pero lo que no puedo hacer es mentirme a mí mismo. He aguantado la tarascada de la abstracción sin beligerancia alguna y me he asentado en mis fundamentos. Viajé a Barcelona y allí conocí de cerca la gran escultura de Llimona, Clará, o del aragonés Pablo Gargallo. He intentado aprender siempre. --Permítame este tiempo muerto. ¿No había sido usted quien había hecho la mascarilla mortuoria de Miguel Labordeta? --Me llamaron e hice la mascarilla dos horas después de muerto. Yo no había tratado al poeta; sí conocía a su hermano Manuel, que era un showman tremendo en el café de Levante, o a otros autores como Luciano Gracia o Ildefonso--Manuel Gil. No me impresionó ver a Miguel Labordeta. Ya tienes cierto hábito. Recuerdo que llevaba la boca torcida tras el estertor por un latigazo del corazón. Ante una situación así, tienes que hacer un trabajo con mucho respeto y con mucha sensibilidad y tacto. La escayola es muy guarra. Recuerdo que le puse cera en la cara, esparadrapo en las cejas, algodón en los agujeros de la nariz, y salió una mascarilla para guardar para siempre. No era la primera vez que lo hacía. A Félix Burriel lo llamaban mucho y le acompañé en varias ocasiones. --Analicemos globalmente su producción, sus etapas, sus obsesiones temáticas. Empecemos por el desnudo. --Creo que mi obra tiene una coherencia a posteriori. Es decir, hecha y vista con perspectiva, de adelante hacia atrás, yo veo como un hilo de continuidad, un argumento que nunca he meditado en exceso. ¿El desnudo? Cada vez he sentido la necesidad de estilizar más la figura, de hacerla más esbelta y más limpia. Me ha gustado mucho, y quizá haya sido determinante la influencia de mi maestro Burriel, que tenía sus rarezas. A diferencia de él, no he tenido modelos del natural. --¿Y los retratos? Ha hecho mucho y muy vigorosos. --Los retratos son complicados y laboriosos, feos y bonitos. Son facetas en las que me he sentido cómodo. He hecho de todo: desde Costa a la Madre Rafols, toreros, sacerdotes, intelectuales, artistas. Es muy dura la sujeción de tener que atenerse a la estructura del individuo. --¿Cómo se plantea la escultura monumental, que tanto ha hecho? --Hay que dotarla de esa potencia que significa el monumento y hay que suministrarle movimiento. Se tiene que ver a distancia: se ve de abajo a arriba, por lo cual cualquier detalle es perceptible. En esta orientación estética, creo que los leones del puente de Piedra son mi obra más importante, de tamaño y de resultado. También he hecho mucha escultura religiosa: con Burriel no se hacía otro tipo de trabajo, y asumo y respeto todas mis obras. He puesto el alma y el cariño en todas mis piezas, de las que habrá una amplia selección en el Palacio de Sástago. --¿En qué medida le han interesado las vanguardias? --He estado en el mundo. He leído. He visto exposiciones. Tengo un hijo que es pintor abstracto y que ha pertenecido a grupos de vanguardia. No soy reaccio a las vanguardias. Me gusta Martín Chirino; Chillida posee una monumentalidad enorme, aunque sus obras se empiezan a escapar mucho de mi mundo; Rodin intuyó lo que se iba a venir encima en el arte, es fabuloso; Henry Moore hace un montaje y lo monta sobre el terreno: qué capacidad artística tiene para adaptar cualquiera de sus creaciones a un sitio concreto y qué fuerza poseen sus esculturas. --¿Y Pablo Gargallo? --Es punto y aparte. Es una maravilla. No he visto escultura más alegre y más sentida y más bien hecha. Es un maestro absoluto. --¿Pablo Serrano? --Lo conocí más bien poco. Era un hombre educado, de trato extraordinario, que acabó haciéndose un buen sitio. --¿Qué sintió ante la gran exposición del Palacio de Sástago a principios del siglo XXI? --Feliz y responsable. Fue una satisfacción muy grande que la Diputación de Zaragoza organizase aquella exposición cuando la edad te deja un poco fuera de juego. Y comprendo y asumo este destino, pero nadie me puede quitar el derecho a sentirme feliz y halagado. Amo Zaragoza, y fui y soy leal a Zaragoza. Recuerde que he trabajado mucho para el ayuntamiento de la ciudad: he hecho los leones, la maqueta del Teatro Principal y las cuatro musas en escayola, la Fuente de Niños con Peces, el cabezudo de la Pilara. --Podría hacer un autorretrato como escultor. --He sido un escultor de emociones y sentimientos. He trabajado con intensidad. Soy de los creen más en el trabajo que en la inspiración. He creído en la lentitud y en la perfección, y cuando me han dicho que soy caro no me asusto: ni soy caro ni barato. Hago mi trabajo y exijo que me paguen por él con dignidad. He sido un escultor de encargo más que de exposiciones. *Las musas del Teatro Principal, una obra de 1970 de las divinidades que protegían las actividades artísticas. Una obra muy conocida de Francisco Rallo. Se hallan en el www.educa.aragon [Una de las entrevistas de las que tengo un imborrable recuerdo es de la que le hice a Paco Ortiz, el gran locutor, padre de Paco Ortiz Remacha, de Aragón Radio, y mirado de la pintora Cristina Remacha (hija del maestro de forja y escultor Pablo Remacha), que expone estos días su obra en la sala Decor-Art de Pilar Bailo. Al hilo de esa muestra, que aún no he ido a ver, traigo aquí un fragmento de aquella entrevista: una narración preciosa de un loco amor que cristalizó muchos años de convivencia y varios hijos, creo que tres: Paco, Alfonso, poeta y activista cultural y editor, y un tercero, a quien creo no conocer. He aquí un fragmento de aquel diálogo. Al habla Paco Ortiz...] . [El pintor Pepe Cerdá, que prepara nuevas exposiciones, una de ellas para marzo con Carlos Gil de la Parra, fue invitado a visitar las cúpular de Goya. Y tras estar allí arriba, cerca de los trazos del genio, redactó en su blog este texto. Lo copio aquí por si hubiera algún despistado que no visita el blog "Pintor, pinta y calla". Como todo lo que hace Pepe, está a medio camino de la sensatez, la erudición y la polémica. A él, por cierto, aún no le hemos oído decir que la duquesa de Alba y Goya no hubiesen tenido un poco de amor, algo de sexo, un tantico de cama. Qué afán tiene Manuela de Mena en destrozar las leyendas...] Hoy he tenido el privilegio de subir a los andamios que han colocado para la restauración de la cúpula pintada al fresco por Goya en la basílica del Pilar de Zaragoza.Ver de cerca las enormes figuras pintadas hace más de doscientos años por Don Francisco me ha producido encontradas sensaciones. Por un lado la de estar cometiendo algo incorrecto, obsceno. Estas imágenes no fueron pintadas para ser vistas tan de cerca ni con la violenta iluminación de los focos halógenos empleados por los restauradores. Del mismo modo que no es aconsejable el ver con un microscopio los ácaros que habitan en las pestañas de la más bella de las mujeres. Es una cuestión de escala y de distancia, como casi todas las cuestiones que en el mundo son. Goya jamás vio su trabajo, y mucho menos mientras lo hacía, tan alumbrado. O lo que és lo mismo: él no pintó, puesto que no vio (y los que pintan son los ojos, y no las manos) lo que yo he estado viendo hoy. Le imagino pintando aterido de frío y al tentón, y a la luz de velas centelleantes o de temblorosas lámparas de aceite. Psicológicamente disminuido por las críticas de su cuñado y del Cabildo. Se nota mucho que tenía muchas ganas de terminar cuanto antes, de salir huyendo. Se nota también que no era un especialista decorador al fresco y que pintaba “como podía”, con el arrojo de sus treinta y seis años vividos con coraje, sin que nada se le pusiese por delante. Yo no he visto la tan publicitada “soltura”en la ejecución, más bien he visto rabia, la rabia de resolver “por cojones” algo que se le torcía. “Soltura “es la feliz y exacta levedad de los dibujos de Rembrandt, pero en este caso se trata de lo contrario: son feroces restregones con escobas, como alaridos, contra el húmedo muro. Se comete el error al ver estas pinturas de relacionarlas con la accion painting del expresionimo abstracto americano, o del expresionismo a secas, o el desdibuje Picasiano, o de cualesquiera modo de pintar que se le pueda relacionar aunque este se haya impuesto cientos de años después de cuando él pintó la cúpula. Esto hace que lo presenten como un visionario capaz de adelantarse a su época, cosa que les gusta mucho a los historiadores, pero pensar esto me parece una tontería que no explica en absoluto la cuestión. Él lo que quería era tener éxito, y para esto tenía que pintar como Velázquez y que los frescos le saliesen como a Tiépolo, pero no le salía ni una cosa ni otra. Otra cosa que se nota es que los bocetos a los que debe ceñirse no son exactamente suyos. Me explico: su cuñado Bayeu era el director de la decoración de la basílica y no es extraño pensar que impusiera, no sólo la iconografía, sino la “manera” de tratar pictóricamente la cuestión. Yo, incluso tiendo a pensar, que los acaramelados bocetos de Goya que se conservan en la sacristía del templo se parecen demasiado a los del propio Bayeu que se exponen al lado, y que no es descabellado que el propio Bayeu corrigiese algunos defectos de su chapucero cuñado, por el bien del encargo. Pero yo soy muy mal pensado. No obstante esto explicaría la “mala gana”genial, pero “mala gana”, con la que están ampliados y traducidos a pintura mural. No usa el esgrafiado para pasar los dibujos al muro, como solía ser habitual, sino que el dibujo esta calcado con la ayuda de un punzón que al pasarlo sobre el dibujo araña el muro todavía sin fraguar. No están ni la mitad de las figuras calcadas de esta forma lo que permite suponer que la mayoría se acometieron directamente, sin dibujo previo. Que calcó solo las principales, para hacerse una idea de la escala y que luego intercaló las restantes. Realizó la obra en cuarenta jornadas, o lo que es lo mismo, pintó “al fresco” sólo cuarenta días, comprendidos entre diciembre de 1780 y marzo del 1781 que es el tiempo en el que ejecutó la obra, aunque “repintó” en “seco” (cosa no muy ortodoxa en la época) muchas de las figuras. El tiempo que empleó en la realización de la obra es extraordinariamente breve para una obra de estas características, lo que nos permite suponer una condición física y psíquica fuera de lo normal. Aún le quedaban muchos años de vida y de pintura para demostrar de lo que era capaz, pero eso él no lo sabía entonces. Ha llegado el primer azote invernal en forma de hielo. Un niño salió con la neblinosa luz del alba a tomar el autobús del colegio y notó la flor de escarcha sobre los campos. Al lado, relinchaba un caballo y ladraba un perro al que una niña le ha puesto el nombre de “Hiena”. Podría pasar por pastor alemán o por hiena de torvo mirar. El invierno hasta ahora ha sido más bien llevadero, intermitente de soles. Estas mañanas de colegio son especialmente bellas: realizo una caminata de 300 metros o poco más. Tengo la sensación de que ahí, en apenas diez minutos, la vida es más intensa y hermosa: da gusto asomarse al curso de las estaciones, percibir el estallido de la luz, percibir esos olores del almendro, el olivar o el cañaveral que se mezclan con una estampida de pájaros de oro. En ese lapso, donde la naturaleza se revela, hay tiempo de pequeños gestos decisivos e íntimos: buscar el cuento infantil ideal para leerlo y verlo, repasar una carta que has recibido ayer, ojear un libro dedicado o incluso repasar ese catálogo que acabas de recibir o comprar –de Vicente Pascual Rodrigo, de Pepe Navarro, de Ramón y Cajal, de Carmen Pérez Ramírez…-, y diferir el paseo un rato más, hasta media hora tal vez, aquí y allá, una vez que los colegiales se han ido. La mañana de las nueve, sacudida por el rugido obsceno del avión militar, tiene algo de tiempo íntimo y calmo, de refugio, antes de que el vértigo se desborde. Abro “De Fabiroles y otras gaitas. 20 años con la Orquestina del Fabirol” (Rolde) de Javier Ferrández Escribano, y me asomo a algo más que la historia de un grupo que surge en el valle de Chistau hacia 1986 y poco a poco se desplaza hacia Huesca y Zaragoza. Este libro es una sociología de la música y del territorio, es la crónica de una aventura en creación. Es el inventario de los impulsos de emoción y tradición de un territorio y de un puñado de músicos que han crecido día a día, no sólo recorriendo Aragón de punta a punta, con sus cuadernos, fundiéndose con la gente, oyendo el canto general del pueblo, sino viajando a lugares de España y del extranjero. La importancia de la geografía oscense en el libro es absoluta, algo que se ve, de nuevo, en el capítulo de testimonios y de evocaciones. Este libro incluye un disco que contiene 16 temas y que insiste en ese reconocimientos del aragonés en el que tanto se ha significado La Orquestina del Fabirol y sus gentes: desde Roberto Serrano y Elena Requejo hasta Eugenio Arnao, Ana Latre, Alfonso Casasnovas y otros que abandonaron el grupo como José Tomás Prieto o Ángel Vergara, pero nunca el barco de la música. Repaso la pintura constructivista y casi cubista de Carmen Pérez Ramírez, que se exhibe en el palacio de Montcada: es una obra llena de color, laboriosa, y con un tema sugerido: la música. Músico es también Tuco Requena, que acaba de publicar “Soniquete Van”, música muy fresca, llena de referencias y de encanto, talentosa y con humor e ironía. Un álbum que empieza, “estoy fregando los platos…”, y que culmina, “tu mirada es una espina, tu cariño es una comedia // eres carne de bolero, la tarjeta de mi cajero”, es toda una tentación. ¿Qué pensará el perro-hiena de todo eso? Por ahora sólo gruñe. *Foto de Tuco Requena, tomada de Aragón Musical. [El Real Zaragoza ganó claramente al Espanyol anoche con dos espléndidos goles de Sergio García, que ha encontrado un líquido especial para alisarse el pelo. A principios de temporada, le hice este retrato que coloco aquí.] El profesor JB, que tenía nombre de whisky y de detective, anunció a los siete alumnos de su clase de Literatura que quería hablarles de una de sus pasiones ocultas: le gustaba el fútbol con locura y, desde la adolescencia, confeccionaba estadísticas de los delanteros de su equipo del alma. El Real Zaragoza. Los datos se acompañaban de reportajes, de cromos y de cualquier afiche. Anunció que los primeros delanteros de los que conservaba notas eran Wilson y Miguel, que vivió una segunda juventud en Zaragoza. Sin embargo, tenía una información muy completa sobre “el Pulpo” Joaquín Murillo, sobre Seminario, “el único Pichichi que hemos tenido nunca”, y sobre Marcelino. Con más deleite que sensatez, les explicó que Marcelino había sido el ariete de “los Cinco Magníficos”, el mejor cabeceador de su época. Se iba demorando en los datos y las anécdotas. Recordó a Diarte, Amarilla, Alonso, Rubén Sosa, Esnáider y Pardeza. Añadió: “Pero, por una razón que ni yo mismo me explico del todo, sigo con mucha atención la trayectoria de Sergio García”. Les contó que creía haberlo visto fugazmente en el Barcelona, en uno de esos partidos incidentales en que un jugador es presentado como una figura en ciernes, y que más tarde lo observó en el Levante. Le llamaba la atención en las noches de “Estudio Estadio” la calidad de sus jugadas: estaban marcadas por la originalidad y el regate inesperado. Sergio García, insistía, se mueve muy bien en el área: es atrevido en sus acciones e imprevisible, es rápido y tiene una fulgurante capacidad de asumir riesgos. La pasada campaña, señaló, no fue tan buena como yo me había imaginado, “pero tampoco resultó mala. Marcó cuatro goles y participó en una veintena de encuentros. Sin embargo, en esta pretemporada, Sergio García ha tenido un rendimiento espectacular. Estoy entusiasmado. Ha cosechado una decena de goles”. El profesor JB abrió una carpeta bastante voluminosa y mostró las entrevistas en los diarios deportivos y de información general, había subrayado algunos juicios como éste: “Es un jugador valioso, de enorme porvenir. Posee regate, disparo, triangula bien en los últimos metros y es veloz. Y además es muy joven. No le gusta pasar inadvertido: se cambia constantemente de peinado”, escribía P. G. Conservaba como oro en paño un montaje fotográfico donde el delantero centro sobresalía por la bóveda del palacio de la Infanta como si mirase “la historia del Zaragoza”. Agregó: “Puede hacer diabladuras con Ewerthon y Diego Milito. El año pasado, ambos marcaron 41 goles. Nada menos”. Un alumno levantó la mano e interrumpió: “Señor JB, ¿qué relación tiene todo esto con la literatura?”. El profesor contestó: “Mucha. La vida de un futbolista se debate entre la realidad y el deseo, magnífico título de Luis Cernuda. Y la del forofo también. Deseo que éste sea el gran año de Sergio García”. *La foto está tomada de la página web de Mariano Gistaín, www.gistain.net, que la toma del diario Sport. Mariano, tan audaz como siempre, coloca las imágenes por el procedimiento de youtube. El próximo martes día 6 de febrero, a partir de las 20 horas, ARAGÓN RADIO presenta en su sede (sita en el Actur, c/ María Zambrano nº 2, enfrente del aparcamiento de la chimenea, al otro lado de Helios: un buen sitio para aparcar…) el libro TORNAVIAJES, del escritor OSCAR SIPÁN, que es la 3ª aventura literaria de estos chalados de Tropo Editores. Pero los de la radio no están menos locos. Han preparado unos canapés de la leche, y además, ¡van a regalar el libro a los asistentes!, según nos han dicho a los de la editorial. En fin, vosotros mismos, si os apetece, allí estaremos. Saludos. Amadeo Cobas. *Me ha gustado mucho esta foto de Óscar Sipán que me ha recordado algún fotograma de "Amanecer en Puerta Oscura". anidan pájaros muertos *El poeta Manuel Pereira Valcárcel me envía este par de poemas de su libro "Todo morte", que se presenta el jueves 8, a las 20 horas, en la galería Sargadelos (Zurbano, 46) de Madrid. Estará acompañado del músico Héctor Crehuet. Manuel Pereira pasa muchos fines de semana en Zaragoza. Me ha mandado también una foto, pero no soy capaz de trasladarla al blog. Pongo, en cambio, esta que no está nada mal. La foto es un nocturno parisino de Brassaï. El programa Borradores ofrece la actuación en directo, con dos temas, del grupo Big City, que canta sus temas en inglés. Dos integrantes del conjunto explicarán la trayectoria del grupo zaragozano y sus próximos conciertos en Londres, Madrid y Barcelona. Además, pasará por el programa la escritora Espido Freire, ganadora del premio Planeta, que acaba de publicar “Mileuristas”. Borradores ofrecerá un reportaje sobre la exposición de Ramón y Cajal en el Centro de Historia, otro sobre la muestra de pintora colombiana Ana Mercedes Hoyos, en Ibercaja, y conversará con el director y coreógrafo Víctor Ullate, que estrenó en Zaragoza su último proyecto: “Samsara” con enorme éxito. Los grabados de Mariano Castillo se exhibirán en el estudio y se emitirá un reportaje de su taller de la Cartuja Baja. Borradores visitará la librería Anónima de Huesca. Nacho Tahajuerce recitará un poema de su libro “Deshielo”. y que no se alejará? * Hace algunos años, Ángel Crespo me habló maravillas del poeta Sandro Penna (Perugia, 1906 - Roma, 1977), un hombre de vida bohemia y precaria. Murió en la indigencia absolutay en la soledad; uno de los centros de su obra es el amor humanísimo, claro, de signo homosexual, y la vindicación del placer. Acaba de aparecer “Cruz y delicia / Extrañezas” (Lumen), en edición bilingüe Edgardo Dobry. Y cuelgo aquí tres poemas, que ilustro con una foto de Lewis Hine. "Cajal fue aragonés, español y patriota" --Siendo niño, con tantos parientes recordando a un abuelo ya muerto, ¿no tenía la sensación de vivir en una mansión con fantasmas o que el propio abuelo era el fantasma? --¿Y cómo era usted de niño? |